Rebote Dulce Bajo las Luces del Festival
Dos chicas se comen los coños en un callejón durante el festival.
La noche del festival costero vibraba con bajos electrónicos que sacudían el pecho. Lucías, de veintiocho años, bailarina de cuerpo atlético y mirada desafiante, se movía entre la multitud con caderas sueltas y el pelo suelto pegado al cuello sudado. Llevaba un top corto negro que dejaba al aire su vientre plano y unos pantalones ajustados que marcaban el contorno firme de su culo. A su lado, empujada por el oleaje de gente, Valeria, fotógrafa de veintiséis con curvas suaves y una sonrisa traviesa, intentaba enfocar con su cámara cuando el hombro de Lucías rozó el suyo.
—Perdón —dijo Lucías, girándose. Sus ojos se clavaron en los de Valeria: labios carnosos, pechos redondos apretados contra una camiseta fina, muslos que se adivinaban bajo unos shorts cortos.
Valeria sonrió y no apartó la mirada. El roce no fue casual del todo. Volvieron a bailar. La música empujaba cuerpos. Otra vez los pechos de Valeria rozaron el brazo de Lucías. Luego el muslo de Lucías pasó por la cadera de Valeria. Ambas sintieron el calor inmediato, esa descarga baja en el vientre. Lucías pensó: esta tía me está mirando como si quisiera comerme ya. Valeria, con el coño empezando a humedecerse, se dijo que la bailarina tenía una boca hecha para chupar.
Se miraron de nuevo, descaradas. Lucías acercó la boca al oído de Valeria, casi gritando por encima del bombo:
—Te he sentido tres veces. ¿Casualidad?
Valeria soltó una risa baja y le agarró la muñeca un segundo.
—Ni de coña. Me gusta cómo te mueves. Y cómo me miras.
La tensión se volvió espesa. Valeria señaló con la cabeza un rincón más oscuro, donde las luces de neón rojas y azules se filtraban entre lonas y cables. Tiró de Lucías entre risas.
—Ven. Aquí no nos pisan tanto.
Allí, bajo el brillo rosado, se quedaron frente a frente. El pecho de Valeria subía y bajaba. Lucías no esperó. Agarró su nuca y la besó con hambre, lengua metiéndose de golpe, saboreando cerveza y deseo. Valeria respondió igual de voraz, mordiéndole el labio inferior. Las manos de Lucías bajaron a las caderas suaves, las apretaron, luego subieron y se cerraron sobre las tetas de Valeria por encima de la tela, notando los pezones duros. Valeria gimió dentro del beso y le agarró el culo firme a Lucías, empujándola contra sí para que los muslos se frotaran.
—Quiero follarte esta misma noche —dijo Valeria contra su boca, sin rodeos—. Me tienes el coño empapado solo de rozarte.
Lucías le pellizcó un pezón a través de la camiseta.
—Yo también. Quiero que me comas y que me tires de las piernas. Química de puta madre. Siento tus tetas cada vez que bailamos y se me pone la concha a chorros.
Se rieron, calientes, y se besaron otra vez, más sucio, lenguas lamiéndose, manos explorando pechos y culos sin vergüenza. El roce constante de muslos y tetas las empujaba. Valeria le mordió el cuello.
—Hay un callejón cerca. Semioculto. Nadie mira de verdad con este jaleo.
Se colaron entre dos puestos de comida y cajas de plástico. El callejón olía a orina vieja y a fritanga, pero estaba en penumbra y solo se oía el eco lejano de la música. Lucías empujó a Valeria contra la pared áspera. Le comió la boca otra vez, salivosa, mientras le metía la mano dentro de los shorts. Encontró la braga ya mojada, la corrió a un lado y le frotó el clítoris hinchado con dos dedos expertos, circulares, rápidos.
—Joder, estás chorreando —gruñó Lucías.
Valeria abrió las piernas y jadeó contra su cuello.
—Más fuerte… así… me vas a hacer correr si sigues.
Lucías le metió un dedo dentro, luego dos, follándola con la mano mientras el pulgar le machacaba el clítoris. Valeria gemía bajo, mordiéndose el labio para no gritar. El coño le apretaba los dedos, caliente y resbaladizo. Lucías le besaba el pecho por encima de la ropa, chupando la tela hasta marcar el pezón.
Cuando Valeria estuvo temblando al borde, se soltó, se arrodilló en el suelo sucio y le bajó los pantalones a Lucías de un tirón junto con la tanga. El coño de Lucías estaba brillante, los labios hinchados, el clítoris sobresaliendo. Valeria lo olió y se lanzó: lengua ancha lamiendo desde la entrada hasta el clítoris, chupándolo con fuerza, metiendo la punta dentro del agujero y volviendo a succionar el botoncito.
—Hostia, qué rico te sabes —murmuró Valeria entre lametones—. Coño de bailarina, apretado y dulce.
Lucías se agarró el pelo de Valeria y le empujó la cara contra su concha, frotándose contra esa boca ávida. Gemía alto ahora, sin importarle.
—Chúpame más… sí, lámelo entero… me voy a correr en tu lengua.
Valeria metió dos dedos dentro de Lucías mientras chupaba, curvándolos hacia adelante. Lucías temblaba. Pero antes de acabar, se separó, respirando agitada, y sacó de su bolso una manta fina que usaba a veces para sentarse en ensayos. La extendió en el suelo del callejón, entre sombras.
—Túmbate. Quiero tu coño en mi boca ahora.
Se echaron en 69. Lucías se puso encima, el culo hacia la cara de Valeria, y abrió las piernas sobre ella. Bajó la cabeza entre los muslos de Valeria y le devoró el coño con desesperación: lengua metida hasta el fondo, chupando labios, lamiendo el clítoris hinchado en círculos rápidos. Valeria, debajo, le agarró las nalgas y le lamió igual de sucio, metiendo la lengua profunda, bebiéndole los jugos que ya le resbalaban por el muslo. Se follaban con la boca y con los dedos a la vez: Lucías le metía tres dedos a Valeria y le frotaba el clítoris con la otra mano; Valeria le hacía lo mismo, empujando fuerte.
El sonido era obsceno: chapoteos, gemidos ahogados, chupidos. Luego Lucías se giró, se acomodó de lado y enganchó una pierna sobre la de Valeria. Se frotaron en tijera, clítoris contra clítoris, mojados y calientes, empujando las caderas con fuerza. Se agarraron las tetas, se pellizcaron los pezones, se miraron a los ojos mientras se frotaban.
—Más fuerte, joder —jadeó Valeria—. Me estás destrozando el coño y me encanta.
Lucías le apretó la cadera y aceleró el roce. El calor subía. Se metían dedos de vez en cuando, se los chupaban después, se besaban con la boca llena del sabor de la otra. El orgasmo llegó como una ola: primero Valeria, gritando bajo, el coño contrayéndose contra el de Lucías, chorreando. Lucías la siguió segundos después, un grito gutural, el cuerpo temblando, el clítoris latiendo mientras se corrían juntas, frotándose hasta que los jugos les empaparon los muslos y la manta.
Se quedaron un momento jadeando, pegadas. Luego Lucías se inclinó y la besó con ternura, lenta, saboreando sus propios jugos mezclados en la boca de Valeria. Se lamió los labios mutuamente, manchadas, sonriendo.
—Qué puta locura —dijo Valeria, riendo suave mientras se limpiaba un poco la cara con el dorso de la mano—. Nunca me había corrido así en un callejón.
Lucías se rió también, ayudándola a subirse los shorts, acomodándose ella los pantalones. Se peinaron el pelo con los dedos, se ajustaron las tetas en la ropa, todavía con las piernas flojas y el coño sensible.
—Volvamos antes de que alguien nos vea hechas un desastre —dijo Lucías, tomándole la mano.
Salieron del callejón de la mano, aún oliendo a sexo, y se metieron otra vez en la multitud del festival. Las luces de neón las bañaban. Bailaron un rato pegadas, más lentas, sabiendo lo que acababan de hacer. Valeria le habló al oído, rozándole el lóbulo con los labios:
—Al final de la noche buscamos un sitio de verdad privado. Quiero follarte en una cama. Quiero que me sientes en la cara hasta que no pueda más. Y quiero probar todas las formas que se nos ocurran.
Lucías le apretó la mano y le miró con esa misma hambre de antes, todavía más cruda ahora que sabía cómo sabía y cómo gritaba.
—Trato hecho. Esta noche no se acaba aquí. Me tienes loca y voy a cobrarme cada gemido tuyo cuando estemos a solas.
Siguieron caminando entre la gente, dedos entrelazados, el pulso todavía acelerado, el coño de cada una latiendo con la promesa de lo que vendría cuando el festival bajara y encontraran una puerta que cerrar detrás de ellas.
Siguieron entre la masa sudada y las luces que parpadeaban rojas y azules, los dedos todavía enlazados, el pulso latíéndoles en la entrepierna. Valeria apretó la mano de Lucías y la arrastró hacia el borde del recinto, donde los camiones de sonido y las generadoras zumbaban. Unos bloques más allá había un edificio viejo de apartamentos de alquiler por horas; ella conocía la puerta trasera porque a veces se escapaba a editar fotos allí cuando el festival se alargaba. Subieron las escaleras de dos en dos, riendo bajito, el olor a sexo todavía pegado a la piel y a la ropa.
La habitación olía a limpio barato y a colchón gastado. Apenas cerraron la puerta con llave Lucías empujó a Valeria contra la pared y le arrancó la camiseta de un tirón. Las tetas pesadas y redondas saltaron libres; Lucías se las agarró con las dos manos, las apretó, se inclinó y se metió un pezón entero en la boca, chupando fuerte, mordisqueando el limbo mientras la lengua le daba vueltas al pezón duro. Valeria arqueó la espalda y le clavó los dedos en el pelo.
—Joder, sí… chúpamelas así… me tienes empapada otra vez solo de mirarme.
Lucías soltó el pezón con un chasquido húmedo y le bajó los shorts y la braga de un golpe. Valeria se quedó desnuda contra la pared áspera. Lucías se arrodilló, le abrió los muslos con las manos y le metió la cara entre las piernas sin preámbulos. La lengua plana lamió de abajo arriba, recogiendo el sabor a sal y a jugos que todavía le quedaban del callejón. Chupó el clítoris hinchado, lo jaló entre los labios, lo soltó y volvió a meter la lengua profunda en el agujero caliente.
Valeria gemía abierto, sin cuidarse ya del volumen.
—Más… mete la lengua… así, joder, me estás comiendo el coño como si tuvieras hambre de días.
Lucías le metió tres dedos de golpe, curvados, follándola rápido mientras el pulgar le machacaba el clítoris en círculos brutales. El chapoteo llenaba la habitación. Valeria se corrió la primera vez de pie, las rodillas flojas, el coño contrayéndose alrededor de los dedos, un chorro caliente que le mojó la muñeca a Lucías. Jadeó, se rio entre dientes y tiró de ella hacia la cama estrecha.
—Ahora tú. Quiero tu culo en mi cara y tus tetas en mis manos.
Se tumbaron. Valeria se acomodó de espaldas y Lucías se le montó encima en 69 inversa, el culo firme sobre la boca de Valeria, el pecho apoyado entre sus muslos. Bajó la cabeza y le devoró el coño otra vez, chupando los labios hinchados, metiendo la lengua y los dedos a la vez. Valeria, debajo, le abrió las nalgas con las dos manos y le lamió el coño desde atrás, la lengua ancha, sucia, entrando hasta el fondo, bebiéndole los jugos que ya le resbalaban por el clítoris. Después le subió la lengua al culo, le rodeó el agujero apretado y se lo folló con la punta mientras le metía dos dedos en el coño.
Lucías gruñó contra la concha de Valeria.
—Hostia puta… me estás lamiendo el culo y se me pone el coño a chorros. No pares.
Se follaron así un buen rato: bocas, dedos, saliva y jugos mezclados. Lucías le metía la lengua profunda a Valeria y le frotaba el clítoris con la nariz; Valeria le chupaba el clítoris desde abajo y le daba palmadas suaves en el culo para que se sentara más fuerte. El calor subía otra vez. Lucías se separó un segundo, se giró y se colocó de lado, enganchando una pierna por encima de la cadera de Valeria. Se frotaron en tijera, clítoris contra clítoris, piel mojada resbalando, empujando con fuerza las caderas. Se agarraron las tetas, se pellizcaron los pezones hasta dejarlos rojos, se miraron a los ojos mientras se restregaban.
—Más duro… fótame el coño con el tuyo —jadeó Valeria—. Quiero correrme otra vez contra ti.
Lucías aceleró. El roce era obsceno, chapoteante. Metió la mano entre ambas y les frotó los dos clítoris a la vez con los dedos empapados. Valeria le mordió el hombro para no gritar demasiado alto. Se besaron con la boca llena de saliva y del sabor de la otra, lenguas lentas y sucias.
Después Lucías se puso a horcajadas sobre la cara de Valeria de verdad, sentándole el coño abierto directamente en la boca.
—Cómeme hasta que no puedas respirar —ordenó, la voz ronca—. Quiero chorrearte la cara.
Valeria obedeció con ganas. Agarró las caderas firmes de Lucías y se la comió sin piedad: lengua, labios, dientes suaves en el clítoris, succión fuerte. Lucías se balanceaba sobre ella, frotándose, gimiendo alto, las tetas rebotando. Se corrió en la boca de Valeria con un grito gutural, el cuerpo temblando, el coño latiendo y soltando jugos que Valeria tragó y lamió hasta el último hilo. Antes de que Lucías se recuperara del todo, Valeria la empujó de espaldas, le abrió las piernas y le metió cuatro dedos, follándola profundo y rápido mientras le chupaba el clítoris hinchado y sensible.
—Vas a correrte otra vez —le dijo contra el coño—. Quiero sentirte apretarme los dedos.
Lucías se arqueó, las uñas clavadas en las sábanas. El segundo orgasmo le subió desde el vientre como una descarga; gritó el nombre de Valeria, el coño contrayéndose fuerte alrededor de los dedos, otro chorro caliente. Valeria se los sacó, se los chupó enteros y se trepó encima para frotarse otra vez en tijera, ahora más lenta, más profunda, los clítoris rozándose hasta que ella también se corrió, el cuerpo entero sacudido, el grito ahogado contra el cuello de Lucías.
Se quedaron pegadas, pechos contra pechos, sudor mezclado, respiraciones agitadas. Lucías le pasó la lengua por la boca, saboreando todo lo que había dejado en ella. Valeria le acarició el culo con una mano perezosa, todavía con el coño latiéndole. Las luces del festival se filtraban por la ventana entreabierta, lejanas, y el bombo seguía sonando abajo como un eco lejano. No hablaron mucho. Solo se miraron, las piernas enredadas, los cuerpos todavía sensibles, el olor a sexo espeso en el aire de la habitación.
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