La Apuesta que Ella Perdió a Propósito
Hana perdió aposta al billar para que Warrick le rompiera el culo esa misma noche.
La fiesta era de esas que se organizan cuando alguien tiene demasiado dinero y pocas ganas de que se sepa. Casa grande en las afueras, luces bajas, música que no ahogaba las conversaciones y una mesa de billar al fondo del salón, junto a los ventanales que daban al jardín. Yo llevaba tres copas encima y la mirada clavada en el culo de Hana desde que llegó.
Hana. Veinticuatro años, morena de piel morena, pelo negro recogido en una coleta alta que le dejaba el cuello al descubierto y un vestido negro corto que se le pegaba a las caderas como una segunda piel. Éramos amigos desde hacía meses. Amigos de verdad: cenas, mensajes a deshora, confidencias borrachas. Y, aun así, cada vez que se agachaba a recoger algo o se inclinaba sobre la barra, se me endurecía la polla con una violencia absurda. Ese culo… redondo, firme, con esa curva perfecta que pedía a gritos que le clavaran los dedos y lo abrieran. Yo lo sabía. Ella también.
Aquella noche se acercó con un vaso de ginebra en la mano y una sonrisa ladeada.
—Warrick, te veo muy serio. ¿Te ha dejado la novia o es que te has quedado sin cigarrillos?
—Ni novia ni tabaco —contesté, apoyándome en el borde de la mesa de billar—. Solo estoy decidiendo si te reto o no.
Ella arqueó una ceja, se mordió el labio inferior y dejó el vaso sobre la madera barnizada.
—¿A qué?
—A una partida. Si gano, esta misma noche me dejas follarte el culo.
Lo dije sin adornos. El alcohol me había quitado el filtro y las ganas que llevaba meses aguantando me salieron por la boca crudas. Hana no se escandalizó. Soltó una risa baja, casi un bufido, y se pasó la lengua por los dientes.
—Qué bruto eres. ¿Y si gano yo?
—Te debo una cena cara y dejo de mirarte el culo… durante una semana.
—Mentiroso —murmuró, pero ya estaba cogiendo un taco—. Vale. Juega.
Empezamos. Yo no jugué del todo limpio; tampoco lo necesitaba. Hana sabía manejar el taco, se inclinaba con cuidado, el vestido subía un centímetro más cada vez que se agachaba y yo veía el borde de su tanga negra. Cada tiro mío era preciso. Cada tiro suyo… un poco más flojo de lo que yo sabía que podía hacer. La bola ocho se le escapó dos veces. En la tercera, falló de forma casi elegante, como si estuviera ensayando la derrota.
—Joder —dijo, enderezándose, las mejillas un poco encendidas—. Se me ha ido.
Me acerqué por detrás mientras ella fingía estudiar la mesa. Mi pecho rozó su espalda. Le hablé al oído, bajo, para que solo ella me oyera entre el bullicio de la fiesta.
—Has perdido a propósito, Hana.
Se quedó quieta. Sentí cómo se le erizaba la piel del cuello.
—No digas tonterías.
—Te conozco. Llevas meses abriendo las piernas un poco más de la cuenta cuando te sientas frente a mí. Te he visto mirarme la entrepierna cuando crees que no me doy cuenta. Quieres que te la meta por el culo esta noche. Dilo.
Se giró despacio. Sus ojos oscuros me sostuvieron la mirada sin parpadear. Por un segundo pareció que iba a negarlo otra vez, pero entonces su mano bajó y me palpó por encima del pantalón. Notó lo duro que estaba y apretó con los dedos, despacio, midiendo el grosor.
—Eres un cabrón —susurró—. Y sí. Quiero que me rompas el culo. Llevo semanas tocándome pensando en cómo me va a doler al principio y cómo me va a gustar después. Pero no lo digas tan alto, imbécil.
La besé ahí mismo, contra la mesa. No fue un beso suave: le abrí la boca con la lengua, le agarré el culo con las dos manos y lo apreté hasta que ella soltó un gemido contra mis labios. El vestido se le subió lo justo para que mis dedos encontraran la tira de su tanga y la siguieran hasta el pliegue de sus nalgas. Estaba caliente. Cuando le rocé el agujero por encima de la tela, se le cortó la respiración.
—Warrick… la gente.
—Que miren. O nos vamos arriba. Hay habitaciones vacías en el primer piso. Tú decides si quieres que te prepare aquí mismo o con un poco más de privacidad.
Ella dudó solo un instante. Luego cogió mi mano y me arrastró hacia la escalera, sorteando a un par de borrachos que reían junto a la puerta del salón. Subimos rápido. El pasillo olía a madera y a perfume caro. Encontramos una habitación al fondo, con la cama hecha y la luz de una lámpara de mesa. Cerré con llave. El clic sonó definitivo.
Hana se quedó de pie en medio de la habitación, mirándome. Se quitó los zapatos de un empujón y el vestido se lo sacó por la cabeza sin teatralidad, como quien se quita una molestia. Se quedó en tanga y sujetador negros. Sus tetas eran firmes, de pezones oscuros ya duros; pero yo bajé la vista de inmediato a ese culo que me había vuelto loco durante meses. Se giró un poco, de lado, y se lo ofreció sin vergüenza.
—¿Así lo querías ver?
Me acerqué, me arrodillé detrás de ella y le bajé la tanga con los dientes y los dedos. El tejido se enganchó un segundo en sus muslos y después cayó al suelo. Sin nada encima, su culo era todavía mejor: nalgas redondas, piel suave, el agujerito rosado y apretado entre ellas, y más abajo su coño ya brillante de lo mojada que estaba. Le abrí las nalgas con las manos y le escupí directamente sobre el culo. Ella tembló.
—Joder, Warrick…
—Cállate y empina. Quiero probarte antes de metértela.
Le pasé la lengua desde el coño hasta el ano, despacio, saboreando lo salado de su excitación y el sabor más íntimo de ese agujero que tanto había imaginado. La lengüetee en círculos, empujé la punta dentro lo justo para que se abriera un milímetro, y ella apoyó las manos en el borde de la cama, gimiendo bajito, empujando el culo hacia mi cara. Le metí un dedo en el coño al mismo tiempo que la follaba con la lengua por detrás. Estaba empapada. Sus paredes me apretaban el dedo como si quisieran tragárselo entero.
—Llevo meses queriendo esto —confesé contra su piel, la voz ronca—. Cada vez que te reías y se te movía el culo, se me ponía dura. Cada vez que te abrazabas a mí de despedida, pensaba en dejarte marcada.
—Entonces márcala ya —pidió ella, volviendo la cabeza para mirarme por encima del hombro—. Quiero sentirte. Quiero que me la metas despacio al principio… y después que me la hinques hasta el fondo. Me he tocado el culo pensándote. Me he metido dedos y un plug pequeño que me compré la semana pasada. No estoy tan cerrada como crees.
Eso me sacó un gruñido. Me puse de pie, me desabroché el pantalón y saqué la polla. Estaba roja, venosa, goteando por la punta. Hana se lamió los labios al verla. Se agachó un segundo, me la metió en la boca solo para mojarla bien —una chupada profunda, lengüetazos bajo el glande, saliva espesa— y después se giró otra vez, se subió a la cama de rodillas y se abrió las nalgas con las propias manos.
—Ven. Cumple la puta apuesta.
Me coloqué detrás. Le apoyé la cabeza de la polla en el agujero, ya resbaladizo de saliva y de su propio flujo. Empujé despacio. El anillo de músculo se resistió un segundo y después cedió, tragándome el glande con una presión caliente y brutal. Hana soltó un gemido largo, entrecortado, y apretó las sábanas.
—Ah… joder, qué gorda… sigue, no pares…
Entré centímetro a centímetro, sintiendo cómo su culo me estrujaba la polla entera, cómo se abría para mí porque ella quería abrirse. Cuando llegué hasta las pelotas, me quedé quieto un momento, metido del todo, disfrutando de esa sensación de posesión absoluta. Ella respiraba agitada, el culo contra mi abdomen, temblando.
—Muévete —ordenó—. Fóllame el culo de verdad, Warrick. Como me prometiste.
Empecé a sacar y a meter, primero con cuidado, después con más fuerza. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su ano llenó la habitación. Cada embestida le hacía temblar las nalgas; cada vez que le daba hasta el fondo, ella gemía mi nombre entre dientes. Le agarré el pelo de la coleta y tiré hacia atrás, obligándola a arquearse, y se lo clavé más hondo.
—Lo has perdido a propósito —le recordé, embistiéndola con ganas—. Di la verdad.
—Sí… lo perdí a propósito… quería tu polla en mi culo esta noche… más fuerte, joder, más fuerte…
La follé con ritmo constante, profundo, sintiendo cómo se le aflojaba un poco el agujero para recibirme mejor y cómo, aun así, me apretaba en cada retirada como si no quisiera soltarme. Su coño chorreaba por los muslos. Le metí dos dedos ahí mientras le daba por detrás y ella se corrió de golpe, con un grito ahogado contra la almohada, el culo convulsionando alrededor de mi polla.
No me detuve. Seguí follándoselo, más rápido ahora, usando su orgasmo para entrar y salir con más facilidad, mirando cómo su ano se aferraba a mi rabo, rojo y abierto y mío. La fiesta seguía abajo; la música llegaba amortiguada. Nadie venía a buscarnos. Teníamos la noche por delante y yo apenas empezaba a usar ese culo que me había vuelto loco durante meses.
Cuando sentí que se me acercaba la corrida, me contuve a duras penas. Saqué la polla casi del todo, le di un par de azotes en cada nalga hasta dejarlas marcadas y volví a enterrármela de un solo empujón. Hana gritó de placer. Se giró lo suficiente para mirarme a los ojos, la boca abierta, el maquillaje un poco corrido, preciosa y puta al mismo tiempo.
—No te corras todavía —jadeó—. Quiero más. Quiero que me la dejes el culo destrozado y después me la metas otra vez. Habíamos quedado en que me lo rompías esta noche… y todavía no has terminado.
Sonreí, sudado, con la polla latíéndole dentro, y le di un beso sucio en la nuca mientras reanudaba las embestidas, más lentas ahora, más profundas, sabiendo que la noche apenas empezaba y que la apuesta que ella había perdido a propósito nos iba a tener ocupados hasta el amanecer.
Seguía embistiéndola con esa lentitud deliberada, sintiendo cada contracción de su ano agarrándome la polla como si quisiera exprimirme el alma. El calor de su interior me subía por la columna; sudaba, el pelo se me pegaba a la frente y el olor a sexo, a ella y a la saliva que le había dejado entre las nalgas llenaba la habitación cerrada. Hana gemía contra la almohada, las manos todavía abriéndose las mejillas para que yo viera cómo mi verga desaparecía entera en ese agujero rosado y ahora hinchado.
—Así… joder, Warrick, así de hondo —jadeó ella, la voz rota—. Me estás abriendo de verdad. Siento cada vena.
Le di un azote seco en la nalga derecha y la carne tembló. Me incliné sobre su espalda, el pecho pegado a ella, y le mordí el hombro mientras le clavaba la polla hasta las pelotas otra vez.
—Llevo toda la puta noche imaginándome esto —le susurré al oído, sin dejar de moverme—. Cómo te iba a tener de rodillas, cómo te iba a escupir el culo y metértela despacio para que sintieras cada centímetro. Cómo te iba a follar hasta que me pidieras que parara… y no parar.
Ella soltó una risa entrecortada que se convirtió en gemido cuando aceleré un poco. Empujó el culo hacia atrás al mismo tiempo que yo embestía, y el choque fue húmedo, obsceno.
—Imbécil… yo también —confesó entre risas nerviosas y placer, mordiéndose el labio inferior hasta dejarlo blanco—. Llevo semanas… joder, semanas masturbándome pensando exactamente en esto. En tu verga abriéndome el ano. Me metía el plug en la cama, por la noche, y me corría solo imaginando que eras tú, que me la hinchabas hasta el fondo y me dejabas el culo destrozado. Me tocaba el clítoris con los dedos mojados y me repetía tu nombre. Por eso… por eso fallé a propósito en el billar. Ya no podía esperar más.
La confesión me subió la sangre a la cabeza y a la polla al mismo tiempo. La agarré de la coleta con más fuerza, la obligué a arquearse y empecé a darla más fuerte, más profundo, el sonido de mis caderas contra su culo llenando el cuarto. Su ano ya se había aflojado lo justo para recibirme, pero seguía apretándome como un puño caliente cada vez que salía casi del todo.
—Dímelo otra vez —ordené, jadeando contra su oreja—. Dime cómo te tocabas.
—Me abría las nalgas frente al espejo… me escupía los dedos y me los metía uno a uno… y pensaba en lo gruesa que la tienes, en cómo me iba a doler al principio y cómo después iba a pedirte que me la metieras más fuerte. Me corrí tres veces anoche solo con eso. Tres. Y esta mañana otra vez en la ducha, con el agua y el plug puesto, imaginando que me follabas el culo contra la pared.
Cada palabra me sacaba un gruñido. Saqué la polla casi entera, miré cómo su agujero se cerraba un segundo alrededor de la cabeza hinchada, y se la volví a clavar de un solo empujón brutal. Hana gritó, un grito ahogado y precioso, y se le doblaron los brazos. Se le escapó un hilito de baba por la comisura de la boca.
—Qué puta más rica eres —le dije, embistiéndola sin piedad ahora—. Perdiste la apuesta porque necesitabas esto. Porque querías que te rompiera el culo esta misma noche. Y mira cómo te lo estoy abriendo. Mira cómo te lo tragas entero.
—Sí… sí, joder, me lo trago todo… no pares, Warrick, no pares…
Le metí la mano por debajo y le encontré el coño empapado, chorreando por los muslos. Le frotré el clítoris con dos dedos mientras le daba por detrás y ella se vino otra vez, más fuerte que la primera. El culo se le cerró alrededor de mi polla en espasmos violentos; la sentí temblar de la cabeza a los pies, sollozando de placer, las sábanas arrugadas entre los puños. No me detuve. Usé esas contracciones para follársela más fácil, más rápido, mirando cómo su ano se hinchaba y se enrojecía, cómo se aferraba a mí en cada retirada como si no quisiera soltarme nunca.
Cuando el orgasmo le bajó un poco, la giré sin sacar la polla del todo. La puse de lado, le levanté una pierna y seguí metiéndosela así, de lado, más profundo todavía. Podía verle la cara ahora: ojos entornados, boca abierta, maquillaje corrido, preciosa y destrozada. Le besé la boca sucia, le chupé la lengua, y ella respondió con hambre, mordiéndome el labio inferior.
—Quiero que me la dejes el culo abierto de verdad —susurró contra mi boca—. Quiero sentir después, mañana, cuando me siente, que me has estado follando horas. Quiero que me corras dentro… pero todavía no. Todavía no, cabrón. Quiero más. Quiero que me la metas otra vez en la boca para saborearme el culo en tu polla. Quiero que me pongas a cuatro y me la hinques hasta que no pueda hablar.
La idea me sacó un gemido gutural. Saqué la polla despacio, viendo cómo su agujero quedaba abierto un segundo, rosado y usado, y un hilo de saliva y de su propio flujo me unía a ella. Me puse de rodillas frente a su cara. Hana no dudó: abrió la boca y me engulló la verga entera, saboreando el sabor de su propio culo, chupándome con ruidos obscenos, la lengua girando bajo el glande. Le agarré la cabeza y le follé la garganta un poco, despacio, sintiendo cómo se le humedecían los ojos de esfuerzo y de ganas.
—Así… limpia bien lo que te he dejado —le dije, la voz ronca—. Después te la vuelvo a meter. Toda la noche, Hana. Te voy a usar el culo hasta que amanezca. Te voy a dejar tan abierta que mañana ni te puedas sentar sin acordarte de mí.
Ella se sacó la polla de la boca con un hilo de saliva uniendo sus labios a mi glande y me miró con esa sonrisa ladeada, puta y confesional al mismo tiempo.
—Entonces no te cortes —jadeó—. Fóllame otra vez. Quiero sentir cómo me la rompes de verdad. Llevo semanas preparándome para esto… y todavía no has cumplido del todo la apuesta.
Me la volví a poner detrás, le abrí las nalgas con las dos manos y le apoyé la cabeza hinchada justo en el centro de ese agujero ya blando y resbaladizo. Empujé. Entró más fácil esta vez, pero la presión seguía siendo brutal, caliente, perfecta. Hana soltó un gemido largo, casi de alivio, y empujó hacia atrás hasta que mis pelotas le golpearon el coño.
Seguí follándosela con ritmo profundo y constante, sin prisa pero sin piedad, susurrándole al oído todo lo que todavía le iba a hacer: cómo le iba a meter los dedos en la boca para que los chupara mientras le daba por el culo, cómo le iba a azotar las nalgas hasta dejarlas rojas, cómo la iba a montar al revés para que ella misma se embistiera contra mi polla. Ella respondía apretando el ano alrededor de mí, riendo entre gemidos, confesando más —que se había comprado el plug solo por mí, que se había grabado un audio de voz tocándose y lo había borrado por vergüenza, que cada vez que me abrazaba de despedida se le mojaba el culo de solo pensar en esto—.
La música de la fiesta seguía llegando amortiguada desde abajo. Nadie llamaba a la puerta. El mundo se había reducido a su culo tragándome la polla, a sus gemidos, a la forma en que se mordía el labio cada vez que le daba especialmente hondo. Yo estaba al borde, las bolas apretadas, pero me contuve. Saqué casi del todo, le di tres embestidas cortas y brutales solo con la cabeza, y volví a enterrármela entera.
—Todavía no —le dije contra su nuca, sudado, con la voz temblando de esfuerzo—. Te lo voy a dar todo, Hana. Pero primero quiero oírte pedir otra vez que te rompa el culo. Quiero que me lo ruegues mientras te la meto hasta el fondo.
Ella se giró lo suficiente para mirarme por encima del hombro, los ojos brillantes, la boca abierta en una sonrisa rota de placer.
—Rómpemelo, Warrick. Fóllame el culo como me prometiste. Más fuerte. Más hondo. Úsame hasta que no pueda más… y después sígueme usando.
Sonreí, le agarré las caderas con fuerza y reanudé las embestidas, más profundas, más posesivas, sabiendo que todavía nos quedaban horas, que la apuesta apenas empezaba a cobrarse de verdad y que el amanecer todavía estaba lejos.
Seguí embistiéndola con esa lentitud posesiva, las caderas pegándole al culo con un sonido húmedo y obsceno, hasta que noté que se me acercaba demasiado el orgasmo. Saqué la polla de golpe. El agujero de Hana quedó abierto un segundo, rosado, hinchado, parpadeando, y un hilo de saliva y lubricante natural se estiró entre mi glande y ese ano que ya me conocía. Ella soltó un quejido de protesta, pero yo la giré por las caderas y la senté al borde de la cama.
—De rodillas —le ordené, la voz ronca—. Ahora me la chupas. Quiero verte con la boca llena de tu propio culo.
Hana no dudó. Se deslizó al suelo, las rodillas abiertas sobre la alfombra, y me sacó la polla con las dos manos. Estaba roja, brillante de ella, venosa y palpitante. Me miró desde abajo con esos ojos oscuros brillantes de lujuria y se la metió entera de un solo movimiento. La saliva le brotó al instante, abundante, espesa, chorreándole por la comisura de los labios y bajándole por la barbilla hasta el pecho. Chupaba con hambre, la lengua girando bajo el glande, las mejillas hundidas, haciendo ruidos obscenos de succión mientras me miraba fijamente. Yo le agarré la coleta y le follé un poco la boca, despacio, sintiendo cómo se le humedecían los ojos de esfuerzo y de ganas.
Mientras me la engullía, me incliné, le abrí las nalgas con una mano y le metí dos dedos en el culo de una vez. El anillo de músculo, todavía blando y resbaladizo de la follada anterior, cedió con un gemido ahogado alrededor de mi polla. La abrí en tijera, estirándola, removiéndole los dedos en círculos para prepararla más, sintiendo el calor interior y cómo se contraía alrededor de mis nudillos. Hana se archó hacia atrás, empujando el culo contra mi mano sin dejar de chuparme, la saliva goteándole ahora hasta las tetas. Cada vez que le torcía los dedos dentro, soltaba un gemido vibrante que me recorría la verga entera.
—Así… joder, ábreme bien —jadeó al sacarse la polla de la boca un segundo, un hilo de baba uniendo sus labios a mi glande—. Mételos más hondo. Quiero estar lista para que me la rompas otra vez.
Le metí los dos dedos hasta el fondo, los saqué y se los volví a clavar mientras ella me lamía las pelotas y me chupaba la base. El sabor de su culo en mi polla la excitaba todavía más; se pasaba la lengua por todo el tronco como si quisiera limpiarlo y ensuciarlo al mismo tiempo. Yo seguía abriéndola, tijereando, sintiendo cómo el esfínter se relajaba bajo la presión y cómo su coño chorreaba sobre mis nudillos. Cuando noté que ya no podía más de ganas, le saqué los dedos del culo, se los metí en la boca para que los chupara y la levanté.
—A cuatro. Ahora.
Hana se subió a la cama de un salto, se puso en posición de perrito y se abrió las nalgas con las propias manos. Los dedos le hundían la carne firme, ofreciéndome ese agujero rosado, hinchado, todavía abierto y brillante de saliva y de su propio flujo. Me miró por encima del hombro, la voz rota de necesidad.
—Sodomízame, Warrick. Rómpeme el culo otra vez. Métela. Por favor… la quiero toda. Te lo ruego. Fóllame el ano como me prometiste en la puta apuesta.
Me coloqué detrás, le apoyé la cabeza hinchada justo en el centro de ese agujero y empujé despacio. El anillo cedió centímetro a centímetro, tragándome el glande con esa presión caliente y brutal que me sacaba el aire. Hana soltó un gemido largo, entrecortado, y apretó las sábanas.
—Ah… joder, qué gorda… sigue, no pares… ábreme…
Entré despacio al principio, sintiendo cada contracción, cada vena rozando las paredes internas, hasta que mis pelotas le golpearon el coño. Me quedé quieto un segundo, metido del todo, disfrutando de esa posesión absoluta, y después empecé a moverme. Primero con cuidado, sacando casi entera y volviendo a clavar; luego con más fuerza, con ritmo de perrito, las caderas azotándole las nalgas. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su ano llenó la habitación. Cada embestida le hacía temblar la carne; cada vez que le daba hasta el fondo, ella gemía mi nombre entre dientes y se abría más las nalgas para que yo viera cómo desaparecía.
—Más fuerte… así… joder, Warrick, me estás destrozando el culo… —jadeaba, empujando hacia atrás al mismo tiempo que yo embestía—. Llevo toda la noche queriendo esto. Fóllame más duro.
La agarré de la coleta, la obligué a arquearse y se lo clavé con ganas, profundo, sin piedad. Su ano ya se había aflojado lo justo para recibirme mejor, pero seguía apretándome como un puño caliente en cada retirada. Le di azotes secos en las nalgas hasta dejarlas marcadas de rojo mientras la follaba, y ella gritaba de placer, pidiendo más, confesando entre gemidos que se había tocado el culo esa misma tarde pensando exactamente en esta posición.
Cuando noté que el ritmo de perrito ya no bastaba, la giré sin sacar del todo la polla. La puse boca arriba, le levanté las piernas y se las apoyé sobre mis hombros. El ángulo cambió todo: pude entrar todavía más hondo, verle la cara, ver cómo se le abría la boca en un gemido mudo cada vez que le hundía la verga hasta las bolas. Empecé a embestirla en misionero anal, fuerte, constante, el peso de su cuerpo doblado facilitándome cada embestida. Le frotré el clítoris con dos dedos al mismo tiempo, rápido, precisos, sintiendo cómo se le endurecía bajo la yema.
Hana gritó. Se le puso la espalda arqueada, las uñas clavadas en mis antebrazos, y se corrió con un alarido que casi tapa la música de abajo. El culo se le cerró alrededor de mi polla en espasmos violentos, apretándome la verga con una fuerza brutal, succionándome, exprimiéndome. Sentí cada contracción, cada pulso de su orgasmo aplastándome el tronco, y tuve que morderme el labio para no correrme ahí mismo. Seguí frotándole el clítoris y follándosela mientras se le acababa el orgasmo, usando esas contracciones para entrar y salir con más facilidad, mirando cómo su ano se hinchaba y se enrojecía alrededor de mí, cómo se aferraba en cada retirada como si no quisiera soltarme nunca.
Cuando el temblor le bajó un poco, seguí moviéndome despacio, profundo, las piernas de ella todavía sobre mis hombros, el clítoris hinchado y sensible bajo mis dedos. Hana respiraba a trompicones, la boca abierta, el maquillaje corrido, preciosa y destrozada.
—No pares… —suplicó, la voz hecha un hilo—. Quiero más. Quiero que me la dejes el culo abierto de verdad. Sigue follándomelo… todavía no has terminado conmigo.
Sonreí, sudado, con la polla latíéndole dentro, y reanudé las embestidas más lentas ahora, más deliberadas, sabiendo que la noche apenas empezaba a cobrarse de verdad y que todavía nos quedaban horas para usar ese culo que ella me había entregado a propósito.
Después de correrme profundamente dentro de su culo y ver cómo mi semen salía de su ano dilatado, seguí embistiéndola unos segundos más, lento, disfrutando de cómo el calor de mi corrida se mezclaba con el de ella. La polla me latía todavía dentro, cada pulso soltando otro chorro espeso que le llenaba el interior. Hana temblaba debajo de mí, las piernas todavía sobre mis hombros, el culo agarrándome en espasmos suaves que parecían exprimirme hasta la última gota. Saqué la verga despacio, centímetro a centímetro, y me arrodillé entre sus muslos para mirar. Su ano quedó abierto, rojo, hinchado, el agujero dilatado parpadeando como si todavía buscara mi polla. Un hilo blanco y cremoso de semen empezó a brotar de inmediato, espeso, resbalándole por el pliegue hacia el coño y goteando sobre las sábanas. Empujé un poco con el pulgar y salió más, un chorro lento que le ensuciaba las nalgas. El olor a sexo, a ella y a mi corrida llenó el aire caliente de la habitación.
—Míralo —murmuré, la voz ronca, fascinado—. Cómo te sale. Te he dejado el culo lleno, Hana. Abierto y lleno.
Ella se giró despacio, todavía jadeando, el maquillaje corrido y los ojos brillantes. Se sentó un poco, se acercó y me besó con lengua, profunda, sucia, saboreando el sudor de mi boca. Sus manos me agarraron la nuca y me atrajo más cerca mientras mi semen seguía saliéndole del ano y manchándole los muslos. El beso duró largo, húmedo, con ella chupándome la lengua como si quisiera tragarse también eso.
Cuando se separó un poco, me miró a los ojos y soltó una risa baja, confesional, casi avergonzada pero sin ninguna pena de verdad.
—Lo perdí a propósito, Warrick. Desde el primer tiro. Sabía que ibas a ganarme y quería que me ganaras. Llevo meses tocando ese culo pensando en ti, metiéndome el plug por la noche y corriendome con tu nombre en la boca. Quería que me convirtieras en tu puta anal personal. Que me la rompieras esta misma noche y que supiera, cada vez que me siente mañana, que soy tuya por detrás. Que este culo es tuyo para usarlo cuando te salga de la polla. Por eso fallé. Por eso te dejé ganar. Porque necesitaba que me follaras el ano hasta dejarme así… abierta, llena de ti, chorreando tu leche.
La confesión me subió otra vez la sangre a la cabeza. La besé de nuevo, más bruto, mordiéndole el labio, mientras le metía dos dedos en ese culo dilatado y sentía mi propio semen caliente alrededor de los nudillos. Ella gimió contra mi boca y empujó hacia atrás, ofreciéndose todavía.
—Eres una puta deliciosa —le dije contra sus labios—. Mi puta anal. Y sí, este culo es mío ahora. Voy a usarlo cada vez que se me ponga dura pensando en ti.
Nos quedamos un rato así, besándonos, yo revolviéndole los dedos dentro para sacar más semen y ella riendo entre gemidos, confesando más tonterías sucias: que se había comprado tangas sin entrepierna solo por si acaso, que una vez se había tocado el culo en el baño de un bar pensando en llamarme. Cuando el temblor le bajó del todo y mi polla empezó a ablandarse un poco, aunque seguía semidura de solo mirarla, la levanté de la cama. El semen le corría por las piernas mientras caminábamos hacia el baño en suite. Encendí la ducha, el agua caliente saliendo a presión, y entramos los dos bajo el chorro.
El vapor nos envolvió al instante. El agua le resbalaba por las tetas, por la curva de la cintura, y se llevaba parte del semen que le salía todavía del ano. La giré de espaldas a mí, le abrí las nalgas con las manos y dejé que el chorro le golpeara directo el agujero hinchado. Ella soltó un suspiro largo, casi de alivio, y se apoyó en azulejos.
—Joder, qué bien… —murmuró, riendo—. Me arde un poco. Me has dejado el culo destrozado de verdad. Mañana voy a sentir cada paso.
Le enjaboné las manos y se las pasé por las nalgas, limpiándola con cuidado y al mismo tiempo manoseándola. Metí un dedo otra vez, solo para sentir cómo seguía blanda y resbaladiza, y ella se rio más fuerte, empujando el culo hacia mí.
—No empieces otra vez o no salimos de aquí hasta el amanecer —dijo, pero no se apartó. Al contrario: se giró, me enjabonó la polla con las dos manos, subiendo y bajando despacio, limpiando el resto de su culo y de mi corrida. La verga se me puso dura otra vez bajo sus dedos. —Mírala. Todavía quiere más. Eres un animal.
—Y tú una zorra que perdió a propósito —contesté, sonriendo, y le di un azote húmedo en la nalga bajo el agua. El sonido chapoteó. Ella se rio, me abrazó por el cuello y me besó otra vez, lenta, juguetona, mientras el agua nos caía encima.
Nos enjabonamos mutuamente con calma, riendo como tontos. Le lavé el pelo, ella me frotó la espalda, y entre bromas y tocamientos volvimos al tema.
—La próxima vez —dijo ella, pasándome la esponja por el pecho, los ojos entornados de malicia—, vuelvo a perder. Quizá al dardos. O a las cartas. O te reto yo a algo imposible y me dejo ganar enseguida. Quiero que me folles el culo en tu casa. O en el coche. Quiero que me lleves a una fiesta y me metas los dedos por detrás en el baño y después me la hinques en el asiento trasero. Quiero ser tu puta anal de verdad, Warrick. Que sepas que este culo está siempre disponible para ti. Que puedo perder cualquier apuesta si al final me la metes hasta el fondo y me dejas llena otra vez.
La idea me sacó un gruñido. La atraje contra mí bajo el agua, la polla dura rozándole el vientre, y le mordí el hombro.
—Entonces perdemos la próxima pronto —le dije al oído—. Esta misma semana. Te reto a lo que quieras y te la rompo otra vez. Te voy a enseñar a pedírmelo sin apuesta. A arrodillarte y abrirte las nalgas solo porque te sale de la coño. Te voy a follar el culo hasta que te acostumbres a mi polla, hasta que lo pidas como quien pide un café.
Ella se rio contra mi pecho, la risa vibrándole en la garganta, y me apretó la verga con la mano jabonosa.
—Trato hecho, cabrón. Pero la próxima quiero que me la metas más rato. Que me dejes el ano tan abierto que pueda meterme tres dedos después y todavía sienta el hueco de ti. Y quiero que me corras otra vez dentro… o en la cara. O las dos cosas. Todavía no he probado cómo sabe tu leche mezclada con el sabor de mi culo.
El agua seguía cayendo, caliente, arrastrando jabón y restos de sexo por el desagüe. Nos besamos otra vez, más largos, más lentos, las manos explorando cuerpos limpios pero todavía hambrientos. Yo le metí dos dedos en el culo bajo el chorro solo para sentir cómo cedía fácil ahora, y ella gimió bajito, riendo al mismo tiempo.
—Mira cómo me lo tragas todavía —susurré—. Tan abierto. Tan mío.
—Porque lo perdí a propósito, imbécil —respondió ella, girándose de nuevo y ofreciéndome el culo bajo el agua—. Y voy a volver a perderlo. La próxima vez te dejo ganar más rápido. Quiero que me uses en la ducha también. Que me folle el culo contra estos azulejos hasta que se me doblen las rodillas.
La presión del agua, el vapor, el roce de su cuerpo mojado contra el mío… todo me mantenía duro. Le di unas embestidas suaves solo con la cabeza de la polla rozándole el agujero limpio, sin entrar del todo, solo provocándola. Ella empujó hacia atrás, pidiendo más, pero me contuve. Todavía no. La noche no había terminado, y Acto cinco nos esperaba con más ganas, más posiciones, más confesiones sucias.
Salimos de la ducha riéndonos, envueltos en toallas grandes, el pelo mojado goteando. Ella se miró el culo en el espejo, se abrió las nalgas con las manos y comprobó cómo el ano seguía un poco abierto, rosado, marcado.
—Joder… se nota. Mañana cuando me siente en la oficina voy a acordarme de cada centímetro.
—Ese es el plan —dije, abrazándola por detrás, la polla dura otra vez rozándole el pliegue—. Y la próxima apuesta la perdemos aún mejor. Te voy a follar el culo hasta que me ruegues que te convierta en mi puta anal a tiempo completo. Sin apuestas. Solo porque lo necesitas.
Hana se giró en mis brazos, me besó con lengua otra vez, lenta y profunda, y susurró contra mi boca:
—Empieza a pensar el reto, Warrick. Porque yo ya estoy pensando en cómo voy a fallar a propósito… y en cómo me vas a dejar el culo otra vez lleno y destrozado.
La tensión seguía ahí, caliente, latente. La noche todavía tenía horas, su culo todavía estaba disponible, y las dos sabíamos que la apuesta que ella había perdido deliberadamente solo era el principio de algo mucho más sucio y adictivo.
La atraje de nuevo hacia la cama sin soltarle la toalla. Se la arranqué de un tirón y la mía cayó al suelo. El pelo mojado de Hana le goteaba por la espalda cuando la tumblé de espaldas y le abrí las piernas de un manotazo. Mi polla ya estaba otra vez dura, roja, palpitando contra su muslo. Ella se rio bajito, esa risa confesional que me volvía loco, y se agarró las nalgas para ofrecerme el agujero todavía blando y rosado.
—Métela otra vez —pidió, mirándome a los ojos—. Quiero sentirte ahora que estoy limpia. Quiero que me ensucies otra vez el culo.
Empujé. El ano cedió de inmediato, acostumbrado ya a mi grosor, y me tragué el gemido cuando el calor me envolvió hasta las pelotas. Empecé a follarla despacio, profundo, las caderas pegándole con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Cada embestida le hacía arquear la espalda; cada retirada dejaba el agujero abierto un segundo antes de que se cerrara otra vez alrededor de la cabeza. Le agarré las tetas, le pellizqué los pezones y ella soltó un quejido largo.
—Más… joder, Warrick, así… me estás abriendo otra vez del todo.
La giré sin sacar la verga. La puse a horcajadas encima de mí, de espaldas, y le ordené que se moviera. Hana se apoyó en mis muslos y empezó a subirse y bajarse, embistiéndose ella misma, el culo tragándome entero en cada caída. Yo le abría las nalgas con las manos para ver cómo mi polla desaparecía, cómo el anillo de músculo se estiraba y se contraía. Ella gemía y confesaba al mismo tiempo, la voz entrecortada:
—Me masturbé anoche tres veces pensando exactamente en esto… en montarte al revés y sentirte latirme dentro… me corrí con el plug puesto y tu nombre en la boca… por eso fallé el billar… necesitaba que me convirtieras en esto…
La agarré de la cintura y la empujé hacia abajo con fuerza, clavándomela hasta el fondo. Ella gritó, se le doblaron los brazos y se corrió de golpe, el culo convulsionándole alrededor de mi verga en espasmos que me exprimían el alma. No me detuve. Seguí moviéndola yo, usándola, follándole el ano mientras se le acababa el orgasmo y le salían sollozos de placer. Cuando el temblor le bajó, la tumblé de lado, le levanté una pierna y se la metí así, lateral, más hondo todavía. Podía verle la cara: ojos entornados, boca abierta, un hilito de saliva en la comisura.
—Dime que eres mía por detrás —le gruñí al oído, embistiéndola sin piedad—. Dilo.
—Soy tuya… este culo es tuyo… fóllamelo cuando quieras… la próxima apuesta la pierdo más rápido… quiero que me la rompas en tu coche… en la ducha de tu casa… en cualquier puto sitio…
La confesión me sacó un gruñido gutural. Aceleré. El sonido de mis caderas contra su carne mojada era obsceno, constante. Le metí dos dedos en el coño y se los retorcí mientras le daba por el culo y ella se vino otra vez, más fuerte, apretándome con una fuerza brutal que casi me saca la corrida. Me contuve a duras penas. Saqué la polla, la puse de rodillas al borde de la cama y se la metí en la boca para que saboreara su propio culo. Hana chupó con hambre, la lengua girando, la saliva brotándole por la barbilla. Le follé un poco la garganta, despacio, y después la volví a poner a cuatro.
—Última —le dije, la voz rota—. Te la voy a romper de verdad ahora.
Empujé de un solo tajo. Entró entera. Empecé a darla duro, profundo, sin parar, las nalgas de Hana temblando con cada embestida, el ano rojo e hinchado agarrándome en cada retirada. Le azoté las mejillas hasta dejarlas marcadas, le tiré de la coleta y le clavé la verga hasta las bolas una y otra vez. Ella gritaba mi nombre, pedía más, confesaba que se había comprado el plug solo por mí, que se tocaba el culo en el trabajo pensando en esta noche, que quería que la dejara tan abierta que mañana sintiera el hueco. Yo estaba al límite. Las pelotas se me apretaron. Le frotré el clítoris con dos dedos y ella se corrió por tercera vez, el culo succionándome en oleadas violentas.
Esa vez no me contuve. Me enterré hasta el fondo y me corrí con un gruñido largo, chorros espesos llenándole el interior, pulso tras pulso, sintiendo cómo su ano me exprimía cada gota. Seguí embistiéndola despacio mientras me vaciaba, disfrutando del calor de mi propia leche mezclada con ella. Cuando no quedó nada, saqué la polla centímetro a centímetro. El agujero quedó abierto, dilatado, parpadeando, y el semen blanco empezó a brotar enseguida, espeso, resbalándole por el pliegue hacia el coño y manchando las sábanas. Me arrodillé a mirarlo, fascinado, y le empujé un poco con el pulgar para que saliera más.
Hana se dejó caer de bruces, jadeando, el cuerpo temblando todavía. Me tumblé a su lado. El semen le corría por el muslo. La fiesta abajo ya era solo un murmullo lejano. Le pasé un brazo por la cintura y ella se acurrucó contra mi pecho, la respiración caliente en mi cuello. No dijimos nada más. Solo el sonido de nuestros pulmones llenándose y vaciándose, el tic-tac lejano de un reloj, el olor a sexo y a ducha todavía flotando en el aire caliente. Sus dedos se enredaron flojos con los míos. El culo le latía despacio contra mi muslo, abierto y lleno y mío. Fuera, la noche seguía. Dentro, solo silencio.
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