Choque de Guantes en la Noche
Dos boxeadores cachondos se quedan solos en el gimnasio y terminan follando duro en el ring toda la noche.
El gimnasio clandestino olía a cuero viejo, sudor ácido y ese aceite barato que usaban para mantener las cuerdas del ring. A las dos de la madrugada, las luces fluorescentes parpadeaban sobre el cuadrilátero vacío y las bolsas de boxeo todavía se balanceaban levemente, como si recordaran los golpes. Victor se había quedado el último, siempre lo hacía. Veintiocho años, hombros anchos de moreno curtido, pecho velludo brillante de sudor, abdomen marcado que subía y bajaba con la respiración pesada. Se quitaba los guantes rojos con los dientes, la cinta de las manos ya deshecha, cuando oyó la puerta del vestuario cerrarse de un golpe seco.
Hugo no se había ido tampoco. Treinta y un años, rubio sucio con el pelo pegado a la frente, tatuajes negros trepándole por los brazos hasta el cuello, pectorales duros y una sonrisa de lado que siempre parecía una provocación. Llevaba todavía los guantes negros puestos y caminaba despacio entre las pesas, mirando a Victor como si estuviera midiendo la distancia para un uppercut… o algo peor.
—Pensé que te habías largado —dijo Victor, la voz ronca, tirando un guante al suelo. El otro le siguió. Se frotó las muñecas hinchadas y no apartó la vista del rubio.
Hugo se detuvo al borde del ring, apoyó los antebrazos en la lona y se quitó un guante con lentitud deliberada. Los dedos le salieron rojos de la presión. Sonrió.
—Y dejar solo al campeoncito moreno del barrio… ni de coña. Llevas toda la noche mirándome la boca cuando te bloqueaba. ¿Creías que no me daba cuenta?
Victor soltó una risa baja, se acercó hasta quedar frente a él, solo la cuerda del ring entre los dos. El sudor le corría por el pecho, dibujando caminos entre el vello negro. Notó cómo los ojos claros de Hugo bajaban hasta su entrepierna, donde el protector ya no escondía del todo la semierección que le había acompañado las últimas tres rondas.
—Te miraba la boca porque hablas demasiado, rubio. Y porque cada vez que abres esa jeta me dan ganas de callártela de una puta vez.
Hugo se quitó el segundo guante y lo dejó caer. Se subió al ring de un salto ágil, aterrizando a un metro de Victor. El cuadrilátero crujió. Estaban solos; el dueño se había pirado hace una hora y la cerradura del local solo la conocían ellos dos y tres tipos más que no volverían hasta el amanecer. El aire estaba caliente, espeso.
—¿Callármela? —Hugo dio un paso. Otro. Hasta que sus pechos casi se rozaron. El olor a macho sudado de Victor le subió directo a la cabeza—. Dime cómo, Victor. ¿Con la polla? Porque llevo semanas jodiéndome la mano en la ducha pensando exactamente en eso. En tirarte a la lona y follarte hasta que se te olvide quién manda aquí.
Victor no retrocedió. Al contrario: avanzó esos últimos centímetros hasta que sus torsos sudorosos se pegaron, piel contra piel, pezones duros rozándose. El calor era inmediato, eléctrico. Notó la erección de Hugo contra la suya a través de los pantalones de deporte finos, gruesa, insistente. Le subió una mano al cuello tatuado y le apretó la nuca, acercándole la boca sin besarla todavía.
—Semanas, ¿eh? Qué romántico. Yo solo necesité verte sudar esta noche para querer metértela hasta el fondo. Pero no te hagas el duro, Hugo… los dos sabemos que en este ring alguien tiene que acabar de rodillas.
Hugo gruñó, una mezcla de risa y hambre, y le agarró la cintura con las dos manos grandes, dedos clavándose en la carne firme. Sus caderas se empujaron una contra otra, un frote lento, deliberado, que hizo que Victor soltara un jadeo bajo. Las bocas se rozaron, aliento caliente compartido.
—Entonces decidámoslo como hombres —murmuró Hugo contra sus labios—. Sin guantes. Sin reglas. El que domine se corre dentro. ¿Te parece sucio suficiente para tu rivalidad de mierda?
Victor no contestó con palabras. Le mordió el labio inferior y lo besó de verdad: boca abierta, lengua profunda, saliva y gusto a sal. Hugo respondió con la misma urgencia, chupándole la lengua, gruñendo cuando Victor le bajó una mano por la espalda y le apretó el culo fuerte, abriéndole un poco las nalgas a través de la tela. El beso se volvió brutal, dientes, respiraciones entrecortadas, caderas frotándose sin pudor. Victor notaba la polla de Hugo latirle contra la suya, gruesa, caliente, y su propia polla ya le dolía de lo dura que estaba, empujando contra la tela empapada.
Se separaron solo lo justo para respirar. Un hilo de saliva los unía todavía. Hugo tenía las pupilas dilatadas, las mejillas rojas bajo el rubio húmedo.
—Llevo semanas queriendo follarte, Victor —confesó, la voz rota de ganas—. Desde aquella pelea en la que me dejaste el labio partido. Me corrí en la ducha pensando en tu boca esa misma noche. En cómo te sonaría gemir con mi polla hasta la garganta.
Victor bajó la mano sin dudar y le agarró el paquete con fuerza, palma entera cubriendo el bulto grueso y pesado. Hugo siseó y empujó contra su mano. Victor le masajeó despacio, notando cada centímetro, el calor que quemaba a través del pantalón.
—Joder… la tienes gorda de verdad —ronroneó Victor, apretando un poco más, rozándole el glande hinchado con el pulgar—. Entonces vamos a resolver esta mierda como se debe. Nada de puntos ni jueces. Tú y yo. Aquí en el ring. Te voy a abrir las piernas y te voy a follar tan duro que mañana no vas a poder ni ponerte los guantes… o tú a mí. El que aguante menos pierde. ¿Trato?
Hugo le agarró la muñeca pero no para apartarla: para que le apretara más. Con la otra mano le bajó el pantalón de deporte a Victor hasta media nalga, tocándole la piel caliente, el vello, el inicio de la raya del culo.
—Trato de puta madre —jadeó, y volvió a besarlo, esta vez más sucio, chupándole el labio, mordiendo—. Pero no te hagas ilusiones, moreno. Esa polla tuya me la voy a meter entera en el culo esta noche. Te voy a tener jadeando mi nombre contra la lona mientras te la meto hasta los huevos.
Victor soltó una carcajada ronca contra su boca y le empujó hacia atrás, ambos cayendo casi sobre la lona, rodando un segundo hasta quedar Hugo debajo, piernas abiertas, Victor entre ellas, frotando sus pollas todavía vestidas con movimientos de cadera lentos y pesados. El roce era delicioso y torturante. El sudor los pegaba. Las manos de Hugo subieron por la espalda de Victor, uñas clavándose, y después bajaron otra vez hasta metérselas por dentro del pantalón y agarrarle las nalgas a dos manos, abriéndoselas, un dedo rozándole ya el agujero sudado.
—Míranos —susurró Victor contra su cuello, lamiéndole un tatuaje, mordiendo la piel salada—. Dos tíos hechos una mierda de ganas en mitad del puto ring. Si alguien entra ahora…
—Que entren —cortó Hugo, arqueando la espalda para frotar más fuerte—. Que vean cómo te la voy a chupar hasta que se te pongan los ojos en blanco. Quítame esto ya, joder. Quiero tocártela de verdad.
Victor se incorporó lo justo para bajarle los pantalones a Hugo de un tirón junto con el suspensorio. La polla del rubio saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante de precum, los huevos pesados y contraídos. Victor se le quedó mirando un segundo, la boca seca, y le rodeó el tronco con la mano, subiendo y bajando una vez, lenta, sacándole un gemido gutural a Hugo.
—Preciosa —murmuró, y se bajó los suyos también. Su polla morena, igual de dura, más larga quizás, goteaba ya sobre el abdomen tatuado de Hugo cuando se volvieron a pegar piel con piel, polla contra polla, frotándose en un vaivén sucio y resbaladizo.
Hugo lo agarró del culo otra vez y lo atrajo más fuerte, haciendo que se frotaran sin piedad. El sonido húmedo de sus pollas chocando llenó el gimnasio vacío junto con sus respiraciones agitada. Se besaban entre jadeos, lenguas perezosas, miradas fijas.
—Esto no es suficiente —dijo Hugo, la voz temblándole de deseo—. Quiero metértela. Quiero sentirte apretarme. O quiero que me la metas tú hasta que se me olvide mi propio puto nombre. Elige, Victor. Pero elige ya, porque si sigues frotándome así me voy a correr como un puto novato sobre tu barriga.
Victor le sostuvo la mirada, los ojos negros brillantes de lujuria, y le dio una sacudida lenta a ambas pollas juntas con una sola mano. El precum de los dos las hacía resbaladizas, obscenas.
—Nadie elige todavía —contestó, bajando la boca hasta el pecho de Hugo, chupándole un pezón duro, mordisqueándolo—. Primero te voy a marcar. Te voy a dejar el cuello lleno de chupetones para que mañana en el entrenamiento todo el mundo sepa que te follaron en este ring. Y después… después decidimos quién se la mete a quién. Pero te advierto una cosa, rubio…
Se incorporó un poco, le agarró las muñecas y se las clavó contra la lona a ambos lados de la cabeza. Sus cuerpos seguían pegados, caderas moviéndose solas en ese roce desesperado.
—…yo no me corro fácil. Y cuando empiece, no voy a parar hasta dejarte temblando. Toda la noche. Aquí. Sobre esta lona apestando a sexo y a nosotros.
Hugo arqueó el cuello, ofreciéndoselo, y sonrió con los labios hinchados de tanto besarse.
—Entonces deja de hablar y empieza a demostrarlo, cabrón. Tócame. Chúpame. Haz lo que quieras… pero no te detengas. Llevo demasiado tiempo esperando esto como para que ahora te pongas suave.
Victor le soltó una muñeca solo para bajar la mano otra vez entre ellos y agarrarle los huevos, apretándolos con cuidado mientras le lamía el cuello de arriba abajo. Hugo maldijo entre dientes y envolvió las piernas alrededor de la cintura de Victor, cruzándolas en la espalda, empujándolo más contra sí. Estaban al borde, sudorosos, durísimos, el ring crujiendo bajo su peso, el aire del gimnasio cargado de la promesa de todo lo que venía. Ninguno iba a frenar. Ninguno quería. La noche apenas empezaba y el cuadrilátero ya era suyo.
Victor le mordió el cuello con más fuerza, chupando la piel hasta dejar un moretón oscuro que contrastaba con los tatuajes, y Hugo arqueó la espalda gemiendo sin contención. El roce de sus pollas seguía siendo una tortura resbaladiza, el precum de ambos mezclándose en un hilo caliente que les untaba los abdomenes. Victor soltó las muñecas del rubio solo para agarrarle la mandíbula y obligarlo a mirarlo a los ojos.
—Ahora sí eliges, cabrón —ronroneó contra su boca—. Quiero ver esa jeta tuya llena de mi polla antes de que decidas nada más.
Hugo no dudó. Empujó a Victor hacia un lado con un movimiento brusco de caderas y se arrodilló en el centro del ring, la lona crujiendo bajo sus rodillas sudorosas. La polla de Victor se alzaba frente a su cara: morena, gruesa, venas latientes a lo largo del tronco, la cabeza hinchada y brillante goteando. Hugo la olió primero, inhalando profundo el olor a macho y a cubiertas de boxeo, y después la lamió de base a glande con la lengua plana, saboreando la sal y el sabor amargo del precum.
—Joder, qué gorda la tienes… —murmuró antes de abrir la boca y tragársela de un solo golpe.
Victor gruñó alto, las manos enredándose en el pelo rubio pegajoso de Hugo, y empujó las caderas hacia adelante. La polla desapareció hasta las bolas. Hugo ahogó un sonido gutural, la garganta convulsionando alrededor del grosor, saliva espesa resbalándole por la barbilla y cayendo sobre el pecho velludo de Victor. No se echó atrás. Relajó la mandíbula y dejó que Victor le follara la boca con embestidas cortas y profundas, la cabeza rozándole la campanilla cada vez, las bolas pesadas golpeándole el mentón.
—Así, trágatela entera, rubio de mierda… mírate, de rodillas en mi ring chupándome la polla como un puto campeón —jadeó Victor, mirando cómo los labios hinchados de Hugo se estiraban alrededor de su tronco, cómo las lágrimas le asomaban por el esfuerzo pero los ojos claros brillaban de pura lujuria—. Más profundo. Quiero sentir esa garganta apretándome.
Hugo obedeció, hundiendo la cara hasta que la nariz se le aplastó contra el vello púbico de Victor. Tragó alrededor de la polla, la lengua moviéndose por debajo, chupando con fuerza al subir. Babas le colgaban en hilos brillantes. Una mano le subió a los huevos de Victor, masajeándolos, apretándolos con cuidado mientras la otra se agarraba a un muslo grueso para no caer. El sonido obsceno de la garganta siendo embestida llenó el gimnasio vacío: chapoteos húmedos, jadeos, el crujido de la lona. Victor le follaba la boca sin piedad, caderas oscilando, sudor cayéndole del pecho sobre el pelo de Hugo.
Cuando notó que estaba al borde, Victor se retiró de golpe. Un hilo de saliva y precum unió el glande a los labios rojos de Hugo. El rubio tosió, respirando agitado, la cara hecha un desastre hermoso de babas y deseo.
—Date la vuelta —ordenó Victor, la voz rota—. A cuatro patas. Ahora.
Hugo se giró sin protestar, se plantó a gatas sobre la lona manchada de sudor, el culo en alto, las nalgas firmes y abiertas un poco por la postura. Victor se arrodilló detrás, le abrió las mejillas con ambas manos y escupió directo sobre el agujero rosado y apretado. El saliva caliente resbaló. Entonces bajó la cabeza y le comió el culo con lengua experta: lamidas largas desde los huevos hasta la raya, punta de la lengua empujando dentro, chupando el borde, revolviendo. Hugo maldijo y empujó el culo hacia atrás.
—Joder, Victor… sí, cómeme el culo así, más profundo, usa esa lengua de cabrón…
Victor gruñó contra su carne, metiendo la lengua lo más adentro que pudo, follándoselo con ella, mojándolo, abriéndolo. Los dedos le clavaban moretones en las caderas. Cuando el agujero estuvo relajado y brillante de saliva, se incorporó, se alineó y empujó. La cabeza gruesa de su polla abrió a Hugo de un solo embiste lento pero inexorable. Hugo gritó contra la lona, los brazos temblando, el culo apretándose alrededor de la invasión.
—Aah… puta madre, qué gruesa… métela entera, no pares…
Victor se hundió hasta las bolas de un empujón final, el abdomen pegado a las nalgas de Hugo, y se quedó un segundo disfrutando de la presión caliente y estrecha. Después empezó a follarlo en posición de perrito con fuerza, embestidas largas y pesadas que hacían sonar la carne contra carne. Cada embiste sacaba un gemido ronco de Hugo. Victor le agarró el pelo rubio y le tiró de la cabeza hacia atrás, obligándolo a arquearse, mientras la otra mano le bajaba a apretarle la polla dura que colgaba y se balanceaba entre las piernas.
—Tómalo todo… este culo es mío esta noche —jadeó, acelerando el ritmo, el ring rechinando bajo ellos—. Te voy a dejar tan abierto que mañana vas a sentir cada puto golpe en el entrenamiento.
Hugo empujaba hacia atrás al encuentro de cada embestida, sudor cayéndole de la frente a la lona, los tatuajes brillantes de humedad. El olor a sexo ya se mezclaba con el cuero y el ácido del gimnasio. Victor le dio unas cuantas embestidas más brutales y después se salió de golpe, le dio la vuelta como a un saco de boxeo y lo tiró de espaldas. Se metió entre las piernas abiertas de Hugo, le enganchó las rodillas sobre los hombros y volvió a entrar de una embestida en misionero, hondo, hasta el fondo.
Pero Hugo no se quedó pasivo. Con un gruñido de fuerza le hizo rodar hasta quedar él arriba, montándolo. Se sentó de un golpe sobre la polla de Victor, tragándosela entera otra vez, y empezó a cabalgarlo salvajemente, subiendo y bajando las caderas con potencia de boxeador, las nalgas golpeando los muslos de Victor. Las manos de Hugo se apoyaban en el pecho velludo del moreno, uñas clavándose. Victor le agarró la cintura y empujó hacia arriba al mismo tiempo, follándolo desde abajo mientras Hugo se rebotaba encima.
Se besaron sucio, bocas abiertas, lenguas peleando, gemidos compartidos entre dientes. Sudor les corría por todas partes, pegándolos, resbalando entre los pectorales, por los abdominales marcados. Victor le rodeó la polla a Hugo con una mano y se la masturbó al ritmo de las embestidas, el pulgar frotando la rendija goteante. Hugo le devolvió el favor, bajando una mano para apretarle los huevos a Victor cada vez que se hundía hasta el fondo.
—Así… cabálgame más duro, rubio… voy a llenarte el culo —gruñó Victor contra su boca.
—Hazlo… córrete dentro, lléname… yo también estoy cerca, joder, apriétame más la polla…
El ritmo se volvió desesperado, salvaje. Hugo se rebotaba con fuerza bruta, el culo apretando cada centímetro de la polla de Victor, mientras se besaban y se masturbaban mutuamente sin parar. Los gemidos llenaban el aire: agudos, bajos, rotos. El cuadrilátero crujía como si fuera a romperse. Victor sintió el orgasmo subirle desde las bolas, una presión eléctrica, y embistió hacia arriba una última vez profunda justo cuando se corría. Chorros calientes y espesos llenaron el culo de Hugo, bombeando, inundándolo. Hugo gritó y se corrió al mismo tiempo, la polla latiendo en la mano de Victor, chorros blancos y potentes saliendo a chorro sobre los abdominales morenos de Victor, salpicándole el pecho velludo, el ombligo, hasta el cuello.
Siguieron moviéndose unos segundos más, exprimiendo cada espasmo, temblando, sudando a mares, el semen de Hugo brillando sobre la piel oscura de Victor y el de Victor goteando ya del culo abierto de Hugo cuando este se levantó un poco. Se dejaron caer uno al lado del otro sobre la lona empapada, pechos subiendo y bajando, piernas enredadas todavía. Pero ninguno aflojó del todo. Hugo giró la cabeza, miró la polla de Victor todavía semidura y manchada de semen y saliva, y sonrió con los labios hinchados.
—Toda la noche, dijiste… —jadeó, la voz ronca—. Porque esto no ha hecho más que empezar, moreno. Todavía me debes una ronda completa. Y esta vez soy yo el que te va a tener temblando contra estas cuerdas.
Victor soltó una risa baja, exhausta y hambrienta a la vez, y le agarró del pelo para acercarlo otra vez a su boca, lamiéndole el semen que le había salpicado la barbilla.
—Entonces levántate y demuéstralo antes de que se nos ablande… el ring sigue siendo nuestro hasta el amanecer.
Se quedaron tendidos sobre la lona empapada, pechos subiendo y bajando como fuelles gastados, el olor a semen fresco y sudor de boxeador mezclándose con el cuero viejo del ring. El chorro blanco de Hugo se había cuajado ya en el vello negro del pecho de Victor, brillando bajo las fluorescentes parpadeantes; del culo abierto del rubio todavía resbalaba un hilo espeso de la corrida del moreno, bajándole por los huevos hasta la lona. Ninguno habló al principio. Solo se miraban de reojo, sonriendo como idiotas satisfechos, las piernas todavía enredadas, los muslos temblando con los últimos espasmos.
Hugo soltó una risa baja, ronca, y giró la cabeza para lamerle a Victor una gota que le había quedado pegada en la barbilla.
—Toda la noche, decías… y mira cómo nos has dejado. Hecho una puta mierda gloriosa.
Victor le agarró la nuca con la mano todavía temblona y le dio un beso lento, sin la urgencia de antes, solo labios hinchados rozándose, lenguas perezosas saboreando la sal y el amargor residual. El beso sabía a victoria compartida.
—Cállate y ayúdame a levantarme, rubio. Si nos quedamos así nos van a encontrar pegados a la lona como dos sellos.
Se incorporaron con gruñidos cómplices, músculos agarrotados, pollas blandas y brillantes balanceándose entre las piernas. Victor fue el primero en bajar del ring, desnudo, el culo marcado por los dedos de Hugo, y se dirigió a la esquina donde siempre dejaban el cubo con toallas húmedas y el spray de limpiar. Volvió con dos toallas calientes, casi humeantes, y se subió otra vez de un salto. Se arrodilló frente a Hugo, que seguía sentado con las piernas abiertas, y empezó a pasarle la tela por el pecho tatuado, despacio, borrando los rastros blancos, el sudor, las marcas de dientes.
—Qué desastre estás, cabrón —murmuró Victor, riendo por lo bajo mientras le limpiaba un pezón todavía duro—. Pareces un puto cuadro abstracto de semen y moretones.
Hugo se dejó hacer, arqueando un poco la espalda para ofrecerle más piel, y le robó un beso suave en la frente cuando Victor se inclinó.
—Tú más. Mírame el culo… todavía me goteas. Ven aquí.
Le quitó la otra toalla de las manos y se arrodilló a su vez. Empezó por el pecho velludo de Victor, frotando en círculos lentos, sintiendo bajo la tela el corazón que aún latía acelerado. Bajó por los abdominales marcados, recogiendo cada rastro de su propia corrida, y cuando llegó a la polla morena, ya semiblanda pero gruesa, la envolvió con la toalla húmeda y la limpió con una caricia deliberada, subiendo y bajando el trapo como si aún la estuviera masturbando. Victor soltó un suspiro y le apartó un mechón rubio de la frente.
—Cuidado o se me vuelve a poner dura y no salimos de aquí hasta las diez.
—Que se ponga —contestó Hugo, pero siguió con suavidad, pasando a los huevos, a la base, a la raya del culo de Victor, donde todavía había saliva seca y sudor. Le abrió un poco las nalgas con dos dedos y pasó la toalla caliente por el agujero, limpio, cuidadoso, casi tierno. Victor se rio entre dientes y le devolvió el favor: le hizo girar a Hugo, lo puso a cuatro patas otra vez solo para limpiarle el culo concienzudamente, recogiendo su propio semen que todavía salía en hilillos, secándole las nalgas firmes, los muslos, la parte interna donde la piel estaba más sensible. Cada pasada iba acompañada de un beso suave en la curva de la cadera, en la base de la columna, en un tatuaje negro que se perdía hacia el costado.
—Joder, qué bien se siente esto después… —admitió Hugo, la voz más baja, casi confesional mientras Victor le secaba los huevos con la toalla—. Nadie me había limpiado el culo después de follarme como un animal. Eres un romántico de mierda, moreno.
Victor le dio una palmada juguetona en una nalga y lo hizo girar de nuevo hasta quedar frente a frente, arrodillados los dos en el centro del ring. Se limpiaron las caras mutuamente: Hugo le borró a Victor el rastro de saliva y semen de la barbilla; Victor le secó a Hugo las lágrimas de esfuerzo que se le habían secado en las mejillas y los restos brillantes de los labios hinchados. Entre risas cortas, se besaban a cada rato, besos lentos, de lengua perezosa, sin prisa, saboreando el cansancio dulce. Las manos exploraban sin la desesperación de antes: Victor le acariciaba el cuello tatuado donde había dejado el chupetón oscuro; Hugo le recorría los hombros anchos, sintiendo los nudos de los músculos relajándose bajo los dedos.
Cuando las toallas quedaron hechas un asco de fluidos, las tiraron fuera del ring y se quedaron abrazados un momento más, frente con frente, frentes apoyadas, respirando el mismo aire caliente.
—Oye —dijo Hugo al cabo de un rato, la voz ronca pero clara—. Esto no puede ser solo de una noche. Llevo semanas pajeándome pensando en ti y ahora que te he tenido dentro… joder, Victor, quiero más. Todas las noches. Cuando el dueño se pire y cerremos, nos quedamos. Entrenamiento privado. Tú y yo. El ring. Sin guantes. Sin reglas.
Victor sonrió contra su boca, le mordisqueó el labio inferior con cariño sucio y le apretó la nuca.
—Trato hecho, rubio. Todas las putas noches. Me da igual si mañana no puedo ni levantar los brazos en el sparring. Quiero repetir esto hasta que la lona huela solo a nosotros. Y no solo así… quiero probarte de todas las formas. Mañana te follo de pie, pegado a las cuerdas, con las piernas abiertas como si estuvieras recibiendo un uppercut. Pasado te chupo la polla colgado de la saca pesada hasta que te corras en mi cara. Y el día siguiente me montas a horcajadas sobre las pesas mientras te abro el culo con los dedos. Quiero explorarte entero. Cada posición. Cada rincón de este gimnasio.
Hugo soltó una carcajada baja, cómplice, y le rozó la polla blanda con la rodilla solo para verlo estremecerse.
—Te voy a tener goteando y pidiendo más, campeoncito. Y cuando acabemos te limpiaré otra vez, despacio, como ahora. Me gusta verte así… hecho un desastre y después todo manso mientras te paso la toalla por los huevos.
Se besaron otra vez, más profundo, pero sin prisa, manos en las caras, pulgares rozando pómulos. El gimnasio seguía vacío, las luces parpadeando, las bolsas de boxeo inmóviles. Poco a poco se separaron lo justo para bajar del ring. Se ayudaron a vestirse entre risas: Victor le subió el pantalón de deporte a Hugo con cuidado para no rozarle el culo sensible; Hugo le acomodó el suspensorio a Victor y le dio un apretón juguetón a la entrepierna antes de subirle la tela. Se pusieron las camisetas sudadas, se calzaron las zapatillas sin calcetines, y recogieron los guantes del suelo como si nada hubiera pasado… aunque los moretones en el cuello de Hugo y las marcas de uñas en la espalda de Victor gritaban lo contrario.
Antes de apagar las luces, se quedaron un segundo más en el centro del cuadrilátero, mirándolo.
—Mañana a la misma hora —prometió Victor, pasándole un brazo por los hombros tatuados.
—Y todas las que vengan —contestó Hugo, rodeándole la cintura con el brazo—. Y esta vez traigo lubricante de verdad. No quiero que me abras solo con saliva otra vez… aunque joder, cómo me gustó.
Salieron juntos por la puerta del vestuario, el pestillo sonando seco a sus espaldas. La calle estaba desierta, el aire de la madrugada fresco contra la piel todavía caliente. Caminaban hombro con hombro, los pasos sincronizados, las manos rozándose de vez en cuando como si no pudieran evitar tocarse. No hacía falta decir mucho más. La complicidad nueva pesaba entre ellos, densa y dulce: la promesa de noches enteras de embestidas, de toallas húmedas, de risas sucias y de posiciones todavía sin probar. Victor notaba el semen residual de Hugo secándosele bajo la camiseta y sonreía para sus adentros. Hugo sentía el culo tierno y lleno del recuerdo de la polla de Victor y apretaba el paso solo para rozarle el muslo.
Al doblar la esquina, bajo la única farola que funcionaba, se detuvieron un segundo. Hugo lo empujó suavemente contra la pared de ladrillo y le dio un último beso lento, profundo, saboreando todavía el gusto a sexo y a gimnasio.
—Hasta mañana, moreno. Descansa ese culo… o no. Como prefieras.
Victor le mordió el labio al separarse y le guiñó un ojo.
—Tú descansa esa garganta. La vas a necesitar.
Se alejaron juntos calle abajo, dos siluetas anchas bajo la noche, la risa baja flotando entre ellos, el cuerpo aún zumbando en el afterglow tibio, sabiendo que el ring los esperaba otra vez en cuanto cayera la oscuridad.
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