Rebote Ardiente en la Cabaña del Campo

Carmen convence a su marido para que mire cómo Roman la folla salvajemente en la cabaña.

27 min read August 18, 2026New

La cabaña olía a madera vieja y a la humedad del bosque que la rodeaba por completo. Wesley cerró la puerta tras de sí y dejó las bolsas junto al sofá, todavía sin creer que el fin de semana iba a ser solo de ellos dos. Carmen ya se había quitado la chaqueta. Llevaba un short tan corto que las nalgas le asomaban por debajo cada vez que se inclinaba, y un top escotado negro que apenas contenía aquellas tetas pesadas y redondas. Tenía veintiocho años, igual que él, pero el cuerpo de Carmen parecía hecho para provocar.

El golpe en la puerta los sorprendió a los dos.

Wesley abrió y se encontró con Roman. Su mejor amigo. Más alto, más ancho de hombros, con esa sonrisa arrogante que siempre le había puesto nervioso. El hombre entró sin esperar invitación, cargando una bolsa de vino y una mirada que se clavó de inmediato en Carmen.

—Joder, menuda sorpresa —dijo Roman, dejando la bolsa en la mesa—. Pensé que estabais solos.

—Lo estábamos —murmuró Wesley.

Carmen no se inmutó. Se acercó, le dio dos besos a Roman y dejó que su pecho rozara el brazo del tipo.

—Qué bueno verte, Roman. Estás… más fuerte que la última vez.

Roman soltó una risa baja y recorrió a Carmen de arriba abajo sin disimulo.

—Y tú más puta. Ese short te marca hasta el coño.

Wesley sintió un pellizco en el estómago. Celos, sí. Pero debajo había algo más caliente, algo que le endureció la polla dentro del pantalón mientras miraba cómo su mujer se reía y se mordía el labio.

La tarde se alargó entre charla forzada y miradas. Carmen se sentaba demasiado cerca de Roman en el sofá, cruzaba y descruzaba las piernas, se inclinaba para servir vino dejando que el escote se abriera del todo. Roman no disimulaba. Le miraba las tetas, los muslos, la forma en que el short se le metía entre los labios de la vagina. Wesley bebía más de la cuenta, la polla ya dura y molesta, el corazón golpeándole las costillas.

Tras la cena, con tres botellas casi vacías y las mejillas de Carmen encendidas, ella propuso el juego.

—A las cartas. Pero con apuestas de verdad. Si pierdes, haces lo que diga el otro.

Roman sonrió como un depredador.

—Me gusta cómo piensas.

Wesley quería protestar, pero la voz se le quedó trabada cuando Carmen le miró con aquella chispa sucia en los ojos. Empezaron. Carmen perdió la primera mano a propósito; todos lo vieron. Roman le ordenó que se quitara el top. Ella lo hizo sin dudar, dejando al aire aquellas tetas grandes, pezones oscuros y duros por el aire fresco de la cabaña. Wesley se atragantó con el vino.

La segunda mano la perdió igual. Roman se inclinó hacia ella.

—Bésame. Con lengua. Y que tu marido vea cómo te gusta.

Carmen no miró a Wesley. Se subió de un salto a la falda de Roman, le agarró la cara con las dos manos y le metió la lengua hasta el fondo. El beso fue obsceno, ruidoso, salivoso. Roman le apretó una teta con la mano grande, le pellizcó el pezón y Carmen gimió dentro de su boca. Wesley tenía la polla tan dura que le dolía. Se tocó por encima del pantalón sin poder evitarlo.

Cuando se separaron, Carmen respiraba entrecortada. Se giró hacia su marido.

—Dilo, Wesley. Dilo de una puta vez.

—M-me excita… —balbuceó él, la cara ardiendo—. Me excita verte desear a otro. Joder, Carmen, me pone de polla dura verte así.

Ella se lamió los labios, todavía brillantes de la saliva de Roman.

—Quiero que me folle. Quiero que Roman me meta esa verga mientras tú miras. Quiero que me use delante de ti. ¿Lo aceptáis los dos?

Roman se agarró la entrepierna, marcando el bulto enorme.

—Yo acepto. Te voy a destrozar el coño delante de este cornudo.

Wesley tragó saliva y asintió, la voz rota.

—Sí… quiero verlo. Hazlo.

Carmen se arrodilló entre las piernas de Roman sin más preámbulos. Le bajó la cremallera, sacó aquella polla gruesa, venosa, mucho más larga y gorda que la de Wesley, y la miró con hambre pura antes de clavar los ojos en su marido.

—Mira qué coño de verga tiene, cariño. Mucho más grande que la tuya. Más gruesa. Me va a partir por la mitad.

Abrió la boca y se la metió entera hasta casi atragantarse. Chupó con ansia, babas espesas cayéndole por la barbilla, una mano apretándole los huevos pesados a Roman mientras la otra se metía dentro de su propio short. Roman le agarró el pelo y le embistió la cara, follándosela la garganta con golpes secos. Carmen gorgoteaba, lágrimas en los ojos, pero no paraba. Miraba a Wesley todo el tiempo, con la polla ajena hinchándole las mejillas.

—Sácatela —ordenó Roman de pronto—. A cuatro patas. Ahora.

Carmen se puso en el suelo de madera, short bajado hasta los muslos, el culo redondo y abierto. Roman se arrodilló detrás, le dio un azote seco que le dejó la marca roja y se la clavó de un solo embiste. El gemido de Carmen fue animal. La folló salvaje, profundo, las bolas golpeándole el clítoris, una mano tirándole del pelo hacia atrás mientras la otra le azotaba las nalgas una y otra vez.

—Más fuerte… joder, Roman, rómpeme —suplicaba ella—. Wesley, míralo… míralo cómo me llena.

Carmen giró la cabeza hacia su marido, la cara destrozada de placer.

—Acércate. Lámele los huevos mientras me follo. Ahora, cornudo.

Wesley se arrastró de rodillas, humillado y más duro que nunca. Acercó la cara al punto donde la verga gruesa de Roman entraba y salía del coño empapado de su mujer. Olió el sexo, el sudor, y sacó la lengua. Lamió aquellos huevos pesados que se contraían cada vez que Roman embestía. El sabor era salado, fuerte. Carmen gemía más alto solo de verlo.

—Así… lame bien los huevos del tío que me está follando. Eres mi puto cornudo.

Roman gruñó, aceleró y se corrió dentro con un jadeo gutural, llenándole el coño a chorros espesos. Se corrió tanto que el semen le rezumó por los labios del coño de Carmen en cuanto sacó la polla. Ella no se movió.

—Límpiame, Wesley. Sácame toda la leche con la lengua. Trágatela.

Wesley obedeció. Enterró la cara entre las nalgas de su mujer y lamió el semen caliente que goteaba del coño abierto y rojo. El sabor amargo le llenó la boca; lo tragó todo mientras Roman se reía bajo y se secaba la verga todavía semidura en el pelo de Carmen.

No terminó ahí. Roman se tumbó en la cama grande de la cabaña y Carmen se montó encima al instante, cabalgándolo de frente, las tetas rebotando con cada bajada. Se la metía entera, gruñendo, el culo chocando contra los muslos del otro hombre. Wesley se sentó en la silla frente a la cama, se sacó la polla —más pequeña, más roja de vergüenza— y se masturbó sin tocar a su mujer, solo mirando cómo el coño de Carmen tragaba aquella verga gruesa una y otra vez.

—No me toques —le dijo ella entre gemidos, mirándolo por encima del hombro—. Solo míralo. Márcate viendo cómo otro me hace correr.

Carmen se corrió primero, el cuerpo temblando, el coño apretando la polla de Roman en espasmos visibles. Roman la agarró de las caderas, la embistió desde abajo unos segundos más y luego la sacó de encima. Se puso de pie sobre la cama, se masturbó rápido delante de las tetas de ella y se corrió por segunda vez. Chorro tras chorro caliente le salpicó los pechos, los pezones, el cuello. Semen espeso bajándole por la curva de las tetas.

—Lame cada gota —ordenó Carmen a su marido, la voz ronca—. Limpia las tetas de tu mujer. Trágate la leche de Roman.

Wesley se acercó como un perro. Lamió los pechos de Carmen con lengua plana, recogiendo cada hilo blanco, chupando los pezones untados, tragando el semen ajeno mientras su propia polla latía abandonada entre sus piernas. Cuando terminó, Carmen lo agarró de la nuca y lo besó. Le metió la lengua, todavía sabiendo a la verga de Roman, a su saliva, a la corrida que acababa de lamer. Wesley gimió dentro del beso, derrotado y caliente hasta el tuétano.

Roman se dejó caer en la cama, la polla todavía brillante, y miró a los dos con aquella sonrisa arrogante.

—Esto no ha hecho más que empezar —dijo—. Mañana os voy a follar el fin de semana entero. Y tú, Wesley… vas a lamer todo lo que se me ocurra.

Carmen se acurrucó contra el pecho de Roman, las tetas aún manchadas, y extendió una mano para acariciar la cara de su marido sin dejar que se subiera a la cama.

—Vas a ver cosas peores, cariño —susurró ella, los ojos brillantes de lujuria—. Y te va a gustar todavía más.

Fuera, el viento movía los árboles. Dentro, la cabaña olía a sexo y a humillación, y ninguno de los tres quería que la noche terminara del todo.

La noche no se apagó del todo. El fuego de la chimenea chisporroteaba bajo y las sombras bailaban en las paredes de madera mientras Roman, todavía medio duro, se acomodaba contra el cabecero con Carmen pegada a su pecho. Wesley seguía arrodillado al borde de la cama, la polla palpándole el muslo sin permiso de tocarla, la boca todavía impregnada del sabor amargo de la leche ajena. Cada vez que tragaba saliva le subía el eco de lo que acababa de lamer.

Roman le pasó la mano por el pelo a Carmen, despacio, como quien acaricia a una perra bien entrenada.

—Ábrele las piernas a tu marido —ordenó con voz ronca—. Quiero que vea cómo te chorrea todavía.

Carmen obedeció sin dudar. Se giró, se recostó de espaldas entre las piernas abiertas de Roman y alzó las rodillas hasta el pecho. El coño le quedó expuesto, hinchado, rojo, los labios abiertos y brillantes. Un hilo espeso de semen le resbalaba hacia el culo. Wesley se acercó sin que se lo pidieran, hipnotizado, la respiración entrecortada.

—Métete dos dedos —susurró Carmen mirándolo fijamente—. Remuévelos. Sácalos y lámelos delante de mí.

Wesley tembló. Introdujo los dedos índice y corazón en aquel agujero caliente y resbaladizo. El semen de Roman le untó los nudillos al instante. Removió despacio, sintiendo cómo el coño de su mujer se contraía alrededor de sus dedos, todavía sensible. Cuando los sacó, blancos y viscosos, se los metió en la boca y chupó con un gemido derrotado. Carmen se rió bajito, cruel y excitada.

—Qué puto asco das… y qué rico me pones viéndote tragar eso.

Roman se incorporó un poco, le agarró la muñeca a Wesley y lo acercó más.

—Ahora la lengua otra vez. Pero esta vez no te limites al coño. Lámele el culo también. Quiero ver cómo le limpias todo.

Wesley no protestó. Enterró la cara entre las nalgas de Carmen. La lengua plana recorrió el coño desbordado primero, recogiendo lo que quedaba, y luego bajó hasta el agujero apretado y rosado. Empujó la punta contra el esfínter, lo rodeó, lo empujó un poco más hasta sentirlo ceder. Carmen arqueó la espalda y soltó un gemido largo, las manos en la cabeza de su marido manteniéndolo ahí.

—Más profundo, cornudo… méteme la lengua en el culo mientras Roman me mira. Joder, sí…

Roman se masturbaba despacio viendo la escena, la polla ya otra vez dura y pesada. Cuando se cansó de solo mirar, tiró de Carmen hacia arriba, la puso a horcajadas encima de él de nuevo, de espaldas esta vez, y le clavó la verga de un solo golpe mientras Wesley seguía con la cara pegada al culo de su mujer. Ahora cada embiste de Roman empujaba el coño contra la boca de Wesley. La polla gruesa rozaba su lengua, salía y entraba brillando de jugos mezclados. El olor era denso, a sexo viejo y a sudor de hombre.

—Chúpame los huevos otra vez mientras la follo —gruñó Roman—. Y no te corras. Si te corres sin permiso te voy a hacer lamer el suelo.

Wesley obedeció, la polla latiéndole abandonada, la punta goteando un hilo transparente sobre la madera. Lamió, chupó, respiró entre los golpes. Carmen rebotaba salvaje, las tetas saltándole, los pezones duros todavía manchados de la corrida anterior. Cada vez que bajaba del todo se oía el chapoteo húmedo del coño tragándose aquella verga que lo llenaba por completo.

—Dile lo que eres —jadeó Carmen mirando a su marido por encima del hombro—. Dilo alto.

—Soy… soy tu cornudo —balbuceó Wesley, la voz rota contra la piel—. Soy el puto cornudo que lame la verga que te folla…

—Más fuerte.

—¡Soy tu cornudo! ¡Me gusta que te parta el coño con esa polla gorda mientras yo me hago una paja de mierda mirándoos!

Roman se rió y aceleró. Le agarró las caderas a Carmen con las dos manos y la embistió con fuerza bruta, el sonido de piel contra piel llenando la cabaña. Carmen se corrió otra vez, el cuerpo sacudiéndose, un chorrito caliente saliéndole alrededor de la polla de Roman y cayéndole directo a la lengua a Wesley. Él lo bebió sin pensarlo, la cara empapada, los ojos vidriosos de humillación y de una excitación que le quemaba las tripas.

Cuando Roman se corrió por tercera vez lo hizo profundo, gruñendo, las bolas contraídas, llenándola otra vez hasta que el semen le salió a presión por los lados. Sacó la polla, se la restregó por la cara a Wesley y le ordenó:

—Límpiala. Entera. Hasta que brille.

Wesley abrió la boca y se dejó usar. Chupó la verga gruesa todavía latiente, recogió cada gota, limpió el glande, la base, los huevos. El sabor era a su mujer y a Roman mezclados. Se le hizo agua la boca. Cuando terminó, Roman le dio una palmada en la mejilla, casi cariñosa.

—Buen chico. Ahora tú, Carmen… muéstrale cómo te deja el coño una polla de verdad.

Carmen se bajó, se puso a cuatro patas otra vez y abrió las nalgas con las manos. El agujero le quedaba boquiabierto, rojo, goteando un hilo blanco espeso que le bajaba por el muslo interior. Wesley se quedó mirando, la polla tan dura que le dolía la base, las manos temblando a los costados sin atreverse a tocarse.

—Métete un dedo en el culo tú también —dijo Carmen con voz dulce y sucia—. Quiero verte abrirte mientras miras cómo me ha destrozado.

Wesley, rojo hasta las orejas, se pasó saliva a los dedos y se los metió despacio en el culo, gimiendo bajo, las piernas abiertas en el suelo de la cabaña. Carmen se giró lo suficiente para verlo y se relamió.

—Mira qué imagen… mi marido con el culo lleno de dedos y la cara llena de semen ajeno. Roman, fóllamela otra vez. Quiero que me la metas en el culo esta vez. Que me abra los dos agujeros delante de él.

Roman no necesitó que se lo pidieran dos veces. Se arrodilló detrás, escupió sobre el culo de Carmen, restregó la saliva con el glande y empujó. El esfínter resistió un segundo y después cedió con un gemido animal de ella. La polla gruesa se hundió centímetro a centímetro hasta que las bolas le tocaron el coño. Carmen gritó de placer puro, la cara contra el colchón, las manos apretando las sábanas.

—Joder… me parte… me parte el culo… Wesley, míralo… míralo cómo me entra entero…

Wesley se movía los dedos más rápido dentro de sí mismo, la otra mano por fin rodeándole la polla. Miraba hipnotizado cómo aquella verga desaparecía en el culo de su mujer, cómo la carne se estiraba, cómo Carmen empujaba hacia atrás pidiendo más. Roman empezó a follársela el culo con embistes largos y profundos, sacándola casi del todo y clavándosela de nuevo hasta el fondo. Cada golpe sacudía las tetas de Carmen contra la cama. El sonido era obsceno: carne húmeda, gemidos, el chapoteo del semen anterior que aún le salía del coño.

—Acércate y lamele el coño mientras le follo el culo —ordenó Roman.

Wesley se arrastró, se metió debajo un poco y sacó la lengua. Lamió el clítoris hinchado, el coño abierto y resbaladizo, sintiendo cada embiste de Roman a través de la pared fina de carne. Carmen se corrió otra vez, gritando, el cuerpo entero convulsionando, un chorro caliente saliéndole directamente a la boca de su marido. Wesley se atragantó un segundo y después lo tragó todo, lamiendo como un desesperado.

Roman no paró. La folló el culo hasta que sus propias piernas temblaron y entonces se corrió otra vez, profundo, llenándole el interior a chorros. Cuando sacó la polla, el agujero de Carmen quedó abierto, palpitante, un hilo blanco espeso saliéndole enseguida. Wesley, sin que se lo pidieran, se abalanzó y lamió. Metió la lengua dentro del culo usado, recogió la corrida caliente, se la tragó mientras se masturbaba con furia.

Carmen se giró, lo miró desde arriba, el pecho subiendo y bajando.

—No te corras todavía —susurró—. Quiero que te aguantes. Quiero que te duela la polla de lo dura que la tienes. Mañana Roman va a follarme en el porche, a la luz del día, y tú vas a estar de rodillas con la boca abierta para no desperdiciar ni una gota. Y después… después vamos a ver hasta dónde llega tu humillación, cariño.

Roman se dejó caer de espaldas, la risa baja y satisfecha.

—Todavía me queda leche para rato. Y tú, Wesley, vas a aprender a pedirla de rodillas. Esta cabaña se va a oler a tu vergüenza todo el puto fin de semana.

Fuera el viento golpeaba las ramas contra el tejado. Dentro, Carmen se acurrucó otra vez entre los brazos de Roman, le pasó una pierna por encima y le acarició la polla todavía sensible con dedos perezosos. Wesley se quedó en el suelo, los dedos aún dentro de su propio culo, la cara brillante de saliva y semen, la polla roja y abandonada latiéndole sin alivio. El corazón le martilleaba. Sabía que no había vuelto atrás. Sabía que al amanecer todo iba a ser peor… y más rico. Y lo único que quería era que el sol saliera ya.

La noche se alargó como una herida abierta. El fuego de la chimenea ya no era más que brasas rojas que teñían de naranja los cuerpos sudorosos. Carmen no se había dormido; tenía los ojos entrecerrados y la mano perezosa rodeando la verga de Roman, que volvía a engordar bajo sus dedos. Wesley seguía en el suelo, de rodillas, los dos dedos todavía metidos hasta el nudillo en su propio culo, la polla palpitándole contra el muslo sin haber recibido un solo toque de alivio. El sabor a semen ajeno le impregnaba la lengua y cada trago de saliva le recordaba lo que acababa de tragar.

Roman abrió un ojo y sonrió con esa maldita arrogancia.

—Levántate, cornudo. Trae el vino que queda y una copa. Quiero beber mientras tu mujer me lame los huevos otra vez.

Wesley se sacó los dedos del culo con un gemido ahogado, la cara ardiendo. Se levantó tambaleante, la polla roja y goteando un hilo transparente que le caía hasta la madera. Fue hasta la mesa, agarró la botella casi vacía y la copa, y volvió de rodillas, ofreciéndolos como un perro bien amaestrado. Roman llenó la copa, dio un trago largo y después derramó un chorro de vino tinto sobre su propia polla semidura y sobre el pecho de Carmen.

—Limpia —ordenó.

Carmen se inclinó al instante y lamió el vino mezclado con el residual de semen que todavía brillaba en la verga gruesa. Su lengua plana subió desde los huevos hasta el glande, chupando con ruidos obscenos. Wesley miraba hipnotizado, la mano temblando a un palmo de su propia polla sin atreverse a tocarla. Carmen levantó la vista hacia él mientras se embadurnaba los labios de vino y verga.

—Tú también. Ven aquí y lame lo que yo deje. Quiero sentir tu lengua junto a la mía sobre la polla que me ha roto el culo.

Wesley se arrastró hasta la cama. Su lengua tocó la de su mujer sobre el tronco grueso de Roman. Se rozaron, se enredaron, compartiendo el sabor amargo y el vino agrio. Roman gruñó y les agarró a los dos por el pelo, empujándoles la cara contra su entrepierna.

—Así se hace. Dos bocas para una sola verga. Qué puta pareja más útil.

Carmen se separó solo lo justo para hablar contra la carne caliente.

—Métetela entera tú ahora, Wesley. Quiero ver cómo te atragantas con la misma polla que me ha llenado de leche dos veces. Abre bien esa boquita de cornudo.

Wesley abrió la boca y Roman se la clavó de un embiste. La verga le golpeó la garganta, gruesa, salada, todavía impregnada del coño y del culo de Carmen. Lágrimas le saltaron a los ojos. Babas espesas le cayóron por la barbilla mientras Roman le follaba la cara con golpes cortos y brutales. Carmen se masturbaba el clítoris mirándolos, las piernas abiertas, el coño y el culo todavía abiertos y goteando hilos blancos.

—Míralo, Roman… se le hinchan las mejillas. Le gusta. Le encanta tragarse lo que me ha follado. Más profundo, cariño. Que se te salgan las lágrimas de verdad.

Roman la sacó de la boca de Wesley solo para restregársela por toda la cara, untándole saliva y restos de semen en las mejillas, en la nariz, en los párpados. Después se la volvió a meter hasta el fondo y se corrió por cuarta vez aquella noche, directo a la garganta. Wesley se atragantó, tosío, pero tragó lo que pudo. El resto le salió por la comisura de los labios y le bajó por el cuello. Carmen se abalanzó y lamió la cara de su marido, recogiendo cada gota que se le escapaba, besándolo con la boca llena de la corrida de Roman, metiéndole la lengua hasta el fondo para que compartieran el sabor.

—Trágatelo todo conmigo —susurró ella contra sus labios—. Eres mi basurero personal esta noche.

Roman se rio bajo y se dejó caer contra los almohadones.

—Todavía no has probado lo mejor. Carmen, ponte a cuatro patas al borde de la cama. Wesley, tú debajo. Quiero follarle el coño otra vez y que tú recojas todo lo que salga con la boca abierta. Y no te corras, ¿me oyes? Si se te escapa una gota te voy a hacer beber de la botella del baño.

Carmen obedeció enseguida. Se colocó con el culo en alto, las tetas colgando pesadas, los pezones rozando las sábanas. Wesley se metió debajo de ella, boca arriba, la cara justo bajo aquel coño hinchado y resbaladizo. Roman se puso de pie al borde, alineó la verga todavía dura y se la clavó de un solo golpe. El chapoteo fue obsceno. Cada embiste empujaba jugos y semen anterior directamente a la boca abierta de Wesley. Él lamió, bebió, se atragantó de placer y humillación. El olor era denso, a sexo acumulado, a sudor de tres cuerpos.

Carmen gemía como una puta en celo.

—Más fuerte, Roman… rómpeme el coño delante de él… quiero que me dejes coja… Wesley, saca la lengua, así, lámelo todo mientras me entra… joder, sí…

Roman la agarró de las caderas y la embistió como un animal. El sonido de piel contra piel llenaba la cabaña junto a los gemidos ahogados de Wesley cada vez que un chorro de fluidos le caía en la lengua. Carmen se corrió con un grito largo, el cuerpo sacudiéndose, un chorrito caliente saliéndole a presión sobre la cara de su marido. Wesley lo bebió entero, los ojos vidriosos, la polla latiéndole tan dura que le dolía la base, las bolas apretadas y doloridas de no poder corrersse.

Cuando Roman se acercó al borde otra vez, sacó la polla del coño de Carmen y se la restregó por los labios de Wesley.

—Abre. Te voy a correrme otra vez en la boca. Y esta vez no se te cae ni una gota o te azoto el culo hasta que sangres de vergüenza.

Wesley abrió. Roman se masturbó rápido, gruñendo, y disparó chorros espesos y calientes directamente en la lengua, en el paladar, hasta el fondo de la garganta. Wesley tragó y tragó, la cara embadurnada, lágrimas de esfuerzo corriendo por las sienes. Carmen se giró y le limpió lo que se le había escapado por la barbilla con la lengua, después lo besó otra vez, profundo, compartiendo el semen caliente entre las dos bocas.

Roman se sentó en el borde de la cama, respirando pesado, la verga brillando.

—Ahora el porche. No esperamos al amanecer. Quiero follarte ahí fuera, Carmen, con el frío del bosque en las tetas y tu marido de rodillas recogiendo lo que se me caiga. Ponte el short sin bragas y el top abierto. Tú, Wesley, sal desnudo. Quiero que el viento te roce esa pollita inútil mientras nos miras.

Salieron. La madera del porche crujió bajo los pies descalzos. El aire de la madrugada era frío y húmedo, olía a pino y a tierra. Carmen se agarró a la barandilla de madera, el short bajado solo lo justo para dejar el culo al aire. Roman se colocó detrás y se la embistió de pie, profundo, salvaje. Cada embiste hacía rebotar las tetas pesadas de Carmen, que se salían del top abierto. Wesley se arrodilló al lado, la boca abierta debajo, recogiendo el hilo de saliva y jugos que caía cada vez que Roman sacaba la verga casi del todo.

—Dile lo que quieres que te haga mañana —jadeó Roman contra el cuello de Carmen, follándola sin piedad.

—Quiero… que me folles en la cocina mientras Wesley prepara el desayuno… que me corras dentro y me hagas servirle el café con tu leche goteándome por el muslo… quiero que le hagas chuparme el coño sucio delante de la ventana… joder, más fuerte…

Wesley se tocaba ya sin permiso, desesperado, la mano subiendo y bajando rápido por su polla más pequeña. Roman lo vio y le dio una patada suave en el hombro.

—Para. Te dije que no. Quítate las manos. Métetelas detrás de la espalda y ábrete la boca. Solo eso.

Wesley obedeció, temblando de frío y de excitación, las manos cruzadas a la espalda, la boca abierta como un recipiente. Roman aceleró, el sonido de sus huevos golpeando el clítoris de Carmen llenando el silencio del bosque. Carmen se corrió gritando, el eco perdiéndose entre los árboles. Roman la siguió segundos después, clavándose hasta el fondo y llenándola otra vez. Cuando sacó la polla, un chorro espeso de semen le resbaló por el muslo interior a Carmen. Wesley se inclinó y lo lamió antes de que cayera al suelo de madera, la lengua caliente contra la piel fría de su mujer.

Carmen lo miró desde arriba, el pecho agitándose, los ojos brillantes de lujuria cruel.

—Vas a pasar el día entero así. De rodillas. Con la boca lista. Roman va a usarme en cada habitación y tú vas a limpiar después de cada ronda. Y cuando él diga que puedes correrte… si es que lo dice… va a ser lamiendo lo que se nos ocurra.

Roman le dio un azote fuerte en la nalga a Carmen y después agarró a Wesley del pelo, obligándolo a mirarlo.

—Mañana te voy a hacer algo peor, cornudo. Te voy a hacer pedirme que te deje follarle el culo a tu mujer después de que yo la haya destrozado. Y vas a hacerlo sabiendo que no le vas a llegar ni a la mitad. Vas a sentir cómo está suelta y llena de mí. Y te va a gustar. ¿Verdad?

Wesley tragó saliva, la voz rota, la polla abandonada latiéndole contra el aire frío.

—Sí… me va a gustar… por favor…

Carmen se rio bajito, se bajó del porche un segundo y le escupió en la boca abierta a su marido.

—Trágatelo. Es solo el principio de lo que te espera cuando salga el sol.

Dentro de la cabaña el fuego se había apagado del todo. Fuera, el viento seguía moviendo las ramas. Roman metió a Carmen otra vez entre sus brazos y la llevó de vuelta a la cama, dejándola a horcajadas sobre su pecho, la verga ya semi-dura otra vez rozándole el coño usado. Wesley se quedó en el porche un momento más, de rodillas, la cara cubierta de fluidos, el cuerpo temblando, sabiendo que el amanecer traería peores humillaciones y que su polla seguiría sin alivio hasta que ellos lo decidieran. La tensión le quemaba las tripas. Quería más. Quería que lo destrozaran del todo. Y el sol todavía no había asomado detrás de los pinos.

La luz gris del amanecer se filtraba ya entre los pinos cuando Roman empujó a Carmen contra la barandilla del porche una vez más. El frío le erizaba los pezones duros y las tetas le rebotaban con cada embiste brutal. Wesley seguía de rodillas, manos a la espalda, boca abierta, recogiendo el hilo espeso de semen y jugos que le resbalaba por el muslo interior a su mujer cada vez que la verga gruesa de Roman salía casi del todo. El viento le rozaba la polla abandonada, roja, goteando sin alivio, y el sabor a pino mezclado con sexo le llenaba la garganta.

—Dentro —ordenó Roman con voz ronca—. Quiero el desayuno y quiero follártela en la puta cocina mientras este cornudo nos sirve.

Entraron. Carmen ni se molestó en subirse el short; lo dejó bajado hasta los muslos, el culo marcado de azotes, el coño y el agujero del culo todavía abiertos y brillantes. Roman se sentó en la silla de la mesa de madera como si fuera el dueño de la cabaña. Se sacó la polla otra vez, pesada, venosa, y le hizo una seña a Carmen.

—Siéntate. Espalda contra mi pecho. Quiero que tu marido vea cómo te abro mientras él prepara el café.

Carmen se dejó caer encima. La verga de Roman se le clavó de un solo golpe hasta el fondo del coño usado. Ella soltó un gemido largo, las piernas abiertas de par en par hacia Wesley, que temblaba junto a la cocina vieja. El sonido húmedo de aquella polla entrando y saliendo llenó la habitación. Cada vez que Carmen bajaba, un chorrito de leche anterior le salía alrededor del tronco grueso y le caía al suelo.

—Café —dijo ella entre jadeos, mirando a su marido con los ojos entrecerrados de placer—. Y pan. Y después te arrodillas aquí y lames lo que se escape. Sin tocarte la pollita, cornudo. Si se te pone más dura te la ato con un trapo.

Wesley obedeció con las manos temblorosas. Puso el agua a calentar, cortó pan, todo mientras oía el chapoteo obsceno y los gemidos de su mujer. Cuando sirvió las tazas, Roman agarró la de Wesley, le escupió dentro un poco de saliva y se la devolvió.

—Bébetelo. Así empiezas el día.

Wesley bebió. El sabor amargo se le pegó a la lengua. Después se arrodilló entre las piernas abiertas de la pareja. La verga de Roman entraba y salía del coño de Carmen justo encima de su cara. Sacó la lengua. Lamió el clítoris hinchado, los labios estirados, la base gruesa que se hundía. Cada embiste le empujaba los jugos a la boca. Carmen se corrió primero, el cuerpo sacudiéndose, un chorro caliente saliéndole directo a la cara de su marido. Wesley lo tragó todo, gimiendo contra la carne mojada.

Roman la levantó, la giró y la puso a cuatro patas sobre la mesa. Los platos temblaron. Le escupió en el culo, restregó el glande y se la embistió enterita de un empujón. Carmen gritó, las tetas aplastadas contra la madera, los pezones rozando las migas de pan.

—Míralo, Wesley… míralo cómo me parte el culo otra vez… más grueso que anoche… joder, me llega al estómago…

Wesley se metió debajo de la mesa lo suficiente para alcanzar. Lamió el coño goteante mientras Roman le destrozaba el culo a embistes largos y profundos. El esfínter de Carmen se abría y se cerraba alrededor de aquella verga, y cada vez que Roman la sacaba del todo el agujero quedaba boquiabierto un segundo, rosado, palpitante, antes de tragársela otra vez. Wesley metió la lengua ahí también cuando pudo, saboreando el semen viejo y el sabor a culo usado. Su propia polla le dolía tanto que las bolas le latían.

—Dilo —jadeó Carmen—. Dile a Roman lo que quieres que te deje hacer.

—Quiero… quiero follarte el culo después de que él te lo deje destrozado —balbuceó Wesley, la voz rota—. Quiero meter mi polla pequeña en el agujero que él ha abierto y sentir cómo estás suelta y llena de su leche… por favor…

Roman se rió y aceleró. Se corrió profundo en el culo de Carmen con un gruñido gutural, las caderas pegadas a las nalgas de ella, bombeando chorros espesos. Cuando sacó la verga, el agujero quedó abierto de verdad, un hilo blanco espeso saliendo enseguida. Roman se apartó y le dio una palmada en la mejilla a Wesley.

—Adelante, cornudo. Fóllale el culo a tu mujer. A ver si notas algo.

Wesley se puso de pie temblando, la polla más roja y más pequeña que nunca al lado de la de Roman. Se colocó detrás de Carmen, alineó la punta y empujó. Entró fácil. Demasiado fácil. El culo de su mujer estaba caliente, resbaladizo, suelto, lleno todavía de la corrida de Roman. Wesley gimió de pure humillación al sentir lo poco que llenaba. Empujó unas cuantas veces, rápido, desesperado, mientras Carmen se reía contra la mesa.

—Ni se nota, cariño… tu pollita se pierde ahí dentro… sigue, córrete rápido para que Roman me la meta otra vez de verdad…

Wesley no aguantó. Se corrió en segundos, un orgasmo débil y vergonzoso, la polla latiendo dentro de aquel agujero destrozado. Apenas sintió que llenaba nada. Cuando se sacó, su propia leche se mezcló con la de Roman y le resbaló por el muslo a Carmen. Roman lo empujó a un lado, se arrodilló y le lamió el culo a Carmen él mismo un momento, recogiendo la mezcla, antes de volver a clavarle la verga gruesa de un solo golpe. Carmen aulló de placer real esta vez.

—Eso… eso sí que me llena… Wesley, ponte debajo otra vez y limpia lo que caiga…

Pasaron la mañana así. Roman la folló en el sofá, contra la ventana, en la ducha estrecha de la cabaña. Cada vez que se corría dentro —en el coño, en el culo, en la boca— Wesley tenía que arrodillarse y lamer hasta que la piel de Carmen quedara limpia y brillante. Le hicieron chupar los huevos de Roman mientras ella le montaba la cara. Le obligaron a pedirlo en voz alta: “Por favor, corréosme en la boca otra vez”, “Soy el basurero de vuestra leche”, “Mi polla no sirve, usadme solo la lengua”. Carmen se corría una y otra vez, el cuerpo temblando, las tetas marcadas de chupetones y semen seco. Wesley no volvió a tocarse. La polla se le quedó medio dura y abandonada, dolorida, mientras el sol subía alto entre los árboles.

Al mediodía Roman se desplomó en la cama grande, la verga por fin blanda y brillante de tanto uso. Carmen se acurrucó a su lado, el cuerpo marcado, el coño y el culo rojos e hinchados, un hilo blanco todavía resbalándole por entre las nalgas. Wesley estaba de rodillas al pie de la cama, la cara cubierta de fluidos secos, la boca abierta por costumbre, esperando la siguiente orden.

Roman se estiró, bostezó y se levantó sin prisa. Se limpió la polla con la sábana de Carmen, se puso los vaqueros, la camisa, los zapatos. Agarró la bolsa vacía de vino y la dejó junto a la puerta. Carmen lo miró desde la cama, perezosa, satisfecha, sin intentar detenerlo. Wesley levantó la vista, el corazón todavía golpeándole las costillas, la excitación y la vergüenza mezcladas en un nudo caliente en el estómago.

Roman se acercó, le revolvió el pelo a Wesley como a un perro y le dio un beso lento y profundo a Carmen, metiéndole la lengua hasta el fondo una última vez. Después se enderezó, abrió la puerta de la cabaña y salió al porche. El aire fresco del bosque le golpeó la cara. Sin volverse del todo, levantó una mano en un gesto vago, casi perezoso.

—Nos vemos —dijo simplemente.

Bajó los tres escalones de madera, cruzó el claro entre los pinos y se perdió calle abajo entre los árboles, la figura haciéndose pequeña hasta desaparecer del todo. Dentro, el silencio se instaló de golpe. Solo quedaba el olor a sexo, la respiración entrecortada de Carmen y Wesley arrodillado todavía, mirando la puerta abierta por donde Roman se había ido, sin ira, sin drama, simplemente hecho.

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