Rendición Bajo la Lluvia en el Establo
Dos vaqueros de 28 y 32 años se rinden al deseo y se follan salvajemente en el establo durante la tormenta.
Soy Rafael, un vaquero de 28 años que trabaja desde hace años en este rancho remoto perdido entre las sierras, donde los días se miden por el sudor, el polvo y el cansancio que se mete en los huesos. Mi vida ha sido siempre de madrugadas frías, caballos que domar y cercas que reparar bajo un sol que quema la piel hasta dejarla como cuero viejo. No me quejo; elegí esta existencia solitaria porque me entiende mejor que la mayoría de la gente. Pero hace dos semanas todo cambió cuando llegó Victor, el nuevo peón de 32 años. Victor es un hombre grande, de músculos densos y duros ganados en décadas de trabajo pesado, con hombros anchos que tensan las camisas de franela y unas manos callosas que parecen capaces de partir madera. Llega callado, casi hosco, con esa mirada oscura que parece guardar tormentas propias. Apenas cruzábamos palabras al principio, solo órdenes cortas y gruñidos de esfuerzo. Sin embargo, pronto empezaron las miradas. Miradas que duraban un segundo de más cuando le pasaba el martillo o cuando montábamos juntos a revisar el perímetro. Roce de brazos que se alargaban, caderas que se rozaban “por accidente” al bajar de los caballos, el calor de su cuerpo quedándose pegado al mío incluso después de separarnos. Los dos sabíamos. Los dos queríamos exactamente lo mismo. Y ninguno se atrevía a decirlo en voz alta.
Aquella tarde el cielo se cerró como una herida negra. La tormenta llegó de golpe, sin aviso, con relámpagos que rasgaban el horizonte y truenos que hacían temblar la tierra. La lluvia cayó como una cortina de agua helada, empapándonos en segundos, convirtiendo el suelo en un barrial traicionero. Los caballos relinchaban histéricos, los ojos desorbitados, pateando y tirando de las riendas. Estábamos demasiado lejos de la casa principal. “¡Al establo viejo!”, grité por encima del rugido del viento. Corrimos juntos, botas chapoteando, ropa pegándose a la piel, el agua corriéndonos por la cara y metiéndose en los ojos. Victor iba delante, su espalda ancha cortando la lluvia, y yo no podía dejar de mirar cómo los músculos de sus piernas se marcaban bajo los vaqueros mojados.
El viejo establo nos recibió con olor a heno viejo, madera podrida y el aliento cálido de los animales que ya habían buscado refugio allí. Cerramos la pesada puerta de madera y el mundo exterior desapareció. Solo quedó el martilleo brutal de la lluvia contra la chapa del techo, un ruido ensordecedor que lo llenaba todo. Los caballos bufaban y movían las patas, nerviosos, pero al menos estaban a salvo. Nosotros nos quedamos de pie en el centro, chorreando, respiraciones agitadas. Mi camisa blanca se había vuelto transparente y se pegaba a mis pectorales y abdominales como una segunda piel. Lo mismo le pasaba a Victor. Podía ver cada relieve de su torso, los pezones endurecidos, la línea oscura de vello que bajaba desde su ombligo y se perdía bajo el cinturón. Mi polla ya empezaba a hincharse dentro de los pantalones empapados solo con mirarlo. El aire entre nosotros era espeso, cargado de todo lo que no habíamos dicho en esas dos semanas.
Nos sentamos sobre un fardo de heno seco en un rincón apartado, lo suficientemente lejos de los caballos como para sentirnos solos. La luz era escasa, solo los destellos azules y blancos de los relámpagos que se colaban por las rendijas. Empezamos a hablar en voz baja, casi en susurros, como si estuviéramos confesándonos en una iglesia abandonada. Le conté lo solo que me sentía algunas noches, cuando terminaba el día y solo quedaba el silencio de mi litera y el viento afuera. Victor escuchaba, sus ojos fijos en mí. Luego habló él, con esa voz ronca que me erizaba la nuca. “Yo también estoy solo, Rafael. Más de lo que quiero admitir. Pero estos días… verte sudar, verte moverte, ver cómo se te marca el culo cuando te agachas… me tiene la cabeza hecha mierda.” Hizo una pausa, tragando saliva. La lluvia golpeaba más fuerte. “Y ahora, con toda esa ropa mojada pegada a tu cuerpo… me estás poniendo más duro que el hierro, carajo.”
Sus palabras cayeron como un relámpago dentro de mí. Lo miré directo a los ojos, sin esconder nada ya. “Llevo semanas queriendo arrodillarme delante de ti, Victor. Semanas imaginando tu polla en mi boca, imaginando cómo te rendirías a esto igual que yo. No quiero seguir fingiendo.”
El silencio que siguió fue corto pero eterno. Nos acercamos al mismo tiempo, despacio, como si todavía tuviéramos miedo de romper algo. Mi mano subió hasta su cara mojada, rozando la barba áspera de tres días, sintiendo el calor que irradiaba su piel debajo del agua fría. Él hizo lo mismo, su palma grande envolviendo mi mandíbula, el pulgar pasando por mi labio inferior. Los dos gemimos al unísono, un sonido grave, animal, que salió desde el fondo de nuestros pechos. Y entonces nos besamos.
Fue un beso brutal desde el primer segundo. Bocas abiertas, lenguas hambrientas que se enredaban con urgencia, dientes que chocaban, saliva mezclada con agua de lluvia. Sus manos bajaron por mi espalda y agarraron mi culo por encima de los pantalones mojados, apretando fuerte, tirándome contra su cuerpo. Yo metí los dedos entre su pelo empapado y tiré, profundizando el beso hasta que los dos jadeábamos como si nos estuviéramos ahogando. No hubo preguntas. Los dos elegimos continuar. Los dos queríamos exactamente esto.
Victor gruñó contra mi boca y me empujó con fuerza contra la pared de madera. La superficie áspera me raspó la espalda a través de la camisa. Con manos impacientes me abrió el cinturón, bajó la cremallera y tiró de mis vaqueros y calzoncillos hasta las rodillas. Mi polla gruesa, venosa y completamente dura saltó al aire frío del establo, la cabeza hinchada y brillante de precum. Victor se arrodilló sin dudar, abrió la boca y me tragó hasta el fondo en un solo movimiento. El calor húmedo de su garganta me arrancó un gemido ronco. Su lengua presionaba la parte inferior de mi tronco mientras subía y bajaba la cabeza con hambre, chupando fuerte, salivando sin control. Agarré su pelo mojado con las dos manos y empecé a follarle la boca despacio al principio, luego con más fuerza, sintiendo cómo su garganta se contraía alrededor de mi polla. “Joder, Victor… así, chúpamela toda”, jadeé. Él gemía alrededor de mi carne, las vibraciones subiéndome por la columna. Sus manos fuertes me apretaban las nalgas, separándolas, un dedo atrevido rozando mi agujero mientras seguía mamándome como si llevara años deseándolo.
No aguanté mucho. Lo levanté, lo besé con mi propio sabor todavía en su lengua y me di la vuelta, ofreciéndole el culo sin palabras. Victor escupió en su mano, lubricó su polla gruesa —una verga pesada, venosa, con una cabeza gruesa y oscura— y la colocó contra mi entrada. Empujó. Me abrió de un solo golpe profundo y brutal. El dolor y el placer se mezclaron en un gemido que casi se me escapó demasiado alto. Empezó a follarme contra la pared con embestidas salvajes, profundas, golpeando mi próstata cada vez que entraba hasta el fondo. El sonido húmedo de su pelvis chocando contra mi culo se mezclaba con el diluvio en el techo. Se pegó a mi espalda, mordiéndome el cuello, y me susurró al oído con voz rota: “Qué puto eres, Rafael… rindiéndote tan fácil a mi verga. Te encanta que te abra el culo así, ¿verdad? Llevas días queriendo que te use como una puta en este establo.”
Sus palabras me encendían más. Empujaba hacia atrás, recibiendo cada embestida, sintiendo cómo sus bolas pesadas golpeaban las mías. El sudor y la lluvia nos cubrían. Cambiamos sin hablar. Lo tiré sobre el heno, me subí encima y me senté lentamente sobre su polla hasta que me llenó por completo. Empecé a cabalgarlo como un animal, subiendo y bajando con fuerza, mis muslos temblando por el esfuerzo. Victor me agarraba las caderas, dejando marcas rojas, y yo le masturbaba la polla cuando salía casi del todo. Nuestras manos se encontraron en el medio; nos pajeábamos mutuamente con movimientos rápidos y desesperados. El placer subía como una ola. Los relámpagos iluminaban nuestros cuerpos sudorosos, el heno pegado a nuestra piel mojada.
“Me voy a correr”, gruñí. Victor empujó hacia arriba con más fuerza. Con un gemido ronco y largo exploté, pintando su pecho y abdominales con chorros espesos y calientes de semen que salían con cada contracción. Casi al mismo tiempo él rugió, me clavó profundo y se corrió dentro de mí, llenándome el culo con su leche espesa, pulsando una y otra vez mientras yo seguía cabalgándolo más despacio, ordeñándolo hasta la última gota.
Nos quedamos abrazados sobre el heno, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando aún por el orgasmo. Su semen empezaba a escurrir de mi agujero, caliente y viscoso, bajando por mis muslos. Victor me rodeaba con sus brazos fuertes, su pecho subiendo y bajando contra el mío, y yo tenía la cara enterrada en su cuello, oliendo su sudor, su piel y la tormenta. La lluvia no había amainado. Los caballos seguían inquietos. Sentía su polla todavía medio dura dentro de mí, su corazón latiendo contra mis costillas, y supe que esto apenas había empezado. Había mucho más que rendir, mucho más que tomar. Ninguno de los dos habló, pero la mano de Victor bajó lentamente por mi espalda otra vez, posesiva, y un nuevo latido de deseo empezó a crecer entre nosotros mientras la tormenta seguía rugiendo sobre el techo de chapa.
La mano de Victor descendió posesiva por mi espalda, deteniéndose justo donde mi culo aún palpitaba alrededor de su polla medio dura. El semen que me había metido hasta el fondo empezaba a escurrirse en hilos calientes, bajando por la cara interna de mis muslos y mojando el heno aplastado bajo nosotros. A mis 28 años, trabajando de sol a sol en este rancho perdido, jamás había sentido un vacío tan delicioso como el que dejaba su verga al empezar a ablandarse dentro de mí. Pero no duró. Sentí cómo volvía a engrosarse, latiendo contra mis paredes internas, y mi propia polla respondió al instante, endureciéndose contra su abdomen sudoroso.
Ninguno habló al principio. Solo se oía el martilleo brutal de la lluvia contra la chapa, los relinchos nerviosos de los caballos al fondo y nuestras respiraciones pesadas. Victor movió las caderas en un círculo lento, como si probara si yo podía recibir más. El roce de su glande grueso contra mi próstata me arrancó un gemido ronco que no pude contener. “Todavía me tienes duro, Rafael… tu culo no quiere soltarme”, murmuró contra mi cuello, su barba de tres días raspándome la piel mojada. Su voz de 32 años curtida por años de gritos a los animales y órdenes en el campo me erizó la nuca.
Levanté la cara de su pecho y lo miré directo a los ojos. La luz azul de un relámpago atravesó las rendijas del establo e iluminó su torso ancho, los pectorales marcados, los abdominales tensos y brillantes de sudor y lluvia. “No quiero que salgas”, confesé en voz baja, casi avergonzado de lo mucho que lo deseaba. “Llevo semanas imaginando esto, Victor. Semanas tocándome en mi litera pensando en tu verga abriéndome, en tu peso encima de mí, en que me uses hasta que me duela el culo al montar al día siguiente.”
Él gruñó, una vibración grave que sentí en el pecho. Sus manos grandes —esas manos callosas que partían leña como si nada— agarraron mis nalgas y las separaron más, obligándome a abrirme del todo mientras todavía estaba dentro. El movimiento hizo que más de su leche espesa saliera de mí y chorreara sobre sus bolas pesadas. “Eres un puto vicioso, Rafael. Te corriste como un animal hace un rato y ya quieres que te vuelva a llenar.” Empujó hacia arriba con fuerza, clavándome hasta el fondo otra vez. El placer me nubló la vista. “Dilo. Dime que quieres que te folle más salvaje que antes.”
“Sí… quiero que me folles más salvaje”, jadeé, rendido. “Quiero que me dejes el culo abierto, Victor. Quiero ser tu puta toda la noche.”
No hizo falta más. Me levantó como si no pesara nada, su polla saliendo de mí con un sonido húmedo y obsceno. El vacío fue inmediato y doloroso. Me empujó contra la pared de madera áspera del establo, mi mejilla raspando la superficie rugosa. La lluvia golpeaba el techo con más furia, como si celebrara lo que venía. Victor escupió dos veces en su mano, lubricó su verga —ahora completamente hinchada, venosa, la cabeza morada y brillante— y me abrió las piernas con la rodilla. Entró de un solo empujón brutal, sin piedad. Grité. El dolor y el placer se mezclaron en una ola que me subió por la columna. Sus bolas chocaron contra las mías y se quedó allí, enterrado hasta el fondo, dejando que me acostumbrara al grosor.
“Eso es… apriétame la polla con ese culo de vaquero”, gruñó en mi oído, mordiéndome el lóbulo. Empezó a moverse. Embistidas cortas y fuertes al principio, luego más largas, sacando casi todo y metiéndola hasta que sus caderas golpeaban mi culo con un chasquido húmedo. Cada golpe me aplastaba contra la pared. Mis manos se abrían y cerraban contra la madera, buscando algo a lo que aferrarme. El olor a heno viejo, a caballo, a sudor masculino y a semen llenaba el aire. Pensé que esto era exactamente lo que había querido desde que lo vi llegar al rancho: rendirme por completo a un hombre más grande, más fuerte, que me hiciera sentir pequeño y usado.
Victor cambió el ángulo, buscando mi próstata, y cuando la encontró empecé a gemir sin control. “Ahí… joder, ahí, Victor… no pares.” Él se rio, bajo y oscuro. “Mira cómo tiemblas. Dos semanas de miraditas y roces y ahora te tengo aquí, gimiendo como una puta mientras te parto el culo en el establo.” Su mano bajó y envolvió mi polla, masturbándome con movimientos rápidos y ásperos, usando el precum que no dejaba de gotear como lubricante. El doble placer me estaba volviendo loco. Sentía sus pectorales pegados a mi espalda, su aliento caliente en mi nuca, el vello de su pecho raspándome la piel.
No aguanté mucho en esa posición. Me dio la vuelta, me levantó una pierna y volvió a entrar de frente, cara a cara. Ahora podía verle los ojos. Estaban negros de deseo. Nos besamos con violencia, dientes chocando, lenguas follándose mientras su cadera no dejaba de bombear. Mi pierna temblaba por el esfuerzo de mantenerme en pie. El sudor nos corría por las sienes. Un relámpago iluminó el establo entero y vi nuestro reflejo borroso en un charco de agua en el suelo: dos vaqueros empapados, musculosos, follándose como bestias.
“Quiero probarte yo también”, le dije entre jadeos, sorprendiéndome a mí mismo. Victor se detuvo, todavía dentro de mí, y levantó una ceja. “¿Quieres follarme, Rafael?” Asentí, tragando saliva. “Quiero sentir cómo te rindes tú también.”
Sacó su polla lentamente, dejando mi agujero abierto y palpitante. Se tumbó de espaldas sobre el fardo grande de heno, abrió las piernas y me miró con desafío. Su verga gruesa reposaba sobre su abdomen, todavía mojada con mi jugo y su semen. Me arrodillé entre sus muslos potentes, le separé las nalgas y bajé la cara. El olor era fuerte, masculino, adictivo. Pasé la lengua por su agujero fruncido y Victor soltó un gemido largo, grave, que me puso la piel de gallina. “Joder… sí, lámeme, cabrón.” Lo hice con hambre. Lamí, chupé, metí la lengua todo lo que pude mientras mi mano le pajeaba la polla pesada. Sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza. El sabor de su sudor y los restos de nuestra primera corrida me volvían salvaje.
Cuando lo sentí suficientemente abierto, me incorporé, escupí en mi palma y coloqué mi polla contra su entrada. Empujé. Su culo era apretado, caliente, casi imposible. Victor echó la cabeza hacia atrás, los tendones del cuello marcados, y soltó un “¡Hostia puta!” cuando logré meter la cabeza. Seguí empujando hasta que mis huevos chocaron contra su culo. El calor que me rodeaba era indescriptible. Empecé a follarlo despacio, saboreando cada centímetro, pero pronto el instinto tomó el control. Mis embestidas se volvieron más brutales. Le agarré las caderas, dejando marcas blancas en su piel morena, y lo taladré con fuerza. El sonido de carne contra carne se mezclaba con la tormenta.
Victor se pajeaba rápido, mirándome con los ojos entrecerrados. “Más fuerte, Rafael… rómpeme el culo como yo te rompí el tuyo.” Le di lo que pedía. Lo follé como un animal, inclinándome para morderle los pezones duros, lamerle el sudor del pecho. Nuestras pollas se rozaban entre nuestros estómagos cada vez que entraba hasta el fondo. El placer subía otra vez, más alto, más peligroso. Sentía que si me corría ahora no podría parar en toda la noche.
Lo saqué, lo puse de lado y volví a penetrarlo desde atrás, pegado a su espalda ancha. Una de mis manos le tapó la boca mientras la otra le masturbaba la verga sin piedad. “Quiero oírte gritar cuando te llene”, le susurré. Sus gemidos vibraban contra mi palma. La tormenta rugía más fuerte, como si respondiera a nuestros cuerpos chocando. Mi polla entraba y salía de su culo cada vez más rápido, más profundo. El heno se pegaba a nuestra piel mojada. El semen de antes seguía chorreando entre nosotros, haciendo todo más sucio, más resbaladizo.
Estábamos al borde otra vez. Lo sentía en la tensión de sus músculos, en cómo su agujero me apretaba como un puño. Pero no quería que terminara. Reduje el ritmo, saliendo casi del todo y volviendo a entrar lento, torturándonos a los dos. Victor giró la cabeza y me besó con desesperación. “No pares ahora… la noche es larga y la lluvia no para”, jadeó contra mi boca.
Mi corazón latía desbocado. Sabía que esto solo era el principio de algo más salvaje. Todavía había mucho que rendir, mucho que tomar, mucho que confesar entre embestida y embestida mientras la tormenta nos encerraba en este establo como si el mundo entero hubiera desaparecido. Mi polla palpitaba dentro de él, su culo me apretaba pidiendo más, y ninguno de los dos estaba dispuesto a parar. El deseo seguía creciendo, más oscuro, más urgente, prometiendo que antes de que amaneciera nos habríamos follado hasta perder la voz y la razón.
La tormenta parecía alimentar nuestra locura. Empujé con más fuerza dentro de Victor, sintiendo cómo su culo caliente y lleno de mi semen anterior me apretaba como si no quisiera dejarme escapar nunca. Mis manos se clavaban en sus caderas anchas, esas caderas de un hombre de 32 años que había domado potros salvajes y cargado fardos de heno durante más de una década, y las usé como ancla para taladrarlo más profundo. Cada embestida hacía que su cuerpo grande se sacudiera sobre el heno, y el sonido obsceno de mi polla saliendo y entrando de su agujero empapado se mezclaba con los truenos que hacían vibrar las paredes del establo.
—Joder, Rafael… rómpeme —gruñó él, girando la cabeza lo suficiente para que viera el sudor corriendo por su sien y pegando su pelo oscuro a la frente—. No seas suave ahora. Quiero sentir que me estás marcando por dentro.
Sus palabras me encendieron como gasolina. Aceleré el ritmo, follándolo con golpes brutales que hacían que mis huevos pesados chocaran contra los suyos. El semen de nuestra primera corrida chorreaba entre nosotros, haciendo todo resbaladizo, sucio, perfecto. Yo, a mis 28 años, nunca había sentido un poder tan crudo como el de tener a este vaquero grande y hosco abierto para mí, gimiendo como una puta mientras la lluvia nos encerraba. Mi mente era un torbellino: dos semanas de miradas robadas y roces fingidos se estaban desbordando en cada centímetro que le metía.
Lo saqué de golpe. Victor protestó con un gemido gutural, pero yo ya lo estaba girando sobre el heno. Quería verle la cara. Lo puse de espaldas, le levanté las piernas musculosas y las apoyé sobre mis hombros. Su polla gruesa, venosa y oscura descansaba sobre su abdomen duro, goteando precum que se mezclaba con el sudor. Entré otra vez de un solo empujón, clavándome hasta el fondo. Ahora podía mirarlo a los ojos mientras lo follaba. Eran ojos negros, salvajes, llenos de la misma tormenta que rugía afuera.
—Así… mírame mientras te abro —le dije entre dientes, inclinándome sobre él. Nuestros pechos se pegaron, el vello mojado de su torso raspando mis pezones endurecidos. Empecé a bombear con furia, sacando casi toda mi verga para volver a metérsela con violencia. El establo olía a sexo, a heno aplastado, a sudor de hombre y a lluvia que se filtraba por las rendijas del techo y caía en gotas frías sobre nuestras espaldas.
Victor me agarró del cuello con una mano callosa y me atrajo para besarme. Fue un beso sucio, desesperado, lleno de dientes y saliva. Su lengua invadía mi boca mientras yo no dejaba de follarlo, golpeando su próstata con cada embestida. Sentía sus paredes internas contrayéndose alrededor de mi polla, ordeñándome, pidiendo más leche.
—Eres un hijo de puta —jadeó contra mis labios cuando nos separamos un segundo—. Llevo semanas viéndote agacharte para reparar las cercas y imaginando este culo tuyo… y ahora me tienes aquí, partiéndome como si fuera tuyo. Más fuerte, Rafael. Quiero que me duela mañana cuando monte.
Sus palabras me volvieron loco. Cambié el ángulo, buscando ese punto exacto que lo hacía temblar. Cuando lo encontré, Victor echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, ronco, que reverberó en el establo. Sus manos grandes bajaron hasta mis nalgas y las apretaron, clavándome las uñas, obligándome a entrar más profundo. El placer era casi insoportable. Mi polla palpitaba dentro de él, hinchada, sensible, cada vena rozando sus paredes calientes.
Me retiré otra vez, jadeando, y me arrodillé entre sus piernas abiertas. Quería saborearlo. Bajé la cara y le lamí el agujero enrojecido y abierto, metiendo la lengua todo lo que podía mientras mi mano le pajeaba la verga pesada. El sabor era intenso: mezcla de mi semen, su sudor y puro macho. Victor se retorció, agarrándome del pelo mojado con fuerza.
—Lámeme, cabrón… méteme esa lengua hasta el fondo —ordenó, la voz rota de placer. Yo obedecí, chupando, lamiendo, mordisqueando suavemente sus nalgas mientras dos de mis dedos entraban en él, abriéndolo más. Sentía cómo su agujero palpitaba, tragándose mis dedos, y mi propia polla dolía de lo dura que estaba, goteando sobre el heno.
No aguanté más el juego. Lo levanté como pude —era pesado, todo músculo y hueso de vaquero— y lo empujé contra uno de los postes de madera que sostenían el techo del establo. La lluvia caía ahora con más fuerza por una gotera cercana, mojándonos los hombros. Lo hice girar, pegando su pecho ancho contra la madera áspera, y le separé las piernas con las mías. Escupí en mi mano, unté mi polla otra vez y volví a entrar en él desde atrás, esta vez con un ángulo que lo hacía gritar.
—Así, Victor… ríndete del todo —gruñí en su oído, mordiéndole el hombro. Mis caderas se movían como un pistón. El sonido de carne mojada contra carne mojada era ensordecedor, más fuerte incluso que algunos truenos. Una de mis manos subió hasta su cuello, sujetándolo con firmeza pero sin ahogarlo, solo para que sintiera que lo tenía controlado. La otra bajó a su polla y lo pajeé con fuerza, sincronizando los movimientos.
—Soy tu puta esta noche —confesó él entre gemidos, empujando hacia atrás para encontrarse con cada golpe—. Nunca se lo había dicho a nadie… pero quiero que me uses, Rafael. Quiero que me llenes otra vez, que me dejes chorreando tu leche mientras seguimos trabajando mañana como si nada.
Esas palabras me atravesaron. Lo follé más salvajemente, sintiendo que el orgasmo se acercaba otra vez como una ola gigante. Pero no quería correrme todavía. Quería que esto durara. Salí de él, lo giré y lo empujé de rodillas sobre el heno. Su cara quedó a la altura de mi polla, brillante de jugos y semen. Victor no esperó. Abrió la boca y me tragó entero, hasta que su nariz tocó mi pubis. La calidez de su garganta me hizo gruñir como un animal.
Empecé a follarle la boca con el mismo ritmo brutal que había usado en su culo. Lágrimas de esfuerzo corrían por sus mejillas, mezclándose con la lluvia que nos caía encima, pero sus ojos no dejaban de mirarme con desafío y deseo. Sus manos me apretaban las nalgas, separándolas, y un dedo grueso encontró mi agujero y lo penetró sin aviso. El doble placer me hizo tambalear.
—Chúpamela bien, viejo… eso es —jadeé, tirándole del pelo—. Quiero que sepas a quién perteneces ahora.
Después de varios minutos de tener su garganta follándome, lo levanté y lo tiré sobre un montón de mantas viejas que había en un rincón. Me tumbé encima de él, pecho contra pecho, y volví a penetrarlo en misionero. Esta vez fue más lento pero más profundo, rotando las caderas para que sintiera cada centímetro. Nos besábamos con desesperación, mordiéndonos los labios, compartiendo el aire caliente mientras la tormenta seguía rugiendo sin piedad.
—Quiero que me folles otra vez después —le susurré, confesando lo que mi cuerpo ya pedía—. Quiero que me pongas contra esa pared y me des tu verga hasta que no pueda caminar derecho. Pero ahora… ahora quiero correrme dentro de ti otra vez.
Victor apretó sus piernas alrededor de mi cintura, clavándome más adentro. Su polla se frotaba entre nuestros abdómenes sudorosos, dejando rastros pegajosos.
—Entonces hazlo —me retó, mordiéndome el cuello—. Lléname, Rafael. Y después yo te voy a hacer gritar tanto que los caballos se van a asustar.
Seguí follándolo con embestidas largas y poderosas, sintiendo cómo su agujero me succionaba, cómo sus músculos se tensaban alrededor de mi verga. El placer subía otra vez, más intenso, más oscuro. Nuestros cuerpos estaban cubiertos de sudor, semen seco, heno pegado y gotas de lluvia fría que entraban por las rendijas. Cada relámpago iluminaba nuestros rostros deformados por el placer: yo con 28 años de hambre contenida, él con 32 de fuerza bruta rindiéndose por completo.
Lo sentí cerca. Su polla palpitaba entre nosotros. Aceleré, follándolo con todo lo que tenía, y él empezó a gemir más alto, sin control. Pero justo cuando el orgasmo estaba a punto de arrastrarnos, reduje el ritmo, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con lentitud tortuosa. Victor maldijo entre dientes, clavándome las uñas en la espalda.
—No pares ahora, carajo… —suplicó, la voz rota.
—No voy a parar —le prometí, besándolo con violencia—. La noche es larga, la tormenta no cede y todavía no he terminado de rendirme… ni de hacerte rendir.
Mi polla seguía latiendo dentro de su culo abierto y caliente, su verga presionaba mi abdomen pidiendo liberación, y el deseo entre nosotros solo parecía crecer, volviéndose más animal, más urgente, como si la lluvia estuviera lavando todo menos esta necesidad salvaje que nos tenía presos en el establo. Sabía que esto apenas era el centro de la noche. Todavía quedaba mucho más por tomar, mucho más por dar, y ninguno de los dos estaba dispuesto a detenerse hasta que nuestros cuerpos no dieran más.
La polla se me hinchaba todavía más dentro del culo caliente y abierto de Victor, ese vaquero de treinta y dos años que gemía como un animal cada vez que le clavaba hasta el fondo. A mis veintiocho años, con el cuerpo molido de años de arrear ganado y clavar postes bajo el sol, jamás había sentido un placer tan sucio como este: tener a un hombre grande, hosco y lleno de músculos rendido debajo de mí, el agujero palpitando alrededor de mi verga mientras la tormenta seguía partiéndose el cielo encima del establo. Empujé más fuerte, sacando casi todo el tronco venoso y volviéndolo a meter con un golpe seco que hizo chocar mis huevos contra sus nalgas sudadas. El semen de la corrida anterior salía en espumarajos blancos cada vez que entraba, lubricando todo, haciendo que el ruido fuera más obsceno, más húmedo, más perfecto.
—Más duro, cabrón —gruñó Victor, clavándome las uñas en la espalda—. Quiero que me revientes el culo, Rafael. Que mañana cuando monte no pueda sentarme sin acordarme de cómo me estás partiendo como una puta barata.
Sus palabras me prendieron fuego. Agarré sus piernas musculosas, las empujé hacia atrás hasta que casi le tocaban los hombros y empecé a taladrarlo sin piedad. Cada embestida le hacía soltar un gemido ronco que se mezclaba con los truenos. Su polla gruesa, morada y goteando, se sacudía sobre su abdomen duro, dejando hilos de precum que se pegaban al vello espeso de su pecho. Yo no dejaba de mirarlo: la barba mojada, los pectorales brillantes de sudor, el cuello marcado por las venas. Pensé que esto era lo que habíamos estado buscando esas dos semanas: dos machos que se rendían del todo, sin vergüenza, follándose como bestias en medio del olor a heno podrido y mierda de caballo.
Lo saqué de golpe. Victor maldijo, el agujero fruncido y rojo, chorreando mi semen y el suyo mezclado. Lo puse de rodillas sobre el fardo grande, le separé las nalgas con las dos manos y le escupí directo en el centro antes de volver a metérsela de un solo empujón brutal. Ahora lo follaba desde atrás como un perro, agarrándolo del pelo mojado para arquearle la espalda. Mis caderas chocaban contra su culo con chasquidos fuertes que resonaban por todo el establo. Victor empujaba hacia atrás, pidiendo más, su voz rota pidiendo que le diera más verga, que le llenara los intestinos.
—Soy tu puta, Rafael… méteme toda esa polla de vaquero joven hasta que me salga por la garganta —jadeó.
El placer me subía por las pelotas. Sentía que me iba a correr, pero quería más. Lo saqué otra vez, lo tiré de espaldas y me arrodillé sobre su cara. Victor abrió la boca como un animal hambriento y me tragó la verga hasta las bolas, chupando con furia el sabor de su propio culo y de nuestra corrida anterior. Su lengua gruesa me presionaba la vena inferior mientras yo le follaba la garganta sin compasión, viendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y baba que le corría por las comisuras. Mi interior ardía: este hombre de treinta y dos años, callado y fuerte, ahora era solo un agujero más para usar.
Cuando estuve a punto de explotar le saqué la polla de la boca y le di la vuelta. Esta vez me tumbé yo sobre el heno aplastado y lo jalé encima. Victor entendió al instante. Se sentó sobre mi verga de un golpe, tragándosela entera hasta que su culo tocó mis huevos. Empezó a cabalgarme como un salvaje, subiendo y bajando con fuerza, sus nalgas pesadas golpeándome los muslos. Sus pectorales rebotaban, el sudor le corría por el pecho y caía sobre mí. Yo le agarraba la polla gruesa y se la pajeaba con violencia, apretando la cabeza hinchada cada vez que bajaba.
—Así, móntame la verga, puto —le dije entre dientes—. Quiero verte correrte como una zorra mientras te lleno el intestino.
Victor aceleró, el culo apretándome la polla como un puño caliente y resbaladizo. Sus gemidos se volvieron más altos, casi ahogados por la lluvia que martillaba la chapa. De pronto se tensó, echó la cabeza hacia atrás y rugió. Chorros espesos de semen blanco salieron disparados de su polla, pintándome el pecho, el cuello y hasta la cara. Uno me entró en la boca y lo tragué sin pensarlo, saboreando su leche salada y espesa mientras su culo me ordeñaba la verga con contracciones violentas.
No pude más. Le clavé los dedos en las caderas y empujé hacia arriba, corriéndome dentro de él con tanta fuerza que creí que me iba a desmayar. Oleadas calientes de semen le inundaron las tripas, tanto que empezó a salir alrededor de mi polla todavía enterrada. Victor se dejó caer hacia adelante, pero no había cariño en el gesto. Solo jadeos brutales y cuerpos pegajosos.
Apenas terminamos de corrernos me sacó la verga aún dura y me puso contra el poste central del establo. La madera áspera me raspó el pecho. Victor escupió en su mano, untó su verga gruesa y venosa y me abrió las piernas de una patada. Entró de golpe, sin aviso, abriéndome el culo de un solo empujón que me hizo gritar. El dolor era delicioso. A mis veintiocho años sentía que por fin estaba recibiendo lo que merecía: que un macho más grande y experimentado me usara como un agujero sin fondo.
—Ahora te toca a ti, Rafael —gruñó contra mi nuca, mordiéndome el hombro hasta dejar marca—. Te voy a dejar el culo tan abierto que vas a chorrear mi leche durante dos días cada vez que te agaches a reparar una cerca.
Empezó a follarme con embestidas salvajes, sacando casi todo y metiéndola hasta el fondo con rabia. Cada golpe me aplastaba contra el poste. Mi polla, todavía sensible después de correrme, empezó a endurecerse otra vez al sentir cómo me reventaba la próstata. Victor me agarró del cuello con una mano callosa, apretando lo justo para que sintiera que me tenía completamente sometido, y con la otra me pajeaba la verga con movimientos bruscos y rápidos.
La lluvia caía ahora por una gotera cercana, mojándonos los cuerpos sudorosos y haciendo que todo fuera más resbaladizo. El olor a sexo, a semen, a sudor de macho y a heno viejo era tan fuerte que mareaba. Victor cambiaba el ritmo: a veces me daba pollazos cortos y duros, otras sacaba la verga casi del todo para volver a clavármela como un ariete. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, confesando entre gemidos que quería que me usara, que me rompiera, que me convirtiera en su puta personal del rancho.
Me sacó, me tiró sobre una manta sucia y me levantó las piernas. Cara a cara otra vez, pero sin ninguna dulzura. Solo pura lujuria animal. Entró de nuevo, doblándome casi en dos, y me folló con tanta fuerza que el establo entero parecía temblar más que por los truenos. Su cara estaba deformada de placer, los dientes apretados, los ojos negros fijos en los míos mientras me taladraba.
—Dime que te gusta que te use el culo, Rafael. Dime que eres mi agujero favorito.
—Soy tu agujero, Victor… méteme la verga más adentro, lléname hasta que me salga por la boca —jadeé, completamente rendido.
Cambiamos otra vez. Me puso a cuatro patas sobre el heno mojado de semen y me montó como a una yegua. Sus manos grandes me agarraban las caderas con tanta fuerza que sabía que me quedarían moretones. El ritmo era brutal, inhumano. Mis gemidos se convertían en gritos ahogados cada vez que me golpeaba la próstata. Sentía su polla hincharse más dentro de mí, sus bolas pesadas chocando contra las mías. Mi propia verga colgaba dura y goteando, rozando el heno áspero.
Victor me tiró del pelo, arqueándome la espalda hasta el límite.
—Quiero que te corras sin tocarte, puto. Quiero que te corras solo con mi verga partiéndote el culo.
Y lo hice. El orgasmo me atravesó como un rayo. Mi polla soltó chorros largos y espesos que salpicaron el heno y mis propios muslos sin que la hubiera tocado. Al mismo tiempo Victor rugió, me clavó hasta el fondo y se corrió por segunda vez, inundándome las tripas con tanta leche caliente que sentí cómo me hinchaba por dentro. El exceso salió a borbotones alrededor de su verga, chorreando por mis bolas y bajando hasta mis rodillas.
Pero no paró. Siguió follándome con su polla todavía dura, usando su propia corrida como lubricante, metiendo y sacando con sonidos húmedos y sucios. Me sacó de repente, me puso de rodillas frente a él y me metió la verga sucia en la boca. Sabía a semen, a culo, a macho. Chupé con desesperación, lamiendo cada vena, tragándome los restos de nuestras corridas mientras él me follaba la garganta con el mismo ritmo salvaje.
Cuando estuvo satisfecho me levantó, me empujó contra la pared y me penetró de pie una última vez. Mis piernas apenas me sostenían. Victor me sujetaba con sus brazos fuertes, clavándome la polla hasta el fondo con embestidas cortas y brutales. Su boca estaba pegada a mi oído, soltando las palabras más sucias que había escuchado nunca.
—Esto es lo que somos, Rafael: dos vaqueros maricones que se follan como perros en celo. Mañana volveremos a trabajar cubiertos de semen seco debajo de la ropa y nadie sabrá que te dejé el culo tan destrozado que vas a caminar como si te hubieran metido un caballo entero.
El orgasmo final me pilló por sorpresa. Me corrí por tercera vez, apenas unas gotas espesas que salpicaron la pared mientras Victor rugía y me llenaba por última vez, bombeando hasta la última gota de su leche espesa dentro de mi culo completamente rendido y abierto. Sacó la verga con un sonido húmedo y asqueroso, y el semen de las tres corridas salió de mí como un río blanco y viscoso que me bajó por los muslos hasta los tobillos.
Victor me miró con una sonrisa sucia, la polla todavía medio dura chorreando restos de semen y me escupió en la cara mientras yo jadeaba exhausto contra la pared.
—Trágate lo que queda, puta. Mañana te voy a volver a abrir el culo antes del desayuno.
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