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Lluvia Imprevista: Mi Mejor Amiga se Abre en la Tienda

Salida: Dos amigas adultas, Carla y Laura, cierran la tienda de ropa una noche de tormenta y acaban follando analmente con arnés sobre el mostrador.

10 min read October 13, 2026New

La tormenta había empezado justo cuando Laura, de veintiocho años y cajera habitual de la pequeña tienda de ropa del barrio, y Carla, su mejor amiga de veintiséis, dependienta atrevida y carcajada fácil, cerraban la persiana. El agua caía a cántaros y, al correr las últimas diez manzanas para llegar al local, las dos acabaron empapadas como dos trapos. El trueno retumbó y de pronto se fue la luz. Oscuridad total, solo el ruido de la lluvia golpeando el escaparate y las risas nerviosas de las dos.

—Joder, Laura, estoy empapada hasta el alma —dijo Carla, y sin más se quitó la blusa pegada al cuerpo, riéndose. La luz de emergencia del fondo daba un resplandor débil y azul. Su tanga negra se le transparentaba y se le pegaba al coño.—. Mira, hasta la tanga está mojada. Si alguien entra ahora piensa que me he meado de la risa.

Laura no pudo evitar mirarle el culo redondo, firme, que se marcaba perfecto bajo la falda corta empapada. Se le escapó una carcajada y confesó, sin filtro:

—Hostia, Carla… siempre he fantaseado con ese culo tuyo. En serio. Cada vez que te agachas a recoger una caja me quedo babosa. Qué vergüenza, pero es verdad.

Carla se giró, todavía riéndose, el pelo chorreando sobre los hombros, las tetas libres bajo el sujetador transparente.

—¿En serio? Pues si tanto te gusta mi culo, tonta, tócalo. Anda, no te cortes. Estamos solas, sin luz y empapadas. ¿Qué más da?

Laura se acercó. Las manos le temblaban un poco de ganas y de risa. Aceptó el reto y le posó las palmas en los glúteos, apretando, separándolos un poco. Carla soltó un “mmm” exagerado y se le echó encima. Se besaron con hambre, lenguas torpes y dientes chocando, las dos riéndose entre el beso porque el agua les goteaba de la punta de la nariz.

—Además —susurró Carla contra la boca de Laura, mordiéndole el labio—, yo también quiero que me folles por atrás. Llevo meses imaginándome que me abres el culo con algo gordo y me dejas temblando. ¿Te atreves, cajera pervertida?

La excitación les subió de golpe. Entre carcajadas y “hostia qué guarras somos” se bajaron las bragas. La tanga de Carla cayó al suelo mojado con un plop ridículo; las bragas de Laura se le enredaron en un tobillo y casi se cae, lo que las hizo reír más. Se acariciaron sin prisa y sin vergüenza: dedos resbaladizos por el coño, pellizcos en los pezones, nalgadas juguetonas que resonaban en la tienda oscura.

Carla se inclinó sobre el mostrador de madera, abriendo las piernas y ofreciendo el culo redondo, brillante por la lluvia y el deseo. Laura se arrodilló detrás, las rodillas en el suelo frío, y le abrió los glúteos con las manos. La lengua se le fue directa al ano, lamiendo con avidez, rodeando el agujero apretado, empujando la punta mientras Carla gemía y se reía a la vez.

—Joder, Laura, me comes el culo como si fuera el postre del día… aaah, sí, más lengua, puta mía.

Laura le metió dos dedos en el coño empapado, curvándolos, frotando el punto que hacía a Carla levantar los talones. El sabor, el olor, el calor… todo le subía a la cabeza. Sacó los dedos, se chupó la saliva y el jugo, y buscó a tientas el arnés que guardaban “por si acaso” en el cajón de los extras de la tienda (regalo de broma de una feria erotica que nunca habían usado). Se lo ajustó a la cadera, el consolador mediano de silicona ya duro y listo. Escupió generosamente sobre la polla de goma, la lubrica con saliva y con más saliva del culo de Carla, y se colocó detrás.

—Voy a metértela despacito, ¿vale? Si te duele me dices y paramos, joder.

—Mira qué delicada… métela ya, que me muero de ganas —respondió Carla, riéndose y abriéndose más con las manos.

Laura empujó lento. La cabeza del dildo abrió el anillo apretado, centímetro a centímetro, hasta que el culo de Carla lo tragó entero. Las dos soltaron un “joder” al unísono. Empezó a follarla en posición perrito, embestidas profundas y cada vez más rápidas, las caderas chocando, el arnés crujiendo. Carla se masturbaba el clítoris con dedos rápidos, pidiendo más fuerte entre gemidos y carcajadas de placer:

—Más fuerte, Laura, reviéntame el culo… aaah, sí, así, puta, me encanta… ¡más!

El mostrador crujía. Laura le agarraba las caderas, le daba nalgadas sonoras y le hablaba sucio entre risas:

—Mira cómo se te abre el culo, Carla… qué puta más rica eres… te voy a dejar el agujero abierto y temblando.

Después cambiaron. Carla se giró, empujó a Laura hasta sentarla en el borde del mostrador y se montó a horcajadas, guiando el dildo otra vez hacia su ano. Se sentó de un golpe y empezó a cabalgarlo analmente, movimientos circulares y salvajes, subiendo y bajando, apretando el culo alrededor de la silicona mientras se tocaba el coño. Laura le sujetaba las tetas, le mordía los pezones, se reía y gemía al sentir cómo el arnés le rozaba el clítoris con cada vaivén.

—Hostia, qué rico… me lo voy a correr… me lo voy a correr por el culo… —Jadeaba Carla, los ojos entrecerrados, el pelo pegado a la cara.

El orgasmo anal la golpeó fuerte. Gritó, tembló de pies a cabeza, el culo contrayéndose en espasmos alrededor del dildo, el coño chorreando sobre el arnés y las piernas de Laura. Se quedó unos segundos temblando, riendo sin aliento, y luego se resbaló hacia abajo, se arrodilló frente a ella todavía riéndose y con las piernas flojas.

—Ahora te toca a ti, guarra. Que no te quedes con las ganas.

Con dedos torpes le quitó el arnés a Laura, se lo sacó de las caderas y lo dejó caer al suelo. Se acercó a su coño hinchado y mojado, le lamió un largo trazo desde abajo hasta el clítoris y abrió la boca para chupárselo con ganas, metiendo lengua y labios, una mano subiendo a apretarle un pecho. Laura echó la cabeza hacia atrás, las manos en el pelo mojado de Carla, y el placer le subió como una ola que aún no rompía del todo, dejándola al borde, jadeando y riéndose también, mientras fuera la tormenta seguía descargando y la luz de emergencia parpadeaba débil sobre sus cuerpos.

Carla no aflojó. Seguía con la boca abierta de par en par contra el coño hinchado de Laura, chupando el clítoris como si fuera un caramelo derretido por la lluvia. La lengua se le metía a empujones, lamiendo los labios hinchados, bebiéndose el jugo que le chorreaba por la barbilla y le caía al pecho. Laura se agarraba al borde del mostrador con los nudillos blancos, las piernas abiertas a la fuerza, el pelo empapado pegado a la cara y una risa entrecortada que se le escapaba cada dos gemidos.

—Joder, Carla… así no… me vas a matar de risa y de polla a la vez —jadeó Laura, empujando la cadera contra la boca de su amiga—. Más lengua, puta, que se me sube… aaah, sí, chúpame fuerte.

Carla se rio con la boca llena, el sonido vibró contra el clítoris y Laura casi se cae del mostrador. Los dedos de Carla se colaron debajo, dos entraron de golpe en el coño empapado y se curvaron buscando ese punto que hacía a Laura levantar el culo del borde. El pulgar se le escapó hacia atrás y le rozó el ano, solo un toque juguetón, y Laura soltó un grito que mezcló placer y carcajada.

—¡Hostia, el culo también! Eres una guarra sin frenos —dijo Laura, y se corrió de golpe. El orgasmo le subió desde el coño hasta la garganta: tembló entera, el coño apretando los dedos de Carla en espasmos rítmicos, el clítoris palpitando contra la lengua. Un chorrito le salió y le mojó la cara a Carla, que lo recibió riéndose y lamiendo sin parar hasta que Laura la apartó a empujones suaves, todavía convulsionando.

—Vale… vale… ya… me has dejado el cerebro hecho papilla —jadeó Laura, resoplando y riéndose a la vez. Se dejó caer hacia atrás sobre el mostrador, las tetas subiendo y bajando, el coño rojo y abierto, brillando bajo la luz de emergencia.

Carla se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se agachó a recoger el arnés del suelo mojado. El consolador todavía relucía de saliva y del corrimiento anterior. Se lo abrochó a las caderas ella misma, ajustando las correas con dedos torpes y una sonrisa de malaje.

—Mi turno de follarte el culo, cajera. Te lo has ganado a base de lengua. ¿Aguantas o te rajas como una cobarde?

—Métela ya, que me muero de ganas de sentirla por detrás —contestó Laura, girándose de culo sobre el mostrador, abriendo las nalgas con las dos manos y ofreciendo el agujero todavía apretado y brillante de saliva. El agua de la tormenta les seguía goteando del techo en algún sitio lejano, y cada gota les hacía reír más.

Carla escupió un buen chorro sobre el dildo y otro sobre el ano de Laura. Con dos dedos le abrió el anillo, despacio, revolviendo, y metió primero uno, luego dos, estirando hasta que Laura gimió y se rio al mismo tiempo.

—Relájate, tonta… que te lo voy a clavar entero y quiero que me lo agradezcas con gritos —dijo Carla, y sustituyó los dedos por la cabeza de silicona. Empujó lento. El agujero se abrió centímetro a centímetro, resistiendo un segundo y luego tragándola con un sonido húmedo y obsceno. Las dos soltaron un “joder” al unísono otra vez.

Laura apretó los dientes y el mostrador a la vez.

—Hostia qué gorda se nota… aaah, sí, más adentro, revienta me el culo de una puta vez.

Carla empezó a embestir. Primero corto y profundo, después más largo, las caderas chocando contra las nalgas redondas de Laura, el arnés crujiendo, el consolador entrando y saliendo brillante de jugos. Cada embestida hacía temblar el mostrador y sacudía las perchas cercanas. Carla le daba nalgadas sonoras entre risas, marcando la piel rosa, y le hablaba sucio sin filtro:

—Mira qué puta más rica eres, Laura… se te abre el culo como una flor de puticlub… te lo voy a dejar hecho un túnel… ¿te gusta que tu mejor amiga te folle el culo en la tienda, eh? Di que sí, guarra.

—¡Sí, me encanta, fóllame más fuerte! —gritó Laura, masturbándose el clítoris a toda pastilla con una mano mientras la otra se aferraba al borde—. Me voy a correr otra vez… por el culo… joder, Carla, más, más, ¡más!

Cambió de ritmo. Carla la agarró de las caderas y la embistió a fondo, rápido, salvaje, el sonido de carne mojada llenando la tienda oscura junto con los gemidos y las carcajadas. Laura se corrió de nuevo, esta vez más fuerte: el culo se le contrajo en espasmos locos alrededor del dildo, el coño chorreando por las piernas, un grito largo que se le quebró en risa histérica. Se quedó temblando, el culo aún palpitando, y Carla no paró hasta que los espasmos se suavizaron.

—Cambio de postura, que me duelen las rodillas de tanto follarte —dijo Carla, y sacó el dildo con un plop ridículo. Ambas rieron. Laura se giró, se sentó otra vez en el borde y abrió las piernas. Carla se colocó entre ellas, guió la polla de goma otra vez al ano de Laura y la empujó de un solo golpe hasta el fondo. Ahora follaba de cara a cara, más lento pero más profundo, mirándola a los ojos mientras le pellizcaba los pezones y le mordía el cuello.

Laura le rodeó la cintura con las piernas, se agarró a los hombros de Carla y se dejó follar. El arnés le rozaba el clítoris a cada vaivén y el placer le subía otra vez, absurdo, imposible, y las dos no paraban de reír entre gemidos porque el agua les goteaba de la punta de la nariz y porque estaban follándose el culo sobre el mostrador de la puta tienda de ropa del barrio como dos locas.

—Me corro… me lo voy a correr dentro de tu culo aunque sea de goma —jadeó Carla, acelerando. Se corrió temblando, el cuerpo entero sacudido, el clítoris frotándose contra la base del arnés, un grito ahogado contra el hombro de Laura. El orgasmo le duró casi un minuto de contracciones, y cuando aflojó se dejó caer encima de su amiga, las dos sudorosas, empapadas, riéndose sin aliento.

Sacó el dildo despacio. El culo de Laura quedó abierto un segundo, palpitando, y luego se cerró a medias. Carla se quitó el arnés con torpeza y lo dejó caer al suelo otra vez. Se besaron lentas, sucias, saboreándose la risa y el jugo y la lluvia. Se acariciaron un rato más sin prisa: dedos suaves por los pezones, caricias en el coño todavía sensible, nalgadas juguetonas que ya no dolían. Se limpiaron como pudieron con una camiseta seca que encontraron por ahí, se rieron del desastre de ropa mojada y del mostrador brillante de fluidos, y se abrazaron desnudas bajo la luz de emergencia mientras afuera la tormenta empezaba a amainar.

—Hostia, qué noche más imprevista —murmuró Laura contra el pelo mojado de Carla—. Si alguien nos hubiera visto…

—Que nos den —contestó Carla, todavía riéndose bajito—. Esto se repite cuando quieras, cajera pervertida.

Se vistieron a medias, torpes, todavía temblando de risa y de placer residual. Laura recogió el arnés, lo limpió a grandes rasgos y lo guardó otra vez en el cajón de los extras. Se miraron, se besaron una última vez y se prepararon para esperar a que volviera la luz o a que escampase del todo.

Mientras Laura buscaba las llaves del local entre risas y maldiciones suaves, Carla se quedó un segundo mirándola de reojo, el corazón todavía acelerado. Sonrió para sus adentros, un secreto calentito y travieso que no pensaba soltar aquella noche: llevaba tres meses escondiendo ese arnés exactamente en ese cajón, comprado a propósito después de una borrachera de confesiones, esperando justo una tormenta, un apagón y la confesión de Laura sobre su culo. Y había funcionado mejor de lo que jamás había fantaseado.

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