Juntos en la Azotea, Observándonos

Selena se masturba en la azotea mientras su vecino Desmond la mira y se pajea hasta que acaban follando duro.

12 min read August 24, 2026New

El calor del verano se aplastaba contra la azotea del edificio como una mano húmeda. El asfalto todavía ardía bajo las plantas de los pies descalzos de Selena aunque el sol se hubiera ido hace horas. Llevaba solo una bata de seda negra abierta de arriba abajo, sin nada debajo, y el aire caliente le rozaba los pezones endurecidos cada vez que una brisa floja subía desde la calle. A sus veinticuatro años, el cuerpo voluptuoso le pesaba de ganas: caderas anchas, tetas pesadas que se movían con cada paso, el coño ya hinchado y resbaladizo de solo pensar en lo que iba a hacer.

La tumbona de rejilla estaba junto a la barandilla. Selena se dejó caer en ella, abrió las piernas de par en par y se pasó dos dedos por los labios empapados. Un gemido bajo le salió de la garganta. Se metió los dedos hasta el nudillo, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor, y empezó a follarse a sí misma con movimientos lentos y ruidosos. El chapoteo de su jugo se oía claro en el silencio de la azotea.

Desmond llevaba diez minutos escondido detrás del muro de la caseta de la azotea. Tenía veintiocho, el cuerpo marcado de ir al gimnasio del edificio, y la polla ya le empujaba contra el pantalón corto como un animal rabioso. Había subido a fumar y se había quedado petrificado al verla. Ahora no podía apartar la vista. Veía perfectamente cómo los dedos gruesos de Selena entraban y salían de aquel coño rosado y chorreante, cómo el pulgar le daba vueltas al clítoris hinchado, cómo los pechos le rebotaban cada vez que arqueaba la espalda.

«Joder, se está abriendo toda…» pensó, tragando saliva. Se apretó la verga por encima de la tela y sintió un latido doloroso. El olor a coño caliente le llegaba hasta donde estaba. Sabía que debería irse. Sabía que si ella lo descubría todo se iba a la mierda. Pero no se movió. Se quedó allí, respirando por la boca, viendo cómo ella se metía ya tres dedos y se frotaba el clítoris con la otra mano hasta ponerse roja de placer.

Selena abrió los ojos.

Lo miró directamente a través de la penumbra. No se tapó. No gritó. Sonrió con una lujuria lenta y peligrosa, y separó aún más las piernas, levantando las rodillas hasta el pecho para que él viera todo: el agujero del coño dilatándose alrededor de sus dedos brillantes, el culo apretado un poco más abajo, el hilo de lubricante que le bajaba hasta el agujero del culo.

—Te veo, Desmond —dijo con voz ronca, sin dejar de masturbarse—. Llevas rato mirándome. ¿Te gusta cómo me froto el coño, cabrón?

El corazón de Desmond le dio un vuelco. La polla le dio un tirón tan fuerte que le dolió. En vez de huir, se salió de detrás del muro. Se plantó a tres metros de ella, se bajó los pantalones de un tirón y sacó la verga gruesa, ya gorda y venosa, la cabeza roja y brillante de precum. Empezó a pajearse con fuerza, mirándola a los ojos.

—Me encanta —gruñó—. Llevo semanas oyendo cómo te corres por la noche a través de la pared. Pensaba que era solo fantasía. Joder, Selena, qué coño tan puto mojado tienes…

Ella se rió bajo, metiéndose los dedos más profundo y abriéndose los labios con la otra mano para que él viera el interior rosado y convulso.

—Entonces deja de esconderte y mástaté bien. Quiero ver cómo te corres mirándome. Vamos, Desmond. Enséñame esa polla gorda mientras me meto los dedos hasta el fondo.

Se masturbaban mirándose. El sonido de la mano de él subiendo y bajando por la verga se mezclaba con el chapoteo húmedo del coño de ella. Selena se mordía el labio, los ojos entrecerrados, y cada vez que él apretaba la base de la polla ella gemía más alto. El aire olía a sexo y a asfalto caliente. Ella se frotaba el clítoris con dos dedos rápidos, los muslos temblando.

—Más cerca —ordenó de pronto, haciéndole señas con la mano libre, los dedos todavía brillantes de jugo—. Ven aquí y acaba de una puta vez con esta distancia. Quiero que me la metas.

Desmond no necesitó que se lo dijeran dos veces. Cruzó el espacio que los separaba en tres zancadas, se arrodilló entre las piernas abiertas de ella sobre la tumbona y alineó la cabeza gruesa de su polla contra la entrada empapada. Empujó de un solo golpe. El coño de Selena lo tragó entero con un sonido obsceno y ella gritó, echando la cabeza hacia atrás.

—¡Joder, sí! Toda, métela toda…

Él la folló en misionero con embestidas profundas y brutales. La tumbona crujía. Las tetas de Selena rebotaban salvajemente. Desmond le agarró las caderas y le hundió la verga hasta los huevos una y otra vez, sintiendo cómo las paredes calientes y resbaladizas se le apretaban. Ella le arañaba la espalda, gimiendo sin control.

—Más duro… me estás destrozando el coño… ay, qué rica está tu polla…

—Te he estado mirando cada puta noche desde que te mudaste —jadeó él contra su boca—. Imaginaba esto. Imaginaba metértela hasta que gritaras.

Selena se retorció bajo él y se dio la vuelta de golpe, poniéndose a cuatro patas sobre la tumbona. Le ofreció el culo redondo y el coño chorreante desde atrás. Desmond no esperó. La empaló de un empujón seco, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Empezó a darle embestidas brutales, el sonido de carne contra carne llenando la azotea. Cada vez que se enterraba hasta el fondo, el jugo de ella salpicaba sus muslos.

—Así, así, fóllame como la puta que soy por dejarte mirar —gime ella, empujando el culo hacia atrás—. Me encanta que me hayas estado espiando. Me mojaba más sabiendo que podías estar ahí…

Desmond sacó la polla del coño y la apoyó contra el agujero del culo de ella, ya resbaladizo de jugos. Empujó despacio al principio. Selena soltó un grito ahogado cuando la cabeza gruesa le abrió el culo. Él siguió metiendo centímetro a centímetro hasta que los huevos le rozaron los labios del coño. Entonces la folló el culo con embestidas cortas y profundas, tirándole del pelo para arquearle la espalda.

—Qué culo tan apretado… joder, Selena… —gruñó, alternando: tres embestidas en el culo, luego de vuelta al coño chorreante, luego otra vez al culo. Ella temblaba, baboso el rostro de placer, gimiendo cada vez que la rellenaba.

—Me corre el jugo hasta los muslos de lo puta que me pones… sí, úsame… me gusta que me mires y después me destroces…

Los dos jadearon confesiones sucias entre embestidas. Ella le decía lo mucho que se tocaba pensando en él al otro lado de la pared. Él le contaba las noches que se había pajeado escuchando sus gemidos. La tensión de semanas de miradas robadas explotaba en cada embestida.

Desmond volvió a meterse del todo en su coño, agarrándola del pelo con las dos manos, y la folló sin piedad hasta que sintió el orgasmo subirle como una descarga. Selena se corrió primero, gritando sin contención, el coño convulsionándole alrededor de la verga en espasmos violentos que le exprimían la polla. Eso lo mandó al límite. Se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella a chorros densos y calientes, llenándole el coño mientras ella seguía temblando y gritando.

Se quedaron unos segundos jadeando, pegados, el semen de él empezando a salirle por los labios del coño en hilos blancos y espesos. Selena se giró despacio, todavía de rodillas en la tumbona. Agarró la polla de Desmond —aún medio dura, brillante de sus jugos mezclados— y la acercó a la boca. La lamió desde la base hasta la cabeza con la lengua plana, saboreando el sabor a coño y a corrida, limpiándole cada gota con lentitud obscena. Le chupó la cabeza con fuerza un momento, mirándolo a los ojos, y después se separó solo lo suficiente para susurrarle contra la piel sensible, la voz ronca y peligrosa:

—Esto no se queda aquí esta noche, Desmond… hay algo que no te he contado de la azotea de al lado… y de quién más nos ha estado mirando mientras nos follábamos…

Selena todavía tenía la lengua pegada a la polla de Desmond cuando lo dijo, la voz ronca rozándole el glande sensible. Él se quedó tieso un segundo, el corazón martillándole las costillas, y miró hacia el muro bajo que separaba su azotea de la del edificio contiguo. La penumbra del verano no ocultaba del todo la figura al otro lado: un tío alto, de unos treinta, el torso desnudo brillante de sudor, la mano subiendo y bajando por una verga larga y oscura que brillaba de precum. Los ojos fijos en ellos. Se había estado pajando sin esconderse, la boca entreabierta, respirando fuerte.

—Joder… —murmuró Desmond, la polla dándole un latido nuevo contra la lengua de ella—. ¿Cuánto tiempo lleva?

Selena se rió bajito, se puso de pie sobre la tumbona y se pasó dos dedos por el coño todavía abierto y goteando semen. Se los metió en la boca, chupó ruidoso y le hizo un gesto al vecino de al lado.

—Desde que te escondiste detrás de la caseta, gilipollas. Se llama Marcos. Vive solo. A veces le dejo la puerta de la azotea entreabierta a propósito. Ven aquí, cabrón —le gritó ella sin bajar la voz—. Ya nos has visto todo. Si te vas a correr mirándonos, al menos ven a follar de verdad.

Marcos no dudó. Saltó el murete con agilidad, la polla balanceándose pesada, y aterrizó a dos metros. Olor a sexo fresco y a asfalto caliente. Desmond sintió un tirón de celos y de excitación brutal al mismo tiempo; la verga se le puso otra vez dura del todo mientras Selena se arrodillaba entre los dos y les agarraba una polla en cada mano.

—Mirad cómo me habéis dejado el coño —dijo ella, abriéndose de rodillas y empujando los labios hinchados con los pulgares para que los dos vieran el agujero rojo y baboso, el semen de Desmond escurriéndole en hilos espesos hacia el clítoris—. Me habéis estado espiando las dos azoteas. Pues ahora os lo coméis entero.

Se inclinó y engulló la polla de Marcos hasta la base de un solo movimiento. El tío soltó un gruñido gutural y le agarró el pelo. Selena gorgoteó, la saliva resbalándole por la barbilla, mientras con la otra mano seguía pajéandole a Desmond con tirones firmes y rápidos. El sabor a precum nuevo se mezclaba con el de su propia corrida anterior. Abrió más la garganta y dejó que Marcos le follara la boca con embestidas cortas, los huevos golpeándole el mentón.

Desmond no aguantó solo mirar. Se colocó detrás de ella, le separó las nalgas con las dos manos y le hundió la lengua en el culo todavía resbaladizo. Selena gritó alrededor de la verga que la embestía, el sonido ahogado y vibrante. Él la lamió de arriba abajo, del coño chorreante al agujero apretado, chupando su propio semen y el jugo de ella hasta que el sabor le emborrachó. Después alineó la polla y se la metió de un empujón seco hasta los huevos. El coño la engulló con un chapoteo obsceno.

—¡Putasaaa…! —jadeó ella al sacar la boca un segundo—. Las dos pollas a la vez… destrozadme.

Marcos se arrodilló delante, le puso la verga gruesa entre las tetas y se las apretó con las manos para follárselas mientras Desmond la embestía desde atrás como un animal. Las tetas de Selena rebotaban pesadas, el pezón rozándole el glande a Marcos cada vez. Ella escupía saliva sobre la polla para que resbalara mejor entre la carne suave y caliente. El sonido de carne contra carne llenaba la azotea: el culo de Selena chocando contra la pelvis de Desmond, las tetas aplastándose alrededor de la verga de Marcos, los gemidos roncos de los tres.

Desmond le tiró del pelo para arquearle la espalda y le metió dos dedos en el culo al mismo tiempo que la follaba. Selena se corrió de golpe, el coño retorciéndosele en espasmos violentos, un chorro caliente salpicándole los muslos a él. No pararon. Marcos se levantó, se colocó delante de la tumbona y le ofreció la polla otra vez a la boca. Ella la chupó con voracidad, babas espesas colgándole de la comisura, mientras Desmond seguía martilleándole el coño con embestidas profundas que le sacudían todo el cuerpo.

—Cambio —ordenó ella entre jadeos, la voz hecha mierda de placer—. Quiero las dos dentro. Ahora.

Se tumbaron: Desmond debajo, la polla enhiesta apuntando al cielo. Selena se montó a horcajadas y se la clavó hasta el fondo con un gemido largo, las paredes todavía temblando del orgasmo anterior. Marcos se arrodilló detrás, le escupió al agujero del culo y empujó. La cabeza gruesa abrió el anillo apretado centímetro a centímetro. Selena gritó, la espalda arqueada, las uñas clavándosele en el pecho a Desmond.

—Joder, joder, me estáis abriendo toda… las dos pollas… se me nota el bulto en la barriga…

Marcos se enterró hasta los huevos. Los dos se movieron a la vez: Desmond subiendo las caderas, Marcos embistiendo desde atrás. El roce de las dos vergas a través de la pared fina que separaba coño y culo era insoportable de lo bueno que se sentía. Selena baboseaba, los ojos en blanco, empujando el culo hacia atrás para tragarlos más. Cada embestida doble le sacaba un grito ahogado. El jugo le chorreaba por los muslos, mezclado con el semen anterior, y formaba un charco brillante en el pecho de Desmond.

—Más duro, cabrones… usadme como la puta de la azotea que soy… me encanta que me hayáis estado mirando las dos… me mojaba pensando en que os estabais pajeando con mis gemidos…

Desmond le agarró las tetas y se las apretó fuerte, retorciéndole los pezones. Marcos le dio una palmada seca en el culo y luego otra, dejando la marca roja. La follaron sin piedad, el ritmo brutal, el sonido de piel empapada chocando. Selena se corrió otra vez, el orgasmo tan fuerte que le salió un chorro que empapó el vientre de Desmond. El coño y el culo se le cerraron como puños alrededor de las dos pollas y eso los mandó al límite.

Marcos se corrió primero dentro del culo, gruñendo, llenándola a chorros calientes y densos. Se salió y el semen le brotó en un hilo espeso que le bajó por el coño todavía empalado. Desmond no aguantó más: la volteó sin sacársela, la puso de espaldas y la folló en misionero salvaje mientras Marcos le metía los dedos en la boca para que los chupara sucios de su propia corrida. Se enterró hasta el fondo y se vació dentro del coño otra vez, bombeando semen fresco sobre el anterior.

Los tres se quedaron jadeando, sudorosos, el aire pesado a sexo. Selena se dejó caer de lado en la tumbona, las piernas abiertas, el coño y el culo abiertos y goteando blanco por los dos agujeros. Se pasó los dedos, recogió un buen chorro de semen mezclado y se lo ofreció a los dos para que lo lamiieran. Desmond y Marcos chuparon sus dedos a la vez, las lenguas rozándose.

Marcos se rió bajo, todavía con la polla medio dura y brillante.

—La próxima vez traigo a mi compañero de piso. También os ha oído follar a través de la pared más de una noche.

Selena se incorporó despacio, el semen escurriéndole por el muslo interno hasta la rodilla. Miró a Desmond a los ojos, la sonrisa sucia y peligrosa, y le agarró la polla blanda para darle un tirón lento.

—¿Y tú, Desmond? ¿Vas a seguir escondiéndote detrás del muro o vas a subir todas las noches a follarme el coño delante de quien quiera mirar?

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