Tentación en la Escala: La Madre de mi Mejor Amigo
Laura, la madre hotwife de mi amigo, me folla salvajemente con el permiso de su marido por videollamada.
El sol de la costa pegaba fuerte sobre la terraza de madera cuando llegué a la casa de playa. Diego me había insistido todo el semestre: «Carlos, vente el verano entero, mi viejo no está y hay espacio de sobra». Veintidós años, la universidad a medias y cero planes; acepté sin pensarlo dos veces. Lo que no le dije es que llevaba años palmeándome la polla pensando en su madre.
Laura abrió la puerta en un vestido blanco corto que apenas contenía aquellas tetas pesadas y maduras. Cuarenta y dos años, caderas anchas, muslos firmes y una sonrisa que me dejó seco. Me abrazó contra su pecho y noté el calor de su piel, el olor a coco y algo más oscuro, más mujer.
—Carlos, por fin. Estás más alto… y más guapo —susurró contra mi oído, sin soltarme del todo.
Diego soltó una risa baja detrás de mí. Nos miró a los dos con esa expresión cómplice que ya conocía: sabía perfectamente lo que su madre era y lo que su padre permitía. Sergio, el marido, empresario de esos que vuelan cada dos semanas, había convertido el matrimonio en un juego abierto. Hotwife consentida. Laura exploraba, él miraba o escuchaba, y los tres lo sabían.
Los primeros días fueron un martirio delicioso. Laura se tumba en la hamaca con tangas de hilo que se le metían entre los labios del coño y sujetadores que dejaban escapar medio pezón cuando se giraba. Yo fingía leer, la polla dura contra el bañador, mientras ella se pasaba crema por las tetas despacio, mirándome por encima de las gafas de sol.
—Te estás poniendo rojo, Carlos —me dijo un mediodía, cuando Diego había bajado a la playa—. ¿Es el sol… o soy yo?
Me agaché a su lado para alcanzarle la toalla. Ella abrió un poco más las piernas. El olor a coño caliente me subió directo a la cabeza.
—Eres tú —admití, la voz ronca—. Siempre has sido tú.
Laura se lamió el labio inferior y me rozó la rodilla con los dedos.
—Diego sabe. Sergio también. No te hagas el santo ahora.
Por las noches cenábamos los tres en la terraza. Diego se iba temprano a dormir o a follarse a alguna chica del pueblo, dejándonos solos con el ruido de las olas. Laura se acercaba más de la cuenta, me servía vino y dejaba que su pecho rozara mi brazo. Una vez me agarró la mano bajo la mesa y la llevó directa a su muslo interior, caliente y suave, hasta que noté la humedad del tanga.
—Desde que tenías dieciocho te miro de otra forma —confesó en voz baja—. Y tú a mí. No digas que no.
Yo tragaba saliva y asentía, la polla palpitando dentro del pantalón.
La noche que todo se rompió, Sergio llamó por videollamada justo después de la cena. Diego ya se había retirado. Laura puso el móvil en el soporte de la mesa, el vino a medio beber, y yo me quedé sentado enfrente, incapaz de moverme.
La cara de Sergio apareció en la pantalla: cincuenta y pico, segura, sonrisa torcida.
—Hola, mi putita guapa. ¿Está Carlos ahí?
—Está mirándome ahora mismo —respondió Laura, y se giró hacia mí con los ojos encendidos—. Dile lo que me dijiste esta tarde.
Sergio se rió bajo.
—Carlos, escúchame bien. Quiero que te la folles. Que la uses como la zorra caliente que es. Ella te desea desde hace años y yo también quiero verla. Laura, enseñale las tetas.
Sin dudar, Laura se bajó los tirantes del vestido. Aquellos pechos grandes y pesados cayeron libres, pezones oscuros y duros. Los apretó con las manos y se los ofreció a la cámara… y a mí.
—Míralas, Carlos. Son tuyas esta noche —dijo Sergio—. Llévala arriba. Quiero oírla gritar tu nombre. Y no te corras fuera: llénale el coño. ¿Entendido?
Asentí, la garganta seca. Laura colgó casi, dejó la llamada en segundo plano con la cámara apuntando, y me tomó de la mano. Sus dedos estaban temblando de ganas.
—Los dos lo queremos desde hace demasiado —susurró contra mi boca—. Ven.
Subimos las escaleras. La habitación de matrimonio olía a ella: perfume caro y sexo contenido. Laura cerró la puerta con el pie, se arrodilló delante de mí y me bajó el pantalón de un tirón. Mi polla saltó gruesa, venosa, ya goteando. Ella la miró como quien ve un trofeo.
—Joder, qué gruesa… —y se la metió entera hasta la garganta de un solo movimiento.
El calor húmedo de su boca me arrancó un gemido. Laura chupaba con hambre, babas cayéndole por la barbilla, ojos de puta en alto mientras me miraba. Usaba la lengua bajo el glande, apretaba con la garganta, se atragantaba y seguía. Yo le agarré el pelo y empecé a follarle la boca despacio, sintiendo cómo se le dilataban las fosas nasales.
—Así, trágatela… puta madura de mi amigo —gruñí.
Ella se separó solo para escupir en la polla y volver a engullirla. Cuando ya no pude más, la levanté, la tiré en la cama y le arranqué el vestido. El tanga estaba empapado, pegado a los labios hinchados de su coño. Me lo quité con los dientes y lami su raya abierta: sabor a sal y a ganas acumuladas. Laura se arqueó.
—Súbete y móntame —ordené.
Se colocó en vaquera, me agarró la base y se hundió de un golpe. Su coño me apretó caliente, goteando por mis huevos. Empezó a rebotar salvaje, tetas grandes golpeándole la cara a cada bajada, pezones duros. Gritaba sin vergüenza:
—¡Joder, Carlos! ¡Qué bien me la metes! ¡Más fuerte, destrozame!
Yo le agarré las caderas y empujé hacia arriba, follándola desde abajo mientras ella rebotaba. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. En el móvil, la voz de Sergio se oía ronca:
—Así, mi amor. Rebótalo bien. Enséñale cómo se usa una casada.
Laura se corrió primera, el coño contrayéndose en espasmos, chorreándome la polla. Apenas le di respiro: la giré a cuatro patas contra la ventana grande que daba a la oscuridad de la playa. Le azoté el culo maduro, rojo al instante, y se lo volví a meter hasta el fondo. Ella empujaba hacia atrás, pidiéndolo.
—Azótame más… mete los dedos, por favor…
Le hundí dos dedos en el coño empapado mientras la follaba, sintiendo cómo se dilataba alrededor de mi verga. Los jugos le bajaban por los muslos. La agarré del pelo y la forcé a mirar el reflejo en el cristal: una madre de cuarenta y dos siendo usada por el mejor amigo de su hijo.
—Mírate… qué puta estás hecha.
—Sí… soy tu puta esta noche —jadeó.
La volví a tumbar de espaldas. Misionero. Quería verle la cara. Me metí entre sus piernas abiertas, le enganché las rodillas sobre mis hombros y se la enterré profunda. Laura me agarró la cara y me besó con lengua, sucia, desesperada.
—Bésame mientras me llenas… corrête dentro, Carlos. Quiero tu leche en el coño. Sergio quiere verlo.
Empujé más fuerte, los huevos pegándole al culo, el glande rozándole el fondo. Ella se corrió otra vez, uñas clavándoseme en la espalda, gritando mi nombre. Yo no aguanté: la polla palpitó y me corrí a chorros dentro de ella, bombeando semen caliente hasta que se me salió por los bordes. Me quedé clavado, jadeando, sintiendo cómo su coño me ordeñaba hasta la última gota.
En la pantalla, Sergio respiraba agitadamente.
—Bien… muy bien los dos. Ahora no te salgas todavía, Carlos. Déjasela dentro. Laura, aprieta. Quiero que se le escurra despacio cuando se levante mañana delante de Diego.
Laura me abrazó con piernas y brazos, todavía temblando, la polla mía ablandándose pero aún dentro, el semen caliente saliéndole a hilos. Me miró a los ojos, sudada, labios hinchados, y sonrió con esa lujuria que no se había apagado.
—Esto solo acaba de empezar —susurró contra mi boca—. Mañana Diego se va a bucear todo el día… y Sergio quiere otra ronda. Más dura. ¿Te quedas?
Noté cómo mi polla volvía a latir dentro de ella solo con esas palabras. Afuera las olas seguían rompiendo. En el pasillo se oyó un ruido lejano: Diego moviéndose en su habitación. Laura apretó el coño a propósito, atrapándome, y me mordió el labio inferior.
—No te vayas todavía —repitió, más bajo—. Hay cosas que todavía no te he dejado hacerle a este cuerpo… y mi marido quiere oírlas todas.
Se quedó dentro un rato más, sintiendo el calor espeso de su propio semen mezclado con los jugos de ella. Laura no aflojaba las piernas. Apretaba a ratos, lenta, deliberada, como si quisiera exprimirle hasta la última gota y guardársela. En la pantalla Sergio ya no decía nada; solo se oía su respiración irregular, el roce de una mano fuera de cámara. Diego se movió otra vez en el pasillo y los tres se quedaron quietos un segundo, el corazón latiendo demasiado fuerte. Luego el silencio de la casa volvió a caer.
—Mañana —repitió Laura contra su cuello—. Todo el día.
Carlos asintió sin palabras. Se retiró despacio. El semen le brotó en un hilo grueso que le bajó por el muslo interior hasta la sábana. Laura se lo recogió con dos dedos, se los metió en la boca y chupó mirándolo. Sergio soltó un gemido bajo desde el móvil.
—Guárdalo. Quiero que se despierte oliendo a él.
Durmieron juntos en esa cama de matrimonio. Carlos se despertó varias veces con la polla dura contra el culo de Laura y ella empujando hacia atrás en sueños, buscando. Cada vez la tomaba despacio, sin sacarla del todo, y se corría otra vez dentro, llenándola más. Al amanecer ella ya tenía los labios del coño hinchados y brillantes, y el semen seco le marcaba la piel de los muslos.
Diego bajó a desayunar con la tabla de buceo al hombro. Laura le preparó café como si nada, el albornoz semiabierto dejando ver la marca roja de una mano en la cadera. Carlos fingió leer el periódico, la entrepierna todavía sensible. Cuando el coche de Diego se alejó por la carretera de la costa, Laura dejó la taza y se giró.
—Ahora.
El móvil volvió a la mesa. Sergio contestó al segundo toque. Iba en mangas de camisa, en algún hotel lejano, la corbata floja y los ojos oscuros.
—Enséñamelo todo. Quiero oírla llorar de placer. Carlos, hoy no le tengas piedad. Usa el culo también. Ella lo pidió anoche cuando pensaba que yo no escuchaba.
Laura se desabrochó el albornoz. Estaba desnuda debajo. Las tetas pesadas, los pezones aún marcados de la noche, el coño afeitado y brillante de lubricación fresca. Se arrodilló en el sofá de la terraza, de espaldas a la cámara, y separó los glúteos con las manos.
—Míralo, Sergio. Está listo. Carlos me ha estado abriendo toda la madrugada con los dedos mientras dormías.
Carlos se quitó la ropa. La polla ya estaba dura otra vez, gruesa, venosa, todavía manchada de ella. Se arrodilló detrás. Primero se la metió en el coño de un solo empujón húmedo. Laura gritó y empujó hacia atrás. El sonido de la carne mojada llenó la terraza abierta. Él la agarró de las caderas y la embistió con fuerza, profunda, sin ritmo al principio, solo necesidad. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y soltar un gemido ronco.
—Más fuerte… joder, destrozame el coño delante de mi marido…
Sergio hablaba bajo, la voz rota:
—Así, mi puta. Deja que el amigo de tu hijo te use. Dile lo que quieres.
—Quiero la polla en el culo —jadeó Laura—. Quiero que me la meta entera y me llene los dos agujeros. Carlos, por favor…
Él se salió. El coño quedó abierto, goteando semen viejo y nuevo. Escupió entre los glúteos, untó el agujero apretado con el glande y empujó. Laura se tensó, jadeó agudo, y después se abrió. Entró centímetro a centímetro, sintiendo el anillo caliente cerrarse alrededor. Cuando estuvo hasta las bolas, se quedó quieto un segundo, respirando contra su espalda.
—Joder… qué estrecho…
—Muévete —rogó ella—. Fóllame el culo como me follaste el coño anoche.
Empezó lento. Después más fuerte. Las nalgas maduras le temblaban a cada golpe. Laura metió la mano entre sus piernas y se frotaba el clítoris con desesperación mientras él le destrozaba el culo. Sergio gemía en la llamada, dándose placer él mismo.
—Cuéntame cómo se siente, Laura.
—Se siente… tan gruesa… me está abriendo… ¡ah, joder, más profundo! Carlos, azótame mientras me la metes.
Las palmadas resonaron. La piel se puso roja. Carlos le agarró el pelo, la forzó a mirar a la cámara y le clavó la polla hasta el fondo otra y otra vez. Ella babeaba, los ojos vidriosos, la boca abierta.
—Soy la puta de mi marido y del mejor amigo de mi hijo… usadme…
Se corrió con el culo lleno, el cuerpo entero convulsionando, el coño chorreando sobre la tela del sofá. Carlos no paró. La sacó, la volvió a meter en el coño empapado, tres embestidas, otra vez al culo, alternando hasta que Laura ya no formaba palabras, solo gemidos rotos. Cuando sintió que se acercaba, se salió del culo, se la metió otra vez en la boca y le llenó la garganta. Ella tragó todo lo que pudo, el resto le bajó por la barbilla hasta las tetas. Sergio ordenó:
—En la cara también. Márcala.
Carlos se corrió otra vez, chorros calientes sobre los labios, la nariz, las mejillas. Laura se lo untó con los dedos, se lo metió en la boca, se lo frotó en los pezones. La cámara lo captaba todo.
Todavía no había terminado. Sergio quería más. Laura se tumbó de espaldas en la mesa de la terraza, las piernas abiertas en V, el culo y el coño ambos rojos y abiertos. Carlos se subió encima y se la folló en misionero otra vez, lento primero, después salvaje, los huevos golpeándole el culo ya usado. Ella le arañaba la espalda, le mordía el hombro, le susurraba al oído:
—Lléname otra vez… quiero ir así todo el día… que Diego huela a ti cuando vuelva y no diga nada…
Se corrió dentro del coño por tercera vez esa mañana. El semen le salió a borbotones cuando él se retiró. Laura lo recogió con la mano y se lo metió de nuevo, empujándolo hacia adentro, apretando. Después se giró y le ofreció el culo otra vez. Carlos se la metió hasta el fondo y se quedó quieto, solo pulsando, sintiendo cómo ella lo ordeñaba con contracciones deliberadas.
Pasaron horas. Follaron en la ducha, contra el cristal, el agua llevándose el sudor pero no el olor a sexo. En la cocina, Laura subida a la encimera, las piernas sobre los hombros de Carlos mientras él le comía el coño ya destrozado y después se lo volvía a follar. En el suelo de la habitación, ella a horcajadas, rebotando hasta que las tetas le dolían de tanto golpear. Sergio estuvo en la llamada casi todo el tiempo, a veces callado, a veces gritando órdenes, a veces solo respirando fuerte cuando se corría él mismo.
Cuando el sol empezó a bajar, Diego aún no había vuelto. Estaban los dos en la cama grande, empapados, el semen secándose en sábanas y piel. Carlos tenía la polla sensible, casi dolorida de tanto usarla. Laura tenía el coño y el culo abiertos, hinchados, goteando todavía un hilo blanco cada vez que se movía. Sergio había colgado hacía un rato con un “os quiero, mi putita y el chico que te folla tan bien. Mañana más”.
Laura se acurrucó contra el pecho de Carlos. Él le pasó la mano por el pelo húmedo. Fuera, las olas seguían rompiendo contra la arena. No se oía ningún coche todavía. Solo el viento y el agua.
Ella suspiró, larga, profunda, el cuerpo finalmente flojo. Carlos cerró los ojos. El silencio se instaló entre ellos como una sábana fresca: sin palabras, sin gemidos, sin órdenes. Solo la respiración sincronizada y el mar lejano.
Nada más.
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