Laundry Night With Two Strangers

Dos vecinas se lamen los coños en la lavandería.

27 min read August 17, 2026New

La lavandería del edificio olía a detergente barato y a humedad tibia cuando Carla empujó la puerta de metal a las doce y cuarto. El zumbido monótono de una sola lavadora rompía el silencio del sótano; el resto de las máquinas esperaban apagadas bajo la luz fluorescente que parpadeaba cada pocos segundos. Llevaba una camiseta blanca ceñida y shorts deportivos; el cabello moreno recogido en una coleta alta dejaba al descubierto el cuello sudoroso. A sus veintiocho años el cuerpo se le marcaba atlético, de hombros firmes y muslos tensos por las horas en el gimnasio.

Al fondo, junto a la pila de sillas de plástico, Sofía doblaba una toalla sin prisa. Pelirroja, curvas generosas apretadas en una falda corta de tela ligera y una blusa que se le pegaba al pecho por el calor. Treinta y un años y esa sonrisa ladeada que ya estaba mirándola cuando Carla entró. Sus ojos verdes recorrieron las piernas de la morena sin disimulo alguno.

—No pensé que alguien más lavara a estas horas —dijo Carla, abriendo la tapa de una máquina vacía y metiendo la ropa con movimientos amplios.

—El calor no deja dormir —respondió Sofía. Su voz salió grave, casi ronca—. Y aquí abajo al menos hay aire acondicionado a medias.

Carla se inclinó para empujar la ropa hacia el fondo del tambor. Sintió la mirada de la pelirroja clavada en el arco de su espalda y en el redondeo de su culo bajo el short. El calor del sótano le subió por el pecho; no era solo la temperatura. Cuando se enderezó, Sofía sonreía con los labios entreabiertos, provocadora, sin apartar la vista.

—Hace un puto calor de la mierda —murmuró Carla, pasándose el dorso de la mano por la frente.

—Sí… —Sofía dejó la toalla y se acercó un paso, apoyando la cadera en la lavadora vecina—. Aunque a mí me gusta cómo te brilla la piel con ese sudor. Se te marca todo.

Carla sintió un tirón bajo el ombligo. No había coqueteo tímido; aquello era directo. Miró la boca de Sofía, el escote donde se le hinchaban las tetas con cada respiración, y respondió con la misma crudeza:

—Te he visto mirarme la raja del short desde que entré.

—Porque se te ve el borde de la tanga cuando te agachas —admitió Sofía sin avergonzarse—. Y se me pone la coño caliente solo de imaginar cómo te sabrá.

El ciclo de la lavadora de Sofía entró en el centrifugado. El ruido metálico llenó el espacio un segundo; luego volvió el zumbido bajo. Carla dio dos pasos y quedó casi pegada a ella. El olor a perfume barato y a ropa limpia de Sofía se le metió en la nariz. Rozó deliberadamente su muslo contra el de la pelirroja, sintiendo el calor de la piel desnuda bajo la falda.

—Dilo claro —exigió Carla, la voz baja—. ¿Quieres que te folle la lengua aquí mismo?

Sofía tragó saliva. Sus pezones se le marcaban duros bajo la blusa.

—Sí. Quiero que me comas el coño contra esa puta lavadora mientras gime. Y después quiero chuparte el clítoris hasta que te corras en mi boca. Las dos estamos solas. Nadie va a bajar a esta hora.

Carla no necesitó más. Agarró la nuca de Sofía y la besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando el labio inferior. Sofía gimió dentro de su boca y le apretó las tetas a través de la camiseta, pellizcando los pezones ya duros. Se empujaron contra la lavadora que vibraba; el metal temblaba bajo los muslos de Sofía cuando Carla le subió la falda de un tirón. Debajo no llevaba bragas. El coño pelirrojo, hinchado y brillante de lubricante, se le ofreció al aire acondicionado del sótano.

—Míralo… —jadeó Sofía—. Ya estoy empapada solo de mirarte agacharte.

Carla se arrodilló en el suelo frío del cemento. Separó los labios carnosos con los pulgares y lamió de un solo trazo largo desde la entrada hasta el clítoris hinchado. Sofía soltó un gemido alto y le hundió los dedos en el pelo, empujándole la cara contra su coño.

—Así, joder… métemela toda.

Carla chupó el clítoris con fuerza, succionando mientras metía dos dedos de golpe en el agujero mojado. El interior se le cerró caliente y resbaladizo. Sacó la lengua y la empujó dentro junto a los dedos, lamiendo las paredes, saboreando el gusto ácido y dulzón. Sofía se movía contra su boca al ritmo de la lavadora, los muslos temblando, la falda arremangada hasta la cintura.

—Me voy a correr si sigues… —advirtió, la voz rota.

Carla se apartó solo lo suficiente para hablar contra el coño hinchado:

—Aún no. Quiero chuparte el culo también.

Le dio la vuelta a Sofía, le abrió los glúteos y le lamió el agujero apretado con la punta de la lengua mientras los dedos seguían follándole el coño. Sofía gritó contra el metal de la lavadora, el culo empujando hacia atrás, pidiendo más. Cuando Carla sintió las contracciones empezando, se detuvo y se puso de pie.

—Ahora tú —ordenó, bajándose los shorts y la tanga de un movimiento. Su coño moreno, depilado solo a los lados, goteaba por los muslos.

Sofía se arrodilló al instante. Abrió a Carla con ambas manos y se enterró la cara entre las piernas, lengua plana lamiendo desde el perineo hasta el clítoris. Metió tres dedos de una vez, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que hizo a Carla arquearse y agarrarse a la tapa de la máquina.

—Más profundo… fóllame con la mano mientras me chupas.

Sofía obedeció. Chupaba el clítoris hinchado con ruidos obscenos, babas corriendo por la barbilla, mientras los dedos entraban y salían empapados. Con la otra mano le rodeó la cadera y le rozó el culo, empujando un dedo lubricado hasta el nudillo. Carla maldijo entre dientes, empujando hacia atrás y hacia adelante a la vez, follándose la boca y la mano de la pelirroja.

No aguantaron mucho en esa posición. Carla tiró de Sofía hacia la mesa de plegado de metal al fondo de la sala. La superficie estaba fría y manchada de detergente en polvo. Carla se subió, se tumbó de espaldas y atrajo a Sofía encima en sesenta y nueve. El coño de Sofía quedó exactamente sobre su boca; el de Carla, abierto frente a la lengua de la pelirroja.

Se lamieron con urgencia brutal. Carla le metió la lengua en el coño a Sofía y al mismo tiempo le empujó dos dedos en el culo, abriéndolo, follándolo al ritmo en que Sofía le chupaba el clítoris y le metía los dedos en el coño hasta el fondo. El olor a sexo mojado llenó el aire junto al zumbido de las máquinas. Sofía gemía contra el coño de Carla, el sonido vibrándole el clítoris; Carla respondía lamiendo más rápido, saboreando cada gota que le caía en la lengua.

—Me corro… me estoy corriendo en tu puta boca —jadeó Sofía, las caderas sacudiéndose.

Carla no contestó con palabras: le chupó el clítoris con fuerza y le metió un tercer dedo en el culo justo cuando las contracciones empezaron. Sofía gritó, el coño palpitándole contra la cara de Carla, el lubricante corriéndole por la barbilla y el cuello. El orgasmo la sacudió entera; los muslos le temblaron a ambos lados de la cabeza de Carla.

Apenas terminó la oleada, Sofía se concentró en devolverla. Le metió la lengua lo más hondo que pudo, le frotó el clítoris con el dedo pulgar y le empujó dos dedos en el culo apretado. Carla se corrió gritando, las piernas cerrándose alrededor de la cabeza de Sofía, el coño contrayéndose en espasmos fuertes que le sacaron más líquido caliente sobre la lengua de la pelirroja. Se lamieron a través del clímax, sin parar, hasta que los temblores se convirtieron en sacudidas suaves y los gemidos en respiraciones entrecortadas.

Permanecieron un momento encima de la mesa, bocas brillantes, muslos humedecidos, el pecho subiendo y bajando. La secadora de Sofía pitó al terminar el ciclo. Carla se bajó con las piernas flojas, abrió la puerta y sacó una toalla todavía tibia. Con ella limpió el coño de Sofía con lentitud, pasando la tela suave entre los labios hinchados, por el culo sensible, por el interior de los muslos. Sofía le devolvió el gesto: tomó una camiseta caliente de la misma secadora y le secó a Carla el coño y el bajo vientre, deteniéndose a besar el clítoris todavía palpitante con ternura ahora, sin prisa.

Se besaron despacio, saboreándose la una a la otra en la boca, el gusto mezclado de ambas.

—Dame tu número —dijo Carla contra sus labios—. La próxima noche de lavandería quiero repetir esto… y quiero meterte un juguete que tengo en casa mientras te chupo.

Sofía sonrió, todavía jadeante, y tecleó su número en el móvil de Carla. Sus dedos rozaron la muñeca de la morena más tiempo del necesario.

—Mañana a la misma hora. Y ven sin bragas otra vez.

Salieron juntas al pasillo mal iluminado del sótano. El eco de la puerta de la lavandería cerrándose detrás de ellas sonó demasiado definitivo, pero ninguna se giró del todo. En el rellano de las escaleras, Sofía se detuvo un segundo, miró a Carla de arriba abajo y mordió el labio inferior.

—Hay una cosa que no te conté —susurró, la voz todavía ronca de gemir—. No vivo sola en el piso. Y mi compañera de piso… también lava a estas horas los martes.

Carla sintió que el pulso le volvía a acelerarse entre las piernas. La pelirroja ya subía el primer tramo de escaleras, la falda todavía arrugada, el olor a coño recién comido flotando entre ellas como una promesa incompleta.

Carla subió detrás de Sofía con las piernas todavía blandas y el coño palpitándole bajo los shorts. El olor a sexo mojado se les pegaba a la piel como un segundo sudor. En el primer rellano la pelirroja se detuvo otra vez, giró sobre los talones y empujó a Carla contra la pared húmeda del sótano. La besó sin aviso, lengua profunda, saboreando todavía el gusto de ambas mezclado. Carla le metió una mano bajo la falda arrugada y le encontró el coño hinchado, resbaladizo, todavía abierto de los dedos y la lengua. Sofía gimió contra su boca y le abrió más las piernas.

—Mi compañera se llama Valeria —susurró Sofía, frotándose contra los dedos de Carla—. Morena, pechos grandes, labios carnosos. Tiene veintinueve. Y se pone cachonda solo de oír a alguien gemir a través de la pared. Anoche le conté que te había estado mirando en el gimnasio del edificio. Se le mojó la tanga.

Carla le metió dos dedos de golpe. Sofía se arqueó y le clavó las uñas en el hombro.

—¿Y qué quieres? ¿Que las tres nos comamos el coño aquí abajo?

—Quiero que la veas. Que la huelas. Que le abras las piernas igual que me las abriste a mí.

Pasos se oyeron arriba. Tacones baratos contra el cemento. Sofía sonrió con los labios hinchados y se apartó justo cuando una figura bajaba el tramo superior. Valeria apareció con una cesta de ropa bajo el brazo. Pelo castaño suelto hasta la mitad de la espalda, camiseta sin mangas que le dejaba los pezones marcados por el frío del sótano, pantalones cortos de chándal tan bajos que se le veía el tatuaje de una línea fina sobre el hueso de la cadera. Miró a las dos con esos ojos oscuros y una sonrisa lenta, como si ya supiera exactamente a qué olían.

—Llegas tarde —dijo Sofía, la voz todavía ronca—. Esta es Carla. La del short que se le ve la raja.

Valeria dejó la cesta en el suelo y se acercó sin prisa. Su mirada bajó al pecho de Carla, a la mancha húmeda que se le transparentaba en la entrepierna de los shorts, a los labios todavía brillantes de saliva y coño. Extiendió la mano y le rozó el muslo desnudo con los nudillos, subiendo despacio hasta el borde de la tela.

—Hueles a ella —dijo Valeria, voz grave, sin rodeos—. Hueles a la vagina de Sofía. Me encanta.

Carla no se movió. El pulso le martilleaba en el clítoris. Valeria se inclinó y le olió el cuello, luego la mejilla, luego la comisura de la boca. Su lengua salió apenas y lamió el rastro de lubricante que Sofía le había dejado al besarla.

—Joder —murmuró Carla—. Las dos estáis locas.

—Locas de coño —corrigió Sofía, y le bajó los shorts a Carla de un tirón. La tanga ya no estaba; se le había quedado en la lavandería. El coño moreno, labios hinchados y brillantes, quedó al aire del pasillo. Valeria se arrodilló en el mismo instante. Separó los muslos de Carla con las manos firmes y le dio un lengüetazo largo, plano, desde la entrada hasta el clítoris. Carla soltó un gemido ahogado y se agarró al pelo de la castaña.

Sofía se puso detrás de Valeria, le bajó los pantalones cortos y la tanga negra de un movimiento. El culo redondo de Valeria quedó expuesto; el coño se le veía afeitido, los labios gruesos ya húmedos. Sofía se arrodilló también y le abrió los glúteos, lamiéndole el agujero del culo con la punta de la lengua mientras Valeria seguía comiéndole el coño a Carla.

—Así… chúpale el clítoris fuerte —ordenó Sofía entre lametones—. Quiero oírla.

Valeria obedeció. Succionó el clítoris de Carla con ruidos obscenos, metió dos dedos curvados y los movió rápido, buscando el punto esponjoso. Carla empujó las caderas hacia adelante, follándose la cara de la desconocida, sintiendo cómo la lengua le entraba y salía del agujero. Sofía, mientras tanto, le follaba el culo a Valeria con la lengua y le metía tres dedos en el coño empapado. El sonido de los dedos chapoteando llenó el rellano junto a los gemidos de las tres.

Carla tiró de Valeria hacia arriba. La besó con hambre, saboreando su propio coño en esa boca nueva. Luego empujó a las dos de vuelta hacia la puerta de la lavandería. La abrieron de una patada. La secadora de Sofía seguía caliente. Carla subió a Valeria a la mesa de plegado todavía manchada de detergente y le abrió las piernas de par en par. El coño de la castaña goteaba; un hilo de lubricante le bajaba por el culo hasta la mesa.

—Mírala —le dijo Carla a Sofía—. Están las dos igual de putas.

Se enterró la cara entre los muslos de Valeria. Lamió con lengua ancha, chupó los labios carnosos, le metió la lengua lo más hondo que pudo. Sofía se subió a la mesa de rodillas, se colocó a horcajadas sobre la cara de Valeria y se sentó. Valeria abrió la boca y empezó a chuparle el coño a Sofía con voracidad, mientras Carla le follaba el suyo con lengua y tres dedos. Las caderas de Sofía se movían en círculos, frotándose el clítoris contra la nariz y la lengua de su compañera.

—Más profundo, joder… métetela entera —jadeó Sofía, agarrándose a las tetas de Valeria a través de la camiseta. Se las sacó de un tirón: pechos pesados, pezones oscuros y duros. Carla alargó una mano y le pellizcó uno mientras seguía lamiendo.

Valeria gemía contra el coño de Sofía, el sonido vibrándole el clítoris. Carla le empujó un dedo lubricado en el culo y lo movió al mismo ritmo que la lengua en el coño. Valeria se corrió de golpe, las piernas temblando violentamente a ambos lados de la cabeza de Carla, el lubricante saliéndole a chorros calientes sobre la barbilla y el pecho de la morena. Carla no se detuvo: siguió chupando a través del orgasmo, saboreando cada contracción.

Sofía se bajó, se dio la vuelta y se puso en cuatro sobre la mesa. Le ofreció el culo a Carla.

—Ábreme. Quiero que me folles el culo con la lengua mientras ella me chupa el coño.

Carla se colocó detrás. Le separó los glúteos y le hundió la lengua en el agujero apretado, empujando, abriendo, follándoselo. Valeria se arrodilló delante de Sofía y le abrió los labios del coño con los pulgares, lamiendo el clítoris hinchado con precisión cruel. Sofía gritaba contra el metal, empujando hacia atrás contra la lengua de Carla y hacia adelante contra la boca de Valeria.

Carla metió dos dedos en el coño de Sofía desde atrás, los sacó empapados y se los ofreció a Valeria. La castaña los chupó sin dudar, limpios hasta el nudillo, y luego se los volvió a meter a Sofía ella misma mientras Carla le seguía comiendo el culo. Las tres se movían en un ritmo sucio, sudorosas, el aire del sótano cargado de olor a coño y detergente.

Carla se incorporó, se subió a la mesa y se sentó sobre la cara de Sofía. La pelirroja abrió la boca al instante y empezó a chuparle el clítoris con fuerza. Valeria se levantó, se colocó detrás de Carla y le rodeó la cintura con un brazo, pellizcándole los pezones duros a través de la camiseta mientras le metía dos dedos en el coño desde atrás, junto a la lengua de Sofía. Carla se arqueó, maldiciendo, empujando hacia abajo y hacia atrás a la vez.

—Me vais a hacer correr otra vez… joder, no paréis.

Valeria le mordió el hombro y le metió un tercer dedo. Sofía le chupaba el clítoris con ruidos de animal, babas corriendo por la barbilla. Carla se corrió gritando, el coño apretando los dedos de Valeria en espasmos largos, el líquido caliente chorreándole por los muslos hasta la boca de Sofía. La pelirroja lo lamió todo, sin desperdiciar una gota.

Se quedaron un momento encima de la mesa, jadeando, cuerpos enredados, pechos subiendo y bajando. Valeria se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió, los labios hinchados y brillantes.

—Tengo un consolador doble en el cajón de mi mesilla —dijo, mirando a las dos—. Y unas pinzas para pezones que a Sofía le encantan. Subid. La lavandería se queda sola. Nadie más va a bajar.

Carla se bajó con las piernas temblorosas. El coño le latía, abierto, sensible. Miró a Sofía, que se estaba subiendo la falda sin ponerse bragas, y luego a Valeria, que se recogía el pelo húmedo de sudor y saliva.

—Subo —contestó Carla, la voz baja, ya decidiendo—. Pero quiero veros follaros la una a la otra primero. Quiero que Sofía se siente en tu cara mientras yo te meto los dedos en el culo. Y después quiero que me abráis las piernas entre las dos.

Valeria recogió la cesta sin dejar de mirarla. Sofía le pasó un brazo por la cintura a Carla y le metió la mano otra vez entre las piernas, rozándole el clítoris hinchado con dos dedos lentos.

—En el ascensor te voy a hacer correrte otra vez con la mano —prometió Sofía al oído—. Y en el piso… Valeria te va a sentar en su coño mientras yo te chupo el culo. Tenemos toda la noche. Y mañana también es martes para alguien.

Salieron del sótano juntas. El eco de sus pasos subiendo las escaleras sonaba húmedo, cargado. En el rellano del primer piso el ascensor pitó al abrirse. Valeria entró primero, se apoyó contra la pared del fondo y se bajó los pantalones cortos otra vez, abriéndose los labios del coño con dos dedos para que Carla y Sofía lo vieran hinchado y brillante bajo la luz amarilla.

—Miradlo bien —dijo—. Porque en cuanto se cierre la puerta os lo voy a frotar en la cara a las dos.

La puerta del ascensor empezó a cerrarse. Carla entró la última, el corazón martilleándole entre las piernas, el sabor de las dos mujeres todavía en la lengua, y la promesa de lo que venía arriba empujándole el coño a latidos profundos.

La puerta del ascensor se cerró con un clic metálico y la cabina arrancó con un tirón suave. Valeria seguía apoyada contra la pared del fondo, los pantalones cortos a media muslo, los labios del coño abiertos entre sus dedos. El clítoris se le veía hinchado, brillante de saliva y lubricante propio, y un hilo transparente le bajaba por el muslo interno hasta la rodilla.

—Acercaos —ordenó, la voz grave—. Quiero que me oláis antes de tocarme.

Carla dio un paso. El aire del ascensor olía ya a coño caliente y a sudor de sótano. Sofía se pegó a su espalda, le metió la mano por delante de los shorts y le encontró el clítoris todavía sensible, frotándolo en círculos lentos mientras empujaba a Carla hacia adelante. La morena se arrodilló sin que se lo pidieran. Acercó la nariz al coño de Valeria y aspiró hondo: olor ácido, espeso, a follada reciente y a ganas nuevas. Sacó la lengua y lamió el hilo de lubricante desde la mitad del muslo hasta la entrada, saboreando lo salado y lo dulce al mismo tiempo.

Valeria le agarró el pelo y le frotó la cara contra su raja.

—Así… ensúciate. Quiero verte con la barbilla brillante cuando entremos al piso.

Sofía no dejó de masturbar a Carla. Dos dedos le entraron de golpe en el coño mojado, curvados hacia arriba, mientras el pulgar le aplastaba el clítoris. Carla gimió contra la vagina de Valeria y empujó las caderas hacia atrás, follándose la mano de la pelirroja. El ascensor subía despacio; cada piso que pasaba hacía más urgente el roce.

—Te lo dije —susurró Sofía al oído de Carla, metiéndole un tercer dedo—. En el ascensor te iba a hacer correr. Aprieta. Quiero sentir cómo te cierras.

Carla se corrió con un grito ahogado, el coño apretando los dedos de Sofía en espasmos fuertes, el líquido caliente chorreándole por la muñeca a la pelirroja. Valeria se inclinó, le levantó la cara y le lamió la boca, robándole el gemido. Luego se agachó un segundo, le chupó los dedos empapados a Sofía y se los metió en la propia boca hasta el fondo, chupándolos limpios.

El ascensor pitó en el cuarto piso. La puerta se abrió. Valeria se subió los pantalones sin molestarse en taparse del todo y salió primero, la cesta olvidada en el sótano. Sofía tiró de Carla por la muñeca. El pasillo olía a comida recalentada y a ambientador barato. Valeria abrió la puerta del 4B con una llave que sacó del bolsillo del chándal y las empujó dentro.

El piso era pequeño, caliente, con la luz de una lámpara de pie que teñía todo de naranja. Un sofá desgastado, una mesa baja llena de revistas y un pasillo que llevaba a dos habitaciones. Valeria no les dio tiempo a mirar. Se giró, se quitó la camiseta de un tirón y se soltó las tetas pesadas, pezones oscuros ya duros. Luego se bajó los pantalones y la tanga y se quedó desnuda en medio del salón.

—Sofía —dijo—. Siéntate en mi cara. Ahora. Carla, quiero tus dedos en mi culo mientras ella me ahoga con el coño.

Sofía se desnudó en segundos: falda al suelo, blusa volando. El coño pelirrojo seguía hinchado, los labios abiertos, brillantes. Se subió al sofá, se arrodilló sobre la cabeza de Valeria y se sentó despacio. Valeria abrió la boca y recibió el coño entero, lengua plana, chupando con ruidos obscenos. Carla se arrodilló detrás, le separó los glúteos redondos a Valeria y le escupió en el agujero del culo. El saliva resbaló. Metió un dedo, luego dos, abriendo el esfínter apretado mientras Sofía se frotaba el clítoris contra la lengua de su compañera.

—Joder, qué apretado lo tienes —jadeó Carla, torciendo los dedos—. Te lo voy a abrir bien para el consolador.

Valeria gemía contra el coño de Sofía, el sonido vibrándole el clítoris a la pelirroja. Sofía se agarró al respaldo del sofá y cabalgó la cara con fuerza, mojándole las mejillas, la nariz, la barbilla. Carla le metió un tercer dedo en el culo a Valeria y los movió en tijera, estirando. El agujero se le abría y cerraba alrededor de los nudillos.

—Más… rómpeme el culo con la mano —pidió Valeria, la voz ahogada entre los muslos de Sofía.

Carla obedeció. Empujó hasta casi el final de los dedos, sintiendo el calor interno, las contracciones. Sofía se corrió primero, gritando, el coño palpitándole contra la boca de Valeria, el lubricante corriendo por la garganta de la castaña. Valeria se lo tragó todo y siguió lamiendo hasta que Sofía se bajó temblando.

Ahora fue el turno de Valeria. Se puso en cuatro en el sofá, el culo en alto, el coño goteando sobre el cojín. Sofía se metió debajo, de espaldas, y le chupó el clítoris mientras Carla le follaba el culo con cuatro dedos ya. Valeria se sacudió entera, el orgasmo viniéndole en oleadas fuertes que le hacían gritar contra el brazo del sofá. El líquido le salió a chorros calientes sobre la cara de Sofía, que lo lamió sin parar.

Se quedaron jadeando un momento, sudorosas, el salón oliendo a sexo puro. Valeria se levantó con las piernas flojas y desapareció por el pasillo. Volvió con una caja de madera. La abrió sobre la mesa baja. Dentro había un consolador doble de silicona gruesa, negro, de unos treinta centímetros, y un par de pinzas de pezón con cadenita plateada.

—Estas —dijo, levantando las pinzas— le ponen el coño a chorros a Sofía. Y el doble… lo vamos a usar las tres.

Se acercó a Sofía, le pellizcó un pezón hasta dejarlo duro y le colocó la primera pinza. Sofía soltó un gemido agudo, el dolor mezclándose con el placer. La segunda pinza le apretó el otro pezón; la cadenita colgaba entre sus tetas, tirando con cada respiración. Carla tiró suavemente de la cadena y Sofía se arqueó, el coño contrayéndose a la vista.

Valeria se tumbó en la alfombra, se abrió las piernas y se lubricó el coño con dos dedos. Luego se untó el consolador con saliva y se lo metió hasta la mitad. El resto apuntaba hacia arriba, grueso, venoso, brillante.

—Sofía, móntalo —ordenó—. Quiero verte follarte mi coño con ese bicho mientras Carla te come el culo.

Sofía se colocó a horcajadas, guió la punta libre del consolador hasta su entrada y se sentó de un golpe. Las dos gimieron al unísono cuando el juguete las unió, llenándolas a la vez. Carla se arrodilló detrás de Sofía, le separó los glúteos y le hundió la lengua en el culo apretado, lamiendo alrededor del borde mientras Sofía empezaba a cabalgar el consolador. El vaivén hacía que el juguete entrara y saliera de Valeria también; las dos se follaban la una a la otra a través de la silicona.

—Más fuerte —jadeó Valeria, agarrando las caderas de Sofía—. Quiero oír cómo te choca el coño contra el mío.

Sofía rebotó más duro. Las pinzas le tiraban de los pezones con cada movimiento; Carla tiraba de la cadena al ritmo de sus embestidas y le metía la lengua más hondo en el culo. El sonido de piel contra piel, de silicona chapoteando en dos coños mojados, llenó el salón. Carla se incorporó un segundo, se quitó la camiseta y se colocó encima de la cara de Valeria, sentándose al revés para que la castaña le chupara el clítoris mientras ella le lamía los pechos a Sofía y le mordisqueaba alrededor de las pinzas.

Las tres se movían en un nudo sudoroso. Sofía se corrió gritando, el coño apretando el consolador tan fuerte que Valeria también empezó a contrarse. Carla sintió la lengua de Valeria volverse más urgente y se frotó contra ella hasta correrme otra vez, el líquido caliente bajándole por los muslos hasta la boca de la castaña.

No pararon. Valeria sacó el consolador, se lo ofreció a Carla empapado de las dos y se lo metió ella misma en el coño de un empujón mientras Sofía le chupaba los pechos a la morena y le tiraba de los pezones con los dientes. Luego cambiaron: Carla de rodillas, Sofía detrás metiéndole el consolador en el culo despacio, abriéndola, mientras Valeria le follaba el coño con la lengua y tres dedos. El dolor del estiramiento se mezcló con el placer hasta que Carla se corrió otra vez, las piernas temblando, el culo y el coño llenos a la vez.

Se enredaron en la alfombra, bocas buscando pezones, dedos buscando agujeros, lenguas lamiendo cada gota. Valeria le puso las pinzas a Carla también; el pellizco agudo le hizo gritar y mojarse más. Sofía se las chupó alrededor del metal mientras Valeria le metía el consolador doble entre las dos, una punta en cada coño, y las follaba juntas con embestidas largas y profundas.

El reloj de la cocina marcaba casi las dos. Estaban exhaustas y aún así no paraban. Carla tenía el coño en carne viva, el culo abierto y sensible, la boca llena del gusto de las otras dos. Valeria se levantó de pronto, sudor corriendo entre las tetas, y miró hacia la ventana que daba al patio interior.

—Hay algo que no os he dicho —dijo, la voz ronca, todavía con el consolador en la mano—. La vecina del 4A… la de enfrente. Deja siempre la ventana entreabierta los martes. Y anoche me escribió. Quiere mirar. Quiere que la dejemos entrar la próxima vez que se corra oyendo nuestros gritos.

Sofía sonrió, las pinzas todavía colgándole de los pechos, y se giró hacia Carla. Le abrió las piernas con las manos y le lamió el clítoris hinchado con una pasada lenta, saboreándola.

—Mañana es martes otra vez —susurró contra el coño de Carla—. Y ella tiene llave de la lavandería también.

Carla empujó las caderas hacia arriba, pidiendo más lengua, el pulso martilleándole otra vez entre las piernas. El consolador seguía a medio meter en el culo de Valeria; las pinzas tiraban; el olor a coño y silicona y sudor llenaba el piso. Fuera, en el pasillo, se oyeron pasos lentos que se detuvieron justo delante de la puerta. Nadie llamó. Solo el silencio cargado, y la promesa de que la noche todavía no había terminado de abrirse del todo.

La puerta del 4B no tenía pestillo. Un golpe suave, casi educado, y se abrió lo justo para que entrara una silueta alta de pelo negro cortado a la mandíbula. La vecina del 4A llevaba solo una camiseta larga que le llegaba a media muslo; debajo no había nada. Se quedó en el umbral oliendo el aire espeso a coño y silicona, sonriendo con los labios entreabiertos.

—Os oí desde el pasillo —dijo sin bajar la voz—. Me corrí dos veces apoyada en la pared. ¿Puedo?

Valeria, todavía con el consolador a medias metido en el culo y las piernas abiertas en la alfombra, le hizo un gesto con la barbilla.

—Entra y cierra. Quítate eso.

La vecina —se llamaba Nora, veintiséis, tetas pequeñas de pezones rosados y un coño depilado al ras— se desnudó de un tirón y se arrodilló entre las tres sin más preámbulos. Carla estaba de espaldas sobre los cojines, las pinzas todavía apretándole los pezones, el clítoris hinchado y brillante. Nora se inclinó y le lamió el hilo de lubricante que le bajaba por el muslo interno hasta la raja. La lengua era ancha, insistente; abrió los labios de Carla con los pulgares y chupó el clítoris entero dentro de la boca, succionando con fuerza mientras metía dos dedos curvados.

Sofía se colocó detrás de Nora, le separó los glúteos y le escupió en el agujero del culo. La saliva resbaló. Metió la lengua de golpe, empujando, abriendo el esfínter apretado mientras la castaña gemía contra el coño de Carla. Valeria se arrastró hasta quedar bajo Nora, le abrió los labios del coño con ambas manos y empezó a lamerle el clítoris con lengüetazos planos y lentos, saboreando el gusto nuevo, más dulce, más fresco.

—Joder, qué mojada estás solo de oírnos —murmuró Valeria contra la raja—. Te voy a follar la lengua hasta que te corras en mi cara.

Carla se arqueó cuando Nora le metió un tercer dedo y le frotó el punto esponjoso por dentro. Las pinzas tiraban con cada respiración; el dolor agudo le subía directo al clítoris. Agarró el pelo negro de Nora y le empujó la cara más hondo.

—Chúpame más fuerte. Quiero correrme en tu puta boca nueva.

Nora obedeció. Succionaba con ruidos obscenos, babas mezcladas con el líquido de Carla corriéndole por la barbilla hasta el pecho. Sofía le follaba el culo con la lengua y ahora con dos dedos, abriéndola, torciendo. Valeria le chupaba el clítoris a Nora al mismo ritmo, metiéndole la lengua dentro cada pocos segundos. El salón era un nudo de muslos sudorosos, pechos aplastados, bocas abiertas.

Carla se corrió primero, las piernas cerrándose alrededor de la cabeza de Nora, el coño palpitando en espasmos largos que le sacaron un chorro caliente directo a la lengua de la vecina. Nora se lo tragó todo y siguió lamiendo hasta que los temblores se suavizaron. Entonces Sofía la tiró de espaldas a la alfombra, se sentó en su cara y se frotó el coño pelirrojo hinchado contra su boca.

—Lámeme el clítoris mientras Valeria te mete el doble.

Valeria sacó el consolador de su propio culo, lo untó otra vez con saliva y se lo empujó a Nora hasta el fondo del coño de un solo golpe. Nora gritó ahogada bajo los muslos de Sofía. Valeria empezó a embestir, profunda, dura, el juguete negro desapareciendo y saliendo brillante de lubricante. Carla se arrodilló al lado, le pellizcó los pezones a Nora y le besó la boca cuando Sofía se levantó un segundo para respirar. El gusto de las cuatro se mezclaba: ácido, salado, dulzón.

Sofía se puso en cuatro encima de Nora, el culo en alto. Carla se colocó detrás y le hundió la lengua en el agujero todavía abierto del culo, lamiendo alrededor del borde mientras le metía tres dedos en el coño empapado. Valeria no dejó de follar a Nora con el consolador; ahora le añadía un dedo en el culo a la vecina, estirándola, abriéndola para lo que viniera después.

—Más… rómpeme —jadeó Nora, la voz rota—. Quiero las dos cosas a la vez.

Valeria se lo dio. El consolador en el coño, tres dedos en el culo, moviéndose en sentidos contrarios. Nora se sacudió entera, el orgasmo viniéndole en oleadas que le hacían gritar y mojar la mano de Valeria hasta la muñeca. El líquido le salió a chorros calientes; Sofía se bajó rápido y se lo lamió todo de los muslos y de la raja, chupando sin desperdiciar.

No pararon. Cambiaron de posición como si el cuerpo les pidiera más agujeros, más lenguas, más estiramiento. Carla se tumbó de espaldas; Sofía se sentó en su cara y se frotó hasta mojarle la nariz y la barbilla. Nora se colocó entre las piernas de Carla y le chupó el clítoris mientras Valeria le metía el consolador doble: una punta en el coño de Carla, la otra en el de Nora, y las follaba juntas con embestidas largas que hacían chocar los clítoris. Las pinzas seguían en los pezones de Carla; Sofía tiraba de la cadena al ritmo de las embestidas y se corría otra vez, el coño contrayéndose sobre la lengua de la morena.

Valeria se corrió cabalgando la cara de Sofía, las tetas pesadas balanceándose, el lubricante chorreándole por la barbilla a la pelirroja. Nora se puso a horcajadas sobre el muslo de Carla y se frotó hasta correrme, dejando un rastro brillante en la piel morena. El reloj de la cocina marcaba casi las tres. Estaban empapadas, el pelo pegado a las frentes, los coños en carne viva, los culos abiertos y sensibles, la boca de cada una llena del gusto de las demás.

Se quedaron un rato enredadas en la alfombra, respirando entrecortadas, dedos perezosos rozando pezones blandos, lenguas limpiando los últimos hilos de lubricante. Valeria se sacó el consolador con un sonido húmedo y lo dejó sobre la mesa baja, brillando bajo la luz naranja. Sofía se quitó las pinzas con un gemido corto; los pezones le quedaron marcados, hinchados, rojos.

Nora se levantó despacio, se puso la camiseta larga otra vez y se pasó los dedos entre las piernas, recogiendo lo que le sobraba para chupárselo.

—La próxima martes dejo la ventana más abierta —dijo con una sonrisa cansada—. O me coláis directo. Me habéis dejado el coño hecho una mierda deliciosa.

Besó a cada una en la boca, saboreándolas una última vez, y salió al pasillo sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic suave.

El silencio del piso se volvió denso otra vez. Carla se incorporó, las piernas temblorosas, el coño todavía latiéndole. Se puso la camiseta blanca arrugada, se subió los shorts sin bragas y se pasó una mano por el pelo húmedo. Miró a Sofía y a Valeria, tumbadas juntas, piel contra piel, pechos subiendo y bajando despacio.

—Me voy —dijo simplemente, la voz ronca pero tranquila—. Necesito ducharme y dormir. Esto… ha sido suficiente por esta noche.

Sofía le sonrió desde el suelo, los labios hinchados, sin intentar detenerla.

—Mándame un mensaje cuando quieras otra lavandería.

Valeria solo asintió, los ojos entrecerrados, ya casi dormida.

Carla recogió el móvil del bolsillo de los shorts, comprobó que el número de Sofía seguía ahí, y cruzó el salón. Abrió la puerta del 4B, salió al pasillo mal iluminado y la cerró detrás de sí con cuidado. El eco de sus pasos descalzos bajando las escaleras se fue apagando poco a poco hasta que solo quedó el zumbido lejano de alguna nevera y el olor a sexo que todavía le impregnaba la piel.

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