Burbujas de Silencio que Desatan a Tres
Tres adultos —Laura de 42, su expadrastro Diego de 38 y Camila de 29— se comen a gusto en un jacuzzi durante un fin de semana.
El sol de la costa se derramaba a plomo sobre la terraza de la casa de veraneo, un chalet de cristal y piedra blanca con vistas al mar. Laura, cuarenta y dos años bien llevados, divorciada hace tres y dueña de una agencia de diseño de interiores que le permitía estos caprichos, ajustó la tira del bikini negro mientras miraba el agua de la piscina. El tejido se le clavaba entre las nalgas y marcaba los pezones duros por el contraste del aire acondicionado que salía por las puertas abiertas. Escuchó el motor del coche al llegar y sonrió sin poder evitarlo.
Diego bajó del descapotable con la misma naturalidad de siempre. Treinta y ocho años, expadrastro suyo desde que ella tenía diecinueve y la madre de Laura se casó con él; el matrimonio duró lo suficiente para que se conocieran de verdad, y cuando se divorciaron, ellos dos nunca cortaron del todo el hilo. Ahora él era un arquitecto de éxito, hombros anchos, torso marcado bajo la camisa abierta, pantalones cortos que no escondían la bulto generoso que Laura había mirado más de una vez en silencio. Se abrazaron fuerte, mejilla contra mejilla, y él le mordió suavemente el lóbulo de la oreja al separarse.
—Te ves jodidamente bien, Laura —murmuró contra su piel—. Esta casa te sienta.
Antes de que pudiera responder, el claxon de un segundo coche y una carcajada conocida hicieron que ambos se giraran. Camila, veintinueve años, periodista freelance y mejor amiga de Laura desde hacía una década, saltó del vehículo con una bolsa de viaje y un vestido playero tan fino que se transparentaban las bragas. Fogosa, morena, pechos firmes que bailaban al caminar, llegó abrazándolos a los dos a la vez.
—Sorpresa, cabrones. Me libré del cierre y pensé: ¿por qué no un fin de semana de puta madre con mis dos favoritos?
Laura rió y le besó la boca con un roce demasiado largo para ser solo amistad. Diego la levantó del suelo un segundo y le dio una palmada juguetona en el culo. En traje de baño —él se había cambiado ya a un bañador negro ajustado, ellas en bikinis mínimos— se instalaron junto a la piscina con cócteles sin alcohol: virgin mojitos bien fríos, hielo tintineando. Las miradas empezaron a cargarse de inmediato. Laura notaba cómo Diego le recorría las piernas con los ojos cada vez que se cruzaba de pierna. Camila, recostada en la tumbona, se pasaba el hielo por el pecho dejando un rastro de agua que se perdía entre sus tetas.
—Qué calor —dijo Camila, y su pie rozó deliberadamente el muslo de Diego bajo la mesa baja—. Y no hablo solo del sol.
Diego sonrió de lado, esa sonrisa de depredador que Laura conocía.
—Si sigues rozándome así, Camila, te voy a tener que pedir que me lo frotés más arriba.
Laura soltó una risa baja y se inclinó hacia su amiga, besándole el cuello con lentitud, labios abiertos, lengua humedeciendo la piel salada.
—Ella lo hace a propósito, Diego. Siempre lo ha hecho. Y tú… tú nos miras como si quisieras comérnoslas vivas a las dos.
El silencio se espesó. Diego dejó el vaso, se pasó la mano por la polla a medio endurecer sobre el bañador y habló sin rodeos, voz ronca:
—Llevo años deseando follarme a las dos al mismo tiempo. A ti, Laura, con ese coño maduro que aprieta como una puta. Y a ti, Camila, con esa boca de zorra y ese culo que pide nalgadas. Las dos juntas. Una chupándome los huevos mientras la otra me cabalga. ¿Os parece claro?
Laura sintió un calambre directo al clítoris. Camila soltó un gemido y se inclinó, besando a Diego con lengua profunda, luego giró y capturó la boca de Laura. Manos por encima de la ropa: Laura apretó la tetas de Camila, Camila metió los dedos bajo el bañador de Diego y le rodeó la polla gruesa, ya dura, y Diego mordió el hombro de Laura mientras le metía la mano entre las piernas, rozando el calor húmedo a través de la tela.
—Jacuzzi —dijo Laura, jadeando—. Ahora. Consenso total. Quiero que nos folléis y que nos folléis juntas.
Se levantaron casi tropezando. El jacuzzi burbujeaba ya a temperatura perfecta en la terraza inferior, rodeado de mamparas de cristal esmerilado que daban intimidad sin cortar la luz del atardecer. Se desnudaron sin teatro: Laura se quitó el bikini y dejó al aire sus pechos pesados, pezones oscuros, el coño depilado y ya brillante. Camila se deslizó el vestido y las bragas, mostrando el culo redondo y el coño hinchado. Diego se bajó el bañador y su polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada y goteando un hilo de precum.
Diego se sentó en el borde del jacuzzi, piernas abiertas, agua hasta las rodillas. Laura y Camila se arrodillaron en el asiento sumergido, el agua burbujeante lamiéndoles las tetas. Empezaron a alternar. Laura tomó la polla por la base y se la embutió entera hasta la garganta, haciendo gárgaras sucias, saliva espesa que bajaba por los huevos. Camila lamió lo que sobraba, chupó los testículos y luego se turnaron: las dos bocas alrededor del glande, lenguas enredándose, besos lésbicos con la polla gruesa atrapada entre ellas, babas y gemidos.
—Qué putas más ricas —gruñó Diego, mano en la nuca de cada una—. Chupadme bien. Quiero veros tragarla juntas.
Laura se subió al jacuzzi y se montó en vaquera inversa, de espaldas a él, guiando la polla hasta que se le abrió el coño y la engulló completa de un embiste. Gemió alto, rebotando, nalgas contra el vientre de Diego. Camila se subió a la cara de él, de rodillas sobre el borde, y se sentó en su boca. Diego se la comió sin piedad: lengua plana en el clítoris, labios succionando, dos dedos metiéndose en el coño de Camila mientras Laura cabalgaba como una loca.
—Cómeme, joder —jadeaba Camila, frotándose contra la barba de Diego—. Lámeme el coño hasta que me corra en tu puta cara.
Cambiaron. Laura se puso a cuatro patas en el asiento del jacuzzi, agua chapoteando. Diego se colocó detrás y le embistió el coño de un solo tajo, profundo, nalgadas sonoras y consentidas que dejaban la piel roja. Mientras él la follaba en perrito, Laura enterró la cara entre las piernas de Camila, que se había sentado frente a ella con las piernas abiertas sobre el borde. Devoró el clítoris de su amiga con hambre, chupando, metiendo lengua, mientras Diego la reventaba por detrás y le hablaba sucio:
—Toma esta polla, Laura. Ábrete para mí. Y tú, Camila, mírame cómo le dejo el coño hecho un desastre a tu amiga. Luego te toca a ti que te la meta hasta el fondo.
Camila se corría primero, muslos temblando alrededor de la cabeza de Laura, chorros calientes que Laura lamió y tragó con gemidos. Diego aceleró, agarró las caderas de Laura y se vació dentro, chorros densos llenándole el coño, desbordándose y mezclándose con el agua del jacuzzi. Laura se corrió al sentir el calor interno, contracciones fuertes que le ordeñaron la polla, gritando contra el pubis de Camila.
Se quedaron jadeando, el agua burbujeando alrededor de cuerpos sudorosos y brillantes de semen y fluidos. Con toallas calientes que Diego había dejado preparadas en el calentador, se limpiaron mutuamente con ternura: Laura le secó el pecho a Camila, Camila le limpió el semen que le bajaba por los muslos a Laura, Diego les besó las espaldas y les secó el cabello mojado. Se besaron despacio, bocas cansadas pero todavía hambrientas, lenguas suaves.
—Cada fin de semana —dijo Laura, voz ronca, apoyada entre los dos—. Aquí. En esta casa. Las tres cosas: tú, yo, ella. Pactado.
Camila asintió, mordiéndole el pezón a Diego al pasar.
—Pactado. Pero la próxima quiero que me la metas en el culo mientras Laura me sienta en la cara.
Diego rió bajo, ya medio duro otra vez solo de oírlas.
—Entonces no apaguéis las luces del jacuzzi todavía. Acaba de anochecer y yo todavía no he terminado de probaros como quiero.
La noche costera se cerraba alrededor de la casa, el mar sonando a lo lejos, y los tres cuerpos se volvían a rozar bajo las burbujas, la promesa de más horas por delante dejando la tensión viva, caliente, sin cerrar del todo.
Las burbujas no cesaban. El vapor subía en espirales blancas contra el cristal esmerilado y el aire de la costa ya olía a sal y a sexo. Diego no se apartó. Con el agua hasta la cintura y la polla otra vez pesada, gruesa, levantándose entre ellos como una promesa sin prisa, rodeó con un brazo la cintura de Laura y con la otra mano le apretó el culo a Camila, hundiendo los dedos en la carne húmeda.
—No me digáis que ya estáis cansadas —murmuró contra el cuello de Laura, mordisqueando la piel donde el bikini había dejado una marca pálida—. Acabo de correrme dentro de ti y ya se me pone otra vez solo de oleros. Quiero más. Quiero oíros pedirla.
Laura se giró entre sus brazos, pechos pesados rozándole el pecho peludo, pezones aún duros. Tenía cuarenta y dos años y el cuerpo de quien se lo trabajaba sin disculparse: caderas anchas, coño depilado todavía abierto y resbaladizo por el semen de él que le bajaba por los muslos mezclado con el agua. Le cogió la cara a Diego y lo besó con lengua lenta, saboreando el rastro de Camila que le quedaba en la barba.
—Nadie ha dicho que estemos cansadas —contestó ella, voz ronca—. Solo que Camila ha pedido algo concreto. Y yo quiero dárselo. Quiero ver cómo le abres el culo mientras yo me siento en su puta cara.
Camila soltó una risa baja, casi un jadeo. Se subió al borde del jacuzzi de un salto ágil, piernas abiertas, el coño hinchado y brillante a la altura de la boca de Laura. Tenía veintinueve años, cuerpo de periodista que vivía a base de plazos y gimnasio: pechos firmes, cintura estrecha, culo redondo que pedía nalgadas. Se pasó dos dedos por entre los labios, se abrió y le ofreció el clítoris hinchado a su amiga.
—Entonces deja de hablar y siéntate, Laura. Quiero tu coño en mi boca mientras Diego me la mete donde he dicho. Consenso total. Quiero que me folléis las dos a la vez hasta que no pueda pensar.
Diego gruñó aprobación. Sacó del lateral del jacuzzi un frasco de lubricante que había dejado allí por si las moscas —siempre previsor, el cabrón— y lo abrió con un clic suave. Camila se puso a cuatro patas sobre el borde ancho de piedra, culo en alto, cara hacia el interior del agua. Laura se acomodó delante de ella, de rodillas en el asiento sumergido, y se le sentó en la cara con deliberada lentitud, abriendo los labios del coño contra la boca abierta de su amiga. El semen de Diego todavía le chorreaba un poco; Camila lo lamió todo, lengua ancha, succionando, tragando lo que sobraba con gemidos sucios que vibraban contra el clítoris de Laura.
—Joder… —jadeó Laura, manos en el pelo mojado de Camila, cadera moviéndose en círculos cortos—. Chúpame bien. Limpíame el coño con esa lengua de zorra. Quiero correrme otra vez en tu puta cara mientras te abren el culo.
Diego se colocó detrás de Camila. Le separó las nalgas con las dos manos, miró el agujero rosado y apretado, y escupió sobre él antes de untar lubricante generoso con el pulgar. Dio vueltas lentas, empujando hasta el nudillo, sintiendo cómo el esfínter se resistía y luego cedía. Camila gimió contra el coño de Laura, el sonido ahogado y húmedo.
—Relájate, preciosa —dijo Diego, voz grave, introduciendo ya dos dedos engrasados, abriéndola, tijereando—. Vas a tomarte esta polla entera en el culo. Lenta al principio. Después te la voy a clavar hasta que grites dentro del coño de Laura.
—Métela —rogó Camila, apartando un segundo la boca, babas brillantes en la barbilla—. Quiero sentirla. Quiero que Laura me oiga gemir mientras me la metes.
Diego alineó la cabeza morada, gruesa, contra el agujero lubricado. Empujó. El glande abrió, se hundió, y Camila soltó un grito largo, gutural, que Laura ahogó volviendo a sentarse con todo el peso sobre su cara. Centímetro a centímetro, Diego avanzó. Las venas de su polla rozaban las paredes internas calientes y estrechas; el culo de Camila lo ordeñaba a cada avance. Cuando estuvo enterrada hasta las bolas, se quedó quieto un momento, respirando hondo, manos agarrando las caderas de ella con fuerza.
—Estás tan jodidamente apretada… —gruñó—. Laura, mírala. Mírala cómo se le abre el culo alrededor de mi polla. Y tú, Camila, no dejes de comerte a tu amiga. Quiero que se corra primero.
Laura se mecía sobre la lengua de Camila, pezones duros al aire fresco de la noche, pechos rebotando. Sentía cada lametón, cada succión desesperada, y veía por encima del hombro cómo Diego empezaba a moverse: embestidas cortas al principio, después más largas, más hondas, el agua del jacuzzi chapoteando contra los muslos de todos. El sonido era obsceno: carne contra carne, gemidos ahogados, burbujas.
—Más fuerte —pidió Laura, mirando a Diego a los ojos—. Fóllale el culo como si fuera mío. Quiero oírla. Quiero que me la deje hecha un desastre de gritos.
Diego obedeció. Aceleró. Las nalgas de Camila rebotaban contra su vientre; cada embiste le sacaba un gemido gutural que vibraba directo en el clítoris de Laura. Camila se aferraba a los muslos de su amiga, uñas clavándose, lengua loca, chupando, metiendo la lengua lo más hondo que podía mientras le follaban el culo sin piedad. El lubricante y un hilo de saliva brillaban entre sus nalgas. Diego le dio una nalgada seca, sonora, y luego otra, marcando la piel.
—Toma, puta —le decía, sin dejar de embestir—. Ábrete. Trágatela con el culo. Y tú, Laura, córrete ya. Quiero sentir cómo te vienes en su cara mientras yo le destrozo esto.
Laura se corrió con un grito roto. Las piernas le temblaron; el coño se le contrajo a espasmos contra la boca de Camila, chorros calientes que su amiga bebió sin apartarse, tragando y lamiendo hasta el último temblor. El orgasmo le dejó la vista borrosa un segundo. Cuando recuperó el aire, se bajó tambaleante, se arrodilló al lado de Camila y le cogió la cara para besarla: lenguas juntas, el sabor de su propio coño y del semen anterior mezclado en la saliva.
—Eres una puta maravillosa —susurró Laura contra su boca—. Ahora quiero que te corras con la polla en el culo. Quiero verte.
Se deslizó debajo, entre las piernas de Camila, y le chupó el clítoris hinchado mientras Diego seguía follándola por detrás. Dos bocas, cuatro manos. Camila gritaba ya sin control, el culo abierto de par en par, la polla de Diego entrando y saliendo con chasquidos húmedos. Laura le metió dos dedos en el coño, curvó, frotó ese punto esponjoso por dentro al ritmo de las embestidas.
—Joder, joder, me corro—avisó Camila, voz rota—. No paréis. No… ahí… ¡ahí!
Se vino con todo el cuerpo. El esfínter se le cerró a convulsionones alrededor de la polla de Diego; el coño le chorreó sobre los dedos y la boca de Laura. Diego la sostuvo por las caderas para que no se desplomara, embistiendo todavía unas cuantas veces profundas, saboreando cada contracción.
Cuando Camila se quedó temblando, jadeando, Diego se salió con cuidado. La polla le brillaba de lubricante y de ella. No se corrió. Se quedó duro, palpitante, y se pasó la mano por la longitud una vez, lento.
—Todavía no —dijo, mirándolas a las dos con esa sonrisa de depredador—. Quiero correrme donde digáis vosotras. Pero antes… quiero veros juntar los coños. Quiero que os frotéis mientras yo os miro y me la seque un poco. Y después decido si os la meto a las dos otra vez o si os la doy a chupar hasta que me la traguéis entera.
Laura y Camila se miraron. Cansadas, brillantes de sudor y agua, ojos oscuros de hambre. Se besaron otra vez, más despacio, y Laura guió a Camila de vuelta al agua caliente. Se acomodaron frente a frente en el asiento sumergido, una pierna de cada una sobre el hombro de la otra, coños abiertos rozándose. Labios hinchados contra labios hinchados. Empezaron a moverse, frotándose el clítoris, gemidos bajos, manos en pechos ajenos.
Diego se sentó en el borde opuesto, piernas abiertas, acariciándose la polla gruesa con calma mientras las miraba. El precum le volvía a brillar en la punta.
—Así… más fuerte. Quiero oír el ruido que hacéis. Quiero ver cómo os mojáis la una a la otra. Esta noche no se acaba hasta que las dos me digáis exactamente dónde queréis la siguiente corrida. Y yo todavía tengo ganas de probar ese culo tuyo también, Laura. Y esa boca. Y las dos a la vez otra vez.
El mar sonaba lejos. Las luces del jacuzzi teñían de azul los tres cuerpos. Camila se inclinó y le mordió el pezón a Laura mientras se frotaban más rápido; Laura le metió la mano entre las nalgas y le rozó el agujero todavía abierto y sensible. Diego respiraba hondo, sin tocarse demasiado deprisa, guardando la tensión como un arma.
—Decidme —exigió, voz baja, casi un gruñido—. ¿Qué queréis ahora? Porque yo quiero follaros hasta el amanecer y todavía nos queda lubricante, ganas y toda la puta noche por delante.
Laura miró a Camila. Camila asintió, labios entreabiertos, cadera sin dejar de moverse contra la de su amiga. El agua burbujeaba entre ellas, caliente, imperfecta, viva. Ninguno de los tres apagó nada.
Las burbujas seguían lamiéndoles los muslos cuando Laura empujó la cadera con más fuerza. El clítoris hinchado de Camila rozaba el suyo en un deslizamiento caliente y resbaladizo; el agua se tornaba lechosa entre ellas. Diego las miraba desde el borde, la mano lenta subiendo y bajando por la polla gruesa que ya volvía a gotear. El precum brillaba en la punta morada y caía en hilos finos hacia el jacuzzi.
—Más fuerte —exigió él, voz ronca—. Quiero oír cómo se mojan los coños. Frotaos hasta que me pidáis la polla otra vez.
Camila soltó un gemido largo y se inclinó hacia delante. Le mordió el pezón a Laura, tiró de él con los dientes y luego lo chupó con ganas mientras seguían frotándose. Laura le metió dos dedos en el culo todavía abierto y sensible; el esfínter cedió fácil, resbaladizo de lubricante y de la follada anterior. Camila se arqueó y empujó hacia atrás contra esos dedos.
—Joder, Laura… así… me voy a correr otra vez solo con esto —jadeó Camila contra el pecho de su amiga—. Diego, míranos. Míranos cómo nos comemos el coño la una a la otra sin polla todavía.
Diego se bajó al agua de un salto. El chapoteo mojó los pechos de las dos. Se colocó detrás de Laura, le separó las nalgas con las manos grandes y le lamió el agujero del culo con lengua plana y lenta. Laura gritó y apretó más el coño contra el de Camila. La barba de Diego raspaba la piel sensible; la lengua empujó, entró, salió, la abrió.
—Vas a tomármela aquí —murmuró él contra su culo—. Consenso. Dímelo.
—Métela —contestó Laura sin dudar, voz rota de placer—. Ábreme el culo como le abriste el de Camila. Quiero sentirla entera mientras me froto contra ella.
Diego cogió el frasco otra vez, echó lubricante generoso sobre el agujero de Laura y sobre su propia polla. Alineó la cabeza gruesa. Empujó. El glande abrió el esfínter apretado de Laura centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido gutural, las uñas clavándose en los hombros de Camila. El culo la ordeñaba, caliente, estrecho, maduro. Cuando Diego estuvo enterrado hasta las bolas, se quedó quieto un segundo, respirando hondo, saboreando cómo el interior de Laura se contraía alrededor de él.
—Tan jodidamente apretada… —gruñó—. Cuarenta y dos años y este culo me chupa la polla como si tuviera hambre. Camila, no dejes de frotarte. Quiero que se corran las dos juntas.
Camila obedeció. Aceleró el movimiento de cadera. Los clítoris se golpeaban, se resbalaban, se hinchaban más. Laura se mecía entre la polla que le destrozaba el culo y el coño de su amiga. Cada embestida de Diego la empujaba contra Camila; cada roce de Camila le sacaba un gemido que vibraba en el pecho de Diego. Él empezó a moverse de verdad: embestidas largas, hondas, el agua chapoteando en ritmo obsceno. Carne contra carne. Lubricante y saliva brillando entre las nalgas de Laura.
—Fóllame más fuerte —pidió Laura, mirando a Camila a los ojos—. Quiero que me dejes el culo abierto. Y tú, Camila, córrete ya. Quiero sentir cómo te vienes contra mí mientras me la clavan.
Camila metió la mano entre ellas y se frotó el clítoris con dos dedos rápidos, sin dejar de empujar el pubis contra el de Laura. Diego le dio una nalgada sonora a Laura, luego otra, marcando la piel rosa. Aceleró. Las bolas le golpeaban el coño de Laura en cada embiste. El sonido era puro sexo: chasquidos húmedos, gemidos, burbujas, respiraciones entrecortadas.
—Me corro —avisó Camila, voz alta, rota—. No pares, Laura… no… ¡ahí!
Se vino con todo el cuerpo. El coño le chorreó caliente contra el de Laura; los muslos le temblaron; soltó un grito largo que se perdió en el cuello de su amiga. Laura sintió cada contracción y se dejó llevar. El orgasmo le subió desde el culo lleno de polla hasta el clítoris. Se contrajo a espasmos alrededor de Diego, ordeñándolo, gritando su nombre mientras el placer la doblaba.
Diego no se corrió. Se salió con cuidado cuando Laura dejó de temblar, la polla brillante de lubricante y de ella, dura como piedra, las venas marcadas. Se pasó la mano por la longitud una vez, lento, y miró a las dos mujeres jadeando en el agua.
—Todavía no —dijo—. Quiero correrme en las dos bocas a la vez. Pero antes quiero veros chupároslo. Quiero que Camila te limpie el culo con la lengua mientras yo te folló la garganta, Laura. Y después cambiamos. Consenso total. ¿Queréis?
—Sí —contestaron las dos al mismo tiempo, sin dudar.
Camila se arrodilló en el asiento sumergido y le separó las nalgas a Laura con las manos. Metió la lengua sin asco, lamiendo el agujero abierto y sensible, saboreando el lubricante y el rastro de Diego. Laura gimió y se inclinó hacia delante, pechos pesados colgando. Diego se puso de pie en el agua frente a ella, le agarró el pelo mojado y le ofreció la polla gruesa a la boca.
—Ábrete —ordenó con ternura sucia—. Trágatela. Quiero tocar fondo.
Laura abrió la boca y se la embutió. La cabeza morada le rozó la garganta; ella hizo gárgaras sucias, saliva espesa bajando por la barbilla y cayendo al agua. Diego embistió despacio al principio, luego más hondo, follándole la boca mientras Camila le comía el culo con hambre. Las dos mujeres se tocaban: Laura le apretaba una teta a Camila, Camila le metía tres dedos en el coño a Laura y se los curvaba contra el punto dulce.
—Qué putas más perfectas —gruñó Diego, mirando cómo la boca de Laura se estiraba alrededor de su polla—. Camila, más lengua. Ábrele bien ese culo. Laura, traga. Quiero verte babear.
Cambiaron sin palabras. Camila se puso de rodillas al lado de Laura y las dos bocas se turnaron alrededor de la polla de Diego. Lenguas enredadas, besos lésbicos con el glande atrapado entre ellas, babas compartidas. Diego les acariciaba el pelo, las nalgas, les metía dedos en los coños alternando. El vapor subía. El mar sonaba lejos. Ninguno tenía prisa por terminar.
Laura se separó un segundo, labios hinchados y brillantes.
—Quiero que me la metas otra vez en el culo —dijo mirándolo a los ojos—. Y que Camila se siente en mi cara al mismo tiempo. Quiero que me folléis las dos hasta que no pueda más. Y después tú te corres donde digamos. Pactado.
Camila asintió, ya subiéndose al borde otra vez, coño hinchado a la altura de la boca de Laura.
—Pactado. Y yo quiero que me la metas tú después, Diego. En el coño esta vez. Hasta el fondo. Mientras Laura me chupa los pezones y me habla sucio.
Diego sonrió esa sonrisa de depredador que las dos conocían. Se pasó la mano por la polla una vez más, la alineó otra vez contra el culo de Laura y empujó de un solo tajo profundo. Laura gritó de placer contra el coño de Camila, que se le sentó encima sin piedad. La lengua de Laura se perdió entre los labios hinchados de su amiga; Camila se mecía, frotándose, gemiendo. Diego embistía el culo de Laura con fuerza controlada, nalgadas sonoras, sucio y consentido.
—Tomad —les decía, voz grave—. Esta polla es vuestra toda la noche. Laura, ábrete. Camila, córrete en su puta cara otra vez. Yo todavía no he terminado de probraros. Todavía me queda lubricante, ganas y ganas de veros pedírmela de rodillas al amanecer.
El agua burbujeaba más fuerte. Los tres cuerpos se enredaban, brillantes de sudor, semen anterior y lubricante. Laura sentía la polla destrozándole el culo y el sabor del coño de Camila en la lengua. Camila se aferraba al pelo de Laura y miraba a Diego a los ojos mientras se corría otra vez, chorros calientes que Laura tragaba sin apartarse. Diego aceleró, sin correrme todavía, guardando la tensión como un arma afilada.
Cuando Camila se bajó temblando, Laura se giró entre los brazos de Diego, la polla todavía dentro de su culo, y lo besó con lengua profunda, saboreando todo. Camila se pegó a la espalda de Diego y le mordió el hombro.
—No apaguéis nada —susurró Laura contra la boca de él—. Quiero que nos folléis hasta que el sol salga. Quiero tu corrida en mi boca y en la de Camila al mismo tiempo. Y después quiero que me la metas en el coño mientras ella te chupa los huevos. Decidlo. Ahora.
Diego se salió despacio, la polla palpitante, y las miró a las dos con los ojos oscuros de hambre pura.
—Entonces poneos de rodillas juntas —ordenó, ya saliendo del agua y sentándose en el borde con las piernas abiertas—. Chupádmela las dos hasta que os diga dónde me corro. Y después os la voy a meter a las dos otra vez, una en cada agujero que elijáis. La noche es larga. El jacuzzi no se apaga. Y yo todavía no he terminado de comeros vivas.
Laura y Camila se miraron, sonrisas sucias, pechos pesados, coños abiertos y chorreando. Se arrodillaron juntas en el agua, bocas abiertas, lenguas fuera, listas. El mar seguía sonando. Las burbujas no cesaban. La tensión seguía viva, caliente, imperfecta, sin cerrar del todo, con horas enteras de follar por delante y el lubricante todavía a medio gastar en el lateral de piedra.
Las burbujas seguían subiendo cuando Laura y Camila se arrodillaron juntas en el asiento sumergido, el agua caliente lamiéndoles las tetas pesadas y los pezones duros. Diego se sentó en el borde de piedra con las piernas abiertas, la polla gruesa y venosa apuntando hacia ellas, el glande morado todavía brillante de lubricante y del culo de Laura. Las dos se inclinaron al mismo tiempo. Laura le rodeó la base con una mano y se la embutió hasta la garganta, haciendo gárgaras sucias mientras Camila lamió los huevos tensos, chupándolos uno a uno con la lengua ancha y caliente. Se turnaron sin hablar: bocas abiertas, lenguas enredándose alrededor del tronco, babas espesas cayendo al agua en hilos brillantes. Diego les agarró el pelo mojado, empujando despacio primero, luego más hondo, follándoles la garganta a turnos mientras gruñía.
—Así, putas mías… traga, Laura. Camila, lamele los huevos mientras tu amiga se atraganta. Quiero veros compartirla hasta el final.
Laura sacó la polla con un hilo de saliva colgando de la comisura y se la pasó a Camila, que se la tragó entera de un golpe, nariz contra el pubis. Laura se agachó y lamió lo que sobraba, chupando el tronco al mismo tiempo que la lengua de su amiga. El sabor a sexo y lubricante les llenaba la boca. Diego jadeaba, las bolas subiéndole ya. Las apartó con suavidad y se bajó al agua otra vez.
—Ahora os la meto como habéis pedido —dijo, voz ronca—. Laura, a cuatro patas. Camila, siéntate en su cara. Consenso total. Quiero correrme dentro de una de vosotras y que la otra me limpie.
Laura se puso a cuatro en el asiento sumergido, culo en alto, el agujero todavía abierto y sensible de la follada anterior. Camila se le subió encima al revés, rodillas a ambos lados de la cabeza de su amiga, y se sentó con todo el peso sobre su boca. Laura abrió la lengua de inmediato, lamiendo el coño hinchado y chorreante de Camila, succionando el clítoris mientras Diego se colocaba detrás. Alineó la polla contra el culo de Laura otra vez, empujó de un solo tajo profundo y se enterró hasta las bolas. Laura gritó contra el coño de Camila; el sonido vibró húmedo y sucio. Diego embistió con fuerza controlada, nalgadas sonoras que hacían rebotar la carne madura, el agua chapoteando en ritmo obsceno.
—Toma esta polla en el culo, Laura —gruñó, agarrándola de las caderas—. Ábrete. Y tú, Camila, córrete en su puta cara. Quiero oírla beberte.
Camila se mecía, frotándose contra la lengua de Laura, pechos firmes rebotando, manos en el pelo de su amiga. Cada embestida de Diego empujaba a Laura más contra ella. Laura metió dos dedos en el coño de Camila al mismo tiempo que lamiaba, curvándolos, buscando ese punto esponjoso. Camila se corrió primero, gritando alto, muslos temblando, chorros calientes que Laura tragó sin apartarse, lamiendo hasta el último espasmo. Diego aceleró, follándole el culo a Laura sin piedad, el lubricante y la saliva brillando entre las nalgas. Laura se vino con él todavía dentro, el esfínter cerrándose a convulsiones alrededor de la polla gruesa, el coño contrayéndose en el vacío, gritos ahogados en el pubis de Camila.
Diego se salió jadeando, todavía duro, y cambió. Empujó a Camila suavemente hacia atrás hasta que quedó recostada en el borde, piernas abiertas. Se colocó entre ellas y le embistió el coño de un solo tajo, profundo, hasta el fondo. Camila arqueó la espalda y gritó de placer. Laura se arrodilló al lado, le chupó los pezones duros, tiró de ellos con los dientes y le habló sucio al oído mientras Diego la follaba.
—Míralo cómo te la clava, Camila. Ese coño de veintinueve años tragándose toda la polla. Quiero que te corras otra vez. Quiero ver cómo te ordeña.
Diego le metió el pulgar en el culo todavía abierto a Camila mientras la embestía, y ella se vino casi al instante, gritando el nombre de los dos, el coño apretando la polla a espasmos. Diego no se detuvo. Se salió, se sentó en el borde otra vez y las atrajo a las dos de rodillas frente a él.
—Ahora las dos bocas —ordenó—. Quiero correrme en las dos a la vez. Abrid.
Laura y Camila se pegaron mejilla contra mejilla, bocas abiertas, lenguas fuera. Diego se masturbó rápido sobre ellas, la mano subiendo y bajando por la longitud gruesa y brillante. El primer chorro les pegó en la lengua a las dos; el segundo les llenó la boca; el tercero les manchó la barbilla y las tetas. Se lo tragaron juntas, lamiéndose los labios, compartiendo el semen denso y salado con un beso profundo y sucio mientras Diego se vaciaba hasta la última gota, gemiendo bajo, la polla palpitando entre sus lenguas.
Se quedaron así un rato largo, respirando agitados, el agua del jacuzzi todavía burbujeando alrededor de los cuerpos sudorosos y brillantes. Diego bajó al agua y las atrajo contra su pecho, un brazo alrededor de cada una. Se limpiaron con las toallas calientes que quedaban, dedos lentos, besos suaves en hombros y cuellos. Laura le secó el semen de la barbilla a Camila; Camila le limpió el rastro que le bajaba por el pecho a Diego; él les besó la frente a las dos.
—Cada fin de semana —repitió Laura, voz ronca de tanto gritar, apoyada entre ellos—. Aquí. Las tres cosas. Pactado de verdad.
Camila asintió, todavía temblando un poco, y le mordisqueó el pezón a Diego al pasar.
—Pactado. Y la próxima traigo más lubricante. Y ganas de que me la metáis las dos a la vez otra vez.
Diego rió bajo, ya más calmado, y les apretó el culo a las dos con cariño posesivo.
—La noche se ha acabado, pero el jacuzzi sigue caliente. Y yo también. Aunque ahora… ahora solo quiero teneros así un rato.
Se acurrucaron en el agua, piernas enredadas, el mar sonando lejos, el vapor subiendo contra el cristal. Laura cerró los ojos un segundo, la mejilla contra el pecho de Diego, la mano de Camila en su muslo. El semen y los fluidos se diluían en las burbujas. El cansancio dulce les pesaba en los párpados, pero la sonrisa sucia no se les iba de la cara.
Ninguno habló más en un rato. Solo el chapoteo suave y la respiración acompasada. Camila se quedó medio dormida contra el hombro de Laura. Diego les acariciaba la espalda con la yema de los dedos, ya sin prisa. Laura, en cambio, mantuvo los ojos abiertos un poco más, mirando el vapor y las luces azules. Sonrió para sus adentros, un secreto caliente y privado que no pensaba decir todavía: llevaba semanas planeando exactamente esta noche, sabiendo que Camila se había liberado del cierre porque ella misma había llamado al editor anónimo y había movido dos contactos para que el reportaje se retrasara a propósito. Quería a los dos juntos, desatados, sin excusas. Y ahora los tenía. El semen de Diego todavía le sabía en la boca y el culo le latía abierto y satisfecho. Nadie más lo sabía. Ni Diego. Ni Camila. Solo ella, y el agua que no dejaba de burbujear mientras el sol empezaba a asomar lejano por el horizonte de la costa.
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