Azotea a Medianoche: Pillados Desnudos y Sin Vergüenza
Nadia se arrodilla desnuda en la azotea y se folla a dos machos delante de su cornudo marido.
La azotea del edificio de apartamentos olía a alquitrán recalentado y a brisa de verano cargada de humedad. Nadia subió los últimos peldaños desnuda, las tetas pesadas balanceándose a cada paso, los pezones ya duros por el roce del aire caliente. A sus veintiocho años su cuerpo era una provocación constante: caderas anchas, coño depilado que brillaba bajo la luz de la luna, culo redondo y firme que Wesley no podía dejar de mirar. Él iba detrás, también en pelotas, la polla semidura colgándole entre las piernas, sonrojado hasta las orejas aunque nadie los viera todavía. Habían decidido subir a tomar el fresco sin ropa, como otras noches, pero esta vez la excitación de Nadia era distinta, más espesa, más descarada.
—Relájate, cornudo mío —susurró ella sin mirarlo, apoyando las manos en la barandilla y abriendo las piernas lo justo para que la brisa le acariciara los labios del coño—. Hace un calor de cojones y quiero sentir el aire en toda la piel.
Wesley asintió, tragando saliva. A sus treinta años seguía siendo el marido sumiso que ella necesitaba: voyeur confeso, siempre al borde de la humillación, siempre incapaz de decir que no cuando su mujer se ponía así de puta. La azotea estaba en silencio salvo por el zumbido lejano del tráfico. Entonces se oyó el chirrido de la puerta metálica.
Desmond y Marcos subieron charlando en voz baja, dos vecinos del quinto, ambos de treinta y dos, cuerpos marcados por el gimnasio, camisetas sin mangas que dejaban ver brazos gruesos y pechos duros. Venían a fumarse un porro, como casi cada medianoche. Se detuvieron en seco al verlos. Los ojos de Desmond recorrieron primero las tetas de Nadia, luego el coño abierto, y por último la polla encogida de Wesley. Marcos soltó una risa baja, sucia.
—Joder… —dijo Desmond, sin apartar la vista—. Menuda bienvenida. ¿Siempre salís así de putos a la azotea o es solo para nosotros?
Nadia no se cubrió. Al contrario: se giró despacio, de frente, dejando que la luz de la luna le dibujara cada curva. Su coño se humedeció al instante. Notó cómo se le hinchaban los labios, cómo le bajaba un hilo de lubricante por el muslo interior. Wesley intentó taparse la polla con las manos, rojo de humillación, pero ella le apartó las muñecas con un gesto seco.
—No te tapes, cariño. Que te vean. —Su voz salió ronca, provocadora—. Perdonad, chicos. El calor… y yo siempre he sido una descarada. ¿Os molesta?
Marcos se pasó la lengua por los labios y se ajustó la entrepierna, donde ya se marcaba una polla gruesa.
—Molestar es poco. Esto es un puto regalo. Mírala, Desmond. Esa zorra está goteando y el maridito ni se mueve.
La tensión se espesó como el humo que Desmond empezó a liar con calma, sin dejar de mirar el cuerpo de Nadia. Ella se acercó un paso, pechos al aire, pezones erectos apuntándoles.
—Siempre he fantaseado con hombres como vosotros —admitió sin vergüenza, la mirada fija en los bultos que crecían dentro de los pantalones—. Más dominantes. Más grandes. Follarme delante de mi marido y que él se aguantara. Wesley… diles lo que te gusta. Diles la verdad.
Wesley balbuceó, la voz rota:
—M-me gusta… ver cómo me humillan. Cómo te la meten. Cómo te abren el coño que yo no lleno del todo. Joder, Nadia, estoy tan duro ahora mismo…
Nadia sonrió, satisfecha, y se arrodilló en el suelo caliente de la azotea sin que nadie se lo pidiera. El cemento le quemaba las rodillas. Estiró las manos y abrió los pantalones de Desmond primero, luego los de Marcos. Sacó las dos pollas a la vez: gruesas, venosas, ya goteando por la punta. Las olió, las lamió la base, y después se las metió en la boca una tras otra, chupando profundo, babas espesas cayéndole por la barbilla mientras miraba a Wesley a los ojos.
—Tócate —ordenó ella con la boca llena de polla, la voz pastosa—. Tócate la polla de cornudo y no me toques a mí. Solo míralo. Mira cómo les chupo las vergas superiores.
Wesley obedeció, la mano envuelta alrededor de su propia polla más delgada, masturbándose con vergüenza mientras veía a su mujer embestir la garganta contra la polla de Desmond. Nadia se ahogaba a propósito, babas por todas partes, los ojos llorosos de placer. Después se la pasaba a Marcos y le lamió los huevos, succionando uno y luego el otro, el sonido obsceno llenando la noche.
—Qué ricas están… —gimió ella—. Siempre quise dos pollas de verdad. Wesley, ¿ves cómo me babean la cara? Esto es lo que necesitaba.
Desmond agarró su pelo y la obligó a tomarlo más profundo.
—Buena puta. El maridito se corre solo de vernos usarte.
La conversación se volvió aún más sucia. Nadia se levantó, se puso a cuatro patas sobre una toalla vieja que había allí y abrió las piernas. Desmond se arrodilló detrás y le clavó la polla de un solo empujón hasta el fondo del coño. Ella gritó, el sonido agudo y descarado.
—¡Joder, sí! Ábreme, macho. Wesley, mira cómo me destroza el coño que tú no llenas. ¡Mira!
Marcos se puso delante y le metió la polla en la boca al mismo tiempo. Nadia era un puente de carne, embestida por ambos lados. Desmond la follaba salvaje, las manos aferradas a sus caderas anchas, los golpes húmedos y fuertes, el sonido de sus huevos contra el culo de ella. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado alrededor de la polla de Marcos.
—Más duro —pidió ella cuando pudo hablar—. Llamadme puta. Decidle a mi marido lo que soy.
—Eres una zorra de azotea —gruñó Desmond—. Una casada que se arrodilla por dos vergas ajenas. Tu cornudo no sirve más que para mirar.
La cambiaron de posición. Marcos se tumbó y Nadia se montó a horcajadas, hundiéndose hasta el fondo en su polla. Desmond se colocó detrás, escupió sobre el culo de ella y le empujó la cabeza de la polla contra el culo apretado. Nadia empujó hacia atrás, abierta, deseosa.
—Métela. Quiero las dos. Doble penetración. Quiero sentiros llenarme como un sándwich de machos.
Desmond empujó despacio al principio, después con fuerza. La polla se le clavó en el culo mientras Marcos le follaba el coño. Nadia gritó de placer puro, los ojos en blanco, las tetas rebotando.
—¡Machos! ¡Vergas superiores! ¡Me abrís entera! Wesley, acércate. Ahora mismo. Lámele los huevos a Desmond mientras me embiste. Chúpale los huevos al hombre que me está follando el culo.
Wesley se arrastró de rodillas, humillado y duro como nunca, y obedeció. Su lengua lamió los huevos sudados de Desmond mientras este embestía el culo de su mujer. El sabor salado, el olor a sexo, la voz de Nadia destrozándolo:
—Mira cómo un hombre de verdad me abre el coño y el culo que tú no llenas. Lámeselos bien, cornudo. Si te portas bien igual te dejo lamer la leche después.
Los tres cuerpos se movían en un ritmo brutal. Nadia se corrió primero, el coño y el culo contrayéndose alrededor de las dos pollas, un grito largo y sucio que se perdió en la noche. Desmond la siguió, descargando chorros espesos dentro de su culo. Marcos no se quedó atrás: se corrió profundo en su coño, llenándola hasta que la leche le salía por los bordes cada vez que se movían. Se turnaron otra ronda. Desmond volvió a follarle el coño ya creampie y se corrió otra vez dentro. Marcos le llenó la boca y le pintó las tetas. Nadia lo aceptaba todo, gimiendo, llamándolos machos, vergas de verdad, mientras Wesley se tocaba sin poder tocarla, la cara manchada de vergüenza y pre-leche.
Cuando por fin se retiraron, Desmond y Marcos se limpiaron la polla en los muslos de ella, se subieron los pantalones y recogieron el porro a medio fumar. Nadia quedó tumbada en la azotea, piernas abiertas, el coño y el culo abiertos y chorreando hilos blancos y espesos que le bajaban hasta el cemento. Respiraba agitada, sonrisa de puta satisfecha, mirando a su marido.
—Todavía no hemos terminado, Wesley —susurró, tocándose los agujeros llenos—. Ellos se van… por ahora. Pero yo sigo aquí, goteando, y tú vas a quedarte mirando lo que me han hecho. Y vas a esperar a lo que venga después.
Desmond le guiñó un ojo desde la puerta.
—Volveremos cuando queramos, zorra. Y tu cornudo va a estar de rodillas otra vez.
La puerta se cerró. Nadia se quedó abierta, la leche ajena resbalándole entre las nalgas, la mirada fija en Wesley, la noche todavía caliente y llena de promesas sucias que apenas empezaban.
Nadia se quedó tumbada en la toalla vieja, piernas abiertas como una puta de azotea que acababa de ser usada. La leche de Desmond le salía del culo en hilos blancos y espesos que le resbalaban entre las nalgas y se mezclaban con la de Marcos, que todavía le goteaba del coño hinchado y rojo. El cemento caliente le pegaba a la espalda. El aire de medianoche olía a sexo, a porro a medio fumar y a sudor de machos. Wesley estaba de rodillas a un metro, la polla dura y delgada palpitándole contra el vientre, la cara roja de vergüenza, sin atreverse a tocarse otra vez hasta que ella lo ordenara.
—Acércate, cornudo —dijo ella con voz ronca, sin molestarse en cerrar las piernas—. No me mires como un perro con hambre. Ven y lame. Quiero que me limpies con esa lengua de marido inútil. Trágate toda la leche que me han metido. Ahora.
Wesley gateó hasta ella. El olor lo golpeó primero: semen ajeno, el coño de su mujer abierto y usado, el culo todavía dilatándose un poco con cada respiración. Nadia le agarró el pelo y le empujó la cara entre sus muslos.
—La lengua dentro. Primero el coño. Chupa lo que Marcos me ha dejado. Quiero oírte tragar.
Él obedeció. La lengua se hundió en el agujero caliente y resbaladizo. El sabor era espeso, salado, amargo. La leche de Marcos le llenó la boca al instante. Nadia gimió y abrió más las piernas, empujando la cadera hacia arriba para frotarse contra la cara de su marido.
—Así… joder, sí. Come la corrida de un hombre de verdad. Tu polla no llega ni a la mitad de lo que me acaba de destrozar. ¿Notas cómo me tienen abierta? Sigue. Más profundo. Saca toda la leche con la lengua y trágatela. No dejes ni una gota en el cemento.
Wesley chupaba y tragaba, humillado hasta el tuétano, la polla goteándole pre-leche sobre la toalla. Cada vez que tragaba, Nadia se reía bajito, una risa sucia de puta satisfecha.
—Ahora el culo —ordenó—. Desmond me lo ha llenado a reventar. Quiero que me limpies el culo follado. Métela hasta que no quede nada. Y mientras lo haces, dile en voz alta lo que eres.
—Soy… soy tu cornudo —balbuceó Wesley con la cara enterrada entre las nalgas de ella, la lengua empujando dentro del esfínter todavía flojo y lleno—. Me gusta… me gusta lamer la leche de los tíos que te follan. Me gusta que me humillen.
—Más alto, gilipollas. Que te oigan los vecinos si se asoman.
—¡Soy un puto cornudo! —gritó él, la voz rota—. ¡Me gusta ver cómo te abren el coño y el culo! ¡Me gusta tragar su semen de tu agujero!
Nadia se corrió otra vez solo de oírlo, el coño contrayéndose contra la nariz de Wesley, un chorrito de jugos mezclados con semen corriéndole por la barbilla. Lo mantuvo ahí hasta que la lengua le dolió y la leche estuvo casi toda dentro de su estómago. Entonces lo apartó con el pie.
—Buen chico. Ahora túmbate de espaldas. Quiero montarte un rato, pero solo para ensuciarte. No te corras. Si te corres te lo castigo.
Wesley se tumbó. Nadia se subió a horcajadas y se empujó la polla de su marido dentro del coño todavía lleno y resbaladizo de semen ajeno. Entró fácil, demasiado fácil. Ella empezó a cabalgarlo despacio, las tetas pesadas rebotándole en la cara, los pezones duros rozándole la boca.
—¿Lo sientes? Estás follando un coño lleno de leche de otro. Tu polla se baña en la corrida de Marcos. Eres un puto basurero de semen, Wesley. Un cornudo que limpia y después se mete dentro de lo que dejan los machos.
Él gemía debajo, agarrándole las caderas pero sin atreverse a empujar más fuerte. Nadia se reía y le escupía en la cara.
—Más despacio. No quiero correrme contigo todavía. Quiero que sientas cómo me gotea su leche por encima de tu polla. Mira… —se levantó un poco y se tocó el coño, sacando un hilo blanco espeso que le dejó caer en la boca de Wesley—. Traga. Traga lo que me han dejado y sigue duro para mí.
De pronto se oyó de nuevo el chirrido de la puerta metálica. Desmond y Marcos volvían, esta vez sin camisetas, pantalones ya abiertos, las pollas semiduras otra vez. Traían cervezas y una sonrisa de depredadores.
—Mira esto —dijo Desmond, riendo—. El cornudo ya le está limpiando el coño a su puta y encima se la está follando con nuestra leche dentro. Qué asco más rico.
Marcos se acercó, se bajó del todo el pantalón y le puso la polla gorda en la cara a Nadia mientras ella seguía cabalgando a Wesley.
—Ábrela, zorra. Quiero que me chupes mientras te montas al maridito. Y tú, Wesley… no te muevas. Quédate quieto como un dildo de carne barata.
Nadia abrió la boca y se tragó la polla de Marcos hasta la garganta. El sonido de babas y ahogos llenó la azotea. Desmond se arrodilló junto a la cabeza de Wesley y le agarró el pelo.
—Abre la boca tú también, cornudo. Vas a lamer mis huevos otra vez mientras tu mujer me mira chupar la verga de mi colega. Y si te corres te meo encima, te lo juro.
Wesley abrió la boca. La lengua le rozó los testículos pesados y sudados de Desmond. Nadia gemía alrededor de la polla de Marcos, cabalgando más rápido ahora, el coño haciendo ruidos obscenos, chapoteos de semen y jugos. Cada vez que bajaba hasta el fondo, la leche de antes le salía por los bordes y le resbalaba por los huevos a Wesley.
—Sacádsela —ordenó Desmond de pronto—. Quiero volver a metérsela yo. El cornudo se va a quedar mirando con la polla llena de nuestra mierda.
Nadia se levantó. La polla de Wesley salió brillante, cubierta de blanco. Desmond se tumbió en su lugar y Nadia se montó de espaldas, ofreciéndole el culo. Él se la clavó de un empujón en el coño ya destrozado.
—Joder, qué caliente y resbaladiza está con nuestra leche —gruñó—. Marcos, métela en el culo otra vez. Quiero oírla gritar.
Marcos escupió en el esfínter de Nadia y empujó. Ella gritó, larga y sucia, cuando las dos vergas la llenaron otra vez. Doble penetración brutal bajo la luna. Wesley se quedó de rodillas al lado, masturbándose despacio como le habían ordenado, viendo cómo los dos cuerpos de gimnasio embestían a su mujer, cómo las tetas le rebotaban, cómo la boca se le abría en una mueca de puta en éxtasis.
—Más duro, machos —suplicaba ella—. Llenadme otra vez. Quiero que mi marido vea cómo me bombeáis la leche. Wesley, dime lo que ves.
—Veo… veo dos pollas grandes abriéndote —jadeó él—. Veo cómo te destrozan el coño y el culo. Veo cómo te gimeis de placer con vergas que yo no tengo. Soy un puto cornudo. Me encanta.
Desmond se corrió primero, gruñendo, descargando otro chorro grueso dentro del coño de Nadia. Marcos lo siguió segundos después, empujando hasta el fondo del culo y llenándola. Cuando se retiraron, los hilos blancos le caían otra vez por los muslos. Nadia se dejó caer de rodillas y les chupó las pollas blandas a los dos, limpiándolas con la lengua, mirando a Wesley todo el rato.
—Ahora tú —dijo ella, girándose hacia su marido—. Acuéstate debajo. Voy a sentarme en tu cara y vas a beber todo lo que me acaban de meter. No tragues despacio. Quiero que te ahogues un poco en semen de verdad.
Wesley se tumbó. Nadia le montó la cara, el coño y el culo chorreantes tapándole nariz y boca. Él lamió y chupó y tragó como un desesperado, la polla dura y abandonada entre sus piernas. Desmond y Marcos se rieron, bebieron cerveza y se tocaron viendo el espectáculo.
—Qué buena puta tienes, Wesley —dijo Marcos—. La próxima vez traemos a más tíos del edificio. A ver cuántas vergas aguanta tu mujer antes de que te desmayes de vergüenza.
Nadia se frotaba contra la lengua de su marido, gimiendo, los ojos brillantes.
—Sí… traed a quien queráis. Yo se la chupo a todos. Y mi cornudo se queda de rodillas limpiando. ¿Verdad, amor?
Wesley solo pudo emitir un sonido ahogado afirmativo desde debajo de su coño. La noche seguía caliente. La azotea olía más fuerte a sexo. Y Nadia, con la cara de puta satisfecha y los agujeros otra vez abiertos y goteando, ya estaba mirando hacia la puerta metálica, esperando lo que viniera después, sabiendo que esto apenas acababa de ponerse realmente guarro.
Nadia se frotaba el coño chorreante contra la lengua de Wesley con más fuerza, los muslos temblando a cada lado de su cara. Él se ahogaba a gusto, tragando hilos espesas de semen mezclado con jugos, la nariz aplastada contra el clítoris hinchado. Desmond y Marcos se pasaban la cerveza, las pollas ya recuperando dureza mientras miraban el espectáculo.
—Traga más rápido, cornudo —ordenó Nadia, la voz pastosa de puta—. Quiero que te bajes toda la carga que me han metido. Siente cómo me gotea dentro de tu garganta. Eres mi basurero personal.
Wesley solo pudo emitir un gorgoteo ahogado. Su polla delgada palpitaba abandonada entre las piernas, goteando pre-leche sobre el cemento caliente. De pronto el chirrido de la puerta metálica volvió a cortar la noche. Subieron tres tipos más del edificio: Riki, el del tercero, un moreno de hombros anchos y polla ya marcada en los shorts; Toni, el del sexto, alto y tatuado; y Javi, el portero de madrugada, cuarenta años macizos y una sonrisa de depredador. Venían alertados por el ruido, o quizá Marcos les había mandado un mensaje. Se detuvieron, se rieron y se bajaron los pantalones sin preguntar.
—Joder, qué fiesta de azotea —dijo Riki, sacando una polla gruesa y oscura ya medio dura—. La casada del cuarto se está montando un gangbang y el maridito de rodillas lamiendo. Menuda puta.
Nadia levantó la vista, los ojos brillantes de excitación, sin bajar del todo de la cara de Wesley. Se limó los labios y abrió más las piernas para que todos vieran los agujeros abiertos y blancos.
—Pasad, machos. Hay coño y culo para todos. Y un cornudo listo para limpiar lo que dejéis. Wesley, no te muevas. Quédate debajo y sigue chupando mientras me follan otra vez.
Desmond se rió y le agarró el pelo a Nadia, empujándola hacia delante hasta que quedó a cuatro patas sobre la cara de su marido. Marcos se colocó detrás y le clavó la polla de un golpe en el coño creampie. El chapoteo húmedo llenó el aire. Riki se arrodilló delante y le metió la verga en la boca. Nadia se la tragó hasta la garganta, babas espesas cayéndole por la barbilla encima de la cara de Wesley, que seguía lamiendo lo que salía.
—Así, zorra de azotea —gruñó Riki—. Chúpame mientras tu marido te limpia el culo. Toni, métela tú también. Quiero verla llena de tres.
Toni escupió en el esfínter de Nadia y empujó. La doble penetración la hizo gritar alrededor de la polla de Riki. Javi se acercó por el lado y le puso los huevos en la cara a Wesley.
—Lame estos también, cornudo. Mientras tu puta se deja abrir por todos. Dile lo que eres otra vez, más alto.
Wesley, la cara empapada de semen y babas, balbuceó con la lengua todavía dentro del coño de su mujer:
—¡Soy un puto cornudo de mierda! ¡Me gusta que me humillen y que folléis a Nadia delante de mí! ¡Tragaré toda la leche que le dejéis!
Nadia se corrió al oírlo, el cuerpo sacudiéndose, el coño y el culo apretando las dos pollas. Marcos descargó primero, bombeando otro chorro grueso dentro. Toni lo siguió segundos después, llenándole el culo hasta que le salía por los bordes y le caía directo a la boca de Wesley. Riki se retiró de la garganta de ella y se corrió en su cara, pintándole las tetas y la mejilla. Javi no esperó: empujó a Nadia de lado, la tumbó de espaldas sobre la toalla y le abrió las piernas a la fuerza suave que ella aceptó con gemidos.
—Ahora yo, zorra. Voy a destrozarte el coño ya reventado. Wesley, ponte aquí y chúpame los huevos mientras te la follo.
Wesley gateó. Su lengua lamió los testículos pesados de Javi mientras la polla gruesa entraba y salía del coño de Nadia, sacando más leche blanca con cada embestida. Desmond se arrodilló junto a la cabeza de ella y le metió los dedos en la boca.
—Mira a tu marido, Nadia. Míralo lamer los huevos del tío que te está abriendo. Eres una puta de edificio. Una casada que se arrodilla por cualquier verga.
—Sí… soy vuestra puta —gimió ella, los pechos rebotando—. Llenadme otra vez. Quiero que Wesley beba hasta hartarse. Traed más si queréis. Yo aguanto.
Riki y Toni se turnaron para follarle la boca. Cada uno se corría un poco, le pintaba la lengua y luego la pasaba al siguiente. Nadia lo aceptaba todo, tragando, escupiendo un poco sobre la cara de Wesley para que él lo lamiera también. La azotea olía a corrida fresca, a sudor de gimnasio y a sexo crudo. El aire caliente pegaba la leche seca a la piel.
Cuando Javi se corrió profundo, Nadia empujó a Wesley para que se pusiera debajo otra vez. Se sentó en su cara de nuevo, el coño y el culo abiertos goteando cuatro o cinco cargas distintas.
—Bebe, amor. Traga todo. No dejes ni una gota. Y tócalo, tócate la polla de cornudo mientras te ahogo en semen de verdad. Si te corres antes de que yo diga, te meo encima como prometió Desmond.
Wesley se masturbaba desesperado, la mano rápida, la lengua trabajando sin parar. Nadia se frotaba, se corría otra vez contra su boca, un chorro de jugos y leche cayéndole directo a la garganta. Él tragó y tosió y tragó más. Los cinco tíos se rieron, se pasaron las cervezas y se tocaron viendo cómo el marido se convertía en un basurero vivo.
—La próxima ronda la hacemos todos a la vez —dijo Desmond, la polla ya dura otra vez—. Nadia en el centro, agujeros llenos, y el cornudo lamiendo lo que caiga al suelo. Y si viene más gente del edificio… mejor. Esta puta aguanta.
Nadia se levantó temblando, las piernas abiertas, hilos blancos bajándole hasta los tobillos. Se acercó a Wesley, le escupió en la cara y le agarró la polla delgada.
—Todavía no te corras. Quiero que veas esto. —Se giró, se puso a cuatro patas otra vez y miró a los cinco—. Venid. Folladme en grupo. Quiero sentir cinco pollas turnándose. Y Wesley… ponte debajo de mi culo. Cada vez que se corran, lames el suelo si hace falta. Eres mío para humillarte.
Riki entró primero en su coño. Toni en la boca. Desmond esperó su turno en el culo. Marcos y Javi se masturbaban encima, apuntando a su espalda. Cada embestida sacaba gemidos sucios de Nadia, palabras rotas de “machos”, “vergas superiores”, “llename cornudo mira”. Wesley lamió lo que goteaba, la cara embarrada, la polla a punto de estallar pero contenida por el miedo al castigo.
De pronto Toni se corrió en su garganta. Ella lo escupió a propósito sobre la cara de Wesley. Desmond empujó más fuerte en el culo y descargó dentro. Riki se retiró y se corrió en el clítoris, dejándole un charco blanco que Wesley tuvo que chupar de inmediato. Javi y Marcos se turnaron el coño otra vez, llenándola hasta que los muslos le brillaban. Nadia se dejó caer de lado, respirando agitada, la sonrisa de zorra total.
—Más… quiero más —susurró, tocándose los agujeros abiertos—. Que suban todos los del edificio si hace falta. Yo se la chupo a quien venga. Y mi marido se queda de rodillas toda la noche limpiando. ¿Verdad, Wesley?
Él asintió, la voz rota, la polla dura y abandonada:
—Sí… sí, puta mía. Traed a quien queráis. Yo limpio. Yo trago. Soy vuestro cornudo.
La puerta metálica chirrió una vez más. Sombras nuevas subían las escaleras. Nadia miró hacia allí con los ojos brillantes, las tetas pesadas cubiertas de semen seco, el coño y el culo goteando otra vez, la noche de azotea apenas empezando a volverse realmente infinita y guarra.
Nadia no apartó la mirada de la puerta metálica cuando las sombras se concretaron en cuatro tipos más. Luis, el del segundo, entró primero con la polla ya fuera de los pantalones de chándal, gruesa y oscura, la cabeza brillante de pre-leche. Detrás venían Pablo y Sergio, gemelos del séptimo, ambos de veintiún años y cuerpos de portero de fútbol, y cerraba el grupo Manolo, el casero de cincuenta y pico, barriga dura y una verga corta pero gruesa que se sacó sin prisa. Olor a cerveza barata y a porro viejo los acompañaba. Nadia, todavía a cuatro patas sobre la toalla empapada, abrió más las piernas y levantó el culo, dejando que la luna iluminara los hilos blancos que le resbalaban del coño y del esfínter dilatado.
—Pasad, machos —ronroneó ella, la voz rota de tantas pollas—. Hay agujeros para todos. Y un cornudo listo para lamer lo que caiga. Wesley, no te muevas de debajo de mi culo. Quiero que sientas cada gota que me bombeen.
Wesley obedeció, la cara pegada al cemento caliente entre las nalgas de su mujer, la lengua fuera ya, esperando. Su polla delgada palpitaba abandonada, goteando un hilo claro que se secaba al instante sobre la toalla. Luis no esperó: se arrodilló detrás de Nadia y le clavó la verga de un solo empujón en el coño creampie. El chapoteo fue obsceno, leche antigua saliendo a borbotones alrededor del tronco grueso. Ella gritó, un sonido largo y sucio que se perdió en el zumbido del tráfico lejano.
—¡Joder, qué resbaladiza está esta puta! —gruñó Luis, agarrándole las caderas anchas y embistiendo fuerte—. El maridito te ha dejado el coño hecho un charco de semen ajeno. Qué asco más rico.
Pablo se colocó delante y le empujó la polla en la boca. Nadia se la tragó hasta la garganta, babas espesas cayéndole por la barbilla directo a la cara de Wesley. Sergio se arrodilló al lado y le metió los huevos en la mejilla a ella, obligándola a lamer mientras chupaba. Manolo, más lento, se agachó junto a Wesley y le agarró el pelo con dedos callosos.
—Abre la boca, cornudo de mierda. Vas a chuparme los huevos mientras tu mujer se deja reventar. Y si te corres antes de que yo diga, te meo la cara aquí mismo delante de todos.
Wesley abrió. La lengua le rozó los testículos pesados y sudados del casero. El sabor era amargo, a día entero de trabajo. Nadia gemía alrededor de la polla de Pablo, el cuerpo sacudiéndose cada vez que Luis le destrozaba el coño. Desmond y Marcos, que no se habían ido del todo, se masturbaban de pie, apuntando a la espalda de ella. Riki, Toni y Javi se turnaban para escupirle en el culo y frotarse la polla semi dura contra las nalgas abiertas.
—Sacádsela un momento —ordenó Manolo de pronto—. Quiero metérsela yo en el culo. El cornudo se va a quedar mirando cómo el casero le abre el culo a su puta.
Luis se retiró. La polla salió brillante, cubierta de blanco. Manolo escupió un bolo espeso sobre el esfínter de Nadia y empujó. Ella gritó de nuevo, más agudo, cuando la verga corta pero gruesa le dilató el culo otra vez. Pablo no soltó la garganta; al contrario, le agarró el pelo y la obligó a tomarlo más profundo. Sergio se colocó debajo, junto a Wesley, y le metió la polla en la boca al marido.
—Chúpala, basurero. Chúpame la verga mientras el casero le destroza el culo a tu mujer. Dile lo que eres otra vez, más alto, que te oigan todos los del edificio.
Wesley, la boca llena de polla ajena, balbuceó como pudo:
—¡Soy un puto cornudo de azotea! ¡Me gusta que me humillen y que folléis a Nadia delante de mí! ¡Tragaré toda la leche que le dejéis en el coño y en el culo!
Nadia se corrió al oírlo, el cuerpo convulsionando, el culo apretando la polla de Manolo. Él gruñó y descargó dentro, chorros calientes que le salieron por los bordes y le cayeron directos a la lengua de Wesley. Luis volvió al coño al instante y se corrió también, bombeando más semen espeso. Pablo se retiró de la garganta y se corrió en la cara de ella, pintándole las tetas y la lengua. Sergio se corrió en la boca de Wesley, obligándolo a tragar. Los demás no se quedaron atrás: Desmond le pintó la espalda, Marcos le llenó el pelo, Riki y Toni se turnaron el coño ya desbordado, Javi le metió los huevos en la boca otra vez mientras se corría sobre el clítoris hinchado.
Nadia quedó temblando a cuatro patas, hilos blancos bajándole por los muslos hasta el cemento. Se giró, se sentó de golpe sobre la cara de Wesley y se frotó con fuerza, el coño y el culo abiertos tapándole nariz y boca.
—Bebe, amor. Traga todo lo que me han metido. Quiero que te ahogues en semen de verdad. Tócate la polla de cornudo, pero no te corras. Si te corres te meamos todos encima, te lo juro por la puta madre que me parió.
Wesley se masturbaba desesperado, la mano rápida y vergonzosa, la lengua trabajando sin parar. Tragó y tosió y tragó más. El sabor era una mezcla de ocho o nueve cargas distintas, salado, amargo, espeso. Nadia se corrió otra vez contra su boca, un chorro de jugos y leche cayéndole directo a la garganta. Los tipos se rieron, se pasaron las cervezas que habían traído y se tocaron viendo el espectáculo. Luis se arrodilló junto a la cabeza de ella y le metió los dedos en la boca.
—Mira a tu marido, zorra. Míralo beber semen de todos nosotros. Eres una puta de edificio. Una casada que se arrodilla por cualquier verga que suba estas escaleras.
—Sí… soy vuestra puta —gimió ella, los pechos rebotando, la cara manchada—. Llenadme otra vez. Quiero que Wesley beba hasta que se le reviente el estómago. Traed más si queréis. Yo aguanto. Esta azotea es mía y de vuestras vergas.
Pablo y Sergio la tumbaron de espaldas sobre la toalla. Uno le abrió las piernas y le clavó la polla en el coño; el otro se arrodilló sobre su pecho y le folló entre las tetas, la verga deslizándose por el valle brillante de semen seco. Manolo se colocó a un lado y le metió los huevos en la boca. Desmond se puso detrás de la cabeza de Wesley y le obligó a lamerle el culo mientras veía. La humillación era total: el marido sumiso, la cara embarrada, la polla a punto de estallar pero contenida por el miedo al castigo de meadas.
—Más duro, machos —suplicaba Nadia entre gemidos—. Llamadme puta. Decidle a mi cornudo lo que soy. Quiero oírlo mientras me abrís.
—Eres una zorra de azotea —gruñó Luis, embistiéndola—. Una casada que se deja follar por todo el puto edificio. Tu marido no sirve más que para limpiar semen. Míralo, Nadia. Míralo lamer el culo de Desmond mientras te reventamos.
Ella miró. Wesley, de rodillas, la lengua enterrada entre las nalgas de Desmond, la polla goteando pre-leche sin parar. Nadia sonrió, esa sonrisa de puta satisfecha que lo destrozaba por dentro, y se corrió otra vez, el coño contrayéndose alrededor de la verga de Pablo. Él descargó profundo. Sergio se corrió entre sus tetas, chorros blancos que le resbalaron hasta el cuello. Manolo le llenó la boca y la obligó a tragar. Los demás se turnaron: uno tras otro, coño, culo, boca, tetas, cara. Cada corrida caía sobre ella o dentro de ella, y cada vez Wesley gateaba para limpiar, tragando, lamiendo el cemento si hacía falta, la lengua sacando hilos espesos de entre las nalgas abiertas de su mujer.
Cuando por fin se detuvieron un momento, Nadia se levantó temblando. Las piernas le fallaban. Se acercó a Wesley, le escupió un bolo de semen mezclado en la cara y le agarró la polla delgada con dos dedos, como si le diera asco.
—Todavía no. Quiero que veas el final. —Se giró hacia el grupo, ahora nueve tipos en total, todos con las pollas blandas pero recuperando—. Venid. Uno detrás de otro. Folladme el coño hasta que no pueda más. Y Wesley… ponte debajo. Cada gota que caiga la lames. Eres mío para humillarte toda la puta noche.
Empezaron la ronda final. Luis primero, embestidas brutales que le sacaban gritos. Luego Pablo, Sergio, Manolo, Desmond, Marcos, Riki, Toni, Javi. Cada uno se corría un poco dentro o fuera, dejando más leche. Nadia lo aceptaba todo, gimiendo, llamándolos machos, vergas superiores, cornudo mira cómo me llenan. Wesley lamió sin parar, la cara convertida en un basurero vivo, la polla dura y abandonada, el orgasmo contenido por puro terror a lo que vendría si se corría sin permiso.
Al final Nadia se dejó caer de espaldas, piernas abiertas en cruz, el coño y el culo destrozados, hilos blancos bajándole hasta el cemento en charcos. Respiraba agitada, sonrisa de zorra total, tetas cubiertas de semen seco y fresco. Los tipos se subieron los pantalones uno a uno, riendo, bebiendo lo último de las cervezas. Manolo le dio una palmadita en el culo a Nadia antes de irse.
—Mañana a la misma hora, puta. Y trae al cornudo. Que limpie otra vez.
La puerta metálica se cerró por última vez. Quedaron solos. Nadia se incorporó despacio, se sentó a horcajadas sobre la cara de Wesley una vez más y se frotó hasta corrirse contra su lengua, el último chorro de jugos y leche cayéndole a la garganta. Después se bajó, se arrodilló frente a él y le agarró la polla.
—Ahora sí. Córrete. Córrete como el cornudo que eres mientras miras lo que me han hecho.
Wesley se corrió al instante, chorros débiles y vergonzosos que le salieron a borbotones sobre su propio vientre. Nadia se rió, le recogió un poco con el dedo y se lo metió en la boca a él.
—Traga tu propia mierda también. Así de completo queda el basurero.
Se tumbó a su lado, piernas abiertas, la noche todavía caliente, el olor a sexo impregnándolo todo. Miró hacia la puerta metálica una última vez, sabiendo que mañana volverían, y pasado, y el resto de noches del verano.
Y Wesley, con la boca llena de semen ajeno y la polla blanda de vergüenza, entendió por fin que su matrimonio ya no tenía techo ni límites, solo azoteas infinitas llenas de pollas que no eran suyas.
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