Entrenamiento Compartido Después de Horas

Dos entrenadores gais se follan salvajemente en el gimnasio vacío después del cierre.

22 min read August 31, 2026New

El gimnasio olía a metal caliente, goma y sudor acumulado cuando las luces del techo parpadearon una última vez antes de quedar solo el resplandor amarillento de los focos de emergencia. Marco cerró con llave la puerta principal y giró el cartel a CERRADO. Tenían treinta y un y veintiocho años respectivamente, y llevaban semanas rozándose en los pasillos estrechos entre máquinas, mirándose demasiado tiempo cuando el otro hacían press de banca o se secaban el pecho con la toalla. Esa noche ninguno inventó una excusa para irse.

Roman ya estaba junto a la zona de pesas libres, la camiseta negra pegada a la piel, los pantalones cortos grises marcando el bulto que no se molestaba en disimular. Se miraron y sonrieron con esa complicidad sucia que ambos habían alimentado en silencio.

—Dijiste entrenamiento compartido —murmuró Roman, subiendo el peso en la barra—. ¿O solo querías verme sudar otra vez?

Marco se acercó por detrás mientras Roman se inclinaba para la primera serie de sentadillas. Sus caderas rozaron deliberadamente el culo del más joven. El contacto fue breve, pero el calor pasó de uno a otro como una corriente.

—Quiero verte sudar, sí. Y quiero otras cosas. Las mismas que tú, cabrón. No me mires así. Sabes exactamente a lo que vine.

Roman soltó una risa baja, ronca, y completó la serie con las piernas temblando un poco más de lo necesario. Cuando se enderezó, el pecho le subía y bajaba. Marco estaba frente a él ahora. Se miraron a los ojos y ambos lo dijeron casi al mismo tiempo, con sonrisas torcidas:

—Esta noche nos vamos a follar.

—Joder, sí.

La tensión dejó de ser solo miradas. Empezaron a bromear más alto, más sucio, mientras se pasaban la mancuerna de pectorales.

—Cuidado con esos abdominales, Roman. Si sigues tensándolos así me va a dar por chupártelos aquí mismo.

—Y tú con esa pechuga de toro… —Roman extendió la mano y pasó los dedos abiertos por el pecho de Marco, deteniéndose en el pezón duro bajo la tela mojada—. Llevo semanas imaginándome mordiéndote aquí mientras me la metes.

Marco soltó un gruñido y agarró la nuca de Roman con fuerza, tirando de él hasta que sus bocas chocaron. El beso no fue suave: fue hambre, dientes, lengua empujando, saliva mezclada. Roman respondió con la misma furia, aferrándose a la camiseta sudada de Marco y tirando hacia arriba. Se la quitaron casi al mismo tiempo, lanzándolas al suelo. Piel caliente contra piel. Los pectorales de Marco, amplios y velludos en el centro, rozaron los de Roman, más lisos y definidos. Abajo, las pollas ya estaban completamente duras, tensando la tela de los shorts. Se frotaron de frente, caderas moviéndose en círculos lentos y deliberados, sintiendo el grosor del otro a través de la ropa.

—Hostia, qué ganas… —jadeó Roman contra la boca de Marco—. He fantaseado con arrodillarme aquí, con que me agarres del pelo y me uses la garganta hasta que se me caiga la baba. Y después que me folles contra cualquier banco, contra la pared, me da igual.

—Yo también, joder. Llevo días jodiéndome la mano pensando en tu culo abriéndose para mí, en cómo te iba a llenar. Quiero chupártela también, pero primero vas a arrodillarte.

Roman no esperó más órdenes. Se dejó caer de rodillas sobre la goma del suelo, frente a Marco. Con dedos torpes bajó los shorts y el calzoncillo del otro. La polla de Marco saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum, el olor a macho y a gimnasio subiendo directo a la nariz de Roman. Abrió la boca y se la metió de un golpe, bajando hasta que la punta le golpeó la garganta. Saliva abundante, ruidos húmedos y obscenos. Marco agarró su pelo corto y empezó a follarle la boca con embestidas controladas pero profundas, mirando cómo se hinchaban las mejillas de Roman y cómo le caían hilos de saliva por la barbilla hasta el pecho.

—Así… traga, traga todo. Qué puta boca más buena tienes. Llevas semanas provocándome con esa mirada y ahora te la comes como un desesperado.

Roman gemía alrededor de la verga, una mano en la base y la otra apretándose el propio bulto a través de los shorts. Cuando Marco lo sacó con un sonido húmedo, un hilo de saliva unía aún los labios de Roman a la punta hinchada.

—Al banco. A cuatro patas. Ya.

Roman se subió al banco de press, de rodillas, el culo en alto, y bajó los shorts hasta los muslos. Marco le escupió directo en el agujero rosado y apretado, untó la saliva con el pulgar y volvió a escupir, empujando dos dedos de golpe. Roman se arqueó y soltó un gemido largo.

—Mírate… ya estás abriéndote. Voy a follarte duro.

Marco se alineó y empujó. La cabeza gruesa abrió el esfínter con una resistencia deliciosa que cedió de golpe. Entró hasta la base de una embestida profunda. Roman gritó contra el cuero del banco, los nudillos blancos. Marco no le dio tiempo a acostumbrarse: empezó a follarlo en posición perrito con embestidas largas y potentes, las caderas chocando contra el culo de Roman, la mano libre rodeándole la polla dura y masturbándola al mismo ritmo. El banco crujía. El sonido de piel contra piel llenaba el gimnasio vacío.

—Joder, qué estrecho… te estoy abriendo del todo. ¿Sientes cómo te llego hasta el fondo?

—Sí… sí, no pares… más fuerte…

Marco lo sacó casi completo y volvió a clavársela de un golpe. Roman temblaba. Después de varios minutos de follada salvaje, Marco lo giró, lo bajó a la colchoneta gruesa del suelo y lo puso de espaldas. Le levantó las piernas, se acomodó entre ellas y volvió a penetrarlo de lleno en misionero. Ahora se besaban con violencia, dientes chocando, lenguas pelean, mientras Marco lo taladraba sin piedad, las bolas golpeando el culo de Roman, el pecho sudoroso de ambos resbalando. Roman se aferraba a la espalda de Marco, las uñas clavándose.

—Me corro… me voy a correr dentro de ti —gruñó Marco.

—Hazlo… lléname… yo también…

Marco embistió tres veces más, profundas, y se derramó con un gemido gutural, bombeando chorros calientes dentro del culo de Roman. Al mismo tiempo, la polla de Roman, atrapada entre sus abdomenes, se disparó: corrida espesa salpicando los abdominales de Marco, subiendo hasta el pecho, el olor a semen mezclándose con el sudor. Siguieron moviéndose un rato más, arrastrando los últimos espasmos, besándose más despacio pero todavía hambrientos, las pollas aún semi-duras y resbaladizas.

Cuando por fin se detuvieron, quedaron jadeando, la frente de Marco apoyada en la de Roman, ambos riéndose bajito, satisfechos y todavía calientes. Marco sacó la polla con un sonido húmedo; un hilo de semen le siguió saliendo del culo a Roman y se deslizó por el muslo. Se limpiaron mutuamente con las toallas que habían dejado cerca: Marco pasó la tela por el pecho y los abdominales de Roman, recogiendo la corrida, y Roman le secó el torso a Marco con caricias lentas que no eran solo limpieza. Se besaron otra vez, más tiernos, labios hinchados y sabores salados.

Pero ninguno se levantó del todo. Las luces de emergencia dibujaban sombras largas sobre las máquinas. Roman pasó un dedo por el borde de la polla de Marco, que volvía a engrosarse con el contacto, y sonrió con esa misma complicidad sucia de antes.

—Todavía no hemos terminado, ¿verdad? —susurró—. Hay duchas al fondo… y yo aún quiero chuparte lo que me has dejado dentro. Y que me folles otra vez, más despacio, hasta que no pueda caminar mañana cuando abramos el gimnasio.

Marco le mordió el labio inferior y le apretó el culo con ambas manos, los dedos hundiéndose en la carne todavía sensible y resbaladiza de semen.

—Ni de coña hemos terminado. Levántate. Vamos a las duchas… y esta vez vas a montármela tú encima de los bancos de vestuario. Quiero verte rebotar mientras te la chupo otra vez.

Se ayudaron a ponerse de pie, todavía semidesnudos, las toallas colgando de los hombros, las pollas balanceándose pesadas y ya otra vez interesadas. El gimnasio seguía vacío, la noche era larga, y lo que habían empezado en la zona de pesas apenas era el primer round de todo lo que ambos habían estado guardando durante semanas.

Se ayudaron a ponerse de pie todavía temblando un poco, las toallas a medio colgar de los hombros y las pollas ya otra vez pesadas, brillantes de saliva y semen. Marco le dio un azote seco en el culo a Roman y lo empujó hacia el pasillo de los vestuarios. Las luces de emergencia teñían de amarillo sucio las paredes de azulejo; el olor a cloro, jabón barato y sudor macho se densificaba a medida que se adentraban. Ninguno habló hasta que Roman empujó la puerta de las duchas y el eco metálico de las mamparas vacías les devolvió el sonido de sus propios pasos descalzos.

El agua caliente salió a borbotones en cuanto Marco giró la llave. Saltaron juntos bajo el chorro, piel contra piel otra vez, pechos rozándose mientras el jabón líquido resbalaba por los abdominales y se metía entre las nalgas. Roman se agachó de inmediato, sin pedir permiso. Se arrodilló en el suelo mojado, abrió las nalgas de Marco con ambas manos y metió la lengua directa en el agujero todavía tenso. Chupó con ruidos obscenos, lamiendo el rim y empujando dentro, saboreando el rastro de su propio precum y del semen que aún goteaba un poco de la follada anterior. Marco apoyó las manos en el azulejo, la cabeza echada hacia atrás, gruñendo.

—Joder, Roman… sí, así, mete la lengua más adentro. Limpíame bien esa mierda que me dejaste, cabrón. Quiero que me dejes el culo reluciente antes de que te lo devuelva con intereses.

Roman gemía contra la carne, la lengua empujando, los dientes rozando de vez en cuando. Una mano le subió a los huevos de Marco y los masajeó mientras chupaba. El agua caliente les caía encima, mezclándose con la saliva. Cuando se separó, un hilo de baba unía su boca al agujero rosado. Se incorporó y se frotó la polla dura contra la de Marco, deslizándola arriba y abajo, los glande rozándose, precum nuevo saliendo de ambas puntas y diluyéndose bajo el chorro.

—Todavía te sabes a mí —jadeó Roman contra su cuello—. Y yo me saboreo a ti cada vez que trago. Vamos a los bancos. Quiero montarte ya. Quiero que me mires mientras te rebotas el culo encima.

Salieron de la ducha goteando, sin molestarse en secarse del todo. En el vestuario contiguo había dos bancos largos de madera oscura, el olor a ropa deportiva y desodorante todavía flotando. Marco se sentó de espaldas a las taquillas, las piernas abiertas, la polla gruesa y venosa apuntando hacia el techo, goteando. Roman se subió a horcajadas, de frente, y se alineó. Escupió en su propia mano, se untó el agujero ya dilatado y resbaladizo de semen anterior, y bajó despacio. La cabeza de Marco abrió de nuevo el esfínter con esa misma resistencia deliciosa; Roman soltó un gemido largo y gutural al sentirse lleno otra vez, centímetro a centímetro, hasta que el culo le tocó las bolas de Marco.

—Mírame —ordenó Marco, agarrándole las caderas con fuerza—. Quiero verte la cara mientras te la clavas tú solo. Muévete. Rebota.

Roman empezó a subirse y bajarse, primero lento, saboreando cada centímetro que le raspaba por dentro. Luego más rápido. El banco crujía bajo el peso de los dos cuerpos mojados. Las nalgas de Roman golpeaban las piernas de Marco con un sonido húmedo y obsceno, slap-slap-slap que llenaba el vestuario vacío. Marco levantó las manos y le pellizcó los pezones duros, tirando de ellos mientras Roman cabalgaba. Luego le agarró la polla que rebotaba entre ellos y la masturbó al ritmo de las embestidas, el pulgar frotando el frenillo hinchado.

—Así… joder, cómo te abres. Sientes cómo te llega hasta el fondo otra vez, ¿verdad? Tu culo me está exprimiendo la polla como si quisiera lechérmela otra vez ya.

—Sí… sí, me duele rico… me tienes destrozado y todavía quiero más —jadeó Roman, la voz rota, el pelo mojado pegado a la frente—. Días enteros mirándote levantar peso y fantaseando con esto. Con montarte aquí, con que me uses, con que me dejes el culo goteando para que mañana camine raro y nadie sepa por qué.

Marco le dio un azote fuerte en una nalga y luego otra, dejando la marca roja. Roman aceleró, rebotando más salvaje, el pecho subiendo y bajando, los abdominales tensos. Se inclinó hacia adelante y se besaron con violencia otra vez: dientes, lengua, saliva mezclándose con el agua que aún goteaba de sus cuerpos. Marco metió dos dedos en la boca de Roman y este los chupó con ganas mientras seguía follándose solo, subiendo y bajando, el agujero haciendo ruidos húmedos cada vez que se clavaba hasta la base.

De pronto Marco lo levantó un poco, lo giró sin sacársela del todo y lo puso de espaldas a él, todavía montado, de espaldas. Ahora Roman cabalgaba en reverse, las manos apoyadas en las rodillas de Marco, el culo rebotando a la vista perfecta. Marco le abrió las nalgas con ambas manos para ver cómo su polla gruesa entraba y salía, el anillo rosado estirado alrededor del tronco, restos de semen blanco saliendo con cada embestida. Escupió otra vez directo en el agujero y empujó con las caderas hacia arriba al mismo tiempo que Roman bajaba.

—Hostia, mírate… te estoy follando el culo y todavía quieres más. Abrótate bien, cabrón. Quiero que mañana cuando estemos enseñando sentadillas sientas cada músculo protestando porque te la he metido hasta el fondo.

Roman gritaba ahora, sin contención, el eco rebotando en los azulejos. —Más fuerte… fóllame tú también desde abajo… sí, así, joder…

Marco le agarró las caderas y empezó a embestir hacia arriba con fuerza bruta, clavándosela profunda mientras Roman rebotaba. El banco se movía. Sudor nuevo les corría por la espalda a pesar del agua reciente. La polla de Roman rebotaba libre, goteando precum en hilos largos sobre el abdomen de Marco y el suelo. Roman se agarró a su propia verga y se la masturbó rápido, al borde.

Pero Marco no lo dejó correrse todavía. Lo levantó de golpe, se la sacó con un sonido obsceno y lo empujó hacia el suelo de goma del vestuario. Roman cayó de rodillas y manos. Marco se arrodilló detrás, le abrió las nalgas otra vez y se la volvió a clavar de un solo golpe profundo. Empezó a follarlo a cuatro patas, salvaje, las caderas golpeando sin piedad, una mano en la nuca de Roman empujándole la cara contra la goma. La otra mano le rodeó la polla y la bombeó fuerte.

—Te voy a llenar otra vez… y después quiero que me chupes la polla limpia, que me saborees el culo tuyo en mi verga. ¿Me oyes?

—Sí… lléname… joder, me corro… me voy a correr sin tocarla casi…

Marco embistió más duro, más profundo, los huevos golpeando. Roman se corrió con un grito ahogado: chorros espesos salpicando la goma del suelo, el cuerpo convulsionando alrededor de la polla que lo taladraba. El esfínter le apretó en ondas y eso mandó a Marco directo al orgasmo. Se derramó por segunda vez esa noche con un gruñido animal, bombeando semen caliente otra vez dentro del culo de Roman, embistiendo hasta el final de cada espasmo, sintiendo cómo se desbordaba y goteaba por los muslos.

No se separaron de inmediato. Marco siguió moviéndose despacio, frotándose dentro, arrastrando los restos. Cuando por fin salió, un hilillo blanco espeso le siguió y se deslizó hacia abajo. Roman se giró, todavía temblando, y se lo llevó a la boca sin que se lo pidieran. Chupó la polla de Marco limpia, lamiendo el tronco y los huevos, saboreando la mezcla de semen de ambos, de sudor y de jabón. Marco le acariciaba el pelo mojado, mirándolo con los ojos entrecerrados, la polla todavía semi-dura y sensible dentro de aquella boca caliente.

—Buen chico… traga todo. Todavía no hemos terminado de usar este puto gimnasio.

Roman se levantó, se frotó el culo sensible y sonrió con esa misma sonrisa sucia, los labios hinchados y brillantes. Se acercó a las taquillas, abrió una al azar y sacó una botella de lubricante que alguien había dejado olvidada —barato, pero suficiente—. Se la lanzó a Marco.

—Hay espejos al fondo, junto a las máquinas de cardio. Quiero que me folles de pie mirándonos. Quiero ver cómo me la metes mientras me tienes contra el cristal. Y después… después te dejo que me uses la garganta otra vez hasta que se me caiga la baba por el pecho. La noche es larga y yo todavía tengo las piernas temblando de ganas.

Marco atrapó el bote, se acercó y le mordió el hombro con fuerza suficiente para dejar marca. Le metió dos dedos otra vez en el culo resbaladizo, removiéndolos, sintiendo su propia corrida dentro.

—Vas a ir cojeando mañana, Roman. Y cada vez que alguien te pregunte por qué te duelen las piernas vas a pensar en esto: en cómo te estoy abriendo otra vez, en cómo te voy a follar contra ese espejo hasta que no puedas ni hablar. Vamos. Ahora.

Salieron del vestuario todavía desnudos, las pollas balanceándose otra vez duras, el lubricante en la mano de Marco, el eco de sus pasos mojados marcando el camino hacia la zona de cardio. Las luces de emergencia dibujaban sus siluetas largas sobre las cintas y las elípticas. Roman se adelantó un par de pasos, se apoyó de manos en el borde de un espejo de cuerpo entero y abrió las piernas, mirando por encima del hombro con los ojos brillantes de hambre.

—Ven y fóllame otra vez. Más despacio esta vez… o más duro. Me da igual. Solo no pares hasta que me hagas correrme otra vez contra el cristal.

Marco se puso detrás, se untó la polla con el lubricante frío, alineó la cabeza gruesa contra el agujero hinchado y ya usado, y empujó. Entró fácil esta vez, profundo, hasta la base, y se quedó quieto un segundo, disfrutando de la presión caliente. Luego empezó a moverse, embestidas largas y controladas al principio, mirando en el espejo cómo la cara de Roman se contorsionaba de placer, cómo la polla de Roman rebotaba contra su propio abdomen. Una mano le subió al pecho y le pellizcó un pezón; la otra le rodeó la garganta con suavidad posesiva, sin apretar del todo.

—Míranos —susurró Marco al oído, follándolo despacio pero profundo—. Dos entrenadores follándose como animales después del cierre. Tu culo tragándome entero. Voy a dejarte marcas. Voy a correrme dentro otra vez y después te voy a hacer arrodillarte aquí mismo para que me limpies con la lengua mientras te veo en el espejo.

Roman empujó hacia atrás, buscando más, la voz rota. —Hazlo… joder, hazlo todo. Todavía quiero más de ti. Toda la noche si hace falta. No cierres todavía ese puto gimnasio dentro de mi cabeza.

Marco aceleró de nuevo, el sonido de piel contra piel llenando otra vez el espacio vacío, las embestidas cada vez más potentes, el lubricante y el semen anterior haciendo todo resbaladizo y obsceno. El espejo empañaba con su aliento caliente. La tensión no bajaba; al contrario, crecía con cada embestida, cada gemido, cada promesa sucia que se susurraban. Había más bancos, más máquinas, más rincones, y ninguno de los dos tenía prisa por terminar lo que habían empezado entre las pesas.

Marco empujó más hondo, las caderas chocando contra el culo ya abierto y resbaladizo de Roman mientras el espejo se empañaba con el aliento caliente de ambos. La mano que le rodeaba la garganta apretó un poco más, posesiva, y Roman gimió mirándolos a través del cristal empañado: dos cuerpos sudados, venosos, follándose sin pudor bajo las luces de emergencia. La polla gruesa de Marco entraba y salía con un sonido húmedo y obsceno, el lubricante y el semen anterior haciendo que cada embestida fuera más fácil y más sucia. Roman empujaba hacia atrás con fuerza, buscando que le llegara hasta el fondo, la propia verga rebotando contra el cristal y dejando manchas de precum.

—Mírame mientras te la clavo —gruñó Marco al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero que veas cómo tu culo me traga entero. Cómo te estoy destrozando otra vez y todavía pides más.

—Sí… joder, sí… me tienes abierto del todo —jadeó Roman, la voz rota, los dedos blancos agarrados al borde del espejo—. Más fuerte. Quiero sentir cómo me llegas hasta las putas tripas. Lléname otra vez. Quiero caminar mañana con tu leche resbalándome por los muslos debajo de los shorts.

Marco aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, potentes, el sonido de piel contra piel llenando la zona de cardio vacía. Cada embestida hacía que el espejo temblara ligeramente. Roman gritaba sin contención, el eco rebotando entre las cintas y las elípticas. Marco le soltó la garganta solo para agarrarle la polla y masturbarla al mismo ritmo salvaje, el pulgar frotando la cabeza hinchada y resbaladiza. El calor subía por la espalda de ambos. El olor a sexo, sudor y lubricante barato se mezclaba con el metal de las máquinas.

Roman se corrió primero. El cuerpo se le tensó, el esfínter apretó en ondas locas alrededor de la verga de Marco y chorros espesos salpicaron el cristal del espejo, bajando en hilos blancos y viscosos. El orgasmo le sacudió las piernas; casi se dobló, pero Marco lo sostuvo por las caderas y siguió follándolo a través de los espasmos, embistiendo sin piedad mientras Roman gemía y temblaba.

—Buen chico… exprímeme así —roncó Marco—. Ahora me toca a mí. Voy a llenarte otra vez hasta que se te desborde.

Tres, cuatro, cinco embestidas profundas más y Marco se derramó con un gruñido animal. Se clavó hasta la base y bombeó chorros calientes dentro del culo de Roman, sintiendo cómo el semen se mezclaba con lo que ya había dejado antes y empezaba a gotear por los muslos del más joven. No se detuvo de inmediato. Siguió moviéndose despacio, frotándose dentro, disfrutando de la presión caliente y resbaladiza, hasta que los últimos espasmos se apagaron.

Cuando por fin salió, un hilillo espeso de leche le siguió y se deslizó hacia abajo. Roman se giró de inmediato, todavía temblando, y se arrodilló frente a él sin que se lo pidieran. Abrió la boca y se llevó la polla de Marco hasta la garganta, chupando con ruidos obscenos, limpiando el tronco y los huevos, saboreando la mezcla de su propio culo, el lubricante y el semen fresco. Marco le agarró el pelo mojado y le folló la boca un rato más, despacio al principio y luego más profundo, mirando cómo le hinchaban las mejillas y cómo le caía la baba por la barbilla hasta el pecho.

—Traga… limpia bien esa polla que te acaba de destrozar el culo —murmuró, la voz ronca de placer—. Qué puta boca más perfecta tienes. Llevas semanas provocándome y ahora te la comes como si no hubiera un mañana.

Roman gemía alrededor de la verga, una mano apretándose los huevos y la otra frotándose el agujero todavía abierto y goteante. Cuando Marco lo sacó con un sonido húmedo, un hilo de saliva y semen unía aún los labios de Roman a la punta brillante. Se miraron. Ambos estaban todavía duros, todavía hambrientos. La noche no había terminado.

Marco lo levantó, lo empujó hacia una de las cintas de correr y lo subió encima. Roman se agarró a las barras laterales, el culo en alto otra vez. Marco se untó más lubricante, se alineó y se la volvió a clavar de un solo golpe profundo. Empezó a follarlo de pie, las caderas golpeando con fuerza bruta, una mano en la nuca de Roman empujándole la cara hacia el panel de la máquina. El sonido era brutal: piel, lubricante, gemidos, el crujido de la cinta bajo el peso.

—Hostia, qué estrecho sigues estando… te estoy abriendo del todo y todavía me aprietas como un puto vice —jadeó Marco, sudor nuevo corriéndole por la espalda—. ¿Sientes cómo te llego? ¿Sientes cómo te estoy marcando por dentro?

—Sí… sí, no pares… fóllame más duro… quiero que mañana no pueda ni sentarme sin pensarte —respondió Roman, la voz hecha un hilo, empujando hacia atrás para recibir cada embestida.

Marco le dio varios azotes secos en las nalgas, dejando marcas rojas que arderían al día siguiente. Luego lo giró sin sacársela del todo, lo puso de espaldas sobre la cinta y le levantó las piernas hasta casi doblarlo por la mitad. Volvió a clavársela en misionero forzado, profundo, brutal, mirándolo a los ojos mientras lo taladraba. Se besaron con violencia: dientes, lengua, saliva. Roman se aferraba a los hombros de Marco, las uñas clavándose en la piel, el pecho subiendo y bajando a un ritmo desesperado.

La segunda corrida de Roman llegó sin aviso. Se disparó entre sus abdomenes, chorros calientes salpicando el pecho velludo de Marco y subiendo hasta la clavícula. El esfínter le apretó otra vez en ondas y eso arrastró a Marco al borde. Embistió tres veces más, profundas, y se derramó por tercera vez esa noche con un gemido gutural, llenando el culo de Roman hasta que el semen se desbordó y empezó a gotear por el borde de la cinta.

Quedaron jadeando, frente contra frente, las pollas todavía semi-duras y resbaladizas entre ellos. Marco sacó despacio; el sonido fue obsceno y un hilillo blanco siguió saliendo del agujero hinchado de Roman. Se miraron y se rieron bajito, esa misma complicidad sucia de horas atrás, pero ahora saturada de semen, sudor y agotamiento dulce.

Se ayudaron a bajar de la cinta. Las piernas de Roman temblaban de verdad. Marco le pasó un brazo por la cintura y lo llevó de vuelta hacia las duchas, esta vez más despacio. El agua caliente volvió a caer sobre ellos. Se lavaron con manos lentas, caricias que ya no eran solo limpieza: Marco le limpió el culo con cuidado, metiendo dos dedos suaves para sacar el exceso de leche, y Roman le jabonó el pecho y los abdominales, deteniéndose a chupar un pezón de vez en cuando. Se besaron bajo el chorro, más tiernos pero todavía con hambre debajo.

Cuando salieron, se secaron con toallas limpias de las taquillas. Roman se apoyó contra las taquillas metálicas, el culo sensible y todavía un poco abierto, y miró a Marco con esa sonrisa torcida.

—Mañana abrimos a las seis —dijo, la voz ronca—. Y yo voy a llegar cojeando un poco. Cada vez que me agache a corregir una sentadilla voy a sentir cómo me abriste. Cada vez que te mire por encima del hombro mientras levantas peso voy a recordar cómo me follaste contra ese espejo.

Marco se acercó, le agarró la nuca y lo besó otra vez, lento, saboreando. Luego le mordió el labio inferior y le apretó una nalga con fuerza suficiente para hacerle soltar un gemido.

—Y yo voy a estar duro todo el puto día recordando cómo me montaste en el banco y cómo me chupaste la polla limpia después de correrme dentro —respondió—. No hemos terminado ni de coña, Roman. Esto solo ha sido el primer round de muchas noches.

Roman sonrió más ancho, ya scheming. Pasó un dedo por el pecho de Marco, bajando hasta el borde de la toalla.

—El viernes cierran más temprano por el mantenimiento de las máquinas de cardio. Nadie viene. Podemos quedarnos otra vez. Esta vez quiero que me ates las muñecas a la barra de dominadas y me folles colgado, lento al principio y luego salvaje hasta que me corra sin tocarlo. Y después… después te dejo que me uses la garganta otra vez mientras te miro desde abajo. Y la semana que viene, cuando toque inventario de noche, traigo un plug y me lo pongo debajo de los shorts todo el turno para que sepas que estoy abierto y esperándote. Cada vez que pases por detrás mío y me frotes el culo vas a saber que esa leche tuya sigue ahí dentro, caliente.

Marco soltó una risa baja, ronca, y le dio un azote final en el culo.

—Trato hecho, cabrón. El viernes a las ocho en punto. Y prepárate porque te voy a dejar sin poder caminar derecho hasta el lunes. Ahora vístete. Mañana tenemos clientes a primera hora y yo quiero verte intentar disimular esa cojera mientras les enseñas press de banca.

Se vistieron despacio, las camisetas pegándose otra vez a la piel todavía húmeda, los shorts marcando los bultos que se negaban a bajar del todo. Marco recogió las toallas sucias y las metió en la cesta. Roman apagó las luces de emergencia una por una mientras caminaban hacia la puerta principal. El gimnasio olía ahora a sexo, a cloro y a promesas.

Antes de salir, Roman se detuvo, miró el cartel de CERRADO y luego a Marco.

—La próxima vez dejamos las cámaras de seguridad apagadas un rato más. Quiero follarte yo también. Quiero sentir cómo te abres para mí contra las pesas, cómo gritas mi nombre cuando te la clavo hasta el fondo. He fantaseado con eso desde el primer día que te vi sudar.

Marco le agarró la nuca, lo besó una última vez contra la puerta y sonrió contra su boca.

—Entonces el viernes empiezas tú. Te dejo que me prepares el culo en la ducha y después me follas como un animal mientras te miro en el espejo. Y después yo te devuelvo el favor hasta que no puedas ni hablar. La noche será larga otra vez. Y la que viene también. Y la siguiente.

Roman asintió, ya calculando horarios, ya imaginando el plug, las cuerdas, el inventário nocturno, las veces que se rozarían “por accidente” delante de los clientes sin que nadie supiera lo que se habían hecho la noche anterior. Marco giró la llave, abrió la puerta y el aire fresco de la calle les golpeó la cara. Detrás de ellos el gimnasio quedó en silencio, olor a metal, goma y sexo todavía flotando entre las máquinas. La puerta se cerró con un clic seco. Los dos entrenadores caminaron juntos hacia el parking, caderas rozándose de vez en cuando, ya planeando la siguiente sesión compartida después de horas, ya duros otra vez solo de pensarlo.

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