Una Última Melodía Entre Tus Brazos

En la boda de Sevilla, Nadia y Hassan se rinden por fin a su deseo acumulado de años y follan apasionadamente sobre el piano.

5 min read August 14, 2026New

La finca a las afueras de Sevilla olía a azahar y a tierra caliente cuando Nadia entró en el salón de baile. A sus treinta y dos años, el violín aún le pesaba en la memoria de los dedos, aunque esa noche solo tocaba el papel de invitada. Había pasado más de una década sin ver a Hassan, su mejor amigo del conservatorio, el chico de sonrisa torcida y manos enormes que componía nocturnos a las tres de la madrugada mientras ella afinaba el arco. Ahora él tenía treinta y cuatro, volvía de años en el extranjero con una fama de compositor que le sentaba como un traje a medida, y cuando sus miradas se cruzaron por encima de las copas de cava, el aire se espesó.

—Nadia —dijo él, y su voz era exactamente la misma, grave y cálida—. Pensé que no vendrías.

—Y yo pensé que te habías olvidado de Sevilla —respondió ella, sintiendo el pulso en la garganta.

Bailaban ya otras parejas cuando la orquesta atacó la melodía que ambos conocían de memoria: aquella que Hassan había escrito para ella a los veinte años y que nunca se atrevió a dedicarle en voz alta. Nadia sintió el estómago encogerse. Hassan extendió la mano.

—¿Me concedes este baile? Por viejos tiempos.

Ella aceptó. Sus cuerpos se rozaron con una lentitud deliberada. La mano de él en la cintura de ella, el pecho de ella rozando el suyo al girar. Cada confidencia salía en susurros contra la oreja.

—Te he querido desde el primer invierno en el conservatorio —confesó Hassan, la voz ronca—. Cada puta canción que escribí llevaba tu nombre escondido entre las notas.

Nadia cerró los ojos un segundo, mareada de alivio y de hambre.

—Y yo me moría cada vez que te veía con otra. Teníamos miedo, Hassan. Miedo de romper lo que éramos.

—Ya no —murmuró él—. Ya no tengo miedo de nada contigo.

El roce de sus muslos dejó de ser inocente. Los dedos de Hassan apretaron la tela del vestido de Nadia justo encima de la curva de su culo. Ella sintió la dureza de él rozarle el vientre y un calor líquido le bajó entre las piernas. Cuando la canción terminó, él no la soltó.

—Hay un piano en el salón de al lado. Vacío. Toca conmigo una última melodía. Como antes.

Nadia asintió, la boca seca. Cruzaron el pasillo bajo las risas lejanas de la boda. El salón estaba en penumbra, iluminado solo por los farolillos del jardín que se filtraban por las ventanas. El piano de cola brillaba como un animal dormido. Hassan levantó la tapa y se sentó, dejando espacio. Las manos de ambos se encontraron sobre las teclas negras y blancas. Tocaron los primeros compases de aquella canción vieja, torpes de emoción, hasta que los alientos se entremezclaron y Nadia giró el rostro.

El beso fue hambre contenida durante años: lengua, dientes, un gemido ahogado. Hassan la levantó como si no pesara y la sentó sobre la tapa del piano. Le subió el vestido con devoción, despacio, besando cada centímetro de piel que descubría: la cara interna del muslo, la encaje mojada de las bragas, el vientre tembloroso. Nadia le desabrochó la camisa con dedos torpes, apartó la tela y hundió las uñas en los hombros anchos que tanto había soñado.

—Joder, Nadia… te necesito —gruñó él contra su boca.

Ella abrió las piernas. Hassan bajó el cierre del pantalón, sacó la polla gruesa y dura, y frotó la cabeza hinchada contra el coño empapado de Nadia, repartiendo su humedad. La miró a los ojos, pidiendo permiso sin palabras. Ella asintió, labios entreabiertos.

—Métela. Ahora. Toda.

Él la penetró de pie, contra el borde del piano, en una embestida lenta y profunda que la hizo arquearse y soltar un gemido largo. La llenó por completo, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas se juntaron. Se quedaron así un segundo, temblando, reconociéndose por dentro. Luego Hassan empezó a moverse: embestidas pausadas, hondas, que hacían crujir ligeramente la madera bajo el culo de Nadia. Cada embestida arrancaba un «sí» ahogado de su garganta. Ella le rodeó la cintura con las piernas, clavándole los tacones en los muslos.

—Te quiero —susurró Nadia contra su boca—. Te he querido siempre, joder.

Hassan la giró con suavidad firme. La puso de pie, de espaldas a él, las manos apoyadas sobre las teclas que soltaron un acorde disonante y hermoso. Le alzó el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas hasta los tobillos y la penetró de nuevo por detrás, una mano enredada en su cabello castaño y la otra deslizándose al frente para acariciar su clítoris hinchado con círculos precisos. Nadia gimió más alto, empujando hacia atrás para recibirlo entero. El sonido húmedo de sus cuerpos, el olor a sexo y a azahar, la respiración entrecortada de ambos llenaban la habitación.

—Así, mi vida… ábrete para mí —ronroneó Hassan, mordiéndole el hombro.

Cuando las piernas de ella flaquearon, él se sentó en el banquillo del piano y la atrajo hacia su regazo. Nadia se sentó a horcajadas, guiando la polla de nuevo dentro de su coño y empezó a cabalgarlo con movimientos circulares intensos, lentos al principio, luego más urgentes. Se miraron a los ojos sin pestañear. Él le sujetaba las caderas, ayudándola a bajar más profundo; ella le acariciaba la cara, los labios, el pecho sudado.

—Nunca más te dejo ir —dijo él, la voz rota de placer—. Nunca.

—Ni yo a ti —respondió ella, y aceleró el ritmo, frotando su clítoris contra la base de su polla en cada bajada.

El orgasmo los alcanzó juntos: Nadia se contrajo a su alrededor con un grito sofocado, el coño palpitándole en oleadas, y Hassan se derramó dentro de ella con un gemido gutural, agarrándola contra su pecho como si quisiera fundirla a su piel. Temblaron abrazados encima del banquillo, sudados, riendo bajito entre besos torpes y tiernos mientras el piano guardaba silencio cómplice.

Se vistieron entre caricias y risas ahogadas, recolocando pliegues, abrochando botones, robándose besos en la comisura de la boca. De la mano, se escaparon juntos al jardín bajo las estrellas de Sevilla, el césped fresco en los tobillos y el futuro, por fin, abriéndose delante de ellos como una partitura en blanco.

En esa última melodía entre sus brazos, por fin sonaron en la misma clave.

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