Se desnuda solo para él

Bianca se desnuda provocativa solo para Damon, quien la folla con lujuria en el balcón a la vista de todos.

11 min read September 06, 2026New

Bianca tenía veinticuatro años y una curiosidad que le quemaba la piel cada vez que las luces de su piso del vigésimo se encendían al anochecer. El edificio alto en el centro de la ciudad dejaba los balcones casi rozándose; el muro de hormigón que los separaba medía apenas un metro. Damon, su vecino de treinta y dos, salía siempre a esa misma hora con una camisa abierta y el cuerpo todavía marcado por el gimnasio. Ella lo descubrió la primera semana: mientras se cambiaba con las persianas levantadas, su mirada se clavaba en ella a través del cristal. No era un vistazo casual. Era deseo puro, intenso, que le recorría el pecho y le apretaba los pezones contra la blusa.

Al principio fingió no notar. Se quitaba la falda despacio, giraba de espaldas y dejaba que la luz bañara su culo redondo. Él se quedaba inmóvil, un vaso de whisky en la mano, la erección clara bajo el pantalón. La tensión exhibicionista creció en silencio, una corriente eléctrica que ambos disfrutaban sin palabras. Bianca se excitaba solo con saberse observada; se mojaba la braga mientras se miraba al espejo y pensaba en él follandosela mentalmente contra la barandilla.

Una noche de verano, con el aire caliente y el ruido lejano del tráfico, decidió terminar con la farsa. Encendió todas las lámparas del salón, abrió de par en par las puertas del balcón y se plantó frente a él. Damon ya estaba allí, apoyado en su propia barandilla, mirándola sin disimulo. Bianca le sostuvo la mirada directamente a los ojos mientras se desabrochaba la blusa blanca, botón a botón. Los pechos firmes saltaron libres, pezones duros por la brisa y por la excitación. Sonrió, provocadora, una curva de labios que decía «te veo y me gusta que me veas». Él asintió apenas, la mandíbula tensa, y se pasó la mano por la polla encima de la tela. El consentimiento mudo quedó sellado en esa sonrisa y en ese roce.

La tensión escaló como un incendio. Bianca, sabiendo que Damon no apartaba la vista, empezó a desnudarse solo para él. Se quitó la blusa del todo, la dejó caer al suelo del balcón y se acarició los pechos con ambas manos, pellizcando los pezones hasta que un gemido bajo le escapó de la garganta. Después bajó las manos por el vientre plano, se bajó la falda y las bragas juntas, quedando completamente desnuda bajo la luz amarilla. Abrió las piernas un poco, se deslizó dos dedos entre los muslos y se abrió los labios hinchados, mostrando el coño brillante de jugos. Damon soltó un gruñido audible incluso a través del espacio. Se bajó la cremallera, sacó la polla gruesa y dura y se masturbó a la vista de ella, el pulgar pasando sobre la cabeza húmeda, el puño subiendo y bajando con ritmo lento y deliberado.

Eso la empujó más lejos. Bianca abrió completamente las puertas, se sentó en la silla del balcón con las piernas abiertas de par en par y se masturbó con mayor intensidad, tres dedos entrando y saliendo de su coño empapado mientras el pulgar frotaba el clítoris hinchado. Le sostenía la mirada todo el tiempo, la boca entreabierta, los pechos subiendo y bajando. «Mírame», pensó, «mírame toqueme y córrete viéndome». Damon aceleró la mano, el glande morado brillando con pre-semen. Se hicieron señas: ella le señaló el muro bajo, le guiñó un ojo y se pasó la lengua por los labios. Él no dudó. En un salto ágil cruzó el pequeño muro que separaba los balcones y aterrizó en el de Bianca, la polla todavía fuera, goteando, el pecho agitado.

En el balcón de Bianca, expuestos a la noche y a las ventanas iluminadas de los edificios de enfrente, Damon la tomó con pasión consentida y voraz. Primero la puso de rodillas sobre la losa fresca. Ella abrió la boca con ganas y se tragó su polla hasta casi la base, chupando con fuerza, la lengua girando alrededor del glande mientras una mano se metía entre sus propias piernas para frotarse el coño empapado. Damon le agarró el pelo y embistió suave pero profundo, gemiendo. «Joder, qué puta más puta… te encanta que te vean, ¿verdad?». Bianca solo gorgoteó alrededor de su carne, los ojos levantados hacia él, saliva escurriéndole por la barbilla.

Después la levantó como si no pesara nada, la giró y la empaló de un solo empujón contra la barandilla. Bianca se agarró al metal frío, el culo hacia fuera, las tetas colgando sobre el vacío de veinte pisos. Damon la folló duro por detrás, embestidas profundas que le hacían rebotar las nalgas contra su pelvis. Le apretó los pechos con ambas manos, pellizcando los pezones, y le susurró al oído, la voz ronca y caliente: «Eres una puta exhibicionista, Bianca. Te gusta que cualquiera pueda mirar cómo te la meto hasta el fondo. Mira esos edificios… alguien te está viendo con la polla dentro». Ella gemía sin contención, el coño apretándolo con cada embestida, el clítoris rozando la barandilla fría.

Sin sacarla, la levantó otra vez, la sentó en la mesa de exterior y le abrió las piernas al máximo. Entró en ella en misionero profundo, las manos bajo sus rodillas, empujando hasta que los huevos le golpeaban el culo. Alternaba embestidas rápidas y salvajes con otras lentas y circulares que le hacían ver estrellas. Bianca se arqueaba, las uñas clavadas en su espalda, gritando «Más fuerte, Damon, fóllame que nos vean, que me corra con tu polla delante de todos». Ambos gemían sin importarles quién pudiera asomarse a las ventanas de enfrente: el sonido húmedo de piel contra piel, el chapoteo de su coño tragándose la polla, los jadeos rotos.

La intensidad los llevó al límite. Damon aceleró, el rostro tenso, y se corrió con un rugido dentro de ella, chorros calientes llenándole el coño mientras Bianca se venía a la vez, el orgasmo sacudiéndole las piernas, el jugo escurriéndole por el culo y goteando sobre la mesa. Se quedaron unidos un momento, temblando, el semen mezclado con sus fluidos brillando bajo la luz. Pero no se separaron del todo. Damon, todavía semi-duro dentro de ella, le lamió el cuello y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Todavía no he terminado contigo —murmuró—. Quiero follarte otra vez aquí fuera, más despacio, y quiero que grites más alto. Que se enteren todos los vecinos de lo puta que eres solo para mí.

Bianca, con las piernas aún abiertas y el pecho agitado, le sonrió con los ojos brillantes de lujuria renovada. El aire nocturno le rozaba la piel sudorosa, el semen le resbalaba entre los muslos, y la posibilidad de más miradas ocultas solo le encendía más el coño. Se apretó alrededor de su polla que volvía a endurecerse y le susurró al oído:

—Entonces fóllame otra vez. Que nos vean todo lo que quieran.

La noche apenas empezaba, y el balcón seguía expuesto, esperando la siguiente ronda de deseo crudo y público.

Damon no esperó ni un segundo más. Con la polla todavía resbaladiza de su propio semen y de los jugos de Bianca, la empujó contra la barandilla otra vez, esta vez de cara a la ciudad, las tetas aplastadas contra el metal frío mientras él le abría las nalgas con las manos y se hundía hasta las pelotas de un solo tiron. Ella gritó alto, sin freno, un sonido gutural que se perdió entre el tráfico lejano y las luces de los edificios de enfrente.

—Más alto —gruñó él contra su oreja, embistiendo lento, profundo, haciendo que el glande rozara ese punto que le hacía temblar las piernas—. Quiero que cada hijo de puta que mire por la ventana sepa exactamente lo que te estoy haciendo. Diles lo puta que eres.

Bianca apretó los dedos blancos en la barandilla, el culo empujando hacia atrás para recibirlo entero. El aire nocturno le secaba el sudor de la espalda y le endurecía más los pezones. Sentía el semen de la primera corrida resbalándole por el muslo interno, mezclándose con el chapoteo fresco de su coño tragándose la polla de nuevo. Miró hacia los edificios: una silueta en un piso más bajo, otra luz encendida tres torres más allá. El calor le subió directo al clítoris.

—¡Me está follando en el balcón! —gritó ella, la voz ronca y clara, sin vergüenza—. ¡La polla de mi vecino me está partiendo el coño a la vista de todos! ¡Miradme, cabrones, mirad cómo me la mete hasta el fondo!

Damon soltó una risa baja y sucia y aceleró el ritmo, las caderas golpeando su culo con fuerza húmeda. Cada embestida sacudía sus tetas sobre el vacío. Le metió dos dedos en la boca para que los chupara y después se los bajó directo al clítoris, frotando en círculos rápidos mientras la follaba sin piedad.

—Eso es… grita más. Diles que te gusta que te llenen de leche delante de sus putas caras.

Ella se corrió de golpe, las paredes del coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, un chorro caliente que le empapó los huevos y goteó sobre la losa del balcón. Las piernas le flaquearon, pero Damon la sostuvo por la cintura y siguió embistiendo a través del orgasmo, forjando el placer hasta que ella jadeaba y se retorcía.

Sin sacarla, la giró, la levantó y la sentó a horcajadas sobre la barandilla misma, las piernas abiertas de par en par hacia la noche, el culo apenas apoyado en el borde estrecho. Bianca se agarró a sus hombros, el vértigo y la excitación mezclados en un nudo caliente en la garganta. Él entró otra vez, ahora de frente, follándola con embestidas cortas y brutales mientras ella miraba hacia abajo, a la calle lejana, y hacia los cristales iluminados.

—Si me caigo me corro igual —jadeó ella, riendo con la boca abierta—. Fóllame aquí, Damon. Que me vean colgada de tu polla a veinte pisos.

Él le mordió el hombro y le agarró las nalgas con fuerza, abriéndola más, mostrando el coño rojo y brillante que se tragaba su verga gruesa. Pre-semen y restos de la corrida anterior le brillaban en la base. Una luz se encendió en el edificio de enfrente; una figura se asomó a la ventana. Bianca lo vio y se apretó deliberadamente alrededor de la polla de Damon, gimiendo más fuerte.

—¡Ahí hay uno mirando! —gritó ella, montándolo con las caderas—. ¡Sí, míranos, mira cómo me destroza el coño! ¡Soy la puta del vigésimo y me encanta que me vean follar!

Damon la bajó de la barandilla de un tirón, la tiró de rodillas sobre la mesa de exterior y le abrió las piernas al máximo, los pies en el aire. Entró de nuevo en misionero salvaje, las manos aplastando sus tetas, pellizcando los pezones hasta que ella aulló. El sonido de carne contra carne era obsceno, chapoteante, el olor a sexo denso en el aire caliente.

—Mastúrbate mientras te follo —ordenó él—. Abre ese coño con los dedos y enséñaselo a la puta ciudad. Quiero que vean cómo te la meto y cómo te tocas a la vez.

Bianca obedeció al instante. Bajó una mano, se separó los labios hinchados y se frotó el clítoris hinchado en círculos rápidos, los dedos brillando de jugos. Cada vez que Damon embestía a fondo, sus dedos rozaban la base de la polla. Miraba fijamente hacia las ventanas, imaginando ojos invisibles, y eso la hacía mojarse más, el coño haciendo ruidos obscenos.

—Mírame tocarte —susurró ella entre gemidos, dirigiéndose a la noche—. Mírame con la polla dentro y los dedos en el clítoris. Me voy a correr otra vez y quiero que lo veáis todo… el semen que ya tengo dentro, cómo me gotea, cómo me la trago entera…

Damon gruñó y cambió el ángulo, levantándole las piernas hasta que sus rodillas casi le tocaban los hombros. La folló más profundo, los huevos golpeándole el culo con cada embestida. El metal de la mesa crujía bajo ellos. Bianca se corrió de nuevo, esta vez gritando sin palabras, solo un aullido largo y roto mientras el orgasmo le sacudía el vientre y le hacía echar más jugo sobre la polla que la atravesaba.

Él no paró. La sacó, la volteó a cuatro patas en el suelo del balcón, el culo alto hacia la barandilla y la cara mirando hacia su propio salón. Se arrodilló detrás y se la clavó de un golpe, agarrándola del pelo para tirar de su cabeza hacia atrás.

—Gatea un poco hacia adelante —le dijo, la voz hecha grava—. Quiero que tu cara quede a la altura de la luz del salón, que cualquiera del edificio de enfrente vea tu boca abierta y tu cara de puta mientras te la meto por detrás.

Bianca gateó, las tetas colgando y balanceándose, el semen y los jugos dibujándole hilos brillantes por los muslos. Damon la siguió sin salir de ella, follándola a cuatro patas como un animal, las caderas golpeando fuerte. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado. Ella se metió tres dedos en la boca y chupó ruidoso, saliva cayéndole por la barbilla hasta el pecho.

—Joder… se siente tan gruesa… me está abriendo otra vez —jadeó ella, la voz proyectada hacia la noche—. ¡Damon me está follando el coño como una puta barata en el balcón! ¡Mirad el semen que me sale cada vez que saca la polla! ¡Estoy llena y todavía me la mete más duro!

Él le dio una palmada en el culo, el sonido seco y fuerte, y después le metió el pulgar en el culo, empujando mientras la follaba. Bianca gritó de placer puro, empujando hacia atrás para tomarlo todo. El doble estímulo la volvía loca; el clítoris le latía y el coño se contraía en oleadas.

Damon la sacó, se sentó en la silla del balcón con la polla erecta y goteante apuntando al cielo, y la atrajo hacia él. Ella se montó de espaldas, en marcha atrás, las piernas abiertas hacia la ciudad, las tetas al aire. Se dejó caer sobre la verga hasta el fondo y empezó a rebotar, el culo chocando contra su regazo, el coño haciendo ruidos chorreantes. Él le rodeó la cintura con un brazo y le frotó el clítoris con la otra mano, sin piedad.

—Mira hacia abajo —le ordenó—. Enseña ese coño relleno. Abre más las piernas. Que vean cómo te la tragas hasta las pelotas.

Bianca se abrió con las manos, mostrando el punto exacto donde la polla gruesa desaparecía dentro de ella, los labios estirados y brillantes. Cabalgó más rápido, los pechos rebotando, el sudor corriéndole entre las tetas. Una sombra se movió en una ventana lejana; ella le dedicó una sonrisa sucia y se apretó deliberadamente.

—¡Sí, míralo! —gritó—. ¡Mira cómo me la monto entera! ¡Mi coño está babeando sobre su polla y me va a volver a correr dentro! ¡Soy una puta exhibicionista y me encanta que me vean llena de polla y de leche!

Damon le apretó los pezones y embistió hacia arriba con fuerza brutal. Bianca se vino gritando, el cuerpo entero temblando, un chorro claro saliéndole alrededor de la verga y salpicando el suelo del balcón. Él la siguió segundos después, rugiendo, disparando chorros espesos y calientes que le llenaron el coño hasta rebosar. El semen le salió a borbotones por los lados mientras ella seguía rebotando, ordeñándolo, empujando cada gota hacia fuera para que goteara visible hacia la noche.

Todavía montada, todavía con la polla latente dentro, Bianca se inclinó hacia adelante, se separó más los labios del coño con los dedos y empujó el semen residual hacia fuera a propósito, un hilo espeso y blanco que cayó al suelo entre sus pies abiertos.

—Mirad cómo me chorrea la leche de Damon por el coño abierto… y todavía no he terminado de usarla.

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