Máscara y Hielo: Me Entregué al Desconocido Mientras Él Observaba
Fiona, de 32 años, se entrega a un desconocido enmascarado mientras su marido Everett, de 35, los observa y se masturba excitado.
Fiona sintió el pulso acelerado en la garganta mientras el coche negro se detenía frente al imponente edificio del club. A sus treinta y dos años, casada desde hacía ocho con Everett, nunca imaginó que llegaría tan lejos. El vestido negro que él mismo había elegido se pegaba a su cuerpo como una promesa sucia: el escote en pico descendía hasta casi el ombligo, dejando que sus tetas pesadas y redondas se asomaran con cada respiración, los pezones ya endurecidos rozando la tela fina. La falda apenas cubría la mitad de sus muslos firmes, y debajo no llevaba nada. Ni tanga, ni sujetador. El aire frío de la noche lamía directamente su coño depilado, y eso la hacía sentir expuesta, vulnerable y, sobre todo, terriblemente mojada.
Everett, de treinta y cinco años, apagó el motor y la miró con esa mezcla de amor y hambre que siempre la desarmaba. Su máscara plateada ocultaba solo la mitad superior de su rostro, pero sus ojos azules brillaban con la excitación que llevaba meses cultivando en ella.
—¿Nerviosa? —preguntó con voz baja, ronca, mientras su mano se posaba en el muslo desnudo de ella. Sus dedos subieron lentamente, casi rozando los labios hinchados de su sexo.
—Mucho —admitió Fiona, mordiéndose el labio inferior. Su interior era un torbellino. Por un lado, la vergüenza de ser vista así, como una esposa que se ofrece. Por otro, el calor líquido que ya empezaba a correr por sus muslos. Everett había pasado noches enteras susurrándole al oído cómo quería verla abierta para otro hombre, cómo se correría solo con mirarla mientras una polla extraña la follaba sin piedad. Y ella, después de fingir que se horrorizaba, había terminado corriéndose con los dedos cada vez que él lo describía.
—Bien. Quiero que estés nerviosa. Eso te pone más cachonda —dijo él, inclinándose para besarle el cuello. Su aliento caliente le erizó la piel—. Elige al que quieras esta noche, Fiona. El que te moje el coño con solo mirarte. Acércate, flirtea, déjate tocar… y cuando decidas que es él, entrégate. Yo estaré cerca, en las sombras, con la polla en la mano, masturbándome mientras te veo convertirte en mi hotwife puta.
Las palabras crudas la golpearon directo entre las piernas. Fiona apretó los muslos, sintiendo cómo su clítoris palpitaba. Miró hacia el club: luces rojas y doradas se filtraban por las ventanas tintadas, y la música grave se sentía incluso desde la acera. Máscaras de todo tipo cubrían los rostros de quienes entraban: venecianas elaboradas, simples de cuero negro, algunas con plumas. Todos parecían elegantes, ricos y peligrosamente libres.
Everett bajó primero y le ofreció la mano. Cuando ella salió del coche, el vestido se subió un poco más y sintió la mirada del valet sobre sus piernas. No se bajó la falda. Que mirara. Esa noche todo estaba permitido.
Dentro, el aire era espeso, perfumado con incienso caro y deseo contenido. El vestíbulo estaba iluminado por candelabros eléctricos que imitaban velas, proyectando sombras largas sobre las paredes de terciopelo negro. Una mujer alta con máscara de lobo les entregó dos copas de champagne sin preguntar. Fiona bebió un sorbo, pero no más. No quería que nada nublara lo que estaba a punto de hacer. Quería sentirlo todo.
Everett la guio hacia el salón principal, su mano firme en la parte baja de su espalda, justo donde el vestido terminaba y empezaba la curva de su culo. La sala era enorme, con sofás de cuero dispuestos en rincones estratégicos, una pista de baile en el centro y una barra larga de mármol donde varios invitados charlaban. Todos llevaban máscaras. Nadie mostraba su rostro completo, y eso lo hacía más excitante. Fiona sintió decenas de miradas clavarse en ella: en sus tetas casi desnudas, en el contorno visible de sus pezones, en la forma en que sus caderas se movían al caminar.
—Joder, mírate —susurró Everett en su oído, pegando su cuerpo al de ella desde atrás—. Estás empapada, ¿verdad? Puedo oler tu coño desde aquí. Todas esas pollas anónimas ya están duras por ti.
Fiona tragó saliva. Su marido tenía razón. El calor entre sus piernas era casi insoportable. Caminaron lentamente por el perímetro de la sala. Everett la hacía girar suavemente para que pudiera observar a los hombres. Un tipo alto con máscara negra y traje a medida la miró sin disimulo, deteniendo sus ojos en la carne expuesta de sus senos. Tenía hombros anchos, manos grandes. Fiona imaginó esas manos apretando sus caderas mientras la penetraba. Sintió un latigazo de deseo y apartó la mirada, sonrojada.
—¿Ese? —preguntó Everett, notando su reacción. Su voz era pura lujuria contenida—. ¿Te imaginas de rodillas chupándole la verga mientras yo miro?
—Para —suplicó ella en voz baja, aunque su cuerpo decía lo contrario. Sus pezones estaban tan duros que dolían. Everett rio suavemente y la llevó hacia un rincón más oscuro, detrás de una columna tallada. Allí la apretó contra la pared con su cuerpo. Fiona sintió la erección de su marido contra su vientre.
—No pares, amor. Dime qué sientes —exigió él, deslizando una mano por debajo del vestido. Sus dedos encontraron los labios resbaladizos de su coño y los separó con lentitud, rozando el clítoris hinchado—. Estás chorreando. Tu coño está rogando que lo llenen.
Fiona jadeó, aferrándose a los hombros de Everett. La columna los ocultaba parcialmente, pero cualquiera que mirara con atención vería el movimiento de su brazo bajo la tela negra.
—Estoy muerta de miedo… y muerta de ganas —confesó entre dientes—. Llevo semanas tocándome pensando en esto. En que un desconocido me folle sin saber su nombre, con su máscara puesta, mientras tú… mientras tú te corres mirándonos.
Everett metió dos dedos dentro de ella con facilidad. Fiona ahogó un gemido contra su cuello. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo era obsceno en medio de la música.
—Esa es mi chica —gruñó él—. Esta noche no eres mi esposa recatada. Eres una zorra caliente que va a abrir las piernas para quien yo te diga… o para quien tú elijas. Y yo voy a estar ahí, sacándome la polla, pajeándome lento para no correrme demasiado pronto. Quiero verte correrte en otra verga. Quiero ver cómo te llenan el coño de leche mientras me miras a los ojos.
Las palabras sucias la empujaron más cerca del orgasmo. Los dedos de Everett la follaban con ritmo preciso, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. Fiona miró por encima del hombro de él hacia la sala. Allí, apoyado en la barra, había un hombre que no había visto antes. Alto, de complexión fuerte, quizás unos cuarenta años. Llevaba una máscara dorada que cubría la mitad de su rostro, dejando ver solo una mandíbula cuadrada y una barba corta bien cuidada. Su traje negro se ajustaba a unos brazos musculosos. La observaba directamente. No apartaba la mirada.
Cuando sus ojos se encontraron a través de la distancia y las máscaras, Fiona sintió que su coño se contraía alrededor de los dedos de Everett. El desconocido inclinó ligeramente la cabeza, como si supiera exactamente lo que estaba pasando en ese rincón oscuro. Como si pudiera oler su excitación desde allí.
—Everett… —susurró ella, sin dejar de mirar al hombre de la máscara dorada—. Hay uno… mirándome. No para de mirarme.
Su marido giró la cabeza lo suficiente para verlo, sin dejar de mover los dedos dentro de ella.
—Joder, sí. Ese tiene pinta de tener una polla gruesa. ¿Quieres que te folle, Fiona? ¿Quieres que te abra ese coño bonito mientras yo me pajeo a dos metros?
Fiona no respondió con palabras. Solo gimió bajito cuando Everett aceleró el movimiento de sus dedos. El desconocido de la máscara dorada dio un paso hacia ellos, pero se detuvo, como si esperara una señal. La tensión era eléctrica. El corazón de Fiona latía tan fuerte que parecía que iba a salírsele del pecho. Su clítoris palpitaba, sus jugos corrían por la mano de su marido, y la mirada de ese extraño la estaba desnudando más que el vestido mismo.
Everett sacó los dedos de repente, dejándola vacía y desesperada. Se los llevó a la boca y los chupó con deleite delante de ella.
—Ve y acércate a él —ordenó con voz ronca—. Habla. Toca. Siente si es el que quieres. Yo me quedaré atrás, observando. Cuando estés lista para entregarte, solo tienes que mirarme una vez. Sabré lo que significa.
Fiona respiró agitada, las piernas temblando. El desconocido de la máscara dorada seguía allí, ahora con una leve sonrisa en los labios. El aire entre ellos parecía cargado de electricidad. Ella dio un paso fuera del rincón, sintiendo cómo el vestido se le pegaba a los muslos mojados. Su coño palpitaba con cada latido. Sabía que estaba a punto de cruzar la línea de la que no había vuelta atrás.
Miró una última vez a Everett, quien ya se había retirado unos metros hacia las sombras, la mano discretamente cerca de su bragueta. Luego volvió la vista hacia el hombre enmascarado.
Y empezó a caminar hacia él.
La noche apenas comenzaba.
Fiona avanzó hacia él con el pulso retumbando en las sienes y un calor líquido que le empapaba los muslos. Cada paso hacía que la falda negra se le subiera un poco más, dejando que el aire del club le lamiera directamente el coño hinchado y sin una gota de tela que lo protegiera. Sus tetas pesadas, casi desnudas en el escote pronunciado, subían y bajaban con cada respiración agitada, los pezones erectos marcándose obscenamente contra la tela fina. El desconocido de treinta y ocho años la esperaba junto a la barra, alto como una torre, hombros anchos y brazos que tensaban las mangas del traje negro. La máscara plateada le cubría la mitad superior del rostro, dejando a la vista una mandíbula fuerte, barba corta bien recortada y una boca que prometía pecado. Sus ojos la devoraron sin vergüenza.
Cuando estuvo a menos de un metro, él extendió una mano grande y la tomó por la cintura sin pedir permiso. El contacto quemaba. Fiona sintió la fuerza contenida en esos dedos, la forma en que la atraía hacia su pecho como si ya fuera suya.
—Así que decidiste acercarte, zorra —murmuró él con voz grave y ronca, inclinándose hasta que su aliento le rozó la oreja—. Te vi hace rato, corriéndote casi en los dedos de tu marido mientras me mirabas. Treinta y ocho años viendo coños mojados y nunca había olido uno tan desesperado como el tuyo.
Fiona tragó saliva, pero no se apartó. Al contrario, su cuerpo se inclinó hacia él por instinto. La química era brutal, instantánea, como si sus pieles se reconocieran de otra vida. El bulto duro que presionaba contra su vientre era grueso, largo, y palpitaba con cada latido.
—Tengo treinta y dos —susurró ella, mirándolo a través de las máscaras—. Y sí… estoy empapada. Mi marido me trajo aquí para esto. Quiere verme convertida en su hotwife, abierta para un desconocido como tú.
Él rio bajito, un sonido que vibró en el pecho de Fiona. Su mano bajó sin disimulo hasta posarse en su culo desnudo bajo la falda. Los dedos apretaron la carne firme, separando ligeramente las nalgas y rozando con un nudillo los labios resbaladizos de su sexo. Ella jadeó, clavando las uñas en los hombros de él.
—Joder, qué coño más caliente —gruñó el enmascarado, metiendo apenas la yema de un dedo entre sus pliegues—. Está chorreando, nena. Te corre por los muslos. ¿Quieres que te folle aquí mismo? ¿Quieres que tu marido nos vea mientras te parto en dos con esta verga?
Fiona miró de reojo hacia el rincón oscuro. Everett estaba allí, medio oculto entre las sombras, con los ojos brillantes de pura lujuria. Su mano ya se movía lentamente dentro de los pantalones. El gesto de aprobación que le hizo con la cabeza fue claro: «Entrégate. Déjate usar». Eso la desató.
—Sí —respondió ella, pegándose más al cuerpo musculoso del extraño—. Quiero que me toques. Quiero que me hagas tuya mientras él mira.
Sin decir más, él la tomó de la mano y la llevó al centro de la pista de baile. La música era un pulso grave y lento, casi tribal, que retumbaba en el vientre y entre las piernas. Las luces rojas y doradas caían sobre ellos como lluvia caliente. Apenas llegaron al centro, el desconocido la pegó contra su cuerpo con fuerza. Fiona sintió cada centímetro de su erección enorme presionando contra su estómago. Sus tetas se aplastaron contra el pecho duro de él, los pezones rozando la tela de su traje y enviando chispazos de placer directo a su clítoris.
Empezaron a moverse. Las manos de él bajaron hasta sus caderas, guiándola, apretándola, haciendo que su coño se frotara contra el muslo musculoso que él había colocado entre sus piernas. La falda se le subió hasta la cintura; cualquiera que mirara vería su culo desnudo y brillante de jugos. A Fiona ya no le importaba. El desconocido inclinó la cabeza y le mordió suavemente el cuello, lamiendo después la piel sensible.
—Eres una puta preciosa —le susurró al oído mientras sus caderas giraban al ritmo de la música, restregando su polla contra ella—. Treinta y dos años, casada, y muriéndote por una verga que no es la de tu marido. Me encanta. Siento cómo te palpita el coño contra mi pierna. Estás dejando tu olor en mis pantalones, zorra.
Fiona gimió, escondiendo la cara en el cuello de él. Sus propias manos bajaron por el pecho ancho, sintiendo los músculos marcados, y se atrevieron a acariciar la polla por encima de la tela. Era gruesa, venosa, tan grande que sus dedos no se cerraban alrededor. La masturbó lentamente, siguiendo el ritmo de la música, mientras él metía una mano entre sus cuerpos y encontraba su clítoris hinchado.
—Así, tócame la polla —ordenó él, metiendo dos dedos gruesos de golpe en su coño empapado—. Quiero que te corras un poco antes de follarte de verdad. Tu marido está mirando, ¿lo sabes? Lo veo desde aquí. Se está pajeando como un pervertido mientras otro hombre te mete los dedos hasta el fondo.
Fiona miró de nuevo. Everett había salido un poco más de las sombras. Su máscara plateada brillaba bajo una luz lejana. Tenía la bragueta abierta y su polla dura en la mano. Se la acariciaba con movimientos largos y lentos, sin prisa, disfrutando del espectáculo. Cuando sus miradas se cruzaron a través de la pista, Everett asintió otra vez, más fuerte, con la boca entreabierta de placer. Sus labios formaron la palabra «sí» y luego «fóllatelo». El amor y la depravación en sus ojos azules fueron el último empujón que Fiona necesitaba.
Se entregó por completo.
Su cuerpo se relajó contra el del desconocido, abriendo más las piernas para que aquellos dedos la follaran con más profundidad. El sonido húmedo y obsceno de su coño chupando los dedos se mezclaba con la música. Ella aceleró el movimiento de su mano sobre la polla de él, apretando, sintiendo cómo se ponía aún más dura.
—Quiero tu verga dentro —suplicó Fiona contra su boca, besándolo con lengua y saliva, mordiéndole el labio inferior—. Quiero que me folles delante de él. Quiero que me llenes mientras Everett se corre mirándonos. Soy tu puta esta noche. Úsame.
El hombre de treinta y ocho años sacó los dedos de su coño y se los metió en la boca a ella, obligándola a probar su propio sabor. Después la besó con violencia, compartiendo los jugos, mientras sus manos grandes le amasaban las tetas por dentro del escote, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir dentro de su boca.
—Buena hotwife —gruñó él, girándola de repente para pegarse a su espalda. Ahora bailaban pegados, culo contra polla. Él le subió del todo la falda y frotó su verga dura entre las nalgas desnudas de Fiona, deslizándose por la humedad que le corría hasta las rodillas—. Siente lo que te voy a meter. Voy a abrirte ese coñito apretado hasta que grites. Y tu marido va a ver cada centímetro desaparecer dentro de ti.
Fiona echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de él. Sus caderas se movían solas, buscando más fricción. El desconocido le separó las piernas con una rodilla y dejó que la cabeza gruesa de su polla rozara directamente su entrada, sin penetrarla todavía, solo provocándola. El roce era enloquecedor. Ella estaba a punto de correrse solo con eso.
Volvió a mirar a Everett. Su marido ahora se masturbaba con más urgencia, la mano subiendo y bajando por su polla mientras los observaba desde el rincón. Tenía las mejillas rojas, la respiración visiblemente agitada. Fiona sintió una oleada de amor sucio y excitación pura. Esto era lo que él había soñado durante meses. Y ella, por fin, se estaba entregando sin reservas.
—Estoy lista —jadeó, girando la cabeza para morder el cuello del desconocido—. Llévame donde quieras y fóllame. Que mi marido vea cómo me haces tuya.
El enmascarado plateado la apretó con más fuerza, frotando su polla entre sus labios empapados, cada vez más cerca de entrar. La tensión era insoportable. Los cuerpos seguían moviéndose al ritmo lento y sexual de la música, pero ahora era claro que pronto dejarían de bailar. Pronto la penetraría. Pronto Everett vería cómo otro hombre la reclamaba por completo.
Y Fiona ya no tenía miedo. Solo tenía hambre. Un hambre sucia, mojada y sin límites que crecía con cada roce, cada mirada de su marido y cada palabra obscena que el desconocido le susurraba al oído mientras la pista de baile se convertía en su escenario particular de perdición.
El desconocido la tomó de la mano con firmeza y la sacó de la pista sin decir una palabra más. Fiona lo siguió con las piernas temblorosas, el coño tan mojado que sentía cómo sus jugos le resbalaban por el interior de los muslos con cada paso. La falda arrugada apenas le cubría nada, y sus tetas pesadas amenazaban con salirse del escote destrozado. Everett caminaba unos metros atrás, la máscara plateada brillando bajo las luces rojas, la mano ya dentro de los pantalones acariciándose la polla con lentitud mientras los observaba. Subieron por una escalera estrecha hasta una habitación privada en el piso superior, un espacio amplio con una pared completa de cristal que ofrecía vistas directas al salón de abajo. Desde allí se veía todo: la pista de baile, los cuerpos enmascarados moviéndose, las copas de champagne. Cualquiera que mirara hacia arriba podía ser testigo de lo que estaba a punto de ocurrir.
El enmascarado cerró la puerta tras de sí. Everett entró también y se sentó en una butaca de cuero negro colocada estratégicamente frente a la ventana, con la bragueta abierta y la polla dura en la mano. No dijo nada. Solo miró, respirando agitado, comenzando a masturbarse con movimientos pausados pero firmes. Tenía treinta y cinco años y en sus ojos solo había hambre pura, amor sucio y aprobación total.
El hombre de treinta y ocho años, alto y musculoso bajo el traje negro, se volvió hacia Fiona. Sin preámbulos, agarró el escote ya maltrecho de su vestido negro con las dos manos grandes y lo rasgó hacia abajo de un tirón salvaje. La tela cedió con un sonido rasposo y obsceno, abriéndose como una fruta madura. Los pechos de Fiona, pesados, redondos y con los pezones oscuros y erectos, saltaron libres, balanceándose con el movimiento brusco. El vestido cayó destrozado hasta su cintura y luego al suelo cuando él terminó de arrancarlo por completo. Ahora estaba totalmente desnuda salvo por los tacones altos de aguja. El aire fresco de la habitación le erizó la piel. Su coño depilado, hinchado y brillante de excitación, quedaba expuesto sin piedad. Sintió una oleada de vergüenza caliente mezclada con un deseo tan intenso que le dolía el clítoris. “Tengo treinta y dos años, soy su esposa desde hace ocho… y aquí estoy, desnuda delante de un desconocido mientras mi marido se pajea mirándome. Joder, nunca había estado tan mojada”, pensó, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerse sangre.
—Mírate, zorra —gruñó el enmascarado, pasando una mano áspera por sus tetas, pellizcando un pezón con fuerza suficiente para hacerla jadear—. Estas tetas están pidiendo que las usen. Y ese coño… está chorreando como una fuente. De rodillas. Ahora.
Fiona obedeció al instante, cayendo de rodillas sobre la alfombra gruesa. Su cara quedó a la altura de la bragueta del hombre. Él se abrió los pantalones y sacó su polla gruesa, venosa, larga y pesada. La cabeza morada brillaba ya con precum. Fiona la miró con verdadera hambre, sintiendo la boca llenársele de saliva. Everett, desde su silla, aceleró un poco el movimiento de su mano sobre su propia verga, pero no se movió del sitio. Solo observaba.
Ella no esperó permiso. Tomó aquella polla caliente con las dos manos, sintiendo cómo latía, y la lamió desde los huevos pesados y cargados hasta la punta, saboreando el gusto salado y masculino. Luego abrió la boca todo lo que pudo y se la metió con ansia, tragando varios centímetros de golpe. El grosor le estiraba los labios y le llenaba la boca por completo. Empezó a chupar con dedicación absoluta, moviendo la cabeza adelante y atrás, haciendo que la polla entrara y saliera entre sonidos húmedos y gargareos cuando llegaba al fondo de su garganta. Las lágrimas le rodaban por las mejillas por el esfuerzo, pero no paraba. Al contrario, succionaba más fuerte, girando la lengua alrededor del tronco, lamiendo las venas hinchadas, bajando una mano para masajearle los huevos.
—Así, mamándomela como una puta desesperada —gruñó él, enredando los dedos en el pelo de Fiona y follándole la boca con embestidas cortas pero profundas—. Mira a tu marido. Míralo mientras te atragantas con una polla que no es la suya.
Fiona giró los ojos hacia Everett sin sacar la verga de su boca. Su marido tenía la cara enrojecida, la mano subiendo y bajando por su polla con ritmo constante, la mirada clavada en los labios estirados de su esposa. Eso la excitó todavía más. Chupó con renovada ferocidad, babeando abundantemente, dejando que la saliva le cayera por la barbilla y salpicara sus tetas desnudas. “Quiero que se corra mirándome. Quiero que vea cómo me entrego”, pensó ella mientras tragaba más profundo, sintiendo la polla palpitar contra su lengua.
El desconocido la levantó de repente, tirándola sobre el sofá amplio y poniéndola a cuatro patas. El culo de Fiona quedó en alto, el coño abierto y chorreante expuesto. Desde la ventana de cristal, varias personas del salón de abajo habían empezado a mirar hacia arriba, atraídas por las luces de la habitación. Eso solo aumentó su excitación.
Él se colocó detrás, agarró sus caderas con fuerza y metió la polla de un solo empujón brutal hasta el fondo. Fiona gritó, un gemido largo y ronco que resonó en la habitación. La estiraba hasta el límite, tocando lugares que nunca habían sido tocados con tanta profundidad.
— ¡Sí! ¡Fóllame! —suplicó ella, empujando hacia atrás contra él.
El desconocido empezó a follarla salvajemente en cuatro patas. Sus caderas chocaban contra el culo de Fiona con golpes secos y potentes, haciendo que sus nalgas se sacudieran y enrojecieran. Cada embestida la desplazaba hacia adelante, sus tetas colgando y balanceándose como péndulos. Él le daba nalgadas fuertes, el sonido seco resonando junto a los gemidos húmedos del coño tragándose aquella verga una y otra vez.
— ¡Más fuerte! ¡Rómpeme el coño, por favor! —gritaba Fiona, la voz rota de placer—. ¡No pares! ¡Quiero que me destroces!
Everett seguía en su silla, la mano moviéndose más rápido sobre su polla, pero sin intervenir. Solo respiraba con fuerza, los nudillos blancos de tanto apretar. Fiona se corrió por primera vez con un chillido agudo, su coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla invasora, soltando un chorro de jugos que le bajaron por los muslos. Aun así, siguió suplicando.
— ¡Más! ¡Dame más polla!
El enmascarado la levantó como si no pesara nada. Fiona rodeó su cintura con las piernas mientras él la presionaba contra la pared de cristal. Desde abajo, los invitados del salón ahora miraban abiertamente. La polla del desconocido volvió a entrar en ella con fuerza demoledora. En esta posición, la penetración era aún más profunda. Cada embestida la levantaba y la dejaba caer sobre aquella verga gruesa, golpeando su cervix y enviando descargas de placer doloroso que la hacían gritar.
— ¡Joder, sí! ¡Así! ¡Ábreme entera! —gemía ella contra su cuello, lamiendo la piel por encima de la máscara, clavándole las uñas en los hombros—. ¡Soy tu puta esta noche! ¡Fóllame contra el cristal para que todos vean!
Sus tetas se aplastaban contra el pecho de él, los pezones sensibles rozando la tela del traje. El desconocido la sujetaba por el culo con manos de hierro, levantándola y bajándola sin piedad, follándola contra la pared como si quisiera partirla en dos. Fiona sintió otro orgasmo acercarse, su clítoris frotándose contra el hueso púbico de él con cada golpe.
Después de varios minutos de esa follada brutal, él la llevó hasta la cama, se sentó en el borde y la colocó encima.
—Ahora móntame, zorra. Cabálgame con todo. Quiero verte rebotar como la hotwife desesperada que eres.
Fiona, con las piernas temblando, se sentó a horcajadas sobre él. Agarró aquella polla empapada de sus propios jugos y la guió hasta su entrada. Se dejó caer con brutalidad, empalándose hasta el fondo de un solo golpe. Un gemido gutural salió de su garganta. Empezó a cabalgarlo con verdadera salvajería, subiendo casi hasta sacar la polla y dejándose caer con fuerza, golpeando sus nalgas contra los muslos de él. Sus tetas saltaban violentamente. Se tocaba el clítoris con una mano mientras con la otra se apoyaba en el pecho ancho del desconocido.
— ¡Qué polla tan rica! ¡Me estás llenando tanto! —gritaba entre saltos—. ¡Quiero más! ¡Quiero que me destroces el útero! ¡No pares, por favor!
El ritmo era brutal. El sudor le corría por la espalda, sus muslos ardían por el esfuerzo, pero no disminuía la velocidad. Rebotaba con furia, girando las caderas, contrayendo su coño alrededor de aquella verga que la partía. Everett, desde su silla, se masturbaba con desesperación, la polla brillando de precum, pero seguía sin intervenir, solo devorando la escena con los ojos.
El desconocido rugió de pronto. Agarró las caderas de Fiona con fuerza brutal y empujó hacia arriba, enterrándose hasta el fondo mientras empezaba a correrse. Chorros espesos, calientes y abundantes de semen le inundaron el coño, llenándola hasta rebosar. Fiona explotó en un orgasmo devastador, gritando incoherentemente, el cuerpo convulsionando, el coño ordeñando cada gota de leche espesa.
— ¡Lléname! ¡Dame toda tu corrida! ¡Quiero más! ¡No te saques todavía! —suplicaba ella mientras sentía cómo el semen caliente la llenaba, saliendo alrededor de la polla y goteando sobre las sábanas.
El desconocido siguió corriéndose durante largos segundos, gruñendo contra su cuello. Fiona se derrumbó sobre él, temblando, el coño aún lleno y palpitante, el semen empezando a escaparse en gruesos hilos por sus muslos. Everett se corrió también en silencio en su propia mano, jadeando pesadamente, la mirada fija en el coño desbordado de su esposa.
Pero cuando Fiona levantó la vista hacia la ventana de cristal, vio que más máscaras del salón de abajo los observaban con avidez. El desconocido todavía estaba semi-duro dentro de ella, su mano acariciando lentamente la curva de su culo, y una sonrisa oscura se dibujaba bajo su máscara. La noche aún no había terminado. El deseo seguía ardiendo en su vientre, más sucio y más fuerte que nunca. Everett, limpiándose la mano, la miraba con esa misma hambre insaciable, como si supiera que esto solo era el preludio de algo aún más intenso.
Fiona permaneció unos instantes más derrumbada sobre la cama, el cuerpo completamente bañado en sudor, con gotas gruesas resbalando entre sus tetas pesadas y por la curva de su espalda hasta perderse en la hendidura de su culo enrojecido. Sus piernas temblaban sin control, los muslos internos brillantes por la mezcla de sus propios jugos y el semen espeso que no dejaba de brotar de su coño bien follado. El desconocido de treinta y ocho años se apartó del todo, guardando aquella verga venosa aún semidura dentro de los pantalones con un gruñido satisfecho, y salió de la habitación sin mirar atrás, dejando tras de sí el olor denso a coño recién reventado, saliva y leche caliente. Fiona, de treinta y dos años, sentía cada contracción de su vagina como un latigazo; el semen del enmascarado salía en lentos y espesos borbotones, resbalando por sus labios hinchados, bajando en hilos pegajosos por la cara interna de sus muslos y formando un charco obsceno bajo ella. Su clítoris palpitaba aún, rojo e hipersensible, y cada vez que respiraba profundo sus tetas se sacudían con el movimiento, los pezones duros como piedras.
Se incorporó con dificultad, las rodillas flojas, el equilibrio precario sobre los tacones altos. El semen seguía escapando de su interior con cada movimiento, un goteo constante y caliente que le recordaba exactamente lo que acababa de ocurrir: había dejado que un completo extraño le inundara el útero mientras su marido se pajeaba a dos metros. El pensamiento la hizo apretar los dientes de pura excitación residual. Caminó hacia Everett con pasos temblorosos, las piernas inestables, el coño emitiendo un sonido húmedo y sucio con cada roce de sus muslos. El semen le llegaba ya a las pantorrillas, seco en algunas partes, fresco y espeso en otras, y el aire fresco de la habitación le erizaba la piel sudorosa.
Everett, de treinta y cinco años, se levantó de la butaca de cuero con la polla todavía fuera, brillante de su propia corrida. Sus ojos azules detrás de la máscara plateada devoraban cada detalle: el pelo pegado a la cara de su esposa, las marcas rojas de dedos en sus caderas, el coño abierto y destrozado que chorreaba sin vergüenza. No dijo nada. Solo extendió la mano, la agarró por la nuca con fuerza posesiva y la atrajo de un tirón brutal para besarla. El beso fue inmediato, profundo y salvaje. Su lengua invadió la boca de Fiona sin piedad, lamiendo cada rincón, succionando su saliva y probando el sabor residual del desconocido: el gusto salado y almizclado de la polla gruesa que ella había mamado con ansia, el leve regusto a precum seco en su lengua, el aroma fuerte de una verga ajena que había estado hasta el fondo de su garganta. Everett gruñó dentro del beso, mordiéndole el labio inferior, lamiendo el interior de sus mejillas como si quisiera beberse hasta la última gota de la depravación.
Fiona gimió contra su boca, las piernas temblando más fuerte ahora que sentía los dedos de él clavándose en su nuca. “Está probando exactamente lo que acabo de hacer”, pensó ella mientras la lengua de su marido exploraba sin descanso. “Sabe a polla extraña, a la verga que me ha follado la boca y el coño hasta dejarme rota. Y le encanta.” El beso se volvió más sucio, más baboso; saliva les corría por la barbilla, mezclándose con el sudor de sus caras. Everett bajó una mano entre sus cuerpos y metió tres dedos de golpe en el coño rebosante, removiendo el semen con movimientos circulares y obscenos que producían un chapoteo húmedo y constante. Sacó los dedos cubiertos de aquella crema blanca y se los metió a ambos en la boca, obligándola a probar la mezcla de su propio coño y la corrida del desconocido mientras seguían besándose.
— Joder, Fiona, sabes a puta barata —gruñó él contra sus labios, sin separar apenas las bocas, la voz ronca y cargada de lujuria—. Sabes a verga de otro, a leche espesa que te ha llenado como a una zorra en celo. Tu boca está impregnada de él. Me has puesto como un animal viéndote rebotar en esa polla mientras yo me pajeaba.
— Me ha destrozado el coño —jadeó ella, temblando entera, el semen aún saliendo de su interior y mojando los dedos de Everett—. Lo sentí hasta el fondo, corriéndome dentro como si no fuera a parar nunca. Y tú ahí, con la polla en la mano, corriéndote como un cornudo pervertido mientras otro me usaba. Me encantó. Quiero repetirlo.
Se besaron otra vez, más violento, más largo, con Everett chupándole la lengua y probando cada resto del desconocido. El beso duró minutos, sucio, baboso, lleno de gemidos y palabras entrecortadas. Cuando por fin se separaron, un hilo espeso de saliva y semen mezclado les colgaba de los labios. Fiona apenas se sostenía en pie, las piernas convertidas en pura gelatina, el cuerpo sudoroso brillando bajo las luces.
— Esta es solo la primera de muchas noches —dijo Everett, limpiándose la boca con el dorso de la mano pero sin dejar de mirarla con hambre pura—. Te vas a entregar a extraños siempre que yo lo quiera o tú lo necesites. Te van a follar en clubes, en aparcamientos, en habitaciones de hotel baratas. Yo estaré siempre cerca, observándote, sacándome la polla y pajeándome lento hasta correrme mientras te veo abrirte de piernas como la hotwife puta que eres ahora. ¿Lo sellamos?
Fiona sintió un nuevo latigazo de deseo en el vientre a pesar del agotamiento. Su coño contrajo y expulsó otro chorro visible de semen que le corrió hasta el tobillo. Pensó en las noches por venir: pollas anónimas entrando en ella, bocas desconocidas usándola, Everett en las sombras con la mano moviéndose furiosamente.
— Lo sellamos —respondió ella con voz rota, mirándolo fijamente—. Quiero que me veas siendo la puta de cualquiera. La próxima vez que me lleves a un sitio así, elige tú al primero que me folle el culo mientras otro me llena la boca. Quiero que me dejen los dos agujeros chorreando leche espesa y que tú te corras mirándome limpiarme con los dedos y tragármela toda como la zorra sin límites que soy.
Bajaron las escaleras del club así, ella envuelta solo en el abrigo de él que apenas tapaba nada, el semen fresco y seco marcando sus muslos, el olor a sexo emanando de su cuerpo con cada paso. Las máscaras del salón principal se giraron para verlos salir, algunos sonriendo bajo sus disfraces, otros abiertamente tocándose. En el coche negro, con el motor encendido y la ciudad pasando afuera, Everett metió la mano entre sus piernas otra vez, jugando con el coño lleno mientras conducía.
— Cada fin de semana vas a ser un agujero para vergas desconocidas —prometió él, metiendo los dedos más profundo y removiendo la crema—. Y yo voy a disfrutar cada segundo viéndote convertida en la hotwife más sucia del puto mundo.
Fiona abrió más las piernas, dejó que los dedos entraran y salieran con aquel sonido obsceno y húmedo, y sonrió con pura depravación mientras otro hilo de semen le manchaba el asiento.
La próxima vez voy a dejar que me revienten el culo y el coño al mismo tiempo hasta que me chorree leche por todas partes mientras tú te corres como el cornudo baboso y desesperado que eres.
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