Dare que Despertó su Rendición
Warrick, un ejecutivo de 42 años, ve cómo su esposa Sonia, ama de casa de 38, se rinde gustosa al enorme pollón de su amigo Reid, el entrenador
Soy Warrick, un ejecutivo de cuarenta y dos años casado con Sonia, una voluptuosa ama de casa de treinta y ocho. Aquella noche empezó como tantas otras cenas con Reid, nuestro amigo el entrenador personal de veintinueve años: vino tinto, risas fáciles y la mesa del comedor llena de platos casi vacíos. Su cuerpo atlético se notaba incluso bajo la camisa ajustada; yo lo admiraba a escondidas mientras Sonia se reía de sus chistes, el escote de su vestido negro marcando el generoso contorno de sus pechos. Propuse un juego de verdades y retos para romper el aburrimiento, y los tres aceptamos.
Cuando le tocó a Sonia confesar, miró primero a Reid y luego a mí, mordiéndose el labio inferior. —Siempre he fantaseado con un hombre dominante —dijo con voz baja pero clara—. Alguien que me tome sin pedir permiso, que me use hasta que no pueda más.
El silencio se densificó. Reid sonrió de medio lado. El reto que le salió a ella fue coquetear abiertamente con él delante de mí. Sonia no dudó. Se inclinó hacia él, rozándole el muslo con la mano y susurrándole al oído que le gustaba cómo se le marcaban los brazos. Yo sentí un nudo de celos en el pecho y, al mismo tiempo, una humillación caliente que me endureció la polla contra los pantalones. Reid y ella lo notaron; ella me miró a los ojos y sonrió, sabiendo exactamente qué me provocaba.
La tensión creció cuando, con mi consentimiento explícito, Reid deslizó la mano bajo la mesa y empezó a acariciar las piernas de Sonia. Ella abrió un poco más los muslos, me sostuvo la mirada y me susurró: —Quiero más, Warrick. Quiero que me toque de verdad.
Mis dedos temblaban al asentir. Los tres subimos a la habitación. Sonia me empujó suavemente hacia la silla del rincón. —Siéntate y observa —ordenó con esa mezcla de ternura y excitación que me derrite—. No intervengas.
Se volvió hacia Reid y lo besó con hambre, lengua contra lengua, manos en su pecho. Él le bajó el vestido, liberando sus pechos pesados, y le bajó las bragas negras hasta los tobillos. Yo veía cómo mi esposa elegía libremente entregarse a un hombre más joven y viril, y la humillación me subía por la garganta como un trago amargo y dulce a la vez. Reid le apretó los pezones, le mordió el cuello; ella gemia bajito, sin apartar la vista de mí.
Completamente excitada, Sonia se arrodilló frente a él. Le abrió la bragueta y sacó aquella gruesa polla, mucho más larga y gruesa que la mía. La lamió desde la base hasta la punta, chupando con ansia, babas resbalando por su barbilla. Me miró mientras lo engullía. —Mira lo grande que es comparado con la tuya, cariño… No cabe ni entera, pero lo voy a intentar —dijo entre chupadas, la voz ronca de placer.
Reid le agarró el pelo y embistió suave su boca. Después la levantó, la tumbió en la cama y se colocó entre sus piernas. Entró en ella de un solo empujón en misionero; Sonia arqueó la espalda y gritó. Él la follaba con fuerza, muslos chocando, el sonido húmedo llenando la habitación. Cambió a perrito, agarrándola de las caderas y clavándosela hasta el fondo mientras ella jadeaba mi nombre y el de él. Finalmente la puso en vaquera invertida: ella montada de espaldas, él agarrándola fuerte del pelo y tirando hacia atrás. —Eres mi puta caliente —gruñó Reid—. Dilo.
—Soy tu puta… nunca había sentido tanto placer —gimió Sonia, rebotando sobre esa polla gruesa, los pechos saltándole.
Me obligaron a masturbarme en silencio, sin tocarla. Yo me sacudía la polla con la mano, mirando cómo se le dilataba el coño alrededor de él, cómo le salían jugos por los muslos. Cada embestida era un golpe a mi orgullo y, al mismo tiempo, la excitación más intensa que había sentido nunca.
Reid se corrió dentro de ella con un gemido largo, llenándola. Sonia alcanzó un orgasmo intenso gritando su nombre, el cuerpo temblando, el semen ya empezando a gotearle. Se acercó a mí todavía chorreando, se sentó a horcajadas sobre mis muslos vestidos y me besó con ternura, sabiendo a sexo ajeno. —Esto solo es el comienzo de nuestra nueva dinámica —me susurró al oído, frotando su coño resbaladizo contra mi erección aún dura—. La próxima vez quiero que veas cómo me la come otra vez… y cómo me la deja goteando para ti.
Reid se vistió sonriendo, se ajustó la camisa y salió de la habitación con un saludo casual. Sonia se quedó mirándome, el semen de él todavía resbalándole por el muslo interno, y yo supe que la noche no había terminado del todo: quedaba la promesa de más, la duda de hasta dónde me pediría llegar y el peso delicioso de mi propia rendición apenas empezando a abrirse.
Soy Warrick y me quedé mirando el semen de Reid que resbalaba lento por el muslo interno de Sonia mientras ella seguía sentada a horcajadas sobre mis piernas vestidas. El olor a sexo ajeno me subía a la nariz y mi polla latía contra la tela, atrapada y dolorida. Ella se inclinó, me besó otra vez y me metió la lengua profunda, haciéndome saborear lo que había chupado de él.
—Límpiamelo —ordenó con voz suave pero firme—. Con la boca. Quiero que pruebes lo que me ha dejado dentro.
Mis manos temblaban al agarrarle las caderas. Me bajé de la silla, me arrodillé entre sus piernas abiertas y acerqué la cara a su coño hinchado y brillante. El semen espeso de Reid goteaba de su ranura rosa; lo lamí despacio, desde el culo hasta el clítoris, tragando el sabor salado y amargo de otro hombre. Sonia gimió y me agarró el pelo.
—Así, cariño… trágatelo todo. Es más grueso que el tuyo, ¿verdad? Se nota hasta en el gusto.
Asentí con la cara empapada, lamiendo y chupando mientras ella se frotaba contra mi lengua. El nudo de humillación en el pecho se mezclaba con una excitación que me hacía gotear pre-semen dentro de los calzoncillos. Cuando hubo limpiado lo visible, se levantó, agarró el móvil de la mesita y tecleó rápido.
—Le he dicho que vuelva. Quiere más y yo también. Tú te quedas quieto y miras, como antes.
Cinco minutos después la puerta del dormitorio se abrió. Reid entró sin camisa, el cuerpo marcado de gimnasio brillando bajo la luz tenue, la polla ya a medio endurecer dentro de los pantalones. Sonia fue directo a él, se arrodilló y se la sacó de un tirón. La engulló de nuevo, babas cayéndole por la barbilla mientras me miraba a mí.
—Mira cómo me la como entera ahora, Warrick. La tuya nunca llega tan fondo.
Reid le sujetó la cabeza y embistió la garganta con golpes cortos y profundos. Ella se atragantaba, los ojos llorosos de placer, y yo me sacudía la polla fuera de los pantalones porque ella me lo había permitido con un gesto. El sonido húmedo de la garganta de mi esposa tragando aquella verga gruesa llenaba la habitación.
La levantó de un tirón, la tumbó de pecho contra el colchón y le separó las nalgas. Escupió sobre su agujero y empujó la cabeza gruesa contra el coño todavía resbaladizo de su corrida anterior. Entró de un solo embiste hasta las bolas. Sonia gritó mi nombre y el de él a la vez, los dedos clavándose en las sábanas.
—Más duro, Reid… fóllame como la puta que soy delante de mi marido.
Él le agarró las caderas y empezó a martillarla sin piedad. Cada embestida hacía rebotar sus pechos pesados contra el colchón; el choque de carne era seco y húmedo a la vez. Yo me arrodillé al lado de la cama, a la altura de su cara, y ella me miró con la boca abierta, babeando.
—Dile lo que sientes —gruñó Reid, tirándole del pelo hacia atrás.
—Siento cómo me abre… es mucho más gruesa… me llena donde tú no llegas, Warrick… me estoy corriendo otra vez solo de tenerla dentro.
Se corrió con un grito largo, el coño apretándose alrededor de la polla de Reid, jugos salpicando sus muslos. Él no paró. La volteó a vaquera normal, se sentó en el borde de la cama y la hizo montarlo de cara a mí. Sonia rebotaba, las tetas saltándole, mientras Reid le chupaba los pezones y le hablaba al oído.
—Dile a tu marido que esta polla es tuya ahora. Dile que vas a follármela cada semana.
—Es tuya, Reid… cada vez que quieras… Warrick solo va a mirar y a limpiarme después… ¡joder, más profundo!
Yo me masturbaba con fuerza, la vergüenza quemándome la cara y la excitación apretándome las bolas. Reid la levantó un poco, le separó los labios del coño con los dedos y me enseñó cómo se dilata alrededor de su grueso tronco.
—Mira eso, tío. Tu mujer lo traga entero. Vas a venir a lamerlo cuando termine.
Sonia asintió con la cabeza echada hacia atrás, gimiendo sin control. Reid la tumbó de nuevo en misionero, le puso las piernas sobre sus hombros y se la folló con embestidas profundas y lentas, haciendo que se oyera el chapoteo de su corrida previa mezclada con los jugos nuevos. Ella se corrió otra vez, el cuerpo temblando, los ojos fijos en los míos.
—Warrick… quiero que te corras ahora… pero sin tocarme… solo mirándonos.
Me sacudí más rápido, la polla roja y goteante. Reid aceleró, los muslos golpeando el culo de Sonia, y se corrió con un gemido gutural, descargando otra carga caliente dentro de ella. Sonia gritó su nombre, el orgasmo arrancándole un chorro que mojó las sábanas. Él se quedó clavado hasta el fondo, palpándole el vientre.
—Llénala bien —susurré yo, la voz rota de humillación y deseo—. Déjasela goteando para mí.
Reid se retiró despacio. El semen le brotó del coño de Sonia en un hilo espeso que le bajó por el culo hasta la cama. Ella se giró hacia mí, todavía jadeando, y me hizo acercarme.
—Límpiamelo otra vez. Con la lengua. Y después me la metes tú un rato, suave, para que sientas lo abierto que me ha dejado.
Me arrodillé entre sus piernas y lamió el desastre. El sabor de Reid mezclado con el de mi esposa me hizo correrse sin tocarla casi, chorros blancos saliendo sobre las sábanas mientras yo gemía contra su coño. Sonia se rió bajo, contenta, y me subió a la cama. Me dejó entrar en ella; estaba tan holgada y resbaladiza que apenas me apretaba. Me folló despacio, mirándome a los ojos.
—Notas la diferencia, ¿verdad? Así voy a quererte a partir de ahora… después de él.
Me corrí dentro de ella en segundos, un orgasmo débil y vergonzoso comparado con los de Reid. Ella me besó la frente y se quedó tumbada entre los dos, el semen de ambos mezclándose y saliendo de su cuerpo.
Reid se recostó al otro lado, una mano grande sobre el pecho de Sonia, acariciándole el pezón con el pulgar. Yo estaba exhausto, el corazón latiéndome en la garganta, la rendición completa y dulce. Sonia murmuró algo sobre repetirlo el fin de semana, sobre comprarle ropa más puta, sobre hacerme lamerlos siempre después. Reid rió bajo y dijo que traería lubricante la próxima y que tal vez probaríamos su culo.
El silencio se instaló un momento, solo nuestra respiración y el tick del reloj. Sonia se acurrucó contra el pecho de Reid y me tendió la mano para que yo la sostuviera, como si todavía fuéramos solo nosotros tres en el mundo.
Entonces el timbre de la puerta principal sonó abajo, fuerte y insistente, tres veces seguidas. Nadie esperaba visitas a esa hora.
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