Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Vecina Divorciada Atada en el Granero

La vecina divorciada de 42 años se deja atar y follar salvajemente por su dominante vecino en el granero cada jueves.

24 min read October 11, 2026New

Estelle, una divorciada de 42 años con un cuerpo curvilíneo que parecía esculpido para el pecado, había llegado al campo huyendo de un matrimonio que la había dejado vacía. Sus caderas anchas, sus tetas pesadas y firmes, y ese culo redondo y jugoso que se movía con cada paso, eran un secreto que había guardado bajo blusas abotonadas y faldas largas. Pero en las noches solitarias, su mente sumisa reprimida gritaba: quería ser atada, follada sin piedad, usada como una puta. Reid, su vecino de 38 años, dueño de la vasta finca contigua, era un hombre de manos callosas, mirada de acero y presencia dominante que hacía que las rodillas de Estelle temblaran. Una tarde soleada, mientras ella arreglaba el porche, él se acercó con esa sonrisa que prometía problemas deliciosos.

—Ven a ver el granero abandonado de mi propiedad, Estelle. Está lejos de todo, solo madera vieja y silencio. Creo que te gustará.

Ella aceptó, el corazón latiéndole en la garganta. Mientras caminaban entre los campos, la charla se volvió íntima. Estelle, con las mejillas ardiendo, confesó lo que nunca había dicho en voz alta:

—Desde el divorcio… fantaseo con que un hombre me ate, me use salvajemente. Que me quite el control por completo.

Reid se detuvo frente a la puerta del granero, sus ojos oscuros devorándola.

—Ese hombre soy yo. He querido follarte desde que te vi mudarte. Tu actitud sumisa se nota en cómo bajas la mirada. Lo haremos real, pero con respeto. Palabra de seguridad: “rojo”. Dila y todo para. ¿Entiendes, vecina?

—Sí —susurró ella, ya mojada solo con sus palabras—. Lo quiero todo, Reid. Sin límites… salvo esa palabra.

Entraron. El granero olía a heno viejo, cuero y madera cálida. Reid preparó café en una hornilla improvisada y se sentaron en dos banquetas. El aire estaba cargado. Estelle apretaba los muslos, sintiendo cómo su coño palpitaba y se empapaba contra las bragas. No podía creer que estuviera a punto de suceder.

—Solo de imaginar que me atas aquí… me pongo tan húmeda que me duele —admitió con voz entrecortada, mirándolo por debajo de las pestañas.

Reid dejó la taza y su tono cambió. Suave, pero imposible de desobedecer.

—Quítate la blusa, Estelle. Despacio. Luego arrodíllate en el suelo como la zorra divorciada que eres.

Las manos de ella temblaron de excitación pura mientras desabotonaba la prenda. Sus tetas grandes, envueltas en encaje negro, saltaron libres cuando la blusa cayó. Se arrodilló sobre el piso de tierra y madera, el vestido subido hasta los muslos, la respiración agitada. Reid se acercó, su bulto ya evidente bajo los vaqueros.

—Buena puta. Rogádmelo.

—Por favor… átame. Átame fuerte y úsame. He esperado demasiado.

Reid sonrió con esa dominancia que la derretía. Sacó cuerdas gruesas y ásperas de un baúl. Primero le levantó los brazos y ató sus muñecas juntas, pasándolas por una viga alta hasta que quedó en puntillas, el cuerpo estirado, las tetas empujadas hacia afuera como ofrenda. Luego le abrió las piernas sin piedad, atando cada tobillo a postes separados. Quedó completamente expuesta, el vestido arrugado en la cintura, las bragas transparentes por la humedad. Las cuerdas mordían su piel de forma deliciosa, enviando descargas directas a su clítoris hinchado.

—Mírate —le susurró Reid al oído, pasando una mano posesiva por su culo—. Mi vecina divorciada de 42 años, atada como una puta barata en mi granero. Esas tetas gordas listas para ser azotadas, ese coño goteando por un desconocido que vive al lado. ¿Te excita ser tan fácil?

—Sí… joder, sí —gimió Estelle, tirando de las cuerdas, sintiendo cómo su jugo le corría por el interior de los muslos.

Reid no esperó. Su mano grande cayó con fuerza sobre sus tetas, primero una, luego la otra. El sonido seco de carne contra carne resonó en el granero. Las tetas rebotaban pesadamente, poniéndose rojas al instante. Estelle gritó de placer y dolor mezclado, arqueando la espalda.

—Más fuerte… por favor…

Él rio oscuramente y continuó, azotando sus pechos hasta que los pezones estaban duros como piedras y la piel ardía de un rojo intenso. Luego se movió atrás, bajándole las bragas hasta los tobillos atados. Su mano abierta cayó sobre el culo redondo, una y otra vez, haciendo que la carne temblara y se marcara. Diez, quince golpes. Estelle sollozaba de gusto, su coño contrayéndose en el aire, vacío y desesperado.

—Estás chorreando como una perra en celo. Mira el charco que has hecho en el suelo.

Reid se abrió los pantalones y sacó su polla gruesa, venosa y larga. Agarró el pelo de Estelle con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás.

—Abre esa boca sucia.

Ella obedeció al instante. Él empujó dentro, follándole la garganta sin misericordia. La polla entraba hasta el fondo, haciendo que babeara copiosamente, hilos espesos de saliva cayéndole por la barbilla y goteando sobre sus tetas azotadas. Reid tiraba del pelo como riendas, follándole la cara con embestidas salvajes, sus huevos golpeando contra su mentón.

—Chupa, divorciada. Trágate la polla de tu vecino dominante. Eso es… buena puta, mírate babear como una puta barata.

Estelle gemía alrededor de la carne gruesa, los ojos llorosos de placer, su mente completamente rendida. Sentía cada vena, cada pulsación. Cuando él la sacó, ella suplicó entre jadeos:

—Fóllame… por favor, métemela ya.

Reid la rodeó, se colocó entre sus piernas abiertas y, de un solo empujón brutal, enterró toda su polla en el coño empapado de ella. Estelle gritó, el placer explotando en su interior. Atada como estaba, solo podía recibir. Él la follaba con fuerza, sacudiendo todo su cuerpo, las cuerdas crujiendo. Una mano la sujetaba por la cadera, la otra metió dos dedos gruesos directamente en su culo apretado, abriéndola mientras la penetraba sin parar.

—Tu coño aprieta como si quisiera romperme la polla. Y este culito… pronto lo voy a reventar también. Córrete, zorra. Córrete gritando para tu vecino.

El orgasmo la atravesó como un rayo. Estelle aulló, su cuerpo convulsionando en las ataduras, el coño eyaculando jugos calientes alrededor de la polla que no dejaba de martillearla. Reid no paró. La desató solo las piernas, la bajó con cuidado pero sin ternura y la puso a cuatro patas sobre el suelo sucio del granero, las muñecas aún atadas por encima de la cabeza a una argolla baja. Volvió a montarla como un animal, follándola con embestidas profundas y salvajes.

—Esto es lo que eres ahora: mi zorra personal. Cada jueves vendrás aquí para que te ate y te llene.

—Gracias… ¡gracias! —gritaba ella con cada embestida que le llegaba al fondo—. Gracias por follarme tan duro, Reid… ¡gracias por usar a tu vecina divorciada!

Él gruñó, acelerando, y finalmente se corrió con un rugido. Chorros calientes y espesos inundaron su coño, desbordándose y corriendo por sus muslos temblorosos. Reid se quedó dentro unos segundos, palpitando, marcándola.

Luego, con una lentitud casi tierna que contrastaba con la brutalidad anterior, empezó a desatarla. Aflojó las cuerdas de las muñecas, masajeando las marcas rojas con sus dedos fuertes. Estelle se derrumbó contra él, exhausta y feliz. Reid se arrodilló entonces y, sin decir nada, pasó su lengua por los muslos de ella, lamiendo su propio semen que chorreaba espeso, tragándoselo mientras subía hasta su coño hinchado y lo limpiaba con lametones largos y posesivos. Estelle gemía suavemente, las lágrimas de placer rodando por sus mejillas.

Reid la levantó y la abrazó fuerte contra su pecho ancho, acariciándole el pelo sudado.

—Cada jueves por la tarde, Estelle. Vendrás a este granero, te desnudarás y te dejarás atar. Esto solo acaba de empezar. La próxima vez… traeré más cuerdas, más juguetes. Quiero ver hasta dónde puede llegar esa sumisión que has guardado tantos años.

Ella asintió contra su pecho, el cuerpo aún temblando, el coño latiendo con los restos de su corrida. En su mente, un pensamiento ardiente se repetía: quería más. Quería que la próxima vez fuera aún más salvaje, más humillante, más profundo. Y sabía que Reid se lo daría. El jueves siguiente parecía estar a una eternidad de distancia, pero ya sentía la anticipación retorciéndole las entrañas como una promesa sucia e irresistible.

El abrazo terminó con un beso posesivo de Reid en los labios de Estelle, su lengua invadiéndola un último instante antes de separarse. Ella se vistió en silencio, sintiendo el semen espeso escapando de su coño y corriendo por sus muslos mientras caminaba de regreso a casa. Esa noche apenas durmió, y los siguientes días fueron una tortura lenta. Cada vez que se agachaba para arreglar las plantas del porche, su mente regresaba al granero: las cuerdas quemándole las muñecas, la polla gruesa abriéndola, el orgasmo que la había dejado eyaculando como una fuente. A sus 42 años, divorciada y con un cuerpo que ya no escondía, Estelle se masturbaba tres veces al día pensando en ser usada más fuerte, más humillada.

El jueves siguiente llegó por fin. A las tres en punto cruzó el campo con el vestido ligero pegado a sus curvas, sin bragas ni sostén. Sus tetas pesadas se balanceaban con cada paso, los pezones ya duros rozando la tela. El granero se alzaba imponente. Empujó la puerta y el olor a cuero fresco y madera la golpeó.

Reid estaba de pie junto a una estructura nueva: una robusta cruz de San Andrés hecha de gruesas vigas. Sobre una mesa había dispuesto un flogger de tiras anchas de cuero, pinzas de pezones unidas por una cadena, un vibrador negro grueso con control remoto, plugs anales de diferentes tamaños y una botella de lubricante brillante. Tenía 38 años, brazos fuertes y esa mirada de acero que hacía que las rodillas de ella se aflojaran al instante.

—Desnúdate, Estelle. Despacio. Quiero ver cómo se te mojan los muslos solo de estar aquí —ordenó con voz baja y firme.

Ella obedeció temblando. El vestido cayó a sus pies. Sus tetas grandes y redondas quedaron expuestas, el culo carnoso y las caderas anchas completamente desnudas. El coño afeitado ya brillaba, un hilo de excitación colgando de sus labios hinchados.

—Joder… mira cómo goteas, vecina divorciada. Arrodíllate y abre las piernas. Enséñame ese coño que me pertenece.

Estelle se arrodilló sobre la tierra y el heno, separando los muslos. Reid se acercó, pasó dos dedos por su raja y los levantó, mostrando los hilos espesos de jugo.

—Estás empapada como una perra. Esta semana has pensado en mi polla, ¿verdad?

—Todos los días —confesó ella con la voz rota—. Me toqué imaginando que me atabas más fuerte, que me follabas el culo sin piedad. Necesito que me uses, Reid. Por favor.

Él sonrió con esa crueldad dulce que la derretía y la levantó. La llevó hasta la cruz y la colocó de cara a la madera. Le ató primero las muñecas altas y separadas, luego los tobillos, estirándola hasta que solo las puntas de sus pies tocaban el suelo. Las cuerdas mordían profundo, haciendo que sus tetas se aplastaran contra la madera áspera. Después tomó una cuerda más fina y rodeó sus pechos con ella, apretando fuerte hasta que quedaron hinchados, rojos y prominentes, los pezones apuntando como piedras.

—Así se ven mejor estas tetas de puta de 42 años. Gordas, atadas y listas para sufrir.

Estelle jadeaba, el dolor en sus pechos enviando descargas directas a su clítoris. «Dios mío, estoy completamente expuesta… cualquiera que pasara cerca oiría cómo me rompe», pensó, y ese pensamiento solo la mojó más.

Reid colocó la primera pinza en su pezón derecho. El metal mordió con fuerza. Estelle gritó, arqueando la espalda, pero él ya estaba poniendo la segunda. Tiró de la cadena y las tetas de ella se estiraron obscenamente.

—¡Ahhh! ¡Quema… joder, quema rico!

—Respira, zorra. Siente cómo te convierten en mi juguete.

Tomó el flogger. El primer golpe cayó en su culo redondo, haciendo que la carne temblara. Luego en la espalda, en los muslos, y después en las tetas atadas. Cada latigazo era preciso y fuerte. El cuero besaba su piel y la dejaba roja. Cuando empezó a azotar su coño expuesto, Estelle perdió el control. Los golpes húmedos resonaban, salpicando jugos con cada impacto.

—¡Más fuerte! ¡Azótame el coño, Reid! ¡Soy tu puta, tu vecina divorciada que solo sirve para esto!

Diez golpes seguidos en su vulva hinchada la llevaron al borde. Reid dejó el flogger, tomó el vibrador grueso y lo encendió en máxima potencia. Lo presionó contra su clítoris sin piedad mientras tiraba de la cadena de las pinzas. El cuerpo de Estelle se sacudía en las ataduras, las cuerdas crujiendo.

—No te corras todavía —gruñó él—. Aguanta, perra. Quiero que ruegues.

—Por favor… por favor, déjame correrme… mi coño duele de lo hinchado que está…

Solo cuando las lágrimas corrían por sus mejillas él le permitió el orgasmo. El vibrador presionó y ella explotó con un aullido animal, eyaculando con fuerza, chorros calientes cayendo al suelo del granero mientras sus tetas atadas rebotaban y las pinzas tiraban de sus pezones.

Reid no le dio respiro. La desató de la cruz solo para girarla y volver a atarla de cara a él, esta vez con los brazos detrás de la espalda y una cuerda que pasaba entre sus piernas, frotando cruelmente su clítoris cada vez que se movía. Le bajó la cabeza y sacó su polla gruesa, venosa, goteando precum.

—Abre esa boca de divorciada hambrienta.

La folló la garganta sin piedad. La cabeza de Estelle golpeaba contra la madera mientras él empujaba hasta los huevos, haciendo que babeara como una fuente. Hilos gruesos de saliva caían sobre sus tetas atadas y rojas. Él la sujetaba del pelo como riendas, gruñendo insultos deliciosos.

—Trágatela toda, zorra. Mira cómo te follan la cara en tu propio jugo. Eres solo un agujero para mí los jueves.

Cuando la sacó, ella tosía y jadeaba, pero su mirada era de pura adoración sumisa. Reid la desató de nuevo, la puso a cuatro patas sobre el banco acolchado y le ató las muñecas a los tobillos en una posición de hog-tie modificada que dejaba su culo y coño completamente abiertos. Untó el plug más grande con lubricante y lo empujó dentro de su ano sin prisa, girándolo mientras ella gemía como una puta en celo.

—Hoy te voy a reventar el culo de verdad.

Sacó el plug y colocó la cabeza de su polla en el agujero fruncido. Empujó. Estelle sintió cómo se abría, el ardor intenso mezclándose con un placer brutal. Centímetro a centímetro, la polla gruesa desapareció en su interior hasta que los huevos golpearon su coño chorreante.

—¡Está muy adentro! ¡Me estás rompiendo el culo, Reid!

Él empezó a follarla con embestidas largas y salvajes, sacando casi todo y volviendo a enterrarse hasta el fondo. Una mano la sujetaba por la cuerda que le rodeaba las tetas, tirando para aumentar el dolor. La otra encontró el vibrador y lo metió en su coño, follándola con ambos agujeros al mismo tiempo.

Estelle se corrió otra vez, gritando sin control, el cuerpo convulsionando tan fuerte que las cuerdas dejaron marcas profundas. Reid aceleró, follándole el culo como un animal, los sonidos obscenos de carne mojada llenando el granero.

—Esto es lo que eres: mi vecina de 42 años convertida en esclava anal. Cada jueves voy a atarte más, voy a meterte cosas más grandes y voy a correrme donde me dé la gana.

Con un rugido final, Reid se vació dentro de su ano. Chorros calientes y espesos la llenaron hasta desbordarse. Cuando sacó la polla, el semen blanco salió a borbotones de su agujero abierto, corriendo por su coño y goteando al suelo.

Estelle quedó temblando, exhausta, con la mente en blanco de placer. Reid la desató lentamente, masajeando cada marca roja con sus manos callosas. Luego la tumbó de espaldas y pasó su lengua por todo: lamió el semen de su ano, de su coño, succionando su clítoris sensible hasta arrancarle un último orgasmo suave y lloroso.

La abrazó contra su pecho sudoroso, acariciándole el pelo húmedo.

—Descansa, mi zorra. Pero la próxima semana será peor. Traeré una mordaza de bola, una venda y un arnés que me deje las manos libres para azotarte mientras te follo. Quiero ver hasta dónde aguanta esa sumisión tuya.

Estelle solo pudo asentir contra su piel, el cuerpo latiendo, el culo y el coño palpitando con delicioso dolor. En su interior ardía la certeza de que el jueves siguiente volvería a presentarse como la puta atada que ahora era, deseando que la degradara aún más profundo. La anticipación ya le retorcía las entrañas como una promesa sucia e imparable.

Estelle apenas podía contener el temblor de sus muslos mientras empujaba la pesada puerta del granero aquel jueves. El sol de la tarde le había calentado la piel durante el trayecto, pero nada comparado con el fuego que ya le ardía entre las piernas. Reid estaba allí, más imponente que nunca a sus 38 años, con los brazos cruzados sobre el pecho ancho y una nueva estructura de cuerdas y poleas colgando del techo como una telaraña preparada para atraparla. Sobre el banco de madera había dispuesto el arnés de cuero negro con anillas de metal, la mordaza de bola roja brillante, una venda de seda negra y un conjunto de pinzas y pesas que hicieron que el coño de ella se contrajera solo de verlas.

—Quítate el abrigo y gatea hasta mí, vecina. Quiero verte las tetas balancearse como las putas gordas que son —ordenó Reid con esa calma dominante que le derretía las rodillas.

Estelle obedeció al instante, dejando caer la prenda y sintiendo el aire fresco del granero acariciarle los pezones ya erectos. A cuatro patas sobre la tierra y el heno, gateó con el culo en alto, sabiendo que sus labios hinchados brillaban de humedad. Cada movimiento hacía que su clítoris rozara el aire, enviándole descargas de vergüenza deliciosa. «Tengo 42 años, soy una divorciada respetable… y aquí estoy, gateando como una perra en celo para que mi vecino me destroce», pensó, y ese pensamiento solo la mojó más.

Reid la recibió agarrándola del pelo con firmeza pero sin brusquedad. Le colocó primero el arnés: correas gruesas que rodeaban sus tetas pesadas, apretándolas hasta hacerlas sobresalir obscenamente, con anillas metálicas que mordían la carne tierna. Pasó otra correa entre sus piernas, ajustándola cruelmente para que la banda de cuero se hundiera entre sus labios empapados y presionara directo sobre el clítoris hinchado. Cada respiración haría que la cuerda frotara su punto más sensible.

—Hoy vas a estar completamente ciega y muda, zorra. Solo vas a sentir. Palabra de seguridad sigue siendo “rojo”, pero la dirás con la mano si hace falta. ¿Entiendes, mi vecina sumisa de 42 años?

—Sí, Reid… por favor, átame fuerte. Quiero desaparecer en esto —suplicó ella con voz rota.

Él le metió la mordaza de bola entre los dientes, abriéndole la boca al máximo. La correa se ajustó detrás de su cabeza, y la bola gruesa le llenó la boca, haciendo que babeara al instante. Luego la venda negra le cubrió los ojos, sumiéndola en oscuridad total. El mundo se redujo a olores —cuero, heno, su propio coño excitado— y al sonido de la respiración pesada de Reid.

Las cuerdas llegaron después. Reid la levantó como si no pesara nada y pasó una cuerda por las anillas del arnés, izándola con la polea hasta que sus pies apenas rozaban el suelo. Sus brazos fueron atados a la espalda en un strappado estricto, los hombros tirantes, las tetas apretadas y expuestas hacia abajo. Otra serie de cuerdas rodeó sus muslos gruesos, separándolos ampliamente y uniéndolos a argollas en el suelo, de modo que su coño y su culo quedaban abiertos como una ofrenda obscena. La banda del arnés se clavaba más profundo con cada movimiento, frotando su clítoris sin piedad.

—Mírate… o mejor, imagínate —gruñó él, pasando las manos callosas por sus tetas atadas—. Una divorciada madura colgando en mi granero como un pedazo de carne lista para ser usada. Ese culo redondo abierto, ese coño goteando sobre el suelo. ¿Cuántos años llevas soñando con esto, puta?

Estelle solo pudo gemir alrededor de la bola, babeando copiosamente sobre sus propias tetas. El dolor en los hombros se mezclaba con el placer brutal de la fricción en su clítoris. Reid empezó con el flogger, pero esta vez no fue suave. Los golpes caían pesados sobre sus tetas colgantes, haciendo que rebotaran y se enrojecieran. Cada impacto enviaba ondas de calor directo a su vientre. Luego bajó a sus muslos, al culo expuesto, y finalmente azotó su coño abierto con precisión cruel. El cuero mojado chasqueaba contra su carne empapada, salpicando jugos con cada latigazo.

Ella se retorcía en las cuerdas, el arnés frotándola sin descanso. Las lágrimas empapaban la venda. El placer subía demasiado rápido, pero Reid paró justo antes de dejarla correrse.

—Aún no, perra. Hoy vas a rogar con todo el cuerpo.

Sintió cómo él colocaba pesas en las anillas de sus pezones. El tirón fue inmediato, ardiente, estirando sus tetas hacia abajo mientras las pinzas mordían con fuerza. Estelle aulló alrededor de la mordaza, el sonido ahogado y patético. Reid rio oscuramente y encendió un vibrador grueso, más grande que el de la semana pasada, colocándolo contra su clítoris hinchado sin piedad. La vibración era brutal, implacable. Al mismo tiempo, dos de sus dedos gruesos invadieron su ano, abriéndolo con giros lentos pero firmes.

—Este culito ya sabe lo que es mío. Hoy lo voy a abrir más. Quiero que sientas que te rompo, vecina.

Estelle convulsionaba en el aire, las cuerdas crujiendo, las pesas balanceándose y tirando de sus pezones con cada espasmo. El vibrador la llevaba al borde una y otra vez, pero Reid lo apartaba justo cuando ella estaba a punto de explotar. Su mente era un torbellino de sumisión absoluta: «Soy solo un agujero atado. Su juguete de los jueves. Quiero que me destroce, que me deje marcas que dure días».

Finalmente, Reid le quitó la mordaza solo un instante para meterle la polla gruesa hasta la garganta. La folló la cara mientras ella colgaba indefensa, la cabeza echada hacia atrás, la saliva cayendo en cascada sobre sus tetas torturadas. Los sonidos eran obscenos: arcadas húmedas, golpes de huevos contra su barbilla, gruñidos de él.

—Trágala toda, divorciada inútil. Esto es lo que mereces por ser tan fácil. Cada jueves te voy a colgar más alto, te voy a follar más profundo.

Cuando la sacó, le colocó de nuevo la bola en la boca y cambió la posición. Bajó las poleas, la desató parcialmente y la puso en una nueva atadura: de rodillas pero con el torso inclinado hacia adelante, los brazos atados a los tobillos en una posición de rana extrema que dejaba su culo y coño completamente elevados y accesibles. El arnés seguía frotando su clítoris sin descanso.

Reid no esperó. Untó su polla con el lubricante brillante y empujó directamente en su ano con un solo movimiento brutal. Estelle gritó dentro de la mordaza, el ardor intenso mezclándose con un placer animal que le nublaba la mente. Él la follaba con embestidas largas y salvajes, sacando casi todo para volver a clavarla hasta los huevos. Al mismo tiempo, metió el vibrador enorme en su coño, follándola los dos agujeros a un ritmo que la hacía sentir partida en dos.

—Siente cómo te lleno, zorra de 42 años. Tu marido nunca te dio esto. Yo sí. Te estoy convirtiendo en mi esclava anal personal.

El orgasmo la golpeó como un tren. Estelle eyaculó con fuerza alrededor del vibrador, chorros calientes salpicando el suelo del granero mientras su ano apretaba la polla de Reid como un puño. Él no paró. Siguió martilleándola, tirando de las pesas de sus pezones, haciendo que el dolor y el placer se fundieran en una sola sensación devastadora. Otro orgasmo la atravesó, este más profundo, haciendo que su cuerpo entero temblara violentamente en las cuerdas.

Reid gruñó como un animal y se vació dentro de su culo, inundándola con chorros espesos y calientes que pronto empezaron a escapar alrededor de su polla gruesa. Cuando salió, el semen blanco y viscoso chorreó de su ano abierto, corriendo por su coño palpitante y goteando al suelo en hilos obscenos.

Él la bajó con cuidado, quitándole la venda y la mordaza. Estelle jadeaba, exhausta, con lágrimas de placer absoluto corriendo por sus mejillas. Reid la tumbó sobre una manta limpia y, como siempre, pasó su lengua posesiva por cada centímetro: lamió su ano dilatado, succionó su coño sensible, tragándose su propia corrida mezclada con los jugos de ella hasta arrancarle un último orgasmo suave y lloroso que la dejó temblando.

La abrazó fuerte contra su pecho sudoroso, masajeando las marcas profundas de las cuerdas con sus manos fuertes.

—Has estado perfecta, mi puta. Pero la próxima semana voy a llevarte más lejos. Traeré cuerdas japonesas, una máquina de folladas y un collar con tu nombre grabado. Quiero que pases toda la tarde aquí, atada, usada y rota hasta que solo puedas pensar en volver. Dime que lo deseas.

Estelle, con la voz ronca y el cuerpo latiendo de delicioso dolor, solo pudo susurrar contra su piel:

—Lo deseo… más que nada. Quiero que me destruyas del todo, Reid.

La anticipación ya le retorcía las entrañas con una fuerza nueva, más oscura, más adictiva. Sabía que el jueves siguiente sería el punto sin retorno, y esa certeza la hacía palpitar de nuevo entre las piernas a pesar de lo exhausta que estaba.

El jueves siguiente, Estelle empujó la puerta del granero con las manos temblorosas de pura anticipación. La divorciada de 42 años ya no llevaba nada debajo del abrigo ligero; sus tetas pesadas y su coño afeitado quedaban expuestos al instante en cuanto la prenda cayó al suelo de tierra. Reid, su vecino dominante de 38 años, la esperaba de pie junto a la estructura de poleas reforzada. Las cuerdas japonesas rojas colgaban como serpientes listas para morder, la máquina de folladas relucía con su dildo negro y venoso montado en el pistón, y sobre el banco destacaba un collar de cuero grueso con una placa metálica que rezaba “ESCLAVA ANAL DE REID”.

—Gatea, puta de 42 años —ordenó él con esa voz baja que le aflojaba las rodillas—. Muéstrame cómo se te abre el culo solo de oler el cuero.

Estelle cayó a cuatro patas de inmediato, el culo carnoso en alto, sintiendo cómo sus labios hinchados se separaban con cada movimiento. El heno le raspaba las rodillas y las palmas, pero ese dolor menor solo hacía que su clítoris palpitara más fuerte. «He esperado siete días para que me destruya… ya no soy la vecina respetable, soy su agujero semanal», pensó mientras avanzaba, dejando un hilo brillante de jugos que le bajaba por el muslo.

Reid le colocó el collar sin piedad, ajustando la hebilla hasta que el cuero mordió su cuello. La placa fría se posó entre sus clavículas.

—Ahora eres mía de verdad, divorciada. Este collar no se quita hasta que yo lo diga. Di tu palabra de seguridad si llega a ser demasiado.

—Rojo… pero no la voy a usar —susurró ella con la voz ya ronca—. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar derecho.

Él empezó con las cuerdas japonesas. Primero le rodeó los pechos con precisión cruel, apretando cada vuelta hasta que sus tetas grandes se hincharon como globos rojos y brillantes, los pezones hinchados y morados asomando entre los nudos. Estelle gemía con cada tirón; el ardor era exquisito, como si sus tetas fueran a reventar. Reid pasó las cuerdas por su espalda en un arnés intrincado, uniendo sus brazos en un strappado estricto que le arqueaba la columna y le obligaba a empujar el culo hacia afuera. Luego le dobló las piernas en posición de rana, atando cada muslo grueso contra la pantorrilla con nudos que no dejaban espacio ni para un dedo. La izó con la polea hasta que solo las puntas de sus pies tocaban el suelo, el peso de su cuerpo haciendo que las cuerdas se clavaran más profundo en su carne madura.

—Joder, mírate —gruñó Reid, pasando la mano por el coño expuesto que ya chorreaba sin control—. Cuarenta y dos años, tetas atadas como dos melones listos para ordeñar, culo abierto y ese coño de divorciada goteando como una fuente. ¿Esto es lo que querías cuando huiste de tu matrimonio aburrido?

Estelle solo pudo gemir, babeando por la comisura de los labios. El collar le apretaba la garganta cada vez que tragaba, recordándole su nueva condición. Reid colocó la máquina de folladas justo debajo de ella. Ajustó la altura hasta que la gruesa cabeza del dildo negro besó su entrada empapada. Encendió el aparato en velocidad media. El pistón empezó a empujar, abriéndola centímetro a centímetro con cada embestida mecánica. El sonido húmedo y obsceno de su coño tragando el juguete llenó el granero.

—Fóllame más rápido… por favor —suplicó alrededor de su propia saliva.

Reid rio oscuramente y subió la velocidad. El aparato la martilleaba ahora sin descanso, el dildo grueso entrando y saliendo de su coño con golpes brutales que hacían temblar sus tetas atadas. Las pesas que él acababa de colgar de sus pezones se balanceaban violentamente, estirando sus tetillas hasta el límite. Estelle gritaba con cada impacto, el placer subiendo como una ola que amenazaba con ahogarla.

Él no se quedó quieto. Se colocó frente a su cara, abrió sus pantalones y metió su polla gruesa y venosa directamente en su garganta. La folló la boca con el mismo ritmo salvaje de la máquina, sujetándola del collar como si fueran riendas. Sus huevos golpeaban contra la barbilla de ella mientras la saliva espesa le caía en cascadas sobre las tetas hinchadas.

—Trágala toda, esclava. Siente cómo te follan los dos agujeros a la vez. Tu coño pertenece a una máquina y tu garganta a tu vecino. Esto es lo que eres ahora: un pedazo de carne atada que solo sirve para correrse los jueves.

El orgasmo la golpeó tan fuerte que eyaculó alrededor del dildo, chorros calientes salpicando el suelo del granero mientras su ano se contraía en el aire vacío. Reid no detuvo ni la máquina ni su polla. Siguió follándole la cara hasta que las arcadas le llenaron los ojos de lágrimas, luego se retiró, babeando hilos gruesos desde sus labios hasta el suelo.

Cambió de posición. Apagó la máquina solo un segundo, untó su propia polla con lubricante y la clavó de un solo golpe brutal en el culo abierto de Estelle. El ardor fue inmediato y delicioso. Al mismo tiempo volvió a encender el aparato, que ahora penetraba su coño sin piedad mientras él le reventaba el ano con embestidas profundas y salvajes.

—¡Me estás partiendo en dos! —gritó ella, la voz rota por el collar y el placer—. ¡Más fuerte, Reid! ¡Rómpeme el culo como la puta de 42 años que soy!

Las cuerdas japonesas crujían con cada embestida. El sudor le corría por la espalda, mezclándose con los jugos que no dejaban de brotar. Reid tiraba del collar hacia atrás, arqueándola más, mientras la máquina seguía follándola sin alma ni piedad. Estelle se corrió otra vez, y luego otra, hasta que los orgasmos se solaparon en una sola marea continua que le dejó la mente en blanco. Su ano apretaba la polla de Reid como un puño caliente, ordeñándolo.

—Voy a llenarte el culo hasta que te chorree durante días —gruñó él, acelerando hasta que sus caderas chocaban con violencia contra su carne marcada.

Con un rugido animal, Reid se vació dentro de ella. Chorros espesos y calientes inundaron su intestino, tanto que el semen blanco empezó a escapar alrededor de su polla gruesa y a correr por su coño todavía empalado por la máquina. Solo cuando terminó de vaciarse apagó el aparato y la bajó lentamente.

La desató con cuidado metódico, deshaciendo cada nudo japonés mientras masajeaba las marcas profundas y rojas que cruzaban su piel. Estelle se derrumbó sobre la manta que él había preparado, temblando sin control. Reid se arrodilló entre sus piernas abiertas y, como cada jueves, pasó su lengua posesiva por todo: lamió el semen que salía a borbotones de su ano dilatado, succionó su coño hinchado y sensible, tragándose su propia corrida mezclada con los jugos de ella hasta arrancarle un último orgasmo suave y lloroso que la dejó completamente rota.

La abrazó contra su pecho sudoroso, acariciándole el pelo húmedo y besándole la frente con una ternura que contrastaba con la brutalidad anterior.

—Has sido perfecta, mi esclava. Cada jueves te voy a destruir un poco más.

Estelle, aún palpitando entre las piernas y con el culo lleno de semen, ya estaba tramando en silencio el próximo encuentro. Quería pedirle que la atara completamente afuera, contra el poste del corral donde cualquiera que pasara por el camino pudiera oírla gritar. Fantaseaba con que trajera cera caliente para verterla sobre sus tetas atadas mientras la máquina la follaba sin parar, y con pasar toda la noche colgada, durmiendo en las cuerdas con un plug enorme manteniéndola abierta para el viernes. Su mente sumisa ya diseñaba la forma de rogarle que la marcara de verdad, quizás con un tatuaje pequeño que dijera “Propiedad de Reid” justo encima de su coño. Sabía que el siguiente jueves sería el momento de confesarle sus nuevos deseos más oscuros. La anticipación ya le retorcía las entrañas otra vez, más adictiva y sucia que nunca.

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged bondage spanking rough-sex deepthroat creampie

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.