Una Última Vez en el Mercado Nocturno
Marisol, una vendedora de 32 años, se deja follar el culo salvajemente por su ex, el chef Franklin de 35, en un callejón del mercado nocturno
En el bullicioso mercado nocturno de la ciudad costera, las luces de faroles y neones parpadeaban como un latido vivo, iluminando los puestos de madera y tela que se extendían junto a la playa. El aire cálido de la noche cargaba olores de mariscos a la parrilla, tamales recién hechos, frituras dulces y el salitre constante del océano que rompía suavemente contra las rocas cercanas. Voces alegres, risas y una banda que tocaba sones locales creaban un muro de sonido que lo envolvía todo. Marisol, una vendedora de 32 años con curvas generosas que llenaban su blusa ligera hasta tensar la tela sobre sus pechos pesados y redondos, y una falda corta que se pegaba a sus caderas anchas y a su culo firme y prominente, atendía su puesto de joyería artesanal con conchas y piedras pulidas. Su mirada desafiante barría a los clientes, pero por dentro sentía un vacío que había crecido desde la ruptura. Sus pezones se endurecían a veces con la brisa, recordándole lo sensible que era su cuerpo cuando el deseo despertaba.
Entonces lo vio. Franklin, su ex, el chef de 35 años que ahora viajaba por el mundo cocinando en yates de lujo y restaurantes exclusivos, avanzaba entre la gente con esa seguridad tatuada en cada centímetro de su piel. Los dibujos negros asomaban por el cuello abierto de su camisa, marcando sus pectorales duros y sus brazos fuertes. Sus ojos oscuros se clavaron en ella como si nunca se hubieran separado, recorriendo descaradamente sus tetas que subían y bajaban con la respiración agitada, bajando por su cintura estrecha hasta las piernas gruesas y ese culo que él había reclamado tantas veces. Marisol sintió un latigazo directo en el coño, un calor líquido que le empapó las bragas en segundos. Pensó que después de dos años sin verlo el cuerpo no reaccionaría igual, pero ahí estaba, traicionándola con pura necesidad animal.
Él se detuvo frente al puesto, apoyando las manos grandes sobre la mesa, tan cerca que ella olió su aroma a especias, sudor limpio y hombre. —Marisol… joder, sigues siendo la misma diosa que me volvía loco —murmuró en voz baja, solo para ella, mientras sus ojos seguían devorándola sin vergüenza.
Ella tragó saliva, el pulso retumbándole en las sienes. —Franklin, el chef trotamundos. Pensé que ya no pisabas esta costa. ¿Qué buscas aquí? —preguntó, pero su voz salió ronca, cargada de todo lo que no decía.
Se miraron en silencio un instante eterno, rodeados por el bullicio pero aislados en su propio mundo. Finalmente, él se inclinó más. —Busco lo que nunca dejé de desear. A ti. Tu cuerpo, tu forma de gemir cuando te abro, esa mirada de puta que pones cuando me quieres dentro. Aún te deseo con una locura que me despierta sudando en cualquier hotel del mundo.
Marisol sintió que las rodillas le temblaban. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro caliente. —Yo también, cabrón. No he podido sacarte de la cabeza. Me toco pensando en cómo me follabas, en cómo me hacías tuya. Esta noche será la última vez. Una última vez para sacarnos esta hambre y cerrar el capítulo. ¿Estás de acuerdo?
Los ojos de Franklin brillaron con un fuego oscuro. —Sí. Esta noche te voy a follar como si el mundo se acabara después. Vámonos de aquí antes de que te tome sobre esta mesa.
Ella cerró el puesto con rapidez, dejando las piezas a cargo de su vecina de toda la vida, y se internaron juntos entre los pasillos iluminados. Caminaban hombro con hombro, rozándose a propósito. La conversación se volvió cada vez más sucia, más cruda, mientras pasaban frente a puestos de frutas maduras y dulces que goteaban jugo. Marisol sentía la falda pegada a sus muslos húmedos. —He fantaseado tantas noches con entregarte mi culo una última vez, Franklin —confesó en un susurro ronco, mirándolo de reojo—. Imagino tu polla gruesa abriéndome el ano, metiéndomela hasta el fondo sin piedad, follándome salvaje hasta que me duela al sentarme mañana. Quiero que me dejes el culo abierto y lleno de tu corrida. ¿Te excita saber que tu ex se toca el culo pensando solo en ti?
Franklin soltó un gruñido bajo, su mano apretando la de ella con fuerza. Su verga ya marcaba una tienda de campaña evidente en sus pantalones. —Me estás poniendo como un animal, Marisol. Ese culito apretado siempre fue mi vicio. Te voy a dar exactamente lo que pides. Te voy a follar tan profundo y tan bruto que vas a gritar mi nombre mientras te corro dentro.
Las palabras siguieron fluyendo, cada vez más explícitas. Ella le describió cómo se metía dos dedos en el ano bajo la ducha, imaginando que era su polla; él le contó que había rechazado a otras mujeres porque ninguna gemía como ella cuando le pedía que la tratara de puta. La tensión sexual era tan densa que casi dolía. De pronto, Franklin perdió el control. La tomó del brazo con esa fuerza posesiva que ella adoraba y la arrastró fuera del camino principal, metiéndose en un callejón oscuro detrás de las grandes carpas del mercado. El lugar estaba casi negro, solo iluminado por un lejano reflejo de luces, con cajas apiladas, olor a madera húmeda y el eco amortiguado de la música y las voces del mercado. Nadie los vería, pero el riesgo de que alguien doblara la esquina los excitaba más.
La presionó contra la pared fría de ladrillo y sus bocas chocaron con violencia. Lenguas calientes se enredaron, chupándose, mordiéndose los labios, intercambiando saliva en besos sucios y profundos. Las manos de él subieron por su blusa, sacando sus tetas pesadas para apretarlas con rudeza, pellizcando los pezones oscuros hasta hacerla gemir en su boca. Marisol bajó una mano y frotó la polla dura por encima de la tela, sintiendo cómo palpitaba. —Quiero sentirte bien profundo y salvaje en mi culo —le susurró contra los labios, mordiéndole el inferior—. Quiero que me rompas, que me uses, que me hagas llorar de placer.
Eso lo desató. Franklin la giró parcialmente, presionándola más contra la pared, y subió la falda hasta la cintura. Su mano grande se metió entre sus piernas, frotando el coño empapado por encima de las bragas finas. Los dedos presionaban el clítoris hinchado en círculos rápidos y duros, masturbándola con pericia mientras ella abría más las piernas y jadeaba como una perra en celo. —Estás chorreando, Marisol. Tu coño llora por mí —gruñó él contra su cuello, mordiéndolo. Ella movía las caderas contra su mano, sintiendo el placer subir en oleadas calientes, pensando que nadie la había tocado así desde él. Ambos jadeaban fuerte, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando de deseo mutuo puro y salvaje.
Necesitaban más. Se movieron unos pasos hacia un rincón semioculto donde las cajas formaban una especie de muro. Marisol se arrodilló primero sobre el suelo irregular, sin importarle que le raspaba las rodillas. Con dedos ansiosos bajó la cremallera de Franklin y liberó su polla gruesa, venosa, con la cabeza ya brillante de precum. La miró un segundo, recordando todas las veces que esa verga la había hecho correrse, y abrió la boca. La chupó con saliva abundante, metiéndosela hasta el fondo, tragando alrededor de la cabeza mientras la baba le corría por la barbilla, goteaba sobre sus tetas expuestas y caía al suelo en hilos obscenos. Lo lamía como si estuviera hambrienta, succionando las bolas, pasando la lengua plana por toda la longitud, gimiendo alrededor de la carne caliente. Franklin sujetaba su cabello oscuro con fuerza, empujando suavemente su cadera, gruñendo de placer.
Cuando la polla estuvo reluciente de saliva, Marisol se levantó, se colocó en cuatro sobre las cajas estables, subió la falda del todo, bajó las bragas hasta los tobillos y abrió sus nalgas generosas con ambas manos, exponiendo su ano rosado y apretado. —Por favor, Franklin… fóllame el culo ya. Escúpeme, ábreme y métemela toda. Quiero que me folles como la puta que soy para ti —rogó, la voz rota de necesidad, el coño goteando por sus muslos.
Él escupió copiosamente sobre el agujero, viendo cómo la saliva brillaba y corría. Metió dos dedos gruesos de golpe, abriéndola con movimientos circulares y de tijera, follando su ano mientras ella gemía alto y empujaba hacia atrás. —Qué culito más rico y apretado. Te voy a destrozar —dijo con voz ronca. Sacó los dedos, alineó la cabeza gruesa de su polla y empujó. El esfínter cedió y la verga entró centímetro a centímetro hasta que sus bolas chocaron contra el coño mojado de ella. Empezó con embestidas intensas y profundas, cada vez más brutales, sujetándola del pelo como riendas, tirando su cabeza hacia atrás para arquearla. Las nalgas de Marisol rebotaban con cada golpe, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el callejón. —Eres una puta asquerosa por pedirme que te folle el culo en un callejón público. Dilo, dime lo puta que eres mientras te parto el ano.
—Soy tu puta… tu puta anal —gemía ella entre embestidas, el placer quemándola por dentro, el ano ardiendo deliciosamente alrededor de esa polla que la llenaba por completo.
Camb iaron de posición sin salir de ella. Franklin la levantó, la puso de pie contra la pared, levantó una de sus piernas gruesas y la sostuvo alta, abriéndola como una perra en exhibición. Desde atrás volvió a clavarse en su culo con fuerza bruta, follándola con todo el peso de su cuerpo. Alternaba nalgadas fuertes que dejaban la piel morena marcada de rojo con la mano libre frotando su clítoris hinchado en círculos rápidos y mojados. Marisol sentía que iba a explotar. El ano apretaba la verga, el coño palpitaba vacío y el clítoris enviaba descargas eléctricas. El orgasmo la golpeó como un maremoto. —¡Me corro! ¡Me corro en el culo, joder! —gritó, el cuerpo convulsionando, el ano ordeñando la polla con espasmos violentos mientras sus jugos salpicaban el suelo.
Franklin rugió, incapaz de aguantar más. —¡Toma mi leche, puta! —empujó hasta el fondo y se corrió dentro de ella, chorros calientes y espesos llenando su intestino mientras ambos gritaban de placer, sus voces mezclándose con la música lejana del mercado.
Después del clímax, aún temblando y con la respiración agitada, Marisol se separó lentamente, sintiendo cómo la corrida espesa comenzaba a escaparse de su ano dilatado y corría por su muslo. Sacó una tela limpia de su pequeño bolso, se limpió con cuidado el culo, las nalgas y las piernas, luego limpió la polla semidura de Franklin con movimientos casi cariñosos. Se acercó, lo besó con ternura en los labios, un beso lento que empezó suave pero que pronto volvió a encender chispas. Sus lenguas se rozaron de nuevo, saboreando el sudor y el deseo. Cuando separaron las bocas, Marisol lo miró a los ojos y sintió que el fuego no se había apagado en absoluto. Su ano palpitaba, lleno de él, su coño aún pedía atención y el mercado seguía latiendo afuera como una invitación peligrosa.
—Esto no ha terminado, Franklin —susurró contra sus labios, la voz todavía ronca de placer—. El mercado tiene más rincones oscuros y yo todavía quiero más de tu polla esta noche. Mucho más.
Sus cuerpos seguían pegados, respiraciones mezcladas, la tensión sexual creciendo otra vez como una marea que no pensaba retirarse.
Marisol sintió el pulso acelerado de su coño latiendo con fuerza renovada mientras sus cuerpos permanecían pegados en aquel rincón oscuro del callejón, el aliento caliente de Franklin rozándole los labios entreabiertos. A sus treinta y dos años, como vendedora de joyería artesanal que había sobrevivido a rupturas y noches solitarias tocándose el culo bajo la ducha, nunca había sentido una necesidad tan animal. Su ano palpitaba, dilatado y chorreando la corrida espesa que empezaba a escaparse por su muslo interno, pero eso solo avivaba el fuego. “Quiero que me rompa de verdad esta vez”, pensó, “que me deje el recto abierto como una puta barata y que su polla me destroce hasta que solo pueda pensar en semen caliente”.
Lo empujó con ambas manos contra las cajas apiladas, cayendo de rodillas sobre el suelo irregular que le raspaba la piel de las rodillas. La verga de Franklin, aquel chef de treinta y cinco años tatuado y fuerte que había cocinado para millonarios en yates de lujo pero que siempre regresaba a su vicio por ella, colgaba semidura y brillante de restos de leche y sus propios jugos anales. Marisol inhaló el olor fuerte, terroso, prohibido, y sintió un latigazo en el clítoris. Abrió la boca y la tragó entera, succionando con saliva abundante, lamiendo desde las bolas pesadas hasta la cabeza hinchada. El sabor de su propio ano mezclado con la corrida de él le llenó la lengua, y en lugar de asquearla, la puso más perra. Chupaba con hambre, metiéndosela hasta la garganta, ahogándose ligeramente mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, la baba cayendo en hilos gruesos sobre sus tetas pesadas y redondas que aún colgaban fuera de la blusa.
—Límpiala bien, zorra asquerosa —gruñó Franklin, sujetándola del cabello con fuerza brutal, follándole la boca con embestidas cortas y profundas—. Esa polla acaba de salir de tu culo sucio y tú la chupas como si fuera caramelo. Eres una puta anal de mierda, Marisol. ¿Te excita probar tu propio recto?
Ella solo pudo gemir alrededor de la carne que se endurecía rápido en su lengua, asintiendo con la cabeza mientras sus ojos se clavaban en los de él. “Sí, me excita, cabrón. Quiero más de este sabor sucio”, pensó, succionando con más fuerza, pasando la lengua plana por la vena gruesa que latía. Franklin le follaba la cara sin piedad, sus bolas golpeándole la barbilla, el sonido húmedo y obsceno mezclándose con la música lejana del mercado nocturno. Cuando la polla estuvo completamente dura, venosa y reluciente de saliva, él la levantó de un tirón salvaje, girándola y estampándola contra la pared fría de ladrillo.
Le subió la falda hasta la cintura de un manotazo y le separó las nalgas generosas con rudeza. Escupió copiosamente sobre su ano ya usado, viendo cómo la saliva se mezclaba con la corrida que escapaba. Metió tres dedos gruesos de golpe, follándola con movimientos rápidos y circulares, abriéndola sin compasión, estirando el esfínter con tijeras brutales. Marisol gritó, las uñas clavándose en el ladrillo, empujando hacia atrás como una perra en celo.
—Más, joder… mete cuatro, ábreme el culo entero —suplicó con voz rota, el sudor corriéndole por la espalda—. Quiero sentirme rota, usada, como la puta anal que solo tú sabes que soy.
Franklin añadió saliva y forzó un cuarto dedo, girándolo dentro de ella, abriendo su recto hasta límites dolorosos que la hacían convulsionar de placer. El ardor era intenso, pero cada roce contra las paredes sensibles de su ano enviaba descargas eléctricas directas a su clítoris hinchado. “Me está destruyendo y lo adoro”, pensó ella, las piernas temblando, el coño chorreando jugos que caían al suelo en gotas audibles. Él sacó los dedos con un sonido húmedo y alineó su polla gruesa. Empujó con todo el peso de su cuerpo, clavándosela hasta el fondo de un solo golpe brutal. Sus bolas chocaron contra el coño empapado de Marisol y empezó a follarla con una intensidad salvaje, cada embestida más violenta que la anterior.
El callejón se llenó del sonido húmedo y carnoso de carne contra carne, nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en sus nalgas morenas y generosas. Franklin la sujetaba del pelo como riendas, tirando su cabeza hacia atrás mientras le mordía el cuello.
— ¿Sientes cómo te parto el ano, puta de treinta y dos años? Este culito apretado siempre fue mi vicio. Te voy a dejar el recto tan abierto que vas a chorrear mi leche durante horas mientras atiendes tu puesto —gruñía contra su oreja, alternando nalgadas secas con pellizcos en sus pezones oscuros y duros.
Marisol gemía alto, sin importarle que alguien pudiera oírlos. Cada golpe de la polla la llenaba por completo, rozando terminaciones nerviosas que la volvían loca. Su coño vacío palpitaba, y cuando Franklin llevó dos dedos a frotarle el clítoris en círculos rápidos y mojados, el orgasmo la golpeó como un maremoto. Su ano se contrajo con violencia alrededor de la verga, ordeñándola, succionándola mientras ella gritaba:
— ¡Me corro en el culo otra vez, cabrón! ¡Mi ano te está apretando la polla, joder!
Sus jugos salpicaron el suelo sucio del callejón. Franklin no se detuvo. La levantó en peso, sosteniendo una de sus piernas gruesas bien alta, abriéndola como una puta en exhibición contra la pared. Desde atrás volvió a clavarse en su ano dilatado con estocadas brutales, usando todo el peso de su cuerpo para follarla más profundo. El sudor de ambos se mezclaba, el olor a sexo crudo, a culo follado y a corrida llenaba el aire junto al salitre del mar cercano.
Cambió de nuevo, sentándose sobre las cajas y obligándola a montarlo en reversa. Marisol se empaló sola en su polla, bajando hasta que sus nalgas rebotaron contra los muslos tatuados de él. Empezó a cabalgar con furia, subiendo y bajando su culo generoso, tragándose la verga una y otra vez con sonidos húmedos y obscenos. Sus tetas saltaban violentamente, y Franklin las golpeaba con las manos abiertas, pellizcaba los pezones hasta hacerla gritar. Cada descenso hacía que la polla le llegara hasta lo más profundo del intestino.
— ¡Mira cómo rebotas como una zorra anal adicta! —rugía él, dándole nalgadas desde abajo que resonaban fuerte—. Este culo es mío. Nadie te folla el recto como yo, puta.
Marisol sentía el tercer orgasmo formándose, más intenso, más profundo. Su ano ardía, dilatado al máximo, pero el placer era cegador. “Quiero que me llene otra vez, que me deje chorreando”, pensó mientras aceleraba, rebotando con fuerza bruta, el sudor volando de su cuerpo. Franklin la sujetó de las caderas y la folló desde abajo con embestidas ascendentes salvajes, golpeando su punto más sensible una y otra vez hasta que ella explotó de nuevo, gritando incoherentemente, el ano contrayéndose en espasmos violentos que casi lo sacan de ella.
Cuando sintió que él estaba a punto, Franklin la levantó de golpe, sacando la polla con un sonido húmedo y obsceno. El ano de Marisol quedó abierto, gapeando visiblemente, chorreando una mezcla espesa de saliva, corrida vieja y nueva. La empujó de rodillas con rudeza y le metió la verga directamente de su culo a la boca, follándole la garganta sin piedad.
—Chúpala, puta sucia. Prueba bien profundo tu propio culo en mi polla mientras te lleno la boca —ordenó con voz gutural.
Marisol chupó con desesperación, lamiendo el sabor fuerte y terroso de su recto, tragando alrededor de la cabeza hinchada. Franklin rugió y se corrió con fuerza, disparando chorros calientes y espesos directamente sobre su lengua y al fondo de su garganta. Ella tragó lo que pudo, tosiendo, dejando que el resto le cubriera los labios, la barbilla y las tetas. Cuando él sacó la polla, la frotó contra su cara, untándola con los restos de semen y el olor de su propio ano.
—Trágatelo todo, zorra asquerosa, esa es la mezcla de tu culo sucio y mi leche caliente, justo como te gusta, puta anal barata.
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