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Su Mirada Ardiente Mientras Escalaba Sobre Otro

Su mirada ardiente mientras escalaba sobre Lorenzo: Monica, la caliente esposa de 32 años, folla sin piedad al amigo de su marido delante de él.

14 min read October 11, 2026New

Monica llevaba ya un rato sentada a horcajadas sobre los muslos de Franklin, el vestido negro subido hasta media cadera, cuando sintió de nuevo aquella mirada. No era la primera vez aquella noche; Lorenzo no disimulaba. Treinta y ocho años, traje oscuro sin corbata, la camisa abierta en el cuello, el empresario apoyaba el codo en la barandilla del salón privado y la devoraba con los ojos como si ella fuera el único plato de la fiesta. Franklin, treinta y cinco, notó el cambio en el cuerpo de su mujer al instante. Monica tenía treinta y dos y llevaba años compartiendo esa electricidad con él: el acuerdo era claro, mutuo, hablado mil veces entre sábanas y copas. Que otro hombre la quisiera delante de su marido no solo estaba permitido; era el combustible que ambos buscaban.

—Míralo —susurró Franklin contra la oreja de ella, la voz baja, ronca de vino y de deseo contenido—. No te quita ojo. Me encanta cómo te come con la mirada.

Monica sintió el calor subirle por el pecho. Se removió un poco sobre las piernas de Franklin, notando ya la dureza creciente bajo la tela del pantalón de él. Giró ligeramente la cabeza hacia Lorenzo y le sostuvo la mirada. No sonrió de forma educada; sonrió de la otra manera, la que dejaba claro que sabía exactamente lo que provocaba. Lorenzo no apartó la vista. Bebió un trago lento de su copa y dio un paso más cerca, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto más denso.

La fiesta seguía a su alrededor—música baja, risas, el tintineo de cristales—pero el círculo pequeño que formaban los tres ya era otra habitación. Franklin pasó una mano por la cintura de Monica, subiendo despacio hasta rozar el costado de su pecho, un gesto posesivo y al mismo tiempo una invitación abierta.

—Ve —murmuró—. Quiero verte coquetear. Quiero ver cómo se le pone la polla de solo mirarte.

Monica se inclinó hacia atrás, apoyando la espalda contra el pecho de su marido, y dejó que una de sus manos bajara por el muslo de Franklin, un caricia lenta, deliberada, mientras sus ojos seguían fijos en Lorenzo. Luego se levantó con elegancia, el vestido cayendo otra vez sobre sus curvas, y caminó hacia el otro hombre. No había prisa falsa; cada paso era un anuncio.

—Lorenzo —dijo ella, la voz ronca—. Parece que te aburre la conversación de los demás.

Él sonrió de medio lado, esa sonrisa de hombre que sabe lo que quiere y ha recibido permiso silencioso para tomarlo.

—La conversación de los demás no tiene tus piernas ni esa boca —respondió sin bajar la voz—. Franklin tiene suerte. Y yo, si me dejas, pienso aprovecharla esta noche.

Monica sintió un calambrazo entre las piernas. Se acercó más, lo suficiente para que el perfume de él—caro, seco, masculino—le llegara a la garganta. Rozó el pecho de Lorenzo con el suyo al pasar de largo, un contacto breve y eléctrico, y luego se detuvo a su lado, de espaldas casi a la sala, de frente al rincón donde Franklin seguía sentado, observando con las piernas abiertas y una mano descansando sobre su propia erección a través de la tela.

—Mi marido dice que le encanta verte desearme —confesó Monica, sin vergüenza, casi divertida—. Y a mí… a mí me pone empapada saber que él te mira mientras tú me miras a mí.

Lorenzo soltó un sonido bajo, casi un gruñido. Su mano subió y tocó la cadera de ella, los dedos firmes, pidiendo sin exigir. Monica no se apartó. Al contrario: se pegó un poco más, rozando el muslo de él con el suyo, dejando que el pecho le rozara el brazo. Franklin, desde el sillón, asintió una sola vez, lento, los ojos oscuros de excitación.

—Subid —dijo Franklin, claro, para que los dos lo oyeran—. La habitación de al lado está libre. Yo voy con vosotros. Quiero verlo todo. Y quiero oírte, Monica. Quiero oír cómo le pides lo que te gusta.

No hubo discusión. La tensión ya no cabía en el salón. Monica tomó la mano de Lorenzo—caliente, grande—y tiró de él hacia el pasillo corto. Franklin se levantó detrás, sin prisa, con esa sonrisa de hombre que está a punto de recibir su espectáculo favorito. La puerta de la habitación contigua se cerró a sus espaldas con un clic suave. Dentro había poca luz: una lámpara de mesa, un sofá ancho, un sillón de cuero frente a la cama matrimonial que nadie iba a usar para dormir.

Monica no esperó. En cuanto estuvieron a solas, se giró hacia Lorenzo, lo agarró por la camisa y lo besó con hambre. Boca abierta, lengua exigente, un gemido ahogado contra los labios de él. Mientras lo besaba, abrió los ojos y buscó a Franklin. Su marido ya se había acomodado en el sillón, las piernas abiertas, desabrochándose el pantalón con calma, sacando la polla gruesa y dura para acariciársela despacio, sin prisa, como quien disfruta del primer acto.

—Así —ronroneó Franklin, la voz espesa—. Bésalo fuerte. Quiero ver cómo le chupas la lengua sabiendo que yo te estoy mirando. Dile lo puta que estás por él esta noche.

Monica se separó un segundo del beso, la respiración agitada, los labios húmedos, y miró a Lorenzo a los ojos mientras hablaba alto, para que Franklin lo oyera todo.

—Estoy empapada —admitió sin filtro—. Llevo rato frotándome contra mi marido imaginando tu polla. Y ahora que te tengo aquí… quiero que me uses delante de él. Quiero que me toques.

Lorenzo no necesitaba más invitación. Sus manos bajaron a las caderas de Monica, la levantaron un poco y la giraron hasta sentarla sobre el borde de la cama, de pie él entre sus rodillas. Le subió el vestido hasta la cintura. Debajo no llevaba bragas; solo el calor húmedo de su coño afeitado, ya brillante. Lorenzo soltó un tacos bajo y pasó dos dedos por los labios hinchados, recogiendo la humedad, y se los llevó a la boca para saborearla mientras miraba a Franklin.

—Tu mujer sabe a ganas de follar —dijo Lorenzo, directo, sin adornos—. Está chorreando.

—Porque le encanta que la miren —respondió Franklin, masturbándose con movimientos lentos, el pulgar extendiendo una gota de precum por el glande—. Móntale los dedos. Quiero ver cómo se le pone la cara.

Monica abrió más las piernas, apoyando los tacones en el borde del colchón, y miró a su marido mientras Lorenzo le metía primero un dedo, luego dos, curvándolos hacia dentro con precisión. Ella jadeó, la espalda arqueada, y no apartó la vista de Franklin.

—Así… joder, sí —gimió—. Me los está metiendo hondos. Se nota que sabe follar con los dedos. Franklin… me está mirando la cara mientras me abre. Me encanta. Me encanta que me veas así.

Franklin apretó la base de su polla, conteniéndose.

—Háblale sucio. Dile lo que quieres que te haga cuando te monte.

Monica agarró la correa del pantalón de Lorenzo y lo acercó más, los dedos de él todavía moviéndose dentro de ella, el pulgar frotándole el clítoris hinchado en círculos lentos y crueles.

—Quiero tu polla —dijo ella, mirando a Lorenzo pero hablando también para Franklin—. Quiero que me la metas entera delante de mi marido. Que me folle sin piedad. Que me agarres del pelo y me uses mientras él se corre mirándonos. Quiero oírte gemir mi nombre y quiero oír a Franklin decirme qué puta tan buena soy por abrirte las piernas.

Lorenzo se sacó la polla con la mano libre: gruesa, venosa, ya dura como piedra, la cabeza brillante. La rozó contra el muslo interno de Monica, pintándole un rastro brillante de precum, sin entrar todavía. Ella se estremeció y miró otra vez a Franklin, los ojos vidriosos de excitación.

—Mírala —ordenó Franklin, la voz rota de deseo—. Mírala cómo tiembla solo de sentirla en la piel. Monica, muéstrame cómo le pides la polla. Ábrete con los dedos y guíalo.

Ella obedeció al instante. Separó los labios de su coño con dos dedos y empujó las caderas hacia adelante, ofreciéndose. Lorenzo apoyó la cabeza de su miembro justo en la entrada húmeda y se detuvo allí, disfrutando del temblor de ella, del modo en que Monica miraba a su marido pidiendo permiso con la mirada aunque el permiso ya estaba dado hace años.

—Entra —susurró Franklin desde el sillón, acariciándose más rápido ahora—. Métela. Quiero ver cómo se le abre el coño alrededor de tu polla. Quiero oír el sonido cuando la empujes hasta el fondo.

Lorenzo empujó despacio al principio, solo la cabeza, y Monica soltó un gemido largo, abierto, sin vergüenza. Luego, de un solo movimiento firme, se enterró hasta las pelotas. El golpe húmedo resonó en la habitación. Monica arqueó la espalda y agarró las sábanas, la boca abierta, los ojos fijos en Franklin mientras el amigo de su marido la llenaba por completo.

—Joder… está enorme —gimió ella, la voz hecha trizas—. Se me nota toda. Franklin… míralo. Mírame cómo me la como con el coño. No para. No pares, Lorenzo. Fóllame. Fóllame fuerte mientras mi marido nos ve.

Lorenzo agarró las caderas de Monica con ambas manos y empezó a moverse de verdad: embestidas profundas, secas al principio y luego cada vez más resbaladizas por lo mojada que estaba ella. Cada embestida hacía rebotar los pechos de Monica dentro del vestido. Franklin se corría casi de solo mirar, pero se contuvo, respirando por la boca, la mano subiendo y bajando por su propia longitud al ritmo de las embestidas del otro.

—Más fuerte —exigió Franklin—. Agárrala del pelo. Quiero verle la cara de puta satisfecha. Monica, dile lo mucho que te gusta que te folle delante de mí.

Lorenzo enredó los dedos en el cabello de Monica, tiró hacia atrás con firmeza justo lo suficiente para archerearle el cuello, y aceleró el ritmo. El sonido de piel contra piel llenó la habitación: húmedo, obsceno, constante. Monica gemía sin parar, palabras rotas entre embestida y embestida.

—Sí… así… me estás destrozando el coño… Franklin, no dejes de mirar… se me está corriendo el jugo por el culo… me va a hacer correrme solo de follarme así… Lorenzo, más hondo, fóllame como si no hubiera mañana mientras mi marido se la toca por nosotras…

Lorenzo se inclinó y le mordió el cuello, sin dejar de embestir, y Monica abrió más las piernas, casi doblada sobre la cama, ofreciendo todo. Franklin se levantó del sillón por un momento, se acercó lo justo para poder ver de cerca el punto exacto donde la polla gruesa de Lorenzo entraba y salía del coño hinchado y brillante de su mujer, y escupió un tacos de pura admiración.

—Qué vista tan jodidamente perfecta —dijo, volviendo al sillón, masturbándose con más urgencia—. No pares. Quiero que la corras al menos una vez antes de correrte tú. Monica, córrete en su polla. Quiero ver cómo se te pone la cara cuando te vengas sabiendo que yo te estoy viendo follada por otro.

La tensión no bajaba; al contrario, subía con cada embestida. Monica ya temblaba al borde, el vientre contraído, los muslos sacudidos. Lorenzo no aflojaba el ritmo ni la mirada. Franklin no se corría todavía: se guardaba, participando con la voz, con los ojos, con la promesa de que la noche apenas empezaba y de que todavía quedaba mucho por hacer, por decir, por sucio que probar delante del otro. La cama crujía. El aire olía a sexo. Y Monica, montada en aquella polla ajena mientras su marido la miraba como al mejor espectáculo del mundo, solo podía pensar en lo mucho más que todavía quería.

Lorenzo no aflojó el ritmo. Cada embestida hacía que el coño de Monica se aferrara a su polla con fuerza, el jugo resbalando por sus muslos y manchando las sábanas. Franklin seguía en el sillón, la mano subiendo y bajando por su propia verga, los ojos clavados en el punto exacto donde el amigo se hundía hasta el fondo. Monica temblaba al borde, el vientre contraído, cuando Lorenzo se detuvo de golpe, se salió con un sonido húmedo y obsceno y la miró con esa sonrisa depredadora.

—De rodillas —ordenó, la voz ronca—. Quiero tu boca antes de volverte a reventar.

Ella no dudó. Se deslizó al suelo, las rodillas abiertas sobre la alfombra, el vestido todavía subido a la cintura, los pechos saliéndose del escote. Agarró la polla gruesa y brillante de saliva y de su propio jugo, la acercó a los labios y la engulló de un solo movimiento, la cabeza rozándole la garganta. Chupó con ansia, las mejillas hundidas, la lengua trabajando la vena gruesa de la parte de abajo mientras miraba fijamente a Franklin. Los ojos de su marido se oscurecieron todavía más; se masturbaba más rápido, el glande hinchado y goteando.

—Joder, Monica… —gimió Franklin—. Mírala chupar. Se la traga entera. Qué puta tan perfecta eres, cariño. Dile lo que sientes.

Monica se separó un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza morada de Lorenzo, y habló con la voz hecha un hilo ronco, sin dejar de mirar a su marido:

—Me encanta el sabor de mi coño en tu polla, Lorenzo. Me encanta que Franklin te vea usarme la boca. Estoy empapada otra vez solo de chupártela delante de él.

Volvió a engullirla, esta vez más profundo, hasta que las bolas le golpearon la barbilla. Lorenzo le agarró el pelo y embistió la cara con movimientos cortos y firmes, gemidos bajos escapándosele. Monica se atragantó un poco, las lágrimas de esfuerzo brillándole en las pestañas, pero no se apartó; al contrario, metió dos dedos en su propio coño y se frotó el clítoris hinchado mientras chupaba, el sonido obsceno de garganta mojada llenando la habitación.

Franklin se levantó, se acercó y le acarició el cabello a su mujer mientras ella se ahogaba en la polla ajena.

—Así, mi amor. Chúpale bien. Quiero que salga de tu boca y te la meta otra vez hasta el fondo. Te ves tan puta… tan mía y tan de él al mismo tiempo.

Cuando Lorenzo no aguantó más, la tiró hacia arriba y la empujó sobre la cama. Monica se subió a horcajadas de inmediato, se colocó encima de él, tomó la polla con una mano y se la hundió de un solo descenso. El grito que soltó fue largo, abierto, de pura necesidad. Empezó a cabalgarlo con fuerza, las caderas subiendo y bajando con violencia, el coño tragándosela entera cada vez. Los pechos rebotaban fuera del vestido; se los agarró ella misma y se los ofreció a Lorenzo mientras miraba a Franklin y gemía sin filtro:

—Mírame cómo me folla tu amigo, cariño. Mírame montarlo. Se me está abriendo todo. Me está llegando tan hondo… joder, Franklin, tu amigo me está destrozando el coño y me encanta. Dime que te gusta. Dime que te pone ver a tu esposa follándose a otro como una perra en celo.

Franklin se había sentado otra vez, la polla en la mano, masturbándose al ritmo de los rebotes de ella.

—Me pone de puta madre, Monica. Te ves increíble. Más fuerte. Hazlo reventar. Quiero oír cómo te corre el jugo por los huevos.

Ella aceleró, las nalgas golpeando los muslos de Lorenzo, el sonido húmedo y constante. Se inclinó hacia adelante, las manos en el pecho de él, y movió las caderas en círculos sucios, el clítoris rozándole el pubis. El orgasmo la alcanzó de repente: el cuerpo se le arqueó, el coño se le cerró en espasmos alrededor de la polla gruesa y gritó el nombre de los dos mientras se corría, el jugo salpicando.

Lorenzo no la dejó recuperarse. La volteó de un solo movimiento, la puso en cuatro sobre la cama, le agarró las caderas y se la volvió a meter de un embiste seco y profundo. Monica gritó otra vez, la cara contra las sábanas, el culo en alto. Él la folló duro por detrás, las bolas golpeándole el clítoris, una mano en su nuca empujándola hacia abajo. Franklin se acercó más, se arrodilló al lado de la cama para ver de cerca cómo la polla entraba y salía del coño rojo e hinchado de su mujer, y se masturbaba con fuerza mientras hablaba:

—Mira qué puta se ve mi esposa. Con el culo abierto, goteando, recibiendo esa polla como si naciera para eso. Eres una zorra, Monica. Mi zorra favorita. Deja que te llene. Quiero ver cómo te corre dentro.

—Sí… fóllame más duro… lléname… quiero sentir cómo me llenas delante de él —gimió ella, empujando el culo hacia atrás para encontrarse cada embestida—. Franklin, mírame. Mírame cómo me la como entera. Me va a hacer correrme otra vez solo de oírte decirme puta…

Lorenzo gruñó, aceleró hasta un ritmo brutal, las manos marcándole moretones en las caderas, y de repente se enterró hasta el fondo y se corrió. La creampie fue intensa: chorros calientes y gruesos bombeando dentro del coño de Monica, llenándola hasta que el semen empezó a salir por los lados, blanco y espeso, resbalando por sus labios hinchados y cayendo en hilos sobre las sábanas. Ella se corrió otra vez al sentirlo, el cuerpo sacudido por espasmos, el coño exprimiéndole hasta la última gota.

Cuando Lorenzo se salió, un chorro espeso de semen le siguió y goteó por los muslos internos de Monica. Ella se quedó temblando a cuatro patas un segundo, jadeando, antes de girarse y buscar a Franklin. Se arrastró hacia él, todavía con las piernas abiertas y el semen corriendo, y lo besó con una pasión casi desesperada: lengua, dientes, gemidos ahogados, el sabor de Lorenzo todavía en su boca mezclándose con el de su marido. Franklin la abrazó, le acarició la espalda sudada mientras el semen ajeno le manchaba los muslos y le goteaba hasta las rodillas.

—Te quiero tanto por permitirme esto —le susurró ella contra los labios, la voz rota, temblando todavía—. Te amo, Franklin. Por mirarme, por dejármelo, por gozar conmigo. Eres lo mejor que me ha pasado.

Los tres se quedaron un rato en silencio, el aire denso a sexo y sudor. Luego Monica se levantó con las piernas torpes, fue hasta la mesita donde había una botella de vino tinto y tres copas, y sirvió sin molestarse en taparse. Se quedaron desnudos en la cama y el sillón: Lorenzo recostado contra el cabecero, la polla aún semi dura y brillante de semen y jugos; Franklin con Monica acurrucada entre sus piernas, el semen de otro hombre secándosele en la piel; ella bebiendo un trago largo y pasando la copa.

—La próxima vez que vengas —dijo Monica mirando a Lorenzo, la voz ya más calmada pero todavía ronca—, quiero que me folles otra vez delante de él. Quizá en el sofá del salón mientras hay gente en la otra habitación. O que me hagas chupártela bajo la mesa en una cena. Franklin, ¿te gustaría?

Franklin besó su hombro y asintió, sonriendo.

—Claro que sí. Quiero verlo todo otra vez. Cada gemido, cada creampie. Eres mía y me encanta prestarte.

Hablaron un rato más, planeando detalles sucios, riendo bajito, tocando piel sudada, bebiendo. El vino bajaba fácil. El calor del momento todavía flotaba.

Pero cuando el silencio se instaló de nuevo y Lorenzo se levantó a recoger la ropa, Monica notó algo raro en el pecho. Una punzada pequeña, fría. Miró a Franklin mientras él se abrochaba el pantalón con esa misma sonrisa satisfecha de siempre, y de pronto la idea de la próxima vez no le calentó igual. Se limpió el semen de los muslos con un pañuelo y se preguntó, sin decirlo en voz alta, si la mirada de su marido había cambiado un milímetro esta noche… o si era ella la que, por un segundo absurdo, se había sentido demasiado llena de otro y demasiado vacía de él. El arrepentimiento no era grande; era solo una sombra. Pero estaba ahí, quieta, mientras brindaban otra vez y ella sonreía por fuera.

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