Rendición en la Azotea Vacía
Nadia, de 32 años y casada, se folla salvajemente con Darius, su vecino de 38, en la azotea para traicionar a sus parejas.
Nadia, una mujer de 32 años casada con Cody, un ejecutivo que apenas pisaba casa por sus constantes viajes de negocios, subió las escaleras metálicas que conducían a la azotea vacía del edificio. El viento nocturno le revolvió el cabello oscuro y le pegó la fina blusa de seda contra los pechos, recordándole lo sensible que tenía la piel esa noche. Encendió un cigarrillo con dedos ligeramente temblorosos y se apoyó en la barandilla de hormigón, dejando que el humo se llevara parte de la frustración acumulada. Su matrimonio se había convertido en una sucesión de cenas frías y camas vacías. Cody llegaba exhausto, la tocaba por compromiso y se dormía antes de que ella pudiera sentir algo más que un vacío entre las piernas.
La ciudad brillaba abajo, indiferente. Nadia dio otra calada profunda, sintiendo el calor del humo en la garganta, cuando oyó el crujido de la puerta de acceso. Se giró y el pulso se le aceleró de inmediato. Era Darius, el vecino del piso de abajo, un hombre de 38 años casado con Harriet, de hombros anchos y mirada que siempre parecía desnudarla en los ascensores. Llevaban meses cruzándose miradas cargadas, silencios que pesaban más que cualquier palabra. Él cerró la puerta tras de sí y se quedó quieto un segundo, como si hubiera esperado exactamente ese encuentro.
—Nadia… —murmuró él con esa voz grave que le erizaba la nuca—. No pensé que alguien más usara este sitio.
Ella soltó el humo lentamente, mirándolo de arriba abajo. La camiseta negra se le pegaba al pecho por el calor de la noche, marcando los músculos que tantas veces había imaginado bajo sus manos.
—Necesitaba aire. Y un cigarro. Mi marido está otra vez en Singapur… o en Dubái, ya ni recuerdo. —Sonrió con amargura—. ¿Y tú? ¿Harriet tampoco te deja dormir?
Darius se acercó hasta quedar a un metro de ella. Sacó su propio paquete de tabaco y encendió uno. Sus ojos no se apartaban de los labios de Nadia mientras esta daba otra calada.
—Harriet duerme como un ángel. Pero yo no. Llevo meses sin pegar ojo pensando en lo mismo que tú, supongo.
El silencio se volvió denso, eléctrico. Nadia sintió que el coño se le humedecía solo con el tono de su voz. Se mordió el labio inferior y decidió dar el primer paso.
—¿Y qué es lo que supones que pienso yo, Darius?
Él dio un paso más. Ahora podía oler su colonia mezclada con el tabaco.
—Que tu marido no te folla como necesitas. Que te vas a la cama mojada y frustrada, tocándote mientras imaginas que soy yo quien te abre las piernas.
Nadia tragó saliva. El corazón le martilleaba contra las costillas. La crudeza de sus palabras la encendió todavía más.
—Es verdad —confesó en voz baja, casi un susurro conspirador—. Me mojo solo de imaginarte follándome salvajemente. Me toco pensando en tu polla entrando hasta el fondo, en cómo me sujetarías las caderas y me harías gritar. Llevo meses fingiendo orgasmos con Cody mientras fantaseo contigo.
Darius soltó un gruñido bajo y se pegó a ella. Su mano grande rozó la cintura de Nadia, subiendo lentamente por el costado hasta casi rozarle el pecho. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Joder, Nadia… Llevo semanas pajeándome como un adolescente pensando en tu culo. Cada vez que te veo pasar con esos jeans ajustados, me imagino doblándote sobre cualquier superficie y metiéndotela por detrás hasta que tiembles. Tu marido no tiene ni idea de la zorra que tiene en casa, ¿verdad?
Ella lo miró directamente a los ojos, respirando agitada. La brisa nocturna les acariciaba la piel, pero el calor entre sus cuerpos era insoportable. Se puso de puntillas y le susurró contra los labios:
—Quiero que me folles esta misma noche, Darius. Aquí. Ahora. Quiero rendirme a esto que llevamos reprimiendo tanto tiempo. Quiero que me uses como la puta que soy cuando pienso en ti.
No hicieron falta más palabras. Sus bocas se encontraron con violencia, lenguas enredándose con hambre acumulada. Las manos de Darius bajaron hasta apretarle el culo por encima de la falda, clavándole los dedos en la carne mientras ella gemía en su boca. Nadia sintió la erección gruesa presionando contra su vientre y supo que ya no había vuelta atrás.
Se separaron apenas un segundo para mirarse, jadeantes. Sin decir nada, Nadia se arrodilló sobre el suelo de hormigón áspero, ignorando el raspado en las rodillas. Le desabrochó el cinturón con dedos ansiosos y sacó la polla dura y gruesa que tanto había imaginado. Era más grande de lo que esperaba, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Lo miró desde abajo con ojos vidriosos de deseo y se la metió en la boca sin preámbulos.
—Joder… —gruñó Darius, agarrándola del pelo con fuerza—. Así, puta caliente. Chúpamela toda.
Nadia la tragó hasta la garganta, sintiendo cómo le abría la mandíbula. Las lágrimas le asomaron a los ojos pero no se detuvo; succionaba con hambre, moviendo la cabeza adelante y atrás mientras su lengua lamía la parte inferior. El sabor salado y masculino la volvía loca. Pensaba en Cody, en su polla floja y rápida, y eso solo la hacía chupar con más ganas, traicionándolo con cada arcada. Darius le follaba la boca con embestidas cortas, sujetándola por el cabello, llamándola guarra, zorra, vecina caliente que solo servía para mamar polla.
Después de varios minutos intensos, la levantó de golpe, le dio la vuelta y la puso a cuatro patas sobre el suelo frío. Le subió la falda hasta la cintura, le arrancó las bragas de un tirón y escupió sobre su coño empapado. Entró de un solo golpe hasta el fondo. Nadia gritó de placer, sintiendo cómo la llenaba por completo.
—Dios… tu coño está ardiendo —jadeó él, empezando a follarla con fuerza, golpeando sus caderas contra el culo redondo de ella.
Las nalgadas resonaban en la azotea vacía. Darius le azotaba las nalgas con la palma abierta, dejando marcas rojas mientras la embestía sin piedad. Luego sacó la polla brillante de jugos y la colocó en la entrada de su culo. Nadia empujó hacia atrás, ansiosa.
—Fóllame el culo también… quiero sentirte en todas partes.
Él entró despacio al principio, pero pronto la follaba con ritmo salvaje, alternando entre el coño empapado y el culo apretado. Le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras le susurraba al oído:
—Te encanta traicionar a tu marido, ¿verdad? Te pone cachonda que te esté metiendo la polla en el culo mientras Cody cree que eres una esposa fiel. Dilo.
—Sí… —gimió Nadia entre los dedos—. Me encanta traicionarlo… soy tu puta, Darius. Más fuerte, por favor.
La puso de lado, luego de nuevo a cuatro patas. Finalmente se tumbó en el suelo y la hizo subir encima. Nadia se empaló en su polla con un gemido largo, cabalgándolo con furia. Sus tetas rebotaban dentro de la blusa abierta, el sudor les corría por la piel. Ella se movía salvajemente, rotando las caderas, frotando su clítoris contra él mientras sentía que el orgasmo se acercaba como un tren de carga.
—Voy a correrme… ¡me corro! —gritó sin poder contenerse.
Darius la sujetó por las caderas y empujó hacia arriba, corriéndose dentro de su coño con un rugido gutural. Los dos se convulsionaron juntos, gritando sin control, los cuerpos temblando bajo la noche abierta.
Jadeantes y cubiertos de sudor, permanecieron unidos unos segundos más. El semen empezaba a escaparse del coño de Nadia cuando ella se levantó con piernas temblorosas. Se vistieron rápidamente, mirando hacia la puerta con el corazón aún desbocado. Ella se acercó, le dio un beso profundo, metiendo la lengua con posesión, y luego pasó el pulgar por la comisura de sus labios, limpiando una gota de semen que había quedado allí tras las últimas lamidas.
—Esto solo es el principio —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. Mañana volveré a subir. Y la noche siguiente. Y la que viene. Dime que tú también vas a buscarme.
Darius la miró con ojos todavía oscuros de deseo, respirando agitado.
—Cada puta noche que tu marido esté fuera, voy a follarte hasta que no puedas caminar recto.
Se separaron. Nadia bajó primero por las escaleras, sintiendo el semen correrle por los muslos y el culo todavía palpitante. Al llegar a su piso, se arregló el cabello frente a la puerta, compuso una expresión serena y entró. Cody había llamado hacía una hora diciendo que su vuelo se retrasaba dos días más. Perfecto.
Desde la ventana de la sala vio la luz del piso de abajo encenderse. Darius ya estaba en casa. Harriet probablemente lo recibió con una sonrisa inocente. Nadia se mordió el labio, todavía sintiendo su sabor en la boca, y sonrió en la oscuridad. Esto no había hecho más que empezar. El riesgo, la traición, el placer brutal… todo eso solo había abierto una puerta que ya no pensaba cerrar.
La noche siguiente Nadia subió las escaleras con las piernas ya débiles de solo anticipar lo que iba a pasar. El vestido negro se le pegaba al cuerpo por el calor húmedo que subía desde la calle, y el roce de la tela contra sus pezones duros le recordaba que no llevaba sujetador ni bragas. Cada peldaño metálico resonaba como un latido entre sus muslos. Su coño llevaba todo el día palpitando, hinchado, mojándose sin permiso cada vez que recordaba las embestidas brutales de la noche anterior. Cody había vuelto a llamar: el retraso ahora era de cinco días. Cinco días para traicionarlo sin pausa.
Al empujar la puerta de la azotea el viento le levantó el vestido y le mostró el culo desnudo a la noche. Darius ya estaba allí, fumando con la espalda contra la barandilla. La camiseta se le adhería al pecho sudoroso. Sus miradas se engancharon como ganchos. No hubo saludo. Él tiró el cigarro, cruzó la distancia en tres zancadas y la agarró del cuello con una mano grande mientras la otra se metía directamente entre sus piernas.
—Estás empapada, zorra —gruñó contra su boca antes de morderle el labio inferior—. ¿Has estado así todo el día pensando en mi polla?
Nadia gimió al sentir dos dedos gruesos abrirse paso dentro de ella sin aviso. Sus rodillas se aflojaron.
—Desde que me levanté —confesó con voz rota—. Me toqué en la ducha imaginando que me follabas el culo otra vez. Cody me hablaba por teléfono y yo tenía los dedos metidos hasta el fondo, mordiéndome la lengua para no gemir tu nombre.
Darius soltó una risa oscura y la empujó contra el muro de hormigón. El vestido subió hasta su cintura de un tirón. Se arrodilló, le separó las nalgas con ambas manos y hundió la lengua directamente en su agujero trasero. Nadia soltó un grito ahogado. La lengua caliente y húmeda daba vueltas, presionaba, entraba un poco. El contraste entre la brisa fresca de la noche y el calor de esa boca la volvía loca.
—Darius… joder… así, lámeme el culo como la puta infiel que soy.
Él gruñó, mordisqueando la carne de sus nalgas antes de bajar a devorarle el coño desde atrás. Chupaba fuerte, ruidosamente, mientras dos dedos volvían a follarla. Nadia se agarró al borde del muro, mirando las luces de la ciudad treinta pisos abajo, y sintió cómo el orgasmo le subía por la columna como electricidad. Se corrió con violencia, apretando los dientes para no gritar demasiado alto, pero sus jugos le corrieron por los muslos hasta mojarle los tobillos.
Darius se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y la hizo girar. Su polla ya estaba fuera, gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de precum. La agarró del pelo y la obligó a bajar.
—Chúpamela. Quiero ver cómo traicionas a tu marido con la garganta.
Nadia abrió la boca sin dudar. La polla le llenó la boca hasta el fondo en una sola embestida. Las lágrimas le saltaron de inmediato, pero succionó con más fuerza, tragando alrededor de la carne caliente, dejando que la baba le cayera por la barbilla y le mojara las tetas. Darius la follaba la cara con golpes cortos y profundos, sujetándola por la nuca, llamándola guarra, vecina de mierda, esposa infiel que solo servía para tragar polla ajena.
—Piensa en Harriet durmiendo dos pisos más abajo —jadeó él—. Mientras tú estás aquí arrodillada mamándomela como una desesperada.
Esas palabras la encendieron todavía más. Nadia se sacó la polla un segundo, jadeando, y lo miró desde abajo con los ojos vidriosos.
—Que se joda Harriet. Esta polla es mía ahora. Quiero que me destroces, Darius. Quiero que me folles hasta que mañana no pueda ni sentarme en la mesa con Cody cuando vuelva.
Él la levantó de un tirón, la giró y la empotró contra el muro. Le levantó una pierna y entró de golpe en su coño. El golpe fue tan fuerte que Nadia sintió que le llegaba al útero. Darius follaba con rabia, con golpes secos y profundos que le hacían rebotar las tetas dentro del vestido. Cada embestida sonaba húmeda, obscena. Le mordía el cuello, le pellizcaba los pezones duros, le susurraba al oído todo lo que llevaba meses guardándose.
—Tu marido te toca como un puto muerto. Yo te follo como mereces. Dime que prefieres mi polla.
—La prefiero —gimió ella, empujando el culo hacia atrás para recibir cada golpe—. La prefiero mil veces. Cody no me llena, no me rompe, no me hace sentir esta puta sucia que soy contigo.
Darius sacó la polla chorreando y la colocó en su ano. Esta vez no fue lento. Escupió sobre la cabeza y empujó. Nadia soltó un gemido largo y gutural cuando el grosor la abrió. El dolor se mezcló con un placer tan intenso que le nubló la vista. Darius la sujetó por las caderas y empezó a follarla el culo con ritmo salvaje, profundo, haciendo que sus nalgas chocaran contra su pelvis con fuerza.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? Que te use el culo mientras tu marido cree que estás durmiendo como una esposa decente.
—Sí… sí, joder… rómpeme el culo, Darius. Quiero sentirte mañana cuando me siente a comer con él.
Cambió de postura sin salir de ella. La bajó al suelo, la puso de lado y levantó una de sus piernas para follársela más abierto. Luego la colocó a cuatro patas otra vez, pero esta vez le metió dos dedos en el coño mientras le taladraba el ano. Nadia se corrió por segunda vez, mordiendo su propio brazo para ahogar el grito. El orgasmo fue tan fuerte que le temblaron hasta los dedos de los pies.
Darius la levantó, se sentó en el borde bajo de la pared de hormigón y la colocó encima a horcajadas, de espaldas a él. Nadia se empaló en su polla, ahora en el coño otra vez, y empezó a cabalgar con furia. Sus tetas saltaban dentro del vestido abierto. Él le metía los dedos en la boca, tiraba de su pelo, le daba nalgadas que resonaban en la azotea vacía.
—Más fuerte, zorra. Quiero que me exprimas la leche con ese coño de infiel.
Nadia rotaba las caderas, bajaba con fuerza, sentía cómo la polla le rozaba el punto exacto que la volvía loca. El sudor les corría por la espalda. El olor a sexo era tan denso que parecía que la noche entera olía a traición y corrida.
De pronto oyeron el crujido lejano de la puerta del ascensor en el piso de abajo. Pasos. Alguien subía las escaleras metálicas.
Ambos se quedaron congelados un segundo, con la polla de Darius aún enterrada hasta el fondo en el coño de Nadia. El riesgo les golpeó como una descarga. En lugar de separarse, Darius la agarró más fuerte de las caderas y empezó a follarla más lento pero más profundo, tapándole la boca con una mano grande.
—Ni se te ocurra parar ahora —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero que te corras mientras quien sea sube.
Nadia gimió contra su palma, aterrorizada y excitadísima. Los pasos se acercaban. Su coño se contrajo con violencia alrededor de la polla gruesa. Se corrió por tercera vez, temblando entera, mordiendo los dedos de Darius para no gritar. Él gruñó bajito, la sujetó con fuerza y se derramó dentro de ella en chorros calientes y espesos que le llenaron el útero.
Los pasos se detuvieron en el piso inferior. Una puerta se abrió y se cerró. Silencio otra vez.
Jadeantes, empapados de sudor y fluidos, se quedaron unidos unos segundos más. El semen empezaba a escaparse del coño de Nadia y le corría por el muslo cuando ella se levantó con dificultad. Tenía las rodillas raspadas, el ano palpitante, los labios hinchados. Se arregló el vestido con manos temblorosas.
Darius se guardó la polla aún medio dura, brillante de sus jugos. La miró con los ojos todavía negros de deseo.
—Mañana subes otra vez —ordenó en voz baja—. Pero esta vez quiero que traigas el plug anal que tienes guardado. Vas a llevarlo puesto todo el día mientras hablas con tu marido por videollamada.
Nadia sintió un nuevo latigazo de excitación entre las piernas a pesar de lo recién follada que estaba. Se acercó, le metió la lengua en la boca con posesión y le mordió el labio hasta casi sacarle sangre.
—Estaré aquí. Con el plug. Y con el coño chorreando antes de que me toques siquiera.
Se separaron sin beso de despedida. Nadia bajó primero, sintiendo cómo la corrida de Darius le bajaba por las piernas con cada escalón. Al entrar en su apartamento vacío, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitada. El teléfono vibró: mensaje de Cody diciendo que la quería y que intentaría volver antes.
Ella sonrió en la penumbra, pasó dos dedos por su coño lleno y se los llevó a la boca, probando el sabor de la traición.
Todavía no era suficiente.
Quería más. Quería que Darius la follara hasta el límite. Quería correrse sabiendo que Harriet o Cody podían aparecer en cualquier momento. La rendición ya no era solo en la azotea; estaba empezando a consumirla entera.
Y la noche siguiente volvería a subir.
Nadia empujó la puerta de la azotea con las piernas ya temblorosas. El plug anal de silicona negra, grueso y con base de acero, llevaba dentro de su culo desde las nueve de la mañana. Lo había colocado ella misma frente al espejo del baño, mordiéndose el labio mientras lo lubricaba y lo empujaba lentamente hasta que su esfínter lo tragó por completo. Durante la videollamada con Cody, cuando su marido le sonreía desde la habitación del hotel en Dubái y le preguntaba cómo había dormido, ella había mantenido la espalda recta, las rodillas juntas, sintiendo cómo cada movimiento del plug la dilataba y le provocaba oleadas de placer vergonzoso. “Te echo de menos, cariño”, le había dicho Cody. Nadia había sonreído con dulzura mientras su coño se empapaba hasta manchar la silla.
Ahora, el viento nocturno le levantó el borde del vestido corto y negro. No llevaba nada debajo. El plug seguía firme en su interior, presionando sus paredes con cada paso que daba sobre el hormigón. Darius ya estaba allí, apoyado contra la barandilla, fumando. Su mirada se clavó en ella como un animal que reconoce a su presa. Tiró el cigarro al vacío y se acercó sin decir una palabra. La agarró del cuello con una mano grande y la atrajo hasta que sus bocas casi se tocaron.
—Enséñame —ordenó con esa voz ronca que le derretía las entrañas.
Nadia obedeció sin dudar. Se dio la vuelta, se inclinó hacia adelante y se levantó el vestido hasta la cintura. El culo redondo quedó expuesto bajo la luz tenue de la ciudad. Darius se arrodilló detrás de ella y separó sus nalgas con ambas manos. Sus dedos callosos rozaron la base del plug.
—Joder, qué puta obediente eres —gruñó—. ¿Lo has llevado todo el día mientras hablabas con tu marido?
—Sí… —jadeó Nadia, sintiendo cómo el rubor le subía por las mejillas—. Mientras Cody me contaba que está cerrando un contrato millonario, yo tenía esto metido en el culo pensando en tu polla. Me he corrido dos veces en el baño del trabajo solo apretando las piernas.
Darius tiró suavemente de la base del plug, sacándolo apenas un centímetro antes de volver a empujarlo dentro. Nadia soltó un gemido ahogado. El estiramiento era delicioso, obsceno. Él repitió el movimiento varias veces, follándola con el juguete mientras su aliento caliente le rozaba la piel húmeda de las nalgas.
—Estás chorreando —dijo él, pasando dos dedos por su coño hinchado—. Cody no tiene ni idea de que su mujercita perfecta es una zorra anal que se prepara el culo para el vecino.
Nadia empujó hacia atrás, ansiosa.
—Fóllame ya, Darius. Por favor. Llevo todo el día vacía por delante.
Él se levantó, se abrió el pantalón y sacó su polla gruesa, venosa y completamente dura. Sin preámbulos, la agarró del pelo y la obligó a girarse y arrodillarse. El hormigón le raspó las rodillas, pero a Nadia ya no le importaba. Abrió la boca y él se la metió hasta el fondo de un solo golpe. Las lágrimas le saltaron de inmediato. Darius le folló la cara con embestidas profundas y lentas, sujetándola por la nuca, obligándola a tragar cada centímetro.
—Así, trágatela toda. Piensa en Harriet durmiendo dos pisos más abajo mientras tú estás aquí mamándomela como una desesperada. Tu marido confía en ti y tú tienes la garganta llena de polla ajena.
Nadia gemía alrededor de la carne caliente, babeando sin control. El plug en su culo se movía con cada arcada, recordándole constantemente su rendición. Le encantaba. Le encantaba la humillación, la traición, el riesgo. Chupaba con más fuerza, lamiendo las venas, succionando la cabeza hinchada cada vez que Darius se retiraba. El sabor salado y masculino la volvía loca.
Después de varios minutos brutales, Darius la levantó de golpe. La empujó contra el muro bajo que daba al vacío de la ciudad. Treinta pisos más abajo, los coches parecían diminutas luces. Le levantó una pierna, le sacó el plug de un tirón seco y, sin darle tiempo a recuperarse, le metió la polla en el culo de un solo empujón.
Nadia gritó. El placer y el dolor se mezclaron en una explosión que le nubló la vista. Darius era mucho más grande que el plug. La abrió por completo, enterrándose hasta los huevos en su recto caliente.
—Dios… qué culo tan apretado tienes, puta infiel —jadeó él, empezando a follarla con golpes fuertes y profundos.
Cada embestida la levantaba del suelo. Nadia se agarraba al borde del muro, mirando las luces de la ciudad mientras Darius le taladraba el ano sin piedad. El sonido húmedo y obsceno de sus nalgas chocando contra la pelvis de él resonaba en la azotea. Él le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por ambos agujeros con la mano y la polla.
—Quiero que te corras así —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. Con mi polla en el culo y los dedos en ese coño de casada infiel. Dime a quién pertenece este cuerpo ahora.
—A ti —gimió Nadia, con la voz rota—. Este culo es tuyo. Este coño es tuyo. Cody solo me tiene de nombre. Fóllame más fuerte, por favor… rómpeme.
Darius aceleró. Sus dedos entraban y salían de su coño empapado mientras su polla gruesa castigaba su ano sin descanso. Nadia sintió el orgasmo subir como una ola gigantesca. Se corrió con violencia, apretando los dientes, temblando entera, eyaculando sobre los dedos de Darius mientras su culo se contraía alrededor de la polla invasora. Los jugos le corrieron por los muslos hasta mojarle los tobillos.
Él no se detuvo. Sacó la polla del culo, la giró y la empotró de frente contra el muro. Le levantó las dos piernas, cruzándolas sobre sus brazos, y volvió a penetrarla, esta vez en el coño. La follaba en el aire, sosteniéndola como si no pesara nada. Nadia sentía cada centímetro entrar y salir, rozándole el punto G con cruel precisión.
—Mírame —ordenó él—. Quiero verte la cara mientras me dices cuánto te gusta traicionar a tu marido.
Nadia lo miró a los ojos, jadeando.
—Me encanta… Me encanta que me estés follando mientras Cody cree que estoy en casa viendo una serie. Me pone cachonda saber que Harriet te está esperando en la cama y tú estás aquí llenándome el coño.
Darius la besó con brutalidad, mordiéndole el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar. Luego la bajó al suelo, la puso a cuatro patas y le metió el plug de nuevo en el culo mientras seguía follándola el coño. La doble penetración la volvió loca. Nadia se corrió por segunda vez, aullando contra el suelo, las uñas arañando el hormigón.
—Otra vez —exigió Darius, dándole una nalgada fuerte que dejó la marca roja de su mano—. Quiero que te corras con el plug en el culo y mi polla abriéndote el coño.
Nadia obedeció. El tercer orgasmo fue aún más intenso. Todo su cuerpo se convulsionó, las piernas le fallaron, y solo la polla de Darius la mantuvo en posición. Él gruñó, la sujetó con fuerza por las caderas y se corrió dentro de ella con chorros calientes y espesos que le llenaron el útero. Se quedó enterrado hasta el fondo mientras palpitaba, vaciándose por completo.
Cuando por fin se retiró, el semen blanco y espeso empezó a salir de su coño hinchado y a mezclarse con los jugos que le corrían por los muslos. El plug seguía dentro de su culo, manteniéndola abierta. Nadia se dejó caer de lado, respirando agitada, con el vestido arrugado alrededor de la cintura y el cuerpo cubierto de sudor y marcas.
Darius se arrodilló a su lado, le metió dos dedos en el coño lleno y se los llevó a la boca para que los limpiara. Nadia chupó con devoción, saboreando su propia corrida y la de él.
—Aún no hemos terminado —dijo él con voz oscura, mirando hacia la puerta de acceso—. Mañana subes otra vez. Pero esta vez quiero que dejes la puerta de la azotea sin cerrar. Quiero follarte sabiendo que cualquiera puede subir en cualquier momento. Y quiero que llames a Cody por teléfono mientras te corro dentro. Vas a hablar con él normal mientras sientes cómo te lleno.
Nadia sintió un nuevo latigazo de excitación pura y terror delicioso entre las piernas. Sabía que era una locura. Sabía que cada vez se acercaban más al abismo. Pero el deseo era más fuerte que cualquier miedo.
Se incorporó con dificultad, sintiendo el plug moverse dentro de ella y la corrida de Darius escapando de su coño con cada movimiento. Se acercó a Darius, le metió la lengua en la boca con hambre posesiva y le mordió el labio.
—Estaré aquí —susurró contra su boca—. Con la puerta abierta. Con el plug. Y con el teléfono listo para marcar el número de mi marido mientras me follas como la puta infiel que soy.
Se separaron con miradas que prometían mucho más. Nadia bajó las escaleras primero, sintiendo cada escalón como una nueva rendición. El semen le bajaba por los muslos, el culo le palpitaba alrededor del plug, y su mente ya estaba en la noche siguiente. El riesgo ya no era solo una fantasía. Se estaba convirtiendo en necesidad.
Y todavía quería más. Mucho más.
Nadia empujó la puerta de la azotea dejándola entreabierta, tal como Darius le había exigido. El viento húmedo de la noche le levantó el vestido corto y negro, exponiendo su coño desnudo y el brillo del plug de acero que asomaba entre sus nalgas. Lo había llevado todo el día: durante la videollamada con Cody, mientras su marido de treinta y dos años le hablaba desde la habitación del hotel en Dubái, ella había apretado las piernas sintiendo cómo el grueso juguete la dilataba sin piedad. Su coño había chorreado sobre la silla de la sala, pero su voz se mantuvo dulce y serena: “Todo bien por aquí, cariño. Te echo de menos”.
Ahora, con las piernas temblorosas, cruzó el hormigón. Darius, su vecino de treinta y ocho años, casado con Harriet, la esperaba apoyado en la barandilla. Su mirada se oscureció al ver la puerta abierta. No dijo nada. Se acercó en dos zancadas, la agarró por la nuca y la besó con brutalidad, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras su otra mano bajaba directamente a su culo.
—Estás loca, puta —gruñó contra su boca, tirando de la base del plug y girándolo dentro de ella—. Cualquiera puede subir. Cualquiera puede oír cómo te voy a destrozar.
Nadia gimió, empujando el culo hacia atrás. El riesgo le empapaba los muslos. Sentía el plug presionando sus paredes internas, abriéndola para lo que venía. Darius se arrodilló detrás, le separó las nalgas con fuerza y lamió el borde de su ano dilatado alrededor del metal, succionando, mordiendo la carne tierna. Su lengua caliente contrastaba con el viento frío. Nadia se agarró al borde del muro bajo, mirando las luces de la ciudad treinta pisos abajo, y pensó que nunca se había sentido tan viva, tan asquerosamente infiel.
—Sácalo —suplicó con voz rota—. Quiero que me folles el culo mientras llamo a Cody.
Darius tiró del plug con un movimiento seco. El vacío repentino la hizo jadear. Lo tiró a un lado y escupió abundantemente sobre su ano abierto. Se puso de pie, sacó su polla gruesa y venosa, y la colocó en la entrada. Entró de un solo empujón hasta los huevos. Nadia soltó un grito ahogado que reverberó en la azotea. El grosor la partía en dos, pero era exactamente lo que necesitaba. Darius la sujetó por las caderas y empezó a taladrarla con golpes largos y profundos, haciendo que sus nalgas chocaran contra su pelvis con un sonido húmedo y obsceno.
—Llámale ahora —ordenó, sin dejar de follarla—. Quiero que hables con tu marido mientras te destrozo el culo.
Nadia, con las manos temblando, marcó el número. El teléfono sonó dos veces antes de que Cody contestara. Su voz alegre y cansada llenó el altavoz.
—Hola, amor. ¿Qué tal la noche?
En ese preciso instante Darius aceleró, follándola más fuerte, clavándose en su recto con rabia. Nadia tuvo que morderse el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre para no gemir.
—Bien… todo bien —logró decir, con la voz entrecortada—. Solo… estoy en la azotea tomando aire. Hace mucho calor aquí arriba.
Darius soltó una risa baja y oscura. Sacó la polla del culo, la giró y la empotró de cara contra el muro bajo. Le levantó una pierna, apoyándola en el borde, y volvió a penetrarla, esta vez en el coño empapado. El cambio de agujero la hizo convulsionar. Su jugo le corría por los muslos. Mientras Cody le contaba detalles aburridos de su contrato, Darius le metía la polla hasta el fondo con embestidas brutales, golpeándole el cérvix.
—¿Estás bien? Suenas rara —preguntó Cody.
Nadia cerró los ojos. El placer era insoportable. Sentía cada vena de la polla de Darius rozando sus paredes internas, abriéndola, reclamándola.
—Es que… he subido corriendo las escaleras —mintió, y su voz se quebró cuando Darius le pellizcó un pezón con saña—. Dios… estoy sudando mucho.
Darius le tapó la boca con una mano grande y le susurró al oído, sin dejar de follarla:
—Dile que estás sudando porque tu vecino te está partiendo el coño como la zorra infiel que eres. Dile que mi polla es mucho más grande que la suya.
Nadia sintió que el orgasmo se acercaba como un tren. Empujó el culo hacia atrás, follándose ella misma la polla gruesa mientras intentaba mantener la conversación. Cody seguía hablando de su vuelo de regreso en dos días. Ella gemía bajito, fingiendo que eran suspiros de cansancio. Darius le quitó la mano de la boca y le metió dos dedos, obligándola a chuparlos mientras le taladraba el coño sin piedad.
—Te quiero, cariño —dijo Cody de pronto—. ¿Me echas de menos?
Nadia se corrió. El orgasmo la atravesó como un rayo. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Darius, eyaculando jugos calientes que le salpicaron las piernas. Tuvo que apretar los dientes y fingir un bostezo para disimular el gemido largo y gutural que se le escapó.
—Mucho… te echo mucho de menos —jadeó, con la voz rota de placer—. No sabes cuánto.
Darius la sacó de golpe, la puso de rodillas sobre el hormigón áspero y le metió la polla directamente en la garganta. Nadia tragó arcadas, babeando sin control mientras su marido seguía hablando de lo mucho que deseaba abrazarla. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no dejaba de chupar. Darius la follaba la cara con golpes cortos y profundos, sujetándola por el pelo, usándola como un agujero caliente.
—Cuélgale —gruñó en voz baja—. Voy a correrme.
Nadia fingió una tos.
—Cody, se me está cortando la señal… te llamo mañana, ¿vale? Te quiero.
Colgó justo cuando Darius la levantaba, la colocaba a cuatro patas mirando hacia la puerta abierta y le volvía a meter la polla en el coño. Los golpes eran salvajes ahora. El riesgo de que alguien subiera por las escaleras metálicas y los encontrara así —ella a cuatro patas, el vestido arrugado en la cintura, el culo y el coño completamente expuestos— los volvía locos. Darius le azotaba las nalgas con fuerza, dejando marcas rojas que brillaban bajo la luz de la ciudad.
—Eres mi puta —jadeaba—. Mi vecina casada que prefiere que la llenen de leche ajena mientras habla con su marido. Córrete otra vez. Quiero sentir cómo me exprimes.
Nadia obedeció. El segundo orgasmo fue aún más brutal. Se mordió el antebrazo para ahogar el grito mientras su coño palpitaba y chorreaba. Darius gruñó como un animal, la sujetó por las caderas con tanta fuerza que le dejaría moretones y se corrió dentro de ella. Chorros calientes y espesos le inundaron el útero, tanto que el semen blanco empezó a escaparse alrededor de su polla aún enterrada. Se quedó dentro unos segundos más, palpitando, vaciándose por completo mientras el viento les secaba el sudor de la piel.
Cuando por fin se retiró, un río de corrida le bajó por los muslos a Nadia. Tenía el ano palpitante, el coño hinchado y rojo, las rodillas raspadas. Se levantó con dificultad, se arregló el vestido con manos temblorosas y miró a Darius. Él guardó su polla brillante de jugos y semen, respirando agitado.
—Mañana más —dijo él con esa voz grave que aún la hacía palpitar.
Nadia se acercó, le metió la lengua en la boca una última vez, mordiéndole el labio, y susurró:
—Aquí estaré. Con la puerta abierta. Siempre.
Bajó las escaleras primero, sintiendo cómo la espesa corrida de Darius se le escurría con cada peldaño, mezclándose con sus propios fluidos. Al entrar en su apartamento vacío se apoyó contra la puerta, se pasó dos dedos por el coño lleno y se los llevó a la boca, saboreando la traición.
Sonrió en la penumbra.
Lo que Darius no sabía era que esa misma tarde el médico le había confirmado lo que ella ya sospechaba: estaba embarazada de cinco semanas. La semilla de su vecino había prendido en su vientre infiel mucho antes de que Cody regresara. Esta rendición ya no tenía marcha atrás. El hijo que llevaba dentro era de Darius, y ella pensaba decírselo la próxima noche, justo antes de contarle a Cody que su matrimonio había terminado en una azotea vacía.
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