El músico la observa en el museo
Renata se masturba para el músico voyeur que la persigue.
El museo olía a piedra fría y barniz antiguo cuando Renata se detuvo frente a la escultura. Eran casi las siete; la luz del atardecer se filtraba por los ventanales altos en franjas doradas y rojizas que acariciaban el mármol de una mujer desnuda arqueada hacia atrás, pechos tensos, muslos entreabiertos como si el cincel hubiera capturado el instante justo antes del orgasmo. Renata, veinticuatro años, falda negra ajustada hasta media pierna y blusa de seda fina, inclinó la cabeza. Sentía la mirada. No era la de un guardia aburrido ni la de otro visitante. Era pesada, caliente, pegajosa. Se le erizó la nuca.
Roman la observaba desde la sombra de las columnas dóricas del pasillo lateral. Veintiocho años, chaqueta de cuero gastada, manos de músico callejero todavía manchadas del rojizo de las cuerdas de su guitarra. Se había colado en el museo con la última oleada de turistas y ahora se escondía, respiración entrecortada, rabo ya medio duro rozándole el muslo. Cada curva de ella lo volvía loco: el arco de la espalda cuando se inclinaba, el contraste de la seda contra la piel morena del escote, el modo en que la falda se ceñía a ese culo redondo. Se pasó la lengua por los labios secos y se apretó la entrepierna por encima de la tela, un roce lento, casi involuntario.
Ella lo sabía. Sin girarse del todo, Renata dejó que sus dedos rozaran la base de la escultura, luego subió despacio por su propio muslo, fingiendo ajustar la falda. El roce fue deliberado, un roce que levantó un poco la tela y reveló el arranque de unas medias negras. Pensó: Mírame. Quiero que te corras de ganas. Giró apenas el cuello, suficiente para que el perfil de su boca se dibujara, y suspiró audiblemente, un sonido bajo que se perdió entre el eco del salón casi vacío. Roman tragó saliva. La polla le palpitaba ya completa, apretada contra la cremallera.
Renata empezó a caminar. No hacia la salida. Hacia el fondo, hacia la sala de grabados eróticos del siglo XVIII, más oscura, menos vigilada. Cada paso era lento, calculado; de reojo buscó el reflejo en un cristal protector y lo vio: la silueta de Roman deslizándose de columna en columna, una mano metida bajo la chaqueta. Él la seguía a diez metros, dedos envueltos alrededor de su carajo duro, masturbándose con movimientos cortos y discretos, el pulgar frotando la cabeza húmeda mientras el corazón le martilleaba. El roce de la tela contra la piel sensible le arrancaba un temblor en las rodillas. Putas caderas… se me va a salir la polla si sigue así.
Ella se detuvo frente a un grabado: una mujer de espaldas, faldas levantadas, un hombre arrodillado lamiéndola. Renata levantó la mano y se tocó el cuello, deslizó los dedos por la garganta hasta el escote, y luego, con una naturalidad fingida, palpó un pecho por encima de la blusa. El pezón se le endureció al instante. Apretó, rodeó, respiró más hondo. Roman no pudo más. Acortó la distancia hasta quedar a un par de metros, aún medio oculto por un biombo de madera tallada. La polla le latía en el puño, pre-semen manchándole los dedos.
Renata giró la cabeza lo justo. Sus ojos oscuros lo clavaron. Sonrió, apenas.
—Sé que me estás mirando —susurró, voz ronca, apenas audible—. Quiero que sigas. Quiero que me veas tocarme para ti.
Roman asintió, la respiración entrecortada, y se acercó un paso más. Ella no retrocedió. Al contrario: se giró del todo, caminó hacia el rincón más escondido de la sala —un ángulo muerto entre dos paneles pesados y una vitrina de cristal opaco— y se apoyó de espaldas contra la pared fría. Sin dejar de mirarlo, se subió la falda hasta la cintura. Debajo no llevaba más que unas bragas de encaje negro ya húmedas. Se las bajó despacio por los muslos, las dejó caer a un tobillo, y abrió las piernas. Con dos dedos se abrió los labios del coño, mostrando el rosado brillante, y empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos, deliberados.
—Así… —murmuró ella, mirándolo fijo—. Sácala. Quiero verte.
Roman abrió la cremallera. La polla saltó gruesa, venosa, la cabeza ya reluciente. Se la agarró con la mano derecha y se pajeó con fuerza, el pulgar untando el líquido en la piel tensa, el puño subiendo y bajando con un sonido húmedo y rápido. Los ojos no se despegaban del coño de Renata: cómo los dedos de ella se hundían, cómo el jugo le brillaba en los labios hinchados, cómo su cadera se empujaba hacia adelante buscando más presión. Ella se mordió el labio inferior y metió dos dedos hasta el nudillo, follándose a sí misma mientras el pulgar seguía castigando el clítoris.
—Ven —dijo ella, voz temblorosa de ganas—. Fóllame aquí. Ahora.
Él cruzó el último metro de un paso. La levantó un poco de los muslos, alineó la cabeza gruesa contra la entrada empapada y empujó de un solo tajo profundo. Renata ahogó un gemido contra su hombro. Estaba apretada, caliente, resbaladiza; la polla de Roman la abrió del todo, rozándole el fondo con cada embestida. Él le tapó la boca con la mano libre —palma firme sobre labios y nariz apenas, dejando respirar— y empezó a follarla de pie con embestidas salvajes, profundas, el sonido carnoso de piel contra piel amortiguado por la chaqueta y la pared. Ella clavó las uñas en su espalda, a través de la tela, dejando marcas; las piernas se le enredaron en su cintura y empujó al encuentro de cada embestida, el coño contrayéndose alrededor de él como si quisiera ordeñarlo.
—Más duro —susurró contra su palma, casi un gruñido—. Así… joder, sí, así…
Roman la embistió sin piedad, caderas golpeando, la polla entrando hasta las pelotas una y otra vez. El olor a sexo llenó el rincón. Ella se corrió primero: el orgasmo le sacudió el vientre en oleadas violentas, el coño apretándole la verga en espasmos rítmicos, un gemido ahogado vibrándole en la palma de él. Roman no se detuvo. Siguió follándola a través del climax, más rápido, más profundo, hasta que el suyo lo alcanzó como un golpe: se derramó dentro con un gemido gutural sofocado, chorros calientes llenándola, las caderas pegadas a las suyas mientras se vaciaba por completo en embestidas cortas y erráticas.
Se quedó un segundo así, respirando contra su cuello, la polla todavía latente dentro. Luego se retiró despacio; el semen de ambos resbaló por el muslo interno de ella en un hilo espeso. Renata temblaba, las piernas flojas, la falda todavía arremangada. Sin una palabra, se arrodilló frente a él sobre el suelo de mármol frío. Tomó la polla brillante, manchada de su propio jugo y del semen que aún goteaba, y la limpio con la lengua: lamió la cabeza con lentitud circular, bajó por el tronco recogiendo cada rastro, chupó con suavidad hasta dejarlo reluciente y limpio. Alzó la vista. Sonrió, cómplice, labios húmedos.
—Mañana —susurró, voz ronca de placer—. A la misma hora. Aquí. Y quiero que me mires otra vez desde el principio… hasta que no puedas más.
Se puso de pie, se subió las bragas sin limpiarse del todo —sintió el semen caliente contra la tela—, bajó la falda y se alisó la blusa. Roman aún tenía la respiración agitada, la polla medio dura otra vez solo de mirarla. Ella le rozó la pecho con los dedos al pasar, un contacto breve, prometedor, y salió del rincón hacia el corredor principal como si nada hubiera pasado. Él se quedó un instante más, recojiéndose, el eco de sus palabras repiqueteándole en la cabeza. Mañana. Misma hora. Y la idea de volver a esconderse entre las columnas, de verla provocarlo otra vez, de follarla donde cualquiera podría descubrirlos, le hizo apretar la mandíbula con una sonrisa torcida y hambrienta. El museo cerraría pronto. Pero el juego apenas empezaba.
El museo olía otra vez a piedra fría y barniz cuando Renata cruzó el umbral a las siete en punto. Llevaba la misma falda negra, pero esta vez sin bragas; lo sabía por la corriente de aire que le rozaba el coño ya húmedo al caminar. La blusa de seda se le pegaba a los pezones duros. Sintió la mirada al instante, esa pesadez caliente que le erizaba la nuca. Roman estaba allí, escondido entre las columnas, la chaqueta de cuero abierta, la mano ya metida en el bolsillo del pantalón apretando la polla semierecta.
Ella no miró hacia él. Se dirigió directo a la sala de grabados, caderas balanceándose con deliberada lentitud, cada paso calculado para que la falda se ciñera al culo y revelara el contorno de sus muslos. Roman la siguió a doce metros, respiración entrecortada, sacando la verga gruesa y venosa para acariciársela con el pulgar. Pre-semen le brillaba en la yema. Putas piernas, pensó, se me va a correr solo de verla andar así.
Renata se detuvo frente al mismo grabado de la mujer de espaldas. Esta vez se subió la falda hasta la cintura sin rodeos, de espaldas a la sala casi vacía, y abrió las piernas. Con dos dedos se abrió los labios hinchados, mostrando el rosado brillante y el hilo de lubricante que ya le bajaba por el muslo interno. Empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos, deliberados, suspirando lo bastante alto para que él lo oyera.
—Mírame —murmuró, sin girarse del todo—. Sácala y pajeátela mientras te muestro cómo me mojo por ti.
Roman acortó la distancia hasta el biombo, la polla en el puño, masturbándose con movimientos cortos y húmedos. Los ojos no se despegaban de aquellos dedos que se hundían hasta el nudillo, del coño que se contraía alrededor de ellos. Ella metió un tercero, follándose a sí misma con ganas, el pulgar castigando el clítoris hinchado. El jugo le resbalaba por la muñeca. Se mordió el labio y giró la cabeza lo justo para clavarle la mirada.
—Ven más cerca. Quiero olerte mientras me corro la primera.
Él obedeció, quedando a un metro, la verga latiente y reluciente en la mano. Renata se corrió de pie, las piernas temblando, un gemido ahogado escapándosele mientras el coño le espasmaba alrededor de los dedos. El olor a sexo fresco llenó el rincón. Sin limpiarse, se giró del todo, se arrodilló sobre el mármol frío y le agarró la polla con ambas manos.
—Ahora te toca a ti —dijo, voz ronca—. Me la vas a meter en la boca hasta que te corras un poco. Solo un poco. Quiero tragar y que me sigas follando después.
Roman le agarró el pelo con la mano libre y empujó. La cabeza gruesa le abrió los labios; ella chupó con avidez, lengua girando alrededor del frenillo, garganta relajada para tomarlo más hondo. Babeaba, el sonido húmedo y obsceno llenando el espacio entre paneles. Él embistió despacio al principio, luego más fuerte, la polla rozándole la campanilla. Renata gorgoteó, uñas clavadas en sus muslos, dejando que saliva y pre-semen le bajaran por la barbilla hasta el escote. Cuando sintió que él se tensaba, apretó con la lengua la vena inferior y chupó con fuerza. Roman se corrió con un gruñido sofocado, chorros calientes llenándole la boca. Ella tragó todo, lamiendo la cabeza hasta dejarla limpia, y alzó la vista con una sonrisa de labios hinchados.
—Todavía dura —observó, pasándole la lengua por el glande una vez más—. Perfecto.
Se puso de pie, se subió la falda otra vez y se apoyó de espaldas contra la pared fría, abriendo las piernas. Roman no necesitó más invitación. La levantó de los muslos, alineó la polla todavía sensible y resbaladiza contra la entrada empapada y empujó de un solo tajo profundo. Renata ahogó el gemido contra su cuello. Estaba más caliente, más resbaladiza que el día anterior; el semen residual y su propio jugo facilitaron la embestida hasta el fondo. Él le tapó la boca con la palma y empezó a follarla de pie con embestidas salvajes, caderas golpeando, el sonido carnoso amortiguado por la chaqueta.
—Más… joder, así —susurró ella contra la mano—. Quiero que me llenes otra vez. Que me dejes chorreando para caminar por el museo con tu leche bajándome por los muslos.
Roman la embistió sin piedad, la polla entrando hasta las pelotas una y otra vez, el coño de ella contrayéndose alrededor de él como si quisiera ordeñarlo. Le bajó la blusa con la mano libre, sacó un pecho y se lo metió a la boca, chupando el pezón duro mientras follaba. Renata se corrió de nuevo, el orgasmo sacudiéndole el vientre en oleadas violentas; el coño le apretó la verga en espasmos rítmicos y un gemido vibró contra la palma de él. Roman no se detuvo. Siguió a través del climax, más rápido, más profundo, hasta que el suyo lo alcanzó como un golpe: se derramó dentro con un gemido gutural, chorros calientes llenándola, caderas pegadas a las suyas mientras se vaciaba en embestidas cortas y erráticas.
Se quedó así un momento, respirando contra su cuello, la polla todavía latente dentro. Luego se retiró despacio; el semen de ambos resbaló por el muslo interno de ella en un hilo espeso que le manchó las medias. Renata temblaba, las piernas flojas, la falda todavía arremangada. Sin una palabra se arrodilló otra vez, tomó la verga brillante y la limpió con la lengua: lamió la cabeza con lentitud circular, bajó por el tronco recogiendo cada rastro de jugo y semen, chupó con suavidad hasta dejarlo reluciente. Alzó la vista, cómplice.
—Mañana otra vez —susurró—. Pero esta vez quiero que me mires desde las columnas mientras me meto un dedo en el culo también. Y si aguantas sin tocarte hasta que yo diga, te dejo correrte en mis tetas al final.
Roman asintió, ya medio duro otra vez solo de oírla. Ella se puso de pie, se alisó la falda sin limpiarse del todo —sintió el semen caliente resbalando hacia las rodillas— y le rozó el pecho con los dedos al pasar.
Salieron del rincón por separado. Renata caminó hacia la sala principal con las piernas torpes, cada paso haciendo que el semen le gotease un poco más. Roman se recojió la polla todavía sensible, la sonrisa torcida y hambrienta clavada en la cara. El museo cerraría en veinte minutos. El juego apenas empezaba de verdad.
De repente, un guardia apareció al fondo del pasillo, linterna en mano, bostezando. Renata se irguió de golpe, se alisó el pelo y murmuró por lo bajo, lo bastante alto para que Roman lo oyera desde su columna:
—Joder, menos mal que no nos pilló. Me hubiera dado una vergüenza… y encima me hubiera tenido que inventar que el mármol me produjo una alergia rara en el entrepiernas.
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