Susurros compartidos en la penumbra del karaoke
En el karaoke desierto, la traductora de 32 años Delphine se masturba y folla duro con Callum mientras él la mira y se pajea como voyeur.
En el bar de karaoke casi vacío a altas horas de la noche, el silencio solo se rompía por el zumbido bajo de las máquinas y el tintineo lejano de vasos en la barra. Delphine, una traductora de treinta y dos años cuya voz grave y precisa había conquistado innumerables reuniones internacionales, subió al pequeño escenario con la seguridad de quien sabe que la están devorando con los ojos. Llevaba una falda negra ajustada que marcaba sus caderas anchas y una blusa de seda entreabierta lo justo para dejar ver el nacimiento de sus pechos pesados. Su melena castaña caía desordenada sobre los hombros, y el rojo oscuro de sus labios brillaba bajo la luz tenue.
Desde su mesa apartada en la penumbra, Callum, un arquitecto de treinta y cinco años de mandíbula marcada y mirada afilada, la reconoció al instante. Ambos eran habituales, pero nunca habían cruzado más que miradas fugaces. Esa noche la tensión era distinta. Delphine eligió una balada sensual, de esas que hablan de deseo lento y piel que se eriza. Su voz llenó el local como humo espeso, ronca, cargada de promesas. Mientras cantaba, sus caderas se mecían con languidez, la falda subiendo apenas lo suficiente para revelar la curva interior de sus muslos.
Callum no apartaba la vista. Sentado en la sombra, con las piernas abiertas, dejó que su mano descendiera hasta posarse sobre el bulto evidente de su pantalón. Lo frotó despacio, presionando la palma contra la polla que ya palpitaba, dura como piedra. Sus ojos seguían cada movimiento de Delphine: la forma en que sus pezones se marcaban contra la seda, el leve brillo de sudor en su escote. Cuando sus miradas se encontraron en medio de un verso especialmente largo y lascivo, ella vio exactamente lo que él hacía. No se escandalizó. Sintió un latigazo de calor directo en el coño. «Me está tocando mientras me mira —pensó, y su voz tembló ligeramente en la nota siguiente, volviéndose más grave, más sucia—. Sabe que lo veo y no para. Joder, me está poniendo empapada.»
La canción terminó con un gemido prolongado que no parecía del todo musical. El silencio que siguió fue espeso, cargado. Delphine no regresó a su mesa. Bajó del escenario con pasos lentos, deliberados, y se dirigió directamente hacia la oscuridad donde Callum la esperaba. Cada tacón resonaba como un latido. Se detuvo a menos de un metro de él, tan cerca que podía oler su colonia mezclada con el olor masculino de excitación. Entonces, sin apartar la mirada de sus ojos, empezó a cantar de nuevo, pero ahora solo para él. Una melodía baja, casi susurrada, mientras sus manos subían por sus propios costados, rozando sus pechos, bajando hasta el borde de la falda.
Callum se quedó inmóvil al principio, la mano aún sobre su polla por encima de la tela, apretándola con más fuerza. Delphine se inclinó hacia delante, apoyando una mano en el respaldo de su silla, y le susurró al oído:
—Sé que me has estado espiando todas estas semanas, Callum. Te he visto en tu rincón, mirándome como si quisieras follarme con los ojos. Y me excita. Me excita tanto que ya estoy chorreando solo de saberlo.
Él respiró hondo, la voz ronca cuando contestó:
—Quiero más que mirar, Delphine. Quiero que te toques para mí. Quiero verte deshacerte mientras yo me pajeo viéndote. Sin prisas. Solo tú y yo en esta penumbra.
Las palabras fueron el detonante. Sin decir nada más, ella lo tomó de la mano y lo llevó al reservado más apartado, cuya puerta dejaron entreabierta. La luz era casi inexistente, solo el reflejo azulado de una pantalla apagada que actuaba como espejo improvisado. Delphine se apoyó contra el respaldo del sofá de terciopelo, se subió la falda hasta la cintura y separó las piernas. No llevaba bragas. Su coño brillaba, hinchado, los labios mayores abiertos y relucientes de humedad. Con dos dedos se abrió más, mostrando el interior rosado, y empezó a masturbarse con lentitud deliberada, frotando el clítoris en círculos firmes mientras gemía bajito.
Callum se sentó frente a ella, sacó su polla gruesa y venosa. Era grande, la cabeza ya mojada de precum. Cerró el puño alrededor y empezó a pajearse con fuerza, la piel subiendo y bajando con un sonido húmedo y obsceno. Sus ojos no se apartaban del coño de ella, de cómo sus dedos entraban y salían, de cómo su jugo le corría por el interior de los muslos.
—Mírame —susurró Delphine, la voz entrecortada—. Mira cómo me abro para ti, voyeur de mierda. Esto es lo que querías, ¿verdad?
—Joder, sí… —gruñó Callum, acelerando el movimiento de su mano—. Eres una puta exhibicionista. Sigue, métete los dedos más adentro. Quiero oír cómo suenan.
Ella obedeció, metiendo dos dedos hasta el fondo, follándose a sí misma con movimientos bruscos mientras su otra mano pellizcaba un pezón por encima de la blusa. El placer subía rápido, caliente, pero no quería correrse todavía. Quería darle más. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Callum, lo miró directamente a los ojos y abrió la boca. Primero lamió la cabeza hinchada, recogiendo el precum con la lengua plana, después lo tragó entero de un solo movimiento hasta que la polla le tocó el fondo de la garganta. La mamada fue profunda, babosa, ruidosa. Saliva le corría por las comisuras de los labios, goteando sobre sus pechos mientras subía y bajaba la cabeza con hambre, sin apartar la mirada ni un segundo. Callum gruñía, sujetándole el pelo con una mano pero sin forzar, solo guiando.
—Así, trágatela toda… eres una guarra perfecta.
Delphine se apartó con un hilo de saliva uniendo sus labios a la polla, respirando agitada, y se giró. Se colocó en cuatro patas sobre el sofá, la falda subida hasta la cintura, el culo en pompa. La pantalla apagada reflejaba sus cuerpos: él de pie detrás, polla brillando de saliva; ella abierta, coño hinchado y rojo, esperando.
—Fóllame —exigió—. Quiero que me veas la cara mientras me partes.
Callum no se hizo rogar. Agarró sus caderas y la embistió de un solo golpe brutal. El sonido de carne contra carne resonó en el reservado. La follaba duro, profundo, sacando casi toda la polla para volver a clavarla con fuerza. Ambos miraban el reflejo: los pechos de Delphine balanceándose dentro de la blusa, su boca abierta en un gemido constante, los ojos vidriosos de placer. Él le daba cachetes en el culo, apretaba la carne, la llamaba con voz rota:
—Mi puta exhibicionista… te encanta que te miren mientras te follan, ¿verdad? Dilo.
—Sí… soy tu puta… me corro solo con saber que me ves… ¡más fuerte, joder, rómpeme!
El ritmo se volvió salvaje. Callum la agarró del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para que el reflejo mostrara mejor su cara de placer. El coño de Delphine se contraía alrededor de la polla, chorreando por sus muslos. El orgasmo les llegó casi al mismo tiempo: ella primero, gritando sin control, las paredes internas apretando con fuerza; él después, gruñendo como un animal mientras se vaciaba dentro de ella en chorros calientes y espesos.
Se quedaron unos segundos así, unidos, respirando como si hubieran corrido una maratón. Delphine se giró lentamente cuando él salió de ella. Con una sonrisa satisfecha y sucia, se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, lamiendo después el resto de saliva y restos de él. Se bajó la falda con calma, se arregló la blusa y se acercó a Callum, que aún tenía la polla semierecta brillando en la penumbra.
—Mañana por la noche volveré —le susurró contra los labios, rozándolos apenas—. Cantaré solo para ti, desde el escenario, sabiendo que estás en tu rincón oscuro, tocándote mientras me miras. Y esta vez… quizás deje que te acerques más. Pero solo si eres paciente.
Lo besó entonces, un beso profundo, lento, cargado de promesas y de la sal de sus propios fluidos. Sus lenguas se enredaron con hambre que no había quedado saciada del todo. Cuando se separaron, Delphine le mordió el labio inferior y sonrió con malicia.
—No creas que esto termina aquí, Callum. Esto apenas empieza.
Se dio la vuelta y salió del reservado con las piernas todavía temblando, dejando tras de sí el olor a sexo y la promesa de que la próxima noche la observación sería solo el comienzo de algo mucho más intenso y arriesgado. Callum se quedó sentado, la polla aún palpitando, sabiendo que no podría pensar en otra cosa hasta que volviera a verla cantar solo para él. La tensión seguía allí, latiendo, creciendo. Mañana sería peor. Y mejor.
La noche siguiente llegó envuelta en una bruma espesa de anticipación que Callum no consiguió quitarse de encima en todo el día. Sentado aún en el reservado, con la polla semierecta palpitando bajo la tela y el sabor de Delphine todavía en la lengua, se quedó mirando la puerta por la que ella había desaparecido. El eco de sus tacones se había desvanecido, pero el olor a sexo y a promesa seguía flotando en el aire como un veneno dulce. Se subió la cremallera con dificultad, pagó y salió a la calle sabiendo que las siguientes veinticuatro horas serían una tortura lenta.
Delphine, por su parte, caminó hasta su apartamento con las piernas todavía débiles y el coño hinchado, sintiendo cómo el semen de Callum se le escurría por el interior de los muslos. Tenía treinta y dos años y una carrera como traductora simultánea que exigía precisión y control, pero esa noche se había convertido en una exhibicionista sin vergüenza. Se tocó bajo la falda en el taxi, recordando los ojos afilados de él clavados en su reflejo mientras la follaba. «Mañana voy a darle más —pensó, mordiéndose el labio inferior—. Voy a hacer que se corra solo con mirarme, antes siquiera de tocarme.»
Al día siguiente ninguno de los dos rindió en su trabajo. Callum, el arquitecto de treinta y cinco años cuya mano firme trazaba líneas perfectas en los planos, no dejaba de imaginarla abierta de piernas sobre el terciopelo. Delphine traducía contratos con la voz grave y profesional, pero por dentro repetía las frases sucias que le había dedicado a él. Cuando por fin cayó la noche, ambos llegaron al karaoke casi al mismo tiempo, como atraídos por un imán invisible.
El local estaba más desierto que nunca. Solo quedaba un barman somnoliento al fondo y el zumbido constante de las máquinas. Delphine subió al escenario sin saludarlo. Llevaba un vestido negro corto, tan ajustado que parecía pintado sobre sus caderas anchas y sus tetas pesadas. No llevaba nada debajo. Los pezones se marcaban como dos puntos duros bajo la tela. Eligió una canción lenta, cargada de gemidos graves y respiraciones entrecortadas. En cuanto la primera nota salió de su garganta, sus ojos buscaron el rincón oscuro donde Callum ya estaba sentado con las piernas abiertas.
Él no esperó. Se abrió la bragueta y sacó la polla gruesa, venosa, ya completamente dura. La cabeza brillaba con precum. Cerró el puño alrededor y empezó a pajearse con lentitud deliberada, sin apartar la mirada de ella ni un segundo. Delphine lo vio. Una sonrisa sucia curvó sus labios rojos mientras cantaba. Sus caderas comenzaron a moverse con más intención, rozando el micrófono contra su escote, bajándolo después hasta el vientre.
—Estás mirándome otra vez… —susurró entre versos, sabiendo que el barman no podía oírla—. Pajeate más fuerte, Callum. Quiero oír ese sonido obsceno desde aquí.
Callum gruñó bajito y aceleró el movimiento de su mano. La piel subía y bajaba con un chasquido húmedo que reverberaba en la penumbra. Delphine se giró, dándole la espalda, y se inclinó hacia delante. El vestido subió por sus muslos hasta mostrar la curva inferior de su culo redondo. Separó las piernas y se agachó un poco más, dejando que él viera claramente cómo su coño relucía, ya empapado, los labios hinchados y abiertos. Con una mano se tocó el clítoris en círculos lentos mientras seguía cantando, la voz cada vez más rota.
«Joder, me está viendo como si fuera su propio porno privado —pensó ella, sintiendo un latigazo de placer subirle por la columna—. Sabe que estoy chorreando para él. Que me corro con su mirada.» El calor entre sus piernas era insoportable. Metió dos dedos dentro de su coño de golpe, follándose a sí misma al ritmo de la balada, y el sonido húmedo llegó hasta Callum como un disparo.
—Más profundo —ordenó él desde las sombras, la voz ronca de deseo—. Ábrete más para mí, Delphine. Quiero ver cómo te tragas esos dedos como si fuera mi polla.
Ella obedeció. Se dio la vuelta, se sentó en el borde del escenario con las piernas bien abiertas y se subió el vestido hasta la cintura. Su coño quedó completamente expuesto bajo la luz tenue: rosado, brillante, con los jugos resbalando por la rendija y goteando sobre la tarima. Tres dedos entraron y salieron con fuerza mientras su pulgar torturaba el clítoris hinchado. Sus tetas subían y bajaban con cada respiración agitada, los pezones tan duros que dolían.
Callum se había puesto de pie sin darse cuenta. Seguía a tres metros de distancia, pajeándose con furia ahora, el puño cerrado apretando la base gruesa de su verga para no correrse todavía. Sus ojos no parpadeaban. Devoraban cada detalle: la forma en que los labios de su coño se abrían y cerraban alrededor de los dedos, el brillo de sudor entre sus pechos, la boca entreabierta soltando gemidos que ya no fingían ser parte de la canción.
Delphine sintió el orgasmo subir como una ola violenta. Sus muslos empezaron a temblar.
—Mírame correrme, voyeur… —jadeó, la voz entrecortada—. Esto es solo para tus ojos. Nadie más va a ver lo puta que me pones.
El clímax la atravesó con fuerza. Su coño se contrajo visiblemente alrededor de sus dedos, expulsando un chorro caliente de jugos que salpicó el escenario. Gritó sin control, la cabeza echada hacia atrás, la melena castaña pegada al cuello sudoroso. Callum gruñó, apretando la polla con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero se contuvo. Quería más.
Ella bajó del escenario con las piernas temblorosas, el vestido todavía arremangado en la cintura. Se acercó a él lentamente, el coño brillando a cada paso. Se detuvo a medio metro, tan cerca que él podía oler su excitación.
—Ahora vas a follarme, pero vas a hacerlo mirándome —susurró ella contra su boca—. Quiero que no apartes los ojos de mi cara mientras me partes el coño. Y después… quiero que te corras mirándome mientras me limpio tu leche con los dedos.
Callum la agarró de las caderas y la levantó como si no pesara nada. La sentó sobre una de las mesas altas cercanas al escenario, con las piernas abiertas y el culo al borde. Su polla, enorme y enrojecida, rozó la entrada empapada. Entró de un solo empujón brutal, hasta el fondo. Delphine soltó un gemido gutural y clavó las uñas en sus hombros.
—Fóllame más fuerte —exigió, mirándolo directamente a los ojos—. Quiero que veas cómo se me pone la cara de zorra cuando me llenas.
Callum empezó a embestir con ritmo salvaje. Cada golpe hacía que sus tetas rebotaran dentro del vestido. El sonido de carne mojada contra carne mojada llenaba el local vacío. Él no apartaba la vista de su rostro: los ojos entrecerrados, la boca abierta, la lengua que se pasaba por los labios rojos. Cada vez que sacaba casi toda la polla y volvía a clavarla, ella soltaba un gemido más grave, más sucio.
—Eres mi puta favorita —gruñó él, sujetándola del pelo para que no pudiera esconder la cara—. Mírame mientras te destrozo el coño. Quiero ver cada puta expresión.
Delphine se corrió por segunda vez, el orgasmo más intenso que el anterior. Su interior apretó la polla como un puño caliente y húmedo, ordeñándola. Callum siguió follándola sin piedad, alargando el placer de ella hasta que casi no podía respirar. Entonces salió de golpe, la puso de rodillas frente a él y empezó a pajearse a centímetros de su cara.
—Mírame —ordenó—. Abre la boca y saca la lengua. Quiero correrme viéndote suplicar con los ojos.
Ella lo hizo. Sacó la lengua plana, mirándolo con hambre mientras él movía el puño a toda velocidad. La polla palpitaba, la cabeza morada a punto de explotar.
—Dame tu leche… —suplicó Delphine, la voz ronca—. Quiero que me pintes la cara mientras me miras como el voyeur que eres.
Callum rugió. El primer chorro espeso le cayó en la lengua, el segundo en la mejilla, el tercero entre las tetas que se había sacado del vestido. Chorros calientes y abundantes que ella recogía con los dedos y se llevaba a la boca, lamiendo sin apartar la mirada de él ni un segundo. Cuando terminó, Delphine se levantó, se limpió los restos con el dorso de la mano y se los ofreció a él para que los probara.
Se besaron con violencia, compartiendo el sabor de su semen y de sus fluidos. Las lenguas se enredaron, los dientes se mordieron. Pero cuando Callum intentó volver a tocarla entre las piernas, ella lo detuvo con una sonrisa maliciosa.
—Aún no —susurró contra sus labios, todavía jadeando—. Mañana volveré a cantar. Esta vez dejaré la puerta del reservado más abierta. Y quizás… deje que te acerques tanto que puedas olerlo todo sin tocarme hasta que yo te lo pida. Quiero que te mueras de ganas en tu rincón oscuro, pajeándote hasta que te duela la polla, sabiendo que mi coño está chorreando solo para ti.
Delphine se arregló el vestido con calma, aunque sus piernas seguían temblando y el semen de él brillaba todavía en su escote. Le dio un último beso lento, profundo, cargado de la misma promesa sucia, y se marchó contoneando las caderas, dejando tras de sí el olor denso a sexo y la certeza de que la escalada apenas había comenzado.
Callum se quedó de pie en medio del local vacío, la polla todavía medio dura, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que al día siguiente volvería más temprano, que se sentaría más cerca, que la tensión se volvería casi insoportable. La imagen de ella corriéndose en el escenario, abierta y sin vergüenza, le quemaba las retinas. No sería suficiente. Nunca lo sería. Mañana la observaría con más hambre, más cerca, más sucio. Y la noche siguiente sería peor.
Mucho peor.
Y muchísimo mejor.
La tercera noche el karaoke parecía un vacío sagrado solo para ellos. Callum llegó temprano, eligiendo una mesa tan cerca del escenario que podía distinguir el latido de la vena en el cuello de Delphine desde las sombras. Su polla ya empujaba con insistencia contra la tela del pantalón, recordando el sabor salado de ella en su lengua y el modo en que su coño había apretado la noche anterior. Se abrió la bragueta sin esperar, sacó la verga gruesa y venosa, y la rodeó con el puño, acariciándola despacio mientras el corazón le retumbaba en los oídos.
Delphine entró pocos minutos después. La traductora de treinta y dos años llevaba un vestido negro tan corto y escotado que parecía una invitación obscena. La tela se pegaba a sus pechos pesados, marcando los pezones duros como guijarros, y la falda apenas cubría la mitad de sus muslos anchos. No llevaba ropa interior. Lo supo en cuanto subió al escenario y separó ligeramente las piernas para ajustar el micrófono. Sus ojos se clavaron directamente en los de Callum, y una sonrisa lenta, sucia, le curvó los labios rojos.
Eligió una balada lenta, cargada de gemidos graves. En cuanto la voz ronca salió de su garganta, su mano libre bajó por su propio cuerpo. Se apretó un pecho con fuerza, pellizcó el pezón hasta que soltó un jadeo que no formaba parte de la letra. Callum aceleró el movimiento de su mano. El sonido húmedo y obsceno de su puño subiendo y bajando por la polla llegaba claramente hasta el escenario.
Delphine lo miró fijamente mientras cantaba y, sin dejar de mover las caderas, se levantó el vestido hasta la cintura. Su coño quedó expuesto bajo la luz tenue: hinchado, reluciente, los labios mayores abiertos y brillantes de jugos que ya le corrían por el interior de los muslos. Se abrió con dos dedos, mostrando el interior rosado y palpitante, y comenzó a frotarse el clítoris en círculos lentos y firmes.
—Más cerca —susurró entre versos, sabiendo que solo él podía oírla—. Quiero que veas cómo me chorreo para ti, voyeur de mierda.
Callum se levantó sin soltar su polla. Caminó hasta quedar al borde mismo del escenario, a menos de un metro de distancia. Desde allí podía olerla: el aroma denso, almizclado y dulce de su excitación. Se pajeaba con golpes largos y fuertes, la piel subiendo y bajando sobre la cabeza morada y brillante de precum. Delphine metió dos dedos dentro de su coño de golpe, follándose con movimientos bruscos mientras seguía cantando. La voz se le quebraba en gemidos cada vez más sucios.
—Joder, mírame —jadeó ella, acelerando—. Mira cómo me abro. Escucha el sonido… ¿lo oyes? Estoy empapada solo porque sé que te estás pajeando como un pervertido mientras me devoras con los ojos.
Callum gruñó. Su puño volaba ahora sobre la polla, apretando con fuerza en la base para no correrse todavía. Podía ver cada detalle: los dedos de ella entrando y saliendo, cubiertos de crema blanca, el clítoris hinchado y rojo, el modo en que sus jugos goteaban sobre la tarima del escenario. Delphine se sentó en el borde, abrió las piernas hasta el límite y añadió un tercer dedo, follándose con violencia. Sus pechos rebotaban dentro del vestido, amenazando con salirse.
El orgasmo la atravesó como un latigazo. Sus muslos temblaron violentamente, el coño se contrajo visiblemente alrededor de sus dedos y expulsó un chorro caliente que salpicó el borde del escenario y cayó sobre los zapatos de Callum. Gritó, la voz rota, mezclando el final de la canción con un gemido largo y animal. Se quedó allí, abierta, jadeando, los dedos aún dentro de sí, mirándolo con los ojos vidriosos de placer.
—Ven —ordenó con voz ronca.
Lo tomó de la mano y lo llevó al reservado más grande, el que tenía una pared de espejos y una puerta corredera que esta vez dejó completamente abierta. Cualquiera que pasara por el pasillo principal del local podría verlos si miraba hacia dentro. El riesgo era real, eléctrico. Delphine empujó a Callum hasta un sillón colocado frente al espejo.
—Siéntate y no te muevas. Quiero que me mires todo el tiempo. Solo mirar. Hasta que yo te diga.
Se quitó el vestido por la cabeza y quedó completamente desnuda. Su cuerpo curvilíneo brillaba de sudor. Se colocó a dos metros de él, de pie, y comenzó a masturbarse de nuevo. Esta vez lo hizo despacio, cruelmente lento. Se pellizcaba los pezones con una mano mientras los dedos de la otra entraban y salían de su coño con un sonido húmedo y constante. Miraba directamente a Callum a través del espejo, viendo cómo él se pajeaba con la mandíbula apretada, la polla tan hinchada que parecía a punto de reventar.
—Dime lo que ves —exigió ella, metiéndose los dedos hasta el fondo y removiendo.
—Veo una puta preciosa de treinta y dos años que se abre el coño para mí —gruñó Callum, la voz rota—. Veo tus jugos cayendo por tus piernas. Veo cómo te tiemblan las tetas cada vez que te follas con los dedos. Eres una exhibicionista sin vergüenza.
Delphine sonrió con malicia y se dio la vuelta. Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el sofá, ofreciéndole una vista perfecta de su culo y de su coño abierto. Se folló así, de espaldas a él, moviendo las caderas en círculos mientras sus dedos entraban y salían. El espejo reflejaba todo: la cara de placer de ella, la polla de él moviéndose furiosamente en su puño, el modo en que sus bolas se tensaban.
—Quiero que te mueras de ganas —susurró ella—. Quiero que te duela la polla de lo mucho que deseas metérmela. Pero todavía no.
Callum respiraba como un animal. El precum le corría por los dedos, haciendo que el movimiento fuera más resbaladizo y ruidoso. Delphine se corrió por segunda vez en esa posición, gritando contra el sofá, el coño contrayéndose y soltando otro chorro que mojó el suelo entre sus pies. Cuando el orgasmo pasó, se giró, se acercó a él y, sin tocarlo todavía, le habló contra la boca.
—Ahora fóllame. Pero quiero que lo hagas mirándome la cara en el espejo todo el tiempo. Quiero ver cómo te pones cuando me partes.
Callum la levantó como si no pesara nada y la colocó a cuatro patas en el sofá, de cara al espejo. Se arrodilló detrás y la penetró de un solo golpe brutal. Delphine soltó un gemido gutural, clavando las uñas en el terciopelo. La polla gruesa la abrió por completo, llenándola hasta el fondo. Callum comenzó a embestir con fuerza salvaje, sacando casi toda la verga para volver a clavarla con un golpe seco de carne contra carne.
—Mírate —le ordenó él, agarrándola del pelo para que levantara la cabeza hacia el espejo—. Mira tu cara de zorra mientras te follo.
Delphine obedeció. Sus ojos se encontraron en el reflejo: los de ella vidriosos, la boca abierta, la lengua fuera; los de él oscuros, hambrientos, fijos en ella. Cada embestida hacía que sus pechos pesados se balancearan violentamente. Él le dio un cachete fuerte en el culo, luego otro, dejando la marca roja de su mano.
—Más fuerte —suplicó ella, empujando hacia atrás para encontrarse con cada golpe—. Rómpeme el coño. Quiero que me veas correrme otra vez mientras me miras como el voyeur que eres.
El ritmo se volvió brutal. El reservado se llenaba de sonidos húmedos, de gemidos y del choque constante de sus cuerpos. Callum soltó una mano y la pasó por debajo para frotarle el clítoris hinchado mientras seguía follándola. Delphine se corrió con un grito ahogado, el coño apretando la polla como un puño caliente y mojado, ordeñándola, expulsando jugos que le corrían a Callum por las bolas.
Él no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, alargándolo, hasta que ella temblaba entera. Solo entonces salió de golpe, la giró y se puso de pie frente a ella, pajeándose a centímetros de su cara.
—Mírame —gruñó—. Quiero correrme viéndote suplicar con esa boca de puta.
Delphine abrió la boca, sacó la lengua plana y lo miró directamente a los ojos.
—Dame tu leche, Callum. Píntame la cara mientras me ves. Quiero que te corras sabiendo que mañana voy a hacer que esto sea todavía más sucio.
Él rugió. El primer chorro grueso le cayó en la lengua, el segundo en la mejilla, el tercero entre los pechos. Chorros calientes y abundantes que ella recogía con los dedos y se llevaba a la boca sin dejar de mirarlo. Cuando terminó, Delphine se levantó, todavía temblando, y se acercó a él. Le pasó la lengua por la polla sensible, limpiándola, y luego le susurró contra los labios:
—Mañana volveré más temprano. Cantaré con la puerta del reservado abierta de par en par y dejaré que te acerques tanto que puedas oler mi coño desde el escenario… pero no te dejaré tocarme hasta que yo esté a punto de correrme por tercera vez. Quiero que te pajees hasta que te duela, escondido en tu rincón, sabiendo que cualquiera podría vernos. Y después… después quizás te deje follarme mientras sigo cantando. Pero solo si eres capaz de esperar sin correrte antes.
Lo besó con violencia, compartiendo el sabor de su propia corrida, mordiéndole el labio inferior con saña. Cuando se separaron, Delphine se limpió la cara con el dorso de la mano, se puso el vestido con lentitud deliberada y salió del reservado contoneando las caderas, dejando tras de sí el olor denso a sexo, el eco de sus gemidos y la promesa de que la noche siguiente sería aún más extrema, más arriesgada, más adictiva.
Callum se quedó sentado, la polla aún medio dura y palpitante, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que no dormiría. Sabía que pasaría el día entero imaginando todas las formas en que ella lo volvería loco con solo su mirada y su voz. La tensión no había hecho más que crecer. Mañana sería insoportable.
Y él ya estaba contando las horas.
La cuarta noche el karaoke parecía un templo abandonado solo para sus cuerpos. Delphine llegó con el pulso acelerado y el coño ya empapado, sabiendo que esta vez no habría límites. La traductora de treinta y dos años vestía un body de encaje negro tan fino que era casi inexistente: sus pechos pesados colgaban libres, los pezones oscuros y duros marcándose como piedras bajo la tela transparente, y la falda plisada que llevaba era tan corta que con solo caminar dejaba a la vista la curva inferior de sus nalgas y el brillo de sus labios hinchados. No llevaba bragas. El carmín rojo oscuro de sus labios parecía una herida abierta, y su melena castaña caía salvaje sobre los hombros.
Callum, el arquitecto de treinta y cinco años, la esperaba sentado a menos de dos metros del escenario, con las piernas abiertas y la polla gruesa y venosa ya fuera de los pantalones. La cabeza morada brillaba con precum que le corría por los dedos mientras movía el puño con lentitud controlada. Su mirada afilada la devoraba antes siquiera de que ella subiera al escenario. Delphine sintió un latigazo de calor directo en el clítoris al verlo así, tan expuesto, tan hambriento. «Esta noche va a ser brutal», pensó, «pero él no sabe todavía todo lo que he preparado».
Subió al escenario sin decir una palabra. Eligió una balada lenta, casi obscena, llena de gemidos graves y respiraciones entrecortadas. En cuanto la primera nota salió de su garganta ronca, su mano derecha bajó por su cuerpo. Se apretó un pecho con fuerza, pellizcando el pezón hasta que soltó un jadeo que distorsionó la melodía. Sus caderas giraban en círculos lentos, la falda subiéndose sola hasta la cintura. Callum gruñó y aceleró el movimiento de su mano; el sonido húmedo y obsceno de su puño subiendo y bajando por la polla llenaba el local vacío.
Delphine separó las piernas, se levantó el body y dejó su coño completamente expuesto bajo la luz azulada. Los labios mayores estaban hinchados, rojos, relucientes de jugos que ya le resbalaban por el interior de los muslos. Con dos dedos se abrió para él, mostrando el interior palpitante y rosado.
—Mírame, Callum —susurró entre versos, la voz cada vez más sucia—. Mira cómo me chorreo solo porque sé que te estás pajeando como un cerdo a dos metros de mí. ¿Ves lo mojada que estoy? Esto es todo para tus ojos.
Metió los dos dedos de golpe, follándose con embestidas profundas y bruscas. El sonido acuoso, chapoteante, llegaba claro hasta él. Su pulgar torturaba el clítoris hinchado en círculos rápidos mientras la otra mano seguía pellizcando y tirando de sus pezones. Callum se había puesto de pie sin darse cuenta. Su puño volaba ahora sobre la verga, apretando con fuerza la base cada vez que sentía que iba a correrse. Podía olerla desde allí: un aroma denso, almizclado, dulce y perverso que le nublaba la mente.
—Más adentro, guarra —gruñó él, la voz rota—. Quiero ver cómo te tragas esos dedos. Quiero ver ese coño abrirse como si fuera mi polla la que te está partiendo.
Delphine obedeció, añadiendo un tercer dedo con un gemido largo que se convirtió en canto quebrado. Sus muslos temblaban, los jugos le corrían hasta las rodillas. Sentía cada centímetro de sus dedos estirándola, rozando ese punto exacto que la volvía loca. «Me está mirando como si quisiera comerme viva —pensó—, y yo quiero que se muera de ganas antes de tocarme». El orgasmo la atravesó como un tren. Su coño se contrajo visiblemente, expulsando un chorro caliente que salpicó el borde del escenario y cayó sobre los zapatos de Callum. Gritó, la cabeza echada hacia atrás, las tetas rebotando mientras su cuerpo entero se convulsionaba. La voz se le rompió en un gemido animal que ya no tenía nada que ver con la canción.
Bajó del escenario con las piernas temblorosas, el coño todavía latiendo y goteando. Lo tomó de la mano sin decir nada y lo arrastró al reservado más grande, el que tenía una pared completa de espejos y una puerta corredera que esta vez dejó abierta de par en par. El pasillo principal quedaba a la vista; cualquiera que entrara al local los vería follando sin piedad. El riesgo era eléctrico, real.
Empujó a Callum hasta un sillón amplio frente al espejo.
—Siéntate y no te muevas —ordenó, quitándose el body por la cabeza y quedando completamente desnuda. Sus curvas brillaban de sudor—. Solo mira. Pajeate viéndome. Quiero que te duela la polla de lo mucho que deseas metérmela, pero no vas a tocarme hasta que yo lo decida.
Delphine se colocó a un metro de él, de pie, y empezó a masturbarse con cruel lentitud. Se abrió los labios con dos dedos de una mano mientras los de la otra entraban y salían de su coño chorreante. Miraba directamente a los ojos de Callum a través del espejo, viendo cómo él apretaba la mandíbula y movía el puño con furia contenida. El sonido húmedo de sus dedos follando su propio coño se mezclaba con el chasquido obsceno de la mano de él sobre su verga venosa.
—Dime qué ves, voyeur de mierda —jadeó ella, metiéndose los dedos hasta el fondo y removiendo, haciendo que más jugos cayeran al suelo.
—Veo una puta de treinta y dos años que se abre el coño para mí como una guarra sin vergüenza —gruñó Callum, los nudillos blancos de tanto apretar—. Veo tus tetas pesadas temblando, tus jugos cayendo como una puta fuente, tu cara de zorra mientras te corres para mis ojos.
Delphine sonrió con malicia y se giró, apoyando las manos en el respaldo del sofá y ofreciéndole una vista perfecta de su culo redondo y su coño abierto. Se folló así, empujando las caderas hacia atrás, metiendo y sacando cuatro dedos con violencia. El espejo reflejaba todo: su cara deformada de placer, la polla de Callum palpitando en su puño, las venas marcadas, la cabeza hinchada a punto de explotar.
Se corrió por segunda vez con un grito ahogado contra el terciopelo, el coño contrayéndose visiblemente, soltando otro chorro que mojó el suelo entre sus pies. Sus muslos temblaban sin control. Aun así, no le permitió tocarla. Se giró, se acercó hasta casi rozarle la polla con el coño pero sin tocarla, y le habló contra la boca:
—Ahora fóllame. Pero quiero que no apartes los ojos de mi cara ni un segundo. Quiero verte la expresión de animal mientras me destrozas.
Callum se levantó como un resorte, la agarró de las caderas y la levantó. La colocó contra la pared lateral, de cara al espejo y con la puerta abierta a su espalda. Le separó las piernas y la penetró de un solo golpe brutal, clavando toda su polla gruesa hasta el fondo. Delphine soltó un gemido gutural, clavando las uñas en la pared. Sentía cada vena, cada centímetro abriéndola, rozando su punto más sensible.
—Joder, qué caliente y mojada estás… —gruñó él, empezando a embestir con fuerza salvaje—. Mírate. Mira esa cara de puta mientras te follo.
Ambos miraban el reflejo. Los pechos de Delphine rebotaban violentamente con cada golpe, sus labios rojos abiertos en un gemido constante, los ojos vidriosos. Callum la sujetaba del pelo para que no pudiera esconderse, tirando de su cabeza hacia atrás. El sonido de carne mojada contra carne mojada era ensordecedor. Él le daba cachetes fuertes en el culo, luego le pasaba la mano por delante y le frotaba el clítoris hinchado sin dejar de bombear.
Delphine intentó cantar entre gemidos, una melodía rota y obscena que se convertía en súplicas sucias.
—Más fuerte… rómpeme el coño… quiero que me veas correrme mientras me miras como el voyeur pervertido que eres…
Se corrió por tercera vez con un alarido, el interior apretando la polla como un puño caliente y resbaladizo, ordeñándola, expulsando jugos que le corrían a Callum por las bolas y los muslos. Él no se detuvo. La folló a través del orgasmo, alargándolo hasta que ella temblaba entera y casi no podía sostenerse.
Finalmente la giró, la puso de rodillas frente a él y se pajeó a centímetros de su cara. Delphine sacó la lengua plana, mirándolo con hambre total.
—Córrete en mi cara —suplicó con voz rota—. Quiero que me pintes mientras me ves como la guarra que soy.
Callum rugió. Los primeros chorros espesos y calientes le cayeron en la lengua, luego en las mejillas, en los pechos pesados y en la barbilla. Chorros abundantes que ella recogía con los dedos y se llevaba a la boca sin apartar la mirada ni un segundo. Cuando terminó, él se dejó caer en el sillón, jadeando como si hubiera corrido una maratón.
Delphine se levantó lentamente, con el semen goteando por su cuerpo y su coño todavía abierto y palpitante. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, lamió los restos y se acercó a él. Le dio un beso profundo, compartiendo el sabor salado de su propia corrida, y luego susurró contra su boca con una sonrisa satisfecha y peligrosa:
—Hay algo que nunca te dije, Callum. Yo soy la dueña de este local. No solo vengo a cantar. Lo reservo yo misma cada noche desde hace semanas porque te vi pajeándote en la sombra la primera vez y supe exactamente lo que quería hacer contigo. Tú creías que eras el voyeur… pero yo siempre supe más. Lo planeé todo. Y esto, esta noche, era el final que yo decidí.
Se apartó, recogió su ropa con calma, se cubrió el cuerpo todavía marcado por sus manos y salió del reservado contoneando las caderas, dejando tras de sí el olor denso a sexo, el eco de sus gemidos y la certeza de que solo ella había sabido, desde el principio, cómo terminaría todo. Callum se quedó sentado, la polla aún semierecta y brillante, con la revelación latiéndole en el pecho mientras la veía alejarse por el pasillo vacío.
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