Silencio Que Se Rompe en el Pajar
Dos vaqueros de 32 y 28 años se follan duro y sin condón en el pajar al atardecer.
El sol se desangraba detrás de los cerros cuando Trent empujó la puerta del pajar viejo con el hombro. El peón de treinta y dos años olía a sudor de trabajo, a cuero y a heno seco. Cargaba las horquillas y el rastrillo contra la pared de tablones y se sacudió el polvo de los vaqueros. Detrás llegó Felix, veintiocho, recién llegado al rancho hacía unas semanas, la camisa abierta hasta el pecho y el sombrero ladeado. Entre los dos no había nadie más. Solo el crujido de la paja y el zumbido lejano de las moscas.
Trent lo miró de reojo mientras colgaba una brida. Llevaba días —semanas— clavándole la vista a ese culo apretado cuando Felix se inclinaba a herrar o a cargar fardos. Felix lo sabía. Lo había sentido. Y él también se había quedado mirando los hombros anchos de Trent, la línea de vello que bajaba por el vientre cuando el mayor se levantaba la camisa para secarse el sudor.
—Quédate un rato —dijo Trent, sin girarse del todo—. No hay prisa.
Felix dejó las herramientas a un lado y se apoyó en un poste. Sonrió, esa sonrisa torcida que ya le conocían en el rancho.
—Pensé que te iba a mandar a la mierda por mirarme tanto.
—Y tú a mí —contestó Trent, acercándose un paso—. Te he visto. Cuando me agacho a limpiar las pezuñas. Cuando me quito la camisa al mediodía. Te pones duro y miras para otro lado como si no fuera obvio.
El aire se espesó. Felix se rió bajo, pero no retrocedió. Al contrario: dio un paso más y “tropezó” con la bota de Trent, rozándole el muslo con la rodilla. El roce no fue accidental. Ninguno de los dos fingió que lo fuera.
—Semanas mirándome el culo sudado —murmuró Felix—. Y yo contando las venas de tu polla cuando se te marca en los pantalones. Qué coño hacemos aquí todavía, peón.
Trent le agarró la cintura con una mano grande, sucia de tierra, y lo atrajo hasta que sus pechos se rozaron.
—Lo que los dos queremos desde el primer puto día que llegaste.
Se quedaron así un momento, respirando el mismo aire caliente del pajar, el atardecer filtrándose por las rendijas en rayas doradas. Trent bajó la mano y le apreció el culo a Felix a través de la tela gruesa. Felix gruñó y le correspondió, pasando la palma por la entrepierna de Trent, sintiendo ya el bulto grueso y pesado.
La charla se ensució enseguida.
—Se me pone como una roca solo de verte agachado —dijo Trent, sin soltarlo—. Ese culo… puta madre, Felix. Llevo mañanas enteras imaginándome abriéndotelo. Chupándote los huevos mientras te cojo a cuatro patas aquí mismo, entre la paja.
Felix le agarró la verga por encima de la tela y la apretó, midiendo el grosor.
—Y yo soñando con tragarme esta polla. Días enteros. Me he pajeado en la ducha pensando en cómo te sabría la leche. Acércate más.
Se frotaron. Caderas contra caderas, pollas duras chocando a través de los vaqueros, el roce seco y urgente. Jadeaban ya. Trent le mordió el cuello sin delicadeza, dejando marca.
—Bájate los pantalones —ordenó, la voz ronca—. Quiero verla. Quiero tocarla.
Felix desabrochó el cinturón con dedos torpes de ganas. Se bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón hasta los muslos. Su polla saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Trent soltó un gruñido animal y se bajó los suyos también. La verga del peón era más pesada, más oscura, con una curva que prometía destrozar.
Se agarraron mutuamente sin más preámbulos. Manos callosas, ritmo rápido, sucio. Se masturbaban el uno al otro con hambre, mirándose a los ojos, los pulgares pasando por el glande, esparciendo el líquido resbaladizo.
—Joder, qué gruesa —jadeó Felix, bombeando la de Trent—. Llevo días queriendo comérmela. Entera. Hasta la garganta.
—Y yo tu culo —respondió Trent, apretándole los huevos con la otra mano—. Te voy a abrir con la lengua primero. Después te la meto cruda. Sin condón. Quiero sentirte por dentro y correrme hasta llenarte.
Felix gimió y se inclinó a morderle el labio inferior.
—Hazlo. Quiero que me folles como a una puta del rancho. Duro. Que me duela mañana al montar.
Trent lo empujó de rodillas sobre la paja. Felix no opuso resistencia; al contrario, abrió la boca enseguida. Trent le agarró el pelo corto y le empujó la polla adentro de un solo golpe. Felix se atragantó, babas corriendo por la comisura, pero se agarró a los muslos del mayor y se dejó follar la boca. Trent empujaba con fuerza, las caderas golpeando, la verga rozándole la garganta.
—Eso… trágala. Mírala cómo te llena la boca. Qué puta más buena eres arrodillado.
Felix chillaba alrededor de la carne, ojos llorosos de placer, una mano pajeándose a sí mismo mientras le chupaba. Trent lo sacó con un hilo de saliva y lo giró, inclinándolo sobre un fardo de paja alto. Le separó las nalgas con las dos manos y se hundió de cara. La lengua de Trent era ancha, insistente: lameó el agujero fruncido, lo empujó adentro, lo folló con saliva hasta que Felix temblaba y empujaba hacia atrás.
—Trent… joder… más profundo… come mi culo, peón de mierda…
Trent escupió sobre el agujero y lo untó con los dedos. Luego se alineó. La cabeza de su polla empujó sin condón, cruda, salvaje. Felix gritó contra el heno cuando el glande rompió la resistencia y el resto entró de un empujón largo y brutal. Trent no esperó: empezó a follarlo en posición de perrito, embestidas profundas que hacían crujir el fardo y sonar la piel contra piel.
—Tan apretado… puta madre, Felix… te estoy abriendo… sientes cómo te llena?
—Sí… más duro… fóllame el culo hasta que no pueda caminar… ah, joder, ahí…
Los gemidos llenaban el pajar. Trent le agarraba las caderas con fuerza, los dedos marcando moretones, y le daba sin piedad. El sonido obsceno de la polla entrando y saliendo, mojada de saliva y precum, se mezclaba con los gritos de Felix pidiendo más.
Cambió. Trent se tumbó de espaldas sobre la paja y tiró de Felix encima.
—Súbete. Móntame. Quiero verte rebotar en mi verga.
Felix se colocó a horcajadas, guió la polla gruesa hasta su agujero y se dejó caer de un golpe. Ambos gritaron. Felix empezó a montarlo con movimientos brutales, subiendo y bajando, el culo chocando contra la pelvis de Trent, las manos apoyadas en el pecho sudoroso del peón. Trent le sujetaba las caderas y empujaba hacia arriba al mismo tiempo, follándolo desde abajo.
—Mírate… cabalgándome como un puto toro… me voy a correr dentro… te voy a llenar el culo de leche…
—Hazlo… córrete dentro… quiero sentirte reventar… yo también… joder, Trent, me corro…
Felix se corrió primero, sin tocarse apenas: chorros espesos salpicaron el abdomen de Trent mientras su culo se contraía alrededor de la polla que lo penetraba. El apretón empujó a Trent al borde. Empujó unas cuantas veces más y se vació dentro, profundo, sin condón, gemidos rotos, la leche caliente inundando a Felix.
Aún hard, sacó la polla chorreante, se incorporó y se pajeó dos veces más sobre la cara de Felix, que se había arrodillado de nuevo. La segunda corrida le pintó la mejilla, los labios y el pecho: hilos blancos y espesos que Felix recogió con la lengua, riendo entre jadeos.
Se limpiaron con trapos viejos que había colgados, entre risas roncas y satisfechas. El semen se mezclaba con el polvo y el olor a paja. Marcos —no, Felix— le dio un beso rudo a Trent, dientes y lengua, sabiendo a sí mismo y a la leche del otro.
—Esto no va a ser la última vez —le dijo al oído, la voz todavía hecha un hilo—. Ni de puta coña.
Trent le apretó el culo una vez más, ya casi vestidos, los pantalones subidos a medias.
—Todas las noches que podamos. Aquí. En el pajar. Te voy a follar hasta que el rancho se entere por cómo cojeas.
Felix se abrochó el cinturón y le guiñó un ojo, todavía con restos de semen secándose en la clavícula.
—Mañana al atardecer. Trae más trapos. Y no te laves demasiado… quiero olerte otra vez.
Salieron del pajar cuando ya casi era de noche, el silencio del campo roto solo por sus botas. Ninguno miró atrás, pero los dos sabían que el hambre no se había apagado: apenas se había despertado.
El sol ya bajaba otra vez cuando Felix dejó el caballo en el corral y se sacudió el polvo de los muslos. Todo el día había trabajado con la polla a medio palo, recordando cómo le había reventado el culo la verga de Trent la tarde anterior. Cada vez que se agachaba a herrar o a cargar un fardo sentía el agujero todavía sensible, un cosquilleo dulce y sucio que le hacía apretar los dientes. Trent lo había mirado desde el otro extremo del corral más de una vez, esa mirada pesada de peón de treinta y dos años que ya se lo había follado crudo y quería repetir.
No hicieron falta palabras. Trent simplemente inclinó la cabeza hacia el pajar y Felix siguió. El interior olía igual: heno seco, cuero viejo, polvo y el rastro todavía fresco de semen de la noche anterior. Apenas cerró la puerta con el hombro, Trent lo embistió contra un poste. La boca del mayor era rough, dientes y lengua, sabiendo a tabaco y a ganas acumuladas.
—Todo el puto día pensando en cómo te goteaba la leche por los muslos —gruñó Trent contra su cuello, bajándole ya el cinturón—. Te vi cojear esta mañana cuando montaste. Me puse duro como una piedra sabiendo que era mi corrida la que te hacía andar así.
Felix le agarró la polla por encima de los vaqueros y la apretó con fuerza.
—Y yo me la jalé en el baño del rancho pensando en tragártela otra vez. Quiero que me la metas más hondo hoy. Que me dejes el culo abierto de verdad.
Se desnudaron sin delicadeza. Botas, pantalones, camisas abiertas tiradas sobre la paja. Las pollas chocaron, calientes, ya babosas de precum. Trent lo hizo girar y lo empujó de bruces sobre un fardo alto. Le separó las nalgas con las manos callosas y escupió directo al agujero rosado que todavía estaba un poco hinchado de la follada anterior. La lengua entró sin aviso, ancha y sucia, lamiendo profundo, chupando los bordes, follándolo con la boca hasta que Felix gemía contra el heno y empujaba hacia atrás.
—Joder, Trent… come ese culo… sí, así, métela toda…
Trent metió dos dedos junto a la lengua, los torció buscando ese punto que hacía temblar las piernas del peón más joven. Felix soltó un grito ahogado cuando los encontró. Los dedos entraban y salían mojados de saliva, abriéndolo, preparándolo para lo grueso que venía. Trent se alineó detrás, la polla oscura y curvada rozándole el agujero.
—Dime que la quieres cruda otra vez —ordenó, la voz ronca.
—Métela. Sin condón. Quiero sentir cómo me parte y cómo me llenas.
El glande empujó y entró de un solo tajo largo. Felix gritó, las uñas clavándose en la paja, el culo estirándose alrededor de esa verga gruesa que lo abría sin piedad. Trent no le dio tiempo a acostumbrarse: empezó a embestir con caderas potentes, el sonido obsceno de piel contra piel llenando el pajar, los huevos golpeándole las nalgas. Cada embestida llegaba hasta el fondo, rozándole la próstata, sacándole gemidos rotos.
—Tan putamente apretado todavía… mierda, Felix, tu culo me chupa la polla… te voy a follar hasta que no puedas sentarte en la silla del comedor.
—Más duro… fóllame como a una puta de establo… ah, joder, ahí, no pares…
Trent le agarró el pelo corto y le tiró la cabeza hacia atrás mientras lo embestía. Con la otra mano le rodeó la cintura y le masturbó la polla al ritmo de las embestidas. Felix bababa sobre el heno, los ojos entrecerrados de placer, el culo rebotando contra la pelvis del mayor. Sudor corría por la espalda de ambos, el olor a sexo machado con paja y tierra.
Cambiaron de posición sin sacar del todo. Trent lo levantó, lo hizo ponerse de pie y lo empujó contra la pared de tablones. Una pierna de Felix levantada, la rodilla enganchada en el brazo de Trent, y la verga volvió a clavarse de lleno. Esta vez el ángulo era más profundo, más brutal. Cada embestida hacía crujir la madera. Felix se aferraba a los hombros anchos de Trent, mordiéndole el cuello, dejando marcas.
—Mírame mientras te la meto —exigió Trent—. Quiero ver tu cara de puta cuando te corro dentro.
—Córrete… lléname otra vez… quiero caminar con tu leche resbalándome por los muslos hasta la noche…
Trent aceleró. Las embestidas se volvieron cortas y salvajes, el agarre en la nalga de Felix dejando moretones nuevos. Felix se corrió primero, sin apenas tocarla: chorros calientes salpicaron entre los dos cuerpos, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la polla que lo penetraba. El apretón sacó a Trent del borde. Empujó tres veces más, profundo, y se vació con un gruñido animal, la leche espesa inundando el interior de Felix, tan abundante que empezó a gotear al mismo tiempo que él seguía embistiendo suavemente para meterla toda.
No se separaron de inmediato. Trent lo mantuvo empaledado un rato, respirando agitados, la polla todavía dura y palpitante dentro. Luego la sacó despacio, mirando cómo el semen le resbalaba por el muslo interior.
—De rodillas —dijo, la voz todavía cargada—. Límpiala.
Felix obedeció con una sonrisa torcida y sucia. Se arrodilló en la paja y lamió la verga brillante de semen y de sus propios jugos, chupando la cabeza, pasando la lengua por el frenillo, tragando lo que quedaba. Trent le agarró la cabeza y le folló la boca un rato más, despacio, disfrutando del calor húmedo, hasta que se puso otra vez completamente dura.
—Otra ronda —anunció—. Quiero correrme otra vez dentro de ti antes de que anochezca del todo.
Felix se rió contra la polla.
—Eres un animal, peón de mierda. Y me encanta.
Se tumbaron en la paja esta vez, Felix de espaldas, las piernas abiertas y alzadas sobre los hombros de Trent. La entrada fue más fácil, el culo ya abierto y resbaladizo de la corrida anterior. Trent embistió con ritmo largo y profundo, mirándolo a los ojos, una mano en el pecho sudoroso del otro, apretándole un pezón. Felix se pajeaba al mismo tiempo, la polla todavía sensible, pero endureciéndose otra vez con cada roce interno.
—Dime lo que me vas a hacer mañana —jadeó Felix—. Quiero oírlo mientras me folles.
—Mañana te voy a chupar los huevos hasta que me pidas que te la meta. Te voy a abrir con tres dedos y después te voy a montar aquí mismo hasta que grites mi nombre. Y si alguien se acerca, te voy a tapar la boca con la mano y te voy a seguir follando igual. Porque este culo ya es mío para usarlo cuando me salga de los huevos.
—Sí… úsalo… es tuyo… fóllame más fuerte…
La segunda corrida de Felix fue menos abundante pero más intensa, el cuerpo arqueándose, el agujero apretando como un puño. Trent lo siguió segundos después, vaciándose otra vez profundo, gimiendo contra su boca, mordiéndole el labio inferior mientras la leche caliente se sumaba a la anterior. Se quedaron así, unidos, jadeando, el atardecer tiñendo de rojo las rendijas del pajar.
Cuando por fin se separaron, el semen les chorreaba a ambos. Se limpiaron a medias con los trapos que Felix había traído, riendo bajito, todavía duros de ganas. Trent le pasó un dedo por el agujero dilatado y se lo metió a la boca a Felix para que lo chupara.
—Mañana no solo el pajar —murmuró Trent, la voz baja y peligrosa—. Hay un cobertizo detrás de los establos. Más escondido. Quiero follarte allí también. Y quiero que vengas sin calzoncillos debajo de los vaqueros todo el día. Quiero saber que estás listo para que te la meta en cuanto encontremos un rincón.
Felix se abrochó el cinturón con dedos torpes, el culo todavía goteando un poco.
—Lo haré. Y tú no te laves la polla. Quiero oler mi culo en ella cuando me la trague al mediodía si podemos escabullirnos.
Se miraron un segundo más, el hambre lejos de apagarse. Afuera se oían ya las voces lejanas de otros peones llamando a cenar. Tendrían que salir pronto. Pero ninguno se movió todavía. Trent le apretó el bulto a través del pantalón una última vez y le mordió la oreja.
—Esto apenas empieza, Felix. Voy a follarte en cada rincón de este rancho hasta que no quede un solo sitio donde no te haya corrido dentro. Y tú me lo vas a pedir cada puta vez.
Felix sonrió, los labios hinchados, los ojos brillantes.
—Entonces más te vale tener las pelotas llenas. Porque yo no pienso cansarme.
Salieron por separado con un par de minutos de diferencia, el olor a sexo todavía pegado a la piel bajo la ropa de trabajo. El silencio del campo se había roto otra vez, pero ahora el eco que llevaban dentro era más pesado, más urgente, prometiendo que la noche siguiente —y las que vinieran— iban a ser todavía más sucias y más largas.
El sol del mediodía pegaba fuerte cuando Felix se escabulló detrás de los establos. Llevaba los vaqueros sin calzoncillos, tal como había prometido, y la tela le rozaba la polla a medio palo desde hacía horas. Cada paso le recordaba el culo todavía abierto y sensible de la noche anterior, el rastro seco de la leche de Trent que le había resbalado por los muslos hasta que se lo limpió a medias en el baño. Trent lo esperaba ya en el cobertizo de herramientas, la puerta entreabierta, el pecho desnudo brillante de sudor bajo la camisa abierta. El peón de treinta y dos años olía a cuero caliente y a ganas acumuladas.
En cuanto Felix entró, Trent lo atrapó contra la pared de tablas, la boca rough, mordiéndole el labio inferior mientras le bajaba la cremallera de un tirón.
—Te lo dije —gruñó contra su cuello—. Sin calzoncillos. Déjame ver cómo se te marca esa polla lista para que te la meta.
Felix jadeó cuando la mano callosa le sacó la verga ya dura y babosa. Se frotó contra la palma de Trent, empujando las caderas.
—Todo el puto día con el culo goteando tu recuerdo. Cada vez que me agachaba sentía cómo me habías abierto. Quiero que me la metas aquí mismo, ahora, antes de que alguien pase.
Trent se bajó los pantalones solo lo necesario. Su polla saltó pesada, oscura, con la curva que Felix ya conocía de memoria. Se arrodilló un segundo, escupió directo al glande y se lo metió a la boca a Felix sin aviso, chupando profundo, la lengua pasando por el frenillo mientras le apretaba los huevos. Felix se agarró a los hombros anchos del mayor, mordiéndose el labio para no gritar.
—Joder, Trent… trágatela… así, hasta la garganta…
Trent lo sacó con un hilo de saliva y lo hizo girar. Le bajó los vaqueros hasta los muslos, le separó las nalgas y escupió al agujero todavía un poco hinchado. La lengua entró ancha, sucia, lamiendo los bordes, empujando adentro, follándolo con la boca mientras dos dedos lo abrían y torcían buscando la próstata. Felix temblaba, empujando hacia atrás, el culo chupando los dedos.
—Cómeme el culo, peón de mierda… mételos todos… prepárame para esa verga gruesa…
Trent se puso de pie, se alineó y empujó de un solo golpe largo. El glande rompió la resistencia y la polla entera se hundió cruda, sin condón, hasta los huevos. Felix gritó contra el brazo de Trent, el sonido ahogado, el culo estirándose alrededor de esa carne gruesa que lo partía otra vez. Trent no esperó: empezó a embestir con caderas potentes, el sonido obsceno de piel contra piel llenando el cobertizo pequeño, los huevos golpeándole las nalgas.
—Tan putamente resbaladizo todavía de anoche… mierda, Felix, tu culo me chupa la polla como si tuviera hambre… te voy a follar hasta que no puedas cerrar las piernas.
—Más duro… fóllame como a una puta de establo… ah, joder, ahí, no pares… lléname otra vez…
Trent le agarró el pelo corto y le tiró la cabeza hacia atrás mientras lo clavaba contra la pared. Con la otra mano le rodeó la cintura y le bombeó la polla al ritmo brutal de las embestidas. Sudor corría por la espalda de ambos, el olor a sexo mezclado con paja vieja y grasa de herramientas. Cada embestida llegaba hasta el fondo, rozándole la próstata, sacándole gemidos rotos que Felix mordía contra el hombro del mayor.
Cambiaron sin sacar del todo. Trent lo levantó, lo hizo apoyar las manos en un banco de trabajo y le abrió más las piernas. La verga volvió a entrar de lleno, el ángulo más profundo, más salvaje. Cada embestida hacía crujir la madera. Felix se aferraba al banco, el culo rebotando, la polla balanceándose y goteando precum al suelo de tierra.
—Dime que este culo es mío —ordenó Trent, la voz ronca, embistiendo sin piedad—. Dilo mientras te parto.
—Es tuyo… úsalo cuando quieras… fóllame el culo hasta que se te salgan las pelotas… joder, Trent, más fuerte…
Trent aceleró. Las embestidas se volvieron cortas y brutales, los dedos marcando moretones nuevos en las caderas de Felix. Felix se corrió primero, sin apenas tocarla: chorros espesos salpicaron el banco y el suelo, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la polla que lo penetraba. El apretón sacó a Trent del borde. Empujó cuatro veces más, profundo, y se vació con un gruñido animal, la leche caliente inundando el interior de Felix, tan abundante que empezó a gotear por los muslos mientras él seguía embistiendo suave para meterla toda.
No se separaron. Trent lo mantuvo empaledado, respirando agitados, la polla todavía dura y palpitante dentro. Luego la sacó despacio, mirando el hilo blanco y espeso que le resbalaba al joven peón por el muslo interior.
—De rodillas. Lame lo que gotea y después chúpamela otra vez. Quiero metértela de nuevo antes de que nos busquen.
Felix obedeció con esa sonrisa torcida y sucia. Se arrodilló en la tierra, lamió el semen que le corría por la pierna, después se tragó la verga brillante de jugos y leche, chupando la cabeza, pasando la lengua por el frenillo, tragando todo lo que quedaba. Trent le agarró la cabeza y le folló la boca despacio al principio, después más profundo, disfrutando del calor húmedo hasta que se puso otra vez completamente dura y pesada.
—Otra ronda —anunció—. Túrbate el culo con mis huevos y después móntame. Quiero verte rebotar mientras te corro otra vez dentro.
Felix se rió contra la polla, babas corriendo por la comisura.
—Eres un puto animal y me encanta. Sube a ese banco. Voy a cabalgarte hasta que se te seque la garganta de gritar.
Trent se tumbó de espaldas sobre el banco estrecho. Felix se colocó a horcajadas, guió la polla gruesa hasta su agujero dilatado y resbaladizo y se dejó caer de un golpe. Ambos gritaron. Felix empezó a montarlo con movimientos brutales, subiendo y bajando, el culo chocando contra la pelvis de Trent, las manos apoyadas en el pecho sudoroso del peón. Trent le sujetaba las caderas y empujaba hacia arriba al mismo tiempo, follándolo desde abajo con fuerza.
—Mírate… cabalgándome como un toro en celo… me voy a correr otra vez… te voy a llenar hasta que te brote por los bordes…
—Hazlo… córrete profundo… quiero sentirte reventar… yo también… joder, Trent, me corro otra vez…
Felix se pajeaba al mismo tiempo, la polla sensible pero dura otra vez. La segunda corrida le subió más intensa: el cuerpo se arqueó, el agujero apretó como un puño y chorros más escasos pero calientes salpicaron el abdomen de Trent. El apretón empujó a Trent al borde. Empujó unas cuantas veces más y se vació otra vez, profundo, gemidos rotos, la leche sumándose a la anterior hasta que chorreaba por las bolas de ambos.
Se quedaron así, unidos, jadeando, el cobertizo caliente y lleno del olor a sexo. Afuera se oían pasos lejanos y voces de otros peones. Trent sacó la polla despacio, miró el desastre blanco que le goteaba a Felix por el culo y le metió dos dedos, sacándolos brillantes para que Felix los chupara.
—Esta noche el pajar otra vez —murmuró Trent, la voz baja y peligrosa—. Pero primero quiero que te la tragues al atardecer detrás del corral de yeguas. Y mañana… mañana te voy a follar en el camión cuando vayamos por el forraje. Te voy a poner a cuatro patas en la caja y te voy a reventar mientras el motor sigue caliente. Quiero que vengas con el culo ya abierto y sin nada debajo. Voy a correrme dentro de ti tantas veces que vas a oler a mi leche todo el puto día.
Felix se abrochó los vaqueros con dedos torpes, el semen todavía resbalándole por dentro del pantalón.
—Lo haré. Y tú no te laves. Quiero oler mi culo en tu polla cuando me la meta entre peones. Esto apenas está calentando, Trent. Voy a pedirte que me uses en cada rincón hasta que no quede un solo sitio limpio en este rancho.
Trent le apretó el bulto una última vez a través de la tela, le mordió la oreja y le susurró:
—Entonces más te vale aguantar. Porque esta noche te voy a follar hasta que el sol salga y tú me lo vas a rogar cada puta embestida.
Salieron con minutos de diferencia, el olor a sexo pegado a la piel bajo la ropa de trabajo, las piernas temblando, el hambre más pesada y más urgente que nunca. El silencio del rancho se había roto otra vez, pero el eco que llevaban dentro prometía que lo que venía iba a ser todavía más sucio, más largo y más imposible de esconder.
El sol ya se desangraba otra vez cuando Felix se escabulló hacia el pajar con el corazón martilleándole entre las costillas. Llevaba los vaqueros sin nada debajo, tal como había jurado, y cada roce de la tela le recordaba el semen seco de Trent todavía pegado a la piel interior de los muslos. Todo el puto día había trabajado con el culo sensible, abriendo y cerrando las piernas con cuidado, sintiendo el goteo fantasma de las corridas anteriores. Trent lo esperaba dentro, desnudo de cintura para abajo, la camisa abierta, la polla ya pesada y oscura colgándole entre las piernas, un trapo sucio en la mano.
—Llegas tarde —gruñó el de treinta y dos años, atrapándolo contra el fardo más alto apenas cruzó el umbral—. Te he estado oliendo desde el corral. Ese culo mío todavía huele a mi leche.
Felix no contestó con palabras. Se dejó empujar, se bajó los pantalones de un tirón y se inclinó, ofreciendo las nalgas ya abiertas y rojizas. Trent escupió directo al agujero hinchado, metió tres dedos de golpe y los retorció hasta que Felix mordió el heno para no aullar.
—Todo el día pensando en cómo me lo ibas a partir esta noche —jadeó Felix, empujando hacia atrás—. Quiero que me uses hasta que no pueda montar mañana. Sin piedad. Cruda. Hasta que me chorree por las botas.
Trent se alineó y entró de un solo embate brutal. La verga gruesa abrió el camino resbaladizo de las corridas anteriores y se hundió hasta los huevos. Felix gritó contra el fardo, las uñas clavándose en la paja, el culo estirándose alrededor de esa curva que ya conocía de memoria y que aun así lo destrozaba cada vez. Trent no le dio respiro. Empezó a follarlo con embestidas largas y profundas que hacían crujir la madera del pajar y sonar la piel contra piel como latigazos. Cada embestida le rozaba la próstata con precisión cruel, sacándole gemidos rotos y babas.
—Tan putamente usado ya y todavía me chupas la polla como si tuvieras hambre —roncó Trent, agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones nuevos—. Mírate, peón de mierda. Rebotando en mi verga como una puta de establo. Este culo es mío. Lo abro cuando quiero. Lo lleno cuando quiero.
—Sí… es tuyo… fóllame más duro… ah, joder, ahí, no pares… parteme…
Trent lo sacó casi del todo y volvió a clavarlo de un golpe que levantó a Felix de puntillas. Luego lo giró sin sacar la polla del todo, lo tumbió de espaldas sobre la paja y le abrió las piernas hasta casi partirle la cadera. La nueva posición le permitió mirarlo a los ojos mientras embestía. Sudor corría por el pecho peludo del mayor, gotas cayendo sobre el abdomen de Felix. La polla entraba y salía brillante de semen y saliva, el sonido obsceno llenando el aire caliente del atardecer.
Felix se pajeaba con la mano libre, la verga dura y goteando precum sobre su propio vientre. Cada embestida le sacaba un grito más alto. Pensaba en lo fácil que sería que alguien entrara, en cómo olía el pajar a sexo puro, a dos machos follándose sin vergüenza. La idea lo excitaba más.
—Córrete dentro… lléname otra vez… quiero sentir cómo me revienta… joder, Trent, me corro…
El orgasmo de Felix llegó en espasmos violentos. Chorros espesos salpicaron hasta el pecho de Trent mientras el culo se contraía como un puño alrededor de la polla que lo penetraba. El apretón arrastró a Trent al borde. Empujó cinco veces más, profundas, salvajes, y se vació con un gruñido animal, la leche caliente inundando el interior de Felix hasta que empezó a desbordarse por los bordes y resbalar por el culo hacia la paja.
No se detuvieron. Trent sacó la polla chorreante, se la metió a la boca a Felix para que la limpiara y, cuando estuvo otra vez dura y babosa, lo puso a cuatro patas otra vez. Esta vez le metió dos dedos junto a la verga, abriéndolo todavía más, estirándolo hasta el límite.
—Mañana el camión —jadeó Trent mientras lo follaba sin piedad—. Te voy a poner en la caja con el motor caliente. Te voy a abrir las piernas y te voy a reventar mientras el rancho sigue trabajando a cincuenta metros. Voy a correrme tan profundo que vas a sentir mi leche cuando montes al día siguiente.
Felix gemía, el culo dilatado alrededor de la doble penetración de polla y dedos, el placer rozando el dolor dulce.
—Hazlo… úsame allí… fóllame delante de cualquiera que se acerque… quiero que me vean goteando…
La segunda ronda fue más lenta, más profunda, casi cruel. Trent lo montó de lado, una pierna de Felix alzada, embistiendo con ritmo hipnótico mientras le mordía el cuello y le susurraba putadas al oído. Felix se corrió otra vez, esta vez sin tocarse, solo con la presión interna. Trent lo siguió segundos después, vaciándose por tercera vez en el mismo agujero ya inundado, gemidos roncos mezclándose con el zumbido de las moscas.
Cuando por fin se separaron, el semen les chorreaba a ambos. Se limpiaron a medias con los trapos, riendo bajos, todavía duros de ganas. Trent le pasó dos dedos por el agujero destrozado, los sacó brillantes y se los metió en la boca a Felix para que chupara su propia destrucción.
Afuera ya se oían las voces de la cena. Tenían que salir. Pero ninguno se movió del todo. Trent le apretó el bulto a través del pantalón semiabierto y le mordió la oreja con fuerza.
—Esto no se acaba aquí —murmuró, la voz baja y cargada de planes—. Mañana después del forraje. El camión. Te voy a follar en la caja hasta que grites mi nombre y después te voy a dejar que me montes en la cabina mientras conducimos de vuelta. Y el viernes… el viernes hay feria en el pueblo. Vamos a alquilar esa habitación barata detrás del bar. Quiero una cama de verdad para reventarte toda la noche sin que nadie nos interrumpa. Voy a atarte las muñecas al cabecero y te voy a usar hasta que no te quede ni una gota de leche. Y tú me lo vas a pedir. Cada puta vez.
Felix se abrochó el cinturón con dedos torpes, el culo todavía goteando dentro de los vaqueros, una sonrisa torcida y satisfecha en la cara.
—Lo haré. Y voy a llegar sin calzoncillos y con el culo ya abierto de pensarte. Esto apenas calienta, Trent. Voy a hacer que me folles en cada rincón de este puto rancho y después en el pueblo. Hasta que no quede un solo sitio donde no me hayas corrido dentro.
Trent le dio un último apretonazo en el culo, casi vestidos ya, y salieron con minutos de diferencia. El silencio del campo se cerró detrás de ellos, pero dentro de las botas de ambos el eco era más pesado, más urgente. Felix caminaba cojeando apenas, sintiendo la leche de Trent resbalarle todavía, y ya estaba calculando la hora exacta en que el camión estaría vacío al día siguiente, cómo se agacharía en la caja, cómo abriría las piernas y le rogaría que lo partiera otra vez. El hambre no se había apagado. Se había vuelto un plan concreto, sucio y sin fin.
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