La Boda que Desató el Deseo por la Esposa de su Mejor Amigo
En la boda de su mejor amigo, Marco de 32 años folla salvajemente a Paulina de 26, su flamante esposa, en el baño.
El salón del hotel de cinco estrellas olía a jazmín y a cera de velas caras. Marco, de treinta y dos años, apretó el vaso de whisky contra la palma y miró hacia el altar improvisado entre las columnas de mármol. Barrett, su mejor amigo desde la universidad, se cuadraba con la espalda recta, nervioso, esperando a la mujer que en menos de una hora sería su esposa. Y entonces apareció ella.
Paulina, veintiséis años, avanzaba con el vestido de satén blanco ceñido a las caderas, el escote marcando la curva de unos pechos que Marco había imaginado desnudos demasiadas noches. Se conocían desde hacía tres años: cenas de pareja, viajes de fin de semana, risas compartidas. Siempre había sentido ese tirón prohibido en la entrepierna cada vez que ella se reía con la cabeza echada hacia atrás. Ahora, al pasar junto a él, Paulina giró apenas el rostro. Sus ojos castaños se clavaron en los suyos un segundo de más. Complicidad. Deseo crudo. Ella ya era la esposa de su mejor amigo y cualquier roce podía destrozarlo todo.
Durante los votos Marco apenas oyó las palabras. Observaba la forma en que el anillo resbalaba por el dedo de Paulina, la manera en que Barrett la besaba con torpeza tierna. En la mente de Marco ya la tenía abierta de piernas, gimiendo su nombre. Tragó saliva. Esto está mal, se repitió. Y aun así no apartó la mirada cuando ella, al girarse hacia los invitados, buscó de nuevo su rostro y le dedicó una sonrisa mínima, peligrosa, que le endureció la polla dentro del pantalón del traje.
La fiesta arrancó con champagne y música en vivo. Marco se mantuvo al margen, bebiendo despacio, hasta que el baile nupcial empezó. Barrett y Paulina giraban en el centro. Después el DJ abrió la pista y la gente se mezcló. Fue entonces cuando ella se deslizó entre la multitud y apareció frente a él, el vestido rozándole las piernas.
—¿Me concedes este baile, Marcos? —susurró, usando el nombre completo como si lo saboreara.
Él asintió. Sus manos encontraron la cintura de ella; las de Paulina subieron a sus hombros. Bailaron pegados. El perfume de ella —vainilla y algo más oscuro— le subió directo a la cabeza. Paulina se acercó más, el pecho aplastado contra su pecho, y le habló al oído con la voz ronca:
—Siempre te he deseado en secreto. Desde la primera cena en casa de Barrett. Me mojaba pensando en tu boca mientras me follaba él. ¿Lo sabías?
Marco apretó los dedos en su cadera.
—Paulina…
—Dímelo. Dime que tú también.
—Te he querido follar desde que te vi —admitió contra su cuello—. Cada puta vez que te reías de mis chistes me imaginaba llenándote la boca.
Ella soltó un gemido casi inaudible y rozó deliberadamente su muslo contra la erección de él. La atracción mutua ardió. Paulina lo tomó de la mano y lo arrastró fuera del salón, por un pasillo lateral de paredes tapizadas en terciopelo rojo, lejos de las cámaras y de los brindis. Empujó una puerta que daba a un rellano de servicio y se giró hacia él.
—Quiero esto. Ahora. Contigo. Sé lo que significa. Sé que es la boda de Barrett. Y me da igual. Fóllame, Marco. Destroza lo que quieras.
Él la miró a los ojos, buscó duda y no encontró ninguna.
—Estás segura.
—Más que nunca. Entrégate conmigo a esta mierda prohibida que los dos llevamos años tragándonos.
Se besaron con hambre, lenguas chocando, dientes rozando labios. Marco la guió hacia el baño de cortesía del piso, un espacio de mármol negro, espejos amplios y una puerta con pestillo pesado. Entraron. Él giró la llave. El clic sonó como un disparo.
Paulina se arrodilló de inmediato sobre la alfombra gruesa, alzando el vestido de novia para no mancharlo. Con dedos torpes le abrió la bragueta a Marco y sacó su polla gruesa, ya dura y palpitante, la cabeza brillante de precum. La miró con ojos lujuriosos, labios entreabiertos.
—Joder, es más gorda de lo que imaginaba —murmuró, y se la metió entera en la boca.
Chupó con hambre, saliva corriendo por la base, lengua girando alrededor del glande mientras lo miraba desde abajo. Marco jadeó, una mano en el moño recogido de ella, sin empujar todavía, dejándola tragarlo a su ritmo. El sonido húmedo de la mamada llenó el baño. Paulina se atragantó un poco, retrocedió, volvió a bajar hasta casi embutírsela entera, gorgoteando, las mejillas hundidas.
—Así, puta —gruñó él—. Chúpame la polla en tu propia boda.
Ella gimió alrededor de su carne y se tocó por encima de las bragas de encaje blanco. Marco no aguantó más. La levantó de un tirón, la hizo girar y la empujó contra la pared de mármol frío. Levantó el vestido hasta la cintura, apartó la tanga y la abrió de piernas. Ella estaba empapada. Él se acomodó entre sus muslos, alineó la polla y entró de un solo empujón profundo, en misionero vertical, hasta el fondo.
Paulina gritó. Marco le tapó la boca con la mano ancha, ahogando el sonido mientras la follaba con embestidas salvajes, caderas golpeando, la polla saliendo brillante de jugos y volviendo a hundirse. Ella lo miraba por encima de los dedos, ojos vidriosos de placer, asentía con la cabeza cada vez que él empujaba más fuerte.
—Córrete en silencio, novia de mierda —susurró contra su oreja—. Que nadie oiga cómo te estoy abriendo.
La puso después a cuatro patas sobre el lavabo de mármol, el vestido amontonado en la espalda, las tetas colgando libres cuando él le bajó el escote. La penetró por detrás con fuerza, agarrándola de las caderas, las bolas golpeándole el clítoris. Le dio una nalgada seca que resonó. Otra. La carne se puso roja al instante.
—Qué puta eres —le dijo, la voz baja y cruda—. Follándote al mejor amigo de tu marido en tu propia boda. Llevas el anillo puesto y tienes mi polla hasta el coño. Dilo.
—Soy una puta —jadeó ella, empujando hacia atrás para recibirlo entero—. La puta de Marco. Fóllame más duro. Lléname.
Él le dio otra nalgada y aceleró, embistiendo sin piedad, el lavabo crujiendo. Le rodeó la cintura con un brazo y le frotó el clítoris con dedos rápidos. Paulina tembló, se corrió primero con un grito ahogado contra su propio brazo, el coño contrayéndose en espasmos calientes alrededor de la polla de él. Marco no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo de ella hasta que la presión le subió por la espina y se corrió con un gruñido largo, disparando chorros calientes dentro de ella, impregnándola mientras ambos temblaban.
Se quedaron unidos unos segundos, respirando agitados, el semen de él escapando lento por el muslo de Paulina cuando se separó. Se limpiaron con prisa usando las toallas de lino bordadas, se vistieron a toda velocidad. Ella se miró en el espejo: el moño ligeramente desalinado, las mejillas encendidas, el vestido aún impecable por fuera. Él se abrochó el pantalón con dedos que aún le temblaban.
Paulina se acercó, le agarró la corbata y le dio un beso profundo, saboreando todavía el sexo en la lengua de ambos.
—Esto no será la última vez —susurró contra su boca—. Cada vez que pueda escaparme de Barrett, cada viaje de negocios, cada mentira pequeña… voy a buscarte. Quiero que me uses así otra vez. En hoteles. En coches. Donde sea. ¿Me entiendes?
Marco le mordió el labio inferior.
—Te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho y aún así vas a volver pidiendo más.
Ella sonrió, esa misma sonrisa cómplice del altar, y abrió la puerta. Salieron por separado hacia el salón, con dos minutos de diferencia. La fiesta seguía: risas, brindis, Barrett buscando a su esposa con la mirada orgullosa de recién casado. Paulina se acercó a él, le besó la mejilla y aceptó otra copa de champagne. Marco se quedó junto a la barra, el sabor de ella todavía en la boca, la amistad y el matrimonio recién destrozados en un baño de lujo.
Se cruzaron una mirada a través de la pista de baile. Ella levantó la copa apenas. Él contestó con un inclinación mínima de cabeza. La línea prohibida ya estaba cruzada, y lo que venía después —los encuentros secretos, el riesgo de que todo explotara— apenas empezaba a arder bajo la piel de los dos.
El brindis del padrino se alargó con chistes de mala muerte y risas forzadas. Marco apretó el vaso vacío contra la barra de caoba y sintió el semen de Paulina todavía pegajoso en el interior del calzoncillo. Barrett se acercó con dos copas nuevas, la corbata torcida y la sonrisa de idiota enamorado.
—Hermano, ¿dónde te metiste? Te busqué para el brindis de los solteros.
—Fui a mear —mintió Marco—. El whisky me atraviesa.
Barrett le dio una palmada en la espalda. El anillo de oro brilló bajo las luces. Paulina bailaba con la madrina a diez metros, el vestido blanco moviéndose sobre las caderas que Marco acababa de marcar con las manos. Cada vez que giraba, el borde del satén se levantaba lo suficiente para enseñar un muslo todavía húmedo. Ella lo sabía. Él lo sabía.
Media hora después, cuando Barrett se emborrachó con los tíos de la novia y desapareció en la terraza a fumar puros, Paulina pasó rozándolo. No se detuvo. Solo dejó caer un susurro:
—Habitación 417. La de los novios. En cinco minutos. La puerta estará entreabierta.
Marco contó hasta sesenta, pidió otro whisky que no bebió y subió por las escaleras de servicio. El corazón le martilleaba en la garganta. El pasillo olía a flores recién cortadas y a sexo reciente. Empujó la puerta.
Paulina ya se había quitado el vestido. Estaba de pie frente al ventanal de suelo a techo, con el corsé de encaje blanco aún abrochado, las medias de liga y los zapatos de tacón. El anillo de casada brillaba en su dedo mientras se tocaba el coño con dos dedos, abriéndose para que él viera cómo escurría el semen anterior por el interior del muslo.
—Barrett dijo que tardaría al menos media hora con los puros —jadeó ella—. Tenemos tiempo. Quiero que me destroces de verdad esta vez. Sin prisa de que nos oigan. Quiero gritar.
Marco cerró con pestillo, se quitó la chaqueta y se abalanzó. La empujó contra el cristal frío. Abajo, en el jardín iluminado, se veían las mesas de la fiesta, las luces de las velas, la silueta borrosa de Barrett riéndose con un grupo de hombres. Paulina gemía contra el cristal mientras Marco le bajaba el corsé a tirones, liberando las tetas pesadas y los pezones duros. Se los chupó con voracidad, mordiendo hasta dejar marcas rojas que el velo de novia no cubriría.
—Mira abajo —ordenó él, la voz ronca—. Tu marido está ahí. Y yo te estoy mamando las tetas en la cama nupcial.
Ella se arqueó. Él se arrodilló, le abrió las piernas y le lamió el coño hinchado, saboreando su propio semen mezclado con el jugo dulce de ella. Paulina se agarró a la cortina, empujando la cara de él contra su coño, frotándose el clítoris contra la lengua gruesa. Marco metió tres dedos de golpe, curvándolos, follándola con la mano mientras chupaba. Ella se corrió en menos de un minuto, un chorro caliente que le mojó la barbilla y el cuello de la camisa.
—Joder, Marco… más…
Él se levantó, se bajó el pantalón y la polla saltó libre, todavía manchada de la primera corrida. La levantó en vilo, las piernas alrededor de la cintura, y la empaló contra el cristal. El golpe fue profundo, seco, hasta el fondo del útero. Paulina gritó sin contención. Abajo nadie miraba hacia arriba. Barrett seguía riéndose.
Marco la folló de pie con embestidas brutales, las nalgas de ella aplastándose contra el cristal a cada embestida. El anillo rozaba la nuca de él cada vez que ella se aferraba a su cuello. El sonido de carne contra carne llenó la suite. Ella le mordió el hombro para no gritar más alto, pero falló: los gemidos salían rotos, animales.
—Dime que soy tuya —exigió él, clavándole los dientes en el cuello—. Dilo mientras te llena la polla del amigo de tu marido.
—Soy tuya… puta tuya… ah, joder, más duro…
La soltó solo para voltearla y tirarla de bruces sobre la cama de matrimonio. Las sábanas blancas de mil hilos crujieron. Marco le subió las caderas, le abrió las nalgas con las manos y escupió sobre el culo. El dedo índice empujó el agujero apretado. Paulina gimió de sorpresa y placer.
—¿Quieres que te la meta aquí también? —preguntó él—. En la noche de tu boda. Mientras Barrett fuma abajo.
—Sí. Métela. Rómpeme el culo. Quiero sentirte días enteros.
Él se lubrificó con el jugo del coño de ella y empujó la cabeza gruesa. Paulina se tensó, respiró hondo, y cedió. El anillo se hundió centímetro a centímetro, el esfínter abriéndose alrededor de la polla gruesa. Marco gruñó al sentirse apretado hasta el dolor dulce. Empezó a moverse despacio, luego más fuerte, las bolas golpeándole el coño empapado. Le dio una nalgada que dejó la huella de la mano. Otra. La carne temblaba.
Paulina se masturbaba el clítoris con dedos frenéticos mientras él la follaba por el culo. El espejo del techo reflejaba todo: la novia de blanco manchado, el mejor amigo del novio enterrado hasta las pelotas, el anillo brillando en la mano que se aferraba a la sábana.
—Me corro… me corro otra vez… —gritó ella.
El coño y el culo se contrajeron al mismo tiempo. Marco no aguanto. Se corrió profundo dentro del culo de ella, chorros calientes que la llenaron hasta que el semen le salió por los bordes cuando él sacó la polla. Un hilo blanco espeso cayó sobre las sábanas nupciales.
Se derrumbaron juntos. El aire olía a sexo, a sudor y a perfume caro. Afuera, la música seguía. Paulina se giró, le acarició la cara con la mano que llevaba el anillo y le besó la boca con lengua lenta, saboreando todo.
—Mañana nos vamos de luna de miel a Italia —susurró—. Barrett ya reservó. Pero la semana que viene, cuando él vaya a esa conferencia en Madrid… voy a llamarte. Quiero que vengas al hotel y me folles como ahora. Quiero que me dejes marcas que él no vea. ¿Vendrás?
Marco le chupó un pezón todavía sensible y asintió.
—Vendré. Y te voy a follar hasta que el culo y el coño te duelan cada vez que te sientes a su lado en la cena.
Ella sonrió, esa misma sonrisa peligrosa del altar, y se levantó tambaleante. Se limpió a medias con una toalla del baño, se puso de nuevo el vestido, se peinó lo suficiente para que nadie notara el desastre. El semen le resbalaba todavía entre las nalgas cuando se acomodó la tanga.
Antes de abrir la puerta, se giró hacia Marco, que aún estaba medio desnudo en la cama de su mejor amigo, la polla brillante y blanda contra el muslo.
—Esta noche, cuando él me folle por primera vez como marido, voy a pensar en ti. Voy a mojarme recordando cómo me abriste el culo. Y si se da cuenta de algo… me da igual.
Marco se levantó, la agarró de la cintura una última vez y le mordió el labio hasta casi hacerlo sangrar.
—Entonces dilo claro. ¿Qué quieres que te pregunte cada vez que nos veamos a escondidas a partir de ahora?
Paulina le miró a los ojos, las mejillas aún encendidas, la voz baja y cruda:
—¿Me vas a follar otra vez como la puta casada que soy, o esta vez me vas a dejar embarazada de tu leche mientras Barrett duerme en la habitación de al lado?
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