Verano prohibido en la cabaña del lago

Marco espía a su hermanastra Paulina masturbándose desnuda en la hamaca del lago y termina follándosela duro.

6 min read August 20, 2026New

El calor del verano se aferraba a la piel como una segunda capa cuando Marco llegó a la cabaña del lago. Veinticuatro años, la camiseta pegada a la espalda y la promesa de su padrastro de que el lugar estaría vacío: solo él, el agua quieta y el silencio para descansar. Aparcó el coche entre los pinos, bajó la mochila y respiró el olor a madera caliente y humedad. El sol aún mordía fuerte. Se duchó rápido en el baño exterior, se puso unos pantalones cortos y se dejó caer en el porche hasta que la luz se volvió naranja y después azul.

No esperaba a nadie. Por eso el ruido del agua corriendo al anochecer lo hizo tensarse.

Se acercó entre los árboles, descalzo sobre la tierra todavía tibia. La puerta del baño exterior estaba entreabierta. La luz amarilla del bombillo dejaba ver el vapor y, dentro, el cuerpo de Paulina. Su hermanastra. Veintidós años, el pelo oscuro empapado cayéndole por la espalda, la curva de la cintura, el culo redondo bajo el chorro, los pechos brillantes de jabón. Se enjabonaba despacio, las manos subiendo por las costillas, apretando los pezones, bajando entre las piernas como si se demorara a propósito. Marco se quedó quieto detrás de un tronco. La polla se le endureció de golpe contra la tela. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, soltó un suspiro largo y abrió un poco más las piernas. Parecía saberse mirada. Los dedos le rozaban el coño con una lentitud casi teatral; giró apenas el rostro hacia la rendija de la puerta y sonrió, mínima, como si el aire mismo le contara un secreto.

Marco se tocó por encima del pantalón. El corazón le martillaba. Hermanastra. Prohibido. Y sin embargo no se movió. Observó cómo el jabón resbalaba por sus muslos, cómo se enjuagaba los pechos apretándolos, cómo se pasaba la lengua por el labio inferior. Cuando cerró el grifo y se envolvió a medias en una toalla que no cubría casi nada, él retrocedió entre las sombras, la verga palpitándole, la boca seca.

Paulina salió desnuda al porche. La toalla cayó al suelo de madera sin que la recogiera. La luna bañaba la hamaca y el lago detrás. Se tumbó de espaldas, las piernas abiertas, un pie apoyado en el borde de la hamaca. Empezó por los pechos: los amasó, pellizcó los pezones hasta ponerlos duros, gimió bajito. Después una mano bajó por el vientre y se abrió los labios del coño. Dos dedos entraron despacio. El sonido húmedo llegó hasta donde Marco se escondía. Ella se tocaba sin pudor, el pulgar frotando el clítoris en círculos lentos, la cadera subiendo al ritmo. «Joder…», murmuró ella para sí, o quizás no solo para sí. «Así…»

Marco se bajó el pantalón lo justo. La polla le saltó pesada, caliente, ya goteando. Se la agarró y la masturbó al compás de los dedos de Paulina. Ella metía tres ahora, se follaba la mano con gemidos cada vez más claros, los pechos temblando. El lago reflejaba la luna; el aire olía a pinos y a sexo. De pronto Paulina giró la cabeza hacia los árboles. Sus miradas se cruzaron. Marco se quedó helado, la mano aún en la verga. Ella no gritó. No se tapó. Sonrió con los labios entreabiertos, los ojos oscuros de deseo, y le hizo un gesto con dos dedos húmedos: ven.

Él salió de entre los árboles con la polla en la mano y el pecho ardiendo. Paulina no bajó la vista.

—Llevas rato ahí —dijo ella, la voz ronca—. Te vi cuando me duchaba. Me gustó. Me mojé más. Acércate, Marco. Quiero verte bien.

Se arrodilló en la madera del porche sin esperar más. Le bajó del todo el pantalón, le agarró la polla con las dos manos y se la metió en la boca de un solo empujón. Caliente, húmeda, ansiosa. Mirándolo a los ojos mientras se la tragaba hasta la garganta, la nariz rozándole el vello, la saliva resbalando por las bolas. Chupaba con hambre, la lengua enrollándose bajo el glande, las mejillas hundidas. Marco le agarró el pelo.

—Joder, Paulina… tu boca…

Ella se sacó la verga solo para hablarle contra la punta.

—Llevo meses fantaseando con que me espiaras. Con esta polla. Trágamela otra vez.

Se la volvió a meter hasta el fondo, gorgoteando, llena de baba, los ojos llorosos de placer. Le masajeaba los huevos mientras chupaba. Marco sintió que se le iba a salir el alma. La apartó con suavidad antes de corrérsele en la boca.

La puso a cuatro patas contra la barandilla de la cabaña. El lago negro delante, la luna en la espalda de ella. Le abrió los muslos, le miró el coño hinchado y brillante, y se la embistió de una sola embestida hasta el fondo. Paulina gritó un «sí» roto. Él la folló duro desde el primer empujón, las manos en sus caderas, la polla entrando y saliendo con un chapoteo obsceno. Le tiró del pelo, le obligó a arquear la espalda, y ella empujaba hacia atrás pidiendo más.

—Más fuerte, hermanastro… fóllame como si me odiaras… así, joder, así—

Cada embestida le hacía temblar los pechos. Él le dio una palmada en el culo y luego otra, marcándole la piel. El calor de la noche se mezclaba con el sudor. Ella apretaba el coño a cada estocada, mojada hasta los muslos, gimiendo sin control.

—Te lo mereces por espiarme… y yo por dejarte… ah, más profundo—

Marco se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le metió los dedos en la boca para que los chupara mientras la empotraba. La barandilla crujía. El lago respondía con el leve chapoteo del agua. Cuando sintió que ella empezaba a temblar, la levantó y la llevó a la hamaca.

Se tumbó él primero. Ella se montó a horcajadas, le agarró la polla y se la hundió de un golpe hasta sentarse del todo. La hamaca se balanceó. Paulina empezó a cabalgarlo salvaje, las manos en su pecho, el culo subiendo y bajando con fuerza, el coño tragándoselo entero. Los pechos le rebotaban delante de la cara de Marco; él se incorporó a medias y se los chupó, mordisqueando los pezones mientras ella se follaba contra él.

—Mírame —ordenó ella, la voz entrecortada—. Mírame correrme en tu polla.

Aceleró. El roce del clítoris contra la base de la verga la hizo gritar. Se corrió con el coño apretándole en espasmos violentos, el cuerpo entero sacudido, el líquido resbalándole por las bolas a él. Marco la agarró de la cintura y la embistió desde abajo, salvaje, hasta que el placer le subió por la espina y se vació dentro de ella. Chorros calientes, profundos, llenándole el interior mientras ella seguía moviéndose para ordeñársela toda. Jadeaban. La hamaca se mecía despacio. El semen le escurría a ella por los muslos cuando por fin se quedó quieta, todavía empalada, sentada sobre él.

Paulina se inclinó y lo besó con lengua, lenta, profunda, saboreándolo. Le susurró contra la boca, la voz tierna y sucia a la vez:

—Llevaba tanto fantaseando con que mi hermanastro me mirara así… que me follara duro… que me llenara. Desde que te vi cambiarte el verano pasado. Cada vez que me tocaba pensaba en ti escondido. En esta polla. En que me dejaras llena justo así.

Se movió un poco, aún con él dentro, sintiendo la mezcla caliente de los dos. Le acarició el pecho, le mordió el labio inferior.

—No quiero que esto sea solo esta noche, Marco. Quiero que me espíes mañana en la ducha otra vez. Quiero que me folles en el muelle. Quiero—

Un ruido seco cortó el aire: el crujido de gravilla bajo ruedas, el motor de un coche acercándose por el camino de tierra, las luces altas barriendo los árboles y luego el porche. Voces. La de su padrastro, riendo, y otra femenina. Puertas que se abrían. Pasos.

Paulina se quedó rígida encima de él, los ojos muy abiertos, el semen aún caliente entre las piernas, desnudos bajo la luna, la hamaca a la vista completa del camino.

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