Ella lo observa entregarse a la noche
Talia observa cómo Sergio se masturba en la terraza y termina follándosela contra la barandilla a la vista de todos.
La noche de verano entraba por la ventana abierta como un suspiro caliente. Yo, Talia, veintiocho años y las piernas desnudas bajo el vestido corto de algodón, me había quedado mirando la terraza compartida del edificio sin pretenderlo al principio. El aire olía a asfalto tibio y a jazmín de algún balcón lejano. Abajo, las luces de la calle parpadeaban flojas. Arriba, solo el zumbido lejano de un aire acondicionado y el latido de mi propio pecho.
Sergio salió exactamente a las once y cuarto. Treinta y dos años, vecino del quinto, la misma planta que yo. Lo conocía de los ascensores, de los saludos cortos en el pasillo, de esa sonrisa ladeada que siempre me hacía apretar las piernas un segundo de más. Esta noche llevaba solo unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca que se le pegaba al pecho por el calor. Se apoyó en la barandilla de hierro negro, miró hacia la ciudad y se pasó una mano por el pelo corto. Yo no aparté la vista. Estaba en la penumbra de mi salón, la luz apagada a propósito, pero la luna llena bañaba mi ventana lo bastante para que cualquiera que se fijara viera el contorno de mi cuerpo.
Él se fijó.
Primero fue un giro lento de cabeza. Nuestros ojos se encontraron a través del cristal abierto. No me escondí. No cerré la cortina. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la tela fina y cómo el calor me bajaba directo al coño. Sergio no se tapó. Al contrario: se enderezó, me sostuvo la mirada y, con una calma que me dejó sin aire, se agarró el bajo de la camiseta y empezó a subírsela. Centímetro a centímetro. Primero el vientre plano, la línea de vello oscuro que desaparecía bajo el elástico. Después el pecho ancho, los pezones pequeños y duros. Se la quitó del todo, la dejó caer al suelo de baldosas y se quedó ahí, a torse nu, respirando hondo, sabiendo que yo lo devoraba con los ojos. Mi mano bajó sola entre mis muslos. Me toqué por encima de las bragas y noté lo mojada que ya estaba. Él lo sabía. Yo lo sabía. Los dos estábamos jodidamente excitados por la idea de ser vistos, aunque de momento solo nos viéramos el uno al otro.
Se pasó la lengua por el labio inferior. Yo me mordí el mío. El silencio entre nosotros era espeso, eléctrico. Entonces levantó una mano y me hizo un gesto claro, lento: ven. Dos dedos curvados hacia sí mismo, la mirada fija en la mía. No había duda. No había obligación. Solo una invitación sucia y abierta. El corazón me golpeaba la garganta. Cogí las llaves del cajón, salí descalza al pasillo común y empujé la puerta de la terraza. El aire caliente me envolvió la cara. Sergio seguía apoyado en la barandilla, a unos seis metros. Cerré la puerta a mi espalda. Caminé hacia él. Cuando me detuve, nos separaba medio metro. Podía oler su piel: jabón barato, sudor limpio, algo masculino que me hizo tragar saliva.
—Llevas rato mirándome —dijo él en voz baja, ronca—. Desde la ventana. Con las piernas abiertas y la mano en el coño, ¿verdad?
—Sí —contesté sin avergonzarme. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba—. Te vi salir y no pude dejar de mirar. Quería que me vieras mirándote.
Sergio sonrió de lado. Bajó la vista a mi vestido, a mis pechos sin sujetador, a mis muslos desnudos.
—Entonces mírame bien ahora.
Se enganchó los pulgares en la cintura del chándal y se lo bajó junto con el bóxer de un solo tirón. Su polla saltó pesada, ya medio dura, gruesa, la cabeza rosada brillante de un hilo de precum. Se la agarró con la mano derecha y empezó a masturbarse despacio, sin prisa, subiendo y bajando la piel, enseñándome cómo se le hinchaba más con cada caricia. Sus ojos no me dejaban ni un segundo.
—Quítate el vestido o súbetelo —ordenó suave—. Quiero ver cómo te tocas mientras me veo la polla.
Obedecí. Me levanté el vestido hasta la cintura, me bajé las bragas hasta media pierna y las dejé caer. El aire de la noche me rozó el coño afeitado y me arrancó un temblor. Separé los muslos, metí dos dedos entre los labios hinchados y gemí al notarme empapada. Me circuí el clítoris con la yema, lenta, exactamente al ritmo con el que Sergio se bombaba la polla.
—Joder, Talia… —murmuró él—. Estás chorreando. Se te ve brillar desde aquí. ¿Te excita que cualquiera pueda asomarse y vernos?
—Me vuelve loca —admití, frotándome más fuerte—. Que me vean tocándome. Que te vean a ti con la polla en la mano, duro por mí. Imagino las ventanas de enfrente, alguien mirando… y se me pone el coño a reventar.
Él apretó el puño alrededor de la base y subió despacio hasta la cabeza, haciendo un movimiento circular con el pulgar sobre el glande. Una gota espesa resbaló por el dorso de su mano.
—Dime qué harías si alguien bajara ahora —insistió—. Si nos pillaran así.
—No pararía —susurré, metiéndome un dedo hasta el nudillo, sintiendo cómo me apretaba alrededor—. Seguiría abriéndome para ti. Te pediría que te corrieras en mi cara o que me follaras contra esa barandilla mientras nos miran. Quiero que me vean con tu polla dentro.
Sergio soltó un gruñido bajo. Dio un paso. Medio metro se convirtió en treinta centímetros. El calor de su cuerpo me golpeó la piel. Su mano libre se alzó y rozó mi muñeca, la que tenía entre las piernas. No me apartó los dedos; los guió, los empujó más hondo junto a los suyos. Sus dedos gruesos entraron en mí al mismo tiempo que los míos. Me estiré alrededor de los cuatro dedos juntos y eché la cabeza hacia atrás con un gemido ahogado.
—Así —dijo contra mi oreja—. Siente cómo te abres. Estás empapada, joder. Te gotea por los muslos.
Me frotó el clítoris con el pulgar mientras me follaba despacio con los dedos. Yo, con la mano libre, le cogí la polla. Estaba dura como piedra, caliente, venosa. La acaricié de arriba abajo, untándome el precum por toda la longitud, apretando justo debajo de la cabeza como él mismo había hecho antes. Nuestros cuerpos casi se tocaban. El olor a sexo ya flotaba entre nosotros, mezcla de mi coño y de su polla.
—Más cerca —pedí.
Él se pegó del todo. Su pecho desnudo aplastó mis pechos a través del vestido levantado. Su polla palpitaba contra mi vientre mientras nos masturbábamos mutuamente, manos resbaladizas, respiraciones entrecortadas. Cada vez que yo subía la mano por su rabo, él curvaba los dedos dentro de mí y me buscaba ese punto que me hacía temblar las rodillas. La barandilla estaba a dos pasos. Más allá, las luces de otros edificios, siluetas posibles detrás de cristales. El riesgo me recorría la espalda como electricidad.
—Mira hacia abajo —susurró Sergio, girándome ligeramente para que viera la calle—. Cualquiera que levante la vista… nos ve. Te veo los dedos dentro, te veo la polla en la mano. ¿Te gusta, putita exhibicionista?
—Me encanta —jadeé—. No pares. Quiero que me toques más. Quiero tu boca, quiero tu polla rozándome el coño aunque no entre todavía. Quiero que me dejes temblando aquí fuera.
Él sacó los dedos de mi interior, se los llevó a la boca y los chupó ruidoso, saboreándome. Después me agarró de la nuca y me besó por primera vez: lengua profunda, sabores cruzados, dientes en el labio. Su otra mano me separó los labios del coño y frotó la cabeza de su polla arriba y abajo por mi raja abierta, sin penetrarme, solo embadurnándose de mis jugos, golpeándome el clítoris con cada pasada. Yo me agarré a sus hombros, las uñas clavadas, las piernas abiertas de par en par sobre las baldosas calientes.
—Sergio… —gemí en su boca—. Si sigues así me voy a correr solo con esto. Y quiero que alguien nos vea cuando pase.
—Que nos vean —contestó, la voz rota de ganas—. Que vean cómo te estoy usando la raja con la polla sin metértela aún. Cómo te tiemblas. Cómo me ruegas sin palabras.
Me empujó suavemente hacia la barandilla. El hierro frío me tocó la parte baja de la espalda. Sergio se interpuso entre mis muslos abiertos, siguió frotando su polla gruesa entre mis labios hinchados, una mano en mi culo apretándome contra él, la otra subiendo mi vestido hasta dejármelo enrollado bajo las tetas. Me chupó un pezón a través de la tela y después lo liberó, lo pellizcó, lo estiró. Yo le bombaba el rabo con ambas manos ahora, deslizando la piel, sintiendo cómo se le ponía todavía más grueso, cómo le latía contra mis palmas.
El sonido de nuestras respiraciones, el roce húmedo de su glande contra mi clítoris, el crujido lejano de algún coche… todo se mezclaba. Miré por encima de su hombro hacia las ventanas del edificio de enfrente. Una luz se encendió en un piso alto. Mi estómago dio un vuelco de puro deseo. Sergio lo notó en la forma en que me contraje contra él.
—Alguien se asomó —dije, casi sin voz—. O se va a asomar. Sigue. No te detengas.
Él sonrió contra mi cuello y mordisqueó la piel.
—No pienso detenerme. Voy a seguir frotándome en tu coño hasta que no puedas más. Y cuando ya no aguantes… ya veremos cuánto de esto queremos enseñarles de verdad.
Me levantó una pierna y me la enganchó en su cadera. Quedé más abierta, más expuesta. Su polla resbalaba ahora de arriba abajo con más presión, abriéndome un poco los labios cada vez que bajaba, amenazando con entrar sin hacerlo del todo. Yo movía la cadera al encuentro, buscando más fricción, más riesgo, más de él. Mis pechos subían y bajaban agónicos. El vestido me caía de un hombro. El aire de la noche me secaba el sudor de la espalda al mismo tiempo que me mojaba más entre las piernas.
—Talia —gruñó él, la frente apoyada en la mía—. Estás empapando mi polla. Se me va a escapar. Si sigues moviéndote así…
—Que se te escape un poco —le reté, mirándolo a los ojos—. Que se te escape y que gotee por mis muslos a la vista de quien quiera mirar. Quiero sentirla latirte contra el clítoris cuando estés a punto.
Sergio apretó los dientes. Su mano en mi culo me levantó un poco más. La cabeza de su polla se posó justo en mi entrada, sin empujar, solo descansando ahí, caliente, insistente, mientras el resto del tronco seguía aplastado contra mi vagina abierta. Yo sentía cada pulsación. Sabía que el siguiente movimiento podía ser el que nos cruzara el límite. Sabía también que no estábamos solos del todo en el universo de esa terraza: una sombra se movió detrás de una cortina lejana. El latido de la excitación se me subió a las sienes.
Él no entró. Todavía no. En cambio me besó otra vez, profundo, y me habló contra los labios mientras seguía frotándose en mí con una lentitud torturadora:
—Esta noche no hemos terminado. Ni de lejos. Voy a hacer que te corras aquí fuera con mi mano, con mi boca, con lo que haga falta… y después vamos a decidir juntos cuánto queremos que el resto del puto edificio vea cuando te folle de verdad contra esta barandilla.
Yo asentí, temblando, la pierna aún enganchada a su cadera, la polla de Sergio latiendo entre mis labios mojados, el vestido subido, el coño expuesto al aire caliente de la ciudad y a cualquier mirada que se atreviera. La necesidad nos tenía agarrados de la garganta. El siguiente segundo podía ser cualquier cosa. Y yo, con el corazón desbocado y el cuerpo pidiendo a gritos más, solo esperaba que no se detuviera jamás.
El hierro de la barandilla se me clavó en la espalda baja cuando Sergio me giró de un manotazo. Ya no había juego previo que valiera. Me empujó contra ella de frente, el pecho aplastado al frío metal, el vestido enrollado hasta la cintura y las tetas libres al aire de la noche. Mis pezones se endurecieron al instante con la brisa y con la vista: abajo la calle, enfrente las ventanas, algunas todavía iluminadas. Él me separó los muslos con la rodilla, me agarró las caderas y me embistió de un solo golpe.
Su polla gruesa me abrió de par en par. Sentí cada vena, cada centímetro entrando hasta el fondo, empujándome el aire fuera de los pulmones. Grité. No me contuve. El sonido salió sucio, alto, y rebotó contra los edificios. Sergio gruñó detrás de mí y empezó a follarme sin piedad, embestidas largas y profundas que me hacían chocar la pelvis contra la barandilla. El ruido húmedo de su rabo entrando y saliendo de mi coño empapado llenaba la terraza. Mis tetas rebotaban al ritmo, pezones al aire, y yo las agarraba con las manos para no darme de bruces contra el hierro.
—Míralas —jadeó él contra mi oreja, sin dejar de clavármela—. Cualquiera que se asome ahora te ve las tetas colgando y mi polla entrándote hasta los huevos. Diles lo mucho que te gusta, puta.
—Me encanta… joder, me encanta que me vean —gemí sin control, la voz rota—. Fóllame más fuerte. Quiero que oigan cómo me abres.
Él obedeció. Las embestidas se volvieron brutales. Me agarró el pelo con una mano y me obligó a mirar hacia el edificio de enfrente mientras me destrozaba el coño por detrás. Vi una silueta detenerse detrás de un cristal iluminado. El estómago se me contrajo de puro vértigo y de ganas. Me corrí un poco solo con eso: un chorro caliente que le resbaló por los muslos a él y me bajó por los míos. Sergio lo notó y se rió bajo, animal.
—Te estás meando de gusto en mi polla. Qué asco más rico. Sigue chorreando, que lo vean todo.
Me sacó casi del todo y me volvió a clavar hasta el tope. Mis uñas se aferraban a la barandilla. Cada embestida me levantaba de puntillas. El aire olía a sexo crudo, a mi coño abierto y a su sudor. Yo gemía sin parar, sonidos groseros, roncos, que cualquiera con la ventana abierta podía oír. No me importaba. Quería que oyeran. Quería que vieran cómo me usaba.
De pronto me giró. Me levantó una pierna y me la enganchó en el antebrazo, abriéndome de frente contra la barandilla. Su polla volvió a entrar de un empujón, esta vez mirándome a la cara. Me dobló un poco hacia atrás para que mis tetas quedaran más expuestas y se inclinó a chuparlas. La lengua caliente me rodeó un pezón, lo chupó con fuerza, lo mordisqueó mientras me follaba de pie, la pierna alzada, el coño abierto al mundo. Con la mano libre me rodeó la cintura, bajó por el culo y me metió un dedo en el agujero trasero sin avisar. Estaba tan resbaladizo de mis propios jugos que entró fácil. Me follaba el culo con el dedo al mismo tiempo que me clavaba la polla en el coño y me chupaba las tetas.
—Sergio… joder, el dedo… —balbuceé, la cabeza echada hacia atrás.
—Lo sientes, ¿verdad? Polla en el coño, dedo en el culo, y las tetas en mi boca a la vista de todo el puto bloque. Mira esas ventanas. Dos luces. Alguien nos está viendo ahora mismo. Te están viendo con la pierna en el aire y mi rabo hundiéndosete hasta el útero.
Era cierto. Había al menos dos ventanas iluminadas con movimiento detrás. El riesgo me subió como una corriente directa al clítoris. Me apreté alrededor de su polla y de su dedo. Él aceleró. Me embestía con fuerza, el sonido de piel contra piel obsceno, mis tetas rebotando en su boca cada vez que se las soltaba para gruñir. El dedo en el culo se curvaba, me abría, me recordaba lo expuesta que estaba: coño lleno, culo lleno, pechos al aire, vestido hecho un guiñapo en la cintura, descalza en la terraza compartida a las once y media de la noche.
—Voy a correrme —avisé, la voz hecha trizas—. Me voy a correr gritando y que me oiga toda la puta calle.
—Hazlo. Córrete en mi polla mientras te miran. Quiero sentir cómo me estrujas cuando te vengas a gritos.
El orgasmo me partió por la mitad. Grité su nombre, grité palabrotas, grité que me estaba follando el coño y el culo a la vez y que me encantaba que me vieran. Las contracciones me sacudieron las piernas; me agarré a la barandilla con las dos manos porque si no me caía. Mi coño le ordeñaba la polla a pulsos brutales. Sergio maldijo, me clavó el dedo más hondo en el culo y se corrió dentro de mí con un gruñido largo y bajo. Sentí los chorros calientes llenándome, saliendo a presión, goteándome por los labios abiertos y bajándome por el muslo interno mientras él seguía empujando, vaciándose hasta la última gota dentro de mi vagina. El semen me resbalaba espeso, visible, brillando a la luz de la luna y de las farolas lejanas.
No se retiró del todo de inmediato. Me sostuvo la pierna un segundo más, dejándome sentir cómo me goteaba su corrida por el coño abierto. Después se arrodilló delante de mí. Yo seguía agarrada a la barandilla, temblando, las piernas flojas, el vestido subido, las tetas al aire, el semen de Sergio saliéndome a hilos. Él me abrió los labios con los pulgares y me lamió. Lengua ancha, sucia, recogiendo su propia leche mezclada con mis jugos. Me chupó el clítoris hinchado, me metió la lengua dentro para sacar más semen, me bebió. Yo miraba hacia abajo: su cara enterrada en mi coño lleno de leche, la terraza, las ventanas de enfrente todavía con luz. El contraste me hizo gemir otra vez, un sonido roto y bajo.
—Trágatelo —susurré, la voz ronca—. Lámeme el coño hasta que no quede ni una gota fuera… aunque se te escape por la comisura y te resbale por la barbilla a la vista de quien quiera.
Él lo hizo. Chupó, bebió, me limpió con la lengua mientras yo temblaba sujeta al hierro. Cuando se levantó, la boca le brillaba. Me agarró la nuca y me besó hondo, pasándome el sabor de su semen y de mi coño. Nuestras lenguas se enredaron, sucias, sin pudor. La luna nos bañaba enteros: yo con las tetas fuera y el semen todavía goteándome por dentro, él con la polla medio dura y brillante de nuestros restos.
—Mañana noche otra vez —dijo contra mi boca, la respiración todavía agitada—. Misma hora. Quiero que te vean follada otra vez. Quiero que se corran mirándonos desde esas ventanas.
—Sí —contesté, mordiéndole el labio—. Quiero que me vuelvas a llenar el coño aquí fuera y que me lamas la leche delante de ellos. Quiero que me dejes el culo abierto con los dedos y las tetas marcadas de chupetones para que cualquiera que se asome sepa exactamente cómo me has usado.
Nos besamos otra vez, más brusco, más profundo, el sabor a sexo crudo entre los dos. Detrás de al menos dos cristales iluminados alguien había visto todo: mi coño abierto, su polla clavándome, el chorro de semen cayéndome por los muslos, su lengua limpiándome después. La adrenalina me latía en las sienes y en el clítoris todavía sensible. Sergio me dio una última embestida seca con la polla contra mi vientre, untándome el resto de corrida por la piel, y me apretó el culo con ambas manos.
Me quedé apoyada en la barandilla con las piernas abiertas, el semen de Sergio goteándome todavía por el coño afeitado y el aire de la noche secándome los pezones mientras esperaba que alguien más se asomara a mirarme el agujero usado.
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