Reencuentro Consentido en el Baile de Máscaras
Fiona reencuentra a su viejo amor Emmett en el baile, pero la pasión reprimida amenaza con destruir sus vidas actuales.
El salón del hotel brillaba con luces doradas y el murmullo elegante de copas chocando. Máscaras de plumas, terciopelo y lentejuelas ocultaban rostros mientras la orquesta tocaba un vals suave. Fiona ajustó la máscara negra de encaje contra su mejilla y aceptó otra copa de champagne de una bandeja. Treinta y dos años, divorciada hacía dieciocho meses, y ahí estaba por Miriam y Damon, sus mejores amigos, celebrando el aniversario de bodas. Se había obligado a venir. Solo una noche. Nada más.
Entonces lo olió.
Ese rastro familiar a sándalo y piel limpia la atravesó antes de que la voz, grave y cercana, le rozara la nuca.
—Fiona.
Se giró. La máscara de él era simple, oscura, de cuero. Pero la mandíbula, la forma de la boca, el modo en que inclinaba la cabeza… Emmett. Diez años sin verlo. Diez años desde la noche en la terraza de la casa de sus padres, cuando casi se besaron y él se fue a otra ciudad al amanecer sin mirar atrás.
—Emmett —susurró ella, y el nombre le supo a peligro dulce.
Él no se quitó la máscara. Tampoco ella. Se miraron a través de los orificios, y la tensión le subió por las piernas como un calor antiguo. Emmett le ofreció la mano para el brindis oficial; al tomarla, sus dedos se rozaron «por accidente» y ninguno retiró el contacto de inmediato. Fiona sintió el pulso de él contra la yema. Recordó cómo le temblaban las manos aquella noche lejana, cómo ella se había echado atrás por miedo, cómo después se arrepintió cada puto día.
—No sabía que vendrías —dijo él, voz baja, solo para ella.
—Miriam insistió. Tú tampoco avisas nunca.
—Llegué ayer. Vi tu nombre en la lista y… no pude quedarme en la habitación.
Bailaron el primer vals con distancia cortés, pero cada vez que la orquesta bajaba el volumen, el pecho de Emmett rozaba el de ella. Fiona notó la erección que él no intentaba del todo disimular; el roce era deliberado y consentido, un empujón suave de cadera que ella respondió apretando los muslos. Bajo la tela del vestido rojo, su coño ya estaba húmedo. Pensó en su divorcio, en las noches vacías, en lo estúpido que era querer a este hombre otra vez. Emmett inclinó la cabeza y su aliento caliente le rozó el lóbulo.
—Tu olor no ha cambiado —murmuró—. Me está volviendo loco.
Cuando la pieza lenta empezó de verdad, Emmett la atrajo más cerca. Una mano en la cintura baja, los dedos abiertos sobre la curva de su culo. Fiona apoyó la mejilla contra su hombro y cerró los ojos.
—Nunca dejé de pensar en ti —confesó él contra su oído, sin adornos—. Ni un solo puto año. Me iba a la cama imaginando cómo habrías sabido esa noche. Cómo te habría follado despacio hasta que gritaras.
Fiona se estremeció. La confesión le abrió algo en el pecho.
—Yo siempre me arrepentí de no haberme entregado —admitió, la voz ronca—. Me masturbaba pensando en tu boca. En lo que habrías hecho conmigo si no me hubiera acobardado. Te extrañé como una idiota.
Emmett soltó un sonido gutural y la guió hacia un rincón oscuro del salón, detrás de una columna y unas cortinas pesadas. Allí la empujó con suavidad contra la pared y le besó la boca por fin. El primer beso fue hambriento, dientes, lengua, el sabor a champagne y a años perdidos. Fiona abrió los labios y lo dejó entrarle, chupándole la lengua mientras sus manos subían por la pechera de la camisa de él, palpando el pecho duro. Emmett le alzó el vestido un poco y le acarició el muslo interior por encima de las medias; ella abrió las piernas y gimió en su boca cuando los dedos rozaron la tela empapada de las bragas.
—Estás empapada —susurró él, sucio, maravillado—. Para mí.
—Sí. Quiero que me folles. Ahora. No puedo esperar más.
Se miraron a través de las máscaras. El acuerdo fue explícito, deseado, urgente.
—Tengo suite en el piso doce —dijo Emmett—. ¿Vienes?
—Llévame.
Subieron en el ascensor sin hablar, solo rozándose las manos, el pulso disparado. Apenas la puerta de la suite se cerró de un portazo, se arrancaron las máscaras. La cara de Emmett apareció igual y distinta: más madura, la barba de tres días, los ojos oscuros ardiendo. Fiona le besó la mandíbula mientras él le bajaba la cremallera del vestido. La tela cayó. Él se quitó la chaqueta, la camisa, el cinturón. Se miraron desnudos de cintura para arriba y después se lanzaron el uno al otro.
Emmett la tumbió en la cama enorme y le bajó las bragas con los dientes. Se abrió de rodillas entre sus piernas y la olió, la lamió de arriba abajo con la lengua ancha, chupándole el clítoris hinchado mientras dos dedos se le hundían en el coño caliente y resbaladizo.
—Joder, Fiona… sabes mejor de lo que soñé.
Ella arqueó la espalda y le agarró el pelo.
—Más. No pares. Cómeme el coño hasta que me corra.
Emmett la devoró sin prisa y sin piedad: lengua dentro, labios succionando, dedos curvados contra ese punto que la hacía ver estrellas. Fiona gritó su nombre cuando el orgasmo la partió, las piernas temblando alrededor de su cabeza, el coño contrayéndose en oleadas humedas contra su boca.
—Emmett… joder, Emmett…
Él subió el cuerpo de ella todavía temblando, se lamió los labios brillantes de ella y se recostó. Fiona lo montó de inmediato, cowgirl, guiando la polla gruesa y dura hasta el borde de su entrada. Se la metió de un solo descenso profundo y ambos gimieron. Emmett le agarró las caderas; ella clavó las uñas en su pecho y empezó a cabalgarlo con fuerza, el culo rebotando, los pechos sacudiéndose.
—Te he extrañado tanto —jadeó ella, follándoselo, el coño tragándoselo hasta el fondo—. Cada noche. Cada puta noche pensaba en esta polla dentro de mí.
—Más fuerte —exigió él, voz rota—. Úsame. Quiero verte correrte otra vez encima de mí.
Fiona aceleró, rechinando el clítoris contra la base de él, húmeda, ruidosa, obscena. Cuando sintió que iba a venirse otra vez, Emmett la volvió con suavidad y la puso de espaldas. Misionero. Profundo. Se miraron a los ojos mientras él embestía con golpes largos y pesados, la polla rozándole el fondo, los muslos de ella abiertos y temblorosos.
—Te quiero —confesó él entre gemidos sucios—. Siempre te quise. Me encanta tu coño apretándome. Me encanta follarte así, mirándote.
—Te quiero también —soltó ella, lágrimas y placer mezclados—. No pares. Córrete dentro. Quiero sentirte llenarme.
Los gemidos se volvieron confesiones y palabrotas: te quiero, me vuelves loco, tu polla es mía, follame más hondo, contigo siempre. El orgasmo llegó junto. Fiona apretó las piernas alrededor de la cintura de Emmett y gritó; él se corrió dentro de ella con un gemido largo, chorros calientes latiéndole en el coño mientras ella se contraía alrededor, exprimiéndolo, recibiendo todo.
Se quedaron así un rato, sudados, unidos, respirando el mismo aire. Después Emmett se salió con cuidado y la atrajo contra su pecho. Se acariciaron con ternura: él el pelo húmedo de ella, ella la cicatriz vieja en el hombro de él que recordaba de la juventud. Desnudos, en silencio denso y dulce.
—Esta vez que sea para siempre —pidió Emmett, la voz baja contra su sien—. No me vuelvas a dejar ir. Quédate. Construyamos algo real. Tú y yo.
Fiona sintió las lágrimas subirle sin control, de alivio y de miedo hermoso. Asintió, lo besó despacio, labios suaves, lengua perezosa.
—Sí. Para siempre. Ya no quiero vivir arrepentida.
Se besaron largo rato, sellando el reencuentro con esa lentitud que el sexo furioso no había tenido. Emmett le acarició la espalda y empezó a hablar en voz baja de planes: dejar la ciudad donde vivía ahora, buscar piso juntos cerca de Miriam y Damon, quizás un viaje solo ellos dos para recuperarse el tiempo perdido. Fiona escuchaba, el corazón abierto, el semen de él todavía resbalándole entre los muslos, y por un instante todo pareció posible.
Entonces el teléfono de ella, olvidado en el bolso junto a la máscara, vibró una vez. Luego otra. El nombre que iluminó la pantalla en la penumbra no era uno que ella quisiera ver esa noche. Fiona tensó la mandíbula un segundo antes de apagar la pantalla sin contestar y volver a hundir la cara en el cuello de Emmett, fingiendo que el mundo exterior no existía todavía.
Él notó el cambio en su cuerpo.
—¿Pasa algo?
—Nada que no pueda esperar hasta mañana —mintió medio, acariciándole el pecho—. Sigue. Cuéntame del piso. Del viaje. De nosotros.
Emmett la miró un instante más, sospecha suave en los ojos, y luego la abrazó con más fuerza, como si ya intuyera que el para siempre que acababan de prometerse tendría que pelear contra algo más que el tiempo perdido. Afuera, la fiesta de máscaras seguía; adentro, la cama olía a sexo y a segunda oportunidad, y la mañana todavía no había llegado para exigir cuentas.
Emmett no soltó del todo la sospecha, pero su mano volvió a recorrerla con esa hambre lenta que ya no se disimulaba. Los dedos le bajaron por la columna, se hundieron en la curva de su culo y la apretaron contra su cadera. La polla, todavía medio dura y resbaladiza de su propio semen y de los jugos de ella, empezó a latirle otra vez contra el vientre de Fiona.
—Dime la verdad —murmuró contra su pelo—. Ese mensaje te ha puesto tensa. ¿Es él? ¿El ex?
Fiona se quedó quieta un segundo, el corazón martilleándole la garganta. Luego levantó la cara y lo miró a los ojos, desnuda, vulnerable, con el coño todavía goteándole muslos adentro.
—Es Nathan. Mi ex. Solo quiere que firme unos papeles de la casa. No importa. No esta noche. Esta noche solo existes tú.
Emmett la estudió, la mandíbula apretada, y de pronto la giró sobre la cama hasta dejarla a gatas. Se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y le escupió directo al coño ya abierto y cremoso. Fiona gimió al sentir la saliva caliente resbalarle por los labios hinchados.
—Entonces demuéstramelo —ordenó él, voz ronca, sucia—. Que esta noche solo soy yo. Abre las piernas más. Quiero verte cómo me ofreces ese coño.
Ella obedeció, arqueando la espalda, presentándole el culo y la raja roja y brillante. Emmett se frotó la polla gruesa entre sus pliegues, empapándola otra vez, y se la clavó de un solo empujón hasta el fondo. Fiona gritó contra la almohada, el culo rebotando contra su pelvis. Él no le dio respiro: la folló con embestidas profundas y pesadas, las manos agarrándole las caderas con fuerza, los huevos golpeándole el clítoris hinchado en cada embiste.
—Joder, qué apretada sigues —jadeó Emmett—. Diez putos años y tu coño me reconoce. Escúchalo… cómo chapotea. Estás hecha un puto desastre por mí.
—Sí… joder, sí —gimió ella, empujando hacia atrás para tragárselo entero—. Fóllame más duro. Úsame. Quiero que me dejes el coño destrozado y lleno otra vez. Que cuando camine mañana todavía sienta tu polla.
Emmett se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le metió dos dedos en la boca. Fiona los chupó con ganas, babas cayéndole por la barbilla mientras él la embestía sin piedad. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba la suite. Él le soltó el pelo, se lo enrolló en el puño y le tiró la cabeza hacia atrás.
—Di que eres mía. Que este coño es mío. Que te vas a correr solo con mi polla.
—Soy tuya —soltó ella, la voz rota, las lágrimas de placer rodándole por las mejillas—. Mi coño es tuyo. Fóllame, Emmett… hazme correrme. Por favor.
Él cambió el ángulo, golpeándole ese punto dulce una y otra vez hasta que las piernas de Fiona empezaron a temblar sin control. El orgasmo la aplastó de golpe: se contrajo alrededor de él en espasmos violentos, gritando su nombre, chorreándole el semen anterior y los jugos nuevos por los muslos. Emmett no paró. La sacó de la cama, la puso de pie contra el ventanal enorme que daba a la ciudad nocturna y la levantó, las piernas alrededor de su cintura. Entró otra vez, profundo, sosteniéndola contra el cristal frío mientras la follaba mirándola a los ojos.
—Mírame —exigió—. Quiero verte la cara cuando te llene otra vez.
Fiona se agarró a sus hombros, los pechos aplastados contra su pecho sudado, y lo besó con lengua y dientes. Cada embestida la subía un poco más, el coño tragándoselo hasta el límite. Emmett le hablaba sucio al oído entre gemidos: cómo le iba a lamer el semen del culo por la mañana, cómo la iba a despertar con la polla ya dentro, cómo no pensaba dejarla ir nunca más. Fiona se corrió otra vez, más suave pero más profundo, lloriqueando contra su boca mientras las paredes de su coño lo exprimían.
—Dentro… córrete dentro otra vez —suplicó—. Quiero que me gotee todo el día.
Emmett gruñó, aceleró y se vació con un gemido largo y animal, la polla latiéndole a chorros calientes que le llenaron el fondo del útero. Se quedaron temblando, unidos, el cristal empañado detrás de ellos. Poco a poco él la bajó, la llevó de nuevo a la cama y se salió con un hilo grueso de semen que le resbaló por el muslo. Se tumbaron de lado, frente a frente, respirando el mismo aire caliente. Emmett le limpió una lágrima con el pulgar y le besó los párpados.
—Para siempre —repitió, más bajo—. Mañana llamo a mi jefe. Renuncio. Buscamos piso. Y te follo cada mañana hasta que te olvídes de cualquier arrepentimiento.
Fiona sonrió, exhausta, feliz, el cuerpo hecho un desastre gloriamente usado. Le acarició la barba, le besó la boca con lentitud perezosa y asentió.
—Sí. Tú y yo. Ya no hay marcha atrás.
Se abrazaron en silencio. El semen le resbalaba entre los muslos abiertos, el olor a sexo impregnaba las sábanas, y por un momento el mundo se redujo a la respiración de él contra su cuello y al latido lento de su corazón. Fiona cerró los ojos, permitiendo que la ternura la llenara por completo. Emmett le dibujaba círculos perezosos en la espalda, murmurando planes a medias: un loft cerca del río, un fin de semana en la costa solo ellos dos, la forma en que le iba a cocinar el desayuno desnudo. Ella escuchaba, el pecho abierto, sintiendo por fin que el miedo de diez años se disolvía.
Entonces el teléfono volvió a vibrar. Esta vez no paró. Tres, cuatro, cinco zumbidos seguidos. Fiona intentó ignorarlo, pero Emmett se incorporó un poco, frunciendo el ceño.
—Contesta. O apágalo de verdad. No quiero fantasmas en esta cama.
Ella suspiró, se estiró hasta el bolso y cogió el móvil con dedos todavía temblorosos. La pantalla se iluminó. No era solo un mensaje. Era una llamada en curso… y el nombre que parpadeaba ya no era el de Nathan. Era Miriam. Con un texto de urgencia debajo que acababa de llegar:
«Fiona, contesta YA. Damon acaba de ver a Emmett subir contigo. Su prometida está en el vestíbulo preguntando por su habitación. Lleva el anillo y dice que viene a sorprenderlo. ¿Qué coño está pasando?»
Fiona se quedó helada, el estómago cayéndole al vacío. Emmett notó el cambio al instante, se incorporó del todo, la mirada oscurecida.
—¿Qué dice?
Ella no pudo hablar. Solo le dio la vuelta al móvil para que él leyera. El silencio se volvió denso, afilado. Afuera, en el pasillo, se oyeron pasos rápidos y una voz de mujer llamando su nombre con tono alegre, confiado… y después el golpe seco de nudillos contra la puerta de la suite.
—¿Emmett? Cariño, soy yo. Ábreme. Tengo una sorpresa…
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