Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Cruzamos el Deseo en la Noche del Ferry

Un arquitecto de 32 años y un bombero de 28 se encuentran, se desean y follan duro en un pasillo oscuro del ferry nocturno.

13 min read October 11, 2026New

El ferry nocturno cortaba el estrecho con ese vaivén lento y sordo que siempre me ha parecido más íntimo que cualquier bar. Yo, Theo, arquitecto de treinta y dos años, viajaba solo por trabajo: un proyecto de rehabilitación de muelles en la otra orilla, planos en la mochila y la cabeza todavía llena de cotas y hormigón. La cubierta superior estaba casi desierta. Solo el viento salado, las luces lejanas de la costa y el olor a diesel diluido en aire frío.

Lo vi por primera vez junto a la barandilla de popa. Marcos. Bombero de veintiocho años, cuerpo macizo metido en un jersey oscuro que no lograba esconder ni hombros ni pecho ni esa curva de muslos que anunciaba fuerza real, no de gimnasio. Mirada directa. Cuando nuestros ojos se cruzaron la primera vez, no apartó la vista. Yo tampoco. La segunda vez ya no fue casualidad: me sostuvo la mirada con una sonrisa torcida, apenas un gesto de labios, que prometía mucho más que simple cortesía. Algo se me apretó en la ingle de inmediato.

Me acerqué con la excusa de mirar el agua negra. Él no se movió. Solo giró un poco la cabeza y dijo, voz grave y baja:

—Noche jodida para cruzar solo, ¿no?

—Trabajo —respondí—. Y a ti se te ve igual de solo.

Marcos soltó una risa corta. Se pasó la mano por la nuca, el pelo corto y oscuro todavía húmedo del aire.

—Salí del turno hace tres horas. Quería aire. Y mirar. Sobre todo mirar.

Sus ojos bajaron a mi boca un segundo y volvieron a subir. La tensión ya no era solo mía. La sentía en el pecho, en cómo se me endurecía la polla dentro del pantalón sin permiso. Él lo notó; claro que lo notó. Dio un paso más cerca, lo bastante para que oliera su colonia barata mezclada con sudor limpio y sal.

Hablamos de tonterías al principio: el retraso del ferry, el frío, lo absurdo de los horarios nocturnos. Pero cada frase iba bajando la guardia. Le conté del proyecto, de las noches dibujando solo en el estudio. Él habló del cuartel, de las alarmas a las tres de la mañana, de cómo el cuerpo se le queda cargado después de un incendio y necesita… descargar. La palabra la dijo despacio, mirándome fijo.

—Me excita el riesgo —confesó de pronto, sin rodeos—. No el fuego en sí. El después. El momento en que sabes que puedes pillar algo malo y aun así lo haces. Llevo rato imaginándote de rodillas aquí, con el viento y la posibilidad de que alguien suba las escaleras. Tu boca abierta. Mis manos en tu pelo.

El golpe de honestidad me dejó la garganta seca. Tragué saliva. Mi polla ya latía contra la cremallera.

—Yo… —empecé, y la voz me salió ronca—. Yo deseo sentir tus manos fuertes sujetándome. Que no me dejes moverme. Que me uses como te dé la puta gana en cuanto estemos a solas.

Marcos sonrió de verdad entonces, los dientes blancos a la luz roja de un farol. Dio otro paso. Su cuerpo rozó el mío de lado. Deliberadamente. Sentí el bulto duro de su paquete contra mi muslo, grueso, caliente incluso a través de la tela. No fue un accidente. Presionó un segundo más, suficiente para que yo sintiera el grosor y la longitud que prometía, y yo respondí apretándome contra él, frotando mi propia erección contra su cadera. Un gemido bajo se me escapó.

—Joder, Theo —murmuró contra mi oreja—. Estás igual de duro. ¿Lo quieres aquí arriba o buscamos sitio?

—Abajo —dije sin pensarlo dos veces—. Hay un pasillo de servicio en la cubierta inferior. Oscuro. Casi nadie pasa a estas horas.

Él asintió. Su mano rozó la mía un instante, dedos ásperos de quien carga mangueras y hachas, y ese simple contacto me subió la temperatura al cuello. Bajamos juntos las escaleras metálicas, el ruido del motor más fuerte conforme descendíamos. El pasillo de servicio olía a grasa y a pintura vieja. Luces flojas cada varios metros, zonas de sombra densa entre puertas de metal y armarios de herramientas. Marcos me empujó suavemente contra la pared fría en cuanto doblamos la primera esquina. Su cuerpo cubrió el mío por completo: pecho ancho, abdomen duro, muslos potentes abriéndome las piernas un poco.

—Dime que lo quieres —exigió, ya sin sonrisa, solo hambre—. Que quieres que te folle aquí, con el riesgo de que nos pillen.

—Lo quiero —respiré—. Quiero tus manos en mí. Quiero arrodillarme. Quiero que me llenes la boca y después el culo hasta que no pueda pensar en planos ni en nada.

Sus labios cayeron sobre los míos. Beso profundo, lengua insistente, sabor a menta y a deseo crudo. Me agarró la nuca con una mano y con la otra bajó directo a mi cremallera, abriéndola sin prisa pero sin dudar. Sacó mi polla. La rodeó con esos dedos fuertes y me dio dos sacudidas firmes que me hicieron arquear la espalda contra el metal.

—Mírala… —susurró, mirando hacia abajo—. Ya gotea. Y yo llevo desde la cubierta imaginándome cómo te va a saber la leche cuando te corras en mi mano o en mi lengua.

Le correspondí. Metí la mano bajo su jersey, palmé el abdomen marcado, bajé hasta su cinturón. Lo abrí. Bajé la cremallera. Saqué su polla gruesa, venosa, ya completamente dura, la cabeza brillante de precum. Era más gorda que la mía, con ese peso de hombre que trabaja con el cuerpo. La acaricié de base a punta mientras él me masturbaba a mí, los dos jadeando en el pasillo oscuro, el vaivén del ferry empujándonos uno contra el otro.

—De rodillas —ordenó Marcos, voz baja pero sin lugar a réplica—. Ahora. Quiero ver esa boca de arquitecto alrededor de mi polla antes de metértela donde más te arde.

Me arrodillé sobre el suelo metálico frío. El olor de su entrepierna me golpeó: musgo, sudor limpio, deseo puro. Abrí la boca y lo tomé. Primero la cabeza, saboreando la sal, luego más, empujando hasta que la glotis me protestó. Él gimió, las manos en mi pelo, sujetándome exactamente como yo había confesado querer. Empujó con suavidad al principio, luego con más ritmo, follándome la boca con control, el riesgo flotando entre nosotros como otra capa de excitación. Cada vez que el ferry crujía o se oía un paso lejano arriba, mi polla daba un tirón en el aire, abandonada y palpitante.

—Así… joder, Theo, chúpamela como si te fuera la vida. Imagínate que alguien abre esa puerta ahora y nos ve: tú de rodillas, yo follándote la garganta. ¿Te corre más la idea, eh?

Asentí con la boca llena, saliva escurriéndome por la comisura. Él tiró de mi pelo para sacarme un momento, un hilo de saliva uniendo mis labios a su polla.

—Levántate. Date la vuelta. Quiero sentir ese culo apretado contra mí mientras te abro los pantalones del todo.

Me levanté. Me giré. Apoyé las manos en la pared fría. Marcos bajó mis pantalones y el boxer hasta los muslos. El aire frío me rozó las nalgas expuestas. Sus manos grandes las separaron, un pulgar rozándome el agujero con una presión deliberada, circular, provocadora. Escupió en sus dedos —lo oí claro— y volvió a tocarme, esta vez más húmedo, empujando la yema hasta la primera falange mientras su pecho se pegaba a mi espalda y su polla dura se acomodaba en la hendidura de mis nalgas, frotándose arriba y abajo sin entrar todavía.

—Tan apretado… y tan dispuesto. Voy a abrirte despacio primero. Quiero oírte pedir que te la meta entera. ¿Me la vas a pedir, Theo?

—Sí —jadeé, empujando el culo hacia atrás, buscando más de sus dedos—. Métela. Quiero sentir cómo me estiras con esa polla de bombero. Quiero que me folles duro en este pasillo hasta que se me olviden los putos planos.

Él metió un segundo dedo, tijereteando con cuidado, abriéndome mientras su otra mano rodeaba mi cintura y agarraba mi polla otra vez, masturbándome al mismo ritmo. El placer me subía por la espalda en oleadas. El ruido del motor tapaba casi nuestros gemidos, pero no del todo. Cada sonido lejano de pasos o de puertas nos tensaba más, nos excitaba más. Marcos retiró los dedos. Sentí la cabeza gruesa de su polla alinearse contra mi entrada lubricada solo con saliva y deseo.

—Última vez que te lo pregunto —dijo contra mi cuello, mordiéndome suavemente—. ¿Dentro? ¿Aquí y ahora?

—Dentro —gruñí—. Fóllame ya, Marcos. Duro. Como me has imaginado desde que nos miramos arriba.

Empujó. La presión inicial me arrancó un gemido ahogado. Se abrió paso centímetro a centímetro, grueso, implacable, hasta que sentí sus caderas chocar contra mis nalgas y su polla enterrada hasta las bolas. Me quedé temblando, lleno, estirado, con las manos aplastadas contra el metal y la frente apoyada en el brazo. Él no se movió al principio. Solo respiró hondo, saboreando cómo mi culo lo apretaba.

—Joder, qué estrecho… y qué caliente. Ahora te voy a follar de verdad. Agárrate.

Empezó a moverse. Tirones cortos al principio, luego más largos, más profundos, el sonido húmedo de nuestra piel chocando llenando el pasillo oscuro. Cada embestida me empujaba contra la pared. Su mano seguía rodeándome la polla, sincronizada, y la otra me sujetaba la cadera con fuerza suficiente para dejar marcas. Yo empujaba hacia atrás al encuentro de cada embestida, pidiendo más sin palabras, solo con el cuerpo.

—Más fuerte —supliqué—. Quiero sentirte mañana cuando esté dibujando. Quiero que me duela el culo y se me ponga dura solo de recordarlo.

Marcos aceleró. El ritmo se volvió brutal, preciso, de hombre acostumbrado a usar la fuerza con control. Me follaba el culo como si el ferry entero pudiera escucharnos y le diera igual. Sus bolas golpeaban mi perineo. Su aliento caliente en mi nuca. Mi polla goteaba sobre su puño. El orgasmo ya me rozaba, pero no quería correrme todavía; quería que esto se alargara, que el pasillo siguiera siendo solo nuestro un rato más.

De pronto él se detuvo en lo más hondo, pantaleando.

—No todavía —dijo—. Quiero cambiar. Quiero verte la cara mientras te la meto. Y quiero que me chupes los dedos mientras te corro dentro… o fuera, como decidas. Pero primero…

Sacó la polla despacio, dejándome vacío y temblando. Me giró de nuevo. Me alzó un poco, una de mis piernas enganchada a su cadera. Volvió a empujar hacia dentro de un solo movimiento fluido, ahora cara a cara, sus ojos clavados en los míos, esa mirada directa que me había atrapado en cubierta. Me besó otra vez, sucio, profundo, mientras reanudaba las embestidas, más cortas, más castigadoras, mi espalda raspando el metal.

—Mírame —ordenó—. Quiero ver cómo se te pone la cara cuando te la meto hasta el fondo. Dime otra vez qué quieres.

—Quiero que me uses —gemí contra su boca—. Que me dejes el culo abierto y la boca llena. Que me corras dentro o en la cara, da igual, pero que no pares. Que el riesgo nos mate de ganas.

Marcos sonrió de nuevo, esa sonrisa de promesa oscura, y aceleró el ritmo una vez más. El ferry crujió con una ola. Arriba se oyó una puerta. Ninguno de los dos se detuvo. Solo nos apretamos más, escondidos en la sombra del pasillo de servicio, follándonos con hambre, el deseo todavía creciendo, el orgasmo acechando pero no llegado del todo, la noche del estrecho todavía larga y el cuerpo de Marcos clavado en el mío como si el mundo exterior hubiera dejado de existir.

Su mano apretó más fuerte mi polla. Sus embestidas se volvieron erráticas un segundo. Me miró a los ojos, sudor en la frente, labios entreabiertos.

—No hemos terminado, Theo —susurró—. Ni de lejos. Agárrate fuerte. Esto solo acaba de empezar.

Marcos no aflojó. Me tenía clavado contra el metal, su polla gruesa abriéndome de nuevo de un solo empujón mientras me miraba a los ojos con esa hambre que ya no disimulaba. El ferry se balanceó y su cuerpo macizo me aplastó más. Sin avisar me giró, me empujó tres pasos hasta un rincón más oculto entre dos armarios de herramientas y una caja metálica baja, y me aplastó de pecho contra la pared fría. Sus labios cayeron sobre los míos con fuerza, lengua metiéndose hasta el fondo, mordiendo, chupando, robándome el aire. Al mismo tiempo sus manos bajaron mis pantalones y el boxer hasta los tobillos de un tirón seco. El aire salado me rozó las nalgas desnudas y mi polla saltó libre, goteando contra el metal.

—De rodillas otra vez —ordenó contra mi boca, voz ronca—. Quiero ver cómo te tragas esta polla gruesa antes de reventarte el culo del todo.

Me arrodillé en el suelo del pasillo. El olor de su entrepierna me golpeó otra vez: sudor limpio, musgo, precum. Agarré la base de su polla venosa, gruesa, caliente, con las venas marcadas latiendo bajo mis dedos. Abrí la boca y la metí entera. La cabeza gruesa me llenó la lengua de sal y grasa; empujé más, hasta que la glotis me ardió y mis ojos lagrimearon. Marcos gruñó y clavó las manos en mi pelo corto, follándome la garganta con embestidas controladas pero hondas. Yo chupaba con ganas, babas escurriéndome por la barbilla, la lengua lamiendo cada vena mientras él me usaba la boca como un puto agujero caliente. Cada vez que el motor del ferry rugía más fuerte yo gemía alrededor de su carne y mi propia polla daba tirones en el aire, abandonada y dura.

—Así, arquitecto de mierda… trágatela. Mira cómo te estiras la boca. Imagina que sube alguien y te ve de rodillas tragando polla de bombero. ¿Te corre más, eh? Dilo con la boca llena.

Asentí, saliva uniendo mis labios a su glande cuando él tiró de mi pelo para sacarme. Un hilo espeso cayó. Me levantó de un jalón, me dio la vuelta otra vez y me empujó de pecho contra la pared. Sus manos grandes me agarraron las caderas con fuerza bruta. Alineó la polla gruesa y mojada de saliva contra mi agujero ya abierto y empujó de un solo golpe, hondo, hasta las bolas. Gemí ahogado. Empezó a follarme de pie, embestidas secas y potentes, sujetándome las caderas para clavármela más. El sonido húmedo de su carne chocando contra mis nalgas llenaba el pasillo oscuro. Yo empujaba el culo hacia atrás buscando más, mi polla rebotando contra la pared fría, goteando un hilo de precum que brillaba.

—Joder, qué culo tan puto apretado… te lo estoy abriendo entero, Theo. Vas a sentir mi polla mañana cuando dibujes esos putos planos. Dime que la quieres más dura.

—Más dura —jadeé—. Fóllame más fuerte, Marcos. Usa este culo. Métela hasta que me duela.

Él aceleró. Las manos me sujetaban las caderas con tanta fuerza que ya sentía los moretones formándose. Cada embestida me levantaba casi de puntillas. El placer me subía por la espalda en oleadas calientes. Entonces se detuvo en lo más hondo, pantaleando, y me sacó despacio. Me giró hacia la caja metálica baja que había junto a los armarios de herramientas. Me empujó a cuatro patas encima de ella: pecho contra el metal frío, rodillas abiertas, culo en alto ofrecido. Él se plantó detrás, me separó las nalgas con los pulgares y volvió a clavar su polla gruesa de un solo movimiento brutal, más profundo que antes, hasta que sentí sus bolas aplastadas contra mi perineo.

—Ahora sí… ahora te la meto como se te merece. A cuatro patas como la puta que eres en este pasillo. Pídemela más hondo.

—Más hondo —supliqué, la voz rota—. Métela toda, duro. Quiero que me la sientas latir dentro. Fóllame hasta que me corra sin tocarte la polla. Joder, Marcos, úsame.

Empezó a martillarme el culo con ritmo salvaje. Las caderas de bombero golpeaban mis nalgas con fuerza real, el metal de la caja crujía bajo nosotros, el vaivén del ferry nos empujaba uno contra el otro. Dirty talk caía de su boca sin parar mientras me dominaba:

—Toma esta polla venosa hasta el fondo, arquitecto. Tu culo me está chupando la leche ya. Quédate quieto y recíbela. Voy a dejarte el agujero abierto y goteando mi lefa. Gime más alto, que me gusta oír cómo pides que te reviente.

Yo gemía sin control, pidiendo más, el sudor resbalándome por la espalda, la frente pegada al metal. Cada embestida me rozaba la próstata con precisión brutal. Mi polla colgaba dura entre mis piernas, sin que nadie la tocara, goteando un charco en la caja. El orgasmo me subió de golpe, inevitable. Apreté el culo alrededor de su polla gruesa y me corrí sin tocarlo, chorros calientes saliendo a pulsos mientras gritaba su nombre ahogado. Las contracciones me exprimían la polla de Marcos y él gruñó posesivo, clavándosela hasta el tope.

—Joder, te estás corriendo solo con mi polla dentro… qué puta tan buena. Ahora te lleno. Aguanta.

Tres embestidas más, erráticas, y se corrió dentro de mí con un gruñido bajo y gutural, posesivo, las caderas pegadas a mis nalgas mientras bombeaba chorros calientes y espesos directo al fondo de mi culo. Sentí cada pulso, cada carga llenándome, desbordándome. Me quedé temblando a cuatro patas, el semen caliente ya empezando a escaparse por los bordes de mi agujero abierto mientras su polla seguía enterrada y latiendo.

Marcos se retiró despacio. Me ayudó a incorporarme, me subió los pantalones y el boxer con manos firmes, subiendo la cremallera, acomodándome la camisa, una sonrisa satisfecha torcida en la boca. Me agarró la nuca y me dio un beso lento y profundo, lengua suave ahora, saboreando el sabor de los dos. Contra mis labios murmuró:

—Esta no será la última vez que crucemos el deseo, Theo. Ni de puta broma.

Intercambiamos números en el muelle cuando el ferry atracó al amanecer. La luz gris del alba nos cogió todavía oliendo a sexo y sal. Nos separamos sin más palabras, solo esa promesa silenciosa de repetir la travesía. Yo caminé hacia el coche con su leche todavía caliente resbalándome entre las nalgas, el culo latendo y abierto, y la polla ya volviendo a endurecérseme solo de pensar en cómo me la volvería a meter hasta las bolas la próxima noche que crucemos juntos.

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged blowjob rough-sex doggy-style anal creampie

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.