Vapor y Deseo en la Noche
Una noche calurosa, la MILF Vanessa seduce y folla salvajemente al joven Hugo, amigo de su hijo.
La noche caía espesa sobre la ciudad, una de esas noches de verano en las que el asfalto todavía ardía y el aire entraba por las ventanas abiertas como un aliento caliente. Vanessa, de cuarenta y dos años, se movía por el salón de su apartamento con la bata fina de seda azul que apenas le cubría las curvas generosas. Los pechos pesados y redondos se marcaban sin pudor; los pezones, ya duros por el calor y por lo que llevaba pensando toda la tarde, rozaban la tela. Tenía las caderas anchas, el culo firme y maduro, y entre las piernas un calor húmedo que no tenía nada que ver con la temperatura exterior.
Hugo llegó puntual. Veinticuatro años, el mejor amigo de su hijo, hombros anchos, brazos tonificados por el gimnasio y esa cara de chico guapo que aún no sabía del todo el poder que tenía. Venía a recoger las herramientas que había dejado la semana anterior. Vanessa le abrió la puerta y lo miró de arriba abajo sin disimulo.
—Pasa, Hugo. Hace un calor de cojones, ¿verdad?
Él entró. El olor a su colonia joven se mezcló con el perfume más pesado de ella. Se miraron. Ella no apartó la vista. Él tampoco. La tensión fue inmediata, espesa, como el vapor que subía de las calles.
—Las herramientas están en el cuarto de atrás —dijo ella, pero no se movió hacia allá. En cambio dio un paso y rozó su pecho contra el brazo de él al pasar. Sintió el músculo tenso. —¿Quieres algo frío antes?
Hugo asintió. La garganta se le había secado. Vanessa iba a la cocina y volvía con dos vasos de cerveza bien fría. Se inclinó más de lo necesario al dejárselo en la mesa baja del sofá. La bata se abrió lo justo: el valle profundo entre sus tetas, la piel morena brillando de sudor ligero, y los pezones oscuros y duros perfectamente visibles a través de la seda fina.
Hugo tragó saliva.
—Joder, Vanessa… te ves… cachonda como el infierno.
Ella sonrió, lenta, adulta, segura. Se quedó de pie delante de él, a un palmo, y dejó que la bata se abriera un poco más al cruzar los brazos bajo el pecho, empujándolos hacia arriba.
—Llevo meses mirándote cuando vienes a ver a mi hijo —confesó sin rodeos, la voz baja y ronca—. Meses fantaseando con esa polla joven y dura que se te marca en los pantalones. Imagino cómo me la meterías. Cómo me follarías. Y esta noche… esta noche quiero que lo hagas de verdad. ¿Tú también lo quieres?
Hugo se levantó. No hubo duda en sus ojos.
—Desde el primer día que te vi en esa puta bata. Quiero follarte, Vanessa. Ahora.
Ella no esperó más. Le agarró la nuca y lo besó con hambre, lengua profunda, labios abiertos, chupándole la boca como si quisiera comérselo. Las manos de Hugo bajaron de inmediato a su culo, lo apretaron con fuerza, separaron las nalgas a través de la seda. Ella gimió en su boca y frotó su coño mojado contra el muslo de él. Se tocaban con ansia: él le metió la mano dentro de la bata y le agarró una teta pesada, pellizcándole el pezón; ella le bajó la cremallera y metió la mano, encontrando la polla gruesa ya dura y caliente, palpitándole en la palma.
—Dios, qué dura la tienes… —susurró ella contra sus labios—. Quiero chupártela.
Se arrodilló en la alfombra del salón sin perder tiempo. Le bajó los pantalones y el bóxer de un tirón. La verga de Hugo saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza rojiza y brillante de precum. Vanessa la miró un segundo con avidez y luego la tragó. Abrió bien la boca y se la metió hasta la garganta de un solo empujón, gimiendo alrededor del grosor. Los ojos se le humedecieron, pero no se detuvo. Chupaba con ganas, babosa, succionando fuerte al subir y dejando que la saliva le corriera por la barbilla. Hugo le agarró el pelo con las dos manos y empezó a mover las caderas, follándole la boca con embestidas cortas y profundas.
—Joder, sí… trágatela entera, puta… qué bien chupas…
Vanessa se masturbaba el coño por debajo de la bata mientras lo mamaba. Estaba empapada. Cuando sintió que él empezaba a tensarse demasiado, se separó con un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta de la polla.
—Al sofá. Ahora. Quiero montarte.
Hugo se dejó caer. Ella se subió a horcajadas, abrió la bata del todo y la dejó caer a los lados. Sus tetas grandes y maduras cayeron libres, pesadas, los pezones duros apuntando hacia abajo. Se agarró la polla de él, la frotó un par de veces entre los labios hinchados y mojados de su coño, y se la metió de un golpe seco hasta el fondo. Ambos gimieron. Ella empezó a cabalgarlo salvajemente, subiendo y bajando con fuerza, el coño apretado y caliente devorándole la verga. Las tetas rebotaban con cada embestida; Hugo las agarró, las apretó, les chupó los pezones mientras ella se movía como una puta en celo.
—Así… fóllame la polla, Vanessa… úsame…
Ella se inclinó hacia adelante, le besó la boca con lengua y siguió rebotando más rápido, el sonido húmedo y obsceno de su coño tragándose la polla llenando el salón junto con sus gemidos. Cuando sintió que se le acercaba el primer orgasmo, Hugo la agarró por la cintura, la levantó y la puso en cuatro sobre la mesa del comedor. La bata quedó hecha un desastre a un lado. Le dio una nalgada fuerte en el culo redondo y maduro; la carne tembló. Otra. Y otra.
—Más duro —pidió ella, mirándolo por encima del hombro—. Métela y fóllame como una zorra.
Hugo se colocó detrás, le abrió las nalgas y le clavó la polla hasta el fondo de un solo empujón. Empezó a follarla duro, profundo, las caderas golpeándole el culo con fuerza. Cada embestida le sacaba un grito de placer a Vanessa. Él le agarró el pelo con una mano y con la otra le dio más nalgadas, dejando la piel rosada. Luego le humedeció dos dedos con saliva y se los metió en el culo mientras la follaba. Vanessa gritó más alto, el coño contrayéndose alrededor de la verga gruesa.
—Sí… los dedos en el culo… así… me corro… me estoy corriendo…
Se vino con intensidad, el cuerpo temblándole, el coño exprimiéndole la polla a Hugo en oleadas. Él no se detuvo. Siguió embistiéndola fuerte, los dedos moviéndose dentro de su culo apretado, hasta que su propio orgasmo lo alcanzó. Se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, chorros calientes y espesos llenándole el coño maduro. Vanessa gimió al sentirlo, empujando hacia atrás para recibirlo todo.
Permanecieron así un momento, jadeando, sudados, unidos. Cuando Hugo se retiró, un hilo blanco de semen le chorreó a Vanessa por el muslo interno. Ella se enderezó despacio, se pasó dos dedos por la raya del coño y se limpió la leche que le bajaba, llevándosela a la boca con una sonrisa satisfecha y lasciva. Luego se acercó a Hugo, lo besó con lengua lenta, haciéndole probar su propio sabor mezclado con el de ella.
—Esto solo ha sido el principio de nuestra aventura secreta —le susurró contra la boca, la voz todavía ronca de tanto gritar—. La próxima vez quiero que me despiertes con esa polla dentro. Y la siguiente… ya veremos hasta dónde llegamos.
Hugo se vistió con manos aún torpes, la polla sensible. La miró desnuda y satisfecha, el semen secándosele en los muslos, y asintió.
—Vuelvo. Pronto. Cuenta con ello.
Ella lo acompañó a la puerta, todavía en bata abierta, y le dio un último roce deliberado de pecho y cadera al despedirlo. Cuando la puerta se cerró, Vanessa se quedó apoyada contra ella un segundo, sonriendo en la penumbra calurosa del apartamento. El olor a sexo llenaba el aire. Afuera, la ciudad seguía ardiendo. Dentro, el deseo apenas empezaba a cocerse de verdad.
La noche siguiente el calor no había aflojado ni un grado. Vanessa estaba en la terraza interior del apartamento, sentada en la silla de mimbre con las piernas abiertas y la bata azul otra vez abierta del todo. Se tocaba despacio, dos dedos metidos hasta los nudillos en el coño todavía sensible del día anterior, recordando cómo la verga gruesa de Hugo le había abierto y cómo el semen le había chorreado por los muslos. El móvil vibró sobre la mesa. Un mensaje de Hugo:
«Estoy abajo. No puedo esperar más.»
Ella sonrió, se limpió los dedos en la bata y bajó a abrirle sin molestarse en cerrársela. Hugo subió los tres pisos de dos en dos. En cuanto cruzó el umbral la empujó contra la pared del recibidor, le levantó una pierna y le metió la lengua en la boca como si quisiera devorarla. Tenía la polla ya dura, marcándose brutalmente en los pantalones cortos.
—He estado todo el día con la verga dura pensando en cómo me follaste la boca y en cómo te corriste apretándome —gruñó contra su cuello mientras le mordía la clavícula—. Quiero metértela otra vez. Quiero follarte hasta que no puedas caminar.
Vanessa le bajó la cremallera de un tirón y le sacó la polla. Estaba caliente, pesada, la cabeza ya brillante de precum. Se arrodilló ahí mismo, en el suelo del pasillo, y se la metió entera hasta que la nariz le tocó el bajo vientre. Hugo le agarró el pelo con las dos manos y le folló la garganta con embestidas largas y profundas. Cada vez que ella se atragantaba él se quedaba un segundo enterrado y luego la dejaba respirar solo para volver a clavar. La saliva le caía a Vanessa por la barbilla, le mojaba las tetas, le goteaba hasta el ombligo.
—Mírate… qué puta más buena eres chupándome la polla —le dijo él, la voz ronca—. Ábrete bien la garganta. Quiero que te ahogues con ella.
Ella obedeció, abrió más la boca, sacó la lengua y dejó que él la usara. Cuando sintió que se le acercaba el borde, Hugo la levantó de un jalón, la cargó en brazos y la llevó al dormitorio. La tiró de espaldas en la cama grande, le abrió las piernas de un manotazo y se le tiró encima. No hubo preámbulos. Le puso la cabeza de la verga en la entrada hinchada y empapada y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Vanessa gritó, arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros.
—Joder… qué ancha la tienes… me estás abriendo del todo —jadeó ella mientras él empezaba a embestirla duro, sin piedad, el sonido húmedo y obsceno de la polla entrando y saliendo llenando la habitación—. Así… fóllame como si fuera tu puta personal. Rómpeme el coño.
Hugo le agarró las tobillos y se los puso sobre los hombros, doblándola casi por la mitad. Desde esa posición le daba más profundo, golpeándole el fondo del útero con cada embestida. Las tetas de Vanessa rebotaban salvajes; él las agarró, las apretó juntas y les chupó los pezones con fuerza, mordisqueándolos hasta dejarlos rojos e hinchados. Ella se corrió primera, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la verga, chorreando jugos que le mojaron los huevos a Hugo. Él no se detuvo. La volteó de un tirón, la puso en cuatro y le volvió a clavar de un golpe seco.
—Ábreme el culo —ordenó Vanessa, mirándolo por encima del hombro con los ojos vidriosos de placer—. Quiero los dedos otra vez… y luego la polla. Métela en el culo. Quiero que me folles el culo esta noche.
Hugo escupió entre sus nalgas, le metió primero un dedo, luego dos, abriéndola despacio mientras seguía follándole el coño. Cuando la sintió relajada y gimiendo como una zorra, sacó la verga del coño chorreante, la colocó contra el agujero apretado y empujó. La cabeza entró con un pop húmedo. Vanessa gritó, un grito largo y gutural, y empujó hacia atrás para tomarla toda. Hugo se la metió centímetro a centímetro hasta que los huevos le tocaron el coño. Se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse al grosor, y luego empezó a moverse.
Follaba su culo con embestidas largas y profundas al principio, después más rápidas, más brutales. Cada vez que entraba hasta el fondo ella gemía y se tocaba el clítoris con dos dedos. El sonido de la carne golpeando carne, el chapoteo de los jugos, los gemidos roncos de los dos… todo se mezclaba con el calor sofocante de la noche. Hugo le dio una nalgada fuerte, luego otra, dejando la marca roja de su mano en la nalga madura.
—Qué culo más puto tienes… se traga toda la polla como si estuviera hecho para mí —le gruñó al oído mientras le tiraba del pelo—. Dime que te gusta que te folle el culo. Dilo.
—Me encanta… me estás destrozando el culo con esa verga joven y gruesa… más duro… fóllame más duro, Hugo… úsame…
Él aceleró. La agarró de las caderas con fuerza y la embistió sin piedad hasta que Vanessa se corrió otra vez, esta vez solo con la polla en el culo y los dedos en el clítoris. El orgasmo le sacudió todo el cuerpo; el agujero se le apretó como un puño alrededor de la verga y Hugo no pudo aguantar más. Se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de su culo, chorros calientes y espesos llenándola. Vanessa sintió cada pulso, cada descarga, y empujó hacia atrás para no perder ni una gota.
Cuando él se retiró, el semen le empezó a salir del agujero abierto y le bajó por el coño y los muslos. Vanessa se giró, se lo recogió con los dedos y se lo metió en la boca, chupándolos con una sonrisa lasciva. Luego se lo ofreció a Hugo y él lamió sus dedos sin dudar, mezclando el sabor de su propia leche con el de ella.
Todavía jadeando, Hugo se dejó caer a su lado. La mano le recorrió el vientre sudado, le pellizcó un pezón y bajó hasta el coño hinchado, metiéndole dos dedos con suavidad, removiéndolos dentro del semen que aún le salía.
—No me he saciado —murmuró él—. Quiero otra ronda. Quiero que me montes y me ordeñes la polla con ese coño hasta que me duela.
Vanessa se rió, baja y ronca, y se subió a horcajadas sobre él. La verga de Hugo ya empezaba a endurecerse otra vez, joven y recuperada. Ella se la frotó entre los labios del coño, se la metió despacio y empezó a cabalgarlo con movimientos circulares, profundos, moliéndole la base. Las tetas le colgaban pesadas delante de la cara de él; Hugo se las metió en la boca una y otra vez mientras ella lo usaba.
—Esta noche no te vas —le dijo ella entre gemidos, acelerando el ritmo—. Te voy a follar hasta el amanecer. Y mañana, cuando mi hijo esté fuera… te vas a quedar otra vez. Quiero que me despiertes follándome. Quiero que me dejes el coño y el culo reventados y llenos.
Hugo le agarró las caderas y empezó a embestirla desde abajo, encontrándose con ella en cada bajada. El calor del apartamento, el olor a sexo, el sudor resbalándoles por la piel… todo se volvía más denso. Fuera, la ciudad seguía ardiendo. Dentro, Vanessa cabalgaba la polla de su hijo’s amigo con una hambre que no conocía límites, y Hugo la miraba desde abajo sabiendo que esto solo estaba empezando a ponerse realmente peligroso y adictivo.
Cuando ella se inclinó para morderle el cuello y susurrarle al oído lo que quería que le hiciera la próxima vez que viniera —atarle las muñecas a la cabecera, follarla en el balcón con la luz de la calle, dejarla llena y marcada—, Hugo sintió la verga latirle otra vez dentro de ella. Todavía quedaban horas de oscuridad. Todavía quedaba mucho por romper.
Hugo la embistió desde abajo con más fuerza, las caderas levantándose del colchón sudado para clavar la polla hasta el fondo cada vez que Vanessa bajaba. Ella gemía con la boca abierta contra su cuello, mordiéndole la piel con los dientes, dejando marcas rojas que se hinchaban al instante bajo el calor. El coño se le apretaba en oleadas, todavía sensible del orgasmo anterior, chupándole la verga gruesa como si quisiera ordeñarla otra vez.
—Así… más hondo… joder, me la estás metiendo entera —jadeó ella, enderezándose para apoyar las manos en su pecho. Las tetas le rebotaban pesadas, los pezones hinchados y morados de tanto chuparlos. Se mecía en círculos lentos al principio, moliendo el clítoris contra la base de la polla, sintiendo cómo la cabeza le rozaba ese punto profundo que la hacía temblar—. Quiero que me dejes coja. Quiero caminar mañana y que cada paso me recuerde cómo me has destrozado.
Hugo le agarró las nalgas con las dos manos, abriéndolas, y empezó a follarla desde abajo con embestidas cortas y brutales. El sonido húmedo llenaba la habitación: chapoteos, gemidos, el golpe de carne contra carne. El semen del culo todavía le resbalaba a Vanessa por el muslo, mezclándose con los jugos frescos que le salían del coño. Él lo vio y se lamió los labios.
—Bájate. Ponte de rodillas al lado de la cama —ordenó, la voz ronca de deseo—. Quiero verte tragar lo que te queda dentro.
Ella obedeció sin dudar. Se deslizó de la polla con un gemido de pérdida, se arrodilló en la alfombra y abrió la boca. Hugo se incorporó, se puso de pie delante de ella y le agarró el pelo con una mano. Con la otra se masturbó un par de veces, sacando de la verga el resto de semen y jugos de ella, y se la metió de un golpe hasta la garganta. Vanessa se atragantó, los ojos llorosos, pero se quedó quieta, dejando que él le follara la boca despacio, profundo, saboreando el sabor salado y amargo de los dos.
—Traga, puta. Traga todo lo que te he dejado —gruñó él, empujando más. Ella tragó alrededor de la polla, la garganta contrayéndose, y gimió cuando él se retiró solo para volver a clavar. La saliva le caía a chorros por la barbilla, le mojaba las tetas que colgaban pesadas. Hugo la miraba desde arriba, la cara de chico guapo torcida en una mueca de puro placer sucio—. Mañana vas a ir a la compra con el coño y el culo llenos de mi leche. Y si alguien te huele… que sepan que eres la puta de tu hijo’s amigo.
Vanessa se sacó la verga de la boca con un hilo espeso de saliva y semen uniendo sus labios a la cabeza roja.
—Átame —susurró, mirándolo con los ojos vidriosos—. Como te dije. Las muñecas a la cabecera. Quiero que me uses sin que pueda tocarme. Quiero que decidas tú cuándo me corro y cuándo no.
Hugo sonrió, salvaje. Fue al cajón de la mesilla, sacó dos corbatas de seda que ella usaba para el trabajo y volvió. Vanessa se tumbó de espaldas en la cama, los brazos arriba. Él le ató las muñecas a los barrotes de la cabecera, apretando lo justo para que no pudiera soltarse pero sin cortarle la circulación. Ella tiró una vez, probando, y el nudo aguantó. Estaba completamente expuesta: tetas al aire, piernas abiertas, coño hinchado y chorreante, el culo todavía abierto y manchado.
—Mírame —dijo él, subiéndose encima—. No cierres los ojos. Quiero verte la cara cuando te la meta otra vez.
Se colocó entre sus muslos, le puso la polla en la entrada del coño y empujó de un solo golpe seco hasta el fondo. Vanessa gritó, arqueó la espalda, las tetas temblando. Estaba atada, no podía abrazarlo, solo podía recibir. Hugo empezó a follarla duro, las caderas golpeando, el colchón rechinando. Cada embestida le sacaba un gemido más alto. Le agarró una teta, la apretó, le mordió el pezón hasta hacerla chillar de placer-dolor.
—Más… más fuerte… rómpeme —imploró ella, tirando de las ataduras. El calor de la noche le pegaba el pelo a la frente sudada. Sentía la polla abriéndola, estirándola, el semen anterior saliendo a chorros alrededor del grosor con cada embestida—. Dime que soy tu puta. Dime que me vas a follar siempre que quieras.
—Eres mi puta. La puta madura de cuarenta y dos años que se corre con la polla del amigo de su hijo —le gruñó al oído, acelerando—. Te voy a follar en el balcón esta misma noche. Con la luz de la calle. Que te vean si quieren. Que vean cómo te destrozan el culo.
La volteó sin desatarla, las corbatas retorciéndose. Ahora estaba de pechos en la cama, el culo en alto. Hugo le abrió las nalgas, escupió otra vez en el agujero ya usado y se la clavó de un empujón. Vanessa aulló contra la almohada. Él la folló el culo sin piedad, embestidas largas y profundas que la hacían avanzar por la cama hasta que la cabeza le golpeaba la cabecera. Una mano le rodeó la cintura y le buscó el clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras la verga le destrozaba el culo.
—Me corro… joder, me estoy corriendo otra vez —gritó ella. El orgasmo la sacudió entero, el agujero apretándose como un torniquete alrededor de la polla. Hugo no paró. Siguió follándola a través de los espasmos, más rápido, más brutal, hasta que su propio orgasmo lo alcanzó. Se enterró hasta los huevos y se vació otra vez dentro de su culo, chorros calientes que ella sintió latir uno a uno.
Se quedó dentro un rato, jadeando, sudando a mares. Luego se retiró despacio. El semen le salió a Vanessa a borbotones, espeso, bajándole por el coño y los muslos hasta la sábana. Él le desató las muñecas. Ella se giró, los brazos entumecidos, y lo besó con lengua lenta, sucia, saboreando el sudor de los dos.
—Llévame al balcón —susurró contra su boca—. Ahora. Quiero que me folles ahí fuera. Que el aire caliente me toque el coño abierto. Que alguien pueda mirar si quiere.
Hugo la levantó en brazos. Estaba empapada de semen y jugos, el cuerpo maduro temblando de placer. Cruzaron el salón en penumbra y salieron a la terraza interior. El aire de la noche era un soplo caliente que les pegó a la piel sudada. Abajo se oía el tráfico lejano, alguna risa de un bar. Él la puso de pie contra la barandilla de hierro, de espaldas a la calle, y se colocó detrás. Le levantó una pierna, le abrió y le metió la polla otra vez en el coño de un golpe.
Vanessa se agarró a la barandilla con las dos manos. La luz de una farola le iluminaba las tetas, los pezones duros. Hugo la follaba despacio al principio, profundo, dejándola sentir cada centímetro, y luego aceleró. El sonido de sus cuerpos chocando se perdía un poco en el ruido de la ciudad, pero los gemidos de ella no.
—Más fuerte… que me oigan —pidió, empujando el culo hacia atrás—. Fóllame como una zorra en público. Lléname otra vez. Quiero bajar mañana a tirar la basura con tu leche resbalándome por las piernas.
Él le tiró del pelo, le obligó a arquear más la espalda y la embistió sin freno. Las tetas le colgaban sobre el vacío, rebotando. Alguien en el edificio de enfrente podía estar mirando; a ninguno de los dos le importó. Hugo metió dos dedos en su culo todavía abierto y lleno mientras la follaba el coño, y Vanessa se corrió otra vez, gritando hacia la noche, el cuerpo sacudiéndose contra la barandilla.
Cuando él se vino, fue profundo, agarrándola de las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones. Se quedaron así, unidos, respirando el aire denso, el semen empezando a gotearle otra vez a ella por el muslo interno hasta el suelo de la terraza.
Hugo le besó el hombro, la nuca, la oreja.
—Todavía no he terminado contigo —murmuró—. Dentro de una hora te voy a atar otra vez. Esta vez las piernas abiertas a los pies de la cama. Y te voy a chupar el coño hasta que me pidas por favor que te folle. Y después… mañana, cuando tu hijo salga, voy a volver. Voy a entrar por la puerta de atrás y te voy a pillar en la cocina. Te voy a bajar los pantalones y te voy a follar contra la encimera mientras me cuentas qué tal te ha ido el día. Y si gritas demasiado… te tapo la boca con la mano y te corro dentro igual.
Vanessa se rió, baja, ronca, el culo todavía apretándole la polla suave que empezaba a endurecerse otra vez dentro de ella. El calor no aflojaba. El deseo tampoco. Se giró un poco, lo miró por encima del hombro con esa sonrisa lasciva de mujer que sabe exactamente lo que quiere.
—Hazlo. Todo. Y cuando acabes… quiero que me dejes una marca que no se vaya en días. Quiero sentirte cada vez que me siente. Cada vez que camine. Cada vez que me toque yo misma pensando en ti.
Hugo la sacó de la barandilla, la cargó otra vez y la llevó dentro. La noche todavía era larga. El sudor les unía la piel. Y en la cama deshecha, entre sábanas manchadas de semen y saliva, la polla de Hugo ya latía dura otra vez contra el vientre de ella mientras le susurraba al oído exactamente cómo pensaba destrozarla hasta que saliera el sol.
Hugo le susurraba al oído mientras la polla le latía dura otra vez contra el vientre sudado de Vanessa, y ella abrió más las piernas sin que él se lo pidiera. El aire de la habitación apestaba a sexo, a semen seco y a sudor de verano. Él se deslizó hacia abajo, lamiéndole el pecho, el vientre, hasta clavar la lengua en el coño hinchado y abierto. Vanessa arqueó la espalda y le agarró el pelo con las dos manos.
—Así… chúpame todo lo que me has dejado dentro —gimió ella, empujándole la cara contra su entrepierna—. Trágatelo. Quiero verte beber de mi coño.
Hugo abrió los labios de ella con los pulgares y se la comió con hambre, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua lo más hondo que podía, saboreando su propia leche mezclada con los jugos de ella. Vanessa se corrió enseguida, un orgasmo corto y violento que le hizo soltar un grito ronco y apretarle los muslos alrededor de la cabeza. Él no se detuvo. Siguió lamiendo hasta que ella tembló otra vez y le empujó la cara con las manos.
—Suficiente… joder, ya no puedo… —jadeó ella, pero él la ignoró. Le dio la vuelta de un manotazo, la puso de rodillas con el culo en alto y le separó las nalgas. El agujero todavía estaba abierto, rosado, goteando restos de semen. Hugo escupió encima y se la metió de un empujón seco.
Vanessa aulló contra la almohada. La verga le entró entera de una vez, abriéndola otra vez, y él empezó a follársela el culo con embestidas largas y brutales. Cada golpe le hacía avanzar por la cama. Él le agarró los hombros y tiró hacia atrás, clavándosela hasta que los huevos le golpeaban el coño chorreante.
—Mírate —gruñó Hugo, dándole una nalgada que dejó la marca roja al instante—. El culo de una puta madura tragándose la polla del amigo de su hijo. Dime que te gusta. Dímelo más alto.
—Me encanta… me estás rompiendo el culo otra vez… más fuerte, Hugo, fóllame como si me odiaras —gritó ella, metiéndose dos dedos en el coño y frotándose el clítoris con rabia—. Quiero que me dejes coja. Quiero que mañana no pueda sentarme sin acordarme de ti.
Él aceleró. El sonido de la carne contra carne llenaba la habitación junto con los gemidos de ella. Cuando sintió que se acercaba, se sacó la polla del culo, la puso en la entrada del coño y se la clavó de un golpe. Vanessa se corrió en el mismo instante, el coño contrayéndose en espasmos salvajes, chorreando jugos que le mojaron los muslos a él. Hugo no se detuvo. La embistió a través del orgasmo, más duro, más profundo, hasta que se vació otra vez dentro de ella, chorros calientes que le llenaron el útero.
Se quedaron jadeando, unidos. Luego él se retiró y el semen le salió a borbotones, espeso, bajándole por el muslo hasta la sábana ya hecha un desastre. Vanessa se giró, se recogió un poco con los dedos y se lo ofreció a la boca. Él lamió sin dudar.
—Al salón —ordenó ella, la voz hecha pedazos—. Quiero que me folles en el sofá. Y después en la cocina. Como me prometiste.
Hugo la levantó. Ella se enganchó a su cuello y él la cargó por el pasillo en penumbra. La tiró en el sofá del salón, se arrodilló entre sus piernas y se la volvió a meter de un empujón. Vanessa le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más adentro. Él la follaba despacio ahora, profundo, mirándola a los ojos mientras le agarraba las tetas y les mordía los pezones hasta dejarlos morados.
—Cuando tu hijo se vaya mañana… voy a venir —susurró él contra su boca—. Voy a entrar por la puerta de atrás y te voy a pillar fregando los platos. Te voy a bajar los pantalones y te voy a follar contra la encimera sin ni siquiera saludarte. Y si intentas hablar… te tapo la boca y te corro dentro igual.
Vanessa se rió, baja, y le clavó las uñas en la espalda.
—Hazlo. Y si grito demasiado… métela en el culo para callarme. Quiero que me uses en mi propia casa mientras él está fuera. Quiero oler a ti cuando él vuelva.
Hugo la sacó del sofá, la puso de pie y la empujó hacia la cocina. La luz del frigorífico se encendió cuando ella abrió la puerta buscando algo frío, y él la aprovechó: la agarró por la cintura, le levantó una pierna y se la clavó desde atrás mientras ella se agarraba a la encimera. El mármol estaba fresco contra sus tetas desnudas. Él la follaba con embestidas cortas y potentes, una mano en su clítoris, la otra apretándole un pecho.
—Más… así… joder, me voy a correr otra vez —gimió ella, empujando el culo hacia atrás. El orgasmo le llegó en oleadas, el coño exprimiéndole la polla, y Hugo se aguantó a duras penas. Se sacó, la hizo arrodillarse junto a la nevera y se corrió en su cara y en su boca abierta. Chorros espesos le cubrieron los labios, la lengua, las tetas. Vanessa se lo tragó todo lo que pudo y se lamió los dedos después, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes de puta satisfecha.
—Todavía no has terminado —dijo ella, poniéndose de pie temblorosa—. Llévame otra vez a la cama. Átame las piernas abiertas a los pies como me dijiste. Quiero que me chupes hasta que llore. Y después… quiero que me despiertes con la polla dentro cuando empiece a clarear. Aunque me duela. Aunque no pueda más.
Hugo asintió, la polla ya medio dura otra vez. La cargó de nuevo, la tiró en la cama deshecha y le ató los tobillos a los barrotes de los pies con las mismas corbatas de seda. Las piernas le quedaron abiertas del todo, el coño y el culo expuestos, hinchados, manchados. Él se arrodilló entre ellas y se la comió otra vez, lento, torturante, chupando el clítoris hasta que Vanessa tiraba de las ataduras y le rogaba que la follara.
—Por favor… métela… te lo pido… ya no aguanto más —lloriqueó ella, la voz rota. Hugo sonrió contra su coño, le dio una última chupada larga y se subió encima. Se la metió de un golpe seco y empezó a embestirla sin piedad, las caderas golpeando, el colchón crujiendo. Ella no podía cerrar las piernas, solo recibir. Cada embestida le sacaba un grito. Él le tapó la boca con la mano cuando se puso demasiado alta.
—Calla. O te oirá alguien —gruñó él, follándola más fuerte—. Mañana, cuando tu hijo salga a las ocho, yo estaré ya dentro de ti. Te voy a follar en la ducha. Te voy a follar mientras te pones la bata. Y si llega antes de tiempo… te tapo la boca y sigo hasta correrme. ¿Lo entiendes?
Vanessa asintió bajo su mano, los ojos llorosos de placer. Se corrió otra vez, el cuerpo sacudiéndose, y Hugo la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándola otra vez. Se quedó dentro, jadeando, y le desató los tobillos. Ella lo abrazó con las piernas temblorosas y le mordió el hombro.
El cielo empezaba a clarear un poco por la ventana. El calor no había aflojado. Vanessa le acarició el pelo empapado y le susurró al oído, la voz ronca y peligrosa:
—Quédate. No te vayas. Quiero que me folles una vez más antes de que salga el sol. Y esta vez… quiero que me dejes el culo tan abierto que me duela sentarme en el desayuno delante de mi hijo. Quiero mirarlo a la cara sabiendo que tengo tu leche todavía dentro. Y cuando él se vaya… vuelves. Y empezamos otra vez. Más fuerte. Más sucio. Hasta que no pueda ni caminar.
Hugo se endureció otra vez dentro de ella. La noche se moría, pero el deseo no. La volteó despacio, le abrió las nalgas y se colocó otra vez en la entrada de su culo, empujando solo la cabeza, dejándola sentir el estirón.
—Entonces abre bien —murmuró él contra su nuca—. Porque todavía me queda mucho por meterte. Y no pienso parar hasta que el sol esté alto y tú no puedas ni hablar.
Hugo empujó. La cabeza de su polla abrió el culo ya destrozado de Vanessa con un estirón húmedo y ella soltó un gemido largo contra la almohada, los dedos aferrados a las sábanas manchadas. El sol empezaba a filtrarse por las rendijas de la persiana, rayas doradas que cortaban el sudor de sus espaldas. Él entró centímetro a centímetro, sin prisa al principio, sintiendo cómo el anillo apretado se le tragaba la verga gruesa otra vez. Cuando los huevos le golpearon el coño hinchado se quedó quieto, respirando pesado contra su nuca.
—Ábrete más —ordenó, la voz ronca—. Quiero metértela entera y que me digas lo que sientes.
Vanessa empujó el culo hacia atrás, trágandosela hasta el fondo. El ardor era delicioso, profundo, un dolor dulce que le subía por la columna. Pensó en su hijo durmiendo en la habitación de al lado del pasillo del edificio de enfrente, en cómo dentro de un rato tendría que mirarlo a la cara con el culo abierto y la leche de Hugo todavía resbalándole por dentro. La idea la mojó más.
—Me estás abriendo… joder, se me va a salir el alma por el culo —jadeó ella—. Muévete. Fóllame. No pares aunque me duela.
Hugo empezó a embestir. Largas, profundas, sacando casi toda la polla para clavar otra vez hasta los huevos. El sonido era obsceno: chapoteo de semen viejo y saliva fresca, carne golpeando carne, los gemidos roncos de ella que ya no intentaba callar. Le agarró las caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne madura, y aceleró. Cada embestida hacía que las tetas de Vanessa se aplastaran contra el colchón y rebotaran. Él le metió la mano por debajo, le encontró el clítoris hinchado y lo frotó en círculos rápidos mientras le destrozaba el culo.
—Dime que eres mía —gruñó él al oído—. Dime que esta noche te he convertido en mi puta personal.
—Soy tuya… la puta de cuarenta y dos años del amigo de mi hijo… me has reventado el coño y el culo y todavía quiero más —gritó ella, tirando de las sábanas—. Más fuerte, Hugo. Rómpeme de verdad. Quiero bajar a desayunar cojeando.
Él obedeció. Las embestidas se volvieron brutales, cortas, potentes. El colchón crujía. El calor de la mañana ya empezaba a subir y el sudor les resbalaba por la piel uniéndolos. Vanessa se corrió primero, un orgasmo violento que le hizo apretar el culo como un puño alrededor de la verga. Hugo sintió las contracciones y no se detuvo; la folló a través de los espasmos hasta que ella lloriqueó de tanto placer. Entonces se sacó, la volteó de un manotazo y se la clavó en el coño de un solo golpe. Estaba empapada, resbaladiza, el semen anterior saliendo a chorros alrededor del grosor.
—Mírame —le dijo, agarrándole la cara—. Quiero ver cómo te corres otra vez con mi polla dentro.
Vanessa abrió los ojos vidriosos. Él embistía profundo, golpeándole el fondo del útero, las caderas chocando. Le chupó un pezón morado, lo mordió, lo estiró con los dientes. Ella arqueó la espalda y se vino otra vez, el coño exprimiéndole la verga en oleadas calientes. Hugo aguantó, sacó la polla, le abrió la boca con dos dedos y se la metió hasta la garganta. Ella chupó con hambre, tragando los restos de su propio culo y coño, babosa, los ojos llorosos de puro vicio. Cuando él sintió que se le acercaba el borde la sacó de la boca, le abrió las piernas otra vez y se la volvió a clavar en el culo.
—Última —prometió, aunque los dos sabían que mentía—. Te voy a llenar y después te dejo descansar un poco. Solo un poco.
Folló su culo con embestidas salvajes hasta que se enterró hasta el fondo y se vació. Chorros espesos, calientes, uno tras otro, llenándole las tripas. Vanessa los sintió latir y empujó hacia atrás para no perder ni una gota. Cuando él se retiró el semen le salió a borbotones, espeso, bajándole por el coño y los muslos hasta empapar más las sábanas. Ella se recogió un poco con los dedos, se lo metió en la boca y se lo ofreció a él. Hugo lamió sin dudar, chupándole los dedos limpios.
Se quedaron un rato jadeando, el sol ya más alto. Vanessa le acarició el pecho sudado, la polla todavía medio dura apoyada en su muslo.
—Ven a la ducha conmigo —susurró—. Quiero que me laves y que me ensucies otra vez al mismo tiempo.
Hugo la levantó. Las piernas le temblaban. Cruzaron el pasillo desnudos, el semen resbalándole a ella por dentro con cada paso. En la ducha el agua caliente les cayó encima. Él la puso de cara a la pared de azulejos, le abrió las nalgas y se la metió otra vez en el culo sin avisar. Vanessa gritó, las manos pegadas al azulejo mojado, el agua llevándose parte de la leche mientras él le metía más. La folló despacio esta vez, profundo, una mano en su clítoris, la otra apretándole una teta pesada. El vapor llenó el baño. Ella se corrió otra vez, más suave, más temblorosa, y él se vino dentro por última vez aquella madrugada, gruñendo contra su cuello.
Después se lavaron de verdad. Hugo le enjabonó el cuerpo maduro con cuidado, los dedos deteniéndose en los pezones hinchados, en el coño rojo, en el culo abierto que todavía goteaba un poco. Ella le jabonó la polla sensible, se arrodilló un momento bajo el agua y se la chupó limpia, despacio, saboreando el sabor a jabón y sexo. Cuando salieron se secaron con toallas gruesas. Vanessa se puso solo la bata azul abierta. Hugo se vistió con los pantalones cortos y la camiseta del día anterior, arrugados y con olor a sudor y semen.
En la cocina ella preparó café. El aroma llenó el apartamento. Se sentaron en la mesa, ella con las piernas abiertas deliberadamente, el coño todavía visible y manchado. Hugo la miraba beber, la polla dándole un tirón flojo de puro recuerdo.
—Tu hijo sale a las ocho —dijo él, mirando el reloj de la pared—. Son las siete y media.
Vanessa asintió, dio un sorbo y sonrió esa sonrisa lenta y lasciva.
—Entonces tienes media hora. Ven aquí.
Él se levantó, se colocó detrás de ella, le levantó la bata y le metió dos dedos en el coño todavía lleno. Ella jadeó, apoyó las manos en la mesa. Hugo se bajó la cremallera, sacó la polla ya dura otra vez y se la clavó de un empujón. La folló allí mismo, de pie, embestidas cortas y potentes, una mano en su boca para que no gritara demasiado alto. Vanessa se corrió callada, el cuerpo sacudiéndose, y él se aguantó, se sacó y se corrió en su espalda baja, chorros blancos que le bajaron por el culo.
Se limpiaron otra vez con un trapo de cocina. El reloj marcaba casi las ocho. Se oyeron pasos en el rellano del edificio de al lado, una puerta, el ascensor. El hijo de Vanessa se iba.
Hugo se acercó, le besó la boca con lengua lenta, saboreando el café y el sexo.
—Vuelvo esta tarde —dijo sin prisa—. Cuando él no esté. Te pillaré en la cocina como te prometí.
Vanessa le acarició la cara, los dedos todavía temblando un poco.
—Cuenta con ello. Y la próxima vez tráeme algo para atarme mejor. Quiero que me dejes marcada de verdad.
Él asintió. Se metió las llaves en el bolsillo, miró una última vez el cuerpo maduro entreabierto en la bata, el semen secándosele ya en la espalda, y se dirigió a la puerta. La abrió. El aire caliente de la mañana entró como un puñetazo. Se giró un segundo en el umbral, le dedicó una media sonrisa cansada y satisfecha, y salió. Cerró despacio detrás de sí. Los pasos se alejaron por la escalera. Vanessa se quedó sola en la cocina, el café enfriándose, el culo y el coño latiéndole todavía, sonriendo hacia la puerta cerrada mientras afuera la ciudad despertaba otra vez al calor.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories