Reencuentro Anónimo en la Azotea
Lucía y Mateo, antiguos amigos, se rinden al deseo reprimido en la azotea.
La azotea del viejo edificio olía a asfalto caliente y a jazmín que trepaba por la barandilla oxidada. Abajo, la boda de Otto seguía: risas ahogadas, el chirrido de una guitarra y el tintineo de copas. Lucía apretó el vaso de vino tinto contra el pecho y sintió el fresquito del cristal a través de la tela fina del vestido. Treinta y dos años y aún se le erizaba la piel cuando oía su nombre en la boca de alguien.
—¿Lucía?
Mateo estaba en la puerta de la escalera de servicio, la chaqueta del traje abierta, la corbata floja. Treinta y cuatro, el mismo pelo oscuro revuelto por el viento, la misma cicatriz fina en la ceja izquierda de cuando se cayeron juntos de la bici a los doce. Diez años. Diez putos años desde aquella noche en la que casi se lo dijeron todo y después huyeron como cobardes.
—Hola, Mateo —murmuró ella, y la voz le salió más baja de lo que quería.
Se acercaron sin prisa. Las luces de la ciudad parpadeaban detrás de él, rojas y amarillas, y Lucía notó cómo el estómago se le hacía un nudo caliente. Él sonrió con esa sonrisa torcida que siempre le había destrozado por dentro.
—Te ves… joder, te ves increíble —dijo, y la miró de arriba abajo sin disimulo: el escote del vestido negro, las piernas, el labio inferior mordido por los nervios.
—Tú también. Más alto. O yo más bajita. No sé.
Se rieron los dos, nerviosos, y el sonido se mezcló con la música lejana. Mateo se apoyó en la barandilla a su lado. El roce de sus hombros bastó para que a Lucía se le secaran la boca.
—Otto se casó —comentó él—. Quién lo iba a decir. El mismo que se meaba en las pijamadas.
—Y nosotros aquí arriba, como siempre, escondiéndonos de la fiesta.
El silencio se alargó. Lucía giró el vaso entre los dedos. Quería preguntarle mil cosas y al mismo tiempo quería saltarle encima. Mateo habló primero, la voz ronca:
—Nunca dejé de desearte. Ni un solo día. Después de aquella noche… me fui a Barcelona pensando que el tiempo lo mataría. Mentira. Cada vez que me corría pensaba en ti. En cómo te habrías sentido abierta debajo de mí. En tu boca. En todo.
Lucía tragó saliva. El calor le subió por el cuello hasta las orejas.
—Yo también me arrepiento —confesó—. Esa noche casi te lo digo. Casi te beso. Y me acobardé. He follado con otros y siempre comparaba. Nadie me miraba como tú. Nadie me hacía mojar las bragas solo con una sonrisa. Te he echado de menos hasta doler.
La mano de Mateo rozó la suya al apoyar el vaso. El roce fue “accidental” un segundo y después se volvió deliberado: sus dedos se enredaron, el pulgar de él dibujó círculos en la muñeca de ella. Lucía se giró. Él también. Estaban tan cerca que sentía el aliento a whisky de Mateo.
—Ya no quiero huir —susurró él—. Ni una puta vez más.
—Yo tampoco.
Se besaron. Primero torpes, labios temblando, y después con hambre: lenguas metiéndose, dientes rozando, un gemido bajo de Lucía cuando Mateo le agarró la nuca y la apretó contra su boca. El vino se derramó un poco. A nadie le importó. Las manos de él bajaron a su culo y lo amasaron por encima del vestido; ella notó la polla dura ya empujando contra su vientre.
—Joder, Lucía… te voy a follar aquí mismo —gruñó contra su oreja—. Quiero correrme dentro de ti mientras me miras. Quiero que grites mi nombre para que se oiga hasta abajo.
—Hazlo —jadeó ella—. Chúpame, fóllame, lo que sea. Te necesito.
Mateo la guió hasta el rincón más oscuro, lejos de la puerta. El suelo de cemento aún guardaba el calor del día. Lucía se arrodilló primero, las rodillas contra el asfalto áspero, y le abrió la bragueta con dedos torpes de ganas. La polla de Mateo saltó gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Lucía la miró un segundo —más gruesa de lo que recordaba en sus fantasías— y se la metió entera a la boca.
—Mierda… —Mateo echó la cabeza atrás y le enredó los dedos en el pelo—. Así, preciosa. Mírame mientras me chupas.
Ella obedeció. Ojos abiertos, mejillas hundidas, saliva resbalándole por la comisura mientras subía y bajaba, chupando con devoción, saboreando el gusto salado de él. Mateo le acariciaba el cabello con ternura sucia.
—Te he extrañado tanto… tu boca caliente… joder, Lucía, cómo me la chupas. Más profundo. Que toque tu garganta.
Ella lo hizo, jadeando por la nariz, lágrimas de esfuerzo en los ojos, y él la sujetó un momento ahí abajo antes de soltarla. Lucía sacó la polla reluciente y la lamió de base a glande.
—Levántate —ordenó Mateo, ronco—. Quiero follarte ya.
La levantó como si no pesara. Le subió el vestido hasta la cintura, le enganchó las bragas negras y las arrancó de un tirón. El aire fresco le rozó el coño empapado. Mateo la sentó medio de lado contra la barandilla, le abrió las piernas y se colocó entre ellas. La miró a los ojos mientras empujaba.
—Te quiero —dijo, y se hundió de un solo golpe profundo y lento—. Te quiero desde que éramos críos y te lo voy a demostrar follándote hasta que no puedas caminar.
Lucía gimió alto, las uñas clavadas en sus hombros. Se sentía llena, estirada, perfecta. Mateo empezó a moverse en misionero salvaje: embestidas profundas, caderas chocando, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo del coño de ella. Le mordió el cuello, le susurró putadas al oído —“qué apretada estás”, “esta polla es tuya”, “córrase para mí”— mientras le agarraba un muslo y lo levantaba para llegar más hondo.
—Mateo… joder, más… así…
Después la giró sin sacarla del todo. Lucía quedó a cuatro patas sobre el vestido extendido a modo de manta improvisada, las tetas colgando, el culo al aire. Mateo se arrodilló detrás, le agarró las caderas y la embistió con fuerza. Cada golpe hacía que a ella le temblaran los muslos. Él se inclinó, le metió una mano por delante y le pellizcó los pezones duros a través de la tela, después bajó y le frotó el clítoris con dos dedos mojados en su propio jugo.
—Córrase, Lucía. Quiero sentirte apretarme la polla mientras gritas mi nombre.
Ella se corrió gritando —“¡Mateo, joder, Mateo!”— el coño contrayéndose en oleadas, las piernas flojas. Él no paró. La sostuvo hasta que el orgasmo bajó un poco y entonces se sentó en el suelo, espalda contra la pared baja, y la subió a horcajadas.
—Ahora tú —dijo, la voz hecha un hilo—. Cabalga. Fóllate esta polla como has querido estos diez años.
Lucía se hundió sobre él en vaquera, controlando el ritmo: primero lento, saboreando cada centímetro, después más rápido, rebotando, las tetas saltándole delante de la cara de Mateo. Él le chupó un pezón, le agarró el culo con ambas manos y la ayudó a bajar más fuerte. Se miraron a los ojos. Sin huir. Sin mentiras.
—Me corro… contigo… —jadeó ella.
—Juntos —gruñó él.
El segundo orgasmo de Lucía la dobló hacia delante; Mateo se corrió un segundo después, profundo, caliente, llenándola a chorros mientras la abrazaba contra su pecho y le mordía el hombro. Se quedaron así, temblando, sudados, el semen de él resbalando ya entre los muslos de ella cuando ella se levantó un poco.
Abajo seguían sonando los brindis. El viento traía risas. Mateo le apartó un mechón de pelo de la frente y le besó la sien con una ternura que contrastaba con lo salvaje de hacía un minuto.
—No quiero que esto sea solo una follada de azotea —susurró contra su piel—. No otra vez. Quédate. Habla conmigo. Dime que no te vas a esfumarte mañana.
Lucía aún tenía el corazón desbocado. Se acomodó a su lado, el vestido arrugado, las bragas rotas tiradas a un metro, y apoyó la cabeza en su hombro. El semen le bajaba cálido por el muslo interior. Quería decirle que sí, que esta vez se quedaba, pero las palabras se le atragantaban entre el alivio y el miedo antiguo.
—Hay cosas que no te conté en estos diez años —murmuró al fin, la voz baja—. Cosas que… cambian un poco el paisaje. Pero no quiero hablarlas aún. Quiero quedarme aquí un rato más. Contigo. Sin huir.
Mateo le apretó la mano. Sus pulgares se rozaron otra vez, esta vez con toda la intención del mundo. Abajo Otto gritaba algo sobre el brindis de los solteros. Arriba, en la azotea, el aire olía a sexo y a segunda oportunidad a medias, y ninguno de los dos se movió todavía.
El semen de Mateo seguía resbalándole por el muslo interno, caliente y espeso, cuando Lucía se acomodó mejor contra su pecho. El asfalto aún quemaba un poco bajo el vestido arrugado, pero no quería moverse. El olor a sexo se mezclaba con el jazmín y el whisky de su aliento. Mateo le acariciaba la espalda desnuda con la yema de los dedos, subiendo y bajando por la cremallera abierta del vestido, como si quisiera memorizar cada vértebra.
—Dime algo de ti —susurró él contra su pelo—. Cualquier cosa. Que no sea solo esto… aunque joder, esto es lo mejor que me ha pasado en años.
Lucía cerró los ojos. Sentía su polla blanda y húmeda contra su muslo, aún manchada de los dos. El corazón le latía fuerte, no solo por el orgasmo, sino por lo que no decía.
—Trabajo en una galería. Cuadros de gente que pinta lo que no puede decir con palabras. A veces me quedo hasta tarde mirándolos y pienso en ti. En cómo dibujabas en los márgenes de los cuadernos del instituto. Monstruos con mi cara. ¿Te acuerdas?
Mateo soltó una risa baja, ronca.
—Claro que me acuerdo. Eras la única que no se reía. Te los guardabas. Una vez te besé el cuello detrás del gimnasio y te corriste en las bragas solo con eso. Me lo confesaste después, roja hasta las orejas.
—Mentira —dijo ella, pero la sonrisa se le escapó—. Bueno… casi. Me mojé tanto que tuve que inventar que me había caído el zumo.
Él la giró un poco, suficiente para mirarla a la cara. Las luces de la ciudad le pintaban sombras en los pómulos. Su mano bajó, lenta, y le abrió más las piernas con dos dedos. El semen salía de ella, brillando en la oscuridad. Mateo lo recogió con la yema y se lo llevó a la boca, chupándose el dedo sin dejar de mirarla.
—Sabes a mí y a ti. A puta segunda oportunidad. Quiero más.
Lucía jadeó cuando esos mismos dedos volvieron a su coño, empujando el semen dentro otra vez, como si no quisiera perder ni una gota. Dos falanges, después tres, abriéndola con cuidado y al mismo tiempo con hambre. El pulgar le encontró el clítoris hinchado y lo frotó en círculos lentos.
—Mateo… aún estoy sensible.
—Lo sé. Por eso. Quiero verte correrte otra vez antes de que baje el subidón. Quiero oírte decir mi nombre mientras te abro con los dedos y te recuerdo que esta coño es mío desde que teníamos dieciocho y nos daba miedo admitirlo.
Ella abrió más las piernas. El vestido le quedaba subido hasta la cintura, las tetas casi fuera del escote. Mateo se inclinó y le chupó un pezón a través de la tela fina, mojándola, mordiendo suave mientras los dedos entraban y salían con un sonido obsceno, chapoteando en el desastre que habían dejado. Lucía arqueó la espalda. El placer subía otra vez, más denso, más sucio.
—Más profundo —pidió ella—. Mételos todos. Quiero sentirte hasta el fondo.
Él obedeció. Cuatro dedos ahora, estirándola, el nudillo rozándole la entrada del culo. Lucía gimió alto, una mano en el pelo de Mateo, la otra agarrada a la barandilla oxidada. Abajo la fiesta seguía, alguien gritaba el nombre de Otto, pero aquí solo existían el roce húmedo y la respiración entrecortada.
—Te he follado en mi cabeza mil veces —confesó Mateo contra su pecho—. En el metro, en la ducha, en la cama de putos hoteles de mierda en Barcelona. Siempre terminaba gritando tu nombre en la almohada. Y ahora te tengo aquí, goteando mi leche, abriéndote para mí como si el tiempo no hubiera pasado. Dime que me deseabas igual de mal.
—Más —jadeó Lucía—. Me corrí pensando en tu polla tantas noches… me metía los dedos y fingía que eras tú. A veces me grababa en el móvil diciendo tu nombre y lo borraba después porque me daba vergüenza. Te he querido de una forma que duele, Mateo. Y ahora… joder, ahora no sé cómo parar.
Los dedos de él se curvaron, buscando ese punto esponjoso dentro de ella. Lucía se tensó de golpe. El orgasmo llegó rápido, violento, contrayéndose alrededor de sus nudillos, mojándole la muñeca entera. Gritó contra su hombro para no alertar a nadie abajo. Mateo la sostuvo, susurrándole putadas dulces:
—Eso es… apriétame. Quédate. No te escapes otra vez. Esta vez te voy a follar hasta que me cuentes todo lo que no quieres decirme. Hasta que no quede espacio para secretos entre tu coño y mi polla.
Cuando bajó el temblor, Lucía lo empujó suavemente hacia atrás. Mateo se dejó caer sentado contra la pared baja. Ella se arrodilló entre sus piernas, el cemento áspero haciéndole marcas en las rodillas. Le sacó la polla otra vez —ya dura, gruesa, brillante de restos de semen y saliva— y la lamió de base a punta con lengua plana, saboreando el sabor de los dos mezclado.
—Quiero que me la metas por el culo —dijo ella, mirándolo a los ojos, la voz ronca de deseo—. Nunca lo he hecho con nadie. Te lo estaba guardando sin saberlo. Fóllame el culo aquí, en la azotea, y después dime otra vez que me quieres.
Los ojos de Mateo se oscurecieron. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano, tierno y salvaje a la vez.
—¿Estás segura?
—Más que de nada. Quiero sentirte en todos lados. Quiero que me marques.
Él escupió en sus dedos y se los llevó al culo de ella, que seguía de rodillas, el vestido subido, el culo al aire. Primero un dedo, lento, girando, abriéndola con paciencia mientras ella jadaba y empujaba hacia atrás. Después dos. El esfínter cedía, ardiendo un poco, perfecto. Mateo le hablaba todo el tiempo:
—Así, preciosa. Relájate. Vas a tomar toda mi polla aquí arriba mientras abajo brindan por el amor eterno. Y yo te voy a llenar el culo como te llené el coño. Porque te quiero. Porque diez años fueron demasiados. Porque tu secreto puede esperar, pero mi ganas de follarte no.
Cuando estuvo lista, Lucía se giró, se puso a cuatro patas otra vez y miró por encima del hombro. Mateo se arrodilló detrás, alineó la cabeza de la polla contra su agujero rosado y apretado, y empujó. Lento. Centímetro a centímetro. Lucía mordió el dorso de la mano para no gritar. El ardor se convirtió en plenitud, en algo oscuro y delicioso que le llegaba hasta el estómago.
—Joder… qué estrecho —gruñó Mateo—. Me estás matando. Dime si paro.
—No pares. Métela toda. Quiero sentirte reventarme.
Se hundió hasta las pelotas. Se quedaron quietos un segundo, respirando. Después empezó a moverse: embestidas cortas al principio, después más largas, más profundas. El sonido era obsceno, carne contra carne, su polla entrando y saliendo del culo de Lucía mientras ella empujaba hacia atrás para encontrarlo. Mateo le agarró las caderas con fuerza, le dejó marcas de dedos, y con la otra mano le alcanzó el clítoris otra vez, frotándolo al ritmo de las embestidas.
—Te quiero, Lucía. Te quiero follada y abierta y mía. Dime que esta vez te quedas. Dime que mañana no voy a despertar y descubrir que te has esfumado otra vez.
Ella no podía formar frases coherentes. Solo gemidos, su nombre, “más fuerte”, “así”, “lléname”. El placer le subía por la espalda en oleadas. Cuando se corrió por tercera vez fue diferente: más profundo, más visceral, el culo apretándole la polla en espasmos mientras el coño chorreaba sobre los muslos de Mateo. Él la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y corriendose a chorros calientes dentro de su culo, gruñendo su nombre como una plegaria sucia.
Se derrumbaron juntos sobre el vestido. Mateo salió despacio y el semen le salió a Lucía en un hilo espeso que le bajó por el perineo hasta el coño. Él lo recogió con los dedos y se lo metió otra vez en la boca a ella, haciéndola chupar. Lucía lo hizo, mirándolo, saboreando lo que habían hecho.
El silencio que siguió fue denso. Abajo alguien había puesto una canción lenta. El viento refrescaba el sudor de sus pieles. Mateo le limpió la cara con el dorso de la mano y le besó los labios hinchados.
—Ese secreto tuyo… —empezó él, la voz baja—. No tiene que ser ahora. Pero no quiero que se quede entre nosotros como una pared. Yo me fui a Barcelona y me comí el mundo a solas. Tú te quedaste y… lo que sea que guardes, lo enfrentamos. Juntos. ¿Me oyes?
Lucía se acurrucó contra él. El culo le ardía de la mejor manera, el coño latía, el corazón le pesaba de algo que aún no nombraba.
—Lo oigo. Y tengo miedo. Miedo de que cuando te lo diga… esto se rompa. De que me mires diferente. Por eso quiero quedarme un rato más así. Follada. Llena. Sin palabras grandes todavía. Solo tu polla y mi cuerpo recordando lo que siempre debió ser.
Mateo asintió. Le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le acarició el pecho desnudo, jugueteando con un pezón todavía duro.
—Entonces no nos movemos. Que Otto se case mil veces. Que la ciudad se apague. Yo me quedo aquí hasta que decidas hablar… o hasta que se me ponga otra vez dura y te folle contra la barandilla mirando las luces. Lo que necesites. Pero esta vez no huyo. Y tú tampoco.
Lucía cerró los ojos. Sentía el semen secándosele entre los muslos, el viento, la mano de él. El secreto le quemaba la lengua —un nombre, una fecha, una decisión tomada en soledad hace años— pero lo mordió. Por ahora. Escalada. Más cerca. Más hambre. Mañana, o dentro de una hora, o cuando bajaran las escaleras, tendría que soltarlo. Por ahora solo existía el calor de su cuerpo, la promesa sucia en el aire, y el deseo que no se apagaba ni después de tres orgasmos.
Se giró un poco y le mordió el pezón a través de la camisa abierta.
—Otra vez —susurró—. Quiero que me cojas de pie, mirando abajo. Que me hagas correrme mientras la gente brinda. Y después… después hablamos. Un poco. Lo justo para no ahogarme.
Mateo sonrió esa sonrisa torcida que siempre la destrozaba. Ya se le estaba poniendo dura otra vez contra su muslo.
—Como digas, Lucía. Esta azotea es nuestra hasta que digas lo contrario. Y yo voy a follarte hasta que el secreto te sepa a poco comparado con lo que te hago sentir.
La levantó con facilidad. El vestido quedó hecho un guiñapo a sus pies. Desnudos casi del todo, pegados, la polla de él rozándole el vientre otra vez. El reencuentro seguía. Más profundo. Más sucio. Más peligroso. Y ninguno de los dos estaba listo para bajar todavía.
Mateo la sostuvo contra la barandilla oxidada, las luces de la ciudad parpadeando a sus espaldas como testigos mudos. La polla le rozaba el vientre todavía manchado de semen y sudor. Lucía abrió las piernas y se impulsó hacia arriba; él la guió hasta sentir la cabeza gruesa empujando otra vez la entrada hinchada de su coño. Entró de un solo embiste profundo, hasta el fondo, y ella arqueó la espalda contra el metal frío.
—Mírame —ordenó él, voz ronca—. No mires abajo. Mírame mientras te folio con toda la puta ciudad escuchando.
Ella lo miró. Los ojos de Mateo brillaban oscuros, la cicatriz de la ceja contraída por el esfuerzo. Empezó a moverse con embestidas largas y lentas al principio, sacándola casi del todo para volver a hundirse hasta las pelotas. El roce le arrancaba gemidos guturales. Cada embiste hacía que las tetas le rebotaran fuera del escote destrozado. Mateo le agarró un muslo y lo levantó más, abriéndola del todo, y aceleró el ritmo. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo se mezclaba con la música lejana de la boda y el viento que traía olor a jazmín y asfalto caliente.
—Joder, cómo me aprietas… —gruñó contra su cuello, mordiéndole la piel—. Diez años imaginando esto y es mil veces mejor. Tu coño me está chupando la polla como si quisiera quedársela. Dime que sientes lo mismo.
—Te siento en todo el puto cuerpo —jadeó Lucía, las uñas clavadas en sus hombros—. Más fuerte. Quiero que me dejes marcas. Que mañana camine coja y sepa que fuiste tú.
Él obedeció. Embestidas brutales, caderas chocando, la barandilla crujiendo bajo el peso. Con una mano le frotó el clítoris hinchado en círculos rápidos; con la otra le pellizcó un pezón hasta que ella soltó un grito ahogado. El orgasmo la atravesó de golpe: el coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla de Mateo, chorreando jugos calientes que le resbalaban por los muslos y goteaban al cemento. Mateo no paró. La folló a través del temblor, susurrándole putadas al oído.
—Eso es… córrete otra vez. Quiero sentirte exprimirme mientras miras las luces. Esta polla es tuya, Lucía. Siempre lo fue.
Cuando el temblor bajó un poco ella se impulsó hacia abajo, sacándole la polla con un sonido obsceno, y se giró de espaldas a él. Se agarró a la barandilla con las dos manos, el culo alzado, el semen anterior todavía brillándole entre los labios del coño y el agujero rosado del culo. Mateo escupió en su polla, se alineó y empujó otra vez dentro de su culo. Lucía mordió el labio hasta saborear sangre. El ardor se transformó enseguida en una plenitud oscura y deliciosa. Él se hundió centímetro a centímetro hasta sentarse del todo contra sus nalgas.
—Relájate, preciosa… así… joder, qué estrecho me tienes el culo. Voy a reventártelo despacio.
Empezó a moverse con embestidas profundas y controladas. Cada vez que entraba del todo le daba un palmada suave en la nalga y le frotaba el clítoris con los dedos mojados. Lucía empujaba hacia atrás para encontrarlo, gemidos rotos saliéndole de la garganta. Abajo alguien brindaba; aquí arriba solo existía el chapoteo sucio de la polla de Mateo follándole el culo y el olor a sexo que se les pegaba a la piel.
—Te quiero —repitió él, la voz hecha un hilo—. Te quiero abierta y llena y mía. Dime el puto secreto. Suéltalo ahora que te estoy follando el culo. Que no quede nada entre nosotros.
Lucía negó con la cabeza al principio, el orgasmo subiendo otra vez por la espalda como una corriente eléctrica. Pero las palabras se le escaparon entre gemidos:
—Tuve… una hija —jadeó—. Hace seis años. Con un tío que no importaba. Se llamó Martina. Y… se murió. Tenía tres años. Una puta fiebre que no… que no controlamos a tiempo. Por eso no te busqué. Por eso me escondí. Pensé que si te lo contaba me mirarías con lástima y yo no aguantaba más lástima. Solo quería… esto. Sentirte. Olvidar un rato.
Mateo se detuvo un segundo, todavía enterrado hasta las pelotas dentro de ella. Le besó la nuca con una ternura feroz, sin sacar la polla.
—Joder, Lucía… —susurró—. Lo siento. Lo siento tanto. Pero no me voy. Te follo igual. Te quiero igual. Más. Métete eso en la cabeza mientras te la meto yo por detrás.
Reanudó las embestidas, más lentas, más profundas, una mano rodeándole la cintura para sostenerla. Lucía lloraba y se corría al mismo tiempo: el culo apretándole la polla en oleadas, el coño chorreando sobre los muslos de él, el nombre de Mateo saliendo de su boca como una plegaria rota. Él se corrió segundos después, grueso y caliente, llenándole el culo a chorros mientras la abrazaba por detrás y le mordía el hombro.
Se quedaron quietos, temblando, el semen resbalándole a ella por el perineo hasta el coño. Mateo salió despacio. Lucía se giró y se dejó caer contra su pecho. Él la envolvió con los brazos, le limpió las lágrimas con los pulgares y le besó la frente sudada.
—No tienes que cargar con eso sola nunca más —murmuró—. Yo me quedo. Hablo con Martina en tu memoria si hace falta. Te follo cada noche hasta que duelas menos. Lo que sea.
Ella asintió contra su piel, pero el cuerpo se le estaba enfriando. El viento ya no olía solo a jazmín; olía a final. Se separó un poco, recogió el vestido hecho jirones y se lo puso como pudo. Las bragas rotas las dejó donde estaban. Se limpió entre las piernas con un trozo de tela, sintiendo el semen espeso todavía saliendo de ella.
Mateo la observaba en silencio, la polla blanda y brillante, la camisa abierta. Lucía se acercó, le besó la boca una última vez —lento, profundo, saboreando el whisky y el sexo— y le acarició la cicatriz de la ceja con el pulgar.
—Esto fue… todo lo que necesitaba —dijo ella, la voz baja y clara—. Más de lo que merecía. Pero ahora tengo que bajar. Otto, la gente… y yo necesito estar sola un rato con lo que te conté. No estoy enfadada. No huyo como antes. Solo… estoy hecha por hoy. Contigo. Con esto.
Se agachó, recogió los zapatos y se los puso sin prisa. Mateo no la detuvo. Solo la miró con esa sonrisa torcida más triste.
—Te espero abajo —dijo él—. O mañana. O cuando digas. No me esfumo.
Lucía asintió una vez. Se acercó a la puerta de la escalera de servicio, el vestido arrugado pegado al cuerpo sudado, el culo y el coño todavía latidores y llenos. Se detuvo un segundo en el umbral, miró atrás hacia la azotea donde el aire olía a ellos dos, y bajó los peldaños sin mirar otra vez. El eco de sus pasos se perdió entre la música y los brindis. Arriba, Mateo se quedó solo contra la barandilla, el semen secándosele en la piel, la ciudad parpadeando, y la azotea vacía por primera vez en diez años.
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