Golfista y Salvavidas en el Vestuario

Salvavidas y golfista se follan duro en vestuario.

13 min read August 26, 2026New

Te confieso que nunca pensé que acabaría contándote esto, pero lleva semanas quemándome por dentro y necesito soltarlo de una puta vez. Trabajo de salvavidas en el club de golf más exclusivo de la costa, ese sitio de césped perfecto, piscina olímpica y vestuarios de mármol donde los socios pagan una fortuna por sentirse reyes. Yo, Trent, paso los días en la torre alta con el silbato al cuello, el bañador rojo ajustado que deja poco a la imaginación y la piel siempre bronceada por el sol. Tengo veintiséis, cuerpo de nadador, hombros anchos, abdominales marcados y esa costumbre de mirar de más cuando alguien interesante se acerca al borde del agua.

Marcos apareció a principios de verano. Veintiocho años, golfista profesional a tiempo parcial, el resto del tiempo entrenando como un poseso. Musculoso de verdad, no de gimnasio de pose: brazos potentes de tanto swing, pecho ancho, cintura estrecha y ese bronceado dorado que solo consiguen los que viven al aire libre. Pelo oscuro corto, mandíbula marcada, ojos verdes que te atraviesan. Siempre se quedaba hasta tarde, cuando ya casi no quedaba nadie, golpeando bolas en el driving range o nadando vueltas largas en la piscina después de cerrar el campo. Yo cerraba la zona de agua y él aparecía, toalla al hombro, sonrisa ladeada.

La tensión empezó con las miradas. Descaradas. Se plantaba en el borde, se quitaba la camiseta deportiva despacio y yo sentía cómo me recorría de arriba abajo mientras fingía revisar el cloro. Un día se acercó mojado, gotas resbalándole por el pecho, y me dijo bajito, casi rozándome la oreja:

—Ese uniforme te queda de puta madre, Trent. Se te marca todo. ¿O lo llevas apretado a propósito para que los socios nos volvamos locos?

Me reí, nervioso, y noté cómo se me endurecía la polla dentro del bañador. Le contesté algo tonto sobre el reglamento y él solo sonrió, mordiéndose el labio inferior.

—Llevo semanas mirándote. Cada vez que te agachas a recoger una toalla se me pone dura. ¿Tú también me miras cuando nado?

Claro que lo hacía. Veía cómo el agua le resbalaba por la espalda, cómo se le pegaba el bañador negro a ese culo firme y a esa polla gruesa que se adivinaba. Las noches siguientes me la cascaba pensando en él, imaginando esas manos grandes agarrándome la cintura.

Hasta que llegó el día. Cierre total. Ya habían apagado las luces exteriores, el último empleado de mantenimiento se había ido y yo hacía la ronda final por los vestuarios de hombres. Estaban vacíos, olor a jabón caro, bancos de madera oscura, taquillas abiertas. Entré al de socios VIP y allí estaba Marcos, de espaldas, solo en toalla blanca anudada baja en las caderas. Se giró al oírme.

—Pensé que ya te habías ido —dijo con voz ronca.

—Casi. Venía a apagar luces.

Se quedó mirándome. Esa mirada hambrienta que me había lanzado semanas enteras en la piscina. Sin decir nada más, se llevó las manos a la toalla, pero en vez de ajustársela se la soltó un poco más y luego, despacio, muy despacio, se quitó la camiseta que aún llevaba puesta por encima. La subió centímetro a centímetro, revelando primero el vello fino del abdomen, luego los abdominales tallados, el pecho ancho con pezones oscuros ya duros, los hombros. La tiró al banco. Se quedó medio desnudo, solo la toalla colgando precariamente, y yo vi el bulto marcado debajo.

—Llevo semanas fantaseando contigo —confesó sin rodeos, voz baja y cargada—. Contigo en esa torre, con el bañador rojo sudado. Imagino bajarte el elástico, sacar tu polla y chupártela hasta que te corras en mi garganta. Imagino follarte aquí mismo, contra estas taquillas, o que me folles a mí. No aguantaba más. Hoy me quedé a propósito.

Mi polla ya latía dolorosa dentro del bañador. La excitación me subió a la cara, al pecho, a la entrepierna. Tragué saliva y le miré a los ojos.

—Yo también. Cada puta vez que te veo nadar se me pone como una piedra. Esos comentarios… me tenían loco.

Empecé a desnudarme sin quitarle la vista de encima. Me quité la camiseta del club, lenta, dejando que viera mi torso bronceado, mis pecs, la línea de vello que bajaba. Luego empujé el bañador hacia abajo, liberando mi polla ya dura, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. Él soltó un gemido bajo al verla. Yo hice lo mismo: me acerqué, él dio un paso, y de pronto nuestros cuerpos se rozaron. Piel caliente contra piel caliente. Su pecho contra el mío, su toalla cayendo del todo. Su polla gruesa y pesada golpeó la mía, ambas erectas, rozándose, el calor insoportable.

Nos besamos con urgencia brutal. Bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. Él me agarró la nuca con una mano y con la otra me apretó el culo, atrayéndome más, frotando nuestras pollas juntas entre nuestros vientres. Yo le mordí el labio inferior y él gruñó, empujando sus caderas contra las mías. El roce era eléctrico: piel caliente, precum untándonos, el olor a sudor limpio y cloro mezclado con deseo puro. Sus manos bajaron, me agarraron las nalgas con fuerza, abriéndome un poco, y yo metí la mía entre nosotros para envolver ambas pollas, apretándolas juntas, masturbándonos el uno al otro con pulsos cortos y bruscos.

—Joder, Trent… —jadeó contra mi boca—. Quiero metértela hasta el fondo. Quiero sentir cómo te abres para mí.

—Y yo quiero chupártela primero —le contesté, la voz rota de ganas—. Quiero saborearte, quiero que me folles la cara y después el culo. Aquí. Ahora.

Seguimos besándonos con esa urgencia animal, cuerpos pegados, sudor empezando a brillar en la piel bajo las luces frías del vestuario. Sus dedos se deslizaron por la hendidura de mi culo, rozándome el agujero con la yema, solo una presión tentadora, y yo gemí alto, apretando más fuerte nuestras pollas. Él me empujó hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra las taquillas metálicas frías. El contraste me hizo arquearme. Marcos bajó la boca a mi cuello, chupando, mordiendo suave, mientras su mano libre seguía masturbándonos juntos, el pulgar pasando por nuestras cabezas húmedas.

Yo le agarré el pelo y le obligué a mirarme.

—No pares. Sigue tocándome así. Dime más de esas fantasías.

Él sonrió contra mi piel, salvaje.

—Te imagino de rodillas en este mismo suelo, con mi polla hasta la garganta, babeando, mientras te agarro del pelo y te la follo despacio. Después te doy la vuelta, te abro las piernas y te la meto de una embestida, profundo, hasta que grites mi nombre y te corras sin tocarte. O al revés: tú encima, cabalgándome, ese culo rebotando mientras yo te aprieto las caderas.

Cada palabra me sacudía. Seguíamos frotándonos, el placer subiendo peligroso, pero ninguno quería corrernos todavía. Había demasiado por hacer. Sus dedos insistieron un poco más en mi entrada, solo el tip, circular, y yo abrí más las piernas, ofreciéndome, gimiendo su nombre. Él me besó otra vez, más lento ahora pero igual de profundo, y susurró:

—Esta noche no salgo de aquí sin follarte duro. Sin dejarte temblando. ¿Lo quieres?

—Sí. Joder, sí. Quiero tu polla dentro. Quiero que me uses.

Nos separamos solo lo suficiente para mirarnos: respiraciones agitadas, pollas brillantes y goteando, pechos subiendo y bajando. Marcos se arrodilló de pronto frente a mí, agarró mi polla con ambas manos y la lamió de base a punta, lenta, saboreando el precum. Yo eché la cabeza atrás contra el metal y gemí, las manos en su pelo. Él la tomó entera de un bocado, chupando con hambre, garganta relajada, y yo sentí el calor húmedo rodearme por completo. Subía y bajaba, salivando, mientras una mano le bajaba a sus propias bolas y la otra me apretaba el muslo.

Pero no dejó que me corriera. Se levantó, me besó con sabor a mí mismo y me dio la vuelta, pegándome de pecho a las taquillas. Sentí su polla gruesa acomodándose entre mis nalgas, el glande rozándome el agujero una y otra vez, untándome de precum, amenazando con entrar pero sin hacerlo todavía. Sus manos me abrían, sus dientes me mordían el hombro, y su voz ronca me llenaba el oído:

—Voy a prepararte bien. Voy a abrirte con los dedos y después te la voy a meter entera. Y vas a pedirme más.

Yo empujé hacia atrás, frotándome contra esa dureza, desesperado.

—Hazlo. Mete los dedos. Quiero sentirlos.

Él escupió en su mano, llevó dos dedos a mi entrada y empezó a circular, empujando despacio el primero. El ardor dulce me sacó un gemido largo. Entró hasta el nudillo, curvó, buscó y encontró ese punto que me hizo ver estrellas. Luego el segundo. Me follaba con los dedos con ritmo creciente mientras con la otra mano me masturbaba la polla al mismo compás. Yo gemía sin tapujos, el eco llenando el vestuario vacío, las piernas temblando, el culo apretándose alrededor de sus dedos.

—Así… joder, Marcos, más profundo…

Él obedeció, abriéndome, estirándome, preparándome para lo que venía. Sacó los dedos, me dio una palmada en una nalga y volvió a acomodar su polla contra mí, la cabeza empujando justo en el borde, el calor intolerable. Me agarró de la cadera con una mano y de la nuca con la otra, me giró la cara y me besó otra vez, sucio, urgente, mientras susurraba:

—Ahora sí. Ahora te la voy a meter. Y no voy a parar hasta que los dos acabemos destrozados.

El glande presionó más fuerte, empezando a abrirme de verdad, el estiramiento quemando delicioso, y yo empujé hacia atrás para recibirlo, el corazón martillándome el pecho, la polla latiendo en el aire, todo el cuerpo gritando por más. El vestuario olía a sexo, a sudor, a nosotros. Las luces zumbaban suaves. Afuera el club dormía. Aquí dentro solo existíamos él y yo, a punto de cruzar esa línea de una vez por todas, cuerpos pegados, respiraciones rotas, el deseo tan denso que se podía morder.

Y entonces Marcos empujó un poco más, y el mundo se redujo al calor de su polla entrando en mí.

Seguí empujando hacia atrás y Marcos se hundió del todo de un solo golpe profundo, su polla gruesa abriéndome de golpe hasta que sus bolas me golpearon las nalgas. El ardor se transformó en placer blanco al instante. Grité contra el metal frío de las taquillas mientras él me agarraba las caderas con fuerza bruta y empezaba a embestirme sin piedad, cada embestida sacudiéndome el cuerpo entero. Su pecho sudado se pegaba a mi espalda, su aliento caliente en mi oreja, gruñendo mi nombre como una oración sucia.

—Joder, estás tan apretado… te estoy follando el culo y ya te tienes temblando —jadeó, acelerando el ritmo. Yo me masturbaba a puño cerrado, la mano resbalando por mi polla goteante al mismo compás de sus embestidas potentes. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba el vestuario vacío, eco húmedo y salvaje. Cada embestida me clavaba más contra las taquillas, el metal helado contrastando con el fuego de su polla martilleándome la próstata una y otra vez. Veía estrellas. Pensaba solo en cómo se sentía rellenarme, en cómo me usaba exactamente como yo había fantaseado semanas enteras desde la torre.

Pero no bastaba. De pronto sacó la polla de un tirón, me giró y me empujó hacia el banco de madera. Me senté temblando, las piernas abiertas, y él se arrodilló frente a mí sin perder un segundo. Agarró mi polla gruesa con ambas manos y se la metió entera a la boca de un bocado, tragándola hasta el fondo de la garganta. Sentí el anillo de su garganta cerrarse alrededor de la cabeza y gemí alto, las manos clavadas en su pelo oscuro, sujetándole la cabeza mientras él chupaba con avidez animal. Subía y bajaba babeando, la saliva corrían por mis bolas, su lengua flatándome las venas. Me miraba desde abajo con esos ojos verdes brillantes de lujuria, tragándome más profundo cada vez que yo empujaba las caderas. El calor húmedo de su boca era adictivo; cada chupetón me sacaba gemidos rotos.

—Así… trágatela toda, Marcos… joder, qué bien chupas —jadeé, tirándole del pelo. Él solo gruñó alrededor de mi polla y metió un dedo entre mis nalgas, empujándolo dentro mientras seguía mamándome. No aguanté mucho. Cuando sentí que me iba a correr le aparté la cabeza, saliendo de su boca con un hilo de saliva brillando.

Me dio la vuelta de nuevo, esta vez de pie, pecho contra las taquillas otra vez. Se arrodilló detrás, me abrió las nalgas con las manos grandes y me comió el culo con lengua profunda y hambrienta. Su lengua se clavó dentro, húmeda, caliente, follándome el agujero con embestidas de lengua mientras yo gemía contra el metal y me masturbaba a tiras. Chupaba, lamía, empujaba más adentro, el sonido obsceno de su boca trabajando mi culo me volvía loco. Me abría con los pulgares y metía la lengua hasta donde podía, relajándome, preparándome otra vez.

—Date la vuelta no… quédate así —ordenó ronco cuando se levantó. Escupió en su polla, se alineó y me penetró de un empujón brutal, hasta el fondo otra vez. Empezó a follarme de pie contra las taquillas con embestidas potentes, salvajes, el banco crujiendo cerca, mi pecho aplastado contra el metal frío. Cada embestida me sacudía entero. Yo me masturbaba desesperado, el precum resbalando por los dedos, el placer subiendo como una marea. Su polla me golpeaba la próstata sin piedad, sus manos me agarraban las caderas dejando marcas, su boca mordía mi hombro mientras gruñía.

—Tómatela toda… así… ábrete para mí —me gritaba al oído. Yo solo podía gemir su nombre, empujando hacia atrás para encontrarme cada embestida. El olor a sexo y sudor era espeso. Mis piernas temblaban. El vestuario entero parecía vibrar con nosotros.

De pronto se sentó en el banco, polla apuntando al techo, brillante de mi saliva y su precum, y me atrajo hacia él.

—Súbete. Ahora me cabalgas tú.

Me subí de espaldas a él, guié su polla gruesa hasta mi agujero y me dejé caer de un golpe, hundiéndomela hasta las bolas. Grité. Empecé a cabalgarlo con fuerza, rebotando arriba y abajo, las nalgas golpeando sus muslos, mi polla palpitando libre entre nosotros. Él me agarraba las caderas y empujaba hacia arriba al mismo tiempo, follándome desde abajo con embestidas potentes que me hacían ver blanco. Yo me masturbaba a la vez, la mano volando, el placer acumulándose peligroso en la base de la columna.

—Más fuerte… joder, montamelo así… te voy a llenar —gruñó él, sudor corriendo por su pecho. Yo aceleré, cabalgándolo como un loco, el banco crujiendo bajo nuestro peso, el eco de nuestros gemidos llenándolo todo. Cada bajada me lo clavaba más profundo. Sentía cómo se hinchaba dentro, cómo mis paredes lo apretaban. El calor me subía por el vientre, por la polla, por la garganta.

—Me corro… Marcos, me corro —avisé, la voz rota. Él embistió más fuerte desde abajo, una, dos, tres veces brutales, y entonces explotamos juntos. Yo grité su nombre y me corrí a chorros sobre su pecho y mi mano, chorros calientes saliendo a pulsos mientras mi culo se contraía alrededor de su polla. Él rugió, me agarró con fuerza y se corrió dentro, bombeando chorros espesos y calientes que me llenaron hasta desbordar, el semen resbalando por mis nalgas mientras seguíamos sacudiéndonos, gritando de placer puro, cuerpos pegados y temblando.

Seguimos así un rato, jadeando, su polla aún dentro suavizándose poco a poco, mis manos apoyadas en su pecho sudado, ambos riéndonos bajito entre respiraciones rotas. Cuando salió del todo, el semen lechoroso chorreó por mi muslo. Nos miramos y sonreímos como idiotas.

Después nos limpiamos mutuamente con toallas calientes que Marcos sacó del armario de vapor. Me pasó la tela húmeda y tibia por el pecho, por la polla sensible, por entre las nalgas con una ternura que contrastaba brutalmente con lo salvaje de antes. Yo le limpié el pecho de mi corrida, le sequé el cuello, le di un beso lento en la mandíbula. Nos besamos con ternura entonces, lenguas suaves, manos acariciando espalda y nuca, el sabor a sexo todavía en la boca pero el ritmo calmado, íntimo.

—La semana que viene… en mi casa —susurró contra mis labios—. Cama grande, sin prisa, y te follo hasta que no puedas caminar al día siguiente. ¿Repetimos?

—Obligatorio —contesté, sonriendo—. Y después yo te monto otra vez. Y te chupo hasta dejarte seco.

Salimos del vestuario vestidos a medias, bañadores puestos de cualquier manera, toallas al hombro, sonrisas cómplices que gritaban lo que acabábamos de hacer. El club seguía dormido afuera. Caminamos juntos hasta el parking en silencio cómodo, el aire nocturno fresco en la piel caliente. Antes de separarnos me dio un último beso rápido y un azote en el culo.

—Por cierto —añadió de pronto, mirándome con esa sonrisa ladeada mientras abría la puerta de su coche—, la próxima vez trae lubricante de verdad. Porque si seguimos con saliva y precum como novatos, el día que me toque a mí cabalgarte te voy a dejar cojeando… y no quiero tener que explicar en el club por qué el salvavidas anda como si hubiera jugado al golf a caballo todo el fin de semana.

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