Vendimia de Deseo Prohibido
En las viñas de Mendoza, la madura Lucía de 38 años se folla con ganas a su cuñado Otto de 32 durante la vendimia.
El sol de Mendoza caía a plomo sobre las hileras de Malbec, un calor denso que pegaba la camisa al pecho y hacía brillar el sudor en la piel. Lucía, de treinta y ocho años, esposa del viticultor dueño de aquellas tierras, avanzaba entre las parras con la falda ligera rozándole los muslos y el escote abierto lo justo para que el aire le acariciara el pecho abundante. Llevaba el pelo castaño recogido a la ligera, mechones pegados a la nuca, y cada vez que se agachaba a cortar un racimo maduro sentía cómo el calor le subía entre las piernas, más por lo que no decía que por el clima.
Otto, de treinta y dos, su cuñado, el enólogo recién divorciado que había llegado a ayudar en la vendimia, trabajaba a pocos metros. Alto, brazos fuertes marcados por el esfuerzo, camisa arremangada que dejaba ver venas en los antebrazos y una sombra de barba que le daba un aire de hombre que ya había vivido lo suficiente. Desde hacía años, cada visita familiar, cada cena tensa, cada roce “casual” en la cocina de la casa grande, Lucía había sentido ese tirón prohibido. Él también. Se notaba en la forma en que la miraba cuando creía que nadie veía: fijamente, como si ya la estuviera desnudando con la mente.
Aquella tarde el resto del personal había bajado al otro extremo de la finca. Quedaron solos entre las uvas pesadas, el olor dulzón de la fruta abierta y el zumbido lejano de las cigarras.
—Casi no te veo sudar —bromeó Otto, acercándose con un cajón de madera bajo el brazo. Su voz era grave, ronca por el polvo—. Para alguien que jura que odia el trabajo de campo, te mueves como si te gustara ensuciarte.
Lucía se rio bajo, un sonido que le salió más húmedo de lo que pretendía. Le pasó cerca para dejar un racimo en el cajón y el hombro de ella rozó el pecho de él. El contacto fue mínimo, pero ambos se tensaron.
—Me gusta cuando el trabajo vale la pena —respondió ella, mirándolo a los ojos un segundo de más—. Y tú… siempre has valido la pena mirarte, Otto. Aunque no debería decirlo.
Él no se apartó. El aire entre los dos se volvió espeso. Llevaban años deseándose en silencio: ella casada con su hermano, él respetando fronteras que ahora, con el divorcio fresco y la soledad de la vendimia, se resquebrajaban.
Siguieron recolectando. Cada vez que se cruzaban en el mismo pasillo de parras, las caderas se rozaban. Las bromas se volvieron más crudas.
—Si sigues agachándote así, Lucía, voy a acabar pensando en otra cosa que no sean uvas —dijo él, voz baja, casi contra su oído cuando se inclinó a ayudarla con un racimo alto.
Ella sintió el aliento caliente en el cuello y un escalofrío le recorrió la espalda hasta el coño, que ya empezaba a humedecerse contra la tela fina de las bragas.
—Llévatelo pensando —susurró ella, atrevida, el corazón martilleándole—. Yo llevo años fantaseando contigo. Por las noches, cuando él duerme, me toco imaginando que eres tú el que me abre las piernas. Que me follas como si no hubiera mañana. Estoy casada, lo sé… pero joder, Otto, te deseo tanto que me duele.
La confesión salió en un hilo de voz cargado de culpa y de hambre. Otto soltó el cuchillo de vendimia. La agarró de la cintura con las dos manos, firmes, y la empujó contra un viejo barril de roble que había quedado a la sombra de unas parras densas, fuera de la vista del camino principal. La madera era áspera contra la espalda de ella. Él se pegó por completo: la polla ya dura se le marcaba contra el vientre de Lucía a través del pantalón.
—Entonces basta de fantasías —gruñó, y la besó.
El beso fue hambre pura. Bocas abiertas, lenguas buscando, dientes rozando labios. Lucía gimió dentro de su boca, le agarró el pelo corto de la nuca y le apretó el culo con las manos, sintiendo cómo él empujaba la erección contra ella una y otra vez, frotándose como un animal en celo. El sabor a uva y sal se mezclaba. Las manos de Otto le subieron por la falda, le apretaron los muslos gruesos, le subieron hasta notar la humedad que ya le manchaba la entrepierna.
—Vas a ser mía ahora —dijo él contra sus labios—. Aquí. Como llevas años queriendo.
Ella asintió, jadeando, los ojos oscuros de deseo.
—Sí. Fóllame. Quiero tu polla. Toda.
Se apartaron lo justo para esconderse mejor entre las parras más altas, donde el follaje formaba un rincón verde y privado. Lucía se arrodilló sobre la tierra suave sin importarle las manchas. Le abrió el cinturón a Otto con dedos torpes de urgencia, bajó la cremallera y sacó aquella polla gruesa, venosa, ya totalmente dura, la cabeza brillante de líquido preseminal. Era pesada en su mano. La olió, la lamió de base a glande con la lengua ancha y caliente, y luego se la metió entera en la boca, tragándosela hasta sentirla golpear el fondo de la garganta.
Otto soltó un gemido gutural y le agarró el pelo con ambas manos, sin delicadeza, guiándola.
—Eso… trágatela como la puta que eres por mí. Joder, Lucía, qué bien chupas…
Ella babosoaba, subía y bajaba la cabeza con ansia, las mejillas hundidas, saliva escurriéndole por la barbilla hasta el escote. Cada embestida de cadera de él le hacía lagrimear de placer, el coño contrayéndose vacío, pidiendo. Le masajeó los huevos pesados mientras se ahogaba deliciosamente en aquella verga, saboreando la sal, el calor, la prohibición absoluta de estar de rodillas ante el hermano de su marido.
Cuando él tiró de su pelo para sacársela de la boca, un hilo de saliva los unió todavía.
—Arriba —ordenó Otto, voz rota de excitación.
La levantó como si no pesara. Le subió la falda hasta la cintura, le arrancó las bragas con un tirón que las dejó rotas en el suelo y la giró de cara al barril. Lucía se apoyó en la madera, el culo redondo y blanco ofrecido al sol filtrado. Otto se alineó y entró de una embestida brutal, hondo, hasta los huevos. Ella gritó ahogado, el coño apretadísimo, chorreando, abriéndose a aquella invasión gruesa que la llenaba por completo.
—¡Ah, sí… así… fóllame duro!
Él la agarró de las caderas y empezó a machacarla de pie, embestidas profundas y salvajes que hacían sonar piel contra piel. Cada embestida le movía los pechos pesados dentro del sostén; él se lo bajó a empujones, le pellizcó los pezones duros mientras la cogía sin piedad. El barril crujía. El olor a sexo se mezclaba con el de las uvas aplastadas bajo sus pies.
—Mira cómo te abres para tu cuñado —le gruñó al oído, dándole una nalgada seca que le dejó la marca roja—. Qué puta más rica eres traicionando a tu marido con mi polla. Te encanta, ¿verdad? Decírmelo.
—Me encanta… soy tu puta… fóllame más fuerte, Otto, rómpeme…
La sacó de golpe, la bajó a cuatro patas sobre una manta vieja que había en el rincón para el descanso de los peones. Se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y volvió a entrar hasta el fondo, esta vez aún más profundo por el ángulo. Empezó a nalguearla al ritmo de las embestidas: palmadas firmes, el culo de Lucía temblando, poniéndose rojo, mientras ella empujaba hacia atrás para recibirlo entero.
—Más… así… soy una traidora de mierda y me encanta tu verga…
Otto se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le susurró suciedades sin parar:
—Vas a correrse en mi polla pensando en lo fácil que te has puesto. Toda la cosecha te voy a usar. Cada día. Mi puta secreta de la vendimia.
Cuando sintió que ella empezaba a temblar, la hizo girar, se tumbó de espaldas sobre la manta y se la subió a horcajadas. Lucía, falda aún arremangada, pechos al aire, se clavó sola aquella polla gruesa y empezó a cabalgarlo salvajemente, rebotando con las caderas, el clítoris frotándose contra el pubis de él en cada bajada. Se apoyó en el pecho sudoroso de Otto, le miró a los ojos y aceleró, gemidos rotos saliéndole de la garganta.
—Me corro… me corro en tu polla… ¡Otto!
Él le agarró las nalgas, la embistió desde abajo con fuerza brutal y los dos estallaron juntos. Lucía se arquó, el coño contrayéndose en oleadas fuertes alrededor de él, chorros calientes mojándole los muslos, gritando sin control. Otto rugió su nombre y se corrió hondo, bombeando chorros espesos dentro de ella, llenándola hasta que el semen le rebosó por los bordes y le bajó por los labios hinchados hasta el culo.
Quedaron jadeando, pegados, el sol todavía alto entre las hojas. Lucía, con la sonrisa lenta y satisfecha de quien acaba de probar lo prohibido y lo quiere otra vez, se levantó despacio. Se limpió entre las piernas con un trozo de la propia manta, se subió lo que quedaba de bragas rotas lo mejor que pudo, se acomodó los pechos en el sostén y se alisó la falda manchada de tierra y jugo de uva. El pelo le caía revuelto, los labios hinchados, el cuello marcado por la barba de él.
Se inclinó sobre Otto, que aún respiraba agitado con la polla brillante y medio dura contra el vientre, y le besó despacio, saboreando el resto de su propio gusto en la boca de él.
—Esto solo ha sido el comienzo —le dijo al oído, voz ronca de tanto gemir, los dedos dibujándole el pecho—. Toda la cosecha, Otto. Cada rincón de estas viñas. Cada vez que él no mire. Vamos a follarnos en secreto hasta que no quede ni una uva por cortar… y después también. Esta vendimia es nuestra. Y yo voy a seguir siendo tu puta entre las parras siempre que quieras.
Otto la miró desde abajo, la mano aún en su muslo, los ojos encendidos otra vez con esa hambre que no se había apagado del todo.
—Entonces mañana, al amanecer —prometió él, apretándole la carne—. Antes de que llegue nadie. Te quiero de rodillas otra vez, y después te voy a comer el coño hasta que grites mi nombre más fuerte que hoy.
Lucía se rio bajito, se apartó y volvió a tomar el cuchillo de vendimia como si nada hubiera pasado, aunque el semen todavía le resbalaba cálido por el muslo interior y cada paso le recordaba lo bien follada que estaba. Miró hacia el camino vacío, el corazón latiéndole rápido no solo por el orgasmo sino por lo que vendría: más encuentros, más riesgo, más de aquella traición deliciosa que apenas acababa de abrirse como un racimo maduro bajo el sol de Mendoza.
Al amanecer del día siguiente las viñas aún olían a rocío y a tierra húmeda. Lucía llegó antes que nadie, la falda corta y sin bragas, el coño todavía sensible del día anterior. Otto la esperaba detrás de las parras más densas, camisa abierta, la polla ya dura marcándose en el pantalón.
—De rodillas —ordenó sin preámbulos.
Ella obedeció al instante, las rodillas en la tierra fría. Le bajó el cierre, sacó aquella verga gruesa y se la metió entera hasta la garganta de un solo trago. Otto le agarró el pelo con fuerza y la embistió la boca, profundo, sin piedad, los huevos golpeándole la barbilla.
—Trágatela toda, puta. Así te quiero: ahogándote en la polla de tu cuñado mientras tu marido todavía duerme.
Lucía baboseaba, los ojos llorosos de placer, el coño chorreando entre los muslos abiertos. Cuando él la soltó, un hilo espeso de saliva y precum le colgaba de los labios. Otto la tumbió de espaldas entre las hileras, le abrió las piernas de un tirón y se enterró la cara en su coño hinchado. La lamió con lengua ancha, chupándole el clítoris hasta que ella se arqueó y se corrió en su boca, empujando las caderas contra su barba, mojándole la cara con chorros calientes.
—Grita mi nombre —gruñó él, metiéndole dos dedos gruesos mientras chupaba—. Que se enteren las uvas de quién te está comiendo el coño.
—¡Otto… joder, Otto, chúpamelo más!
Se la folló allí mismo, de pie, con la espalda de ella contra un poste de parra, las piernas enroscadas a su cintura. Embestidas brutales, la madera crujiendo, el semen de él saliéndole a chorros dentro cuando ambos estallaron. Lucía bajó temblando, se limpió la entrepierna con la mano y se chupó los dedos mirándolo a los ojos.
—Otra vez. Hoy. Cuando baje a revisar las cubas.
Esa misma tarde, mientras el resto del personal descargaba cajones al otro lado, Otto la empujó dentro de la bodega oscura y fresca. El olor a mosto fermentando los envolvió. Le subió la falda, le abrió el culo con las manos y le escupió en el agujero apretado.
—Hoy te la voy a meter aquí —dijo, frotando la cabeza gruesa contra su ano—. Dime que lo quieres.
—Métela. Rómpeme el culo con tu polla, cuñado. Quiero sentirte días.
Entró despacio al principio, estirándola, y después a fondo. Lucía mordió su propio brazo para no gritar mientras él la empalaba el culo con embestidas largas y pesadas. Cada embestida le hacía rebotar las tetas; Otto le pellizcaba los pezones hasta dejarlos morados. Se corrió hondo en su intestino, llenándola, y después la obligó a quedarse abierta mientras el semen le escurría por el muslo y le caía al suelo de cemento.
—Así te dejo. Llena de mi leche por delante y por detrás. Camina así hasta la cena. Que tu marido te huela y no sepa por qué estás tan puta.
Esa noche, en la mesa familiar, Lucía se sentó frente a su marido con el coño y el culo goteando todavía. Otto, al otro lado, le rozaba el pie descalzo bajo la mesa, subiendo por la pantorrilla hasta el muslo. Cada vez que el marido hablaba de la cosecha, ella apretaba las piernas y sentía el semen resbalar. Después, cuando todos se fueron a dormir, se colaron al cuarto de herramientas. Otto la sentó en el banco de madera, le abrió las piernas y le metió el mango del cuchillo de vendimia por el coño mientras le chupaba los pezones.
—Mírame —exigió—. Dime qué eres.
—La puta de mi cuñado. La que se deja follar el coño y el culo entre las parras mientras mi marido confía en mí.
Se la cogió ahí mismo, de lado, una pierna alzada, la polla entrando y saliendo brillante de jugos mezclados. La nalgueó hasta dejarle el culo rojo fuego. Cuando se corrió, se la sacó y le disparó en la cara, en la lengua, en el escote. Lucía se lo untó por las tetas y se lo lamió de los dedos como si fuera el mejor mosto de la finca.
Los días siguientes fueron una escalada sin freno. En el tractor parado entre las hileras: ella montándolo al revés, el culo rebotando contra su regazo mientras él le abría las nalgas y le miraba cómo le entraba la verga hasta el fondo. En el depósito de agua: empapados, él tomándola de pie bajo el chorro frío, el agua mezclándose con el semen que le salía a chorros del coño. En la cama matrimonial, una tarde en que el marido había bajado a Mendoza por negocios: Otto la ató de muñecas al cabecero con su propia cinturón y se la folló durante horas, cambiando de agujero, dejándola babosa, temblando, el colchón empapado. Le hablaba al oído sin parar:
—Este es el colchón donde te follo tu marido. Ahora huele a mi semen. Cada vez que él te coja vas a recordar cómo te abrí yo primero.
Lucía se corría una y otra vez, el cuerpo entregado, la culpa convirtiéndose en combustible. Pensaba en la traición mientras empujaba el culo hacia atrás para recibirlo más hondo. Quería más. Más riesgo. Más sucio.
El último día de vendimia el sol caía rojo. Habían cortado casi todo. El personal celebraba lejos, con asado y vino. Lucía y Otto se internaron hasta el rincón más alejado, donde las parras viejas formaban un techo espeso. Ella se quitó toda la ropa. Se puso a cuatro patas sobre la tierra salpicada de hollejos y mosto. Otto, desnudo también, se arrodilló detrás y le abrió todo: coño, culo, todo expuesto.
—Úsame hasta que no quede nada —pidió ella, la voz rota—. Lléname. Márcame. Quiero irme a casa cojeando y goteando tu leche por los dos agujeros.
Él entró primero en el coño, embestidas salvajes que le movían todo el cuerpo. Le metió tres dedos en el culo al mismo tiempo. Después cambió: polla en el culo, dedos en el coño, follándola ambos agujeros a la vez hasta que ella gritó y se orinó un poco de puro placer, el líquido caliente salpicando la tierra. Otto rugió, se la sacó del culo y se la metió otra vez en el coño para corrérsele adentro a chorros espesos, bombeando y bombeando hasta que le rebosó y le bajó por el clítoris hasta el ano. Todavía duro, se la volvió a meter en el culo y terminó de vaciarse allí, apretándole las nalgas para que no se le escapara ni una gota.
Lucía se desplomó de bruces, el culo al aire, el semen espeso saliéndole a hilos de los dos agujeros, mezclándose con el jugo de uva aplastada bajo sus tetas y su vientre. Otto se puso de pie sobre ella, la polla brillante y goteando todavía, y le abrió la boca con los dedos.
—Limpia —ordenó.
Ella se giró lo justo y le chupó la verga sucia de su propio culo y coño, lamiendo cada vena, tragando lo que quedaba. Cuando terminó, él le escupió en la lengua y ella se lo tragó también, sonriendo con la cara manchada.
Se vistieron a medias. El sol ya casi se había ido. Lucía caminaba con las piernas abiertas, el semen resbalándole por los muslos internos hasta las rodillas, el culo ardiendo, el coño abierto y usado. Otto le dio una nalgada final que resonó entre las parras.
—La cosecha terminó —dijo él—. Pero yo no he terminado contigo. La próxima vez te voy a follar el culo en la cama de tu marido mientras él está en la ducha. Y vas a pedírmelo más fuerte.
Ella se pasó dos dedos entre las piernas, se los llenó de la mezcla de semen y jugos que le escurría, y se los metió en la boca chupándolos con ruido obsceno, mirándolo fijo.
—Entonces no esperes. La próxima vez que me veas, me agarras, me abres las piernas y me la metes entera de una vez. Quiero que me dejes el coño destrozado y el culo goteando tu leche caliente como la puta traidora que soy, lista para que me vuelvas a llenar apenas se te endurezca otra vez.
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