Backstage con la rival

Dos rivales lésbicas se follan en el camerino.

22 min read August 28, 2026New

El bullicio del backstage del prestigioso concurso de canto nacional llenaba el aire con voces agudas, risas nerviosas y el olor a maquillaje barato mezclado con perfume caro. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre los pasillos estrechos mientras técnicos corrían con cables y cantantes se calentaban la voz. Valeria, de veinticuatro años, morena explosiva de curvas afiladas y ojos oscuros que desafiaban a cualquiera, acababa de terminar su número. El sudor le brillaba en el pecho por el escote del vestido negro ajustado. Camila, la rubia ardiente de su misma edad, de labios carnosos y cuerpo atlético, salía del escenario vecino con las mejillas sonrojadas por el esfuerzo. Semanas de competencia feroz las habían enfrentado: miradas desafiantes durante los ensayos, roces “accidentales” de caderas contra caderas en los pasillos, dedos que se rozaban al alcanzar la misma partitura. Ambas sabían que el deseo mutio hervía bajo la rivalidad.

Encontraron el camerino estrecho vacío, un cubículo con un tocador iluminado por bombillas, un sofá desgastado y el olor a laca. Camila entró primero, cerrando la puerta a medias. Valeria la siguió y, con una sonrisa cómplice que mostraba los dientes, giró la llave. El click metálico las aisló del ruido exterior.

—Mírate —murmuró Valeria, acercándose con mirada hambrienta—. Llevas semanas mirándome el culo como si quisieras comértelo. No te hagas la santa, Camila.

Camila soltó una risa baja, cargada de desafío. —Y tú no dejas de rozarme las tetas “sin querer” en los ensayos. Vamos, Valeria, dímelo de una vez. Quieres follarme tanto como yo a ti.

No hizo falta más. Valeria la agarró por la nuca y las estrelló en un beso agresivo, lenguas luchando con hambre consentida. Los labios de Camila sabían a menta y adrenalina. Manos ávidas recorrieron pechos: Valeria apretó las tetas firmes de Camila a través de la blusa blanca, sintiendo los pezones endurecerse. Camila respondió agarrándole el culo con fuerza, hundiéndole los dedos en la carne redonda bajo el vestido. Los insultos de rivalidad se transformaron en gemidos sucios.

—Puta pretenciosa —jadeó Camila entre besos, mordiéndole el labio inferior—. Siempre cantando como si el mundo te debiera algo. Ahora te voy a callar con mi lengua en el coño.

—Cállate y tócame —gruñó Valeria, empujándola más contra la pared—. Quiero sentir tus dedos en mi coño empapado, rival de mierda.

Camila la giró de golpe y la empujó contra el tocador. El espejo tembló. Con un tirón seco le arrancó las bragas negras, tirándolas al suelo. El coño de Valeria ya brillaba, labios hinchados y resbaladizos. Camila se agachó un segundo, oliéndola, y declaró en voz alta, mirándola a los ojos:

—Joder, qué mojada estás. Quiero comerte entero, chuparte hasta que grites mi nombre y se te olviden todas esas putas canciones.

Se arrodilló en el suelo frío del camerino. Con las manos firmes en las caderas de Valeria, la abrió de piernas y hundió la cara entre sus muslos. La lengua de Camila atacó sin piedad: lamidas profundas desde la entrada hasta el clítoris hinchado, succionándolo con fuerza rítmica. Valeria se agarró al borde del tocador, arqueando la espalda, el vestido subido hasta la cintura. El calor húmedo de la boca de Camila la volvía loca. Cada chupetón enviaba chispas por su columna.

—Así, joder… más fuerte —gimeó Valeria, empujando las caderas hacia adelante—. Devórame, Camila. Chúpame ese coño como la puta rival que eres.

Camila gruñó contra su carne, introduciendo la lengua dentro y sacándola con sonidos obscenos, sucios. Los jugos le corrían por la barbilla. Valeria sintió el orgasmo acercarse, pero antes de que explotara, tiró del pelo rubio de Camila y la levantó. Intercambiaron posiciones con urgencia. Ahora Valeria sentó a Camila en el borde del sofá, le bajó los pantalones y las bragas de un tirón, y le montó la cara. Abrió las piernas a ambos lados de la cabeza de Camila y empezó a follarle la boca con movimientos de pelvis, frotando su coño empapado contra labios y lengua. Camila se aferraba a sus muslos, gimiendo mientras se ahogaba deliciosamente en el sabor a musgo y deseo.

—Trágatelo todo —ordenó Valeria, rodando las caderas—. Chúpame mientras te dejo sin aire, rubia puta.

Cuando ambas temblaban al límite, Valeria bajó, giró a Camila y la puso a cuatro patas sobre el sofá estrecho. El culo redondo y pálido de Camila se ofrecía. Valeria le azotó una nalga con la palma abierta —un chasquido seco que dejó la marca roja— y luego introdujo dos dedos grueso en su coño empapado, follándola con fuerza mientras con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos rápidos. El otro azote cayó en la otra nalga.

—Tómalo, rival —jadeó Valeria, curvando los dedos contra ese punto interno—. Correte en mis dedos mientras te azoto el culo. Quiero sentir cómo te aprietas.

Camila empujaba hacia atrás, gimiendo alto, el pelo rubio cayéndole sobre la cara. —Más duro… fóllame con los dedos, Valeria… me voy a correr… joder, sí—

El orgasmo las golpeó casi juntas. Camila gritó primero, el coño contrayéndose violentamente alrededor de los dedos de Valeria, chorreando sobre su mano mientras el cuerpo se sacudía. Valeria la siguió al instante, mordiéndole el hombro desnudo para ahogar su propio grito, el coño palpitando en el vacío mientras se corría solo de la intensidad de follar a su rival y de oírla venir. Los gritos se mezclaron, húmedos y salvajes, resonando en el camerino cerrado. Ambas se derrumbaron, jadeando, sudorosas, el olor a sexo llenando el aire estrecho.

Tras recuperar el aliento, se besaron con una ternura inesperada, labios suaves ahora, lenguas lentas que sabían a la otra. Valeria le limpió un hilo de saliva del mentón a Camila; Camila le alisó el pelo moreno a Valeria. Se arreglaron la ropa en silencio cómplice: bragas recuperadas, vestido bajado, blusa abotonada a medias. Las marcas de dientes y las nalgas enrojecidas quedaban escondidas.

Salieron del camerino con sonrisas secretas, el corazón todavía latiendo rápido. En el pasillo bullicioso, un técnico las miró de reojo, pero ellas caminaron juntas unos pasos, rozándose los dedos a propósito.

—Esto no se acaba aquí —susurró Camila sin mirarla, la voz ronca—. La próxima vez que ganes un round, te voy a follar contra el piano de cola del escenario principal.

Valeria soltó una risa baja, los ojos brillando. —Y si pierdo, te haré lamer mi coño bajo el vestuario mientras el jurado anuncia. Prepárate, rival. Acabamos de empezar.

La tensión seguía cruda, el deseo apenas saciado, prometiendo más encuentros robados entre ensayos y puntuaciones.

El pasillo seguía vibrando con el caos del concurso cuando se separaron unos metros, fingiendo indiferencia ante los técnicos y las otras concursantes. Valeria sentía el ardor residual entre las piernas, el coño todavía sensible y resbaladizo bajo el vestido negro. Cada paso le recordaba los dedos de Camila curvándose dentro de ella, el sabor de su lengua, el chasquido de la palmada en su culo. Camila caminaba delante, el culo atlético marcándose bajo los pantalones ajustados, y Valeria no podía dejar de mirarlo. Quería marcarlo otra vez. Quería oírla mendigar.

Veinte minutos después, en el salón de ensayo anexo —un espacio amplio con un piano de cola negro, espejos de pared a pared y sillas apiladas—, Valeria repasaba su partitura en voz baja cuando la puerta se abrió. Camila entró sin llamar, cerró con llave y apoyó la espalda contra la madera. Sus ojos azules brillaban con esa mezcla de odio y hambre que ya conocían las dos.

—Has ganado el último round por tres putos puntos —dijo Camila, avanzando lenta, como una depredadora—. Tres puntos, Valeria. Y ahora te toca pagar exactamente como te prometí.

Valeria soltó una risa baja, dejando la partitura sobre el piano. El deseo le subió otra vez, caliente y espeso, desde el vientre hasta la garganta.

—Entonces ven y cóbrame, rival de mierda. No me hagas esperar.

Camila no perdió tiempo. La agarró por la cintura, la giró y la empujó contra el borde del piano de cola. El instrumento tembló con un eco grave. Valeria sintió el frío de la madera lacada contra los muslos cuando Camila le subió el vestido de un tirón hasta la cintura, dejando al descubierto las bragas negras que acababa de volverse a poner. Camila se arrodilló un segundo solo para morderle el interior del muslo, alto, cerca del coño, dejando una marca roja que haría arder durante horas. Luego se puso de pie y le arrancó las bragas otra vez, esta vez más brusca, hasta oír el hilo de tela ceder.

—Mira cómo goteas todavía —murmuró Camila, pasando dos dedos por los labios hinchados de Valeria y levantándolos para que viera el brillo—. Mi saliva y tu corrida mezcladas. Qué asco tan rico. Ahora ábrete.

Valeria se apoyó en las manos sobre el teclado, arqueando la espalda y abriendo las piernas. Las teclas emitieron un acorde disonante bajo su peso. Camila se situó detrás, le separó las nalgas con las palmas y le escupió directamente en el coño abierto. El chorro caliente bajó por el clítoris. Luego metió tres dedos de golpe, profundos, sin piedad, y empezó a follarla con movimientos cortos y violentos mientras con la otra mano le apretaba un pecho a través del escote, pellizcándole el pezón hasta que Valeria soltó un gemido gutural.

—Joder… así… más hondo —jadeó Valeria, empujando el culo hacia atrás para clavarse más los dedos—. Me tienes empapada otra vez, puta rubia. Sientes cómo te aprieto.

—Te aprietas como una zorra que no soporta perder —respondió Camila, curvando los dedos contra el punto esponjoso que ya conocía. El sonido húmedo de la follada llenaba el salón: chap-chap-chap rítmico, obsceno. Con el pulgar le frotaba el clítoris hinchado en círculos rápidos, y cada tanto le daba un azote seco en una nalga, dejando marcas rojas que se superponían a las anteriores. Valeria gemía contra el piano, el aliento empañando la madera negra. El placer le subía en oleadas, pero Camila no la dejaba llegar. Sacaba los dedos justo cuando el coño empezaba a contraerse y se los metía en la boca, chupándolos con ruido, saboreando.

—Delicioso. Ahora tú me chupas.

Camila se subió al piano, se bajó los pantalones y las bragas hasta las rodillas y se sentó en el borde, abriendo las piernas frente a la cara de Valeria. El coño rubio, afeitado solo a los lados, brillaba con jugos frescos. Valeria no necesitó que se lo pidiera dos veces. Se arrodilló entre las piernas de su rival, le abrió los labios con los pulgares y hundió la lengua hasta el fondo. Lamió largo, desde la entrada hasta el clítoris, succionando el botón hinchado entre los labios y tirando suavemente. Camila le agarró el pelo moreno con las dos manos y le folló la cara, balanceando las caderas, frotándose contra la nariz, la boca, la barbilla de Valeria.

—Así… trágate mi coño… chúpame como si te fuera la victoria en ello —ordenó Camila, la voz rota. Valeria metió la lengua dentro y la sacó, metió dos dedos y los movió en tijera mientras chupaba el clítoris con fuerza rítmica. Los jugos le corrían por la barbilla y le manchaban el escote. Podía oír los gemidos de Camila resonando contra las paredes de espejo, podía sentir cómo el coño de la rubia se contraía alrededor de su lengua. El olor a sexo y laca y adrenalina las envolvía.

Cuando Camila estaba al borde, tiró de Valeria hacia arriba, la subió al piano también y la tumbió de espaldas sobre las teclas. Un caos de notas graves y agudas sonó bajo sus cuerpos. Camila se montó a horcajadas, alineó su coño empapado contra el de Valeria y empezó a frotarse. Labios contra labios, clítoris contra clítoris, un vaivén húmedo y salvaje. Se frotaban con fuerza, las caderas chocando, los pechos rozándose a través de la ropa a medio abrir. Valeria le agarró el culo a Camila con las dos manos y la guió, apretándola más contra sí, sintiendo el calor resbaladizo, el roce eléctrico que le hacía ver estrellas.

—Mírate, montándome el coño como si fuera tuyo —jadeó Valeria, mordiéndole el cuello y dejando otra marca—. Correte contra mí, Camila. Quiero sentir cómo te deshacés.

Camila aceleró, frotándose más rápido, más sucio, gimiendo directo en la boca de Valeria mientras se besaban otra vez con dientes y lengua. Los pezones se les endurecieron tanto que dolían. Valeria metió una mano entre ellas y se frotó el clítoris de las dos a la vez con los dedos resbaladizos, apretando y girando. El orgasmo las alcanzó casi al unísono otra vez: Camila se arqueó primero, el cuerpo temblando, el coño palpitando y chorreando sobre el de Valeria mientras soltaba un grito ahogado contra su hombro. Valeria la siguió un segundo después, las piernas sacudiéndose, el placer blanco y cegador subiéndole por la columna hasta hacerle morder el labio para no aullar. Las teclas del piano sonaron un último acorde caótico bajo sus culos.

Se quedaron un momento encima del instrumento, jadeando, sudorosas, los vestidos y blusas hechas un desastre. Camila bajó la cabeza y lamió una gota de sudor del pecho de Valeria, luego otra del cuello. Valeria le peinó el pelo rubio húmedo con los dedos.

—Todavía no es suficiente —susurró Camila, la voz ronca, mirándola a los ojos con esa chispa de rivalidad intacta—. Mañana es la semifinal. Si gano, te voy a atar las muñecas con mi cinturón en el camerino de los jueces y te voy a follar con la lengua hasta que no puedas cantar. Si ganas tú…

Valeria sonrió, lenta, peligrosa, todavía con el coño palpitando.

—Si gano yo, te haré arrodillar detrás del telón principal mientras el público aplaude, y te correrás en silencio con mis dedos dentro para que nadie oiga lo puta que eres por mí.

Se bajaron del piano, se limpiaron a medias con un pañuelo que Camila sacó del bolsillo, se subieron la ropa. Las marcas de dientes, las nalgas rojas, el coño hinchado y sensible quedaban ocultos otra vez. Camila giró la llave y abrió la puerta. En el pasillo se oían ya las voces del jurado llamando al siguiente grupo.

Antes de salir, Camila le rozó los dedos a Valeria una vez más, un contacto eléctrico y breve.

—No te atrevas a aflojar en el escenario —dijo en voz baja—. Quiero que ganes o pierdas pelea a pelea. Porque cada puto punto me lo vas a pagar con el coño.

Valeria salió detrás de ella, el corazón todavía desbocado, el deseo ya creciendo de nuevo bajo la rivalidad cruda. El concurso seguía. Las luces las esperaban. Y entre ensayo y ensayo, entre puntuación y puntuación, el hambre apenas había hecho más que empezar a morder.

El bullicio del backstage se intensificó cuando anunciaron los resultados del último ensayo puntuado. Valeria escuchó su nombre segundo, tres putos puntos detrás de Camila otra vez. El pecho le ardía de rabia y de ganas. Camila le lanzó una mirada de lado, esa sonrisa depredadora que ya conocía de sobra, y se inclinó apenas al pasar.

—Camerino de los jueces. Ahora. Trae el cinturón.

Valeria la siguió sin decir palabra. El deseo le latía entre las piernas, el coño todavía sensible de la follada anterior sobre el piano. Entraron al cubículo estrecho reservado para el jurado: un diván de cuero negro, un espejo enorme y una mesa con partituras abandonadas. Camila cerró con llave, se quitó el cinturón de cuero negro de un tirón y lo hizo chasquear en el aire.

—Manos arriba, rival de mierda. Gané. Ahora pagas exactamente como te dije.

Valeria levantó las muñecas sin pelear. El cuero le apretó la piel cuando Camila las ató juntas sobre su cabeza y las fijó a la barra del perchero metálico. El vestido negro le quedó subido hasta la cintura otra vez. Camila le bajó las bragas con los dientes, lamiéndole el muslo en el proceso, y las tiró a un rincón.

—Mira cómo tiembles —murmuró Camila, abriéndole las piernas con las rodillas—. Tres puntos. Tres putas victoria. Y yo te voy a chupar hasta que no te quede voz para la semifinal.

Se arrodilló y hundió la cara de golpe. La lengua entró profunda, plana, lamiendo todo el coño hinchado de Valeria de un solo trazo largo. Succionó el clítoris con fuerza, tirando de él entre los labios, mientras metía tres dedos de una vez y los curvaba hacia arriba. Valeria arqueó la espalda, los brazos tensos por las ataduras, y soltó un gemido gutural que hizo temblar el espejo.

—Joder, Camila… así… fóllame la lengua más hondo —jadeó, empujando las caderas hacia la boca de su rival—. Trágate todo ese jugo. Quiero ver cómo te atragantas conmigo.

Camila gruñó contra su carne. Los sonidos eran obscenos: chupadas húmedas, el chapoteo de los dedos entrando y saliendo a ritmo brutal, la saliva mezclándose con los fluidos que ya le corrían por la barbilla y le manchaban el pecho. Mordió el labio interior del muslo de Valeria, dejó otra marca roja, y volvió a atacar el clítoris con la punta de la lengua en círculos rápidos mientras los dedos follaban sin piedad ese punto esponjoso que hacía a Valeria retorcerse.

Valeria pensaba en el escenario, en cómo iba a cantar con las piernas temblando, en cómo odiaba y necesitaba a esta rubia que la tenía abierta y atada. El placer subía en oleadas calientes. Camila no la dejaba respirar: sacaba los dedos solo para chuparlos ruidosamente y volver a meterlos más profundos, abriéndola, estirándola.

—Te corres cuando yo diga —ordenó Camila, la voz ronca contra su coño—. No antes. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mi lengua como la zorra perdedora que eres.

Metió la lengua entera dentro, la movió en círculos, y con el pulgar libre frotó el clítoris hinchado sin parar. Valeria tiró de las ataduras, el cuero marcándole las muñecas, y empujó la pelvis contra la cara de Camila hasta casi ahogarla. El orgasmo la golpeó de lleno: el coño se contrajo en espasmos violentos, chorreando directo en la boca de Camila, que lo bebió todo mientras gemía de satisfacción. Valeria gritó el nombre de su rival entre dientes, el cuerpo sacudiéndose, el placer blanco cegándola un segundo entero.

Camila se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y le desató las muñecas solo para girarla de golpe y tumbarla de pechos sobre el diván. Le separó las nalgas y le escupió de nuevo en el coño abierto, todavía palpitante.

—Ahora me toca a mí. Ábrete más.

Valeria obedeció, el culo en alto, las piernas temblando. Camila se bajó los pantalones, se quitó las bragas y se montó a horcajadas sobre su cara, al revés, en un 69 salvaje. Bajó el coño empapado directo sobre la boca de Valeria.

—Chúpame mientras te meto la lengua otra vez. Y no te atrevas a parar.

Valeria abrió la boca y lamió con hambre. El sabor de Camila era intenso, salado y dulce a la vez, el clítoris hinchado bailándole en la lengua. Hundió dos dedos en el coño de la rubia y los movió en tijera mientras succionaba. Camila respondió metiéndole la lengua otra vez, profunda, y añadiendo un cuarto dedo, estirándola hasta el límite, follándola con la mano entera casi. El chap-chap húmedo llenaba el camerino. Valeria sentía el peso de las caderas de Camila aplastándole la cara, el olor a sexo puro, el calor resbaladizo que le corría por la barbilla hasta el cuello.

—Así… trágate mi coño, morena de mierda —gimió Camila, balanceando las caderas y frotándose contra la lengua de Valeria—. Lámeme el clítoris como si te fuera la final en ello. Voy a correrme en tu puta cara y vas a quedarte con el sabor hasta mañana.

Valeria aceleró, metiendo la lengua más hondo, chupando con fuerza rítmica, los dedos curvados buscando ese punto que hacía a Camila gritar. Sentía el coño de la rubia apretarse, temblar. Camila le azotó una nalga fuerte, luego la otra, y volvió a meter los dedos profundos mientras lamía. El segundo orgasmo de Valeria llegó de sorpresa, más intenso, el cuerpo entero contrayéndose bajo el peso de Camila, el grito ahogado contra el coño de su rival. Camila se corrió un segundo después: el coño le palpitó violentamente alrededor de la lengua de Valeria, chorreando jugos calientes que Valeria tragó sin parar, gemiendo de placer y de victoria sucia.

Se quedaron así un momento, jadeando, el sudor pegándoles la ropa a la piel. Camila se bajó despacio, se giró y las dos se besaron con la boca llena del sabor de la otra. Lenguas lentas ahora, pero todavía con dientes. Valeria le mordió el labio inferior.

—Todavía no es suficiente —susurró contra su boca—. Mañana es la semifinal de verdad. Si gano yo, te voy a llevar detrás del telón principal en el intervalo. Te arrodillarás con el público aplaudiendo a cincuenta metros y te follaré con cuatro dedos hasta que te corras en silencio, mordiendo mi muslo para no gritar. Nadie va a oír lo puta que eres por mí.

Camila sonrió, los ojos azules brillando con esa mezcla de odio y hambre que ya las tenía enganchadas.

—Y si gano yo, te ataré otra vez, pero esta vez con las piernas abiertas al espejo del camerino grande. Te voy a poner a cuatro patas y te voy a lamer el culo mientras te meto los dedos hasta el fondo. Quiero verte mendigar mi lengua. Quiero que cantes la final con mi marca en cada centímetro de tu coño.

Se limpiaron a medias con un pañuelo arrugado. Camila se abrochó el cinturón otra vez, las marcas rojas en las nalgas de Valeria y las muñecas aún visibles bajo las mangas. Valeria se subió el vestido, sintiendo el ardor residual, el coño hinchado y resbaladizo que le recordaba cada chupada.

Salieron juntas al pasillo. Un técnico pasó silbando, ajeno. Camila le rozó la mano a Valeria un segundo, los dedos húmedos todavía.

—No aflojes mañana —dijo en voz baja, casi un gruñido—. Cada puto punto se paga con jugos. Quiero que el escenario sepa que nos estamos follando a escondidas. Quiero ganar y perder solo para tenerte otra vez.

Valeria sintió el deseo crecer de nuevo, caliente y pesado bajo el vientre. El concurso seguía rugiendo a su alrededor: luces, voces, el olor a laca y adrenalina. Miró el culo de Camila alejarse entre la gente y ya estaba inventando cómo iba a abrirla la próxima vez, cómo iba a hacerla gritar sin que nadie oyera. La rivalidad les quemaba la piel. El hambre apenas había empezado a morder más fuerte. La semifinal las esperaba, y con ella promesas más sucias, más peligrosas, más imposibles de ignorar.

La noche de la semifinal cargó el teatro entero de un voltaje distinto. Valeria sentía cada músculo tenso mientras esperaba entre bambalinas, el vestido negro todavía rozándole el coño hinchado de la noche anterior. El público aplaudía a la concursante anterior y el olor a polvo de escenario, sudor y laca se mezclaba con el recuerdo del sabor de Camila. Cuando anunciaron su nombre subió con la mandíbula apretada, cantó como si cada nota fuera un dedo metiéndosele dentro, y bajó con las piernas temblando. Camila la observaba desde el otro lado del telón, labios entreabiertos, ojos azules fijos en ella con esa rabia caliente que ya conocían.

Los resultados cayeron como un azote. Valeria ganó por un solo puto punto. Un solo punto que le hizo arder el pecho de triunfo y de hambre. Camila cruzó el pasillo directo hacia ella en cuanto el jurado dio la pausa. No dijo nada. Solo le agarró la muñeca con fuerza y la arrastró detrás del telón principal, donde las cortinas pesadas caían como paredes de terciopelo negro y el público seguía aplaudiendo a cincuenta metros, el ruido sordo y constante. El espacio era estrecho, olía a madera y a cables calientes. Valeria empujó a Camila de rodillas sin preámbulos.

—Gané —jadeó, subiéndose el vestido hasta la cintura y abriéndose las piernas—. Ahora te arrodillas y te corres en silencio, exactamente como te prometí. Mordé mi muslo si hace falta. Nadie oye lo puta que eres por mí.

Camila obedeció, pero con esa sonrisa depredadora que nunca se borraba del todo. Le bajó las bragas con los dientes, lamió el muslo interno hasta dejar otra marca y abrió los labios hinchados de Valeria con los pulgares. La lengua entró de golpe, plana y voraz, mientras metía cuatro dedos de una vez, estirándola, follándola con movimientos cortos y brutales. Valeria se agarró a la cuerda del telón, arqueó la espalda y apretó los muslos alrededor de la cabeza rubia. El chapoteo húmedo se perdía bajo los aplausos. Camila chupaba el clítoris con fuerza rítmica, los dedos curvados buscando ese punto que hacía a Valeria morderse el labio hasta casi sangrar.

—Así… más hondo, rival de mierda —susurró Valeria, empujando las caderas contra la cara de Camila—. Trágate todo. Quiero sentir cómo te atragantas mientras el teatro entero aplaude sin saber que me estás follando con la mano entera.

Camila gruñó contra su carne, aceleró, y cuando el coño de Valeria empezó a contraerse le azotó una nalga fuerte con la mano libre. El orgasmo llegó en oleadas mudas: Valeria se sacudió, el jugo le chorreó por la barbilla a Camila, y tuvo que morderse el puño para no gritar. Apenas se recuperó, tiró del pelo rubio, la levantó y la giró contra el mástil del telón. Le bajó los pantalones de un tirón, le separó las nalgas y le escupió directo en el culo antes de hundir la lengua allí, profunda, sucia, mientras tres dedos entraban en su coño empapado.

—Mira cómo goteas solo de oírme ganar —murmuró Valeria entre lamidas—. Te voy a lamer el culo hasta que tiembles y después te voy a follar los dos agujeros con los dedos hasta que te corras mordiendo la tela para no aullar.

Camila empujaba hacia atrás, gimiendo bajo, el pelo pegado al sudor de la nuca. —Más… fóllame más sucio, Valeria… que el público no sepa lo fácil que me corres… joder, sí, así—

Valeria metió un cuarto dedo, abriéndola al límite, y con el pulgar le frotó el clítoris hinchado en círculos rápidos mientras la lengua seguía trabajando el culo. El cuerpo de Camila se tensó de golpe. Se corrió en silencio, el coño apretándose en espasmos violentos alrededor de los dedos, el grito ahogado contra el terciopelo. Valeria no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, sacándole otro más corto y tembloroso hasta que las piernas de Camila flaquearon.

Se cambiaron de sitio con urgencia. Ahora Camila tenía a Valeria de espaldas contra la pared fría del escenario, piernas abiertas en el aire, y se frotaba contra ella en un vaivén salvaje de coño contra coño. Labios resbaladizos chocando, clítoris rozándose con fuerza eléctrica, pechos aplastados, bocas devorándose con dientes. El roce era brutal, húmedo, el sonido obsceno tapado por la orquesta que afinaba al otro lado. Valeria le clavó las uñas en el culo a Camila y la guió más rápido.

—Correte contra mí otra vez —ordenó, la voz rota—. Quiero que mi muslo quede empapado de ti cuando salgamos a saludar.

Camila aceleró, se besaron con rabia, y ambas llegaron casi juntas: un temblor compartido, jugos mezclándose, gemidos tragados en la boca de la otra. Se quedaron un segundo apoyadas, sudorosas, el corazón desbocado. Después se limpiaron a medias con el forro del vestido de Valeria, se subieron la ropa y salieron justo cuando llamaban al siguiente bloque. Nadie miró dos veces las mejillas sonrojadas ni el pelo revuelto.

La final fue tres horas después. El teatro rebosaba. Valeria cantó con la garganta aún marcada por los gritos contenidos; Camila contestó con una interpretación que le robó el aliento al jurado. Cuando cayeron los resultados finales, el nombre de Camila resonó como ganadora absoluta. Un punto. Un solo puto punto otra vez. Valeria sintió el golpe en el pecho, mitad derrota, mitad alivio salvaje. Camila la encontró en el camerino grande vacío apenas bajaron el telón. Cerró con llave, se quitó el cinturón y esta vez ató las muñecas de Valeria a la barra del espejo, obligándola a mirarse mientras la ponía a cuatro patas sobre el diván.

—Gané yo —susurró Camila contra su oreja, separándole las nalgas—. Ahora te lamo el culo y te meto los dedos hasta el fondo exactamente como te dije. Quiero verte mendigar en el espejo.

La lengua de Camila entró caliente y profunda en el culo de Valeria al mismo tiempo que cuatro dedos le follaban el coño sin piedad. Valeria miraba su propio rostro retorcido de placer en el cristal, los pechos colgando, la boca abierta. Cada embestida de dedos le arrancaba un gemido gutural. Camila le azotaba las nalgas entre lamidas, dejaba marcas rojas, chupaba, mordía, y cuando Valeria ya no podía más le giró la cara y le metió la lengua en la boca para que saboreara su propio culo.

—Mírame mientras te corro —jadeó Camila, subiéndose al diván, montando la cara de Valeria y frotándose hasta corrérsele encima en espasmos violentos. Valeria tragó todo, gimió, y se vino otra vez solo de sentir el peso y el sabor. Se desataron después, se follaron una última vez pecho contra pecho, dedos entrelazados dentro de los dos coños a la vez, orgasmos compartidos que las dejaron temblando y rotas sobre el cuero negro.

Más tarde, ya vestidas a medias, el bullicio del backstage las envolvió otra vez. Camila le rozó los dedos a Valeria al salir, esa chispa intacta.

—Cada punto se paga —murmuró—. Y yo acabo de cobrarte el más caro.

Valeria sonrió, el cuerpo aún palpitante, y solo entonces entendió la verdad que lo reframaba todo desde el primer roce en el pasillo: nunca habían competido por el puto trofeo.

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