Dare en la Azotea con la Modelo
fotógrafa lésbica lame el coño de la modelo en la azotea.
La noche envolvía la azotea del edificio abandonado como una sábana oscura y cálida. El aire olía a concreto viejo, a humo lejano y a la humedad que subía desde las calles de la ciudad. Ingrid apagó el flash de su cámara y dejó el equipo sobre una caja de madera podrida. Tenía veintiocho años, el pelo corto revuelto por el viento y los dedos manchados de tiza de maquillaje que no se había quitado. Frente a ella, Brigitte —veinticuatro, piernas largas, piel bronceada bajo la lencería negra que apenas cubría nada— se quedó quieta entre dos chimeneas oxidadas, respirando hondo.
Habían terminado la sesión urbana horas antes, pero ninguna quería bajar. Las luces de la ciudad parpadeaban abajo como un mar de chispas. Ingrid sentía el calor todavía en el pecho de tanto mirar a través del objetivo: la curva de la cadera de Brigitte, el roce de la tela contra el pezón endurecido, la manera en que abría la boca cuando posaba.
—Todo el puto rato me estabas mirando como si quisieras comerme —dijo Brigitte de pronto, voz baja, ronca—. No solo con la cámara. Con los ojos. Me tienes el coño empapado desde la tercera toma.
Ingrid se quedó sin aire un segundo. La honestidad cruda le subió la temperatura de golpe.
—¿Y qué quieres hacer con eso? —preguntó, acercándose un paso, las botas crujiendo en la gravilla.
Brigitte sonrió, maliciosa, y se pasó el pulgar por el labio inferior.
—Juguemos. Verdad o reto. Aquí arriba. Nadie nos ve. Y las dos sabemos que nos estamos muriendo por follarnos.
Ingrid tragó saliva. El deseo le golpeó entre las piernas con fuerza.
—Acepto —susurró—. Empieza tú.
Brigitte se apoyó en el pretil bajo, la brisa moviéndole el cabello oscuro.
—Verdad: ¿cuántas veces te tocaste pensando en mí esta semana?
—Tres —admitió Ingrid sin pestañear—. Anoche dos veces. Me corrí diciendo tu nombre.
Brigitte exhaló un gemido corto, casi un jadeo.
—Reto entonces —continuó, y se bajó las tiras del sujetador de encaje hasta dejar los pechos al aire. Los pezones se le pusieron duros al instante por el frío y la excitación—. Lámeme los pezones. Aquí. Al aire libre. Como si no hubiera mañana.
Ingrid no dudó. Cruzó la distancia, se arrodilló un poco para alcanzarla y cerró la boca alrededor del pezón derecho. Lo chupó con hambre, lengua plana, succionando fuerte mientras la mano libre apretaba el otro pecho. Brigitte arqueó la espalda y soltó un gemido alto que se perdió en el viento de la azotea.
—Joder, Ingrid… así, más duro.
Ingrid mordisqueó con cuidado, lamió en círculos, pasó al otro pezón y lo trató igual de voraz. El sabor de la piel de Brigitte, salado y dulce a la vez, le emborrachó. Las manos de la modelo bajaron, le agarraron la camiseta y se la arrancaron por encima de la cabeza. Quedaron pecho contra pecho. Brigitte la besó con lengua profunda, sucia, explorándole la boca mientras las palmas le bajaban por la espalda y le apretaban el culo con fuerza, abriéndole los glúteos a través del pantalón.
—Quiero follarte aquí mismo —confesó Brigitte contra sus labios, jadeando—. Quiero tu lengua en mi coño, quiero tus dedos, quiero frotarme contra ti hasta correrme a chorros. ¿Tú también?
—Sí —respondió Ingrid, voz rota de deseo—. Sin límites. Todo lo que quieras.
Se besaron otra vez, más brutales, dientes chocando, manos explorando. Ingrid le bajó la braga de encaje solo un poco y metió dos dedos entre los labios hinchados de Brigitte. Estaba empapada, resbaladiza, caliente. Brigitte gritó contra su boca y le empujó la mano más adentro.
El reto había muerto. Solo quedaba el hambre.
Brigitte se arrodilló sobre la losa fría, le abrió el pantalón a Ingrid con torpeza urgente y se lo bajó junto con la ropa interior. El coño de Ingrid olía fuerte, a excitación acumulada. Brigitte no perdió tiempo: le abrió los labios con los pulgares y hundió la lengua hasta el fondo, lamiendo de abajo arriba, empujando dentro del agujero mojado. Ingrid se agarró al pelo de Brigitte y empujó las caderas hacia adelante.
—Así… joder, cómeme el coño —gruñó.
Brigitte metió dos dedos de golpe y la folló fuerte, rápido, mientras chupaba el clítoris hinchado con la boca entera. Los sonidos eran obscenos: chupeteos, el chapoteo de los dedos, los gemidos de Ingrid que ya no intentaba contener. La lengua de Brigitte se hundía profunda, curvándose, buscando ese punto que hacía temblar los muslos de la fotógrafa. Ingrid miraba hacia abajo, veía la cara de la modelo entre sus piernas, los ojos entrecerrados de placer, la saliva brillando bajo la luz lejana de los rascacielos.
—Me voy a correr si sigues —advirtió Ingrid, voz temblando.
Brigitte no paró. Aceleró los dedos, le dio unas lengüetadas rápidas y precisas al clítoris y Ingrid se corrió con un grito ronco, contrayéndose alrededor de los dedos, el coño palpitando contra la boca de Brigitte.
Apenas recuperó el aliento, Ingrid la levantó, la giró y la empujó contra el borde bajo de la azotea. Abajo la ciudad rugía indiferente. Le arrancó las bragas de un tirón, las tiró a un lado y se arrodilló detrás un segundo solo para mirar: el culo perfecto, el coño goteando, el agujero del culo apretado y tentador. Entonces se puso de pie, hizo que Brigitte se inclinara un poco más y empezó a lamerla desde atrás. Primero el ano, lengua plana, húmeda, insistente, dándole círculos lentos que hicieron a Brigitte maldicionar en voz alta. Después bajó al coño, se lo comió entero, labios y clítoris y entrada, chupando todo el jugo que le salía.
—Ponme en sesenta y nueve de pie —pidió Brigitte entre jadeos—. Quiero tu coño en la cara mientras me comes.
Se acomodaron torpemente pero con determinación. Ingrid se dobló, Brigitte se arqueó. Quedaron en un sesenta y nueve vertical precario contra el pretil, cada una con la cara enterrada en el sexo de la otra. Ingrid lamió el ano y el coño a la vez, alternando, metiendo la lengua en ambos agujeros mientras Brigitte le chupaba el clítoris con voracidad y le metía los dedos otra vez. El equilibrio era inestable; se agarraban a muslos y caderas, gemían contra la carne mojada, el viento les pegaba en la piel desnuda. El sabor de Brigitte inundaba la boca de Ingrid: ácido, dulce, adictivo. Podía sentir cómo la modelo se empapaba más con cada lengüetazo.
Cuando ya no aguantaron la posición, Ingrid la bajó al suelo improvisado de una lona vieja que habían usado de fondo. Se tumbaron de lado, engancharon una pierna cada una y juntaron los coños mojados en una tijera salvaje. Labios contra labios, clítoris rozando clítoris, se frotaron con fuerza bruta, caderas empujando, manos agarrando tetas y culos. El roce era obsceno, resbaladizo, perfecto. Se miraban a los ojos mientras se follaban así, gritando sin pudor.
—Más fuerte —exigió Brigitte—. Fóllame el coño con el tuyo.
Ingrid aceleró, apretó más, sintió el chorro caliente de Brigitte empaparle el muslo al mismo tiempo que ella misma se corría otra vez. Las dos se vinieron juntas, gritos ahogados contra hombros, cuerpos sacudidos, fluidos brillando bajo la luz naranja de la ciudad que entraba por el borde de la azotea. Ingrid vio el chorro de Brigitte salir en un pulso visible, caliente, y eso la hizo correrse aún más duro, el orgasmo alargándose hasta dejarla temblando.
Se quedaron abrazadas un rato, respirando como animales, el sudor mezclado con el semen de sus coños. Brigitte se incorporó un poco, le tomó la cara a Ingrid con las dos manos y la besó con una ternura inesperada, lamiéndole los labios mojados de sus propios jugos, saboreándose a las dos.
—Quiero repetir —susurró contra su boca—. Mañana. Misma hora. Pero sin ropa interior desde el principio. Te voy a follar otra vez en esta azotea y después te llevo a mi estudio y te abro las piernas en el sofá.
Ingrid rio bajo, aún sin aliento, y le mordió el labio inferior con cariño sucio.
—Trato hecho. Y la próxima te traigo un juguete. Quiero verte correrte mientras te lo meto yo.
Se vistieron entre risas cómplices, torpes, ayudándose a abrochar sujetadores y a subir cremalleras. Ingrid recogió la cámara. Brigitte encontró sus bragas rotas y se las guardó en el bolsillo como trofeo. Bajaron la escalera de servicio tomadas de la mano, los pasos resonando en el hueco vacío del edificio. En la calle, bajo un farol parpadeante, Brigitte la atrajo para un último beso profundo.
—Ya estoy pensando en el siguiente sitio —dijo Ingrid mientras caminaban hacia la moto—. Hay un parking techado en el centro que cierra a las once. O el baño de ese club queer del barrio viejo. Te quiero lamer el coño en todos lados.
Brigitte apretó su mano y sonrió con hambre intacta.
—Entonces empecemos a planear. Mañana la azotea otra vez… y el día siguiente te follo yo a ti contra el cristal de mi apartamento con las luces encendidas. Que te vea quien quiera. Porque esto no se queda solo en una noche, Ingrid. Ni de coña.
Ingrid ya estaba inventando ángulos, lugares, posiciones. El sabor de Brigitte todavía le llenaba la boca y el futuro inmediato olía a más sexo, más azoteas, más gritos ahogados contra la piel. La ciudad seguía despierto a su alrededor, y ellas ya tenían la siguiente aventura lésbica dibujada en la cabeza, detallada, inevitable.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories