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La Divorciada de al Lado se Entrega a los Tres Hermanos

La divorciada de 34 años, Talia, se entrega gustosa a los tres hermanos solteros que la follan a la vez cada viernes.

13 min read October 01, 2026New

Talia tenía treinta y cuatro años y acababa de instalarse en el barrio después de firmar los papeles del divorcio que la había dejado con una casa nueva, una cuenta bancaria decente y una libertad que aún no sabía cómo manejar del todo. Lo primero que hizo fue fijarse en los tres hermanos López que vivían justo al lado: Marco, de treinta y ocho, carpintero de hombros anchos y manos que parecían capaces de partir madera o partir cintura; Diego, de treinta y seis, que trabajaba en una constructora y lucía unos brazos que tensaban las mangas de cualquier camiseta; y Leo, de treinta y dos, electricista con una sonrisa traviesa que prometía problemas deliciosos. Los tres eran solteros, ruidosos y, sobre todo, incapaces de disimular las miradas que le echaban cada vez que ella salía a regar las plantas con shorts demasiado cortos.

La tensión llevaba semanas cocinándose a fuego lento. Talia coqueteaba sin vergüenza: un guiño aquí, un roce “accidental” allá, una carcajada más larga de lo necesario cuando ellos bromeaban sobre el clima. Ese viernes, sin embargo, todo cambió. El mueble modular que había comprado por internet pesaba como un muerto y ella sola no podía ni levantarlo del suelo. Así que llamó a la puerta de al lado con su mejor sonrisa y su peor idea de ropa: una camiseta blanca ajustada que marcaba sus pechos pesados y unos shorts vaqueros tan diminutos que la mitad inferior de sus nalgas quedaba a la vista.

—Necesito tres hombres fuertes y preferiblemente sin novia —anunció desde la puerta, apoyada en el marco con descaro.

Los hermanos llegaron en menos de cinco minutos, riéndose ya de su propio chiste.

—Una divorciada pidiendo músculo un viernes por la tarde… esto huele a trampa, Talia —dijo Marco mientras cargaba la caja más pesada como si fuera una caja de cervezas.

—Trampa o no, se ve que la libertad te queda de puta madre —añadió Diego, recorriéndola con la mirada sin ningún disimulo mientras colocaban las piezas en el salón.

Leo, agachado para leer las instrucciones, levantó la vista justo cuando ella se inclinaba para pasarles una herramienta. La camiseta se abrió lo suficiente para que los tres vieran el encaje del sujetador y el valle entre sus tetas.

—Joder, hermanos… una mujer libre es lo más peligroso del barrio —bromeó Leo, y los tres soltaron una carcajada ronca que hizo que Talia sintiera un cosquilleo directo entre las piernas.

Mientras montaban el mueble, el aire se espesaba. Talia sentía sus ojos clavados en su culo cada vez que se agachaba, en sus pezones marcados contra la tela cuando se estiraba. “Después de un año sin que nadie me mirara así, estos tres me están comiendo viva y ni siquiera me han tocado todavía”, pensó, mordiéndose el labio para no gemir solo con la idea. Ellos bromeaban sin parar.

—Marco, deja de mirarle el culo o vas a taladrar torcido —se burló Diego.

—Calla, que tú estás más duro que el tornillo este —respondió Marco, y todos estallaron en risas otra vez.

Cuando el mueble por fin estuvo de pie, sudados y satisfechos, Talia sacó tres cervezas sin alcohol y se dejó caer en el sofá, cruzando las piernas de forma que los shorts subieron todavía más. La conversación bajó de tono poco a poco. Entre risas y sorbos, Talia soltó lo que llevaba meses guardándose.

—Chicos… llevo seis meses sin follar. Seis. Meses. Fantaseo con cosas que ni me atrevería a contarle a mi terapeuta. Cosas salvajes. Cosas… múltiples.

El silencio duró dos segundos exactos antes de que Diego soltara una risa incrédula.

—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo, Talia?

Ella asintió, con una sonrisa pícara que le iluminaba toda la cara.

—Siempre he querido sentir tres pares de manos al mismo tiempo. Tres bocas. Tres pollas. Sin celos, sin dramas. Solo… placer. ¿Vosotros habéis pensado alguna vez en compartir a una mujer?

Marco se pasó la mano por la nuca, visiblemente excitado.

—Joder, sí. Lo hemos hablado entre nosotros más veces de las que admitiremos en voz alta. Pero nunca encontramos a una que fuera lo suficientemente valiente y cachonda como para proponerlo de verdad.

Leo ya se había acercado, arrodillándose frente a ella en el sofá.

—Hasta hoy.

Talia sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas. “Esto está pasando. De verdad está pasando. Y quiero que pase ya”. Con una sonrisa traviesa se levantó, tomó a Marco por la camiseta y lo besó primero. El beso fue hambriento, lengua contra lengua, mientras Diego la giraba y atacaba su cuello y Leo le bajaba los tirantes de la camiseta. La prenda voló. Los shorts siguieron. En segundos estaba desnuda entre los tres, riendo y gimiendo al mismo tiempo mientras manos grandes le apretaban las tetas, le separaban las nalgas, le metían dedos curiosos entre los labios ya empapados.

—Mirad cómo chorrea —se rio Diego, mostrando los dedos brillantes.

—Pues que aproveche, que hoy no salimos de aquí hasta que esta divorciada no pueda caminar derecho —respondió Marco, quitándose la camiseta y dejando a la vista un torso duro y cubierto de vello oscuro.

En el centro del salón, Talia se arrodilló con gusto. Tres pollas duras, gruesas y distintas la apuntaban. Marco tenía la más gruesa, venosa y pesada. Diego era más largo, con una cabeza rosada que brillaba. Leo tenía una curva perfecta que prometía tocar lugares interesantes. Ella las fue probando por turnos, chupando una mientras masturbaba las otras dos, cambiando con risitas traviesas.

—Así, Talia, trágatela hasta el fondo… joder, qué boca más caliente —gruñó Marco, enredando los dedos en su pelo castaño.

—Parece que llevas meses practicando con plátanos, vecina —bromeó Leo, y todos rieron incluso mientras ella gemía alrededor de su verga.

Talia pensaba, con la mente nublada de lujuria: “Me están usando la boca como un juguete y nunca me había sentido tan deseada. Quiero más. Quiero todo”.

La pusieron de pie y la colocaron en tren sobre la alfombra. Diego se tumbó, ella se empaló en su polla con un gemido largo y profundo, sintiendo cómo la abría del todo. Marco se colocó frente a su cara y le folló la boca con embestidas controladas. Leo se dedicó a pellizcarle los pezones, tirando de ellos justo lo suficiente para que el placer doliera rico.

—Está tan apretada… esta concha está hecha para tres —gruñó Diego debajo de ella.

—Cambiadme, quiero probar ese culo —pidió Leo minutos después, riendo cuando Talia soltó un gemido ahogado de pura anticipación.

La colocaron en sándwich. Leo debajo, follándole el coño con estocadas fuertes. Marco lubricó su polla con saliva y entró despacio en su culo, centímetro a centímetro, hasta que Talia sintió que iba a partirse de placer. Diego le sujetó la cabeza y le metió la verga hasta la garganta. Doble penetrada y con la boca llena, Talia solo podía gemir y temblar. Los hermanos rotaban posiciones, sudados, riendo, diciéndole guarradas entre carcajadas.

—Mírala, pidiendo más con los ojos. Qué golosa eres, Talia. Una divorciada de manual.

—Cada vez que cambiamos grita más fuerte. Creo que le gusta que nos riamos mientras la reventamos.

Ella no podía responder con palabras, pero su cuerpo sí: se corrió dos veces seguidas, apretando las pollas que la llenaban, chorros calientes resbalando por los muslos. Los tres hermanos terminaron casi al mismo tiempo: Marco se corrió dentro de su coño con un rugido, Diego le llenó la garganta hasta que tragó todo lo que pudo, y Leo le pintó las tetas y la cara con chorros gruesos y blancos. Los gemidos se mezclaron con risas agotadas y el sonido de cuerpos sudorosos desplomándose juntos sobre la alfombra.

Talia, jadeando, con el semen resbalándole por la barbilla y entre las piernas, sonrió como quien acaba de descubrir el mejor secreto del mundo. Se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a los tres hombres que la rodeaban, aún medio duros, respirando con dificultad.

—Esto… esto va a ser nuestro ritual de bienvenida al vecindario cada viernes. Sin falta. Y la próxima vez… —dejó la frase colgando, con una mirada que prometía todavía más travesuras— vais a tener que superaros, porque pienso llegar más lejos.

Los hermanos se miraron entre ellos, todavía con la respiración entrecortada, y Marco soltó una risa baja que sonaba a promesa.

—Entonces el viernes que viene traemos cuerdas y más ideas, vecina.

Talia se lamió los labios, sintiendo todavía el sabor de los tres, y pensó que el próximo viernes no llegaría nunca lo suficientemente rápido. El juego apenas acababa de empezar.

El viernes siguiente Talia apenas durmió. Se pasó la semana con el coño palpitando cada vez que recordaba las promesas roncas de los hermanos y el roce áspero de las cuerdas que habían jurado traer. A las siete en punto sonó el timbre. Abrió la puerta con un camisón negro de encaje que se transparentaba todo: sus tetas pesadas, los pezones oscuros ya duros como guijarros y el pequeño triángulo depilado entre sus muslos. Marco entró primero, con una mochila al hombro y esa sonrisa de carpintero que parecía capaz de clavar clavos solo con la mirada.

—Trajimos las cuerdas, divorciada. Y lubricante. Y un par de ideas que te van a hacer gritar hasta que los vecinos llamen a la policía —dijo, cerrando la puerta con el pie.

Diego y Leo venían detrás, riéndose ya como colegiales traviesos. Los tres pasaban de los treinta, solteros empedernidos y con cuerpos hechos para cargar vigas y, al parecer, para cargar a una mujer cachonda entre los tres. Talia sintió un escalofrío caliente cuando Marco la agarró por la cintura y la besó con lengua profunda, sin preámbulos. Diego se pegó a su espalda, mordiéndole el cuello mientras Leo le subía el camisón y le apretaba el culo con las dos manos.

—Joder, Talia, ya estás empapada y ni te hemos tocado —se burló Leo, metiendo dos dedos entre sus labios inferiores y sacándolos brillantes—. Esta concha tiene hambre de viernes.

Ella se rio contra la boca de Marco, un sonido gutural y alegre que se convirtió en gemido cuando Diego le pellizcó los pezones por encima del encaje. La llevaron al salón, al mismo mueble modular que habían montado la semana anterior. Marco sacó las cuerdas de seda roja, suaves pero firmes. Con humor de obrero las sacudió en el aire como si fueran látigos de circo.

—Manos atrás, vecina. Hoy vas a ser nuestro proyecto especial.

Talia obedeció gustosa, cruzando las muñecas a la espalda. El roce de la cuerda era fresco al principio, luego apretaba justo lo necesario para recordarle que estaba a su merced. Marco hizo un nudo marinero perfecto mientras Diego le separaba las piernas y se arrodillaba para lamerle el clítoris con lentitud exasperante. Leo le metió dos dedos en la boca, follándole los labios como si ya estuviera practicando para después.

—Chúpame los dedos como vas a chuparme la polla, Talia. Así, buena chica… o mejor dicho, buena zorra divorciada.

Ella succionó con ganas, babeando, mientras el placer subía desde su coño hasta su cerebro. Pensaba, con la mente ya medio derretida: “Me tienen atada y ni siquiera han sacado las vergas todavía. Me siento tan puta, tan libre, tan jodidamente feliz”. Cuando Marco terminó de atarla, la empujaron suavemente sobre la alfombra de rodillas. Tres pollas duras salieron de los pantalones al mismo tiempo: la gruesa y venosa de Marco, la larga y rosada de Diego, la curvada y traviesa de Leo. Talia las miró con ojos brillantes y abrió la boca.

Empezaron a usarla por turnos. Diego le sujetó la cabeza y le metió la polla hasta el fondo de la garganta, follándole la boca con embestidas cortas y profundas mientras sus hermanos se masturbaban contra sus mejillas. Las cuerdas le mantenían los brazos inmóviles, obligándola a equilibrarse solo con las rodillas. Cada vez que se atragantaba soltaban carcajadas roncas.

—Mirad cómo se le caen las babas por las tetas. Parece una fuente —se rio Marco, dándole cachetitos suaves con su verga pesada en la cara.

—Esta boca fue hecha para tres pollas a la vez —añadió Leo, metiéndosela de lado mientras Diego se salía para dejarle espacio.

Talia gemía alrededor de la carne caliente, el sonido vibraba en sus gargantas. Su coño chorreaba tanto que sentía hilos calientes bajándole por los muslos. La pusieron de pie, aún atada, y la inclinaron sobre el respaldo del sofá nuevo. Diego se colocó detrás y la penetró de un solo empujón, gruñendo al sentir cómo su coño lo apretaba.

—Está ardiendo… y tan mojada que se me resbala. Hermano, esta divorciada nos va a dejar secos.

Marco se arrodilló en el sofá y le metió la polla en la boca otra vez, follándola por ambos extremos mientras Leo tiraba de las cuerdas para controlar el ritmo. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se bambolearan. Talia sentía el nudo de la cuerda rozándole las muñecas y ese pequeño dolor se convertía en placer puro que le subía por la columna. Se corrió la primera vez sin aviso, apretando el miembro de Diego con espasmos fuertes, gritando alrededor de la verga de Marco. El orgasmo le salió tan intenso que le temblaron las rodillas.

—Primera de la noche —celebró Diego, dándole una palmada sonora en el culo—. Y todavía nos queda cuerda por usar.

La desataron solo para cambiarla de posición. Esta vez Marco la ató en una especie de arnés improvisado: cuerdas alrededor de sus tetas, apretándolas hasta hacerlas sobresalir como dos globos obscenos, y otra cuerda que le pasaba entre las piernas, rozándole el clítoris cada vez que se movía. La colocaron sobre la mesa de centro, de espaldas, con las piernas abiertas y atadas a las patas. Leo se subió encima y le metió la polla curva directamente en el coño, follándola con estocadas rápidas que hacían que la cuerda entre sus labios se clavara deliciosamente contra su clítoris.

—Cada vez que entro te aprietas más. ¿Te gusta estar amarrada como un paquete de Amazon, Talia?

Ella solo pudo gemir una risa entrecortada.

—Me encanta… sois unos cabrones graciosos y yo soy vuestra puta de los viernes. No paréis.

Diego aprovechó para lubricar su polla con saliva y lubricante y se colocó en su culo. Entró despacio, centímetro a centímetro, mientras Leo se quedaba quieto dentro de su coño. La doble penetración la abrió tanto que Talia sintió que iba a romperse de gusto. Las cuerdas le mordían la piel, sus tetas enrojecidas por la presión del arnés, y Marco le metió la polla en la boca para completar el trío. Los tres hermanos la follaban al mismo tiempo, riendo y gruñendo, sudando, diciéndole guarradas que solo conseguían excitarla más.

—Está tan llena que parece que va a explotar —bromeó Marco, tirándole del pelo suavemente—. Trágatela toda, vecina. Hasta las pelotas.

—Cambiad, quiero ese culo apretado ahora —pidió Leo minutos después.

Rotaron. Talia perdió la cuenta de las veces que la cambiaron de agujero. En un momento la desataron del arnés solo para volver a atarla de rodillas sobre el sofá, con los brazos abiertos y sujetos a los extremos del mueble modular. Allí la follaron sin piedad: Diego en su coño, Leo en su culo, Marco turnándose entre su boca y sus tetas. El salón olía a sexo, sudor y cerveza sin alcohol. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de sus pollas entrando y saliendo, las palmadas de carne contra carne, las risas entrecortadas y los gemidos de Talia cada vez más roncos.

Se corrió otra vez, más fuerte, chorros calientes saliendo de su coño y mojando el sofá. Su cuerpo se sacudía contra las cuerdas, los músculos temblando sin control. Los hermanos no aguantaron mucho más. Marco fue el primero: rugió y le llenó el coño de semen espeso, empujando hasta el fondo. Diego lo siguió, corriéndose dentro de su culo con un gemido largo y cómico que terminó en carcajada.

—Joder, creo que me he quedado sin alma —dijo entre risas mientras salía.

Leo se sacó de su boca y le pintó la cara y las tetas con chorros blancos y abundantes, riendo cuando un hilo le cayó en el ojo.

Talia, aún atada, jadeando, con semen resbalándole por todas partes, sonrió como una reina satisfecha. Los tres la desataron con cuidado, masajeándole las muñecas y los hombros, besándola suavemente ahora que la tormenta había pasado. Se tumbaron los cuatro en la alfombra, cuerpos sudorosos enredados, riendo bajito mientras recuperaban el aliento.

—Esto se va a convertir en tradición oficial del barrio —murmuró Diego, acariciándole un pecho con pereza.

—Cada viernes, sin falta —confirmó Marco.

Talia cerró los ojos, sintiendo el calor de los tres hombres a su alrededor, el sabor de sus pollas todavía en la lengua y el latido delicioso entre sus piernas. Ellos no sabían que durante la semana ella había llamado a Leo por separado para pedirle que trajera cuerdas más largas y un arnés especial que había visto en internet. Ese pequeño secreto entre ella y el electricista era solo suyo, una promesa silenciosa de que la próxima escalada sería todavía más salvaje y que los otros dos se llevarían una sorpresa deliciosa. El juego, definitivamente, acababa de empezar.

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