Vapor y Deseo Compartido
Lucas y Warrick se dejan llevar por el deseo cuando Warrick descubre a Lucas vestida de puta sexy y se lo folla con ganas.
El apartamento olía a ambientador barato y a la humedad de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas. Lucas llevaba semanas midiendo los horarios de Warrick con una precisión casi paranoica: salida a las ocho, regreso nunca antes de las once. Esa noche, sin embargo, el reloj de la cocina marcaba apenas las nueve y media cuando el ruido de la llave en la cerradura le heló la sangre.
Estaba de pie frente al espejo del pasillo, transformado por completo. Medias de seda negra hasta el muslo, sujetas por ligueros de encaje; tanga de encaje rojo que apenas contenía su polla ya medio dura y metida hacia atrás; un corpiño negro que aplastaba su pecho plano y le daba una silueta suave; labios pintados de un rojo oscuro, delineador perfecto, peluca castaña peinada en ondas que le caían sobre los hombros. Lucía. Así se llamaba cuando se miraba y se reconocía.
La puerta se abrió. Warrick entró con la chaqueta aún puesta, el bolso de gym colgando de un hombro, y se quedó petrificado.
—Joder… —fue lo único que salió de su boca.
Lucas quiso desaparecer. Quiso arrancarse la peluca, frotarse el maquillaje, inventar una excusa absurda. Pero Warrick no apartó la mirada. Sus ojos bajaron despacio: de la boca pintada a la garganta, al corpiño, a las medias brillantes, al bulto apenas disimulado del tanga. Y en lugar de asco o burla, algo caliente y oscuro se le instaló en la entrepierna.
—Warrick… puedo explicarte…
—No expliques nada —cortó él, dejando caer el bolso sin mirarlo—. Quédate exactamente así.
Warrick cerró la puerta con el pie y se acercó. Medía casi un metro noventa, hombros anchos, barba de tres días, manos grandes. Siempre había sido el compañero de piso ideal: bisexual confeso, relajado, con una sonrisa fácil. Pero Lucas nunca había sospechado que esa relajación escondiera un hambre concreta por lo que él era en secreto.
—Llevo meses oliendo tu colonia barata de mujer en el baño —murmuró Warrick, deteniéndose a un paso—. Llevo meses imaginándome lo que te pones cuando yo no estoy. Y joder, Lucía… eres más puta de lo que soñé.
El nombre lo atravesó como una descarga. Lucía. No Lucas. Lucía.
—¿Siempre…? —la voz le salió ronca, femenina por el esfuerzo de mantener el tono.
—Siempre. Me pone de los nervios tu feminidad suave. Esas putas medias. Ese culo que se te marca cuando caminas en tacones. Quiero follártelo hasta que no puedas caminar derecho.
Lucía sintió la polla latirle contra el encaje. El calor le subió a las mejillas pintadas. Dio un paso adelante, deliberado, y dejó que sus pechos aplastados rozaran el pecho de Warrick.
—Quiero que me desees como mujer —susurró—. No como un tío disfrazado. Como la zorra que soy cuando me visto así.
Warrick gruñó y le agarró la cintura con ambas manos, apretando la tela del corpiño. Sus dedos bajaron hasta el culo, palparon la mejilla firme cubierta solo por el hilo del tanga, y la apretaron con posesión.
—Eres mi putita hermosa. Y voy a follarte como tal.
Lucía se arrodilló sin que se lo pidieran. Las rodillas le crujieron contra el suelo del pasillo. Acercó la cara al bulto que ya se le marcaba a Warrick en los pantalones de chándal y frotó la mejilla pintada contra la tela gruesa. Olió sudor limpio de gimnasio y el aroma masculino que siempre le había puesto cachonda en secreto. Abrió la boca y mordisqueó la polla a través de la tela, mojando el chándal con saliva y carmín.
—Mira cómo me la chupas sin ni siquiera sacármela —dijo Warrick, enredando los dedos en la peluca—. Qué ganas tenías, eh, zorra.
Lucía gimió contra el bulto y tiró del elástico. La polla de Warrick saltó fuera: gruesa, venosa, ya goteando por la punta. La miró un segundo, fascinada, y luego se la metió entera hasta la garganta de un solo movimiento. El glande le golpeó el fondo y le hizo llorar los ojos, pero no se retiró. Tragó alrededor de él, chupó con ansia, babas espesas le resbalaban por la barbilla y le manchaban el corpiño.
—Así, mi hermosa zorra —jadeó Warrick, sujetándole la cabeza—. Trágatela toda. Usa esa boquita de puta.
La folló la cara con embestidas cortas y profundas. Lucía se atragantaba y volvía, gorgoteando, las manos agarradas a los muslos de él. Cuando Warrick la levantó de golpe por los brazos, ella ya tenía la polla propia dura y empapando el tanga.
La besó. Lengua profunda, sabiendo a su propia saliva y a carmín. Warrick la empujó hacia atrás hasta la habitación de Lucas, tirándola sobre la cama sin soltarle la boca. Le arrancó el tanga de un tirón; el encaje se rompió con un ruido seco. La polla de Lucía quedó libre, dura, rosada, apuntando hacia su vientre plano. Warrick le separó las piernas y le miró el culo: ya brillaba con lubricante. Lucas se había preparado antes, por si acaso, por fantasía.
—Te lo dejaste listo, putita —rió Warrick, metiéndole dos dedos de golpe—. Qué bien te lo has dilatado para mí.
—Fóllame —susurró Lucía, mirándolo a los ojos—. Fóllame como la putita que me siento. Lléname el culo.
Warrick la puso a cuatro patas. Las medias de seda crujieron cuando se arrodilló detrás. Se escupió en la polla, se la frotó entre las nalgas de Lucía y empujó. El glande abrió el esfínter con un pop húmedo y se hundió centímetro a centímetro hasta que los huevos le golpearon el perineo. Lucía gritó contra la almohada, un grito largo y destrozado de placer.
—Tan apretado… joder, Lucía… —Warrick empezó a embestir. Fuertes. Posesivas. El sonido de piel contra piel llenó la habitación. Una mano le agarró la cadera; la otra rodeó la polla de Lucía y la masturbó al ritmo de las embestidas, atrapándola entre los muslos enfundados en seda.
—Dime que eres mi zorra —ordenó.
—Soy tu zorra… tu putita de medias… fóllame más duro…
Warrick la volteó de golpe, la puso de espaldas, le abrió las piernas hasta casi partirlas y volvió a clavar la polla hasta el fondo. Ahora se miraban a los ojos. El maquillaje de Lucía se le corría por las lágrimas de placer; el carmín manchaba su boca y la de Warrick. Cada embestida le hacía rebotar la polla contra su propio vientre. Warrick le masturbaba rápido, sucio, el pulgar frotándole el frenillo.
—Me corro… me corro dentro… —advirtió Warrick entre dientes.
—Lléname… lléname el culo, por favor…
Warrick se corrió con un rugido, clavándose hasta el fondo y disparando chorros calientes y espesos que le inundaron las entrañas. Lucía gritó al sentirlo latir y se corrió también: chorros blancos le salpicaron el vientre, el corpiño, incluso el mentón de Warrick. Las contracciones del culo le ordeñaron la polla hasta la última gota.
Se quedaron temblando. Warrick se desplomó encima de ella sin salir del todo, el peso aplastándola de forma deliciosa. Le besó el cuello, le lamió el sudor salado mezclado con base de maquillaje.
—No te quites nada —murmuró contra su oreja, abrazándola con fuerza, una pierna echada sobre las suyas, la polla todavía semi dura dentro del culo lleno de leche—. Quédate así toda la noche. Quiero follarte otra vez cuando se me endurezca. Quiero despertarme y que sigas siendo Lucía. Mi Lucía.
Lucía cerró los ojos, el corazón desbocado, el culo goteándole semen caliente entre las nalgas. El brazo de Warrick la rodeaba como una promesa y una amenaza dulce a la vez. Afuera, la ciudad seguía ruidosa. Dentro, el deseo no se había apagado: solo había encontrado su forma. Y ambos sabían, sin decirlo aún, que esto apenas acababa de empezar.
Warrick no se había ablandado del todo. La polla seguía dentro del culo de Lucía, gruesa y latente, bañada en su propia leche caliente que empezaba a salir a empujones cada vez que ella se contraía. El peso de él la aplastaba contra el colchón de una forma que le robaba el aire y le encendía otra vez el vientre. Lucía notó el cambio al instante: el glande se hinchaba otra vez, empujando más hondo, abriendo de nuevo el anillo sensible que todavía palpitaba.
—Otra vez… —susurró ella, la voz rota, el carmín corrido por la barbilla—. Joder, Warrick, otra vez.
Él solo gruñó y empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, lánguidas, sacando la polla hasta la corona y volviendo a hundirla de un golpe seco que le hacía rebotar las nalgas. El semen anterior salía con cada embestida, espeso, resbaladizo, manchando los muslos de seda negra y la sábana debajo. Lucía arqueó la espalda, las medias crujiendo, los ligueros tirando de la carne. Warrick le agarró las muñecas y se las clavó encima de la cabeza, follándola despacio pero profundo, mirándola a los ojos mientras el maquillaje se le deshacía del todo.
—Mira cómo me recibes el culo, putita —jadeó contra su boca—. Todavía goteas mi leche y ya me la estás ordeñando otra vez. Eres una zorra insaciable. Mi zorra de peluca y labios pintados.
Lucía gimió alto cuando él aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, el sonido húmedo y obsceno de polla entrando en culo lleno llenaba la habitación. Cada embestida le hacía saltar la propia polla contra el vientre plano, goteando precum claro sobre el corpiño negro ya sucio de corrida anterior. Warrick soltó una muñeca solo para agarrarle la polla y masturbarla al mismo ritmo salvaje, el pulgar frotando la ranura, apretando la cabeza rosada hasta que Lucía lloriqueó de puro placer.
—Así… fóllame el culo y ajústame la polla… soy tuya, Warrick, tuya completamente…
Él la volteó sin salir del todo, un movimiento torpe y urgente que la dejó a horcajadas sobre él. Lucía se enderezó, las rodillas abiertas sobre el colchón, las medias brillando a la luz amarilla de la lámpara de noche. La polla de Warrick quedó clavada hasta los huevos. Ella empezó a cabalgarlo, subiendo y bajando el culo con ganas, dejando que se viera cómo el agujero se abría y se cerraba alrededor del tronco grueso. Las nalgas le temblaban. El corpiño se le había subido, dejando al aire los pezones duros y el pecho plano que él miraba con hambre pura.
Warrick le agarró las caderas con fuerza y la empujó hacia abajo al mismo tiempo que embestía hacia arriba. El golpe resonó. Lucía gritó, la cabeza echada atrás, la peluca castaña pegada al sudor de la nuca.
—Úsame —ordenó él, voz grave—. Úsame como la puta sexy que eres. Quiero ver esa polla rebotando mientras te follas mi verga. Quiero que te corras otra vez sin que te toque.
Ella obedeció. Se rebotaba sobre él con fuerza, el culo haciendo clap-clap-clap húmedo, la polla propia golpeándole el vientre y salpicando gotas. Se tocó los pezones aplastados a través del encaje, se pellizcó, y luego bajó una mano para masturbarse en seco, sucio, rápido. Warrick le dio una palmada fuerte en una nalga, luego otra, dejando la marca roja sobre la seda. Lucía se corrió así, montándolo: un chorro blanco y espeso que le salió a presión, salpicándole el pecho a él, el cuello, incluso la barba. Las contracciones del orgasmo le apretaron el culo como un puño alrededor de la polla de Warrick, que gruñó y se contuvo a duras penas.
—No todavía —dijo él entre dientes—. Quiero follarte la boca con el gusto de tu culo.
La levantó de un tirón. La polla salió con un pop obsceno y un hilillo de leche espesa le colgó del agujero abierto. Lucía ni siquiera tuvo tiempo de quejarse: Warrick la puso de rodillas al borde de la cama, le agarró la peluca y le empujó la cara contra su polla chorreante. Ella abrió la boca al instante, tragando el sabor a semen y a su propio culo, chupando con ansia, limpiando cada vena, cada gota. Babeó alrededor del glande, se atragantó cuando él le folló la garganta otra vez, y no apartó la mirada. Los ojos delineados, borrosos de lágrimas, fijos en los de él mientras le mamaba la polla hasta el fondo.
—Qué boquita de puta más perfecta —jadeó Warrick—. Trágatela. Chúpame limpia para volver a metértela.
Cuando la sacó, Lucía jadeaba, la barbilla brillante de babas y restos de carmín y leche. Warrick la tumbió de espaldas otra vez, le subió las piernas hasta casi doblarlas contra el pecho —las medias tensas, los ligueros marcando carne— y le volvió a clavar la polla de un solo empujón hasta los huevos. El grito de Lucía fue ahogado por la boca de él, un beso brutal, lengua y dientes. Empezó a follarla sin piedad, el colchón crujiendo, la cabecera golpeando la pared. Cada embestida le sacaba un gemido ronco. Él le masturbaba la polla otra vez, sucio, rápido, el frenillo torcido entre los dedos.
—Dime lo que eres —exigió, sudor cayéndole de la frente sobre los pechos aplastados de ella.
—Tu putita… tu zorra de tanga roto y medias… la que se deja el culo abierto para ti… fóllame más duro, Warrick, lléname otra vez…
Él obedeció. Las embestidas se volvieron casi violentas, el sonido de piel contra piel y de semen anterior saliendo a presión. Lucía sentía el orgasmo subir otra vez, inevitable, caliente, desde el fondo del culo hasta la base de la polla. Warrick lo sintió también: el agarre loco del esfínter, las piernas temblando en seda.
—Juntos —gruñó—. Te corro dentro otra vez y tú me pintas el pecho con tu leche de zorra.
Lucía se corrió primero, gritando su nombre, chorros blancos saliéndole a pulsos contra el abdomen de Warrick y el corpiño destruido. El culo le ordeñó la polla con fuerza y Warrick se derrumbó encima de ella, clavándose hasta el fondo y disparando. La segunda corrida fue más espesa, más caliente, oleadas que le llenaron las entrañas hasta que sintió que no cabía más. Goteaba por los lados del agujero mientras él seguía empujando, vaciándose del todo, los huevos contraídos, el rugido perdido en el cuello de Lucía.
Se quedaron así largos minutos, temblando, pegados por el sudor y el semen. Warrick salió al fin con un gemido, mirando cómo el culo de Lucía se cerraba despacio y dejaba escapar un hilo grueso de leche blanca que le bajaba entre las nalgas hasta el encaje roto del tanga y las medias. Le lamió el cuello, le besó la boca manchada, le acarició la peluca con una ternura sucia.
—Quédate así —repitió, más bajo—. No te quites ni el delineador. Quiero follarte al amanecer todavía vestida de puta hermosa. Mi Lucía.
Ella asintió, exhausta, el corazón latiéndole desbocado contra el pecho de él. Las piernas le temblaban demasiado para moverse. El semen le seguía saliendo a cada respiración profunda. Warrick la abrazó por detrás, la polla blanda ahora contra el culo lleno, una mano grande cubriéndole la polla todavía sensible.
Lucía cerró los ojos y sonrió contra la almohada manchada. Él no sabía —no tenía ni idea— que esa misma tarde, horas antes de que la llave girara en la cerradura, ella había firmado el contrato de un pequeño local en el centro. Un local con espejos y luces cálidas donde pensaba trabajar abiertamente como Lucía, maquillando a otras y vendiendo lencería. Había dejado la carta de renuncia en su propio cajón del trabajo, lista para enviarse mañana. Warrick creía que esto acababa de empezar como un secreto sucio entre las cuatro paredes del apartamento. Ella ya sabía que, al despertar, todo iba a ser mucho más grande, más real, y que él todavía dormía sin sospechar que la zorra de medias negras que tenía en brazos estaba a punto de quedarse para siempre.
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