Último round antes de perderte
Dos boxeadores adultos, Trent y Cody, se follan sin condón con brutalidad en el ring vacío como despedida.
El olor a cuero viejo, sudor rancio y linimento impregnaba el gimnasio como una segunda piel. Las luces fluorescentes zumbaban sobre el ring vacío; fuera, la calle ya era solo farolas y silencio. Trent, veintiocho años, cuerpo marcado por una década de combates profesionales y a punto de colgar los guantes de verdad, se quitó el protector bucal y escupió en el cubo. El pecho le subía y bajaba todavía agitado. Cody, treinta y dos, su entrenador personal desde hacía tres años, se apoyó en las cuerdas con los guantes todavía puestos, mirándolo como si midiera el alcance de un golpe que aún no había lanzado.
—Última sesión —dijo Cody, voz grave, ronca de tanto gritar correcciones—. Y ni siquiera me has dejado dejarte KO de despedida.
Trent soltó una risa corta, sin humor. El sudor le corría por la mandíbula, se le metía en el hueco de la clavícula, empapaba la camiseta gris hasta volverla casi transparente sobre los pezones duros y la línea de vello que bajaba del ombligo.
—Mañana me subo al avión, Cody. Nueva ciudad, nuevo contrato de mierda de comentarista. Se acabó. Ya no vas a tener que aguantarme.
Cody se sacó un guante, luego el otro, y los dejó caer al suelo con un golpe sordo. Se acercó. El olor de Trent —sal, adrenalina, ese jabón barato que usaba siempre— le golpeó de frente. Llevaban meses rozándose demasiado: en los clinch del sparring, cuando Cody le sujetaba las caderas para corregir la guardia, cuando las miradas se quedaban un segundo de más en la ducha del vestuario. Ninguno había abierto la boca. Hasta ahora.
—Entonces dilo claro —exigió Cody, deteniéndose a un palmo—. Dime que esta es tu última noche aquí y que te estás yendo sin haberme follado la cara como llevas deseando desde que te vi sudar la primera vez.
Trent tragó saliva. El paquete se le marcaba ya contra el protector, traicionero. Levantó la vista, ojos oscuros, labios partidos por un corte viejo.
—Me mudo mañana. Esta es la última noche que te voy a tener enfrente, sudado y cabrón como estás. Y sí, te deseo. Te deseo con una puta urgencia que me tiene la polla dura cada vez que me gritas “otra vez, cabrón, sube la guardia”. Quiero que me partas. Quiero follarte o que me folles, me da igual el orden, pero sin rodeos. Crudo. Como boxeadores de verdad.
Cody no sonrió. Solo exhaló por la nariz, un sonido casi animal, y le agarró la nuca con la mano libre, dedos enterrados en el pelo corto y húmedo. Lo atrajo de un tirón. La boca de Cody chocó contra la suya con violencia: dientes, lengua empujando, sabor a sal y a metal. Trent gruñó dentro del beso y respondió igual de bruto, mordiéndole el labio inferior hasta saborear un hilo de sangre, manos ya bajando a apretar la entrepierna del entrenador a través del pantalón de chándal. La polla de Cody estaba gruesa, caliente, palpitándole contra la palma.
—Hijo de puta —masculló Cody contra su boca, sin soltarle la nuca—. Meses viéndote sudar, oliéndote, sintiendo cómo se te pone cuando te encajo contra las cuerdas… Y ahora te vas. Pues esta noche no te vas sin que te deje el culo ardiendo y la garganta llena de mi leche.
Trent le apretó el paquete con fuerza deliberada, rozando el glande hinchado con el canto de la mano a través de la tela.
—Entonces quítate esa camiseta de mierda. Quiero verte el pecho, quiero morderte los pezones mientras me la metes hasta el fondo. Sin condón. Nadie nos va a ver. El gimnasio está cerrado. Si es la despedida, que sea de verdad: piel con piel, semen chorreando, como dos putos animales.
Cody soltó un jadeo bajo y se separó lo justo para arrancarse la camiseta mojada de un tirón. El torso le brillaba: pectorales densos, abdominales marcados por años de trabajo, una cicatriz vieja en el costado izquierdo. Trent se quitó la suya también; la tela cayó al lona del ring con un sonido húmedo. Piel contra piel cuando Cody lo volvió a agarrar, pechos rozándose, sudor mezclándose, las pollas ya duras y empujando una contra otra a través de la ropa de entrenamiento.
Se empujaron mutuamente hacia el centro del ring. Cody mordió el cuello de Trent, chupó la piel salada justo debajo de la oreja, mientras las manos de Trent bajaban por la espalda del entrenador y se metían bajo la cintura del chándal, agarrándole las nalgas firmes, abriéndolas un poco, dedos rozando la hendidura caliente.
—Mira cómo me tienes —murmuró Trent, voz ronca, empujando la cadera para frotar su erección contra la de Cody—. Dura como una piedra. Llevo semanas jodiéndome a solas pensando en cómo me ibas a abrir. Quiero que me folles aquí, en este puto ring donde me has machacado durante meses. Sin látex. Quiero sentir cómo me llenas y cómo me dejas goteando.
Cody le sujetó la mandíbula con una mano, obligándole a mirarlo a los ojos.
—Dilo otra vez. Que quieres mi polla cruda dentro. Que te da igual si te dejo preñado de semen hasta mañana. Que esta noche somos solo esto: dos tíos que se van a destrozar el culo y la boca porque no hay un mañana juntos.
—Te quiero dentro —repitió Trent, sin parpadear, apretándole de nuevo el paquete, palpando el grosor, el calor, la humedad que ya manchaba la tela por la punta—. Sin protección. Los dos. Tú a mí, yo a ti, el orden que salga. Quiero oler a ti cuando me suba al avión. Quiero que me duela sentarme. Quiero que me mires mientras me la metes y me digas que soy tu puta de despedida.
Cody lo empujó hacia atrás hasta que la espalda de Trent chocó contra las cuerdas. El ring crujió. Se bajó el chándal y el suspensorio de un tirón; la polla le saltó gruesa, venosa, la cabeza morada y brillando de precum. Trent no esperó: se arrodilló de inmediato sobre la lona, se bajó el propio pantalón lo bastante para liberar la suya —igual de dura, curvada hacia el vientre— y se llevó la verga de Cody a la boca sin preámbulos. Chupó hondo, garganta abierta, saliva corriendo por la barbilla, manos agarrándole los muslos sudorosos. Cody le sujetó la cabeza con ambas manos y embistió con cortos empujones, follándole la boca con la misma brutalidad con la que lo había entrenado.
—Así… joder, así, trágatela. Chúpame como si fuera lo último que vas a probar. Que se te hinchen los labios. Que te escurra la baba por los huevos.
Trent se apartó solo para respirar, un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta brillante.
—Fóllame ya —exigió, voz destrozada—. O te follo yo. Pero aquí. Ahora. Sin condón. Los dos lo queremos demasiado como para fingir otra cosa.
Cody lo levantó de un tirón por los hombros, lo besó otra vez con esa violencia húmeda y salada, y juntos cayeron de rodillas sobre la lona. Manos por todas partes: pellizcando pezones, apretando huevos, dedos resbaladizos de spit buscando el culo del otro, empujando apenas la yema para sentir el calor interno. El gimnasio vacío devoraba sus jadeos y el sonido húmedo de la piel. Fuera no había nadie. Dentro solo quedaba la decisión ya tomada, la polla de uno contra el agujero del otro, el acuerdo crudo y desesperado de follarse sin nada en medio, de marcarse, de usar el ring como cama de despedida.
Cody lo giró, pecho contra las cuerdas, y se frotó la verga gruesa entre las nalgas sudorosas de Trent, empujando sin entrar del todo, solo amenazando, dejando un rastro caliente de precum en la hendidura.
—Esta noche te abro —prometió al oído, mordiéndole el lóbulo—. Te abro y te lleno. Y después me abres tú. Hasta que no podamos ni ponernos de pie. Hasta que el puto ring huela solo a nosotros dos.
Trent empujó hacia atrás, buscando más presión, la polla latiéndole contra el abdomen, una mano ya masturbándose con puños rápidos y sucios.
—Entonces hazlo —jadeó—. Métela. Quiero sentir cómo me estiras. Quiero gritar tu nombre y que nadie lo oiga excepto tú. Último round, Cody. Fóllame como si de verdad fueras a perderme.
Cody escupió en la mano, se untó la polla y la punta del culo de Trent, alineó la cabeza gruesa contra el anillo apretado… y se detuvo un segundo, respirando contra la nuca del boxeador, ambos temblando de la misma urgencia, el mismo miedo a que el sol saliera demasiado pronto. El siguiente movimiento iba a ser el que no tuviera vuelta atrás.
Cody empujó. La cabeza gruesa de su polla abrió el anillo apretado de Trent de un solo golpe seco, sin piedad, sin más spit que el que ya resbalaba entre ellos. Trent gruñó contra las cuerdas, los dedos agarrados al elástico hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El ardor le subió por la columna como un uppercut; se le doblaron las rodillas un segundo y Cody lo sujetó por la cadera con una mano de hierro mientras la otra le bajaba el short del todo, dejándoselo enganchado en los tobillos.
—Joder… qué estrecho, cabrón —masculló Cody contra la nuca sudada, embistiendo hasta el fondo de un tirón. Los huevos le golpearon las nalgas. La polla se le enterró completa, venosa, caliente, abriéndole las paredes internas sin condón, piel contra piel, exactamente como habían jurado—. Siénteme. Quiero que sepas quién te está destrozando el culo la última noche.
Trent empujó hacia atrás, buscándolo. La verga se le balanceaba gruesa y dura entre las piernas; Cody la agarró al vuelo y la masturbó con puño rápido y sucio al mismo ritmo que follaba. Embestidas profundas, de pie, contra las cuerdas que crujían y se hundían con cada empujón. El sonido era obsceno: carne mojada, el chapoteo del precum de Cody saliendo cada vez que sacaba casi toda la longitud y volvía a clavársela hasta los huevos. Trent jadeaba con la boca abierta, saliva espesa colgándole del labio partido.
—Más fuerte… parteme, Cody… úsame —exigió, voz rota—. Quiero que me dejes el culo en carne viva. Quiero sentirte mañana en el avión cada vez que me siente.
Cody aceleró. La mano en la polla de Trent iba babosa de precum, deslizando la piel, pellizcando el glande hinchado. El boxeador temblaba, abdominales contraídos, el anillo del culo agarrándole la verga como si no quisiera soltarla nunca. Cody mordió el hombro, chupó la sal, y le susurró al oído mientras lo empotraba sin parar:
—Mira cómo te abres para mí. Cómo me chupas la polla con ese agujero de puta. Tres años corriéndote solo en la ducha y ahora te tengo aquí, goteando, dejándote follar crudo en el puto ring.
No aguantó más la posición. Sacó la verga de golpe —Trent gimió por la pérdida— y lo tumbió de espaldas sobre la lona. Le abrió las piernas de un empujón, rodillas contra el pecho, y se metió otra vez de una embestida brutal. Misionero salvaje. Las caderas de Cody golpeaban con fuerza de boxeador, el culo de Trent rebotando en la lona cada vez que la polla le llegaba al fondo. El gimnasio vacío devolvía el eco de piel contra piel, de gemidos roncos, del “joder, sí, así, más hondo” que Trent no paraba de escupir.
Cody le sujetó las muñecas contra la lona por encima de la cabeza y lo folló como si quisiera dejarle marcas permanentes. Sudor caía de su pecho a la boca de Trent; el boxeador lo lamió, lo tragó, y levantó la cadera para recibirlo todavía más profundo.
—Me corro… me voy a correr si sigues así —advirtió Trent, los ojos vidriosos, la polla saltándole contra el abdomen cada vez que Cody le daba.
Pero Cody se detuvo justo al borde. Sacó otra vez, jadeando, y se dejó caer de espaldas.
—Súbete. Ahora tú. Quiero verte cabalgarme hasta que se te quemen los muslos. Quiero que me llames como soy.
Trent no dudó. Se subió a horcajadas, alineó la verga gruesa y grasienta de Cody contra su culo ya abierto y resbaladizo, y se la clavó de un solo descenso. Ambos gritaron. Trent empezó a subir y bajar con fuerza, nalgas golpeando contra la pelvis del entrenador, la polla propia rebotando y salpicando precum sobre el pecho peludo de Cody. Se masturbaba mientras cabalgaba, puño cerrado, ritmo salvaje.
—Puto amo… eres mi puto amo esta noche —gimió Trent, voz alta, sin vergüenza—. Fóllame desde abajo. Lléname. Quiero tu leche dentro, quiero que me gotee por las piernas cuando me vaya.
Cody le agarró las caderas y embistió hacia arriba al mismo tiempo que Trent bajaba. El choque era brutal, húmedo, desesperado. El anillo de Trent se contraía alrededor de la verga, chupándola, pidiendo más. Cody le apretó los pezones, los retorció, y sintió cómo se le venía la corrida desde los huevos.
—Dentro… me corro dentro, Trent —advirtió entre dientes.
Trent se inclinó, le besó la boca con violencia y se corrió primero: chorros espesos saliendo a presión sobre el pecho y la cara de Cody, manchándole la barba, el cuello, los abdominales. El olor a semen fresco llenó el aire junto al cuero y el sudor. Ese apretón del culo en pleno orgasmo empujó a Cody al límite. Embestió tres veces más, profundas, y se vació dentro. Leche caliente, espesa, disparándose a chorros contra las paredes internas de Trent, llenándolo hasta que rebosó y empezó a salir por los bordes, resbalando por los huevos de Cody y manchando la lona.
No se movieron. Cody se quedó enterrado hasta el fondo, la polla todavía latiendo, echando los últimos hilos dentro del culo caliente y empapado. Ambos recuperaban el aliento a empujones, pechos subiendo y bajando, sudor mezclado con semen.
Cody le pasó una mano por la nuca, lo atrajo y le susurró contra los labios, todavía dentro:
—Esta pelea siempre fue mía. Si algún día vuelves… te espero. Aquí. En este ring.
El beso fue lento, posesivo, lengua profunda, saboreando la sal y el semen que todavía tenía en la cara. Trent lo correspondió un segundo eterno, sintiendo cómo la verga de Cody se ablandaba un poco pero seguía clavada, taponando la leche que le llenaba el interior.
Luego se levantó. La polla de Cody salió con un sonido húmedo y un hilo espeso de semen le chorreó por el muslo interno hasta la corva. Trent se subió el short sin limpiarse, recogió la camiseta mojada, los guantes, el protector. Cody se quedó sentado en la lona, mirándolo, el pecho todavía marcado de corrida.
Trent cruzó las cuerdas, bajó del ring y caminó hacia la puerta del gimnasio sin mirar atrás. Cada paso le hacía sentir el semen caliente resbalándole entre las nalgas, empapándole el short, recordándole quién lo había abierto y llenado hasta el último round.
La puerta se cerró. El olor a cuero, sudor y leche fresca se quedó solo en el ring vacío, esperando que alguien volviera a ensuciarlo.
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