Lluvia y Lencería Compartida

En una noche de lluvia en Madrid, Emmett se deja vestir de lencería por su compañera trans Nadia y terminan follando como locos.

31 min read September 07, 2026New

La lluvia de verano caía sobre Madrid como si quisiera abrir el cielo a golpes. Emmett cerró la puerta del piso con el hombro, empapado hasta los huesos, la camisa pegada al pecho y el pelo chorreándole en la frente. El olor a tierra mojada entraba por las ventanas entreabiertas del salón. Nadia estaba en el sofá, una pierna cruzada sobre la otra, envuelta en una bata de seda color vino que marcaba la curva de sus pechos y la suave protuberancia entre sus muslos. Lo miró con esa calma elegante que siempre lo desarmaba.

—Otra vez te ha pillado la tormenta —dijo, con esa voz baja y segura—. Déjame ayudarte.

Emmett negó con un gesto nervioso y se dirigió directo a su habitación, arrastrando la bolsa del gimnasio. Necesitaba secar la ropa antes de que Nadia se acercara demasiado. Abrió el armario, sacó una toalla y, sin pensarlo, tiró del cajón inferior. El cajón secreto. Encaje negro, medias de seda enrolladas, un corsé que nunca se había atrevido a ponerse delante de nadie. El corazón le dio un vuelco cuando oyó la voz de ella justo detrás.

—Emmett…

Se quedó helado. Nadia estaba en el umbral, la bata entreabierta, la mirada fija en el interior del cajón. Por un segundo el mundo se detuvo. Emmett sintió el rubor subirle por el cuello, la vergüenza antigua, el miedo a ser visto. Pero Nadia no rio. No frunció el ceño. Dio un paso adentro, despacio, y con dos dedos levantó un par de bragas de encaje negro. Las sostuvo contra la luz de la lámpara.

—Llevo meses oliendo tu colonia mezclada con algo más dulce en el baño —susurró—. Nunca dije nada. Porque yo… yo siempre he querido verte así. Exactamente así. No a medias. No escondido. Te deseo como eres, Emmett. Con todo lo que guardas aquí.

La lluvia golpeaba los cristales con fuerza. Emmett tragó saliva. El alivio le llegó en una oleada tan violenta que le temblaron las rodillas. Nadia se acercó más; el perfume de ella —jazmín y piel caliente— lo envolvió.

—¿Me dejas vestirte? —preguntó con la voz ronca de deseo puro—. Solo si quieres. Pero si dices que sí, voy a ponerte cada prenda como si te estuviera descubriendo por primera vez.

—Sí —logró decir él, apenas un soplo—. Por favor, Nadia. Sí.

Ella sonrió, lenta, carnal. Le mandó quitarse la ropa mojada. Emmett obedeció, temblando no de frío sino de una excitación que le endurecía ya la polla. Nadia lo secó con la toalla con movimientos deliberados, deteniéndose en el pecho, en la curva de la cintura, en los muslos. Después abrió el cajón con reverencia.

Primero las medias. Rodilla a rodilla, deslizó la seda negra por las piernas de Emmett, alisando con las palmas hasta el muslo. El liguero clickeó contra la piel. Después el corsé negro de encaje: lo cerró con cuidado, cordón a cordón, apretando lo justo para marcar la cintura sin hacer daño. Los pezones de Emmett se endurecieron contra el encaje. Por último, las bragas. Nadia se arrodilló para subiérselas y la polla de él, gruesa y ya goteando, quedó atrapada, asomando por el borde de encaje.

—Mírate —murmuró Nadia, mordiéndose el labio inferior con fuerza—. Estás… joder, Emmett. Estás preciosa. Mi Petra esta noche. ¿Te gusta que te llame así?

Él asintió, la garganta cerrada. Petra. El nombre le cayó encima como un beso caliente.

Nadia se levantó y lo tomó de la nuca. El primer beso fue hambre: lenguas, dientes, saliva compartida. Emmett gimió dentro de la boca de ella. Nadia lo empujó hacia la cama grande, lo tumbó de espaldas entre las sábanas y se subió a horcajadas solo un segundo para mirarlo completo: corsé, ligueros, medias brillantes por la luz de la lámpara, la erección deformando el encaje.

—Voy a comerte —anunció.

Bajó la cabeza y chupó la polla todavía cubierta por la tela húmeda. El calor de su boca a través del encaje hizo arquear la espalda a Emmett. Nadia bajó las bragas lo justo, liberó la polla y se la metió entera, glotona, babosa, subiendo y bajando con la mano en la base mientras la otra acariciaba las medias de seda, subiendo y bajando por el liguero. Emmett gemía sin control, las manos en el pelo oscuro de Nadia.

—Nadia… joder, así…

Ella lo soltó solo para cambiar de posición. Emmett —Petra— se deslizó al suelo de rodillas entre las piernas abiertas de Nadia. Le abrió la bata. Debajo no llevaba nada. El coño de Nadia, afeitado y ya brillante, se abría sobre la base de su polla dura y gruesa, del mismo tono cálido de su piel. Emmett la lamió con devoción: primero los labios, después el clítoris hinchado, después más abajo, chupando la polla de ella mientras metía dos dedos en su coño mojado. Nadia jadeaba, una mano en la nuca de Emmett, la otra apretándole un pecho a través del corsé.

—Eso, preciosa… cómeme entera. Así me has deseado tú también, ¿verdad?

—Desde el primer día —confesó Emmett contra su carne.

Se empujaron de nuevo a la cama. Nadia lo puso a cuatro patas: el culo de Emmett en alto, las medias tensas, el corsé marcándole la cintura. Ella escupió en su mano, se untó la polla y empujó despacio dentro del culo de él. Emmett gritó de puro placer cuando la cabeza gruesa lo abrió. Nadia lo folló en posición de perrito con embestidas profundas, agarrándole las caderas con fuerza, el ritmo cada vez más brutal.

—Qué hermosa eres así —le susurraba al oído, la voz rota—. Mi mujer esta noche. Mi Petra de encaje. Apriétame con ese culo…

Emmett empujaba hacia atrás, la polla balanceándose libre, goteando sobre las sábanas. El sonido de piel contra piel mezclado con la lluvia era obsceno. Cuando Nadia sintió que estaba cerca, se retiró, se tumbió de espaldas y lo atrajo encima.

—Súbete. Cabálgame. Quiero verte follarme con ese corsé puesto.

Emmett se montó. Guió la polla de Nadia otra vez dentro y bajó de un golpe, llenándose. Empezó a cabalgarla con furia: caderas en círculos, pechos apretados por el encaje, medias rozando los costados de Nadia. Ella le agarraba el culo, le clavaba las uñas, le empujaba el clítoris contra el pubis de Emmett cada vez que bajaba. Los gemidos se volvieron gritos. La cama golpeaba la pared.

—Me corro —avisó Emmett, la voz quebrada—. Nadia, me corro…

—Conmigo —ordenó ella—. Juntos.

La primera oleada los golpeó al mismo tiempo. Emmett se recorrió sobre el vientre y los pechos de Nadia en chorros calientes y espesos mientras el culo le espasmaba alrededor de la polla de ella. Nadia se corrió dentro y fuera a la vez: el coño contrayéndose, la polla latiendo y llenándolo de semen caliente hasta que rebosó por los muslos de Emmett. Siguieron moviéndose unos segundos más, temblando, pringados, sin querer soltarse.

La lluvia no había parado. Emmett, todavía empalado, todavía con el corsé y las medias hechas un desastre glorioso, se dejó caer sobre el pecho de Nadia. Ella le acariciaba el pelo húmedo con dedos lentos, pero sus caderas ya daban pequeños empujones otra vez, la polla aún semidura dentro de él.

—Esto no se acaba aquí —susurró Nadia contra su oreja, la voz cargada de promesa oscura—. Hay más cajones. Más noches. Y yo todavía no te he follado despacio, mirándote a los ojos hasta que pidas perdón por haberlo escondido tanto tiempo.

Emmett cerró los ojos, sintiendo cómo la excitación volvía a crecerle entre las piernas manchadas. Afuera el trueno rodó sobre Madrid. Adentro, la lencería compartida olía a sexo y a secreto roto, y ninguno de los dos estaba listo para apagar la luz.

Nadia no lo dejó bajar del todo. Con una mano en la nuca de Emmett y la otra clavada en su culo todavía abierto, lo mantuvo empalado mientras sus caderas hacían círculos lentos, casi crueles. El semen caliente que había dejado dentro resbalaba ya por los muslos de él, manchando las medias negras y el liguero. Emmett temblaba encima, el corsé apretándole las costillas cada vez que intentaba respirar hondo.

—Mírame —ordenó Nadia, la voz ronca, sin espacio para discusión—. No cierres los ojos. Quiero ver exactamente qué cara pones cuando te abro despacio.

Emmett alzó la cabeza. Las pupilas de Nadia estaban dilatadas, negras de hambre. Ella empujó hacia arriba con una embestida deliberada, profunda, que le hizo soltar un gemido largo contra la boca de ella. La polla de Nadia seguía gruesa, semidura todavía, recuperándose dentro del calor húmedo de Emmett, y cada milímetro de movimiento le recordaba lo lleno que estaba.

—Así… joder, Nadia…

—Petra —corrigió ella, sonriendo contra sus labios—. Esta noche eres Petra. Mi Petra de encaje empapado. ¿Me oyes?

—Sí —jadeó él—. Petra. Tuya.

Nadia lo hizo girar sin sacarlo del todo, rodándolos hasta quedar ella encima otra vez, pechos pesados rozando el corsé, la bata de seda caída por completo a un lado de la cama. Lo miró desde arriba mientras empezaba a moverse con una lentitud deliberada: entrada completa, retirada casi hasta la cabeza, y otra vez adentro, rozando ese punto que hacía arquear la espalda a Emmett y soltar un grito ahogado.

—Perdóname por haberlo escondido —empezó Emmett, la voz rota, exactamente como ella había prometido—. Meses… joder, años escondiéndolo. Tenía miedo de que…

—Calla —susurró Nadia, tapándole la boca con dos dedos manchados de semen y saliva—. No necesito tu perdón. Necesito que sientas cada centímetro. Que sepas que te deseo así. Que tu polla goteando sobre el encaje me pone más dura que cualquier otra cosa. Que tu culo apretándome me vuelve loca.

Aceleró un poco. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba la habitación junto con la lluvia. Emmett tenía las piernas abiertas, las medias brillantes de sudor y fluidos, el liguero clavándose en la carne blanda de los muslos. Nadia le agarró las muñecas y se las pinó contra la almohada, follándolo con embestidas cada vez más largas, mirándole a los ojos sin pestañear.

Emmett sentía cómo la excitación le volvía a crecer con una violencia absurda. Su polla, todavía sensible del primer orgasmo, se endurecía otra vez entre sus vientres, rozando el clítoris hinchado de Nadia cada vez que ella bajaba. El roce era eléctrico. Nadia gemía bajo, animal, y empezó a frotarse contra él al mismo tiempo que lo penetraba.

—Tócame —pidió ella—. Los pechos. Apriétalos mientras te follo.

Emmett liberó las manos y las subió bajo la bata entreabierta. Los pechos de Nadia eran firmes, pesados, pezones oscuros y duros. Los amasó, los pellizcó, los llevó a su boca y chupó con ganas mientras ella lo cabalgaba al revés, clavándole la polla hasta el fondo. El sabor de su piel, el jazmín mezclado con sexo, lo volvía loco. Nadia arqueó el cuello y dejó escapar un gemido gutural.

—Más fuerte. Márcalos. Quiero sentir tus dedos mañana.

Él obedeció. Chupó más duro, dejó marcas rojas con los labios y los dientes. Nadia se corrió de nuevo de esa forma: el coño contrayéndose en espasmos visibles, la polla latiendo dentro de Emmett y echando otro chorro caliente que se sumaba al anterior. Emmett sintió el calor extra, el desbordarse otra vez por sus muslos, y casi se corre solo de la sensación.

Pero Nadia no paró. Se retiró de golpe, dejándolo vacío y quejándose, y se bajó por el cuerpo de él como una tormenta. Le subió las bragas de encaje otra vez, atrapando su polla dura y morada contra el tejido empapado, y empezó a lamer a través de la tela. Lengua plana, lenta, obscena. El roce del encaje húmedo contra el glande era una tortura deliciosa.

—Nadia… por favor…

—¿Por favor qué, Petra? —preguntó ella, mirándolo desde abajo con la boca brillante—. Dime exactamente qué quieres.

—Que me la chupes. Que me la metas entera. Que me dejes correrme en tu garganta.

Nadia sonrió, salvaje, y bajó las bragas solo lo necesario. Se tragó la polla de Emmett de un solo movimiento, hasta que la nariz le rozó el vello del pubis. Emmett gritó. Las manos de ella subían y bajaban por las medias de seda, acariciando, pellizcando la carne a través del liguero. Ella mamaba con hambre, glotona, haciendo ruidos obscenos, saliva corriendo por la base y manchando más el corsé.

Cuando Emmett estuvo a punto de reventar, Nadia se detuvo otra vez. Se subió a su cara y se sentó sin pedir permiso. El coño mojado y la polla todavía goteando semen le aplastaron la boca. Emmett lamió como un desesperado: clítoris, labios, el tallo grueso, volviendo al agujero que se abría para sus dedos. Metió tres. Nadia se mecía sobre su lengua, frotándose, manchándole la cara entera.

—Eso… joder, sí. Cómeme limpia y sucia a la vez. Eres mía así. Mi chica de lencería. Mi puta preciosa de medias.

La palabra “puta” salió cargada de cariño feroz, no de humillación. Emmett la sintió como un halago caliente. Siguió chupando hasta que Nadia se corrió otra vez sobre su boca, temblando, el coño palpitando contra su lengua, la polla latiendo contra su mejilla. El sabor era intenso, salado, de los dos mezclados.

Cuando bajó, Nadia lo besó con la boca abierta, compartiendo todo. Después lo giró otra vez de lado, se pegó a su espalda y le levantó una pierna. Le metió la polla otra vez por detrás, cucharita profunda, una mano rodeándole la cintura del corsé y la otra masturbándole la polla al ritmo de las embestidas.

—Ahora despacio —susurró contra su oreja—. Hasta que no puedas más. Hasta que me pidas que te deje correrte. Y yo decidiré si te lo concedo.

Emmett solo pudo asentir, perdido. Cada embestida era larga, controlada, rozando su próstata una y otra vez. La lluvia seguía castigando los cristales. El olor a sexo llenaba el piso. Nadia le hablaba al oído sin parar: lo preciosa que estaba, cómo le quedaba el corsé, cómo le gustaba verle la polla atrapada en el encaje, cómo iba a abrirle el otro cajón después, el de los juguetes y las camisas transparentes y los tacones que Emmett nunca se había atrevido a probar delante de nadie.

—Hay un plug de cristal que llevo semanas imaginando dentro de ti mientras te visto —murmuró ella, mordiéndole el lóbulo—. Y una falda plisada corta. Y yo debajo, chupándote mientras caminas por el salón. ¿Quieres eso, Petra?

—Sí —gimió Emmett, la voz hecha trizas—. Quiero todo. Quiero que me vistas cada noche. Que me uses. Que me mires así.

Nadia aceleró solo un poco, la mano en su polla apretando más. Emmett estaba al borde otra vez, temblando, las medias hechas un desastre, el corsé torcido, el culo rebosando semen fresco.

—No todavía —dijo ella, deteniéndose justo cuando él iba a venirse—. Conténlo. Quiero que te corras mirándome a los ojos, montada al revés, con mi polla enterrada y la tuya en mi mano.

Lo hizo girar. Emmett se quedó a horcajadas otra vez, pero ahora de frente, bajando sobre la polla de Nadia con un gemido largo. Ella lo miró fijamente mientras lo follaba desde abajo y le masturbaba al mismo tiempo, pulgar rozando el glande húmedo. El corsé subía y bajaba con cada movimiento. Las medias crujían. Emmett tenía las manos en los pechos de Nadia, apretándolos, y los ojos clavados en los de ella.

—Ahora —permitió Nadia al fin—. Córrete para mí. Enséñame cómo se corre mi Petra.

Emmett se rompió. Chorro tras chorro caliente salió sobre el vientre y los pechos de Nadia, manchándole la barbilla incluso, mientras el culo le exprimía la polla en espasmos violentos. Nadia lo siguió segundos después, llenándolo otra vez, gruñendo su nombre —Petra, Petra— contra su boca abierta.

Se quedaron así, temblando, unidos, sudorosos, la lencería destruida de la forma más hermosa posible. Nadia le acariciaba la espalda por encima del corsé, pero sus dedos ya buscaban el siguiente cordón, aflojándolo solo para volver a apretarlo distinto.

—Todavía no apago la luz —susurró, la voz cargada de una promesa más oscura—. Hay un espejo en el armario. Voy a ponerte de pie delante. Voy a hacerte mirarte completa mientras te abro otra vez. Y después… después te voy a pedir que me folles tú a mí, con las medias puestas y la polla todavía goteando mi leche. Quiero sentirte dentro mientras me llamas por mi nombre. ¿Puedes con eso, mi amor?

Emmett, todavía embriagado, todavía lleno, sintió cómo la polla le daba un latido traicionero contra el vientre de ella. Afuera el trueno volvió a romper el cielo de Madrid. Adentro, Nadia ya estaba buscando con la mano libre el cajón de los tacones y el plug de cristal que había mencionado, y la noche apenas empezaba a enseñar los dientes.

Nadia se incorporó sin sacarlo del todo, el movimiento suave pero firme, y extendió el brazo hacia el cajón inferior del armario. Emmett la observaba desde abajo, todavía montado a horcajadas, la polla de ella latiente dentro de su culo resbaladizo de semen. El cristal del plug brilló bajo la luz de la lámpara cuando lo sacó: grueso en la base, ahusado, frío al tacto. Junto a él aparecieron unos tacones negros de aguja, de tira fina alrededor del tobillo, y una falda plisada corta de tela negra que olía a perfume guardado.

—Levanta el culo un poco —ordenó Nadia, la voz ronca de excitación renovada—. Quiero metértelo ahora, mientras estás abierto y caliente.

Emmett obedeció, elevando las caderas. Ella retiró la polla con un sonido húmedo y obsceno; el vacío lo hizo gemir. Nadia escupió sobre el plug, lo lamió entero para mojarlo bien y lo apoyó contra el ano de Emmett, ya rojo y hinchado. Empujó despacio. El cristal frío entró centímetro a centímetro, abriéndolo de nuevo, estirándolo hasta que la base redonda quedó sellada contra su carne. Emmett arqueó la espalda, el corsé apretándole las costillas, y soltó un grito ahogado cuando el juguete rozó su próstata con una presión constante, ineludible.

—Joder… Nadia… está tan grande…

—Y se va a quedar ahí —susurró ella, dándole una palmada suave en un glúteo—. Mientras te visto el resto. Mientras te miro. Mientras te follo otra vez.

Se arrodilló a sus pies y le calzó los tacones. La tira rodeó cada tobillo, el cierre metálico clickeó. Emmett sintió cómo el equilibrio cambiaba; la altura le tensaba las pantorrillas, hacía que las medias negras se estirasen más sobre los muslos y el liguero se clavara con un dulce dolor. Nadia le subió la falda plisada hasta la cintura del corsé, dejándola apenas cubrir el culo y la polla que ya volvía a endurecerse, atrapada otra vez bajo el encaje de las bragas.

—De pie —dijo—. Delante del espejo del armario. Ahora.

Emmett se levantó temblando. Los tacones le obligaban a dar pasos cortos, inseguros; cada movimiento hacía que el plug se moviera dentro, rozando, recordándole que estaba lleno. Nadia lo guió por la cintura hasta la puerta del armario abierta de par en par. El espejo de cuerpo entero los reflejó: Emmett —Petra— con el corsé negro marcando una cintura imposible, las medias brillantes de fluidos, la falda corta, los tacones, la polla deformando el encaje y el plug invisible pero presente en cada respiración. Detrás, Nadia desnuda, pechos pesados, polla gruesa y dura otra vez, lustrosa de semen y saliva.

—Mírate —ordenó, pegándose a su espalda, una mano rodeándole el vientre por encima del corsé, la otra bajando a acariciar la polla a través de la tela—. Dime qué ves.

Emmett tragó saliva. Su reflejo lo miraba con ojos dilatados, labios hinchados, el rubor subiendo por el pecho hasta el cuello. Se veía preciosa. Se veía deseada. El miedo antiguo se había disuelto en una excitación tan densa que le costaba pensar.

—Me veo… tuya —logró decir—. Me veo como Petra. Como la mujer que siempre quise ser cuando nadie miraba. Y te veo a ti queriéndome así.

Nadia sonrió contra su cuello y le mordió la piel justo debajo de la oreja. Con una mano le bajó las bragas hasta los muslos, liberando la polla que rebotó pesada y goteante. Con la otra guió su propia polla entre las nalgas de Emmett, empujando el plug más adentro con la cabeza gruesa antes de deslizarse al lado, frotándose contra la entrada ya ocupada.

—Voy a follarte mirándote —prometió—. Vas a ver cada embestida. Vas a ver cómo se te abre la boca y se te pone la polla más dura. Y no vas a cerrar los ojos ni un segundo.

Empujó. La polla de Nadia entró junto al plug, el estiramiento brutal, delicioso, casi demasiado. Emmett gritó al espejo, las manos apoyadas en el marco del armario, los tacones crujiendo contra el suelo de madera. Nadia lo embistió con ritmo lento y profundo, cada embestida empujando el cristal más contra su próstata, cada retirada dejando un vacío momentáneo que lo hacía empujar hacia atrás pidiendo más. La falda plisada se levantaba con el movimiento; el corsé le marcaba la espalda sudada; las medias se arrugaban en las corvas.

—Mira cómo te follo —jadeó Nadia al oído, una mano masturbándole la polla al mismo compás—. Mira esa cara de puta preciosa que pones. Eres mía. Mi chica de lencería. Mi Petra de tacones y plug.

Emmett no podía apartar la vista. Veía el reflejo de la polla de Nadia desapareciendo entre sus nalgas, veía su propia polla goteando hilos transparentes sobre la mano experta de ella, veía los pechos de Nadia aplastados contra su espalda. El placer le subía en oleadas violentas. El plug y la polla juntos lo llenaban hasta el límite; cada embestida le sacaba un gemido gutural que el espejo devolvía como un eco obsceno.

—Más fuerte —pidió, la voz rota—. Fóllame más fuerte. Quiero correrme viéndonos.

Nadia aceleró. El sonido de piel contra piel llenó la habitación, mezclado con la lluvia que seguía castigando Madrid. Emmett sintió el orgasmo construirse desde las tripas, desde el punto exacto donde el cristal y la carne lo frotaban sin piedad. Cuando reventó, lo hizo con los ojos abiertos, mirando cómo su polla disparaba chorros calientes contra el espejo, manchando el cristal con semen espeso mientras el culo le exprimía a Nadia en espasmos rítmicos. Ella gruñó y se corrió dentro segundos después, llenándolo otra vez, el exceso resbalando por los muslos y manchando las medias y los tacones.

No se detuvieron. Nadia lo mantuvo de pie, temblando, y le susurró al oído:

—Ahora tú. Quiero que me folles. Con todo puesto. Quiero sentir tu polla dentro de mí mientras me miras en el espejo y me llamas por mi nombre.

Lo giró. Emmett se quedó de frente a ella, todavía con el plug clavado, la falda alzada, los tacones haciendo que su polla semidura rozara el vientre de Nadia. Ella se apoyó contra el marco del armario, una pierna levantada, y le guió la polla hasta su coño mojado y abierto. Emmett empujó. Entró de un golpe, el calor de Nadia envolviéndolo, el clítoris hinchado rozándole la base. Empezó a embestir, torpe al principio por los tacones, después con furia creciente. Cada embestida hacía que el plug se moviera dentro de él; el placer doble lo volvía loco.

Nadia le agarró el culo, le clavó las uñas, le empujó las caderas para que entrara más hondo. Se miraban en el espejo: Emmett follándola con el corsé y las medias, la falda plisada subiendo y bajando, los tacones brillantes, el plug invisible pero presente en cada gemido suyo. Nadia le mordía el hombro, le chupaba el cuello, le hablaba al oído sin parar.

—Así, Petra… fóllame como la mujer que eres. Dime mi nombre. Dime que me deseas.

—Nadia —gimió Emmett, embistiendo más fuerte—. Nadia, te deseo. Te deseo entera. Tu polla, tu coño, tus pechos… todo. Quiero follarte todas las noches con esta ropa. Quiero que me vistas y me uses y me dejes usarte.

El ritmo se volvió brutal. La cama había quedado atrás; ahora era el armario el que crujía con cada embestida. Emmett sentía el segundo orgasmo de la noche acumularse otra vez, absurdo, imposible, pero real. Nadia se frotaba el clítoris con dos dedos mientras él la penetraba, la polla de ella dura otra vez entre ambos cuerpos, rozando el vientre de Emmett.

—Córrete dentro —ordenó ella—. Lléname. Quiero sentir tu leche mientras yo me corro sobre tu polla.

Emmett obedeció. Se enterró hasta el fondo y se derramó con un grito largo, chorros calientes inundando el coño de Nadia mientras el plug le provocaba espasmos que le doblaban las rodillas. Nadia lo siguió, el coño contrayéndose alrededor de él, la polla latiendo y manchándoles los vientres con un chorro fresco. Se quedaron temblando, unidos, sudorosos, el espejo reflejando el desastre glorioso de lencería, semen y piel marcada.

Nadia no lo dejó descansar. Con una mano todavía en su culo, empujó el plug más adentro y le susurró contra la boca abierta:

—Todavía no. Hay más. Voy a ponerte de rodillas otra vez. Voy a hacerte chupar tu propia leche de mi coño. Y después… después te voy a atar las muñecas con las tiras del corsé y te voy a follar tan despacio que vas a llorar de ganas. La noche es larga, Petra. Y yo aún no he terminado de descubrir todos los cajones que escondías.

Emmett, todavía dentro de ella, sintió cómo la polla le daba un latido traicionero. Afuera el trueno volvió a romper el cielo. Adentro, Nadia ya buscaba con la mano libre un par de esposas de terciopelo negro que había sacado del mismo cajón, y la promesa en sus ojos era más oscura y más dulce que cualquier tormenta.

Nadia no lo soltó. Con la mano libre sacó las esposas de terciopelo negro del cajón y las hizo tintinear delante de la cara de Emmett, todavía empalado en su coño, el plug de cristal empujándole la próstata con cada respiración temblorosa. El espejo los devolvía sudorosos, la falda plisada alzada, las medias negras brillantes de semen y saliva, los tacones clavados en el suelo de madera.

—De rodillas —ordenó ella, la voz baja y cargada de esa calma que lo desarmaba siempre—. Ahora. Quiero verte chupar tu propia leche de mi coño mientras el plug te mantiene abierto.

Emmett se deslizó fuera de ella con un gemido húmedo. El vacío le sacudió las piernas, pero los tacones le obligaron a bajar despacio, torpe, hasta quedar arrodillado entre las piernas abiertas de Nadia. Ella se apoyó contra el marco del armario, una pierna levantada sobre su hombro, y con dos dedos se abrió el coño todavía goteando el semen espeso de Emmett. El olor subió denso, salado, mezclado con jazmín y el encaje empapado.

—Lame —susurró—. Limpíame. Toda.

Emmett obedeció. La lengua plana recorrió los labios hinchados, recogió los hilos blancos que resbalaban hacia el muslo, chupó el clítoris hinchado hasta que Nadia arqueó la espalda y le agarró el pelo con fuerza. El sabor de su propio semen mezclado con el de ella lo volvió loco; la polla, todavía sensible, se endureció otra vez contra el encaje de las bragas y el borde de la falda. El plug se movía con cada inclinación de su torso, rozando sin piedad ese punto que le hacía soltar gemidos ahogados contra la carne mojada.

—Más profundo —exigió Nadia, empujándole la cara contra su coño—. Mete la lengua. Sácalo todo. Quiero sentir que me limpias como la puta preciosa que eres esta noche.

Él metió la lengua hasta donde pudo, chupando, tragando, mientras dos de sus dedos entraban junto a ella y buscaban el punto exacto que hacía temblar a Nadia. Ella se corrió así, de pie, el coño contrayéndose en espasmos visibles contra su boca, la polla gruesa latiendo y goteando un hilo fresco sobre la mejilla de Emmett. Él lamió hasta el último rastro, devoto, la cara brillante, los ojos clavados en los de ella a través del espejo.

Nadia lo levantó por las axilas y lo giró de espaldas al cristal. Le cruzó las muñecas a la espalda y le cerró las esposas de terciopelo con un clic suave pero firme. El terciopelo no cortaba, pero le impedía mover los brazos; el corsé se le clavaba más contra las costillas cada vez que respiraba hondo. Después le aflojó solo un cordón del corsé, lo pasó alrededor de las muñecas ya esposadas y lo apretó de nuevo, distinto, más alto, marcándole la cintura hasta dejarlo sin aire.

—Ahora te follo despacio —prometió contra su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Tan despacio que vas a llorar de ganas. Y vas a mirarte todo el tiempo. No cierres los ojos ni un segundo, Petra.

Lo empujó de frente al espejo otra vez. Emmett se vio completo: corsé negro torcido y brillante de sudor, falda plisada subida hasta la cintura, medias rotas en un muslo, tacones inestables, la polla morada y goteante atrapada otra vez bajo el encaje, el plug invisible pero presente en cada temblor. Detrás, Nadia desnuda, pechos pesados, polla gruesa y dura, lustrosa todavía. Ella le levantó una pierna, apoyó el pie de tacón en el borde inferior del armario, y guió su propia polla entre las nalgas abiertas. Empujó despacio. La cabeza gruesa entró junto al cristal del plug, el estiramiento brutal, delicioso, casi imposible. Emmett gritó al espejo, la boca abierta, las esposas tirando de sus hombros.

—Mira —jadeó Nadia, entrando centímetro a centímetro—. Mira cómo te abro. Mira esa cara.

Cada embestida era larga, controlada, casi cruel. Entraba hasta el fondo, rozando el plug contra la próstata, se quedaba allí un segundo eterno y se retiraba casi por completo, dejando solo la cabeza dentro. Emmett empujaba hacia atrás sin poder evitarlo, pidiendo más con la cadera, pero ella lo sujetaba por el corsé y le negaba la velocidad. La mano libre de Nadia le rodeó la cintura y le masturbó la polla al mismo ritmo lento, pulgar rozando el glande hinchado, recogiendo el líquido transparente que ya manchaba el encaje.

—Nadia… por favor… más rápido —rogó él, la voz hecha trizas, los ojos vidriosos clavados en el reflejo.

—No —susurró ella, acelerando solo un milímetro—. Conténlo. Quiero verte llorar de ganas antes de dejarte correrte. Dime qué sientes.

—Me siento… llena —jadeó Emmett—. El plug… tu polla… el corsé… joder, me siento tuya. Petra. Tu Petra de tacones y semen. Quiero que me uses así todas las noches. Que me vistas. Que me mires mientras me abres.

Nadia sonrió contra su cuello y mordió la piel justo encima del hombro, dejando una marca roja. Aceleró un poco, solo lo suficiente para que el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenara la habitación junto con la lluvia que seguía castigando los cristales de Madrid. Emmett sentía el orgasmo construirse desde las tripas, desde el punto exacto donde el cristal y la carne lo frotaban sin piedad, pero ella lo detuvo cada vez que estuvo a punto, apretándole la base de la polla con dos dedos firmes.

—No todavía —dijo, la voz ronca—. Primero quiero que me folles tú otra vez. Con las esposas puestas. Quiero sentir tu polla dentro mientras me miras y me llamas por mi nombre. Y el plug se queda. Quiero que sientas cómo se mueve cada vez que embistes.

Lo giró sin sacarlo del todo. Emmett quedó de frente a ella, las muñecas atadas a la espalda, el equilibrio precario sobre los tacones. Nadia se apoyó contra el espejo, una pierna levantada alta, y le guió la polla hasta su coño abierto y resbaladizo. Emmett empujó. Entró de un golpe, el calor de ella envolviéndolo, el clítoris hinchado rozándole la base cada vez que se enterraba. Empezó a embestir, torpe al principio por las esposas y los tacones, después con una furia creciente que hacía crujir el armario. Cada embestida movía el plug dentro de él; el placer doble le doblaba las rodillas.

Nadia le clavó las uñas en el culo, le empujó las caderas para que entrara más hondo, se frotó el clítoris con dos dedos mientras la polla de él la llenaba. Se miraban en el cristal: Emmett follándola con el corsé apretado, la falda plisada subiendo y bajando, las medias brillantes, los tacones temblando, las esposas tirando de sus brazos. Ella le mordía el pecho a través del encaje, le chupaba el cuello, le hablaba al oído sin parar.

—Así, mi amor… fóllame como la mujer que eres. Dime mi nombre. Dime que me deseas entera.

—Nadia —gimió Emmett, embistiendo más fuerte, el plug torturándolo con cada movimiento—. Nadia, te deseo. Tu coño, tu polla, tus pechos… todo. Quiero correrme dentro y después chuparte otra vez. Quiero que me atas y me uses hasta que no pueda más.

El ritmo se volvió brutal. El espejo empañaba con su aliento. Emmett sentía el orgasmo acumularse otra vez, absurdo después de tantos, pero real, violento. Nadia se corrió primero, el coño contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos, la polla latiendo y manchándoles los vientres con un chorro caliente. Emmett la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y derramándose con un grito largo, chorros espesos inundándola mientras el plug le provocaba contracciones que le hacían ver estrellas.

No se detuvieron. Nadia lo mantuvo dentro, temblando, y con una mano todavía en su culo empujó el plug más hondo. Después lo hizo girar otra vez de espaldas al espejo, se arrodilló detrás y le lamió el semen que resbalaba por los muslos, subiendo hasta el ano abierto, chupando alrededor del cristal y de su propia polla todavía semidura. Emmett gemía sin control, las esposas tirando, los tacones crujiendo.

—Todavía no apago la luz —susurró ella, poniéndose de pie y abrazándolo por detrás, una mano rodeándole la polla sensible y la otra buscando ya en el cajón un collar de encaje negro y una venda de seda—. Hay más. Voy a ponerte el collar. Voy a vendarte los ojos solo un momento para que sientas cada dedo, cada lengua, cada centímetro. Y después te voy a quitar la venda y te voy a hacer mirarte mientras te follo tan hondo que vas a pedir que te deje vivir aquí, en esta lencería, en mis manos, para siempre. La noche sigue abierta, Petra. Y yo aún no he terminado de abrir todos tus cajones.

Emmett, todavía atado, todavía lleno, sintió cómo la polla le daba un latido traicionero contra la palma de ella. Afuera el trueno volvió a romper el cielo de Madrid. Adentro, Nadia ya le pasaba el collar alrededor del cuello y abrochaba la hebilla con dedos firmes, y la promesa en su voz era más oscura y más dulce que cualquier tormenta que cayera sobre la ciudad.

Nadia abrochó la hebilla del collar de encaje negro alrededor del cuello de Emmett con dedos firmes, el terciopelo suave rozándole la nuez. El metal frío del cierre le hizo erizar la piel. Después levantó la venda de seda y se la pasó por los ojos, anudándola con cuidado detrás de la nuca. La oscuridad lo envolvió de golpe: solo quedaban el olor a sexo, a jazmín y a encaje mojado, el sonido de la lluvia castigando los cristales y el latido constante del plug de cristal contra su próstata.

—Solo un momento —susurró Nadia contra su oreja, la voz ronca y cargada de hambre—. Quiero que sientas cada centímetro sin distracciones. Cada lengua. Cada dedo. Cada embestida. Después te quito la venda y te hago mirarte otra vez mientras te abro hasta el fondo.

Emmett asintió, las esposas de terciopelo tirándole de las muñecas a la espalda, el corsé apretándole las costillas, la falda plisada alzada, los tacones haciendo temblar sus pantorrillas. Nadia se arrodilló detrás de él. Su lengua caliente recorrió la raya de su culo, lamiendo alrededor de la base del plug, empujándolo más adentro con la punta antes de chupar el semen que todavía resbalaba por los muslos y manchaba las medias negras. Emmett gimió largo, perdido en la sensación pura: la lengua de ella, los dientes rozando la carne sensible, los pechos pesados de Nadia rozándole la espalda cada vez que se inclinaba.

—Petra… —murmuró Nadia, y el nombre le llegó como un calambre directo a la polla—. Mi Petra de collar y tacones. Hueles a nosotros. A secreto roto y a ganas de más.

Se puso de pie. Guió la cabeza gruesa de su polla hasta la entrada ya abierta e hinchada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento brutal junto al cristal del plug. Emmett gritó contra la oscuridad, la boca abierta, las rodillas flaqueándole. Nadia entró hasta el fondo y se quedó allí, quieta, dejando que él sintiera el pulso de las dos cosas dentro: carne y cristal, calor y presión constante.

—Respira —ordenó ella, una mano rodeándole la cintura del corsé y la otra bajando a acariciar la polla atrapada bajo el encaje de las bragas—. Siente cómo te lleno. Cómo te deseo exactamente así. No a medias. No escondido. Completa.

Empezó a moverse con una lentitud cruel. Embestidas largas, profundas, casi detenidas en el punto más hondo para que el plug rozara la próstata sin piedad. Emmett empujaba hacia atrás sin poder evitarlo, pidiendo más con la cadera, pero ella le sujetaba el corsé y le negaba la velocidad. La mano en su polla apretaba y soltaba al mismo ritmo, el pulgar recogiendo el líquido pre-seminal que ya empapaba el encaje otra vez.

—Nadia… joder… más… —rogó él, la voz hecha trizas.

—No todavía. Conténlo. Quiero oírte pedir. Quiero oírte decirme qué eres esta noche.

—Soy tuya —jadeó Emmett—. Soy Petra. Tu chica de lencería. Tu puta preciosa de medias y plug. Quiero que me folles despacio hasta que llore. Quiero que me vistas cada noche de lluvia. Que me mires así. Que me uses y me dejes usarte.

Nadia aceleró solo un poco. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenó la habitación junto con los gemidos guturales de Emmett y el trueno lejano. Después, de repente, le quitó la venda. La luz de la lámpara lo cegó un segundo. El espejo del armario los devolvía: Emmett con el collar negro, el corsé torcido y brillante de sudor, la falda plisada subida, las medias destrozadas, los tacones inestables, las esposas a la espalda, la polla morada y goteante, y detrás Nadia desnuda, pechos pesados, polla gruesa desapareciendo entre sus nalgas una y otra vez.

—Mírate —exigió ella, embistiendo más hondo—. Mira cómo te abro. Mira esa cara cuando te corro por dentro.

Emmett no pudo apartar la vista. Se veía preciosa. Se veía deseada hasta el tuétano. El miedo antiguo se había convertido en una excitación tan densa que le costaba pensar. Nadia lo giró sin sacarlo del todo. Lo empujó de frente al espejo, le levantó una pierna y le guió la polla hasta su propio coño abierto y resbaladizo de semen anterior. Emmett empujó. Entró de un golpe, el calor de Nadia envolviéndolo, el clítoris hinchado rozándole la base. Empezó a embestir con furia, torpe por las esposas y los tacones, después con un ritmo brutal que hacía crujir el armario. Cada embestida movía el plug dentro de él; el placer doble le doblaba las rodillas y le sacaba gritos rotos.

—Nadia —gimió, clavándole la mirada en el reflejo—. Nadia, te deseo entera. Tu coño apretándome. Tu polla todavía dura contra mi vientre. Tus pechos en mi boca. Quiero correrme dentro y llenarte mientras tú me llenas a mí. Quiero vivir en esta lencería. En tus manos.

Nadia le clavó las uñas en el culo, le empujó las caderas para que entrara más hondo, se frotó el clítoris con dos dedos mientras la polla de él la penetraba sin piedad. Se miraban en el cristal empañado: Emmett follándola con todo puesto, el collar brillando, el corsé marcándole la cintura, la falda subiendo y bajando, el plug invisible pero presente en cada gemido suyo. Ella se corrió primero, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de él, la polla latiendo y manchándoles los vientres con un chorro caliente y espeso. Emmett la siguió segundos después. Se enterró hasta el fondo y se derramó con un grito largo que le rasgó la garganta, chorros densos inundándola mientras el plug le provocaba contracciones que le hacían ver estrellas blancas. El orgasmo le vino desde las tripas, desde el punto exacto donde el cristal y la carne lo frotaban, y duró tanto que le temblaron las piernas y casi se cae.

Se quedaron unidos, temblando, sudorosos, pringados, el espejo reflejando el desastre glorioso de lencería negra, semen y piel marcada de chupetones. Nadia le besó la boca abierta, compartiendo el sabor salado de los dos. Después lo abrazó por detrás, todavía dentro de él un poco, y le acarició el pelo húmedo con dedos lentos mientras le susurraba contra el cuello:

—Así. Exactamente así. Mi Petra. Mi amor de encaje compartido. La noche sigue abierta y yo aún tengo más cajones que abrirte. Tacones más altos. Camisas transparentes. Un arnés para que me folles con él mientras yo te penetro. Vamos a quedarnos aquí hasta que el sol salga y la lluvia pare. Hasta que no puedas caminar sin sentirme dentro.

Emmett cerró los ojos un segundo, la polla todavía dando latidos traicioneros contra el vientre de ella, el plug recordándole cada respiración, el collar apretándole la garganta con una dulzura posesiva. El alivio y el placer se mezclaban en una oleada tan grande que le humedecieron las pestañas. Se dejó caer de espaldas contra el pecho de Nadia, las esposas todavía cerradas, las medias hechas un desastre, los tacones clavados en el suelo. Ella le aflojó un cordón del corsé solo para volver a apretarlo distinto, más suave, y le lamió una lágrima que se le había escapado.

—Te quiero así —confesó Nadia, la voz baja, íntima, sin rastro de burla—. Te deseo como eres. Con todo lo que guardabas. Y mañana, cuando despiertes todavía con mi leche dentro y el olor a mí en la piel, vamos a abrir el siguiente cajón juntos.

Estaban ahí, en el afterglow pegajoso y perfecto, la lluvia afuera suavizándose un poco, el olor a sexo llenando el piso entero, cuando el timbre del portal sonó. Una vez. Dos. Tres veces seguidas, insistente, agresivo. Después la voz distorsionada del interfono atravesó la puerta del piso como un cuchillo:

—¡Emmett! ¡Soy Lucas! ¡Abre de una puta vez, se me ha mojado el móvil y necesito cargarlo ya! ¡Sé que estás dentro, la luz se ve desde la calle!

Nadia se tensó detrás de él. Emmett abrió los ojos de golpe, todavía empalado, todavía con el collar, las esposas, el plug, la falda y los tacones, el semen de los dos resbalándole por los muslos. El corazón le dio un vuelco violento. Afuera el trueno volvió a romper el cielo de Madrid. Adentro, el timbre no paraba de sonar.

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