Climbing Partner Que Reclama a Su Esposa
Mi amigo Carlos vio cómo Omar se follaba a su esposa Gwen como un animal delante de él.
Mi nombre es Carlos y tengo treinta y dos años. Llevo media vida aferrando roca con los dedos y fingiendo que el vértigo solo existe en la pared, nunca en la cama. Mi esposa Gwen, veintiocho, es más ligera, más flexible, y esa tarde de viernes en la sierra conocimos a Omar. Treinta y cinco años, guía de montaña, hombros anchos como un saliente, antebrazos surcados de venas y una voz grave que cortaba el viento. Nos presentó el refugio; él llevaba el grupo. Desde el primer rápel ya me miraba a los ojos mientras le ajustaba el arnés a Gwen un poco más abajo de la cadera de lo necesario.
—Qué cintura tan firme —dijo sin bajar la voz—. Parece hecha para que alguien la sujete fuerte.
Gwen soltó una risa corta, esa que usa cuando algo le calienta por dentro. Yo estaba a dos metros, asegurando la cuerda, y sentí cómo se me endurecía la polla contra el neopreno del pantalón. Ella le devolvió la mirada, labios entreabiertos.
—¿Tú crees que aguantaría un buen tirón? —preguntó ella, coqueta, y Omar sonrió con todos los dientes.
—Aguantarías más de lo que crees, guapa. Ese culo se mueve demasiado bien en la vertical.
Cada cumplido era un golpe bajo. Yo asentía, tragaba saliva y me excitaba como un idiota. Gwen subía por la fisura y Omar iba detrás, casi pegado, una mano en su muslo para “corregir la posición”, los dedos rozándole el borde de las mallas. Cuando ella se estiraba hacia un canto, su pecho rozaba la espalda de él un segundo de más. Yo lo veía todo desde abajo y me corría de vergüenza y de ganas a partes iguales. Ella bajó la mirada hacia mí una vez y me guiñó el ojo: sabía exactamente lo que me estaba haciendo.
La vía se volvió más íntima en la segunda mitad. Omar la aseguraba desde arriba y, al llegar al rellano, la levantaba por las caderas como si no pesara nada. Sus muslos se abrían contra su torso, la entrepierna de Gwen quedó aplastada un instante contra el muslo de él. Ella jadeó.
—Joder, Omar… me tienes empapada solo con tocarte así.
Lo dijo alto, para que yo lo oyera. Mi polla dio un latido doloroso. Omar soltó una risa baja.
—Entonces vamos a mojarte más, princesa. Carlos, ¿ves cómo se le marca el coño en la tela? Está goteando por mí y tú estás ahí abajo sintiéndolo.
Asentí, la voz ronca.
—Lo veo. Sigue.
Esa noche en la cabaña de madera olía a leña y a sudor seco. Nos sentamos los tres alrededor de la mesa con cervezas. La charla empezó torpe y terminó cruda. Gwen confesó que llevaba semanas fantaseando con que otro hombre la follara delante de mí. Omar admitió que le encantaba humillar maridos consentidos y reventar esposas. Yo, con la cara ardiendo, dije la verdad:
—Me pone de rodillas imaginarlo. Quiero ver cómo se la metes entera mientras yo no puedo hacer nada.
Gwen se levantó, se colocó delante de mí y me tomó la cara con las dos manos.
—Carlos… ¿me dejas follar con Omar ahora mismo? Quiero su polla dentro. Dime que sí.
Tragué.
—Sí. Fóllatelo. Quiero verlo todo.
Ella se giró y se lanzó a la boca de Omar como si llevara días sin beber. Se besaron con lengua y saliva, él le agarró el culo con las dos manos y la levantó. Gwen rodeó su cintura con las piernas. Yo me quedé sentado, pantalones abiertos, acariciándome despacio mientras los veía devorarse. Omar la llevó a la cama grande sin soltarla. La tiró de bruces, le bajó las mallas de un tirón y le abrió los labios del coño con los dedos.
—Mírala, Carlos. Está chorreando. Este coño necesita una polla de verdad.
Se bajó el pantalón. La polla le saltó gruesa, venosa, más larga que la mía y con el glande ya brillante. Gwen miró por encima del hombro y gimió solo de verla. Omar se colocó detrás, le sujetó las caderas y empujó de un solo golpe hasta el fondo. El sonido húmedo llenó la cabaña. Gwen gritó, un grito largo que nunca me había regalado a mí.
—¡Joder, qué gruesa…! Sí, así, fóllame duro.
Omar la embistió sin piedad, nalgas chocando, huevos golpeándole el clítoris. Yo me acerqué al borde de la cama, la polla en la mano, y ella me miró con los ojos vidriosos.
—Mírame, cariño. Mira cómo me abre. Nunca me has llegado tan profundo. Dile lo grande que la tiene.
—La tiene enorme —respondí, la voz rota—. Te está destrozando el coño y te encanta.
Omar la puso de lado un momento, luego la volteó a cuatro patas otra vez y le dio una palma en el culo mientras seguía clavándosela. Gwen babeba sobre la almohada. Después la giró de un movimiento y la montó en misionero. Le rodeó el cuello con una mano, no para ahogar, solo para sujetarla y recordarle quién mandaba. Ella abrió más las piernas y me ordenó:
—Carlos, acércate. Mira cómo mi coño se traga esa polla. Míralo apretar. Chúpale los huevos mientras me folla, quiero sentir tu lengua ahí abajo.
Obedecí. Me arrodillé, lamiendo los testículos pesados de Omar cada vez que salían de ella. El olor a sexo y a su corrida anticipada me mareó. Gwen se corrió primero, el cuerpo entero temblando, gritando el nombre de Omar una y otra vez mientras el coño le pulsaba alrededor de la verga. Omar no paró. Aceleró, profundo, hasta que se tensó y descargó dentro con un gruñido animal, llenándola a chorros calientes que empezaron a salir por los lados y a resbalarle por el culo.
Cuando terminó, se quedó dentro un segundo más, besándola con posesión, mordiéndole el labio inferior. Luego me miró por encima del hombro de Gwen y sonrió, victorioso, todavía con la polla medio dura y brillando de semen y de ella.
Gwen temblaba. Se deslizó hasta el borde de la cama, se acercó a mí con el semen de Omar resbalándole por el muslo interno, me tomó la cara con las manos mojadas de sudor y me besó con una ternura casi cruel, dejándome probar su boca y un poco de él. Me susurró al oído, aún sin aliento:
—Esto solo acaba de empezar, mi amor. Quiero que me veas otra vez mañana… y que sepas que esta noche voy a dormir con su leche dentro mientras tú te corres solo mirándonos.
Omar se recostó detrás de ella, una mano todavía en su pecho, y yo sentí que el fin de semana entero se me venía encima como una pared sin agarres.
Me quedé al borde de la cama con la polla dura y sin tocarme del todo, viendo cómo Omar la abrazaba por detrás y le metía dos dedos en el coño para empujar de vuelta el semen que se le escapaba. Gwen gimió contra mi boca, todavía con el sabor de los dos, y se apretó contra él como si yo no existiera más que para mirar.
—Dormimos así —murmuró Omar contra su cuello—. Con mi leche tapándole el agujero. Carlos, apaga la luz y siéntate en la silla. Si te corres, lo haces callado y sin molestar.
Obedecí. La cabaña quedó en penumbra, solo la luz de la estufa. Me senté, pantalones abiertos, y los vi acomodarse. Gwen le dio la espalda, le metió el culo entre las ingles y Omar se la clavó otra vez, despacio, solo para sellarla. Ella soltó un jadeo largo.
—Así… déjala dentro toda la noche. Quiero despertarme llena.
Yo me masturbaba con la mano izquierda, lenta, sintiendo cómo se me acumulaba la vergüenza en la garganta. Cada vez que ella se movía un poco en sueños, oía el sonido húmedo de la polla de Omar saliendo y entrando un centímetro. Al final me corrí en silencio, el semen resbalándome por los nudillos, y me limpié con la camiseta que tenía al lado. Ellos ni se inmutaron.
Desperté antes que el sol. La cabaña olía a sexo rancio y a leña. Gwen estaba boca abajo, las piernas abiertas, y Omar ya se la estaba follando otra vez, empujes cortos y profundos, una mano en la nuca de ella. Ella tenía la cara aplastada contra la almohada y gemía con la voz ronca de la mañana.
—Buenos días, cornudo —dijo Omar sin mirarme—. Tu mujer se ha despertado pidiendo más. Ven aquí y ábrele el culo con los dedos mientras la embisto.
Me acerqué descalzo. Gwen levantó la cabeza lo justo para mirarme con los ojos hinchados de sueño y de ganas.
—Carlos… mete los dedos. Quiero sentir que me abren los dos sitios. Hazlo.
Le humedecí dos dedos con saliva y se los metí en el culo con cuidado. El anillo se le cerró y luego cedió. Omar aceleró el ritmo y sentí cómo su verga me rozaba a través de la pared fina que separaba ambos agujeros. Gwen empezó a temblar.
—Joder, sí… los dos… me estáis abriendo toda.
Omar le dio una palmada en la nalga y se la clavó hasta los huevos.
—Dile a tu marido lo que sientes.
—Siento tu polla destrozándome el coño y los dedos de Carlos en el culo… y me encanta más la tuya. Carlos, aprieta más. Quiero correrme con los dos dentro.
Apreté. Ella se vino con un grito ahogado, el coño contrayéndose alrededor de Omar y el culo apretándome los nudillos. Omar no paró. La sacó, la volteó de un tirón y se le sentó a horcajadas sobre la cara.
—Límpiame, princesa. Chúpame la polla llena de tu jugo y de mi leche de anoche.
Gwen abrió la boca y se la tragó hasta la base. Yo me quedé arrodillado entre sus piernas, viendo el semen espeso que le goteaba del coño abierto. Sin que nadie me lo pidiera, me agaché y lami. Sabía a los dos: salado, amargo, caliente. Gwen se arqueó y empujó la cadera contra mi lengua mientras chupaba a Omar.
—Eso es —gruñó él—. Que el marido limpie lo que yo he ensuciado. Más profundo, Carlos. Saca todo con la lengua.
Lo hice. Metí la lengua lo más dentro que pude, recogiendo hilillos blancos, tragando. Mi polla dolía otra vez, olvidada entre mis muslos. Gwen se separó de la verga de Omar solo para ordenarme:
—No te toques. Quiero que te aguantes. Hoy te voy a tener mirando todo el día con las bolas hinchadas.
Omar se rió y la bajó de la cara. La puso de rodillas en el suelo de madera y se le puso delante.
—Carlos, ponte detrás de ella. Sujétale las muñecas a la espalda. Hoy la voy a usar la garganta hasta que babee.
Le agarré las muñecas. Gwen abrió la boca y Omar se la embistió sin aviso. El glande le golpeó la garganta y ella hizo un ruido ahogado, lágrimas en los ojos, pero no se apartó. Cada embestida le hacía temblar las tetas. Yo sujetaba, sintiendo cómo se me endurecía más solo de oírla ahogarse de gusto.
—Mírala —me dijo Omar—. Tu esposa tragando polla ajena como si fuera el desayuno. ¿Te gusta, cabrón?
—Sí —respondí, la voz rota—. Me gusta verla así.
—Entonces dímelo bien. Dile lo que es.
Me tragué la saliva.
—Eres una puta de lujo, Gwen. Estás hecha para que te follen otros mientras yo te sujeto.
Ella gimió alrededor de la polla y Omar se corrió en su boca sin avisar. Gwen tragó, tosió un poco y enseñó la lengua blanca.
—Mira, cariño. Toda dentro.
Se levantó, me besó con la boca llena de semen y me obligó a tragar lo que le quedaba. El sabor me revolvió el estómago y me puso aún más duro. Omar ya se estaba poniendo el pantalón de trekking.
—Vamos a la pared de hoy. Lleváis el material. Yo me encargaré de asegurar… y de lo demás.
El sol ya calentaba las placas de granito cuando llegamos a la base de la vía. Gwen llevaba las mallas negras más finas que tenía y un top corto. Omar le ajustó el arnés otra vez, esta vez con los dedos por dentro de la tela, rozándole el clítoris a propósito mientras yo miraba.
—Hoy vas a escalar con mi leche todavía dentro —le susurró alto—. Cada vez que abras las piernas, Carlos va a ver cómo se te marca el coño hinchado.
Gwen se subió la primera tirada. Yo aseguraba desde abajo y Omar iba de segundo. En el primer rellano ella se agachó de espaldas a nosotros, fingiendo revisar un canto, y se bajó un poco las mallas. Me enseñó el culo y el coño hinchado, todavía brillante.
—¿Lo ves, Carlos? Sigue abierto. Omar, ven y mótame aquí un segundo. Solo la punta. Quiero que mi marido lo grabe en la cabeza.
Omar se acercó, se bajó la bragueta y le metió solo la cabeza del glande. Gwen jadeó y se apoyó en la pared. Yo sujetaba la cuerda con las manos temblando, la polla marcada en el pantalón a la vista de cualquiera que pasara por el sendero de abajo. Nadie vino. Solo el viento y el sonido húmedo de esa entrada corta.
—Así… solo un poco… joder, qué gruesa.
Omar la sacó, le subió las mallas y le dio un azote.
—Sigue subiendo. En la cumbre te la meto entera.
Escalamos. Cada reunión era una tortura nueva. En la tercera estación Omar la puso de espaldas a la pared, le abrió las piernas y le metió tres dedos mientras yo la aseguraba desde abajo. Ella gemía mirándome a los ojos.
—Carlos, tira de la cuerda un poco. Quiero sentir que me tienes y que me está tocando él. Dime que me dejas correrme aquí arriba.
—Córrete —dije—. Córrete con los dedos de Omar metidos hasta el fondo.
Ella se vino agarrada a la chapa, las piernas temblando, el grito perdido en el aire. Omar se lamió los dedos delante de mí y sonrió.
En la cumbre el viento pegaba fuerte. No había nadie más. Gwen se quitó el arnés, se bajó las mallas hasta los tobillos y se puso a cuatro patas sobre la roca caliente. Omar se arrodilló detrás y se la clavó de un golpe seco. El eco del choque de carne llenó el risco.
—¡Ah… sí… así, animal… fóllame como si no tuviera marido!
Yo me arrodillé delante de ella. Me abrió la bragueta con los dientes y me sacó la polla. No me la chupó. Solo la lamió por encima mientras Omar la embestía con fuerza, nalgas rojas, huevos golpeando.
—No te corras —me ordenó ella entre embestidas—. Guárdalo. Quiero que te edites toda la tarde. Esta noche, en la cabaña, vas a ver cómo me la mete por el culo por primera vez. Y vas a pedirle permiso para lamer lo que salga.
Omar aceleró, le agarró el pelo y la obligó a mirarme.
—Dile que te pertenece el coño, Gwen.
—Mi coño es de Omar cuando él quiere —gimió ella—. Tú solo miras, Carlos. Solo miras y te corres solo.
Omar se tensó y descargó otra vez dentro, profundo, gruñendo contra su espalda. Se quedó clavado, respirando fuerte, y después se la sacó despacio. Un hilo grueso de semen le cayó al muslo. Gwen se giró, se sentó en la roca con las piernas abiertas y me señaló.
—Limpia otra vez. Con la lengua. Aquí arriba, donde todo el mundo podría vernos si subiera.
Me agaché y lami. El viento me secaba la saliva y el semen en la cara. Gwen me acariciaba el pelo con ternura cruel.
—Buen chico. Esta noche va a ser peor. Omar quiere que me atan las muñecas a la cabecera y que tú le pidas que me abra el culo. ¿Lo vas a pedir, mi amor?
Asentí, la cara manchada, la polla dura y sin alivio.
—Lo voy a pedir. Quiero ver cómo te lo mete entero por detrás.
Omar se rió, se subió la bragueta y nos miró a los dos.
—Entonces recoged el material. Bajamos. Y esta noche, Carlos, te voy a hacer sujetarle las piernas abiertas mientras le destrozo el culo. Vas a sentir cómo se le pone dura la polla a ella de solo mirarte humillado. Y después… ya veremos si te dejo correrte o te dejo con las bolas azules hasta mañana.
Gwen se levantó, se subió las mallas sin limpiarse del todo y me dio un beso corto en los labios.
—Todavía no hemos terminado ni de calentar, cariño. El fin de semana es largo. Y yo quiero que me veas rota de verdad antes de que volvamos a casa.
Empezamos el rápel de bajada. Cada vez que ella se balanceaba en el vacío, el arnés le marcaba el coño hinchado y yo veía la mancha oscura de semen que se le filtraba. Omar iba al lado, una mano ocasional en su cadera “para estabilizarla”, y yo bajaba el último, la cuerda quemándome las manos, la cabeza llena de la imagen de esa noche que todavía no había llegado y que ya me tenía destrozado por dentro.
Bajamos el último tramo del rápel con el sol ya inclinado y el granito todavía caliente bajo los pies. Cada vez que Gwen se balanceaba, el arnés le hundía la tela contra el coño hinchado y yo veía la mancha oscura que se filtraba por las mallas. Omar la estabilizaba con una mano en la cadera, los dedos rozándole el borde de la ropa, y ella soltaba risitas bajas que me taladraban el pecho. Yo iba el último, la cuerda quemándome las palmas, la polla todavía dura y sin alivio, repitiéndome en la cabeza la promesa de esa noche: las muñecas atadas, el culo abierto, yo pidiendo permiso.
En la cabaña el olor a leña se mezcló otra vez con el de sexo seco. Gwen se quitó el arnés nada más cruzar la puerta y se dejó caer en la silla de la mesa, piernas abiertas, las mallas todavía bajadas hasta medio muslo. Omar se sirvió agua, se la bebió de un trago y después se acercó a ella, le metió dos dedos sin aviso y los sacó brillantes.
—Todavía gotea —dijo, enseñándome la mano—. Carlos, ven. Lame esto antes de que se seque.
Me arrodillé delante de la silla. Gwen me miró con esa sonrisa perezosa de quien ya sabe que manda. Saqué la lengua y limpié los dedos de Omar uno por uno, saboreando lo que era de los dos. Ella me acarició el pelo.
—Buen chico. Ahora quítame las mallas del todo y ábreme las piernas. Quiero que Omar vea cómo me has dejado el coño después de lamerlo en la cumbre.
Obedecí. El coño se le veía hinchado, los labios rojos, un hilo blanco todavía resbalándole hacia el culo. Omar se agachó, le sopló el clítoris y ella se estremeció.
—Esta noche ese agujero de atrás es mío —murmuró él—. Carlos, ve preparando las cuerdas del arnés. Las vamos a usar para atarla a la cabecera.
Mientras yo deshacía los nudos de las cintas de nailon, Gwen se levantó, se quitó el top y se puso a cuatro patas en la cama grande. Omar se colocó detrás, le separó las nalgas con las dos manos y le escupió directamente en el culo. El hilo de saliva le resbaló entre los pliegues.
—Míralo, cornudo. Tan apretado… y esta noche se lo voy a abrir entero. Pídemelo. Pídeme que le destroce el culo a tu mujer.
Me tragué la vergüenza. La voz me salió ronca.
—Por favor, Omar… ábrele el culo. Fóllatela por detrás hasta que grite. Quiero verlo.
Gwen giró la cabeza y me sonrió, ojos brillantes.
—Dilo más fuerte, cariño. Quiero oírte mendigar.
—Te lo pido de rodillas. Métele la polla por el culo. Destrozárselo. Yo solo miro y limpio lo que salga.
Omar soltó una risa grave, se bajó el pantalón y se frotó la verga ya dura entre las nalgas de ella, dejando un rastro brillante. Después me hizo señal.
—Átale las muñecas. Bien fuerte. Que no pueda soltarse cuando empiece a empujar.
Usé las cintas del arnés. Le crucé las muñecas a la espalda, las fijé a la cabecera de madera y apreté hasta que la piel se le marcó. Gwen tiró un poco, comprobó que no había escape y se arqueó, ofreciendo el culo más alto. Yo me quedé de rodillas al lado de la cama, la polla fuera, sin tocarla, tal como ella había ordenado.
Omar le metió primero un dedo, después dos, abriéndola con paciencia cruel. Ella gemía contra la almohada, el coño goteando otra vez sobre las sábanas.
—Joder… se siente tan grande solo con los dedos… Carlos, míralo. Mírame cómo me prepara para su polla.
Cuando los dos dedos entraban y salían con facilidad, Omar se colocó, le apoyó el glande grueso contra el anillo y empujó despacio. Gwen gritó, un grito largo y agudo que nunca me había dedicado a mí. El esfínter cedió centímetro a centímetro; yo veía cómo la verga de él desaparecía, venas marcadas, hasta que los huevos le rozaron las nalgas.
—¡Ah… puta madre… qué gruesa… me está abriendo toda…!
Omar se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, una mano en la nuca de ella y la otra sujetándole la cadera.
—Dile a tu marido lo que sientes ahora mismo.
—Siento tu polla enterrada en mi culo… más profunda que nunca… y me encanta. Carlos, nunca me has llegado así. Nunca. Esta polla me pertenece el culo ahora.
Omar empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, después más largas, más fuertes. El sonido húmedo y el choque de carne llenaron la cabaña. Cada vez que salía casi del todo, el anillo se le cerraba alrededor del glande y después se volvía a tragar la verga entera. Gwen babeaba, tiraba de las cintas, las tetas aplastadas contra el colchón.
—Sujétale las piernas —ordenó Omar—. Ábrelas todo lo que puedas. Quiero clavar más hondo.
Me subí a la cama, le agarré los muslos por detrás de las rodillas y se los abrí en V, presentándole el culo aún más. Sentí cómo la polla de Omar rozaba mis dedos al entrar y salir. Gwen me miraba de reojo, ojos vidriosos, labios entreabiertos.
—Así… míralo entrar… joder, Carlos, míralo cómo me parte. Dile que te guste más verla que follármela tú.
—Me gusta más verla —confesé, la voz rota—. Me gusta más tu polla destrozándole el culo que cualquier cosa que yo le haya hecho. Sigue. Fóllatela más duro.
Omar aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, nalgas rojas de los golpes, el culo de Gwen haciendo un ruido obsceno cada vez que lo atravesaba. Ella se corrió primero, el cuerpo entero temblando, el coño contrayéndose en el aire vacío mientras el culo le apretaba la verga de él. Omar no paró. Le dio una palmada en cada nalga y siguió clavándosela.
—Otra —gruñó—. Quiero que se corra otra vez solo con el culo.
Metí la mano por debajo y le froté el clítoris hinchado. Gwen gritó mi nombre y el de Omar mezclados, se vino de nuevo, más fuerte, llorando de placer, las piernas temblando en mis manos. Omar se tensó, emitió un gruñido animal y descargó dentro del culo, profundo, chorros calientes que yo sentí cómo le llenaban por la forma en que ella se arqueó y gimió.
Se quedó clavado un rato largo, respirando contra su espalda, todavía latigueando dentro. Después salió despacio. El culo de Gwen quedó abierto, un agujero rojo y brillante del que empezó a salir semen espeso. Omar me miró.
—Ahora limpia. Con la lengua. Todo. Y no te corras. Si se te escapa una gota, te dejo las bolas azules hasta el domingo.
Me agaché entre las nalgas abiertas. El olor era intenso, a sexo y a él. Saqué la lengua y lami el anillo dilatado, recogiendo hilos blancos, empujando dentro para sacar más. Gwen se estremecía con cada lametón, todavía atada, y me hablaba con voz ronca.
—Eso es, mi amor… limpia lo que Omar ha dejado… trágatelo todo… eres tan bueno limpiándome el culo follado…
Tragué. El sabor amargo me subió por la garganta y me puso la polla aún más dura, dolorosa, olvidada entre mis muslos. Seguía lamiendo cuando Omar se sentó en la silla de enfrente, se sirvió una cerveza y nos observó con media sonrisa.
—Mañana temprano volvemos a la pared —dijo—. Pero esta noche todavía no he terminado. Cuando termines de limpiar, la vas a desatar, la vas a poner de rodillas y le vas a pedir que te la chupe sin dejarte correrte. Solo para tenerla caliente. Después yo me la voy a follar otra vez por el coño mientras tú le sujetas la cabeza contra el colchón. Y al final… ya veremos si te dejo correrte en el suelo o te obligo a guardártelo otra vez.
Gwen se rió bajito, todavía con el culo en alto y mi lengua dentro.
—Hazlo, Carlos. Desátame y pídemelo. Quiero chuparte solo un poco, solo para torturarte. Quiero sentir cómo te late en la boca sabiendo que no te vas a correr hasta que Omar diga.
Desaté las cintas. Las muñecas le quedaron marcadas. Ella se giró, se arrodilló delante de mí en el suelo de madera y me miró desde abajo, labios hinchados, cara manchada de saliva y de lo que yo había lamiendo.
—Pídelo —susurró.
—Chúpamela —dije—. Solo un poco. Sin que me corra. Quiero sentir tu boca sabiendo que es de él.
Gwen me tomó la polla entre los labios, la lamió despacio, me la metió hasta la garganta un segundo y después la sacó, dejándome brillando y al borde. Se detuvo exactamente cuando yo empezaba a temblar.
—Así. Guardátelo. Omar, ven. Quiero que me folles el coño ahora mismo mientras Carlos me sujeta la cabeza. Quiero que me uses las dos veces en la misma noche.
Omar se levantó, ya duro otra vez. Me hizo señal. Gwen se puso a cuatro patas otra vez; yo le agarré el pelo con las dos manos y le apliqué la cara contra el colchón mientras él se le clavaba de un solo empujón en el coño todavía resbaladizo. El grito de ella quedó ahogado contra la sábana. Omar la embistió con fuerza, profundo, huevos golpeándole el clítoris, y yo sujetaba, sintiendo cada embestida a través de su cuerpo, la vergüenza y la excitación mezcladas hasta hacerme doler la garganta.
—Dile que eres su puta —ordenó Omar entre embestidas.
—Soy la puta de Omar —gimió ella contra el colchón—. Mi coño y mi culo son suyos cuando él quiere. Tú solo miras y limpias, Carlos. Solo eso.
Omar se corrió otra vez dentro, menos cantidad pero igual de caliente, y se la sacó para que yo viera cómo le salía del coño. Me empujó la cabeza hacia abajo.
—Lame. Otra vez. Y esta vez trágatelo sin quejarte.
Lo hice. Mientras lamía, Gwen me acariciaba la nuca con ternura cruel y me susurraba:
—Mañana en la vía te voy a hacer lo mismo. Cada reunión. Cada rellano. Y cuando volvamos a casa el domingo… todavía no sé si te voy a dejar follarme o si te voy a hacer mirar cómo Omar me deja marcada para toda la semana. ¿Te gusta la idea, mi amor?
Asentí con la cara enterrada entre sus muslos, la polla dura y abandonada, las bolas pesadas, el fin de semana todavía a medio camino y la certeza de que lo peor —o lo mejor— aún no había llegado. Omar se recostó en la cama, se llevó a Gwen contra su pecho y me señaló la silla.
—Siéntate. Míranos dormir. Si te tocas, lo haces callado. Y mañana… mañana te voy a hacer pedirle delante de cualquier escalador que pase que me deje follársela otra vez en la pared. Vamos a ver hasta dónde llega tu vergüenza, Carlos.
Me senté. La luz de la estufa parpadeaba. Gwen ya tenía una pierna echada sobre la de Omar, el semen de los dos todavía resbalándole por dentro, y yo me quedé con la mano a un centímetro de la polla, temblando, sabiendo que el domingo quedaba lejos y que ella quería que me viera roto de verdad antes de volver a casa.
Desperté con el cuello agarrotado y la polla todavía medio dura, pegada al muslo. La luz de la mañana entraba sucia por la ventana de la cabaña. Gwen dormía abrazada a Omar, una pierna echada sobre la suya, el semen de la noche anterior seco en hilos blancos que le cruzaban el muslo interno. Él ya estaba despierto. Me miró desde la almohada y sonrió sin moverse.
—Levántate, cornudo. Hoy la vía es más expuesta. Quiero que todo el que pase por el sendero vea cómo se le marca el coño a tu mujer.
Gwen abrió los ojos, se estiró como una gata y me buscó con la mirada.
—Buenos días, mi amor. ¿Dormiste bien mirándonos? Ven aquí. Quiero que me beses con el sabor de él todavía en la boca.
Me acerqué. Ella me agarró la nuca y me besó profundo, metiéndome la lengua. Sabía a semen rancio y a su propia saliva. Omar se rió bajo y le dio una palmada en el culo.
—Desayuno rápido. Después a la pared. Carlos, hoy no te vas a tocar ni una vez hasta que yo lo diga. Si se te pone dura, aguantas.
Obedecí. Nos vestimos. Gwen eligió las mallas más transparentes, sin bragas. El coño se le marcaba como un camello hinchado. Omar le ajustó el arnés otra vez, metiendo los dedos por dentro, frotándole el clítoris hasta que ella jadeó y se le humedeció la tela.
En la base de la vía ya había dos cordadas más. Un matrimonio mayor y un par de chicos jóvenes. Omar no bajó la voz.
—Gwen, sube primera. Quiero que Carlos asegure y vea cómo se te abre el culo con cada movimiento. Si se te resbala algo de mi leche, que lo vean todos.
Ella se rió, coqueta, y empezó a trepar. Yo aseguraba con las manos temblando. Cada vez que abría las piernas en una fisura, las mallas se le hundían y se veía la mancha oscura. En la segunda reunión Omar llegó junto a ella, la puso de espaldas a la pared y le metió la mano entera por debajo del arnés mientras yo los miraba desde abajo y los otros escaladores fingían no oír los gemidos.
—Carlos —gritó ella hacia abajo—, tira un poco de la cuerda. Quiero correrme aquí, con gente cerca. Dile a Omar que me folle los dedos más rápido.
—Fóllala con los dedos —contesté, la voz rota—. Haz que se corra para que todos oigan.
Ella se vino agarrada a la chapa, un grito corto que hizo que el matrimonio de abajo levantara la cabeza. Omar se lamió los dedos delante de todo el mundo y le dio un azote.
En la cumbre no había nadie. El viento cortaba. Gwen se quitó el arnés de un tirón, se bajó las mallas hasta las rodillas y se apoyó en cuatro patas sobre la roca caliente.
—Ahora, Omar. El culo otra vez. Quiero que Carlos me sujete la cabeza mientras me la metes entera aquí arriba.
Omar se arrodilló detrás, le escupió en el agujero todavía sensible de la noche anterior y empujó. El glande abrió el anillo con un sonido húmedo. Gwen gritó contra la piedra. Yo le agarré el pelo con las dos manos y le apliqué la cara contra la roca mientras él se la clavaba centímetro a centímetro hasta los huevos.
—Joder… sí… así de profundo… Carlos, míralo. Mírame el culo tragándose esa polla. Dile que te gusta más verla así que cualquier follada tuya.
—Me gusta más —confesé, la garganta seca—. Me gusta más tu culo roto por él que todo lo que yo te he dado. Fóllatela más duro. Destrozáselo.
Omar aceleró. Las nalgas de Gwen rebotaban rojas. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado. Yo sentía el temblor de su cuerpo a través del pelo que le sujetaba. Ella se corrió primero, el esfínter apretándole la verga a él en espasmos violentos. Omar no paró. Le dio tres embestidas más brutales y descargó dentro del culo con un gruñido largo, llenándola otra vez.
Salió despacio. El agujero quedó abierto, redondo, soltando un hilo espeso que le caía al muslo. Gwen se giró, todavía de rodillas, y me miró con los ojos vidriosos.
—Limpia. Aquí. Ahora. Con la lengua. Quiero que el viento te seque la cara llena de él.
Me agaché entre sus nalgas. El olor era salvaje, a sexo y a montaña. Saqué la lengua y lami el anillo dilatado, empujando dentro, tragando lo caliente que salía. Ella me acariciaba el pelo y se reía bajito.
—Buen chico… trágatelo todo… eres mío para esto…
Bajamos en silencio denso. En la cabaña el sol ya caía. Gwen se dejó caer de bruces en la cama nada más entrar.
—Última vez antes de volver —dijo—. Omar, quiero las dos a la vez de alguna forma. Carlos, tú me abres el coño con los dedos mientras él me parte el culo. Después me la mete en la polla y me llena. Y tú no te corres. Ni una gota. Quiero volver a casa con las bolas hinchadas y la cabeza hecha mierda.
Omar se quitó la ropa. Su polla ya estaba dura otra vez, gruesa, brillante de saliva y de ella. Me hizo seña. Me subí a la cama, le abrí las piernas a Gwen desde delante y le metí tres dedos en el coño hinchado mientras Omar se colocaba detrás y se la clavaba en el culo de un solo empujón largo. El grito de ella llenó la madera. Sentí la verga de él rozarme los nudillos a través del tabique fino. Cada vez que entraba, el coño de Gwen me apretaba los dedos con fuerza.
—Así… los dos… me estáis abriendo toda… Carlos, aprieta… quiero correrme con la polla de Omar en el culo y tus dedos destrozándome el coño…
Apreté. Ella se vino gritando nombres mezclados, el cuerpo entero en arco. Omar gritó también, aceleró como un animal y se vació otra vez dentro del culo, chorros calientes que yo sentí cómo le llenaban por la forma en que ella se contrajo alrededor de mis dedos. Se quedó clavado, respirando contra su nuca, y después salió. El semen le brotó en un hilo grueso. Me empujó la cabeza hacia abajo.
—Lame las dos. Coño y culo. Todo lo que salga. Y trágatelo sin hacer ruidos de queja.
Lo hice. Lengua profunda en el coño primero, recogiendo lo blanco y lo suyo, después en el culo dilatado, empujando, tragando el sabor amargo y espeso. Gwen temblaba y me hablaba con voz rota de placer.
—Eso es… limpia a tu mujer… déjala lista para el coche… eres tan perfecto limpiando lo que otros me dejan…
Cuando terminé, la cara me brillaba. Omar se recostó, se llevó a Gwen contra el pecho y me señaló la silla otra vez.
—Siéntate. Míranos un rato. Esta noche dormimos juntos otra vez. Mañana volvemos. Y tú te masturbas callado si puedes aguantar sin correrte. Si se te escapa, te dejo sin tocar a tu mujer una semana.
Me senté. La polla me dolía como una herida. Los vi acomodarse, a ella metiendo el culo entre las ingles de él para que la polla blanda le sellara el agujero todavía abierto. Apagué la luz con la mano temblando. Me toqué despacio, en silencio, sintiendo la vergüenza subir por el pecho como bilis caliente. Me corrí en la palma sin un solo gemido, el semen resbalándome entre los dedos, y me limpié con la misma camiseta de siempre. Ellos ni se enteraron.
Al amanecer del domingo empacamos. Omar nos acompañó hasta el parking del refugio. Se despidió de Gwen con un beso largo, lengua y todo, una mano en su culo apretando. A mí me dio una palmada en el hombro.
—Buen fin de semana, Carlos. Cuida bien lo que es mío cuando yo no estoy.
Gwen se rió, se metió en el coche del lado del copiloto y me esperó. Arranqué. El camino de tierra bajaba entre pinos. Ella puso la mano en mi muslo, cerca de la polla todavía sensible, y me habló con ternura rara.
—Te quiero, cariño. De verdad. Esto… esto nos ha abierto algo. ¿Verdad que sí?
Asentí, la vista en la carretera, la cabeza llena de imágenes de su culo abierto y mi lengua dentro.
—Sí. Nos ha abierto todo.
Ella sonrió y miró por la ventanilla. Yo no vi el mensaje que le llegó al móvil en ese preciso instante, ni la forma en que lo abrió con el brillo de la pantalla hacia ella. Omar había escrito: “Martes 20 h. Tu gimnasio. Sin él. Quiero follarte en las duchas y mandarle la foto después”. Gwen leyó, borró la conversación con el pulgar y guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta sin que yo me enterara. Apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos, todavía con la leche de Omar reseca por dentro, sabiendo exactamente lo que iba a pasar la semana siguiente mientras yo creía que volvíamos a casa a “procesar” el fin de semana.
El coche seguía bajando. Yo conducía en silencio, las bolas vacías de la corrida secreta de la noche, el pecho apretado de amor torcido y de vergüenza dulce, sin saber que el fin de semana no había sido el final de nada.
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