Anal

Exnovios Calientes: Anal en el Cuarto Oscuro

Exnovios calientes se reconocen en el cuarto oscuro y terminan follando anal duro como antes.

18 min read 4,106 words August 10, 2026New

La música latía como un corazón enfermo contra las paredes del local clandestino. Lucía empujó la puerta pesada y el olor a sudor, humo barato y alcohol barato la envolvió de golpe. Tenía veintiocho años, el pelo moreno cayéndole en ondas sueltas hasta la mitad de la espalda, la falda corta de cuero negro rozándole los muslos y una blusa fina que apenas contaba lo que había debajo. Venía sola. Siempre venía sola a estos sitios: sin nombres, sin luces, sin promesas. Solo el calor de cuerpos que se tocaban en la oscuridad y se olvidaban al amanecer.

El salón principal estaba medio a oscuras, apenas unas luces rojas parpadeaban sobre la barra. Más al fondo, una cortina gruesa de terciopelo negro marcaba la entrada al cuarto oscuro. Lucía pidió un gin-tonic, dio un trago largo y sintió cómo el alcohol le bajaba quemando. Llevaba meses sin follar de verdad. Llevaba meses sin que nadie le metiera los dedos entre las nalgas y le recordara lo mucho que le gustaba que le abrieran el culo.

Se quedó apoyada en la barra, mirando sin mirar. Entonces lo oyó.

Una risa ronca, grave, que le subió por la nuca como una lengua caliente. Esa voz. Esa puta voz que conocía de memoria. Marcos. Treinta años, hombros anchos, pecho de quien levantaba hierro cada mañana, la polla gruesa que le había destrozado el culo tantas noches que ya ni contaba. Se habían dejado hacía casi un año. Demasiadas peleas, demasiada intensidad. Pero el cuerpo no olvidaba.

Antes de que pudiera moverse, sintió el calor de alguien pegándose a su espalda. Un pecho duro contra sus omóplatos. Un aliento caliente en la oreja.

—Joder, Lucía… —susurró esa voz ronca—. Te reconocería aunque estuviera ciego. Hueles igual. A vainilla y a ganas de que te follen el culo.

El olor de él la golpeó al instante: sudor limpio, colonia amaderada, y debajo esa nota animal que solo él tenía. Lucía se quedó quieta, el vaso temblando un segundo entre sus dedos. Su coño se contrajo solo, traicionero.

—Marcos —dijo ella, sin girarse todavía—. Qué coño haces aquí.

—Lo mismo que tú, preciosa. Buscar algo que me deje las pelotas vacías. —Sus labios rozaron el borde de su oreja—. Aunque ahora que te he encontrado… me acuerdo de lo apretado que se te ponía el culo cuando te lo abría despacio. Y de lo puta que te ponías cuando te lo partía a hostias.

Lucía cerró los ojos un segundo. El recuerdo le bajó directo al clítoris: ella de rodillas en la cama, las manos abriéndose las nalgas, Marcos escupiendo en el agujero y empujando hasta el fondo mientras ella gritaba contra la almohada. Se giró despacio. La luz roja le pegaba en la cara a él: mandíbula cuadrada, ojos oscuros, la camiseta negra pegada a los músculos del pecho y los brazos. Estaba más grande. Más bruto. Igual de jodidamente guapo.

—Eres un cabrón —murmuró ella, pero la sonrisa se le escapó—. Siempre igual. Ni hola, ni cómo estás. Directo al culo.

—Porque sé lo que te pone. —Marcos se inclinó, la voz baja, solo para ella—. Dime que no te has corrido ni una sola vez pensando en cómo te dejaba el culo rojo y abierto. Dime que no te has metido los dedos recordando mi polla entera ahí dentro.

Lucía tragó saliva. La humedad ya le resbalaba entre los labios del coño, empapándole la braga fina. El cuerpo le respondía solo, como si el año de distancia no hubiera existido.

—Me gustaba —admitió, mirándolo a los ojos—. Me gustaba cuando me sodomizabas fuerte. Cuando me agarrabas del pelo y me empujabas contra la pared y me lo metías de una. Me dolía y me corría igual. A veces solo de pensar en eso todavía me mojo.

Marcos soltó un gruñido bajo, casi un animal. Su mano grande bajó por la cadera de ella, rodeó la falda de cuero y se deslizó hacia atrás. Dos dedos gruesos se abrieron paso entre las nalgas, por encima de la tela. Presionó exactamente donde el agujero se escondía, frotando con lentitud circular a través del cuero y la braga.

—Estás caliente —dijo él, la voz más ronca todavía—. Te siento. El culo se te está abriendo solo solo de oírme. ¿Quieres que te lo recuerde aquí mismo? ¿Quieres que te baje la falda y te meta los dedos hasta el fondo mientras la gente pasa?

Lucía soltó el aire temblando. Se pegó más a él, el pecho rozando el suyo. Su mano bajó sin vergüenza, encontró el bulto grueso que se le marcaba en los vaqueros y lo apretó. Estaba duro. Completamente duro. La polla de Marcos, esa polla gruesa y venosa que le había abierto el culo tantas veces hasta dejarla cojeando al día siguiente. La rodeó con los dedos a través de la tela y apretó, midiendo el grosor, recordando cómo le estiraba el anillo.

—Está igual de gorda —susurró ella contra su boca—. Igual de cabrona. Quiero sentirte otra vez. Quiero que me la metas entera en el culo y que me folles como antes. Sin piedad.

Marcos empujó los dos dedos con más fuerza, hundiendo la tela entre las nalgas de ella, rozando el agujero contraído. Lucía abrió un poco las piernas, dejándole espacio, y un gemido bajo se le escapó. Estaba empapada. El coño le latía, pero era el culo el que pedía a gritos.

—El cuarto oscuro —dijo ella, mirándolo fijo—. Llévame ahí. Ahora. Quiero que me folles el culo en la oscuridad. Quiero reconocerte solo por cómo me lo metes. Quiero que me abras y me llenes y que nadie vea la cara de puta que se me va a poner.

Marcos le agarró la muñeca con la mano libre, la que no le estaba manoseando el culo, y tiró de ella hacia la cortina negra. Lucía dejó el vaso en la barra sin mirar. El corazón le golpeaba en las sienes, en el pecho, entre las piernas. Cada paso hacía que la falda le rozara el coño hinchado y que los dedos de él, todavía presionando entre sus nalgas, le recordaran lo que venía.

Pasaron la cortina. El cuarto oscuro los tragó de inmediato: negro total, apenas el murmullo de respiraciones y gemidos lejanos, el olor denso a sexo y a cuerpos sudados. Alguien gemía a la izquierda. El sonido húmedo de una polla entrando en algo se oía a la derecha. Lucía no vio nada. Solo sintió las manos de Marcos agarrándole las caderas por detrás, empujándola contra una pared fría.

—Aquí —gruñó él contra su cuello—. Aquí nadie nos ve. Solo te siento. Solo te huelo. Y te voy a follar el culo hasta que te corras gritando mi nombre.

Lucía arqueó la espalda, empujando el culo contra la polla dura de él. Su mano volvió atrás, buscó el cinturón, lo abrió con dedos torpes de ganas. Bajó la cremallera. La polla de Marcos saltó pesada y caliente en su palma. La rodeó entera, la piel tersa, la cabeza ya húmeda de precum. La subió y la bajó una vez, despacio, sintiendo cómo latía.

—Métela —pidió ella, la voz rota—. Métela ya. Quiero sentir cómo me estiras otra vez. Quiero que me duela rico.

Marcos le levantó la falda de un tirón. Le bajó la braga hasta media muslo. El aire fresco del cuarto le rozó el culo desnudo y el coño empapado. Dos dedos secos se abrieron paso entre las nalgas y tocaron el agujero fruncido. Lucía se tensó y luego se abrió, empujando hacia atrás. Él escupió. El saliva caliente le cayó justo en el centro. Un dedo empujó. Entró. Lucía mordió su propio labio para no gemir demasiado alto.

—Tan apretada… —murmuró Marcos, metiendo el segundo dedo, abriéndola, tijereteando—. Igual que antes. Mi puta del culo. Te voy a destrozar esta noche. Te voy a dejar el agujero abierto y goteando de mi leche.

Lucía giró la cabeza, buscando su boca en la oscuridad. Lo encontró. El beso fue brutal, dientes y lengua, mientras los dedos de él se hundían más profundo en su culo, curvándose, preparándola. Su mano no soltaba la polla. La masturbaba con ganas, untando el precum por todo el tronco grueso.

—Más —jadeó ella contra sus labios—. Quiero la polla. Quiero que me la metas ya. Hazlo como antes. Fuerte. Hasta el fondo.

Marcos sacó los dedos. Lucía sintió el vacío un segundo y luego la cabeza ancha y caliente de la polla empujando contra su agujero. Él le agarró las caderas con las dos manos. Empujó. El anillo se abrió, ardiendo, estirándose alrededor del grosor. Lucía soltó un gemido largo, gutural, mientras la polla iba entrando centímetro a centímetro, abriéndola, llenándola, recordándole exactamente por qué nunca había podido olvidar cómo la follaba Marcos.

Todavía no estaba del todo dentro. Apenas la mitad. El ardor era delicioso. El cuarto oscuro seguía lleno de gemidos ajenos. Nadie sabía quiénes eran. Solo dos cuerpos que se reconocían por el olor, por la voz, por la forma en que la polla se hundía en el culo como si nunca se hubiera ido.

Marcos se detuvo un segundo, respirando pesado contra su nuca, la polla latiendo dentro de ella.

—Dime que lo quieres todo —exigió.

—Lo quiero todo —respondió Lucía, empujando el culo hacia atrás, intentando tragar más—. Métela entera. Fóllame el culo como me lo follabas antes. No pares.

Él empujó. El resto de la polla se hundió de un golpe seco hasta las pelotas. Lucía abrió la boca en un grito silencioso. Estaba llena. Completamente llena. El culo le ardía y le latía y le pedía más. Marcos se quedó hondo un momento, dejándola sentir cada vena, cada centímetro, antes de empezar a sacar despacio… y volver a entrar con un embiste seco que la hizo chocar contra la pared.

La tensión no bajó. Solo subió. Porque esto era solo el principio. Porque el cuarto oscuro todavía tenía horas por delante. Y porque ninguno de los dos pensaba salir de allí hasta que el culo de Lucía estuviera destrozado y goteando, exactamente como antes.

La polla de Marcos latía entera dentro del culo de Lucía, clavada hasta las pelotas contra la pared fría. Ella arqueó más la espalda, empujando hacia atrás para sentirlo latir, cada vena gruesa rozándole las paredes internas que se contraían solas alrededor de él. El ardor era perfecto, ese estiramiento que conocía de memoria y que le hacía chorrear el coño sin que nadie lo tocara.

—Sácame y ponme a cuatro patas —jadeó Lucía, la voz ronca contra el muro—. Quiero sentir cómo me abres otra vez desde atrás. Como siempre.

Marcos gruñó y se retiró despacio, la polla saliendo con un sonido húmedo y obsceno. El vacío la dejó temblando. En la oscuridad total solo se oían respiraciones ajenas y el roce de cuerpos lejanos, pero ella conocía cada movimiento de él. Se dejó guiar por las manos grandes que le agarraron las caderas y la bajaron al suelo. Las rodillas le tocaron algo blando —una banqueta o un colchón bajo— y se puso a cuatro patas, la falda todavía subida hasta la cintura, la braga colgando de un tobillo. Abrió las piernas, arqueó el lomo y se abrió las nalgas con las dos manos, ofreciéndole el agujero todavía semiabierto y brillante de saliva y precum.

—Mira cómo me lo pides —murmuró Marcos, arrodillándose detrás—. El culo se te queda boquiabierto esperándome.

Escupió. El chorro caliente de saliva le cayó justo en el centro del ano fruncido. Lucía gimió al sentirlo resbalar y entrar un poco solo con la presión. Luego los dos dedos gruesos de Marcos empujaron sin aviso. Entraron de golpe, abriéndola, tijereteando para estirar el anillo. Ella empujó el culo hacia atrás, tragándolos hasta el nudillo.

—Joder… sí… así —gimeó ella—. Ábreme bien. Quiero tu polla ya.

Los dedos se movieron dentro, curvándose, buscando ese punto que le hacía ver estrellas. Lucía apretó los músculos a propósito, exprimiendo los dedos de él, y se corrió un poco solo de eso: un temblor corto que le mojó los muslos. Marcos sacó los dedos de golpe, le escupió otra vez y alineó la cabeza ancha de la polla.

—Centímetro a centímetro, puta. Como te gusta.

Empujó. La cabeza entró despacio, estirando el anillo hasta el límite. Lucía soltó un gemido largo y gutural, las uñas clavándose en el suelo. Empujó hacia atrás ella misma, tragando más. Otro centímetro. El ardor le subía por la espalda. Otro. La polla gruesa se hundía milímetro a milímetro, abriéndola, llenándola, recordándole el grosor exacto que la dejaba cojeando. Ella gime y empuja, empuja y gime, hasta que las pelotas de Marcos le golpearon el coño.

—Entera… joder, entera —susurró Lucía, temblando—. Fóllame. Fóllame el culo ya.

Marcos no esperó. Agarró las caderas con fuerza y empezó a embestir en posición de perrito. Duro. Seco. Cada embestida le hacía chocar las nalgas contra la pelvis de él con un ruido húmedo y obsceno. La polla salía casi entera y volvía a entrar de un solo golpe hasta el fondo. Lucía gritaba contra el suelo, el culo ardiendo y contrayéndose alrededor de esa verga gruesa que la partía. El cuarto oscuro olía a sexo y a ellos: vainilla, sudor, saliva. Nadie veía cómo las nalgas de Lucía se sonrojaban con cada embestida, cómo el agujero se aferraba a la polla al salir.

—Más fuerte —exigió ella entre gemidos—. Pártelo. Como antes. Quiero que me duela rico y que me corra con el culo lleno.

Marcos le dio un azote seco en una nalga. Luego otro. El sonido resonó. Cambió el ritmo: embestidas rápidas y profundas que le hacían el cuerpo entero temblar, seguidas de embestidas lentas y tortuosas donde se quedaba hondo y giraba las caderas para que ella sintiera cada vena. Lucía empujaba hacia atrás al ritmo, follándose sola contra él, el coño goteando hasta el suelo. El clítoris le latía abandonado, hinchado, pero el placer venía todo del culo, de esa sensación de estar completamente abierta y usada.

—Te vas a correr solo de esto —gruñó Marcos, azotándola otra vez—. Siento cómo se te cierra el culo. Ven. Córrete en mi polla.

Lucía se corrió. El orgasmo le subió desde el ano, violentos espasmos que le apretaron la polla de él como un puño. Gritó su nombre sin cuidado, el cuerpo sacudiéndose a cuatro patas mientras él la follaba a través del orgasmo, sin parar, alargándolo hasta que ella casi se derrumbó.

Todavía temblando, Marcos se retiró. La polla salió con un plop obsceno. Lucía sintió el vacío y gimió de protesta. Él se tumbó de espaldas en lo que parecía un sillón bajo o un colchón y la atrajo hacia sí.

—Siéntate. Vaquera inversa. Quiero verte el culo tragándome la polla mientras tú controlas.

Lucía obedeció sin dudar. Se colocó de espaldas a él, las piernas a cada lado de sus caderas, y guió la polla gruesa otra vez hacia su ano abierto. Se dejó caer despacio. El grosor entró de nuevo, centímetro a centímetro, pero esta vez ella mandaba. Bajó hasta sentarse completa, el culo aplastado contra la pelvis de Marcos, la polla enterrada hasta el fondo. Gimió alto, la cabeza echada hacia atrás.

—Así… joder, tan profundo —jadeó ella, empezando a subir y bajar.

Alternaba. Primero embestidas rápidas: se levantaba casi hasta la cabeza y se dejaba caer de golpe, follándose el culo con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando el espacio. Luego lentas: bajaba milímetro a milímetro, apretando los músculos para exprimirlo, sintiendo cómo la abría hasta el límite. Marcos le azotaba las nalgas al ritmo, palmadas secas que le dejaban las mejillas ardiendo. Una mano le rodeó la cadera y la otra se deslizó hacia el punto de unión. Un dedo grueso empujó junto a la polla, forzando la entrada ya llena.

—Ábrete más —ordenó él—. Quiero meterte el dedo al lado. Quiero sentirte destrozada.

Lucía gritó cuando el dedo entró. El anillo se estiró todavía más, dolor y placer mezclados en una oleada que le hizo los ojos llorosos en la oscuridad. Se movía arriba y abajo con el dedo y la polla juntos dentro, controlando la profundidad, a veces quedándose sentada y balanceándose para que le rozara todo por dentro. Marcos le azotaba sin parar, las nalgas ya calientes y rojas. Ella gemía sin control, el culo goteando, el coño abandonado y empapado.

—Más… mételo más —suplicó, empujando hacia abajo—. Ábreme como solo tú sabes. Quiero quedarme abierta para ti toda la noche.

Marcos metió el dedo más hondo, tijereteando contra la polla. Lucía se movía más rápido ahora, follándose con desespero, las tetas rebotando, el pelo pegado al sudor de la espalda. Cada bajada la llenaba hasta el límite, cada azote le sacaba un grito. El segundo orgasmo se acercaba, más intenso, construyéndose desde ese agujero sobreestimulado. Pero Marcos no la dejaba llegar del todo: a veces le agarraba las caderas y la obligaba a ir lenta, torturándola, dejándola al borde.

—No todavía —le gruñó al oído, aunque ella estuviera de espaldas—. Quiero que me rides hasta que no puedas más. Quiero oírte rogar que te llene el culo de leche otra vez.

Lucía se mordió el labio, subiendo y bajando con el dedo y la polla destrozándola, las nalgas ardiendo por los azotes. El cuarto oscuro seguía lleno de gemidos ajenos, pero ella solo sentía a Marcos: su polla, su dedo, sus manos. La tensión no bajaba. Sabía que esto apenas empezaba, que él todavía no se había corrido, que el culo le pediría más posiciones, más crudeza, más de esa polla que la conocía mejor que nadie. Empujó hacia abajo una vez más, tragándolo todo, y gimió su nombre como una promesa de que la noche todavía tenía horas de culo abierto y semen por delante.

Lucía bajó una vez más, tragando la polla entera de Marcos hasta que las pelotas le aplastaron el coño empapado y el dedo grueso que él le metía al lado le estiraba el anillo hasta el límite del dolor delicioso. El culo le ardía, se contraía solo alrededor de aquella verga gruesa y venosa que la conocía mejor que nadie, y cada embestida de ella misma hacía que el dedo rozara contra el tronco, abriéndola más, destrozándola como solo él sabía. Marcos le azotó las nalgas otra vez, fuerte, dejando la piel caliente y roja en la oscuridad total, y le gruñó al oído aunque ella estuviera de espaldas:

—Así, puta. Fóllate el culo con mi polla y mi dedo. Quiero sentirte correrte apretándome.

Ella no pudo aguantar más. El orgasmo le subió desde lo más hondo del ano, violento, espasmos que le cerraron el agujero como un puño alrededor de la polla y el dedo juntos. Gritó su nombre sin cuidado, el cuerpo entero temblando a vaquera inversa, las tetas rebotando, el pelo pegado al sudor de la espalda mientras el coño le chorreaba sin que nadie lo tocara. Los músculos del culo le apretaban rítmicos, exprimiendo a Marcos, y él embistió hacia arriba con fuerza, clavándosela toda mientras se corría también. La leche caliente le llenó el interior a chorros gruesos, bombeando hondo, inundándole el agujero hasta que sintió cómo le rebosaba y le resbalaba por las nalgas y los muslos. Marcos gruñó como un animal, las manos clavadas en sus caderas, empujando hasta el fondo para vaciarse por completo dentro de ella.

—Joder, Lucía… toma toda mi leche en ese culo… —jadeó él, todavía latiendo dentro mientras los últimos espasmos la sacudían.

Lucía se quedó sentada un momento, temblando, el ano palpitando alrededor de la polla que se ablandaba despacio, llena de semen caliente que le goteaba. El segundo orgasmo le había dejado las piernas blandas, el cuerpo entero sensible, cada respiración haciendo que el culo se contrajera y expulsara un poco más de esa leche espesa. Marcos se retiró lentamente, centímetro a centímetro, la polla saliendo con un sonido húmedo y obsceno, dejando el agujero semiabierto y goteando. Lucía gimió al sentir el vacío, el ardor residual, cómo el semen le corría por el perineo hasta el coño hinchado.

Aún temblando, se giró en la oscuridad, se arrodilló entre las piernas de él y buscó la polla con la boca. La encontró caliente, brillante de su propia leche y de la saliva que habían usado, olorosa a sexo puro. La rodeó con los labios y la limpió despacio, lamiendo desde las pelotas hasta la cabeza, chupando cada gota de semen que le quedaba, saboreando el sabor salado y amargo mezclado con el de su propio culo. Marcos soltó un gemido bajo, la mano enredándose en el pelo de ella mientras ella se la metía entera hasta la garganta una última vez, chupando fuerte para sacar hasta la última gota.

—Qué puta más rica… —murmuró él—. Limpia bien esa polla que te ha destrozado el culo.

Lucía soltó la verga con un pop húmedo, subió por el pecho de Marcos y lo besó. El beso fue lento, sucio, lleno del sabor a sexo: su semen, su culo, el sudor de ambos. Las lenguas se enredaron, compartiendo ese gusto metálico y salado, mientras ella todavía temblaba con las post-sacudidas del orgasmo. Las manos de él le recorrieron la espalda, bajaron hasta las nalgas abiertas y le metieron dos dedos otra vez solo para sentir cómo el agujero se contraía vacío y goteante.

—Estás hecha una mierda —dijo él contra su boca, con una risa ronca—. El culo te chorrea mi leche.

—Y me encanta —respondió ella, mordiéndole el labio inferior—. Me has dejado abierta otra vez. Exactamente como antes.

Se quedaron un rato así, besándose con hambre, tocándose en la oscuridad del cuarto, escuchando los gemidos ajenos que ya no les importaban. Luego, despacio, empezaron a arreglarse. Lucía se subió la braga empapada, notando cómo el semen le resbalaba todavía entre las nalgas y le manchaba la tela fina. Se bajó la falda de cuero, alisándola con manos torpes. Marcos se metió la polla todavía húmeda en los vaqueros, se abrochó el cinturón. En la negrura total se buscaron las manos, se tocaban la cara para reconocerse una última vez.

Salieron juntos del cuarto oscuro, apartando la cortina de terciopelo. La luz roja del salón principal les pegó en los ojos como un golpe. Lucía parpadeó, el cuerpo todavía sensible, el culo ardiendo agradablemente con cada paso, el recuerdo de aquella polla gruesa latiéndole por dentro. Marcos le puso una mano en la nuca, posesivo, y la guió hacia la barra. Nadie los miró dos veces. Eran solo dos cuerpos más que salían de la oscuridad con las caras de quienes se habían follado bien.

Pidieron dos gin-tonics. Bebieron en silencio un momento, mirándose. El alcohol quemó la garganta de Lucía y le bajó directo al coño todavía hinchado. Marcos le acarició el muslo por debajo de la barra, subiendo hasta rozarle el borde de la braga manchada.

—Esto no se queda aquí —dijo él, la voz baja, solo para ella—. Te he sentido. El culo se te ha abierto para mí como si no hubiera pasado un año. Y yo me he corrido dentro de ti como si fueras mía otra vez.

Lucía sonrió, esa sonrisa sucia que solo él le sacaba. Apoyó la cabeza en su hombro un segundo, oliendo su sudor y su colonia amaderada mezclados con el olor a sexo que todavía les pegaba a la piel.

—Lo sé —susurró—. Me duele rico. Me duele y me mojo solo de pensar en la próxima vez que me lo metas entero sin avisar.

Se acabaron las copas. Salieron a la calle juntos. La noche estaba fresca, el aire les pegó en la cara sudada. Marcos la empujó suavemente contra la pared del callejón lateral, lejos de las luces, y le besó el cuello, mordiendo despacio.

—Vamos a seguir follándonos el culo a escondidas —murmuró contra su piel—. En cuartos oscuros, en baños de bares, en el coche. Cada vez que nos pille la gana. Sin nombres delante de nadie. Solo tú y yo y mi polla destrozándote el ano hasta que grites.

Lucía le agarró la entrepierna por encima del pantalón, sintiendo que ya se le estaba endureciendo otra vez. Le apretó, le midió el grosor que la había dejado cojeando por dentro.

—Prometido —jadeó ella—. Pero la próxima vez quiero que me lo metas sin prepararme tanto. Quiero que me duela de verdad y que me corra igual.

Marcos le soltó una risa baja, animal, y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Entonces dime, Lucía… ¿cuándo me vas a dejar partirte el culo otra vez hasta dejártelo goteando en pleno día?

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