Rechazo Convertido En Deseo

Valeria seduce a su hijastro tras pillarlo masturbándose.

19 min read August 24, 2026New

La casa olía a café recién hecho y a la colonia cara que Valeria se aplicaba en la base del cuello cada mañana. Diego bajó las escaleras descalzo, el torso aún húmedo de la ducha, la toalla colgando peligrosamente baja sobre las caderas. Tenía el cuerpo que traen los veinticuatro años de gimnasio y fútbol universitario: pecho ancho, abdomen marcado, brazos que tensaban la piel cuando se apoyaba en la barandilla. Valeria lo observó desde la cocina sin disimulo. Tenía cuarenta y dos años, curvas generosas que el vestido de satén negro no intentaba esconder, pechos pesados que se movían al respirar y una cintura que todavía pedía manos firmes. El anillo de matrimonio brillaba en su dedo como una broma.

—Buenos días, Diego —dijo ella, la voz grave, arrastrando las eses—. Dormiste bien, ¿o te dejaste las manos ocupadas otra vez?

Él se detuvo en seco. El rubor le subió por el cuello hasta las orejas. Tres noches atrás ella lo había pillado: la puerta entreabierta, él en la cama con el pene duro y pesado en el puño, la pantalla del móvil iluminando su cara con las fotos que ella misma se había hecho junto a la piscina el verano pasado. Bikini rojo, pechos casi fuera, mirada al objetivo como si supiera exactamente para quién posaba. No gritó. No lo echó. Solo sonrió, cerró la puerta con suavidad y desde entonces cada frase suya era un gancho bajo la costilla.

—Valeria… —murmuró él, evitando su mirada—. No empieces.

—¿Empezar qué? —Se acercó, caminando despacio, las caderas marcando el ritmo. El olor a vainilla y piel caliente lo envolvió—. Tu padre no vuelve hasta el viernes. Estamos solos. Y yo ya vi lo que te gusta tocarte mientras miras mis tetas.

Diego tragó saliva. El recuerdo lo golpeó otra vez: ella de pie en el umbral, los ojos oscuros fijos en su polla latiente, sin vergüenza, solo con una curiosidad hambrienta. Desde entonces la casa se había vuelto un campo de minas. Ella se inclinaba de más al servirle el desayuno. Se pasaba la lengua por los labios cuando él se secaba el sudor después de correr. Le dejaba notas en el frigorífico —“Hay leftovers. Cómetelos o cómeme a mí”— y se reía cuando él las arrugaba con manos temblorosas.

—Esto está mal —dijo Diego, pero su voz no convencía ni a él mismo. La sangre ya le bajaba, engordándole el bulto bajo la toalla.

Valeria se detuvo a un palmo. Subió una mano y le rozó el pecho con las uñas pintadas de rojo oscuro.

—Claro que está mal. Por eso te pone tan duro, ¿verdad? Porque soy la mujer de tu padre. Porque si alguien se entera, se acaba todo. La familia. El dinero. La puta fachada. —Le clavó los ojos—. Pero te vi. Te vi correrte con mi nombre entre los dientes. Y yo… yo llevo meses mojándome cada vez que te oigo ducharte.

Él no respondió. Solo respiraba entrecortado. Valeria sonrió, esa sonrisa de mujer que sabe exactamente el poder que tiene, y se alejó hacia el pasillo.

—Sube a tu habitación en diez minutos —ordenó sin mirar atrás—. Y no te pongas ropa.

Diego se quedó plantado en la cocina, el corazón latiéndole en la garganta y en la entrepierna al mismo tiempo. Sabía que debía irse. Empacar. Llamar a un amigo. Cualquier cosa menos subir esas escaleras. Pero el recuerdo de sus pechos en aquellas fotos, el modo en que ella lo había mirado sin juicio, solo con hambre, lo empujó. Diez minutos después abrió la puerta de su cuarto.

Valeria ya estaba dentro. Se había cambiado. Llevaba un body de encaje negro casi transparente, las copas abiertas dejando al aire los pezones oscuros y duros, la tela abriéndose entre las piernas en una tira fina que apenas cubría el coño. Medias hasta el muslo. Tacones. El pelo castaño suelto sobre los hombros. Parecía una puta cara… y al mismo tiempo su madrastra. El contraste le hizo un nudo en el estómago y otro más bajo.

—Cierra la puerta —dijo ella.

Él obedeció. El clic del pestillo sonó demasiado fuerte.

Valeria se acercó despacio, lo tomó de la nuca y lo besó. No hubo ternura. Fue hambre acumulada: boca abierta, lengua profunda, dientes rozando labio. Diego gruñó y la agarró por la cintura, aplastándola contra su pecho desnudo. Ella era suave y firme a la vez, pechos pesados aplastándose contra él, culo redondo bajo sus manos. El beso se volvió sucio, saliva compartida, respiraciones entrecortadas. Cuando se separaron, un hilo de saliva los unía todavía.

—Llevo meses deseándote —confesó ella contra su boca, la voz ronca—. Desde que volviste de la universidad con ese cuerpo de hombre. Te miraba y me tocaba por las noches mientras tu padre roncaba al lado. Me corrí pensando en tu polla, Diego. En cómo me la meterías si te dejara.

—Joder, Valeria… —Él temblaba. La polla ya le levantaba la toalla, gruesa y dura, la cabeza morada asomando por el borde.

Ella no le dio tiempo a dudar. Agarró su mano derecha y se la llevó directo a su pecho izquierdo.

—Toca. —La voz era una orden—. Apriétamelo. Quiero que sientas lo que te hace a mí.

Diego apretó. La carne era caliente, pesada, el pezón se le clavó en la palma. Ella gimió bajo, echando la cabeza atrás. Guió su otra mano hacia abajo, pasando por el abdomen suave hasta el encaje empapado entre sus piernas. Estaba empapada. El coño se le abría caliente y resbaladizo bajo los dedos de él; los labios hinchados, el clítoris duro como una piedrita.

—Siente lo mojada que estoy por ti —susurró, frotando los dedos de Diego contra su raja, metiéndole dos hasta los nudillos sin pedir permiso—. Esto es por pillarte jodiéndote la mano con mis fotos. Por imaginarte correrte dentro de mí. Por saber que eres mi hijastro y que no deberíamos ni estar tocando esto.

Diego la miró a los ojos mientras le metía los dedos más hondo. Ella era apretada, caliente, se contraía a su alrededor como si quisiera chupárselos. Él curvaba los dedos y ella se sacudía, un gemido largo y roto escapándosele de la garganta.

—Quiero follarte —dijo él de pronto, la voz rota, la confesión saliendo antes de que pudiera frenarla—. Me da igual lo prohibido que sea. Me da igual que seas la mujer de mi padre. Quiero metértela entera y correrme tan adentro que te escurra por las piernas cuando bajes a desayunar mañana.

Valeria sonrió, salvaje, triunfante. Le apretó la muñeca para que no sacara los dedos y se frotó contra su palma, el body de encaje ya empapado y brillando.

—Eso es lo que necesitaba oír. —Lo besó otra vez, más lento, succionándole el labio inferior—. Pero no todavía. Primero vas a rogar un poco más. Primero vas a demostrarme que de verdad estás dispuesto a quemar esta casa por meterme la polla.

Lo empujó hacia la cama. Diego cayó de espaldas; la toalla se abrió del todo y su polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya goteando líquido preseminal. Valeria se quedó de pie entre sus rodillas abiertas, mirándola con hambre abierta, pasándose la lengua por los labios.

—Mira cómo te pone que tu madrastra te diga putadas —murmuró, inclinándose solo lo suficiente para que sus pechos cayeran pesados cerca de la cara de él, sin dejarle chuparlos todavía—. Esta noche no se acaba aquí. Tu padre no vuelve en tres días. Y yo pienso usar cada hora para destrozarte.

Diego levantó las caderas, buscando contacto, pero ella se apartó con una risa baja. Se pasó dos dedos por el coño, se los metió en la boca y los chupó con ruido obsceno, gimiendo alrededor de ellos.

—Hueles a sexo y a culpa. Me encanta. —Se subió a la cama a horcajadas sobre sus muslos, el calor de su coño rozando apenas la base de la polla de Diego, sin dejarla entrar—. Dime otra vez que me quieres follar. Dímelo mirándome a la cara mientras sientes lo mojada que estoy.

—Te quiero follar —repitió él, las manos agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas—. Quiero reventarte el coño. Quiero que grites mi nombre para que los vecinos oigan que la señora de la casa se está dejando embestir por su hijastro.

Valeria se inclinó y le mordió el pecho, justo encima del pezón, lo bastante fuerte para hacerle arquear la espalda. Luego le susurró al oído, la respiración caliente:

—Buena respuesta. Ahora quédate exactamente así. No te corras. No me la metas todavía. Quiero verte temblar un rato más mientras decido si te dejo llenarme o si te dejo solo con la mano otra vez… mirando mis fotos.

Ella se frotó despacio contra él, el coño resbaladizo deslizándose a lo largo de toda la longitud de su polla, bañándola en su jugos, el clítoris rozando la vena gruesa de abajo. Diego apretó los dientes, los músculos del abdomen saltándole. Cada pasada era una tortura húmeda y deliberada. Valeria gemía bajito, disfrutando el control, disfrutando el modo en que los ojos de él se entrecerraban de placer y de rabia contenida.

—Si alguien entra ahora… —empezó él.

—Nadie va a entrar. —Le tapó la boca con la mano y aceleró el roce, frotándose más fuerte, más sucio—. Solo tú y yo. Madrastra e hijastro. Y este secreto que nos va a comer vivos si no tenemos cuidado… o si lo tenemos demasiado.

Se detuvo de golpe, se levantó y se quedó de pie junto a la cama, el body corrido a un lado, el coño brillante e hinchado a la vista. Le sonrió con los labios hinchados del beso.

—Quítate la toalla del todo. Acuéstate. Y espera. Voy a por algo que te va a gustar… o te va a volver loco. No te muevas. Si te corres antes de que vuelva, te dejo con las ganas hasta que tu padre regrese.

Diego asintió, la polla palpitándole contra el vientre, brillante con los jugos de ella. Valeria salió de la habitación sin cerrar del todo la puerta, el taconeo alejándose por el pasillo. Él se quedó solo, respirando agitado, el olor de su coño impregnándole los dedos y la cara, el peso de lo que acababan de cruzar aplastándole el pecho.

Sabía que cuando ella volviera no habría marcha atrás. Y, joder, no quería ninguna.

Valeria regresó con un frasco de aceite de coco en la mano y esa sonrisa peligrosa que le encogía el estómago a Diego. Cerró la puerta con el talón y se quedó mirándolo: él desnudo, la polla gruesa contra el vientre, brillando todavía con sus jugos, los músculos tensos de esperar.

—Buen chico —murmuró ella—. No te has tocado.

Se arrodilló entre sus piernas abiertas sin más preámbulo. El body de encaje ya no tapaba nada; los pezones oscuros rozaron los muslos de él mientras abría el frasco, se untaba los dedos y envolvía la base de su verga con una mano resbaladiza. Diego jadeó. Ella lo miró a los ojos, sacó la lengua y lamió desde las bolas hasta la punta hinchada, saboreando su propio sabor mezclado con el precum.

—Mira qué polla tan gruesa me ha salido de hijastro —susurró contra la cabeza morada—. Llevo meses soñando con atragantarme con ella.

Abrió la boca y se la tragó de un solo movimiento profundo, sin asco, sin dudar. La glande empujó la garganta, Valeria hizo un sonido gutural y húmedo, y bajó hasta que la nariz le tocó el vello púbico. Diego gritó un “joder” roto, las manos agarrándole el pelo castaño. Ella no se apartó. Tragó alrededor de él, la garganta apretándose en oleadas, saliva espesa resbalándole por la barbilla y cayendo sobre las bolas. Subió despacio, dejando la verga brillante y goteando, y volvió a bajar hasta el fondo, más fuerte, más devota, los ojos llorosos de esfuerzo y de hambre.

—Así… joder, Valeria, así —gimió él, empujando cadera arriba.

Ella se lo dejó hacer. Le chupó con devoción profunda, manos apretándole las nalgas para clavársela más hondo, lengua trabajando la vena gruesa en cada retirada. Cada vez que la punta le golpeaba la garganta, soltaba un gemido vibrante que le recorría la polla entera. Diego sentía cómo se le subía el orgasmo, caliente y peligroso; apretó los dientes y tiró de su pelo para no corrérsele ya.

Valeria se separó con un hilo grueso de saliva uniendo sus labios hinchados a la cabeza de él. Respiraba agitada, la cara hecha un desastre hermoso.

—Necesito sentarla ya —dijo, subiendo a la cama a horcajadas sobre él—. Necesito tu verga dentro.

Se alineó, se abrió los labios hinchados con dos dedos y se dejó caer de un golpe. El coño la engulló entero, caliente, empapado, apretado. Ambos gritaron. Valeria se quedó un segundo clavada hasta el fondo, temblando, sintiendo cómo le estiraba las paredes, y entonces empezó a cabalgarlo con fuerza. Las caderas subían y bajaban brutales, el encaje del body rozándole el clítoris, las tetas pesadas rebotando delante de la cara de Diego. Él las agarró, las apretó, les clavó los dedos y le chupó un pezón mientras ella se empalaba una y otra vez.

—La necesitaba… joder, Diego, necesitaba la verga de mi hijastro —gritó ella, la voz rota, el ritmo salvaje—. Llevo meses mojándome pensando en esto. En que me folles mientras tu padre no está. Más fuerte… úsame.

Diego le agarró las caderas y la embistió desde abajo, encontrando ese ángulo que le hacía ver las estrellas. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, húmedo, obsceno. Valeria arqueaba la espalda, gritando cada vez que la polla le rozaba ese punto profundo. El placer le subía en oleadas; se inclinó, le mordió el hombro y siguió follándolo como si se le fuera la vida.

—Voy a correrme… —avisó él entre dientes.

—No todavía —ordenó ella, aunque su propio coño ya se contraía en espasmos—. Quiero que me la metas por detrás hasta que no pueda caminar.

Se levantó de golpe, la verga de Diego saliendo con un sonido sucio. Se puso en cuatro sobre el colchón, el culo redondo y alto, el coño abierto y goteando jugos por los muslos. Diego se arrodilló detrás, le dio una nalgada seca que dejó la marca roja de su mano y se la clavó de un embiste. Valeria gritó contra la almohada. Él la agarró del pelo, tiró hacia atrás hasta arquearle el cuello y empezó a follarla salvajemente, las caderas golpeando su culo con fuerza brutal. Cada embestida sacudía las tetas de ella; cada nalgada resonaba junto a sus gemidos.

—Más… pégame más… tírame del pelo —rogó Valeria, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo—. Dime que soy tu puta. Dime que te la estás follando a la mujer de tu padre.

—Eres mi puta —gruñó Diego, dándole otra nalgada y tirándole del pelo con más fuerza—. Mi madrastra de coño perfecto que se corre con la polla de su hijastro. Te voy a llenar. Te voy a dejar escurriendo.

El ritmo se volvió animal. Él la embestía hasta el fondo, las bolas golpeándole el clítoris, la mano libre clavándole los dedos en la cadera. Valeria gritaba sin control, el orgasmo subiéndole como un tren. Cuando llegó, se cerró alrededor de él en convulsiones violentas, el coño ordeñándole la verga, el cuerpo entero temblando y un grito largo y roto escapándosele:

—¡Diego… me corro… joder, me corro con tu verga!

Él no aguantó. Tres embestidas más y se derramó dentro de ella, chorros calientes y densos, gritando su nombre mientras le tiraba del pelo y le clavaba las uñas en la nalga. El orgasmo le sacudió desde la base de la columna hasta la nuca; siguió empujando, vaciándose hasta la última gota, sintiendo cómo el semen le desbordaba y le bajaba por los muslos a ella. Ambos se quedaron temblando, unidos, respirando como si hubieran corrido una maratón, el olor a sexo y sudor impregnándolo todo.

Diego se desplomó sobre su espalda un segundo, todavía dentro, y luego se separó despacio. El semen espeso le resbaló a Valeria por la raja hinchada. Ella se giró, se dejó caer de lado y lo miró con los ojos entrecerrados, la sonrisa perezosa y peligrosa.

—Tres días —susurró, pasándose dos dedos por el coño y chupándolos, saboreando la mezcla de ambos—. Tu padre no vuelve hasta el viernes. Y yo aún no he terminado contigo.

Se levantó, las piernas temblorosas, el body destrozado, y caminó hacia la puerta del baño sin vestirse.

—Limpia esa polla. En diez minutos te quiero otra vez duro en el sofá del salón. Voy a montarte mientras miro por la ventana, por si pasa algún vecino. Y si te corres demasiado pronto… te dejo con las ganas y me voy a tocar sola a tu lado. ¿Entendido, hijastro?

Diego asintió, la polla todavía semidura y brillante, el corazón latiéndole desbocado. El secreto ya no era solo un deseo; era semen dentro de ella, marcas rojas en su culo y el eco de sus gritos. Y faltaban dos días enteros.

Diego se limpió a regañadientes en el baño de su habitación, el agua tibia resbalándole por el torso mientras la polla seguía semidura, pesada, todavía brillando con restos de semen y de los jugos de Valeria. El espejo le devolvía la imagen de un hombre marcado: el hombro con la dentellada roja de ella, las uñas clavadas en la espalda, el olor a coño y a aceite de coco impregnándole la piel. No pensó en ducharse de verdad. Solo se pasó una toalla por encima, se miró la verga que ya volvía a engordar solo de recordar cómo ella se la había tragado hasta la garganta, y bajó las escaleras desnudo.

El salón olía a ella. A vainilla, a sexo reciente, a promesa. Se dejó caer en el sofá grande frente a la ventana que daba al jardín y a la calle tranquila. Las cortinas estaban entreabiertas a propósito. Cualquiera que pasara a esa hora de la mañana —el cartero, la vecina del perro, el tío que regaba las hortensias— podría ver si se acercaba lo suficiente. El pensamiento le hizo latir la polla contra el muslo. Se recostó, las piernas abiertas, y esperó.

Valeria apareció exactamente a los diez minutos. Ya no llevaba el body. Iba completamente desnuda, solo con los tacones todavía puestos, el pelo revuelto, los muslos brillantes de lo que él le había dejado dentro. En una mano traía dos vasos de agua; en la otra, nada. Se detuvo en el umbral del salón y lo miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta, peligrosa, de madrastra que acaba de probar la polla de su hijastro y ya la quiere otra vez.

—Mírate —murmuró, dejando los vasos en la mesa baja—. Duro otra vez. Buen chico.

Se acercó, se subió a horcajadas sobre él sin pedir permiso y se frotó despacio, abriendo los labios de su coño con los dedos para que la cabeza morada de Diego rozara justo la entrada hinchada. Estaba empapada otra vez. El semen anterior le resbalaba mezclado con jugo fresco y le manchaba el vientre a él.

—Mira hacia afuera —ordenó, girando un poco la cadera para que él viera la calle por encima de su hombro—. Si pasa alguien… si alguien mira… van a ver cómo te monto. Cómo la mujer de tu padre se empal a hasta el fondo con la verga de su hijastro.

Diego gruñó, le agarró las caderas y la bajó de un tirón. Entró entero de un golpe. Valeria arqueó la espalda y soltó un gemido ronco que se le escapó por la ventana abierta. Empezó a cabalgarlo con movimiento profundo y circular, las tetas pesadas rebotándole delante de la cara de él. Diego las atrapó con las dos manos, las apretó, les chupó los pezones oscuros uno tras otro mientras ella se levantaba y se dejaba caer con fuerza, el coño haciendo ruidos húmedos y obscenos cada vez que lo engullía hasta las bolas.

—Más despacio… no… más fuerte —exigió ella, mirando de reojo hacia la calle—. Quiero que me uses como si no hubiera mañana. Como si tu padre pudiera aparecer en cualquier segundo. Dime lo que eres, Diego. Dímelo mientras me follas.

—Soy el hijastro que te está reventando el coño —gruñó él contra su pecho, mordiéndole la carne blanda—. El que te llena mientras miras por la ventana. El que te va a dejar cojeando para cuando él vuelva.

Valeria rió, un sonido roto de placer, y aceleró. Se apoyó en el respaldo del sofá, le ofreció el cuello y se dejó embestir desde abajo. Diego la sujetó por la cintura y la embistió hacia arriba con potentes sacudidas de cadera. El sofá crujía. El sonido de piel contra piel llenaba el salón. Ella miraba la calle entre jadeos, los ojos entrecerrados, el clítoris frotándose contra el pubis de él en cada bajada. Cuando un coche pasó despacio frente a la casa, Valeria se corrió de golpe, el coño apretándole la verga en espasmos violentos, un grito ahogado contra el hombro de Diego.

—Joder… se me escapó… —susurró ella temblando—. Casi nos ven. Casi ven cómo me corro con tu polla dentro.

No le dio tiempo a recuperarse. Diego la levantó como si no pesara nada, la puso de rodillas en el sofá mirando hacia la ventana y se la clavó por detrás de un solo embiste. Valeria gritó contra el cristal. Él le agarró el pelo con una mano, le rodeó la cintura con el brazo y la folló con un ritmo salvaje, las bolas golpeándole el clítoris hinchado, el semen anterior saliendo a borbotones cada vez que entraba hasta el fondo. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, pidiendo que la destrozara.

—Dime que eres mía —exigió Diego, dándole una nalgada que resonó en el salón—. Dime que este coño es solo para tu hijastro cuando él no está.

—Es tuyo… joder, Diego, es tuyo —gimió Valeria, la voz rota—. Fóllame más duro. Úsame. Quiero que me dejes marcada por dentro.

Duraron así un rato largo, sucios, sudorosos, el peligro de la ventana abierta tensándoles cada músculo. Cuando Diego sintió que se le subía otra vez el orgasmo la sacó de golpe, la giró y se la llevó en brazos pasillo arriba hasta la habitación de matrimonio. La tiró en la cama grande —la cama de su padre— y se metió entre sus piernas abiertas. Valeria lo recibió con las uñas en la espalda y las piernas rodeándole la cintura. Entró otra vez, profundo, lento al principio, sintiendo cómo el coño de ella lo chupaba, cómo todavía estaba resbaladizo con su propia corrida anterior.

Se miraron a los ojos mientras follaban. Ya no había prisa brutal. Había algo más denso, más peligroso. Cada embestida era una confesión. Cada gemido, un pacto. Diego le sujetó las muñecas por encima de la cabeza y le besó la boca abierta, tragándose sus sonidos. Valeria le mordió el labio y empujó las caderas al encuentro de las suyas.

—Así… justo así… no pares —susurró ella—. Quiero correrme otra vez con tu verga hasta el fondo. Quiero sentirte latir cuando te vacíes dentro.

El ritmo se volvió profundo y constante. El colchón rechinaba. El olor a sexo impregnaba las sábanas del matrimonio. Diego le soltó las muñecas para agarrarle el culo con las dos manos y abrirla más, clavándose hasta que las bolas le pegaban en el culo. Valeria gritó su nombre, se arqueó y se corrió otra vez, el coño contrayéndose en oleadas fuertes que le ordeñaron la polla. Él no aguantó. Tres embestidas más y se derramó dentro de ella con un gemido largo y gutural, chorros calientes que la llenaron otra vez, empujando hasta la última gota como si quisiera dejarla preñada ahí mismo, en la cama de su padre.

Se quedaron unidos, temblando, el sudor pegándoles la piel. Diego se desplomó a un lado sin salirse del todo y la atrajo contra su pecho. Los dos jadeaban. El corazón de ella le latía contra las costillas. Fuera, la casa estaba en silencio. Solo el tic-tac del reloj del pasillo y el olor espeso a sexo y a culpa compartida.

Valeria le acarició el pecho con dedos perezosos, todavía con la polla de él ablandándose dentro. Se acercó a su oído y le susurró con voz ronca, íntima:

—Esto solo es el comienzo de nuestro secreto, Diego. Taboo. Prohibido. Nuestro. Cada vez que tu padre no esté… cada viaje de negocios, cada noche que se quede trabajando tarde, cada puto fin de semana que se vaya… vamos a follar. En esta cama. En la ducha. En la cocina. Contra la nevera. Te voy a chupar la polla bajo la mesa mientras él habla por teléfono en la otra habitación. Te voy a montar en el coche en el parking del supermercado. Vamos a buscar formas. Vamos a arriesgarnos. Porque esto… —apretó el coño a su alrededor una última vez— …esto me gusta demasiado como para dejarlo.

Lo besó profundo, lengua lenta, saboreando el sudor y el sexo, sellando la promesa. Diego le respondió con la misma hambre, las manos aún en su culo, el cuerpo todavía temblando de los orgasmos. Cuando se separaron, un hilo de saliva los unía un segundo antes de romperse.

—Más —prometió ella contra su boca—. Encuentros más ardientes. Más peligrosos. Hasta que nos queme o hasta que nos descubran. Pero mientras podamos… eres mío cuando él no mira.

Se acurrucaron abrazados en la cama grande, jadeando todavía, el semen de él resbalándole a ella por el muslo interior y manchando las sábanas del matrimonio. Fuera, el sol de la mañana entraba suave por las persianas. Dentro, el secreto ya tenía cuerpo, olor y sabor.

Valeria cerró los ojos contra el pecho de Diego y sonrió en la penumbra, acariciándole la nuca con una ternura que no le había mostrado antes. Él no sabía —no podía saber— que esa misma mañana, mientras él se duchaba, ella había recibido el mensaje de su marido: el vuelo del viernes se había adelantado. Llegaba esa misma noche. Valeria no pensaba decírselo todavía. Quería una hora más. Solo una. Una última embestida antes de que el peligro se volviera real de verdad.

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