Tatuada en su Piel Después del Divorcio
Roxanne, de 42 años, se deja follar con fuerza por su hijastro Xavier, el tatuador de 28, sobre la mesa después de divorciarse.
Roxanne tenía cuarenta y dos años y el cuerpo recién liberado. El divorcio había sido firmado hacía apenas tres semanas, y los tatuajes que ahora le cruzaban las caderas, los muslos internos y la curva baja de la espalda eran su forma de celebrarlo: líneas negras y rojas que hablaban de independencia, de piel que ya no le pertenecía a nadie. Se mudó temporalmente a la casa de su exmarido para cerrar los últimos trámites: papeles, cajas, firmas. Allí vivía Xavier, su hijastro de veintiocho años, tatuador profesional con los brazos cubiertos de tinta y una mirada que siempre había durado un segundo de más cuando ella pasaba.
Él la había deseado en silencio durante años. Ahora, cada vez que Roxanne subía la escalera en shorts cortos o se agachaba a recoger algo, los nuevos dibujos en su piel le recordaban a Xavier que ya no era la esposa de su padre. Esa carne estaba libre. Libre para ser mirada. Libre para ser reclamada.
La tensión se espesa en la cocina, en el pasillo, en las noches en que ella salía de la ducha con una toalla y el extremo de un tatuaje floral asomando por el muslo. Xavier apretaba la mandíbula y se iba al taller del fondo del jardín, donde tenía su mesa de tatuaje, las máquinas y el olor a antiséptico y tinta.
Una noche calurosa, el aire pegajoso y las ventanas abiertas, Roxanne apareció en la puerta del taller en una camiseta holgada y nada más. El dobladillo le llegaba a mitad del muslo. Se notaba que debajo no llevaba bragas.
—Xavier —dijo, la voz baja—. Necesito que me retocques uno. El de la parte baja de la espalda. Se está desvaneciendo en un borde. ¿Puedes?
Él asintió, la garganta seca. Encendió la lámpara, preparó la máquina, los guantes, la tinta. Ella se subió a la mesa, se tumbió boca abajo y se levantó la camiseta hasta la cintura, dejando al descubierto la curva de su culo y el tatuaje que bajaba hacia el nacimiento de los glúteos: un enrejado de espinas y flores que marcaba el final de su columna.
Xavier se puso los guantes. La aguja empezó a cantar. Cada pasada rozaba piel desnuda, tibia. Sus dedos enguantados tensaban la carne para trabajar con precisión, y cada roce hacía que Roxanne contuviera la respiración.
—Llevas años mirándome así —susurró ella contra el cuero de la mesa—. No lo niegues.
—No lo niego —respondió él, la voz ronca—. Desde que tenías treinta y cinco y yo empezaba en esto. Te veía en la piscina de papá y me iba a la ducha a correrme pensando en ti. Estaba prohibido. Seguía siéndolo mientras estuviste casada con él.
—Ya no lo estoy.
La aguja bajó un poco más. Sus nudillos rozaron el pliegue superior de su culo. Roxanne se humedeció de inmediato; lo sintió entre los muslos, caliente, inevitable.
—Quiero follarte —confesó Xavier, sin dejar de trabajar—. Quiero abrir estas piernas y metértela entera mientras te lamo esta tinta. Quiero oírte gritar mi nombre sabiendo que soy el hijo de tu ex.
Ella giró el rostro. Los ojos negros, la boca entreabierta.
—Hazlo. Estoy empapada. Llevo días mojándome cada vez que oigo tu máquina. Fóllame, Xavier. Me da igual lo prohibido que sea.
Él apagó la máquina. Se quitó los guantes de un tirón. La mano desnuda le bajó por la espalda, apartó la camiseta del todo y le agarró las caderas. Roxanne se arqueó. Xavier le separó los muslos con las rodillas, se bajó la cremallera y sacó la polla dura, gruesa, ya goteando. La frotó entre los labios hinchados de ella, sintiendo el calor y la humedad, y sin más preámbulos la empujó dentro de un solo golpe seco.
Roxanne gimió alto, el sonido roto. Él la penetró hasta el fondo, las pelotas contra su coño, y empezó a embestir con fuerza, la mesa crujiendo bajo ellos. Se inclinó y lamió el tatuaje recién retocado, la lengua caliente sobre la piel sensible mientras le hundía la polla otra y otra vez.
—Tan puta —gruñó contra su espalda—. Mi madrastra abierta en mi mesa, chorreando por la polla de su hijastro.
—Más fuerte —pidió ella, la voz rota—. Ábreme del todo. Úsame.
Xavier la agarró del pelo, tiró hacia atrás y la folló con embestidas brutales, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el taller. Cuando ella empezó a temblar, la volteó de un movimiento. La dejó boca arriba, le abrió las piernas hasta casi partirlas y se metió de nuevo, esta vez en misionero profundo, las caderas golpeando con violencia. Roxanne le clavó las uñas en la espalda, le rayó la tinta de los hombros y le suplicó al oído:
—Llénamelo. Quiero correrme con tu leche dentro. No te retires. Móntame como si fuera tuya.
Él la folló así hasta que ella gritó, el orgasmo sacudiéndola en oleadas, el coño apretándole la polla a contracciones. Antes de que se le pasara del todo, Xavier se recostó en la mesa y la subió encima. Roxanne se montó con furia, las tetas rebotando a cada bajada, los pezones duros, la boca abierta en gemidos sin vergüenza.
—Xavier… joder, Xavier… me voy a correr otra vez…
Cabalgó como poseída, los muslos temblando, el culo chocando contra él. Él le agarró las caderas y la empujó hacia abajo al mismo tiempo que se corría, un gemido gutural, la polla palpitando mientras le llenaba el coño a chorros espesos. En el momento exacto le mordió el cuello, fuerte, marcándola, saboreando el sudor y la sal.
Quedaron unidos, sudorosos, jadeando. La leche de él le resbalaba por el muslo interior cuando ella se movió un milímetro. Se miraron a los ojos, todavía encajados, el aire denso de sexo y tinta.
—Esto —susurró Roxanne, acariciándole la mandíbula— es nuestro secreto. Permanente. Nadie lo sabe. Nadie lo va a saber.
—Permanente —repitió Xavier. La besó despacio, luego bajó la boca y empezó a besar cada uno de sus tatuajes nuevos: el de la cadera izquierda, el del muslo derecho, el que le rodeaba el pezón, el enrejado de la espalda baja todavía sensible. Cada beso era una promesa y una amenaza de más.
Fuera, el calor de la noche no aflojaba. Dentro, la mesa seguía manchada de sudor y semen. Roxanne sabía que al día siguiente tendrían que fingir delante de las cajas y los abogados, que su ex podría aparecer sin avisar, que el peligro era real. Pero mientras Xavier le lamía despacio la curva interior del muslo, donde otro tatuaje aún pedía atención, ella ya estaba pensando en la siguiente vez: en cómo pedirle que le tatuara algo más abajo, más íntimo, con la polla todavía dentro.
La tensión no se había roto. Solo había encontrado un cauce. Y el cauce, apenas abierto, prometía desbordarse otra noche, y otra, mientras los trámites del divorcio se alargaran y la casa siguiera oliendo a tinta fresca y a sexo prohibido.
Quedaron un rato más sobre la mesa, el semen de Xavier resbalándole a Roxanne por el muslo hasta manchar el cuero. Él no se retiró del todo; la polla se le ablandó despacio dentro de ella, todavía gruesa, todavía ocupándola. Roxanne movió la cadera apenas, un roce perezoso, y sintió cómo se le escapaba otro hilillo caliente.
—Otra vez —susurró ella, la voz ronca—. No te vayas todavía. Quiero sentirte mientras se me seca la leche en la piel.
Xavier se rió bajo contra su cuello. Le mordió de nuevo, más suave, y le subió las manos por la cintura hasta apretarle las tetas. Los pezones le duros le rozaban las palmas.
—Madrastra puta —murmuró—. Acabo de reventarte y ya estás pidiendo más.
—Sí. Y lo sabes. Llevo tres semanas libre y todo lo que quiero es que me uses en esta casa que todavía huele a él.
Se separaron al fin. Roxanne se bajó de la mesa con las piernas temblando. El semen le corría por el interior del muslo, brillante bajo la luz del taller. Xavier la miró mientras se subía la cremallera, la polla todavía semi-dura marcada en el pantalón. Ella no se limpió. Se bajó la camiseta y se quedó ahí, de pie, oliendo a sexo y a tinta fresca.
—Mañana —dijo él, limpiando la máquina con movimientos precisos—. Papá viene a firmar lo de las cajas del garaje. Tenemos que fingir.
—Fingiremos —respondió Roxanne—. Hasta que se vaya. Y entonces quiero que me marques otra vez. Aquí.
Se tocó el pliegue del muslo, justo donde la tinta floral se perdía hacia el coño. Xavier tragó saliva. La mira le duró demasiado.
—Te lo voy a tatuar con la polla dentro —prometió—. Para que cada vez que te sientes sientas mi aguja y mi leche al mismo tiempo.
Esa noche dormieron en habitaciones separadas. Roxanne en la de huéspedes, Xavier en la suya de siempre. Ella se metió los dedos tres veces recordando cómo la había abierto, cómo le había llenado el coño hasta que rebosaba. Se corrió mordiendo la almohada, susurrando su nombre.
Al día siguiente el exmarido apareció a las once. Roxanne llevaba vaqueros holgados y una blusa que tapaba los tatuajes nuevos. Xavier trabajaba en el taller con la puerta abierta, los brazos manchados de negro. Intercambiaron frases corteses, papeles, firmas. El hombre ni miró a su hijo más de lo necesario. Cuando se fue, a las dos de la tarde, el silencio de la casa se volvió espeso otra vez.
Roxanne bajó al taller sin llamar. Xavier estaba limpiando las agujas. Ella cerró la puerta con llave y se quitó la blusa de un tirón. Los vaqueros siguieron. Se quedó en bragas negras y nada más, los pechos pesados, los pezones ya duros.
—Quiero el retoco ahora —dijo—. El de más abajo. El que no se ve si no me abres las piernas.
Xavier dejó lo que tenía entre manos. Se acercó, le agarró la cara y la besó con lengua, sucio, profundo. Le mordió el labio inferior hasta casi sangrar.
—Sube a la mesa. Boca arriba. Piernas abiertas.
Ella obedeció. Se tumbió, levantó las rodillas y se abrió. Xavier le bajó las bragas despacio, oliéndolas antes de tirarlas al suelo. El coño de Roxanne ya estaba brillante, hinchado, con restos secos del semen de la noche anterior todavía en los labios. Él se puso los guantes, preparó la tinta negra y roja, encendió la máquina. El zumbido llenó el aire.
—No te muevas —ordenó—. Aunque te entre ganas de correrte, no te muevas.
Empezó a trabajar en el pliegue interno del muslo derecho, tan cerca del coño que el aliento de Xavier le rozaba los labios cada vez que se inclinaba. La aguja picaba, ardía, marcaba. Roxanne apretó los dientes y gimió igual. Cada pasada tensaba la carne. Xavier usaba los dedos enguantados para separar, para estirar, y de vez en cuando rozaba el clítoris hinchado sin querer… o queriendo.
—Estás empapada otra vez —dijo él, sin dejar de tatuar—. Chorreas sobre mi mesa mientras te marco como mía.
—Métela —pidió ella—. No esperes a terminar. Métela ahora y sigue tatuándome encima.
Xavier apagó la máquina un segundo. Se quitó un guante, se bajó el pantalón y sacó la polla, ya dura, venas marcadas, la cabeza brillante de precum. Se colocó entre sus piernas, le alineó la punta contra la entrada y empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta que las pelotas le tocaban el culo. Roxanne arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—Joder… tan gorda… me partes.
Él no se movió. Volvió a ponerse el guante, encendió la máquina otra vez y siguió tatuando el diseño mientras la tenía empalada. Cada embestida mínima de sus caderas hacía que la aguja se desviara un milímetro; tenía que concentrarse, respirar hondo, follarla con control. Roxanne temblaba debajo. El coño le apretaba la polla a pulsos, mojándola entera.
—Más profundo —suplicó—. Muévete de verdad. No me importa si te equivocas con la línea. Quiero que me folles mientras me marcas.
Xavier gruñó, dejó la máquina a un lado y le agarró los muslos con las dos manos. Empezó a embestir de verdad: fuertes, secas, profundas. La mesa crujía. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba el taller. Él se inclinó y le chupó un pezón, luego el otro, mordiendo hasta dejar marcas rojas.
—Di quién te está follando —ordenó entre embestidas.
—Mi hijastro —jadeó ella—. Xavier… el hijo de mi ex… me está abriendo el coño en su taller…
—Y te lo llena. Y te lo marca. Y te lo va a volver a llenar cada noche que te quedes en esta casa.
La volteó sin salirse del todo. La puso a cuatro patas sobre la mesa, le agarró el culo con las dos manos y se la embistió desde atrás con violencia. Las tetas le rebotaban. El tatuaje a medio hacer del muslo le ardía con cada movimiento. Roxanne empujaba hacia atrás, buscando más, más profundidad, más brutalidad.
—Ábreme el culo también —pidió, la voz rota—. Úsame los dos agujeros. Quiero sentir que soy tuya del todo.
Xavier escupió en su mano, se untó los dedos y le empujó primero uno, luego dos, dentro del culo mientras la follaba el coño. Roxanne gritó contra el cuero. Él trabajó los dos agujeros al mismo tiempo, los dedos abriéndola, la polla destrozándola. Cuando sintió que ella empezaba a corrirse, le sacó los dedos, le colocó la polla en el culo y empujó de un solo golpe hasta el fondo.
Roxanne se vino en seco, el orgasmo tan fuerte que le fallaron los brazos. Xavier la sostuvo por la cintura y la folló el culo con embestidas cortas y profundas, gruñendo como un animal. Se corrió dentro a los pocos minutos, chorros calientes llenándole el recto, la polla palpitando mientras le vaciaba los huevos. No se retiró. Se quedó enterrado, respirando contra su espalda sudada, lamiéndole el tatuaje de las espinas.
—Mírame —dijo al fin.
Ella giró la cabeza. Tenía los ojos vidriosos, la boca abierta, el pelo pegado a la cara.
—Esto no se queda aquí —continuó él—. Esta noche subes a mi habitación. Te voy a follar en la cama donde dormía cuando eras la mujer de mi padre. Te voy a hacer gritar tan alto que si vuelve de sorpresa nos oiga. Y mañana, si quiere, que nos pille. Me da igual.
Roxanne se rio, un sonido ronco, cansado, excitado.
—Mejor. Quiero el riesgo. Quiero que cada firma de los papeles me recuerde que anoche me corrí con tu leche en el culo. Termina el tatuaje. Ahora. Con tu semen todavía dentro.
Xavier se salió despacio. El semen le resbaló por el muslo y el culo. Él se puso de nuevo los guantes, encendió la máquina y volvió al trabajo con precisión quirúrgica, ignorando cómo su propia leche brillaba en la piel de ella. Roxanne se quedó boca arriba otra vez, piernas abiertas, dejando que la aguja picara mientras el orgasmo residual le hacía temblar el coño vacío.
Cuando terminó el diseño —una flor negra y roja que bajaba hasta casi tocar los labios—, Xavier se quitó los guantes, se inclinó y lamió el semen de su muslo, de su culo, de su coño. La limpió con la lengua hasta que ella volvió a mojarse. Entonces le metió tres dedos de golpe y se la masturbó hasta un tercer orgasmo, rápido y violento, mientras le susurraba al oído todas las cosas que le iba a hacer esa noche en la cama de arriba.
Roxanne se vistió a medias. Las bragas se las guardó él en el bolsillo. Ella subió a la casa con el semen secándosele entre las nalgas y el tatuaje nuevo ardiendo. En la cocina se sirvió un vaso de agua con la mano temblando. Por la ventana vio el coche del abogado aparcado un segundo en la calle —falso alarma, siguió de largo— y el corazón le dio un vuelco de miedo y de deseo a la vez.
Xavier apareció detrás, la abrazó por la cintura, le metió la mano bajo la blusa y le pellizcó un pezón.
—Esta noche —repitió—. Y pasado. Y el día que firmemos lo último. Te voy a follar sobre los papeles del divorcio si hace falta. Quiero que cuando te vayas de esta casa —si te vas— lleves mi tinta en sitios que nadie más va a ver y mi olor todavía en la piel.
Ella se arqueó contra él. La polla dura le rozaba el culo otra vez a través de la ropa.
—Entonces no me dejes dormir —contestó—. Úsame hasta que no pueda caminar mañana. Quiero que el abogado note que cojeo cuando venga a recoger las últimas firmas.
Xavier le mordió el hombro, fuerte, y le bajó la cremallera de los vaqueros ahí mismo, en la cocina, a plena luz del día, con las ventanas abiertas al jardín. Le metió la mano y le encontró el coño chorreando otra vez.
—Empiezo ya —dijo—. Y no pienso parar hasta que esta casa huela solo a nosotros dos.
La levantó y la sentó en la encimera. Le bajó los vaqueros hasta las rodillas. Se arrodilló y le comió el coño con hambre, chupando su propio semen mezclado con los jugos de ella, mientras Roxanne se agarraba al borde de la encimera y miraba la puerta de la calle, rezando y deseando a la vez que nadie apareciera. El riesgo la mojaba más. El tabú la abría más. Y Xavier lo sabía. Le metió la lengua hasta el fondo, le chupó el clítoris con fuerza y la hizo correr'se otra vez, callada, mordiéndose el puño, los ojos fijos en la entrada por si el coche de su ex volvía.
Cuando se levantó, tenía la boca brillante. Se limpió con el dorso de la mano y le sonrió.
—Esta noche es mía. Entera. Y el culo también. Te lo voy a dejar abierto y lleno para que mañana, cuando camines delante de los abogados, sientas cada paso.
Roxanne asintió, sin aliento. Bajó de la encimera con las piernas flojas. El tatuaje nuevo le ardía. El semen viejo y el nuevo se le mezclaban entre los muslos. Subió las escaleras despacio, sabiendo que Xavier la seguiría en cuanto cerrara el taller. Sabiendo que la casa era un campo de minas y que cada embestida los acercaba más al borde. Sabiendo que no iba a parar.
En la habitación de él, la cama de soltero de siempre, ella se tumbió desnuda a esperar. Abrió las piernas. Se tocó despacio, metiéndose los dedos, preparándose. Oyó sus pasos en la escalera. El corazón le latía en la garganta y en el coño a la vez. Cuando la puerta se abrió, Xavier ya venía con la polla fuera, dura, goteando. Se subió encima sin una palabra y se la embistió de un golpe hasta el fondo.
La mesa del taller había sido el principio. La cama era la continuación. Y el divorcio todavía no había terminado.
Xavier la embistió de un solo golpe hasta el fondo. La cama de soltero crujió bajo el peso de los dos; el colchón viejo se hundió y el cabezal golpeó la pared con un golpe sordo. Roxanne arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado contra el hombro de él. Tenía veintiocho años y la polla gruesa, dura como cemento, y ella, con cuarenta y dos, la recibía entera como si hubiera nacido para eso.
—Joder… —jadeó él—. Esta cama. Te follaba en la cabeza aquí desde que tenías treinta y cinco. Ahora te la estoy metiendo de verdad.
Ella le clavó las uñas en los hombros tatuados y abrió más las piernas.
—Entonces no te contengas. Fóllame como lo imaginabas. Como si tu padre pudiera abrir la puerta en cualquier segundo.
Xavier empezó a moverse. Embestidas largas y profundas al principio, sacándola casi del todo y volviendo a entrar de un empujón seco. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo del coño de Roxanne llenó la habitación. Ella ya estaba empapada, el semen de la tarde todavía resbalándole por el culo, mezclado con jugos frescos. Cada embestida le hacía rebotar las tetas. Él se inclinó y le mordió un pezón, chupándolo con fuerza mientras le hundía la verga hasta las pelotas.
—Madrastra de mierda —gruñó contra la carne—. Abierta en mi cama. Chorriando por tu hijastro.
—Más fuerte —pidió ella, la voz rota—. Quiero que me duela mañana. Quiero cojear delante del abogado.
Él le agarró las muñecas y se las pinó encima de la cabeza. Empezó a follarla con violencia real: caderas golpeando, el choque de piel contra piel seco y húmedo a la vez. Roxanne gemía sin filtro, el pelo pegado a la cara, los ojos negros vidriosos. Sentía cada vena de la polla de Xavier rozándole las paredes internas, el glande golpeándole el fondo. El tatuaje nuevo del muslo le ardía con cada movimiento; la tinta fresca y la fricción la volvían loca.
Xavier soltó una muñeca, le bajó la mano entre los cuerpos y le frotó el clítoris con el pulgar, circular, brutal. Ella se corrió en segundos, el coño apretándole la polla a contracciones fuertes. Él no paró. La folló a través del orgasmo, sacándole gemidos rotos, hasta que ella temblaba y le pedía que no se detuviera.
—Date la vuelta —ordenó.
Roxanne obedeció. Se puso a cuatro patas sobre el colchón estrecho. Xavier le separó las nalgas con las dos manos y le escupió en el culo. El saliva resbaló por el agujero ya usado esa tarde. Él alineó la polla y empujó. Entró de un golpe, hasta el fondo. Roxanne gritó contra la almohada. El recto se le abrió alrededor de la verga gruesa, ardiendo, lleno otra vez.
—Así —jadeó él—. Este culo es mío. Lo tatué, lo follé, lo llené. Y lo voy a volver a llenar.
Empezó a embestir el culo con ritmo salvaje. Cada entrada profunda le sacaba un gemido ahogado a ella. Él le agarró el pelo, tiró hacia atrás y le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo. Roxanne se vino otra vez, más fuerte, el cuerpo entero sacudiéndose. Xavier gruñó, embistió tres veces más y se corrió dentro del culo, chorros calientes llenándola, la polla palpitando mientras le vaciaba los huevos otra vez.
No se retiró. Se quedó enterrado, respirando pesado contra su espalda sudada. Le lamió el tatuaje de espinas de la zona baja, saboreando el sudor y la sal.
—Mírame —dijo.
Ella giró la cabeza. Tenía la boca abierta, la mirada perdida de puro placer.
—Esta noche no duermes —continuó él—. Te voy a follar hasta que no puedas cerrar las piernas. Y si papá llama o aparece, que oiga. Me da igual.
Roxanne se rio, ronca.
—Hazlo. Quiero el riesgo. Quiero que cada firma me recuerde tu leche goteándome.
Se separaron un momento. Xavier salió despacio; el semen le resbaló a ella por el muslo y manchó la sábana. Él la miró: cuarenta y dos años, cuerpo blando en los sitios correctos, tatuajes negros y rojos marcando las caderas, los muslos, el borde del coño. Libre. Suya.
Bajó a la cocina a por agua. Roxanne se quedó en la cama, dedos metidos en el coño, empujando el semen hacia adentro otra vez. Oyó el motor de un coche en la calle. El corazón le dio un vuelco. Se quedó quieta, escuchando. El coche siguió de largo. El alivio y la decepción se le mezclaron en la entrepierna.
Xavier volvió. Traía la botella y la mirada oscura. Se la bebió a sorbos mientras ella lo miraba, la polla ya semi-dura otra vez, marcada de venas.
—Ven aquí —dijo él.
La subió encima. Roxanne se montó de espaldas, le guió la polla al coño y bajó de un tajo. Gimió alto. Empezó a cabalgar con furia, el culo chocando contra él, las tetas rebotando. Xavier le agarró las caderas y la empujó hacia abajo al mismo tiempo que subía las suyas. El sonido era obsceno. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos, mirando hacia la puerta entreabierta.
—Si entra alguien… —jadeó.
—Que entre —respondió él—. Que vea a su exmujer follándose a su hijo en la cama de cuando era puto adolescente.
Ella se corrió con esa frase. El coño le apretó la polla a pulsos. Xavier la volteó sin salirse, la puso de lado, le levantó una pierna y la folló en cuchara profunda, una mano en la garganta, la otra en el pecho. Le mordió el hombro hasta dejar marca. Le susurró al oído todas las veces que se había corrido pensando en ella en esa misma cama: con diecinueve, con veintidós, con veinticinco. Cómo se imaginaba abriéndola sobre la mesa del comedor mientras su padre dormía arriba.
Roxanne empujaba el culo hacia atrás, buscando más.
—Márcame otra vez —pidió—. Quiero más tinta. Aquí.
Se tocó el pecho, justo encima del corazón. Xavier gruñó, salió de ella, la puso boca arriba y le chupó el cuello mientras se frotaba la polla entre los labios hinchados del coño. Luego empujó dentro otra vez y se la folló despacio, casi tierno, contrastando con la brutalidad anterior. Le besó cada tatuaje: el de la cadera, el del muslo, el floral que bajaba hacia el coño. Cada beso era promesa.
—Mañana —dijo él entre embestidas—. Cuando vengan a por las últimas cajas. Te voy a tener debajo de la mesa del comedor con la polla en la boca mientras firmo papeles con papá. Y si se agacha, que te vea.
Ella se rio y se corrió otra vez, más suave, temblando. Él la siguió, llenándole el coño a chorros espesos, gemido gutural contra su cuello.
Quedaron enredados. El semen le salía a ella al moverse. La habitación olía a sexo crudo, a sudor, a tinta. Afuera el calor no bajaba. Dentro, la tensión seguía viva.
Xavier se levantó, se puso solo los pantalones y abrió la ventana. El aire nocturno entró. Roxanne se quedó desnuda en la cama, piernas abiertas, semen brillándole en la piel.
—Baja conmigo al taller —dijo él—. Quiero retocarte el de la espalda baja con la luz mejor. Y quiero follarte otra vez sobre la mesa mientras lo hago. Antes de que amanezca.
Ella se levantó. Las piernas le temblaban. El culo le ardía, el coño le latía. Se puso solo la camiseta holgada de él y bajó las escaleras descalza, sintiendo el semen resbalarle por el muslo a cada escalón. Xavier la seguía, la mano en su nuca, guiándola.
En el taller encendió solo la lámpara de trabajo. Roxanne se subió a la mesa otra vez, boca abajo, se levantó la camiseta. Él se puso guantes, preparó tinta negra. La aguja zumbó. Empezó a repasar el enrejado de espinas. Cada pasada la hacía contener la respiración. A la tercera, él se bajó el pantalón con una mano, sacó la polla dura y se la metió por detrás sin avisar. Roxanne gimió contra el cuero.
Siguió tatuando mientras la follaba lento, controlado. La aguja picaba, la polla la abría. El peligro de que alguien viniera de madrugada —un vecino, el ex, cualquiera— la mojaba más. Xavier lo sabía. Le hablaba bajo:
—Cuando te vayas de esta casa, si te vas, vas a llevar mi leche seca en la piel y mi tinta en sitios que solo yo he visto. Y cada vez que te sientes vas a recordar cómo te abrí el culo en la cama de mi adolescencia.
Ella empujaba hacia atrás.
—No me dejes ir todavía. Los trámites se pueden alargar. Fóllame cada noche. Usa esta casa hasta el último día.
Él apagó la máquina, le agarró las caderas y la embistió de verdad. La mesa crujía. Roxanne gritaba su nombre. Se corrieron juntos otra vez, él dentro, llenándola, marcándola.
Después se quedaron unidos. Fuera, un faro de coche barrió la calle un segundo. Los dos se tensaron. El coche pasó. El miedo les subió la excitación otra vez.
Xavier le susurró al oído:
—Mañana firmamos más papeles. Y después te voy a follar sobre ellos. Quiero ver mi semen manchando la sentencia de divorcio.
Roxanne cerró los ojos, sintiendo la polla todavía gruesa dentro, el tatuaje ardiendo, el riesgo latiéndole en la garganta.
La casa seguía oliendo a ellos. El divorcio no había terminado. Y la noche apenas empezaba a desbordarse.
Xavier no sacó la polla. Se quedó enterrado hasta las pelotas mientras el faro del coche se perdía en la calle y el taller volvía a quedar en penumbra rota solo por la lámpara de trabajo. Roxanne tenía cuarenta y dos años y el culo ardiendo, el coño todavía contrayéndose alrededor de él, el tatuaje fresco de las espinas latiéndole bajo la lengua de su hijastro. Xavier, de veintiocho, le mordió la nuca y empezó a moverse otra vez, lento al principio, sacando hasta la cabeza y volviendo a clavar de un golpe seco que hizo crujir la mesa.
—Todavía no amanece —gruñó contra su oreja—. Voy a follarte el culo hasta que salga el sol y después te voy a bajar a la cocina con mi leche resbalándote por las piernas. Quiero que firmes los últimos papeles oliendo a mi semen.
Roxanne empujó las caderas hacia atrás, abriéndose más. El recto le quemaba de tanto uso, pero el ardor solo le mojaba el coño. Xavier le escupió otra vez entre las nalgas, usó el saliva para empujar más hondo y le metió tres dedos en el coño al mismo tiempo. Ella gritó contra el cuero, el sonido ahogado y sucio. Él la destrozó así durante minutos largos, embistiendo el culo con violencia corta mientras los dedos le frotaban el punto que la hacía temblar. Cuando ella se corrió, el orgasmo le sacudió las piernas enteras; Xavier no paró. Le sacó los dedos, se los metió en la boca de ella para que chupara su propio jugo y siguió follándole el culo hasta vaciarse otra vez, chorros calientes que le llenaron el intestino y le resbalaron por los muslos cuando al fin se retiró.
Se miraron. Ella tenía la cara manchada de saliva y lágrimas de placer. Él tenía la polla brillante de semen y mierda diluida. Sin una palabra la volteó, le abrió la boca con el pulgar y le metió la verga hasta la garganta. Roxanne chupó, sucia, sin asco, limpiándole la polla con la lengua mientras él le agarraba el pelo y le follaba la cara. Escupió, goteó, volvió a meterla. Cuando la sacó, Roxanne tosió y se rio, la voz rota.
—Más. Quiero que me uses la garganta hasta que no pueda hablar delante del abogado.
Xavier la bajó de la mesa, la puso de rodillas en el suelo del taller y se la folló la boca con embestidas profundas. Ella se tocó el clítoris con dos dedos, el culo todavía abierto y goteando. Se corrió otra vez así, de rodillas, la garganta llena de polla, los ojos llorosos fijos en los de él. Xavier se corrió por tercera vez esa madrugada, directo en su lengua, obligándola a tragar cada gota. Ella lo hizo, y después abrió la boca para mostrarle que no quedaba nada.
Subieron a la casa cuando el cielo empezaba a clarear. Roxanne iba desnuda bajo la camiseta de él, el semen secándosele entre las nalgas y en la barbilla. Xavier la arrastró a la cocina, la sentó en la encimera otra vez y le comió el coño hasta que ella se corrió callada, mordiéndose el labio, mirando por la ventana por si el puto ex aparecía temprano. Luego la folló de pie, contra la nevera, una pierna levantada, la polla entrando y saliendo del coño ya destrozado. El sonido era obsceno, húmedo, constante. Cuando se corrió dentro, le sostuvo las nalgas abiertas para que la leche le cayera al suelo de baldosas.
—Límpialo —ordenó.
Roxanne se arrodilló y lamió su propio semen mezclado del suelo, la lengua larga, la cara sucia. Xavier se la folló la cara otra vez mientras ella lo hacía, y le pintó los labios con más precum.
A las diez de la mañana el abogado llamó al timbre. Roxanne se había puesto un vestido holgado sin nada debajo. El semen de Xavier todavía le resbalaba un poco por el muslo interno; lo sentía con cada paso. Xavier abrió en vaqueros y camiseta, la polla semi-dura marcada. El padre de Xavier —el ex— llegó cinco minutos después con las cajas finales y los papeles de la última firma. Intercambiaron saludos cortos. Roxanne firmó donde le indicaron, la mano temblando no de nervios sino de puro deseo. Xavier se quedó de pie detrás de la silla de ella, tan cerca que ella sentía el bulto rozarle la nuca.
Cuando el ex se agachó a recoger una caja del suelo, Xavier le metió la mano bajo el vestido a Roxanne y le hundió dos dedos en el coño empapado. Ella no se movió. Firmó la siguiente hoja con la letra torcida mientras los dedos de su hijastro le follaban despacio, el pulgar en el clítoris. El ex no vio nada. El abogado tampoco. Xavier le susurró al oído, tan bajo que solo ella lo oyó:
—Estás chorreando sobre la sentencia de divorcio, madrastra puta.
Ella apretó las piernas contra su mano y se corrió en silencio, el coño apretando los dedos, el jugo mojando el borde de la mesa de madera. Firmó la última página con las piernas temblando.
El ex se fue a las once y media con las cajas. El abogado a las doce. En cuanto la puerta se cerró, Xavier tiró los papeles firmados sobre la mesa del comedor, levantó a Roxanne, la tumbó de espaldas encima de ellos y le abrió las piernas.
—Dijiste que querías mi leche manchando la sentencia —dijo, bajándose la cremallera—. Aquí la tienes.
Le embistió el coño de un solo golpe. La mesa crujió. Los papeles se arrugaron bajo el culo de ella. Xavier la folló con fuerza brutal, las caderas golpeando, la polla entrando hasta el fondo una y otra vez. Roxanne gritaba sin cuidado, las uñas clavadas en los brazos tatuados de él, las tetas fuera del vestido. Él le escupió entre las tetas, le chupó los pezones hasta dejarlos morados y le dio la vuelta a mitad de embestida. La puso a cuatro patas sobre los documentos, le abrió el culo con las manos y se la metió hasta las pelotas.
—Míralos —ordenó, agarrándole el pelo y obligándola a bajar la cara—. Mírame follarte el culo encima de tu divorcio. Esto es lo que eres ahora. La puta de tu hijastro.
Roxanne miró. Vio su nombre y el de su ex manchándose con gotas de saliva y jugo. Xavier le destrozó el culo con embestidas largas y profundas, luego se la sacó, le abrió la boca y le hizo chupar la polla sucia antes de volver a clavársela en el recto. Se corrió dentro a los pocos minutos, gruñendo, llenándola a chorros espeso. No se retiró. Se quedó palpitando mientras la leche le salía por los lados y manchaba el papel legal.
La sacó despacio. El semen le cayó a chorros sobre la firma final. Xavier se la untó con los dedos por el coño, por el clítoris, por los labios hinchados, y después le hizo firmar de nuevo —con el dedo manchado de leche— al lado de su nombre impreso. Roxanne lo hizo, riendo ronca, el culo abierto y goteando.
No pararon. Xavier la llevó al sofá del salón, la montó a horcajadas y se la folló mirando hacia la ventana de la calle. Cada vez que pasaba un coche ella apretaba más. Se corrió tres veces así, gritando su nombre, el vestido subido hasta las tetas. Él le mordió el cuello hasta dejar un moretón oscuro, le chupó la marca y le susurró:
—Cuando te vayas de esta puta casa vas a llevar mi semen seco en el culo y mi tinta hasta el coño. Y cada vez que te sientes en otra silla vas a sentir cómo te abrí.
La bajó al suelo, le puso la cara contra la alfombra y se la embistió otra vez por detrás, primero el coño, después el culo, alternando sin piedad. Roxanne empujaba hacia atrás, pidiendo más, más duro, que la usara hasta que no le quedara agujero sin marcar. Xavier le metió la polla en la garganta una última vez, le folló la cara hasta las lágrimas y se corrió directo en su lengua otra vez. Ella tragaró, abrió la boca y dejó que el resto le resbalara por la barbilla hasta los pechos.
Se levantaron. El salón olía a sexo crudo, a sudor, a tinta y a papel manchado. Roxanne tenía las piernas flojas, el culo ardiendo, el coño hinchado y abierto. Xavier la miró, la polla todavía semi-dura, goteando el último hilo.
—Sube. Voy a tatuarte una última cosa antes de que se sequen las firmas.
La llevó al taller. La tumbó en la mesa, le abrió las piernas al máximo y le tatuó una pequeña X roja justo encima del clítoris, tan cerca que la aguja le rozaba el botón hinchado a cada pasada. Roxanne se corrió con la aguja todavía zumbando, el coño contrayéndose en el aire vacío. Cuando terminó, Xavier se quitó los guantes, le lamió la sangre y la tinta mezclada y se la folló una última vez, despacio al principio, luego salvaje, hasta corrérsele dentro del coño otra vez mientras ella gritaba que era suya, que el divorcio no importaba, que quería la polla de su hijastro todos los días.
Se separaron. El semen le salió a chorros cuando ella se bajó de la mesa. Xavier se la recogió con dos dedos y se la untó por los labios.
Roxanne se lamió los dedos de él, se limpió la polla con la lengua hasta dejarla brillante y le dijo, mirándolo a los ojos mientras el último chorro le resbalaba por el muslo hasta el suelo del taller:
—Lléname el culo otra vez ahora mismo, hijastro de mierda, que quiero caminar mañana con tu leche podrida saliéndome a cada paso.
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