Descubierta desnuda: su primera vez anal en el establo
Colette se deja follar el culo virgen por primera vez en el establo.
El sol se derritía detrás de las colinas cuando Colette empujó la pesada puerta del establo. El aire olía a heno fresco, a cuero y a sudor de caballo. Había venido buscando a su yegua, Luna, que no aparecía en el prado, pero el silencio del lugar le dijo que la yegua ya estaba dentro, paciendo tranquila en el fondo. Lo que no esperaba era encontrarse a Barrett solo, camisa abierta hasta el pecho, remangado hasta los codos, cepillando la crin de un caballo castaño.
Él levantó la vista. Tenían la misma edad mental desde hacía semanas: ella, veintidós, hija del dueño; él, veintiocho, el peón más guapo de la finca, brazos gruesos, mandíbula marcada y esa mirada que siempre se le quedaba un segundo de más en las caderas de Colette cuando ella pasaba en shorts.
—¿Buscas a Luna? —preguntó él con voz ronca—. Está al fondo.
Colette asintió, pero el calor del atardecer le pegaba a la piel como una mano. El balde de agua fría junto a la pila la tentó. Sin pensarlo demasiado, se desabrochó la blusa, se la quitó y luego el sujetador. Los pechos le saltaron libres, pezones ya duros por la brisa. Se bajó la falda y las bragas de un tirón y se echó el agua por encima del torso. Gotas resbalaron entre sus tetas, por el vientre plano, se le metieron entre los labios del coño.
Barrett se quedó paralizado, el cepillo a medio aire.
—Joder, Colette…
Ella no se tapó. Se giró despacio, empapada, el culo redondo y firme brillando con el agua. Le sostenía la mirada sin vergüenza.
—Llevo semanas mojándome cada vez que te veo sudar en el campo —confesó ella, voz baja, atrevida—. Y tú… no me digas que no me miras el culo cuando me agacho a recoger las manzanas.
Barrett dejó el cepillo. Se acercó dos pasos. El bulto en su pantalón ya marcaba grueso.
—Te miro. Todas las putas mañanas. Sueño con abrirte las piernas aquí mismo. Contigo encima del heno, gimiendo mi nombre.
La tensión se cortaba con un cuchillo. Colette se acercó desnuda, gotas todavía cayéndole de los pezones. Le puso una mano en el pecho peludo y sintió el corazón acelerado.
—Quiero que seas mi primero en todo, Barrett. En el coño… y sobre todo en el culo. Nadie me ha tocado ahí. Nadie. Y desde que te vi arreglar la valla con esa polla marcando el pantalón no pienso en otra cosa.
Él gruñó, la agarró por la nuca y la besó con hambre. Lengua profunda, dientes en el labio inferior. Sus manos fuertes le subieron a los pechos, los apretó, pellizcó los pezones hasta hacerla gemir dentro de su boca. Luego bajó, le rodeó las nalgas, las separó y le metió un dedo por el surco, rozándole el agujero apretado.
—Hostia, qué cerradito lo tienes… —murmuró contra su cuello—. ¿De verdad quieres que te lo folle hoy?
Colette jadeó y se frotó contra su mano.
—Prepárame. Lámeme el culo. Métete los dedos. Quiero sentirte antes de que me partas.
Se agachó voluntariamente frente a él, se apoyó en un fardo de heno y con las dos manos se abrió las nalgas. El ano rosado, virgen, contraído, le temblaba a la vista de Barrett. Él se arrodilló detrás, le escupió directo al agujero y le pasó la lengua plana de coño a culo. Colette soltó un grito ahogado cuando la lengua gruesa de Barrett empujó y entró un poco. La lamió con ganas, babosa, le mordisqueó los bordes, le metió la punta de la lengua una y otra vez mientras ella se empujaba hacia atrás.
—Más… joder, Barrett, más profundo…
Él mojó dos dedos con saliva y con cuidado le empujó el primero. El anillo de músculo resistió y luego cedió. Colette jadeó alto, el coño goteándole en el heno. Barrett metió el dedo hasta el nudillo, lo giró, lo sacó y metió el segundo. La folló despacio con los dedos, abriéndola, estirándola, mientras con la otra mano le sobaba el clítoris hinchado.
—Mírate… te estás corriendo solo con los dedos en el culo —dijo él, voz espesa—. Qué puta tan rica vas a ser cuando te meta la polla entera.
Colette ya no aguantaba. Se puso a cuatro patas sobre el heno, espalda arqueada, culo en alto.
—Fóllame ya. Quiero tu polla en mi culo virgen. Ahora.
Barrett se bajó los pantalones. La polla le saltó gruesa, venosa, ya chorreando un hilo de precum. Se masturbó rápido un momento, se corrió un poco en la mano solo de verla así, y mezcló esa corrida caliente con un buen escupitajo. Se untó toda la longitud y se colocó detrás de ella. La cabeza gorda empujó contra el ano apretado.
—Respira, preciosa…
Colette empujó hacia atrás ella misma. El glande venció la resistencia y entró. Un ardor delicioso, una invasión lenta que la hizo abrir la boca en un gemido largo. Barrett se dejó tragar centímetro a centímetro, sin prisa al principio, hasta que los huevos le tocaban las nalgas.
—Tan… tan gordo… joder, me estás abriendo entera…
Él empezó a moverse. Embestidas suaves, profundas, sacando casi toda la polla y volviendo a enterrársela completa. El heno crujía bajo las rodillas de Colette. Ella se metió una mano entre las piernas y se frotó el coño empapado al ritmo de las embestidas. Cada vez que Barrett le daba hasta el fondo, el placer le subía por la columna.
—Más fuerte —pidió ella—. Fóllame el culo como si fuera tu puta.
Barrett agarró las caderas con fuerza y aceleró. Carne contra carne, el sonido húmedo y obsceno llenando el establo. La follaba con fuerza bruta ahora, la polla desapareciendo entera en ese culo virgen que se le aferraba. Colette gemía sin freno, el pecho contra el heno, los pechos rebotando.
Los levantó de pronto. La puso de pie, de cara a la pared de madera del establo, le levantó una pierna y volvió a clavársela de un solo empujón. La sujetaba por las caderas, los dedos marcándole la carne, y le daba anal profundo y rápido. Cada embestida le sacaba el aire. Barrett le mordió el hombro, le hablaba al oído:
—Este culo es mío ahora. Lo voy a llenar de leche. ¿Lo quieres?
—Sí… córrete dentro… lléname el culo, Barrett, por favor…
Ella se retorcía, masturbándose el clítoris con furia. El orgasmo le llegó primero: el coño se le contrajo en vacío, el culo le apretó la polla de Barrett como un puño y gritó contra la madera. Barrett la siguió dos embestidas después. Se enterró hasta las bolas y se corrió a chorros calientes dentro de su culo, bombeando semen espeso que le rebosaba por los bordes y le bajaba por los muslos.
Se quedaron temblando, unidos. Cuando él salió, un hilo blanco espeso le colgó del ano abierto. Colette, todavía jadeando, se arrodilló delante de él. Le tomó la polla brillante de semen y de su propio culo y se la metió en la boca. La chupó limpia, saboreando el sabor a sexo, a su propio agujero usado, a la corrida de Barrett. Le miró a los ojos mientras lo hacía.
—Esta será solo la primera de muchas noches en el establo —susurró contra el glande todavía sensible—. La próxima vez quiero que me lo metas sin prepararme tanto… quiero sentir cómo me duele rico desde el primer segundo.
Se vistieron entre risas cómplices, besos lentos y manos que no paraban de rozar. Colette le abrochó la camisa a Barrett; él le subió la falda con cariño animal. Cuando salieron del establo el cielo ya era morado.
—Mañana mis padres se van al pueblo hasta la noche —dijo ella, pegada a su pecho—. Déjalos irse… y ven. Quiero que me folles el culo otra vez, y después el coño, y que me dejes marcada. Y si alguien se acerca… que nos oiga gemir.
Barrett le apretó el culo por encima de la ropa, todavía sensible y lleno de su leche.
—Estaré aquí al anochecer. Y esta vez te voy a tener contra la puerta para que cualquiera que pase vea cómo te abro las nalgas.
Colette sonrió, el culo aún latigándole el recuerdo de la polla, y se alejó hacia la casa con las piernas torcidas de placer, sabiendo que al día siguiente el establo volvería a oler a sexo y a ellos dos.
El sol ya se había hundido detrás de las colinas cuando Colette escuchó el motor del coche de sus padres alejarse por el camino de tierra. El polvo se levantó en una nube rojiza y después solo quedó el silencio denso de la finca. Llevaba todo el día con el culo latiéndole, recordando cómo la polla de Barrett le había abierto el anillo virgen la tarde anterior, cómo el semen le había resbalado por los muslos mientras caminaba de vuelta a casa. Se había duchado tres veces y aún sentía el eco de aquellas embestidas.
Se puso solo una camisa de lino blanca, sin sujetador, sin bragas, y bajó descalza hasta el establo. El aire olía otra vez a heno y a cuero caliente. Barrett ya estaba allí, de pie junto a la puerta entreabierta, camisa abierta, pantalones desabrochados. La polla le marcaba el bulto grueso y pesado. Al verla, sonrió con esa boca de lobo.
—Sabía que vendrías madrugando la noche —dijo con voz ronca—. Enséñame cómo te dejaste el culo para mí.
Colette no contestó con palabras. Se giró de espaldas, se agachó un poco y con las dos manos se subió la camisa hasta la cintura. El culo redondo, todavía un poco hinchado y rosado de la noche anterior, quedó al aire. Se separó las nalgas con los dedos y le mostró el agujero. Estaba un poco abierto aún, brillante de la crema que se había puesto por la mañana, temblando con cada respiración.
Barrett gruñó, se acercó y le escupió directo encima. La saliva caliente resbaló por el surco. Con el pulgar la extendió, empujando apenas la yema contra el músculo que se contraía.
—Todavía está sensible… joder, se te nota que te la metí ayer hasta las bolas. Hoy no te voy a preparar tanto, Colette. Hoy vas a sentir cómo te duele rico desde el primer segundo, como pediste.
Ella jadeó y empujó el culo hacia atrás.
—Hazlo. Quiero que me partas otra vez. Quiero que me uses el culo como si fuera tu puta del establo.
Barrett la agarró de la nuca y la empujó contra la puerta de madera gruesa. La camisa se le subió sola. Le abrió las piernas con la rodilla, le separó las nalgas con las manos grandes y se frotó la polla ya dura entre ellas, untándola con su propio precum y con la saliva. La cabeza gorda encontró el agujero y empujó sin piedad.
Colette soltó un grito ahogado cuando el glande venció la resistencia. El ardor fue inmediato, vivo, delicioso. El anillo se estiró alrededor de la coronilla gruesa y ella clavó las uñas en la madera.
—Joder… tan gordo… me estás abriendo otra vez…
—Respira y empuja hacia atrás —ordenó él contra su oreja—. Quiero que te la tragues sola.
Ella obedeció. Empujó el culo contra él y centímetro a centímetro la polla gruesa desapareció dentro. El calor la invadió, la llenó, le robó el aire. Cuando los huevos le tocaban las nalgas, Barrett se quedó quieto un segundo, respirando pesado, dejándola sentir cada vena, cada pulso.
—Mírate… te tienes toda la polla en el culo y ya estás goteando por el coño. Qué puta tan perfecta.
Empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, sacando solo la mitad y volviendo a enterrársela entera. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenó el establo. Colette gemía sin freno, la mejilla pegada a la puerta, los pechos libres rebotando bajo la camisa abierta. Cada vez que Barrett le daba hasta el fondo sentía el golpe sordo en el vientre, el estiramiento brutal que le subía por la columna como electricidad.
—Más fuerte —pidió ella, voz rota—. Fóllame el culo como si quisieras dejarlo destrozado. Quiero sentirte mañana cuando camine.
Barrett agarró sus caderas con fuerza y aceleró. Ahora la embestía con ritmo brutal, sacando casi toda la polla y clavándosela de un solo empujón. El heno crujía bajo sus botas. Colette se metió una mano entre las piernas y se frotó el clítoris hinchado, empapado. El coño le chorreaba por los muslos mientras el culo se le aferraba a la polla como un puño.
De pronto él la giró. La puso de frente, la levantó un poco y la sentó a horcajadas sobre su regazo mientras se apoyaba en un fardo alto. La polla entró otra vez de un golpe seco. Colette gritó y se arqueó. Barrett le mordió un pezón a través de la camisa y la folló hacia arriba, agarrándole las nalgas y abriéndoselas para clavar más profundo.
—Mírame mientras te la meto —exigió—. Quiero ver tu cara cuando te corras solo con el culo.
Ella lo miró, ojos vidriosos, boca abierta. Cada embestida le sacaba un gemido gutural. Se movía ella también, bajando con fuerza, buscando el fondo. El orgasmo le llegó de golpe: el coño se le contrajo en vacío, el culo le apretó la polla de Barrett en espasmos rítmicos y ella gritó su nombre contra su cuello, temblando, chorreando.
Barrett no paró. La siguió follando a través del orgasmo, más duro, más profundo, hasta que ella lloriqueaba de placer excesivo. Entonces la bajó, la puso a cuatro patas sobre el heno fresco y se arrodilló detrás. Le escupió otra vez al agujero abierto y brillante y volvió a meterse de un empujón.
—Ahora te voy a llenar otra vez —gruñó—. Y después te voy a follar el coño con la polla todavía pringada de tu culo. ¿Lo quieres?
—Sí… joder, sí… córrete dentro… lléname…
Embestidas salvajes. El sonido de los huevos golpeándole el coño mojado. Colette se masturbaba el clítoris con furia, el segundo orgasmo ya subiendo. Cuando llegó, el culo le exprimió la polla tan fuerte que Barrett soltó un grito y se enterró hasta las bolas. Se corrió a chorros calientes, bombeando semen espeso que le rebosaba por los bordes y le bajaba por el perineo hasta el coño.
Se quedaron jadeando. Cuando él salió, un hilo blanco grueso colgó del ano abierto y abierto de Colette. Ella, todavía temblando, se giró, se arrodilló y le tomó la polla brillante de semen y de su propio culo. Se la metió en la boca y la chupó limpia, saboreando el sabor a sexo sucio, a corrida, a su agujero usado. Le miró a los ojos mientras lo hacía, lamiendo cada gota.
Barrett le acarició el pelo.
—Todavía no he terminado contigo.
La tumbió de espaldas sobre el heno. Le abrió las piernas de par en par y se acomodó entre ellas. La polla, todavía medio dura y resbaladiza de semen y saliva, rozó el coño empapado. Empujó y entró de un solo golpe en su coño virgen. Colette arqueó la espalda y gimió largo. Estaba tan mojada que lo recibió entero de inmediato, pero el contraste —el culo recién follado y ahora el coño estirado— la volvió loca.
Barrett la folló con fuerza, profunda, mirándola a la cara. Cada embestida le hacía rebotar las tetas. Ella se agarró a sus hombros anchos y le rodeó la cintura con las piernas.
—Así… fóllame los dos agujeros… úsame…
Él sacó la polla del coño, se la metió otra vez en el culo de un empujón seco —Colette gritó— y después volvió al coño. Alternaba. Unas embestidas en un agujero, otras en el otro, hasta que los dos estaban abiertos, rojos, chorreando. El heno se pegaba a la piel sudada de Colette. El olor a sexo era espeso, animal.
Cuando Barrett sintió que se acercaba otra vez, la puso de lado, le levantó una pierna y se la clavó en el culo hasta el fondo. Se corrió otra vez, más semen caliente llenándola, desbordándola. Colette se corrió con él, el clítoris frotado por los dedos gruesos de Barrett, el cuerpo entero convulsionando.
Se quedaron tendidos entre el heno, unidos, respirando. El semen le salía a Colette por los dos agujeros, le manchaba los muslos, el heno. Barrett le besó el cuello, le mordisqueó el hombro.
—Mañana vuelven tus padres a la hora de comer —murmuró—. Pero esta noche aún es nuestra. Quiero follarte otra vez contra la puerta, con la luz de la luna, para que si pasa alguien por el camino te vea con las nalgas abiertas y mi polla desapareciendo en tu culo. Y quiero que me pidas que te deje el culo tan usado que no puedas montar a caballo en una semana.
Colette sonrió, exhausta y voraz a la vez, y se frotó el culo contra la polla que ya empezaba a endurecerse otra vez entre sus nalgas.
—Hazlo. Quiero que me marques por dentro. Y después… quiero que me ates las muñecas con la rienda de Luna y me folles los dos agujeros hasta que no pueda ni hablar. Quiero despertarme mañana cojeando y sabiendo que soy tu puta del establo.
Barrett le apretó una nalga todavía sensible, le metió dos dedos en el culo lleno de semen y se los movió despacio, escuchándola gemir otra vez.
—Entonces levántate. Contra la puerta. Ahora. Y esta vez no te voy a dejar correr hasta que me lo ruegues llorando.
Colette se puso en pie temblando, el semen bajándole por las piernas, y caminó hacia la puerta entreabierta con el culo abierto y listo. El aire nocturno le rozó la piel. Sabía que la noche apenas empezaba y que Barrett iba a sacarle cada gemido, cada gota, cada rincón de placer que le quedara. Y ella lo quería todo.
Colette se plantó contra la puerta entreabierta del establo, las palmas abiertas sobre la madera rugosa, el culo todavía abierto y resbaladizo de semen. El aire nocturno le rozó los pezones duros a través de la camisa de lino abierta y le provocó un escalofrío que le bajó directo al clítoris hinchado. Barrett se acercó por detrás sin prisa, la polla ya otra vez dura y brillante, y le apartó las nalgas con las dos manos grandes.
—Mira cómo te gotea todavía —gruñó contra su oreja mientras se frotaba el glande por el surco empapado—. El camino está a menos de cincuenta metros. Si alguien pasa ahora mismo va a verte con las nalgas abiertas y mi polla desapareciendo en tu culo. ¿Eso quieres, puta del establo?
—Sí —jadeó ella, empujando hacia atrás—. Métela. Quiero que me vean si hace falta. Quiero que me uses hasta que no pueda cerrar las piernas.
Barrett escupió otra vez entre sus nalgas y empujó. El glande venció el anillo ya usado de un solo golpe seco. Colette soltó un grito ahogado que se perdió en la noche. El ardor volvió, más vivo que antes, más profundo; el músculo se estiró alrededor de la coronilla gruesa y ella clavó las uñas en la madera. Él no esperó. La embistió hasta el fondo de un solo movimiento, los huevos golpeándole el coño mojado, y empezó a follarla con ritmo brutal, sacando casi toda la polla y clavándosela otra vez.
El sonido obsceno de carne contra carne llenó el establo. Cada embestida hacía crujir la puerta. Colette gemía sin freno, la mejilla pegada a la madera, los pechos libres rebotando. Se metió dos dedos en el coño y se los folló al mismo ritmo, sintiendo cómo la polla de Barrett le rozaba por dentro a través de la pared fina de carne. El placer subía en oleadas calientes.
—Más fuerte… joder, Barrett, rómpeme el culo —pidió con voz rota—. Quiero sentirte mañana cuando monte a caballo. Quiero que me duela cada paso.
Él agarró sus caderas con fuerza, los dedos marcándole moretones, y aceleró. Ahora la follaba como si quisiera dejarla destrozada: embestidas largas, profundas, salvajes. El semen de antes salía a borbotones cada vez que sacaba la polla y volvía a entrar, goteándole por los muslos hasta las rodillas. Colette se corrió primero. El coño se le contrajo en vacío alrededor de sus propios dedos, el culo le apretó la polla de Barrett como un puño rítmico y ella gritó su nombre contra la puerta, las piernas temblando tanto que casi se dobló.
Barrett no paró. La siguió follando a través del orgasmo, más duro, más profundo, hasta que ella lloriqueaba de exceso. Entonces salió de golpe, la giró y la empujó de rodillas sobre el heno. Fue hasta el rincón donde colgaban las riendas de Luna, cogió la más gruesa de cuero y volvió.
—Muñecas juntas —ordenó.
Colette obedeció sin dudar, el corazón martilleándole. Barrett le ató las muñecas con la rienda, el nudo firme pero no cruel, y tiró del extremo para obligarla a alzar los brazos por encima de la cabeza. La dejó a cuatro patas otra vez, culo en alto, brazos tensos hacia delante. Se arrodilló detrás, le abrió las nalgas y le escupió directo al agujero rojo y abierto.
—Ahora te voy a follar los dos agujeros hasta que no puedas ni hablar —dijo, voz espesa de lujuria—. Y cada vez que te corras vas a pedirme que te llene más.
Empujó la polla en el culo de un solo golpe. Colette gritó, el cuerpo entero arqueándose. Él la embistió con fuerza bruta durante un rato largo, el cuero de la rienda tirando de sus muñecas cada vez que ella intentaba moverse. Después sacó, se alineó con el coño empapado y se la clavó hasta el fondo. El contraste la volvió loca: el culo recién abierto y ahora el coño estirado alrededor de la misma polla pringada de semen y saliva. Barrett alternaba. Tres embestidas en el culo, cuatro en el coño, cinco otra vez en el culo. El heno se pegaba a la piel sudada de Colette. El olor a sexo era espeso, animal, a cuero y a corridas mezcladas.
Ella se corrió otra vez, más fuerte. El orgasmo le subió desde el clítoris hasta la nuca, le hizo ver estrellas y le sacó un gemido largo y gutural. Barrett le metió los dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba, y ella los lamió con hambre, saboreando su propio coño y su propio culo.
—Otra —gruñó él—. Quiero verte correr otra vez antes de llenarte.
La puso de lado, le levantó la pierna superior hasta casi el pecho y se la clavó en el culo hasta las bolas. Con la mano libre le frotó el clítoris hinchado en círculos rápidos y brutales. Colette se retorcía, las muñecas tirando de la rienda, la boca abierta en un grito silencioso. El tercer orgasmo le llegó como una descarga eléctrica. El culo le exprimió la polla de Barrett en espasmos tan fuertes que él soltó un juramento y se corrió a chorros calientes dentro, bombeando semen espeso que le rebosaba por los bordes y le bajaba en hilos blancos hasta el coño.
Se quedaron jadeando. Barrett salió despacio y el ano de Colette quedó abierto, redondo, goteando. Ella, todavía atada, se giró lo mejor que pudo y le lamió la polla limpia, chupando cada gota de semen y de su propio agujero usado, mirándolo a los ojos con lujuria voraz.
—Todavía quiero más —susurró contra el glande sensible—. Quiero que me folles otra vez contra la puerta, con la rienda tirando de mis muñecas, y que me dejes el culo tan abierto que no pueda montar en una semana. Quiero que me marques por dentro. Quiero que me uses hasta el amanecer.
Barrett le acarició el pelo pegado de sudor y le metió dos dedos en el culo lleno, moviéndolos despacio, escuchándola gemir otra vez.
—Entonces levántate. Contra la puerta otra vez. Y esta vez no te voy a dejar correr hasta que me lo ruegues llorando y me pidas que te folle el coño con la polla todavía caliente de tu culo. Y si oyes pasos en el camino… no te calles. Quiero que grites mi nombre para que sepan exactamente lo que te estoy haciendo.
Colette se puso en pie temblando, el semen bajándole por las piernas en hilillos calientes, las muñecas todavía atadas delante del cuerpo. Caminó hacia la puerta entreabierta con el culo abierto y listo, el aire nocturno rozándole la piel húmeda. La luna llena bañaba el patio de la finca con luz plateada. Barrett se colocó detrás, le levantó la camisa hasta las axilas, le separó las nalgas y volvió a empujar. El glande entró fácil esta vez, el anillo ya blando y usado, pero el ardor delicioso siguió ahí. Empezó a moverse despacio, profundo, cada embestida haciendo que la puerta crujiera.
Colette cerró los ojos y se dejó llevar. Sentía cada vena de la polla, cada pulso, el golpe sordo de los huevos contra su coño. Se frotó el clítoris con las manos atadas, torpe pero desesperada. El placer volvía a subir, más lento, más intenso. Barrett le mordió el hombro, le habló al oído con voz ronca:
—Eres mía. Este culo es mío. Este coño es mío. Mañana vas a cojear delante de tus padres y ellos no van a saber por qué, pero yo sí. Yo voy a saber que te dejé llena y abierta.
Ella empujó hacia atrás, buscando más.
—Hazlo… fóllame más fuerte… quiero que me duela rico… quiero que me dejes marcada por dentro y por fuera…
Barrett aceleró. Ahora la embestía con ritmo salvaje otra vez, la rienda tirando de sus muñecas cada vez que ella se arqueaba. El sonido de los choques húmedos llenaba la noche. Colette gemía más alto, sin cuidado, el cuerpo entero entregado. Sintió el cuarto orgasmo acercándose, caliente y pesado en el vientre. Justo cuando estaba a punto de caer, Barrett salió del culo, se alineó con el coño y se la clavó de un solo empujón. El contraste la hizo gritar. Él alternó otra vez: culo, coño, culo, coño, hasta que los dos agujeros estaban rojos, abiertos, chorreando una mezcla espesa de semen y jugos.
De pronto se oyó un ruido lejano en el camino de tierra: el crujido de grava bajo ruedas o pasos. Colette abrió los ojos de golpe, el corazón disparado, pero en lugar de asustarse empujó el culo con más fuerza contra Barrett.
—No pares —susurró, voz temblorosa de excitación—. Si es alguien… que nos oiga. Quiero que me folles más duro. Quiero gritar tu nombre.
Barrett gruñó, le agarró el pelo con una mano y la rienda con la otra, y la embistió con furia animal. La polla desaparecía entera en su culo una y otra vez. Colette se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, el semen anterior saliendo a borbotones con cada embestida. Barrett la siguió segundos después, enterrándose hasta las bolas y bombeando otra carga caliente dentro de ella, tan abundante que le rebosó por los muslos y le manchó el heno bajo los pies.
Se quedaron unidos, temblando, la puerta todavía entreabierta, la luna iluminándoles la piel sudada. Barrett no salió del todo. Se movió dentro de ella con embestidas cortas y perezosas, manteniendo la polla dura, mientras le susurraba al oído:
—Todavía no hemos terminado. Voy a desatarte solo para atarte otra vez a la viga del techo. Quiero tenerte colgando un poco, las piernas abiertas, y follarte el culo con los dedos y la polla hasta que me ruegues que te deje descansar. Y después… quiero que me montes al revés, que te bajes tú misma sobre mi polla hasta que te la tragues entera otra vez. La noche es larga, Colette. Y yo todavía tengo leche para llenarte dos veces más.
Colette sonrió contra la madera, exhausta y voraz, el culo latiéndole alrededor de la polla que seguía dentro, el semen caliente resbalándole por las piernas. Sabía que Barrett iba a cumplir cada palabra. El ruido lejano se había alejado, pero la posibilidad de ser descubiertos seguía ahí, caliente entre sus piernas. Se frotó el culo contra él, pidiendo más sin palabras, sabiendo que la madrugada todavía les pertenecía y que él no iba a parar hasta dejarla completamente destrozada de placer.
Colette seguía con la mejilla pegada a la madera cuando Barrett salió de ella con un sonido húmedo y obsceno. El semen le brotó en un hilo espeso que le bajó por el muslo hasta la rodilla. Él le desató las muñecas con movimientos torpes de prisa, le frotó los surcos rojos que había dejado el cuero y la giró hacia él. La miró un segundo, los ojos negros de lujuria, y luego la levantó casi en peso.
—A la viga —ordenó, voz ronca—. Quiero verte colgando un poco.
La arrastró hasta el centro del establo, donde una viga gruesa cruzaba el techo a la altura justa. Cogió otra rienda más larga, le pasó el cuero alrededor de las muñecas otra vez y tiró hacia arriba hasta que los brazos de Colette quedaron tensos por encima de la cabeza, los pies apenas rozando el heno. El cuerpo se le arqueó, los pechos libres subiendo y bajando con cada respiración agitada, el culo todavía abierto y brillante. Barrett se arrodilló delante de ella, le separó las nalgas con las dos manos y le metió la lengua plana directo en el ano usado. Colette soltó un gemido largo que se perdió entre las vigas. Él la lamió con hambre, empujando la lengua lo más hondo que pudo, saboreando su propia corrida mezclada con el sabor a carne abierta. Le mordisqueó los bordes hinchados, le metió dos dedos de golpe y los giró dentro mientras con la otra mano le frotaba el clítoris hinchado.
—Mírate… te cuelga el semen y todavía aprietas mis dedos como si quisieras más —murmuró contra su culo—. Pídemelo.
—Fóllame… métela otra vez… quiero sentir cómo me partes mientras estoy colgada —jadeó ella, las piernas temblando.
Barrett se puso de pie, se alineó y empujó. La polla entró de un solo golpe seco hasta las bolas. Colette gritó, el cuerpo entero balanceándose con el impacto. Él la agarró por las caderas y empezó a embestir con fuerza bruta, cada embestida levantándola un poco del suelo. El cuero chirriaba contra la viga. El sonido de carne contra carne llenaba el establo como un latigazo húmedo. Colette se retorcía, los pechos rebotando, el coño goteándole en el heno en hilillos claros. Se corrió rápido, el culo apretándole la polla en espasmos locos, un gemido gutural escapándole de la garganta. Barrett no paró. La folló a través del orgasmo, más profundo, más salvaje, hasta que ella lloriqueaba de exceso y el semen anterior salía a borbotones con cada salida.
Sacó de golpe, le bajó un poco las riendas para que pudiera flexionar las rodillas y se tumbó de espaldas en el heno fresco debajo de ella.
—Ahora tú. Párate encima. Espaldas a mí. Y bájate sola hasta que te la tragues entera otra vez.
Colette obedeció temblando. Se colocó a horcajadas al revés, las nalgas hacia la cara de Barrett, y con las manos todavía atadas se guió la polla gruesa hasta el agujero abierto. Empujó hacia abajo. El glande venció el anillo blando y ella se dejó caer centímetro a centímetro, gimiendo con cada pulgada que le llenaba el culo. Cuando los huevos le tocaron el coño, se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo latía dentro, cómo la abría otra vez hasta el fondo.
—Joder… tan hondo… me llega al estómago —susurró, voz rota.
Empezó a moverse. Subía y bajaba con las piernas temblando, follándose el culo ella misma al ritmo que quería, cada vez más fuerte. Barrett le agarró las nalgas, se las abrió más y empujó hacia arriba al mismo tiempo, clavándosela hasta que ella gritaba. El heno crujía bajo su espalda. Colette se masturbaba el clítoris con dedos torpes, el placer subiendo otra vez en oleadas calientes. Se corrió montándolo, el cuerpo convulsionando, el culo exprimiendo la polla en pulsos rítmicos mientras un chorro de jugos le salpicaba los muslos de Barrett. Él gruñó, la agarró con más fuerza y la folló desde abajo con embestidas cortas y brutales hasta que se corrió otra vez, bombeando semen caliente que le rebosó por los bordes y le manchó el pecho peludo.
Aún no había terminado. La bajó, la desató solo lo suficiente para tumbarla de espaldas otra vez y se metió entre sus piernas. La polla, pringada de culo y de corrida, rozó el coño empapado y entró de un empujón. Colette arqueó la espalda y gritó. Él la folló profundo, mirándola a los ojos, alternando otra vez: tres embestidas en el coño, dos en el culo, una en el coño otra vez, hasta que los dos agujeros estaban rojos, abiertos, chorreando una mezcla espesa. Le mordió un pezón, le chupó el cuello, le habló al oído con la voz hecha grava:
—Eres mi puta del establo. Mañana vas a cojear y yo voy a saber por qué. Cada vez que te sientes vas a recordar cómo te dejé el culo.
Colette se agarró a sus hombros y le rodeó la cintura con las piernas.
—Lléname otra vez… córrete dentro… quiero despertarme con tu leche saliéndome todavía…
Barrett aceleró. Embestidas salvajes, el sonido obsceno llenando la noche. Ella se corrió una vez más, el coño y el culo contrayéndose al mismo tiempo, y él la siguió, enterrándose hasta el fondo del culo y vaciando la última carga caliente y espesa. Se quedaron unidos, temblando, el sudor pegándoles la piel, el semen saliéndole a ella por los dos agujeros en hilillos blancos que manchaban el heno.
Despacio, Barrett salió. El ano de Colette quedó abierto un segundo, redondo, goteando, antes de contraerse un poco. Él la desató del todo, le frotó las muñecas con cuidado y la atrajo contra su pecho. Se tumbaron de lado entre el heno, las piernas enredadas, la camisa de lino de ella hecha jirones. Él le acariciaba la espalda con la palma grande, despacio, sin prisa. Ella le besó el pecho peludo, saboreando la sal del sudor, y apoyó la mejilla ahí, escuchando el corazón que aún latía fuerte.
El establo olía a sexo, a cuero, a heno aplastado. Afuera la luna seguía alta, el camino de tierra en silencio total. Ya no se oía ningún motor lejano. Solo la respiración de los dos, cada vez más lenta, más pareja. Barrett le besó la sien, los labios blandos contra el pelo pegado de sudor. Colette cerró los ojos. El ardor del culo le latía dulce, el semen caliente todavía resbalándole por dentro, pero el cuerpo se le iba quedando pesado, blando, entregado.
No hablaron más. No hizo falta. Se quedaron así, piel contra piel, el calor de uno metiéndose en el otro, mientras la noche se alargaba en un silencio espeso y completo que lo envolvía todo.
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