Nuestro Primer Beso en la Azotea
Reencuentro con su vecina Kiara en la azotea.
El ruido de la fiesta subía como un murmullo lejano desde el patio del viejo edificio del centro. Las luces de la boda parpadeaban abajo, entre risas y brindis, pero en la azotea solo había viento caliente de verano, el olor a asfalto y la luna llena clavada sobre los tendales.
Kiara empujó la puerta de metal y salió con el vestido de dama de honor pegado a la piel por el calor. El escote le bajaba hasta casi los pezones y la falda corta se le pegaba a los muslos. Necesitaba aire. Diez años sin verlo y de pronto estaba ahí abajo, entre los invitados, tan jodidamente guapo que le había costado no mirarlo todo el rato.
Marco ya estaba en la barandilla, de espaldas, con la camisa blanca arremangada y una copa a medio beber. Al girarse, la reconoció al instante. La misma boca que él había besado a los dieciocho. Los mismos ojos oscuros que lo habían perseguido en cada ciudad extranjera.
—Kiara —dijo, y su voz le llegó baja, ronca, como si el nombre le pesara en la lengua.
Ella se acercó. El tacón resonó en el concreto.
—Marco. Diez putos años.
Se miraron. La nostalgia les apretó el pecho al mismo tiempo. Él había salido delgado y torpe; volvía con hombros anchos, mandíbula marcada y esa seguridad que se le notaba hasta en la forma de apoyar el codo en la baranda. Ella, de chica callada, se había convertido en mujer de curvas, labios pintados y un temblor que no lograba esconder.
Un roce accidental: al pasar junto a él, su brazo rozó el costado de Kiara. El contacto duró un segundo y les quemó la piel. Ninguno se apartó del todo.
—Nunca dejé de pensar en ti —susurró ella, casi sin aire—. Ni un solo día.
Marco tragó saliva. Le sostuvo la mirada.
—Yo tampoco. En Londres, en Berlín… cada vez que follaba con alguien cerraba los ojos y eras tú. Siempre tú.
El deseo les subió lento, espeso, emocional. No era solo carne: era la herida abierta de lo que nunca se dijeron.
Abajo la música cambió a algo lento. Arriba, el silencio se densificó. Se sentaron en el borde de un muro bajo, rodillas rozándose. Recordaron el primer beso: aquella tarde en esta misma azotea, ella con dieciocho recién cumplidos, él a punto de irse. Un pico torpe, húmedo, eterno.
—Lo recuerdo todo —dijo Kiara, y la voz se le quebró—. Cómo me agarraste la cara. Cómo me temblaban las piernas. Nunca te lo dije, Marco… siempre te quise. Siempre fuiste el gran amor que no confesé. Me destrozó verte irte.
Las lágrimas le brillaron sin caer del todo. Él le secó una con el pulgar, tierno y voraz a la vez.
—Nunca dejé de amarte —confesó contra su boca casi—. Nunca. Me fui de cobarde. Volví porque no podía más.
Kiara se acercó primera. Se levantó, se plantó entre sus piernas abiertas y le tomó la cara con las dos manos. Marco la agarró de la cintura con una mano firme y la otra en la nuca, tirándola hacia él. El beso fue hambre contenida durante una década: lengua profunda, dientes rozando labio, saliva compartida, gemidos ahogados. Ella se frotó contra la erección que ya le tensaba el pantalón. Él apretó el culo de ella a través de la tela fina del vestido y sintió que no llevaba casi nada debajo.
Eligieron entregarse. Los dos. Conscientes. En esa azotea, bajo la luna, con la fiesta ignorándolos.
Kiara se arrodilló sobre el concreto caliente. Le bajó la cremallera con dedos torpes de ganas. La polla de Marco saltó gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Ella lo miró a los ojos mientras la envolvía con la boca caliente.
—Joder, Kiara…
Chupó con devoción, labios estirados alrededor del grosor, lengua rozando cada vena, bajando hasta casi atragantarse. Gemía alrededor de la carne, saliva espesa bajándole por la barbilla, mirándolo sin pestañear. Le masajeó los huevos con una mano mientras la otra se metía bajo su propio vestido para tocarse el coño empapado. Marco le agarró el pelo sin rudeza, solo para guiarla, y folló despacio su boca, sintiendo cómo ella se mojaba más solo de servirlo.
Cuando no aguantó más la vista de ella de rodillas, la levantó de un tirón. La empujó contra la barandilla, le subió el vestido de dama de honor hasta la cintura y le arrancó las bragas de encaje de un jalón. El olor de su coño le subió directo a la cabeza. Se arrodilló él ahora, le abrió los muslos y se la comió con lengua experta: lameó los labios hinchados, chupó el clítoris hinchado, metió la lengua dentro y la folló con ella hasta que Kiara se corrió temblando, agarrada a la baranda, mojándole la boca y la barbilla mientras gemía su nombre ahogado para que abajo no oyeran.
—Te sabes igual de dulce —gruñó él, poniéndose de pie, la cara brillante de ella—. Siempre supe que eras mía.
La levantó un poco, le enganchó una pierna en la cadera y la penetró de un solo empujón en misionero contra la barandilla. La polla gruesa le abrió el coño empapado hasta el fondo. Kiara soltó un grito sofocado y se aferró a sus hombros. Marco la folló con embestidas profundas, mirándola a los ojos, besándole la boca entre embestida y embestida. El vestido le quedó hecho un desastre, un pecho fuera, el pezón duro rozándole la camisa.
—Te amo —le susurraba al oído mientras la clavaba—. Te amo, te amo, joder, cómo te extrañé este coño.
La giró. La puso a cuatro patas sobre un banco viejo de la azotea, el culo en alto, el vestido subido a la espalda. Le separó los glúteos y la penetró de nuevo por detrás, hasta los huevos. Embestidas fuertes que le hacían temblar las tetas, alternadas con caricias lentas en el clítoris con los dedos húmedos. Besos en la nuca, en la espalda, palabras tiernas metidas entre la porquería.
—Tan puta y tan mía… tan perfecta… corrés conmigo, Kiara. Ahora.
Ella se apretó alrededor de él. Él le frotó el clítoris más rápido. El orgasmo los partió juntos: ella contrayéndose en oleadas calientes que le ordeñaban la polla, él disparando semen espeso y caliente dentro de ella, gemidos roncos, nombres entrecortados, cuerpos sacudidos bajo la luna mientras el semen les bajaba por los muslos mezclado con los fluidos de ella.
Se quedaron temblando. Marco aún dentro, respirando contra su cuello. Kiara con las rodillas flojas, el corazón desbocado.
Abajo alguien gritó un brindis. Arriba, el viento les secó el sudor de la piel.
Marco la abrazó por detrás sin salir del todo y le besó el hombro.
—Esto no termina aquí —murmuró contra su oreja, la voz todavía rota de placer—. Hay cosas que no te dije. Cosas de por qué me fui de verdad.
Kiara se tensó suavemente entre sus brazos, todavía llena de él, todavía latente el orgasmo. El deseo no se había apagado; solo había cambiado de forma, más profundo, más peligroso. Giró la cabeza lo justo para mirarlo de reojo, labios hinchados, ojos brillantes.
—Entonces dilo —susurró—. Antes de que bajemos.
Él no respondió de inmediato. Solo la apretó más contra su pecho, la polla todavía semi dura latándole dentro, y miró hacia las luces de la ciudad como si algo allí abajo pudiera alcanzarlos en cualquier segundo.
Marco no salió de ella. La polla le latía todavía medio dura, caliente, metida hasta el fondo de aquel coño que lo ordeñaba con espasmos residuales. Kiara sentía cada pulso contra el cuello del útero, el semen espeso resbalándole ya por el muslo interior, mezclado con su propia corrida. El viento de la azotea le secaba el sudor de la nuca mientras él la abrazaba por detrás, pecho contra espalda, respiración irregular pegada a su oído.
—Dilo —repitió ella, más bajo, girando apenas la cadera para sentirlo más hondo—. Joder, Marco, dilo de una vez.
Él le besó el hombro desnudo, el que el vestido de dama de honor había dejado al aire. La mano le subió por el vientre hasta atrapar un pecho, pellizcando el pezón ya hinchado entre el índice y el pulgar. Kiara soltó un gemido ronco y apretó los glúteos contra él; la polla respondió al instante, engrosándose otra vez dentro, empujando pared adentro como si no hubiera acabado de vaciarse hacía minutos.
—Me fui porque te quería demasiado y era un cobarde de mierda —confesó contra su piel—. Porque esa misma noche del primer beso, aquí, supe que si me quedaba te iba a pedir que fueras mía para siempre… y yo no tenía un puto duro, ni futuro, ni nada que ofrecerte. Mi padre me conseguía el billete a Londres al día siguiente. Firmé. Callé. Te dejé con la boca hinchada y las piernas temblando y me largué como un hijo de puta.
Kiara cerró los ojos. El pecho se le apretó con una mezcla de rabia vieja y alivio sucio. Se empujó hacia atrás, follándolo despacio ella misma, haciendo que la verga resbalara casi fuera y volviera a enterrarse hasta los huevos.
—Diez años, Marco. Diez putos años tocándome sola pensando en ti. Follando con tíos que no eras tú. Y ahora me sueltas eso con la polla todavía goteándome el coño…
—Sí —gruñó él, y la embistió de verdad—. Y cada vez que me corría en otra me odiaba. Cada puta vez.
La levantó sin salir del todo, la giró entre sus brazos y la sentó de frente sobre el mismo banco oxidado. El vestido le quedó amontonado en la cintura; las tetas al aire, pesadas, pezones oscuros y duros. Marco se arrodilló un segundo entre sus muslos abiertos solo para mirar: el coño rojo, hinchado, chorreando semen blanco que le brillaba en los labios y en el clítoris. Se la chupó una vez, lenta, saboreando su propia corrida mezclada con ella, y Kiara le agarró el pelo con las dos manos.
—Otra vez —pidió, voz rota—. Métela otra vez. Quiero que me folles hasta que no pueda bajar las escaleras.
Él obedeció. Se puso de pie, le enganchó las piernas a la cintura y la empaló de un solo golpe seco. El coño la recibió con un sonido obsceno, húmedo, perfecto. Empezó a follarla en vertical, levantándola y dejándola caer sobre la polla gruesa, embestidas profundas que le hacían rebotar las tetas contra su pecho. Cada vez que bajaba sentía la punta golpearle el fondo; cada vez que subía el aire le faltaba.
—Te amo, Kiara —le decía al oído entre embestida y embestida, sucio y tierno a la vez—. Te amo este coño que me aprieta como si fuera la primera vez. Te amo cómo gimes mi nombre. Te amo que me dejes correrme dentro otra vez, que me dejes marcarte…
Ella lo besó con lengua y dientes, chupándole el labio inferior hasta casi morderlo. Se frotaba el clítoris contra la base de él cada vez que bajaba. El orgasmo le subía otra vez, más pesado, más emocional, trepándole por la columna.
—Más fuerte —jadeó—. Fóllame como si te fueras otra vez mañana. Como si esta fuera la última.
Marco la bajó al concreto caliente de la azotea, la puso de espaldas, le abrió las piernas hasta casi partirla y la penetró en misionero salvaje. Manos bajo su culo, alzándola para entrar más hondo. El vestido hecho jirones morales a su alrededor. Sudor, saliva, semen anterior haciendo de lubricante perfecto. Le hablaba al oído mientras la clavaba:
—Nunca más. Nunca más me voy sin ti. Este coño es mío. Estas tetas son mías. Esta boca que me chupó la polla hasta casi correrme en tu garganta es mía. Dilo.
—Soy tuya —soltó ella, y se corrió otra vez, contrayéndose en oleadas violentas alrededor de la verga, mojándolo hasta los huevos, gritando su nombre contra el hombro para que la música de abajo lo tapara.
Él no aguantó. Tres embestidas más y se vació de nuevo, profundo, chorros calientes y espesos que le llenaron el útero otra vez, gimiendo ronco, temblando, besándole la boca abierta mientras se derramaba entero dentro. Se quedaron así largos minutos: él semiduro aún latente, ella con las piernas rodeándole la cintura, el semen empezando a escaparse por los bordes cada vez que respiraban.
Cuando por fin salió, el vacío la hizo gemir. Semen blanco le resbaló por el culo hasta el concreto. Marco se arrodilló, le limpió el coño con dos dedos lentos y se los metió en la boca, saboreándola. Luego se los ofreció a ella; Kiara chupó sin vergüenza, mirándolo a los ojos.
Se vistieron a medias en silencio. Él se subió la cremallera sobre la polla todavía sensible; ella se bajó el vestido, sin bragas —las de encaje seguían hechas un guiñapo en algún rincón—, el semen pegajoso entre los muslos cada vez que daba un paso. Se miraron. La luna los iluminaba enteros: labios hinchados, marcas de dedos, olor a sexo crudo.
—Quédate —dijo Marco, tomándole la cara—. No bajes. Nos vamos los dos. Ahora. A mi hotel. A cualquier sitio. Diez años son suficientes.
Kiara le sostuvo la mirada. El pecho le dolía de amor y de algo más antiguo, más cansado. Le acarició la mandíbula con el pulgar, le dio un último beso lento, profundo, de esos que saben a despedida aunque se diga lo contrario.
—No —susurró contra su boca—. No esta noche. Abajo me esperan. Y yo… necesito bajar sola. Sentir esto entre las piernas mientras brindo y sonrío y finjo que no me acaban de follar el alma en la azotea. Mañana… mañana hablamos. Si sigues aquí.
Marco asintió una sola vez. No discutió. Le soltó la cintura.
Kiara recogió los tacones con una mano, cruzó la azotea descalza sobre el concreto todavía caliente, abrió la puerta de metal y la dejó cerrarse tras ella con un golpe sordo. Bajó los escalones sin mirar atrás, el vestido pegado a la piel, el semen de Marco resbalándole despacio por el muslo interior, el corazón latiéndole fuerte y el cuerpo ya decidiendo, en silencio, que esta vez el que se iba —aunque solo fuera hasta la planta de abajo— era ella.
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