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Deseo Contenido: Su Culo Se Abre Para Mí en el Faro

Renata, la fotógrafa de 28 años, le abre su culo virgen al farero de 34 en el faro.

26 min read October 10, 2026New

Renata llegó al faro cuando el sol ya se derritía en una franja naranja sobre el Atlántico. Tenía veintiocho años, la cámara colgada al cuello y los pantalones cortos de lona tan ceñidos que la tela se le metía entre las nalgas cada vez que subía un escalón de la escalera de piedra. Damon la esperaba en la puerta, treinta y cuatro años, hombros anchos de levantar faroles y de pelear con el viento, la barba recortada y los ojos oscuros que no disimulaban nada. Llevaba semanas recordando la primera vez que la vio en el pueblo, con esa misma cámara y esa misma mirada de puta curiosa, y ella también: se lo confesó enseguida, sin rodeos, mientras él le sostenía el trípode.

—Desde que te vi en la plaza he estado mojándome pensando en cómo te cabría mi culo —dijo ella, riéndose, subiendo un peldaño más cerca—. ¿Tú también, farero?

—Cada puta noche —admitió Damon, y su voz salió ronca—. Me la jalo pensando en abrirte de piernas contra esta pared y follarte hasta que grites más fuerte que la sirena.

La sesión de fotos al atardecer se volvió un juego. Renata se agachaba para encuadrar el faro contra el mar y le ofrecía el culo en esos shorts, el borde del algodón subiendo por la raja. Él se acercaba “para ayudarla con el encuadre” y le rozaba la cadera con los dedos gruesos, dejándole la marca caliente. Cuando el sol se hundió del todo, subieron a la sala de control: la mesa de madera larga, la pantalla pequeña del portátil, el olor a sal y a aceite de motor. Ella se sentó delante, él detrás, y empezaron a revisar las tomas.

Renata se inclinó hacia adelante como si necesitara ver mejor el brillo del lente. El movimiento fue deliberado: su culo se aplastó contra la entrepierna de Damon, frotando despacio, de un lado a otro, sintiendo cómo la polla se le endurecía al instante bajo el pantalón. Él soltó un gruñido bajo y le agarró las caderas con las dos manos, apretándola contra su bulto.

—Mira cómo me tienes —le susurró al oído, la barba rozándole el cuello—. Llevo semanas soñando con abrirte ese culo. Quiero verlo estirarse alrededor de mi verga hasta que no te quede más que gemir.

Ella gimió, caliente de verdad, y se dio la vuelta en la silla. Lo besó con lengua, chupándole el labio inferior, la mano ya metiéndose entre ambos para palparle el bulto grueso.

—Prepárame entonces —le pidió, explícita, la voz temblando de ganas—. Quiero que mi culo se abra solo para ti. Haz lo que tengas que hacer. Estoy mojada desde que llegué.

Damon no necesitó más. La levantó como si no pesara, la puso a cuatro patas sobre la mesa de madera del faro, el culo al aire hacia él, la cara hacia la ventana donde el faro barría el mar negro. Le bajó los shorts de un tirón; no llevaba bragas. La raja del coño le brillaba, y el agujero del culo, rosado y cerrado, se contrajo cuando él le separó las nalgas con los pulgares.

—Virgen de culo —murmuró, y se agachó—. Voy a comértelo hasta que babee.

Se enterró la cara entre las nalgas. La lengua le recorrió primero el coño, recogiendo jugos, y luego subió directo al ano. La empujó adentro, profunda, circular, mojando y aflojando el esfínter mientras Renata se masturbaba con dos dedos, gimiendo alto, el culo empujando hacia atrás contra su boca.

—Así… joder, Damon, más lengua… ábreme…

Él la comió con hambre, saliva espesa rodándole por la barba, el dedo índice empujando después junto a la lengua, entrando hasta el nudillo. Cuando el agujero cedió lo bastante, se incorporó, se bajó el pantalón y sacó la polla gruesa, vena marcada, la cabeza ya goteando. Primero la metió en el coño: una embestida honda que la hizo gritar y empaparle los huevos. La folló así unos minutos, lubricándola por dentro, el choque de piel contra piel llenando la sala.

—Ahora tu culo —dijo, sacándola del coño. Escupió en la palma, se untó la verga entera con saliva y con el jugo de ella, y apoyó la cabeza contra el ano apretado—. Respira. Quiero sentirte abrirte.

Renata asintió, jadeando, los dedos todavía en el clítoris.

—Métela. Quiero tu polla en mi culo virgen. Ábreme, joder.

Empujó lento. El esfínter resistió un segundo y luego cedió, tragándose la cabeza con un sonido húmedo. Ella soltó un gemido largo, gutural, la frente contra la madera. Damon avanzó centímetro a centímetro, agarrándola del pelo con una mano, tirando hacia atrás para arquearle la espalda, hasta que la verga desapareció enterrada hasta las bolas en su culo dilatado.

—Qué puta anal tan buena —le gruñó, empezando a moverse—. Tu culo me aprieta como si quisiera ordeñarme. ¿Te gusta que te folle el culo, Renata?

—Sí… sí, folllame el culo… más fuerte…

Le dio una cachetada en la nalga derecha, el sonido seco resonando. Luego otra. Empezó a embestir de verdad: fuertes, profundas, el culo de ella abriéndose y cerrándose alrededor del tronco grueso, rosa y brillante de saliva. Cada embestida la empujaba hacia adelante sobre la mesa; cada tirón de pelo le sacaba un gemido más alto. Le hablaba sucio sin parar: puta de faro, culo abierto solo para él, cómo iba a dejárselo gaping para que el viento salado le entrara después.

Cuando sintió que ella temblaba al borde, la sacó con un pop húmedo, se sentó en la silla y la hizo montarlo al revés, espalda contra su pecho. Renata se guió la polla otra vez al ano y se sentó de un golpe, rebotando con fuerza, las nalgas golpeándole los muslos, el culo dilatado tragándosela hasta el fondo en cada bajada. Él le agarró las tetas por debajo de la camiseta, le pellizcó los pezones y le mordió el hombro mientras ella se cabalgaba como una desesperada.

—Mírame el culo… mira cómo se abre para ti… me voy a correr…

Se corrió primero ella, gritando, el ano convulsionando alrededor de la verga, el coño chorreándole los muslos. Damon la siguió segundos después, empujando hacia arriba con un gruñido animal, llenándole el culo de semen caliente a chorros, las manos clavadas en sus caderas para mantenerla clavada hasta el final.

Se quedaron así un momento, jadeando, el faro girando afuera, el semen empezando a escapársele por los bordes del agujero abierto y rojo. Renata se incorporó despacio, la polla saliéndole con un hilo blanco que le bajó por el muslo. Se giró a mirarlo, los ojos brillantes, la sonrisa sucia todavía en la boca.

—Todavía no he terminado contigo —susurró, tocándole el pecho sudado—. Hay más fotos que sacar… y este culo ya sabe a qué sabe tu leche. La noche es larga, Damon. El faro no se apaga.

Él la miró desde abajo, la verga todavía medio dura, manchada, y le pasó un dedo por el ano dilatado, empujando el semen de vuelta adentro.

—Entonces no te vistas —respondió—. Quiero verte caminar por aquí con el culo goteando mientras me cuentas qué más fantasías has tenido estas semanas. Porque esto… esto apenas empieza.

Renata se quedó de pie delante de él, las piernas abiertas a propósito, y dejó que el semen le bajara despacio por el muslo interior. El hilo blanco brillaba a la luz amarilla de la lámpara del faro. Damon no apartaba la mirada. Ella le dio la espalda y dio dos pasos por la sala de control, el culo todavía abierto, el agujero rojo e hinchado contrayéndose y soltando otra gota espesa que le cayó al suelo de madera.

—Camina —ordenó él, la voz todavía ronca—. Quiero ver cómo te gotea mientras me cuentas.

Ella obedeció. Dio la vuelta a la mesa larga, cada paso haciendo que las nalgas se movieran y el semen siguiera escapando. Se detuvo junto a la ventana grande donde el haz del faro barría el mar negro una y otra vez. Se apoyó con las manos en el alféizar frío y arqueó la espalda, ofreciéndole de nuevo el culo dilatado.

—Estas semanas… —empezó, la voz baja y sucia— me tocaba en la cama pensando en ti. Me metía tres dedos en el culo y me imaginaba que eran tu polla. Me corría solo con la idea de que me la metieras sin avisar, que me agarraras del pelo y me follaras el culo hasta que no pudiera cerrarlo. A veces me imaginaba de rodillas en la escalera de caracol, subiéndote mientras me lamiás el ano, y luego que me la metieras ahí mismo, contra los escalones, que me abrieras despacio hasta que te cabía entera.

Damon se levantó. La verga ya se le estaba endureciendo otra vez, gruesa y brillante de los restos de ella y de él. Se acercó por detrás, le separó las nalgas con las dos manos y escupió directo sobre el agujero abierto. El hilo de saliva cayó y se mezcló con el semen. Introdujo dos dedos de golpe, sin avisar, y los giró dentro, empujando la leche caliente más adentro.

—Sigue —gruñó—. Cuéntame más mientras te abro otra vez.

Renata gimió y empujó el culo hacia atrás, tragándose los dedos hasta los nudillos.

—Pensaba en que me follaras el culo y luego me hicieras chuparte la polla llena de mi propio jugo y de tu leche. Que me obligaras a lamerte los huevos después de correrme dentro. Y que me dejaras el culo tan abierto que pudieras meterme la lengua otra vez y saborearte a ti mismo. Joder, Damon… más fuerte los dedos.

Él le metió un tercero. El esfínter cedió con un sonido húmedo y sucio. Renata soltó un gemido largo, la frente contra el cristal frío. Damon la follaba con los tres dedos, sacándolos casi del todo y volviendo a enterrarlos, abriéndola, mirando cómo el agujero se estiraba y se cerraba alrededor de sus nudillos. Con la otra mano le dio una cachetada seca en la nalga izquierda, luego en la derecha, dejando marcas rojas.

—Puta de faro —le susurró al oído, la barba raspándole la nuca—. Tu culo ya sabe lo que es una polla de verdad y todavía quiere más. Mírame cómo te gotea. Esto es mío esta noche.

La hizo girar. La empujó de rodillas al suelo de madera. Renata no necesitaba que se lo pidiera: abrió la boca y se tragó la polla de un solo movimiento, saboreando el sabor salado de su propio culo y del semen que todavía le quedaba. Damon le agarró el pelo con las dos manos y le folló la cara con embestidas hondas, la cabeza de la verga rozándole la garganta. Ella babear, los ojos llorosos de placer, una mano entre las piernas frotándose el clítoris hinchado y la otra apretándole los huevos.

—Así… trágatela entera —gruñó él—. Quiero que sepas a qué sabe mi polla después de haberte abierto el culo.

Cuando la saliva le corría por la barbilla y le empapaba las tetas, la levantó de nuevo. La subió a la mesa otra vez, pero esta vez de espaldas, las piernas abiertas en V, los tobillos sobre sus hombros. Damon se untó la verga con más saliva y con el semen que aún le salía a ella, y apoyó la cabeza gruesa contra el ano hinchado.

—Mírame —le ordenó—. Quiero ver tu cara cuando te entre otra vez.

Renata lo miró a los ojos, la boca entreabierta, y asintió.

—Métela. Ábreme más. Quiero sentirla hasta el fondo otra vez.

Empujó. El esfínter, todavía suelto y resbaladizo, la tragó más fácil esta vez, pero el grosor de la polla la hizo arquearse y gritar. Centímetro a centímetro desapareció dentro de ella hasta que los huevos le golpearon las nalgas. Damon se quedó quieto un segundo, dejándola sentir el relleno completo, el pulso de la vena contra las paredes internas. Luego empezó a moverse: embestidas largas y profundas que la sacudían entera sobre la mesa. Cada entrada sacaba un sonido húmedo y obsceno; cada salida dejaba el agujero momentáneamente gaping, rosado y brillante, antes de volver a cerrarse alrededor del tronco.

—Joder, qué apretado todavía —jadeó él—. Tu culo me ordeña. Me lo aprietas como si quisieras sacarme otra corrida ya. ¿Te gusta que te folle así, puta? ¿Te gusta que te deje el culo abierto para que el faro te vea?

—Sí… sí, fóllame más duro… quiero que me lo dejes roto… —Renata se tocaba el clítoris con dos dedos, circular, rápida, mientras la otra mano le pellizcaba un pezón duro bajo la camiseta subida—. Dime más cosas sucias. Dime lo que vas a hacerme.

Damon le agarró las caderas con fuerza y aceleró. El choque de piel contra piel llenaba la sala junto al zumbido lejano del mecanismo del faro. Le hablaba sin parar, la voz rota de excitación:

—Voy a follarte el culo hasta que no puedas caminar. Voy a llenártelo otra vez y luego te voy a poner de rodillas para que me limpies la polla con la lengua. Después te voy a meter los dedos otra vez y te voy a hacer correrte solo con el culo. Y si todavía aguantas, te voy a llevar a la escalera de caracol y te voy a follar ahí, de pie, con el viento entrando por la puerta abierta, para que grites y el mar te oiga.

Renata se corrió con un grito ahogado, el ano convulsionando en oleadas fuertes alrededor de la verga. El coño le chorreó otra vez, mojándole los huevos y la base del tronco. Damon no se detuvo. La sacó casi del todo y la volvió a enterrar de un solo golpe, follándola a través del orgasmo, estirándola más, usando el jugo de ella como lubricante extra. Cuando ella dejó de temblar, la hizo darse la vuelta otra vez, a cuatro patas, y le metió la polla de nuevo por detrás, más honda, agarrándola del pelo y tirando hacia atrás para que la espalda se le arquease en un arco perfecto.

—Mira por la ventana —le ordenó—. Mira el faro girando mientras te follan el culo. Esto es lo que soñabas, ¿verdad? Tu culo virgen abierto en lo alto de un faro, lleno de polla y de leche.

—Sí… joder sí… más… —Renata empujaba hacia atrás en cada embestida, las nalgas chocando contra su pelvis, el sonido obsceno y húmedo llenándolo todo.

Damon le dio tres cachetadas seguidas en la misma nalga, dejando la piel ardiendo. Luego se inclinó sobre ella, el pecho pegado a su espalda sudada, y le mordió el hombro mientras le hablaba al oído:

—Voy a correrme otra vez dentro. Voy a llenarte tanto que te baje por las piernas mientras caminas. Y después no te voy a dejar vestirte. Quiero que te sientes en mi regazo con el culo goteando y me cuentes la siguiente fantasía. Porque esta noche no se acaba aquí. Todavía me queda por abrirte más.

Empujó tres, cuatro, cinco veces más, profundas, brutales, y se corrió con un gruñido animal, la polla latiendo dentro del culo apretado, disparando chorros calientes que ella sintió llenarla otra vez. Se quedó enterrado hasta el final, respirando pesado contra su cuello, las manos todavía clavadas en sus caderas. Cuando por fin salió, el agujero quedó abierto, redondo, rojo, y el semen le salió a borbotones, espeso, bajándole por el periné hasta el coño.

Renata se quedó a cuatro patas un momento, temblando, el culo goteando abiertamente. Luego se incorporó despacio, se giró y se sentó en el borde de la mesa, las piernas abiertas hacia él. Se pasó dos dedos por el ano dilatado, recogió un poco de la mezcla y se la metió en la boca, chupándolos sin apartar la mirada.

—Todavía tengo más —susurró, la voz ronca de tanto gemir—. Hay una fantasía que no te he contado. La de la linterna del faro. Quiero que me lleves arriba, a la linterna misma, que me pongas contra el cristal mientras gira, y que me folles el culo mirando el mar. Quiero que me abras ahí arriba, con el viento y la luz, y que me dejes el culo tan usado que tenga que bajar las escaleras con las piernas temblando y tu leche saliéndome a cada escalón.

Damon se limpió la polla con la mano, todavía medio dura, y le sonrió con esa hambre oscura que no se había apagado.

—Entonces subimos —dijo—. Pero primero te voy a preparar otra vez. Quiero que subas las escaleras con tres de mis dedos dentro del culo, abriéndote mientras caminas. Y cuando lleguemos arriba… te voy a follar hasta que el faro se quede sin luz.

La tomó de la muñeca y la levantó. Renata caminó delante de él hacia la escalera de caracol, el semen bajándole por los muslos, el culo todavía abierto y sensible. Él le metió los tres dedos desde atrás nada más empezar a subir el primer peldaño, y ella gimió, apoyándose en la barandilla fría, empujando hacia atrás mientras subía despacio, cada escalón haciéndole sentir los dedos más hondos.

—Más despacio —le ordenó él, follándola con los dedos al ritmo de los peldaños—. Quiero que sientas cada uno. Quiero que llegues arriba ya mojada otra vez y pidiendo que te la meta.

Ella subía, gimiendo bajo, el culo tragándose los dedos, la cabeza llena de la imagen de la linterna girando y de la polla de Damon entrando otra vez. La noche todavía era larga. El faro seguía barriendo el mar. Y su culo, ya abierto y usado, solo pedía más.

Renata subía la escalera de caracol con las piernas temblando y los tres dedos de Damon enterrados hasta el fondo en su culo. Cada peldaño hacía que los nudillos le rozaran más hondo, abriéndola con un sonido húmedo y sucio que resonaba entre las paredes de piedra. El semen de antes le bajaba por los muslos en hilos calientes y se le pegaba a la piel con el roce del aire salado que entraba por las rendijas. Apoyaba las manos en la barandilla fría, arqueaba la espalda y empujaba el culo hacia atrás como una puta desesperada, tragándose los dedos mientras gemía bajo.

—Más despacio, joder… así… —jadeó ella, la voz rota—. Los siento abriéndome cada escalón. Mi culo ya no cierra, Damon. Está tuyo.

Damon la seguía de cerca, el pecho pegado a su espalda sudada, la polla dura rozándole la nalga libre. Giraba los tres dedos dentro del agujero dilatado, los sacaba casi del todo y los volvía a clavar con fuerza, empujando lo que quedaba de su leche más adentro. La barba le raspaba el hombro cada vez que se inclinaba a hablarle al oído.

—Siente cómo te abro mientras subes. Quiero que llegues arriba con el culo baboso y pidiendo más polla. Cuéntame otra vez lo de la linterna. Dime cómo quieres que te folle contra el cristal.

Ella subió tres peldaños más, el ano convulsionando alrededor de los dedos, el clítoris hinchado rozándole el muslo con cada movimiento.

—Quiero que me pongas las manos en el cristal frío… que me separes las nalgas y me metas la verga de un solo golpe mientras la luz gira. Quiero sentir el faro barrerme la cara y tu polla rompiéndome el culo al mismo tiempo. Que me agarres del pelo y me obligues a mirar el mar negro mientras me llenas otra vez. Y que me dejes tan abierto que el viento me entre dentro y se lleve tu leche.

Damon gruñó, le dio una cachetada seca en la nalga derecha y le metió los dedos más hondo, hasta que ella soltó un grito corto y se apoyó contra la pared de la escalera. La saliva le corría por la comisura de la boca. Seguían subiendo. El mecanismo del faro zumbaba cada vez más cerca, un ronroneo profundo que vibraba en el metal de la barandilla. Cuando llegaron al último tramo, el aire cambió: más frío, más salado, cargado del olor a aceite y a noche abierta. Damon le sacó los dedos de golpe. El agujero quedó redondo, rojo, goteando una mezcla espesa de semen y saliva que le cayó al peldaño de hierro. Renata gimió por la pérdida y se giró un segundo para mirarlo, los ojos brillantes, la camiseta subida dejando las tetas al aire, los pezones duros como piedras.

—Métela ya —pidió, sin vergüenza—. Ábreme arriba. Quiero tu polla ahora.

Él la empujó hacia la plataforma de la linterna. El espacio era circular, el cristal enorme rodeándolos por completo, la lámpara gigante girando lenta y poderosa en el centro, barriendo el Atlántico con su haz blanco cada pocos segundos. El viento entraba por una ventanita entreabierta y les azotaba la piel desnuda. Damon la puso de frente al cristal más amplio, le separó las nalgas con las dos manos y escupió directo sobre el ano abierto. El hilo grueso cayó y se mezcló con lo que ya salía. Se frotó la polla con la mano, todavía brillante de los jugos de ella, y apoyó la cabeza gruesa contra el esfínter hinchado.

—Respira y ábrete —ordenó—. Mira el mar mientras te entro.

Renata apoyó las palmas en el cristal helado. El contraste le hizo arquearse. Empujó el culo hacia atrás y sintió la cabeza forzar la entrada. Esta vez el agujero, ya usado y resbaladizo, la tragó más fácil, pero el grosor la hizo gritar igual: un gemido largo y gutural que se perdió en el zumbido del faro. Centímetro a centímetro la verga desapareció dentro de ella hasta que los huevos le golpearon las nalgas. Damon se quedó quieto un segundo, dejándola sentir el relleno completo, el pulso caliente contra las paredes internas, y luego empezó a embestir.

Las embestidas fueron profundas y brutales desde el primer momento. Cada entrada sacudía el cuerpo entero de Renata contra el cristal; cada salida dejaba el culo momentáneamente gaping, rosado y brillante, antes de volver a cerrarse alrededor del tronco grueso. El sonido húmedo y obsceno llenaba la cúpula. La luz del faro les pasaba por encima una y otra vez, iluminando el semen que le bajaba por el periné y el coño chorreante.

—Joder, qué puta anal tan perfecta —gruñó Damon, agarrándola del pelo con una mano y tirando hacia atrás para arquearle la espalda—. Tu culo me ordeña. Me lo aprietas como si quisieras sacarme los huevos. ¿Te gusta que te follen aquí arriba, con el mar mirándote? ¿Te gusta que el faro te vea el agujero abierto?

—Sí… sí, fóllame más duro… ábreme más… quiero que me lo dejes roto para siempre —Renata se tocaba el clítoris con dos dedos rápidos, circular, mientras la otra mano le pellizcaba un pezón. Cada embestida le sacaba un gemido más alto—. Dime cosas sucias. Dime lo que vas a hacerme después.

Damon aceleró. El choque de piel contra piel resonaba junto al viento. Le hablaba al oído sin parar, la barba raspándole la nuca:

—Voy a correrme otra vez dentro y te voy a bajar las escaleras con la polla todavía metida. Voy a follarte en cada rellano. Después te voy a poner de rodillas aquí mismo para que me limpies la verga con la lengua, saboreando tu propio culo y mi leche. Y si todavía aguantas, te voy a meter cuatro dedos y te voy a hacer correrte solo con el ano mientras la luz te da en la cara. Esta noche tu culo es mío, Renata. Voy a dejarlo tan usado que mañana no puedas sentarte sin acordarte de mí.

Ella se corrió con un grito ahogado que se convirtió en sollozo de placer. El ano le convulsiónó en oleadas fuertes alrededor de la polla, apretándola, ordeñándola. El coño le chorreó otra vez, mojándole los muslos y los huevos a Damon. Él no se detuvo. La folló a través del orgasmo, sacándola casi del todo y volviendo a enterrarla de un solo golpe, usando el jugo de ella como lubricante extra. Cuando ella dejó de temblar, la hizo girar sin sacar la verga del todo, la empujó de espaldas contra el cristal y le levantó una pierna sobre su hombro. Así la penetró más honda, mirándola a los ojos mientras la luz giraba y les pintaba la cara de blanco a intervalos.

—Mírame —le ordenó—. Quiero ver tu cara de puta cuando te llene otra vez.

Renata lo miró, la boca entreabierta, la saliva corriéndole por la barbilla. Asintió y empujó las caderas hacia adelante, tragándosela hasta el fondo.

—Métela… joder, métela toda… quiero sentirla latir adentro… llena mi culo otra vez, Damon… hazme tuya…

Él embistió cinco, seis, siete veces más, profundas, salvajes, las manos clavadas en sus caderas. Se corrió con un gruñido animal, la polla latiendo dentro del culo apretado, disparando chorros calientes y espesos que ella sintió llenarla hasta el borde. Se quedó enterrado hasta el final, respirando pesado contra su cuello, sintiendo cómo el semen empezaba a escaparse por los bordes del agujero dilatado. Cuando por fin salió, el pop húmedo fue obsceno. El culo de Renata quedó abierto, redondo, rojo e hinchado, y la leche le salió a borbotones, bajándole por el periné hasta el coño y goteando al suelo de metal.

Se quedaron así un momento, jadeando, el faro girando afuera, el viento entrando por la ventanita y secándoles el sudor. Renata se pasó dos dedos por el ano gaping, recogió un hilo grueso de semen y se lo metió en la boca, chupándolos sin apartar la mirada. Damon la observaba con la verga todavía medio dura, manchada, y le sonrió con esa hambre que no se apagaba.

—Todavía no he terminado —susurró ella, la voz ronca—. Hay más. Quiero que me folles otra vez aquí, de pie, y que me hagas bajar las escaleras con tu polla metida. Quiero sentirla dentro mientras bajo cada peldaño. Y abajo… abajo quiero que me abras con la mano entera. Quiero intentar tomarte el puño. He soñado con eso también. Con que me dejes el culo tan estirado que puedas meter la mano y luego follarme otra vez.

Damon le pasó un dedo por el agujero abierto, empujó semen de vuelta adentro y le dio una cachetada suave en la nalga.

—Entonces te preparo —respondió—. Pero primero camina alrededor de la linterna con el culo goteando. Quiero ver cómo se te mueve mientras me cuentas exactamente cómo quieres el puño. Porque esta noche vamos a llegar hasta donde digas. Y el faro todavía tiene muchas horas de luz.

Renata obedeció. Dio la vuelta a la plataforma circular, las piernas abiertas a propósito, el semen bajándole en hilos blancos y espesos que brillaban cada vez que el haz de luz los iluminaba. El agujero se contraía y se abría con cada paso, soltando otra gota que caía al metal. Damon la seguía con la mirada, la polla endureciéndose otra vez, y ella hablaba sucio sin parar, la voz temblando de ganas todavía no saciadas, describiendo cómo quería sentarse en su regazo abajo, cómo quería que le metiera los dedos uno a uno hasta el pulgar, cómo quería gritar cuando la mano entera le abriera el culo en la sala de control. El viento les azotaba la piel. La noche seguía larga. Y el culo de Renata, ya usado y abierto, solo pedía más.

Renata dio otra vuelta completa a la plataforma de la linterna, el semen espeso resbalándole por los muslos internos y cayendo en gotas pesadas sobre el metal frío cada vez que el haz blanco las iluminaba. El agujero de su culo se contraía y se abría con el movimiento, rosado, hinchado, todavía redondo de lo que Damon le había metido. Él la seguía a dos pasos, la polla otra vez dura y pesada, la mano derecha cerrada alrededor del tronco para no tocársela del todo.

—Cuéntame exactamente cómo lo quieres —ordenó, la voz ronca—. El puño. Dime cada detalle mientras caminas con ese culo goteando.

Ella se detuvo frente al cristal más amplio, se separó las nalgas con las dos manos y empujó hacia atrás para que él viera el interior abierto y brillante.

—Abajo, en la sala de control —jadeó—. Quiero sentarme en tu regazo de espaldas, las piernas abiertas de par en par. Primero los cuatro dedos, bien juntos, y después el pulgar. Quiero sentir cómo me estiras centímetro a centímetro hasta que la mano entera me entre. Que me digas puta de faro mientras me lo metes. Que me hagas gritar cuando los nudillos pasen el esfínter y se me quede adentro la mano cerrada. Y después… que la saques y me folles otra vez con la polla, usando el hueco que me dejaste. He soñado con eso todas las noches, Damon. Con que me dejes el culo tan abierto que puedas meter la lengua hasta el fondo y saborearte a ti mismo mezclado conmigo.

Damon gruñó, le escupió directo al agujero y metió tres dedos de un golpe. Renata gritó y se arqueó contra el cristal. Él los giró, los sacó y los volvió a clavar, empujando el semen que quedaba más adentro.

—Entonces bajamos —dijo—. Pero vas a bajar con mi polla dentro. Quiero sentir cómo te aprieta cada peldaño.

La giró, la pegó de espaldas a su pecho y le introdujo la verga de un solo empujón hondo. El culo, ya blando y resbaladizo, la tragó hasta las bolas con un sonido húmedo y sucio. Renata gimió largo, las manos buscando la barandilla. Damon le agarró las caderas y empezó a bajar la escalera de caracol sin sacarla. Cada peldaño hacía que la polla se moviera dentro de ella: un roce profundo, un empujón, un tirón. El semen anterior le salía empujado por el grosor nuevo y le resbalaba por los muslos hasta los tobillos. Ella bajaba despacio, gimiendo en cada escalón, el culo apretando y soltando alrededor del tronco grueso.

—Joder… la siento… cada puto peldaño me la clava más —jadeó Renata—. Mi culo ya no es mío. Está abierto solo para ti.

En el primer rellano Damon la empujó contra la pared de piedra, le levantó una pierna y la embistió fuerte seis veces seguidas. El choque de piel resonó. Le dio dos cachetadas en la nalga y le mordió el hombro.

—Sigue bajando —gruñó—. Quiero follarte en cada descanso.

Así lo hizo. En el siguiente rellano la puso a cuatro patas sobre los peldaños, le agarró el pelo y la folló con embestidas cortas y brutales mientras el faro zumbaba arriba. Renata se tocaba el clítoris con dos dedos y se corrió ahí mismo, el ano convulsionando, el jugo chorreándole hasta las rodillas. Damon no se detuvo. La sacó, la hizo girar y le metió la polla en la boca para que la limpiara: el sabor a culo, a semen y a sal. Ella chupó con hambre, baboso, los ojos llorosos de placer.

Cuando llegaron a la sala de control la mesa larga los esperaba bajo la lámpara amarilla. Damon se sentó en la silla y tiró de ella. Renata se colocó de espaldas sobre su regazo, las piernas abiertas a ambos lados de sus muslos, el culo ya dilatado y goteando. Él le separó las nalgas y empezó con los dedos: primero dos, luego tres, luego cuatro juntos, bien lubricados con saliva y con lo que le salía a ella. Los empujó despacio, girándolos, abriendo.

—Respira y empújame hacia afuera —le dijo al oído—. Quiero meter la mano. Quiero sentir tu culo tragándome los nudillos.

Renata asintió, jadeando, y empujó. El esfínter cedió con un sonido obsceno y húmedo. Los cuatro dedos entraron hasta los nudillos. Damon dobló el pulgar contra la palma y empujó más. El borde del agujero se estiró, rojo, brillante, y de pronto la mano entera pasó. Renata gritó, un grito largo y gutural que se quebró en gemidos. La mano de Damon desapareció dentro de su culo hasta la muñeca. Él la cerró en un puño suave y la giró despacio, sintiendo las paredes calientes y resbaladizas apretándole los nudillos.

—Mírate —gruñó—. Tienes mi puño entero en el culo, puta de faro. Estás abierta como nunca. ¿Te gusta? ¿Esto es lo que soñabas mientras te metías tres dedos en la cama?

—Sí… joder sí… muévelo… ábreme más… me voy a correr solo con tu mano adentro —Renata se frotaba el clítoris con furia, la otra mano pellizcándose un pezón. El ano le palpitaba alrededor de la muñeca de Damon. Cada pequeño movimiento del puño le sacaba un gemido más alto—. Sácame el semen con los dedos… fóllame el culo con la mano… quiero correrme así…

Damon la folló con el puño: entradas y salidas cortas, el esfínter estirado al máximo, el sonido sucio y chapoteante llenando la sala. Renata se corrió con un sollozo de placer, el coño chorreando, el ano apretando el puño en oleadas fuertes. Él esperó a que dejara de temblar y entonces sacó la mano despacio. El agujero quedó gaping, enorme, redondo, rojo e hinchado, un túnel abierto que no cerraba. El semen y la saliva le salieron a borbotones, cayendo sobre los muslos de Damon y al suelo de madera.

Sin darle respiro, Damon la levantó, la puso de nuevo a cuatro patas sobre la mesa y le metió la polla de un solo golpe en ese hueco dilatado. Entró fácil, hasta las bolas, y empezó a embestir con fuerza brutal. El culo ya no apretaba igual; estaba blando, usado, perfecto para follar profundo y sin piedad. Cada embestida sacaba más leche y más jugo. Él le agarró el pelo, le arqueó la espalda y le habló sucio sin parar:

—Mira cómo te cabe toda. Tu culo ya es un puto agujero para mi verga. Voy a correrme otra vez y te voy a dejar así, abierto y goteando, para que el viento del faro te entre hasta el fondo. Después te voy a hacer limpiarme la polla con la lengua y te voy a meter los dedos otra vez solo para verte gritar.

Renata empujaba hacia atrás en cada embestida, las nalgas rojas de cachetadas, el clítoris hinchado frotado contra la madera. Se corrió otra vez, gritando, el ano todavía abierto temblando alrededor del tronco. Damon la siguió segundos después: un gruñido animal, la polla latiendo, disparando chorros calientes y espesos que llenaron el hueco y se desbordaron al instante. Sacó la verga con un pop húmedo y obsceno. El culo de Renata quedó redondo, gaping, chorreando semen a hilos gruesos que le bajaban por el periné, por el coño y le goteaban hasta los tobillos.

Ella se quedó a cuatro patas, temblando, el agujero contrayéndose sin poder cerrar del todo. Damon se puso delante, le agarró la cabeza y le metió la polla manchada en la boca. Renata chupó, lamió, limpió cada resto de su propio culo y de la leche fresca, los ojos bajos, la saliva espesa rodándole por la barbilla hasta las tetas.

Cuando terminó, Damon la hizo ponerse de pie y caminar otra vez por la sala. El semen le caía con cada paso. Ella se detuvo junto a la ventana, se separó las nalgas con las dos manos y se miró el agujero abierto en el reflejo oscuro del cristal.

—Míralo —susurró, la voz rota y sucia—. Todavía cabe tu puño. Todavía cabe tu polla. Y esta noche no se acaba hasta que me lo dejes tan roto que mañana el aire salado me entre solo y me recuerde cómo me abriste el culo en el faro hasta que no pude cerrarlo.

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