Compartiendo la Tienda con mi Amiga Elfa

Dos amigas, humana y elfa, comparten tienda diminuta y se entregan al deseo reprimido.

24 min read August 11, 2026New

El bosque encantado rugía fuera de la tienda mágica, un vendaval de rayos violeta y lluvia cargada de esporas brillantes que convertía la noche en un infierno húmedo. Dentro, el espacio era ridículo: apenas cabían dos cuerpos estirados si se pegaban pecho con pecho. Lucía, de veinticuatro años, se retorció contra el saco de dormir compartido, la camisa de lino empapada de sudor pegada a sus tetas firmes, los pezones duros rozando la tela cada vez que respiraba. A su lado, Elara, la elfa hechicera de ciento veintiocho años y cuerpo de veinte, soltaba un aroma almizclado, dulce y salvaje, a musgo mojado y coño caliente. Sus piernas largas y pálidas se enredaban con las de la humana; la tormenta las había obligado a desnudarse casi del todo para no asarse vivas.

—Joder, Elara… no cabe ni un puto dedo entre nosotras —susurró Lucía, notando cómo el muslo sedoso de la elfa se deslizaba entre los suyos. El calor de esa piel la volvía loca. Llevaba años reprimiendo las ganas de morder esos labios puntiagudos, de hundir la cara entre esas nalgas altas y redondas.

Elara abrió los ojos almendrados, las pupilas dilatadas en la penumbra mágica de la tienda. Su voz salió ronca, en ese du-Form íntimo que solo usaba con ella:

—No puedo dormir, Lucía. Tengo el coño ardiendo. Siento tu coño rozándome la pierna y se me pone la concha empapada. Llevo meses fantaseando con lamerte el coño… con abrir tus labios con la lengua y chuparte el clítoris hasta que me mees de placer en la boca. Desde aquella noche en la posada de Valenwood, cuando te vi saliendo del baño con la toalla a medias… me toqué pensándote. Me corrí tres veces murmurando tu nombre.

Lucía se quedó sin aire. El confesión le golpeó directo al clítoris hinchado. Sintió cómo se le empapaban las bragas mínimas.

—Yo también, joder. Cada vez que te veo conjurar con esos dedos largos pienso en metértelos en el culo. Quiero tu lengua de elfa dentro de mi coño, quiero olerte el culo mientras me follas con la cara. Estoy empapada, Elara. Tócame.

Las manos se buscaron sin más preámbulos. Los dedos de Elara se colaron bajo la camisa de Lucía, atraparon un pezón erecto y lo pinzaron con fuerza, retorciéndolo hasta arrancarle un gemido gutural. Lucía le devolvió el favor: le palpó las tetas firmes y altas de la elfa, los pezones rosados y puntiagudos como flechas, y los chupó a través de la fina túnica de seda antes de arrancársela de un tirón. Piel contra piel. Elara montó a horcajadas el muslo grueso de la humana y empezó a frotar su clítoris hinchado, resbaladizo, dejando un rastro brillante de jugos por la piel bronceada.

—Mírate… me estás mojando toda la pierna, putita élfica —jadeó Lucía, agarrándole las caderas para ayudarla a restregarse más fuerte—. Frota ese coñito contra mí. Quiero sentirte correrte así.

Elara gemia sin vergüenza, las orejas puntiagudas temblando, el aroma almizclado subiendo como incienso de puta. Sus clítoris se frotaban a través de la piel, resbalosos, calientes, y las dos se miraban con hambre animal, bocas entreabiertas, saliva brillando en los labios.

—Entrégate… joder, vamos a follarnos de una vez —ordenó Elara, y Lucía asintió, loca.

Lucía se tumbó de espaldas en el estrecho colchón mágico, abrió las piernas todo lo que permitió la tienda y se corrió las bragas a un lado. Su coño estaba hinchado, los labios abiertos, el clítoris asomando como un botón rojo y latiendo. Elara se arrodilló entre sus muslos, la larga lengua élfica —más larga, más flexible, con una textura casi rugosa en el centro— salió y lamió de un solo trazo desde el culo hasta el clítoris. Lucía gritó.

—Ahhh, sí, chúpamelo… métela entera.

Elara no se anduvo con tonterías. Le abrió los labios con los pulgares y se puso a comerla como si llevara siglos muriéndose de hambre: chupaba el clítoris hinchado con fuerza, lo azotaba con la punta de la lengua, lo aspiraba entre los labios mientras metía dos dedos largos y mágicos dentro del coño apretado de Lucía. Los dedos vibraron al instante, un hechizo sucio que hacía temblar las paredes internas. Lucía arqueó la espalda, agarró las orejas puntiagudas de la elfa y se la empotró contra el coño.

—Más fuerte… fóllame el coño con la lengua, zorra.

Elara gruñó contra su carne, añadió un tercer dedo vibrante y le lamió el culo al mismo tiempo, la lengua rozando el agujero fruncido. Cuando Lucía ya estaba a punto de correrse, la elfa se subió encima en un 69 torpe y desesperado dentro de la tienda diminuta. El coño de Elara —calvo, rosado, goteando hilos transparentes— bajó sobre la cara de Lucía. La humana abrió la boca y lamió con avidez: saboreó el almizcle fuerte, chupó los labios hinchados, empujó la lengua dentro del agujero apretado y le restregó la nariz contra el clítoris. Al mismo tiempo, Elara le devoraba el coño desde arriba, metiéndole la lengua hasta la garganta del coño, lamiéndole también el culo con la misma hambre.

Se lamían los coños empapados y los culos con sonidos obscenos, chapoteos, gemidos ahogados contra la carne. Elara se sentó de verdad en la cara de Lucía, le tapó la nariz y la boca con su coño chorreante y empezó a cabalgarle la lengua como si fuera una polla. Se restregaba adelante y atrás, untándole los jugos por toda la cara, los pezones duros rozando el vientre de la humana.

—Cómeme el coño… así, sácame la lengua, más adentro… ¡me corro, me corro en tu puta boca!

Elara se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, un chorro caliente saliéndole directo a la lengua y la barbilla de Lucía. La humana se la bebió toda, lamiendo hasta la última gota mientras la elfa temblaba encima. Aún sin recuperarse, Elara se bajó a cuatro patas, ofreciéndole el culo alto y las nalgas puntiagudas. Lucía se arrodilló detrás, le metió tres dedos de golpe en el coño empapado y empezó a follársela en perrito con fuerza, el pulgar restregándole el clítoris.

—Mira qué culo de elfa tan puto perfecto —dijo Lucía, y le azotó una nalga con la palma abierta. El sonido resonó en la tienda. Otra nalgada, y otra. La piel pálida se enrojeció. Luego le escupió en el agujero del culo y le metió un dedo hasta el nudillo, follándole los dos agujeros a la vez.

—¡Más duro! ¡Azótame y fóllame el culo con el dedo, humana de mierda! —rogó Elara, empujando hacia atrás.

Lucía la folló así hasta que las piernas de la elfa flaquearon. Entonces se tumbaron de lado, enredaron las piernas y juntaron los coños chorreantes en tijera. Labios contra labios, clítoris aplastados uno contra el otro, se frotaron con fuerza bruta, los jugos mezclándose, el olor a sexo llenando el aire cerrado de la tienda. Se agarraron de las manos, se miraron a los ojos y se restregaron más rápido, más sucio, hasta que las dos se corrieron juntas a chorros: un orgasmo largo, violento, que les sacó gritos y les dejó los muslos temblando y encharcados.

Después del intenso orgasmo, Elara, aún jadeando, levantó una mano temblorosa y murmuró un hechizo suave. Una luz dorada barrió sus cuerpos sudorosos, limpiando el semen de coño, el sudor y la saliva, dejando la piel tibia y relajada, aunque el olor a follada todavía flotaba como un recuerdo. Las dos se abrazaron en el espacio mínimo, pechos pegados, piernas enredadas, corazones latiendo a mil. Lucía le besó el cuello, justo debajo de la oreja puntiaguda, y sintió cómo el coño de la elfa volvía a humedecerse contra su muslo.

—Esto… no ha sido suficiente —susurró Elara contra su boca, la voz todavía rota de placer—. Llevo demasiado tiempo queriéndote. Y afuera la tormenta mágica no para. Tenemos toda la noche… y yo todavía quiero meterte la lengua otra vez, y quiero que me uses hasta que no pueda caminar mañana.

Lucía le apretó el culo con ambas manos, sintiendo el calor que ya renacía entre sus propias piernas, la tienda demasiado pequeña, el bosque aullando, y el deseo recién destapado latiéndoles como una segunda tormenta bajo la piel.

Lucía no esperó respuesta. Con las manos aún clavadas en las nalgas de Elara, la giró de golpe hasta dejarla de espaldas contra el saco, pechos aplastados contra pechos, y le metió la lengua hasta la garganta. El beso fue sucio, saliva espesa, dientes rozando labios hinchados. Elara contestó con un gemido gutural y le abrió las piernas con las rodillas, empujando su coño todavía resbaladizo contra el de la humana. Los clítoris se rozaron otra vez, sensibles hasta doler, y Lucía sintió cómo le volvía la necesidad como un golpe en el bajo vientre.

—No limpies más, joder —jadeó contra la boca de la elfa—. Quiero olerte el coño usado. Quiero que me dejes la cara hecha un desastre otra vez.

Elara rió, baja y ronca, y levantó las caderas. Un hilo brillante de jugos todavía le bajaba por el muslo interno. Con un movimiento ágil se sentó a horcajadas sobre el pecho de Lucía, las rodillas apretando las costillas, y se inclinó hacia adelante hasta que su culo quedó a centímetros de la cara de la humana.

—Entonces lámelo sucio —ordenó—. Mírame el agujero. Está abierto de tus dedos. Métela hasta donde te quepa.

Lucía no necesitó más. Agarró las nalgas pálidas, las separó con fuerza y clavó la lengua recta en el culo fruncido de la elfa. El sabor era amargo y almizclado, todavía caliente del orgasmo anterior. Empujó más adentro, la lengua flexible y ávida, mientras Elara se retorcía y se frotaba el coño con dos dedos delante de su cara. Los jugos le caían en la barbilla, goteando. Lucía lamió de arriba abajo: del ano al coño, del coño al ano, chupando, aspirando, metiendo la lengua en los dos agujeros por turnos como si quisiera limpiarlos a base de saliva y hambre.

—Así… puta humana… más profunda —gimió Elara, y se sentó de verdad sobre la boca de Lucía. El peso de su culo le tapó la nariz. Lucía apenas podía respirar, pero no le importó: se la comía con violencia, los labios abiertos, la lengua empujando, las manos azotándole las nalgas abiertas con palmadas húmedas que resonaban en la tienda diminuta. Cada nalgada dejaba la marca roja en la piel élfica. Elara se corría de nuevo en menos de un minuto, un chorro corto y caliente que le salpicó la lengua y la mejilla a Lucía. Se quedó temblando encima, soltando risitas entrecortadas.

—No pares… joder, no pares todavía.

Lucía la empujó hacia un lado, la puso de rodillas y de cara al suelo del saco. El espacio era tan estrecho que la cabeza de Elara rozaba la pared mágica de la tienda. Lucía se arrodilló detrás, le separó las piernas al máximo y le escupió dos veces en el coño abierto. Luego le metió cuatro dedos de golpe. Elara gritó, el sonido ahogado contra la tela.

—Te cabe todo, zorra élfica —dijo Lucía, follándola con la mano entera casi, el pulgar apretándole el clítoris hinchado—. Mira cómo te abre. Tu coño me chupa los dedos. ¿Quieres el puño? Dímelo.

—Sí… sí, mételo, Lucía, rómpeme el coño con la mano —rogó Elara, empujando hacia atrás. Su voz salía rota, las orejas temblando.

Lucía juntó los dedos, giró la muñeca y empujó despacio. El anillo de músculos se estiró, resbaladizo, y de pronto la mano entera desapareció dentro hasta la muñeca. Elara soltó un alarido largo y se corrió otra vez en seco, el cuerpo convulsionando, el coño apretando con fuerza rítmica alrededor de la mano de Lucía. La humana la folló así, lenta y profunda, sintiendo las paredes calientes y húmedas contra los nudillos, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris en círculos brutales.

—Eres una puta de lujo —susurró Lucía al oído, inclinándose sobre su espalda—. Llevo años queriendo hacerte esto. Meterte la mano hasta el fondo y sentirte correrte como una perra en celo. ¿Lo sientes? Me estás empapando hasta el codo.

Elara solo podía gemir y empujar. Cuando Lucía sacó la mano con un sonido obsceno y chapoteante, los jugos le chorreaban por la muñeca. Se los lamió del brazo delante de la cara de la elfa y luego se los metió en la boca a ella. Elara chupó sus propios fluidos de los dedos de Lucía como si fueran una polla, la lengua larga y rugosa limpiando cada pliegue.

No se detuvieron. Lucía se tumbaron de lado otra vez, pero esta vez de espaldas una contra la otra, las piernas enredadas por detrás, y se buscaron los coños con las manos. Se metieron los dedos mutuamente, se follaron a ciegas, los cuerpos sudorosos resbalando. Elara conjuró un segundo hechizo entre gemidos: una pequeña vara de luz dorada y gruesa, del tamaño de una polla dura, apareció entre sus dedos. La pasó por detrás y se la empujó a Lucía en el coño de un solo golpe.

—Tómala… tómala toda, humana —gruñó—. Quiero follarte yo también.

La vara vibró al instante, más fuerte que los dedos, y Lucía gritó. Elara la embistió desde atrás con la magia, profunda y rápida, mientras Lucía le devolvía el favor metiéndole tres dedos en el culo y dos en el coño. Se follaron así, enredadas, culo contra culo, los sonidos húmedos llenando la tienda. El olor a sexo era espeso, casi visible. Lucía sintió el orgasmo subir como un trueno: le subió por las piernas, le apretó el vientre y le salió en un chorro que mojó el saco y la mano de Elara. Casi al mismo tiempo la elfa se vino otra vez, el cuerpo rígido, un gemido largo y animal escapándosele de la garganta.

Aun así no bastó. Se giraron, jadeando, y Elara se subió a la cara de Lucía otra vez, pero ahora al revés: le sentó el culo en la boca y se inclinó a chuparle el coño a cuatro patas. Se comieron en 69 profundo, lenguas dentro, dedos en los culos, nalgas temblando. Lucía le metió la lengua lo más hondo que pudo en el ano de la elfa mientras le frotaba el clítoris con dos dedos; Elara le chupaba el coño con fuerza, aspirando, y le azotaba el culo con la palma abierta cada vez que Lucía se retorcía.

—Me voy a correr otra vez… joder, Elara, me estás destrozando el coño con esa lengua de puta —jadeó Lucía contra la carne.

—Entonces córrete en mi boca y después me vas a follar el culo con los dedos hasta que llore —contestó la elfa, la voz amortiguada entre sus muslos.

Se corrieron casi juntas otra vez, más sucias, más ruidosas. Los jugos se mezclaban, chorreaban por barbillas y cuellos. Cuando el temblor pasó, se quedaron unos segundos sin moverse, solo respirando el aire cargado de follada. Pero el deseo no se apagaba. Lucía sentía el coño latiendo, vacío, pidiendo más. Elara se deslizó a su lado, le agarró la cara con las dos manos y le lamió la saliva y los jugos que le quedaban en la mejilla.

—Todavía no es suficiente —susurró, los ojos almendrados brillantes de lujuria—. Quiero que me uses de verdad. Quiero que me aterrices la cara en tu coño hasta que no pueda hablar. Y quiero que me dejes el culo abierto y rojo. La tormenta sigue ahí fuera… y yo sigo empapada por ti.

Lucía le mordió el labio inferior hasta casi sangrar y le metió dos dedos de nuevo en el coño caliente, solo para sentir cómo la apretaba.

—Entonces abre las piernas otra vez, elfa. Vamos a follarnos hasta que la tienda huela solo a nosotras. Y cuando ya no puedas más… te voy a hacer pedirme que te folle el culo con la lengua otra vez. Toda la noche. Hasta que el bosque se calle.

Elara abrió las piernas al instante, el clítoris hinchado y rojo asomando entre los labios hinchados, y tiró de Lucía hacia abajo. Fuera, un rayo violeta iluminó la lona por un segundo. Dentro, el calor volvía a subir entre los muslos, más fuerte, más sucio, sin ninguna intención de detenerse.

Lucía no le dio tiempo a recuperar el aliento. Se abalanzó sobre Elara, le separó las rodillas con las manos bruscas y hundió la cara entre sus muslos otra vez, pero esta vez sin piedad. La lengua se clavó directo en el clítoris hinchado y rojo, lamiendo en círculos rápidos y sucios mientras aspiraba con fuerza. Elara arqueó la espalda, las orejas puntiagudas temblando, y agarró el pelo de la humana para empujarla más adentro.

—Joder, sí… chúpame ese coño usado, puta. Sácame todo lo que me queda —jadeó la elfa, moviendo las caderas contra la boca de Lucía—. Llevo meses mojándome la ropa interior cada vez que te veía agacharte a recoger leña. Me imaginaba esto: tu lengua humana gruesa metida hasta el fondo, tu nariz aplastada contra mi clítoris.

Lucía gruñó contra la carne caliente. Saboreaba el almizcle espeso, los restos de los orgasmos anteriores mezclados con saliva fresca. Metió la lengua lo más hondo que pudo en el agujero apretado, la sacó empapada y la arrastró despacio hasta el culo todavía abierto. Empujó dentro del ano con un movimiento lento y profundo, sintiendo cómo el anillo de músculos se contraía alrededor. Al mismo tiempo le metió tres dedos en el coño y empezó a follarla con golpes cortos y duros, el pulgar restregándole el clítoris sin descanso.

Elara se retorcía, los pechos firmes subiendo y bajando, los pezones rosados duros como piedras. El espacio de la tienda los obligaba a estar pegadas; cada movimiento hacía que sus pieles sudorosas resbalaran. Lucía sentía el calor del muslo de la elfa contra su propia mejilla, el olor a follada subiendo hasta marearla. Quería más. Siempre más.

Sacó la lengua del culo con un sonido obsceno y se incorporó lo justo para escupirle encima del coño abierto. La saliva espesa se mezcló con los jugos y Lucía la embadurnó con la mano, metiendo cuatro dedos de golpe otra vez.

—Te encanta que te abra, ¿verdad, zorra élfica? —dijo, la voz ronca—. Mira cómo te tragas la mano. Tu coño me chupa hasta los nudillos. Dime que quieres el puño otra vez. Dímelo sucio.

—Mételo… joder, mételo entero, Lucía. Rómpeme. Quiero sentir tu puta mano dentro hasta que no quepa ni un dedo más —rogó Elara, empujando las caderas hacia atrás. Sus ojos almendrados brillaban de lujuria pura—. Llevo demasiado tiempo aguantándome. Cada noche en el campamento me tocaba el coño pensándote follandome así, con esa cara de humana bestia.

Lucía juntó los dedos, giró la muñeca y empujó. El coño de Elara se estiró, resbaladizo y caliente, y la mano entera desapareció hasta la muñeca con un chapoteo húmedo. La elfa gritó, un sonido largo y animal que se ahogó contra el saco. Su cuerpo se tensó y se corrió en seco, las paredes internas apretando rítmicamente alrededor de la mano de Lucía como si quisieran tragársela. Lucía no se detuvo. La folló con movimientos lentos y profundos, sintiendo cada contracción, cada temblor, mientras con la otra mano le azotaba una nalga pálida una y otra vez. La piel se enrojeció al instante. Otra nalgada. Y otra. El sonido llenaba la tienda diminuta, mezclado con los gemidos rotos de Elara.

—Eres mi puta de lujo —susurró Lucía al oído, inclinándose sobre su espalda sudorosa—. Me estás empapando el brazo entero. Siento cómo te corres. Quiero que me dejes la mano chorreando.

Cuando sacó la mano con un ruido sucio y chapoteante, los jugos le bajaban por la muñeca hasta el codo. Se los lamió despacio delante de la cara de Elara y luego se los metió en la boca a la elfa. Elara chupó con hambre, la lengua larga y rugosa limpiando cada pliegue, tragándose sus propios fluidos como si fueran el mejor néctar. Lucía le metió los dedos más adentro, hasta la garganta, y Elara los aceptó sin quejarse, babas espesas cayéndole por la barbilla.

No bastaba. Lucía se tumbaron de lado, pecho contra pecho otra vez, y juntó los coños hinchados en tijera bruta. Labios abiertos rozándose, clítoris aplastados uno contra el otro, se frotaron con fuerza, los jugos mezclándose en un hilo brillante y espeso. Elara agarró la cadera de Lucía y tiró, acelerando el ritmo. El calor era sofocante. Cada restregón enviaba chispas directas al bajo vientre de las dos.

—Más fuerte… frota ese coñito contra el mío —jadeó Lucía, mordiéndole el hombro—. Quiero correrme así, con tu clítoris aplastado contra el mío. Quiero que me dejes el muslo encharcado.

Elara conjuró entre gemidos. Una vara mágica más gruesa esta vez, del tamaño de una polla gruesa y venosa, apareció en su mano. La pasó entre sus cuerpos y la empujó dentro del coño de Lucía de un solo golpe profundo. La humana gritó, el placer subiéndole como un rayo. La vara vibró al instante, un hechizo sucio que hacía temblar las paredes internas. Elara la embistió con la magia mientras seguía frotando su propio clítoris contra el de Lucía, los dos coños chapoteando alrededor del objeto dorado.

—Tómala toda, humana de mierda —gruñó la elfa—. Quiero follarte el coño hasta que me pidas clemencia. Y después te voy a meter esta misma vara en el culo. ¿Lo oyes? Te voy a abrir los dos agujeros.

Lucía se corrió primero, un chorro caliente que mojó la vara, el saco y el muslo de Elara. El orgasmo le sacudió las piernas, le apretó el vientre y le arrancó un grito gutural. Apenas se recuperó, le arrancó la vara a Elara, se la lamió limpia con la lengua larga y se la empujó a la elfa en el culo de un golpe seco. Elara aulló de placer, las nalgas tensándose. Lucía la folló así, profunda y rápida, mientras le metía tres dedos en el coño al mismo tiempo. Los dos agujeros llenos, estirados, chorreantes.

—Mira cómo te abre el culo esa magia —dijo Lucía, azotándole la nalga libre—. Eres una zorra élfica que se corre con cualquier cosa dentro. Dime que te gusta. Dime que quieres más.

—Me encanta… joder, me encanta que me uses. Fóllame más duro. Métela entera. Quiero que me dejes el culo abierto y rojo para que mañana no pueda sentarme sin acordarme de ti —rogó Elara, empujando hacia atrás, tragándose la vara hasta el fondo.

Se giraron otra vez en el espacio ridículo. Elara se subió a la cara de Lucía en 69 inverso, le sentó el culo empapado directamente sobre la boca y se inclinó a devorarle el coño. Lucía abrió la boca y se la comió con violencia: lengua en el ano, nariz en el coño, manos abriéndole las nalgas al máximo. Cada lametón era sucio, profundo, ruidoso. Elara le chupaba el clítoris con fuerza, lo azotaba con la punta de su lengua élfica más larga y flexible, y le metía dos dedos en el culo al mismo tiempo. Se follaban la cara mutuamente, jugos chorreando por barbillas y cuellos, gemidos ahogados contra la carne.

Lucía sentía el orgasmo subir de nuevo, más fuerte, más sucio. El aroma almizclado de Elara la volvía loca. Pensaba en todas las noches reprimidas, en cómo había mirado ese culo alto y esas tetas firmes sin atreverse. Ahora lo tenía todo. Y no pensaba parar.

—Me corro… joder, Elara, me estás destrozando —jadeó contra el culo de la elfa—. Chúpame más fuerte. Quiero llenarte la boca.

Elara no contestó con palabras. Aspiró el clítoris de Lucía con fuerza y le metió un tercer dedo en el culo. Lucía se vino a chorros, el cuerpo convulsionando, los jugos salpicándole la cara a la elfa. Elara se los bebió todos, lamiendo hasta la última gota, y se corrió ella también segundos después, un chorro caliente directo a la lengua de Lucía. Se quedaron temblando, enredadas, el aire de la tienda espeso como niebla de sexo.

Pero el deseo no bajaba. Lucía sintió el coño latiendo, vacío, pidiendo más. Empujó a Elara de espaldas otra vez, le abrió las piernas hasta que casi le dolieran y le escupió tres veces en el coño y el culo. Luego le metió la lengua en el ano otra vez, profunda, mientras le frotaba el clítoris con dos dedos brutales.

—No has tenido suficiente —dijo entre lametones—. Vas a pedírmelo. Vas a rogarme que te folle el culo con la lengua toda la noche. Y cuando ya no puedas más… te voy a hacer cabalgar mi cara hasta que te desmayes.

Elara soltó una risa rota, las pupilas dilatadas, el cuerpo brillando de sudor y jugos.

—Entonces no pares, humana. Métela más hondo. Quiero que me dejes el culo tan abierto que mañana el viento me lo roce y me corra solo de pensarte. La tormenta sigue ahí fuera… y yo sigo empapada. Úsame. Úsame hasta que la tienda huela solo a nuestras folladas.

Lucía le clavó la lengua más adentro, los dedos follándole el coño sin piedad, y sintió cómo el calor volvía a subir entre sus propias piernas, más fuerte, más sucio, sin ninguna intención de apagarse. Fuera, otro rayo violeta iluminó la lona. Dentro, el deseo las tenía atrapadas, creciendo, pidiendo todavía más.

Lucía no sacó la lengua del culo de Elara. La empujó más hondo, enrollándola, saboreando el anillo aún abierto y caliente mientras los tres dedos martilleaban el coño empapado de la elfa sin piedad. Elara aullaba contra el saco, las nalgas temblando, empujando hacia atrás para tragar más lengua y más mano. El espacio de la tienda los aplastaba; el sudor resbalaba entre sus pechos, el olor a follada era tan espeso que casi se masticaba.

—Más… métela toda, humana bestia —jadeó Elara, la voz rota—. Quiero sentir tu puta lengua hasta el fondo del culo. Llevo meses soñando con esto: que me dejes abierto y baboso para ti sola.

Lucía gruñó y le metió el pulgar en el coño junto a los dedos, estirándola todavía más. Con la otra mano le azotó la nalga izquierda una, dos, tres veces seguidas hasta dejar la marca roja ardiendo. Luego se incorporó lo justo, le escupió un hilo espeso directo al ano y se lo embadurnó con cuatro dedos antes de volver a clavar la lengua. Elara se corrió en seco otra vez, el cuerpo entero convulsionando, un gemido largo y animal escapándosele mientras el coño le chorreaba por la muñeca de Lucía.

No bastaba. Lucía la giró a la fuerza, la puso de espaldas y se le montó a horcajadas en la cara al revés. Le sentó el coño hinchado y chorreante directo sobre la boca élfica.

—Cómeme ahora tú. Sáname la lengua hasta que me mees de placer, zorra de orejas puntiagudas.

Elara abrió la boca con hambre y se la embistió. Su lengua larga y rugosa se clavó en el agujero de Lucía, la sacó empapada y la arrastró hasta el clítoris, chupándolo con fuerza mientras le metía dos dedos mágicos en el culo. Los dedos vibraron al instante. Lucía gritó y empezó a cabalgarle la cara sin piedad, restregándose adelante y atrás, untándole los jugos por nariz, barbilla y mejillas. Cada embestida hacía que las tetas de la humana rebotaran y rozaran las de la elfa. Elara le agarró las nalgas, las separó y le metió la lengua también en el ano, follándoselo sucio mientras aspiraba.

—Así… joder, así me destrozas —gimió Lucía, mirando hacia abajo cómo la cara de la elfa desaparecía bajo su coño—. Trágatelo todo. Quiero verte ahogada en mis jugos.

Elara conjuró entre lametones. Otra vara dorada, más gruesa y con protuberancias que vibraban solas, apareció en su mano libre. Se la empujó a Lucía en el coño de un solo golpe mientras seguía comiéndole el culo. Lucía se arqueó, el orgasmo subiéndole como un rayo violeta. Se corrió a chorros, mojándole la cara entera a la elfa, el cuerpo sacudiéndose tan fuerte que la tienda mágica tembló. Elara se bebió todo, lamiendo hasta la última gota, y apenas Lucía bajó un poco le devolvió el favor: se subió ella encima, le sentó el culo abierto en la boca y le ordenó:

—Ahora tú. Fóllame el culo con esa lengua gruesa hasta que llore. Y no pares aunque me corra diez veces.

Lucía obedeció. Lengua dentro del ano, tres dedos en el coño, pulgar en el clítoris. Elara cabalgaba su cara como una yegua en celo, las orejas temblando, los pezones rosados duros rozando el vientre de la humana. Se corrió gritando, un chorro caliente directo a la lengua de Lucía. Sin detenerse, Lucía la empujó de lado, juntó los coños otra vez en tijera bruta y les metió la vara mágica a las dos a la vez: un extremo en el coño de Elara, el otro en el suyo. Se frotaron con fuerza animal, labios contra labios, clítoris aplastados, la vara vibrando entre ellas como un corazón sucio. Los jugos se mezclaban, chapoteaban, resbalaban por los muslos hasta el saco ya empapado.

—Mírame —ordenó Elara, agarrándole la cara—. Quiero verte correrte otra vez mientras te abro el coño con magia. Después te voy a meter esta misma vara en el culo hasta que me pidas por favor que pare… y no voy a parar.

Lucía se corrió primero, un grito gutural, las piernas temblando, un segundo chorro que mojó todo. Elara la siguió segundos después, el cuerpo rígido, las paredes internas apretando la vara con fuerza rítmica. Aun así no se detuvieron. Lucía sacó la vara, se la lamió limpia y se la empujó a Elara en el culo de un golpe seco. Al mismo tiempo le metió la mano entera otra vez en el coño. Puño y vara. Elara aulló, las nalgas abiertas, el agujero del culo tragándose la magia mientras el puño de Lucía desaparecía hasta la muñeca. La folló así, lenta y profunda, sintiendo cada contracción, cada temblor, azotándole la nalga libre hasta dejarla roja y ardiendo.

—Eres mía esta noche —susurró Lucía al oído, mordiéndole el lóbulo puntiagudo—. Tu culo, tu coño, tu boca. Todo. Mañana no vas a poder caminar sin acordarte de cómo te abrí.

—Úsame… joder, úsame más —rogó Elara, empujando hacia atrás, tragándose puño y vara—. Quiero que me dejes tan abierta que el viento de la mañana me roce por dentro y me corra sola.

Se giraron una última vez en el espacio ridículo. Elara se tumbó de espaldas, Lucía se le montó en 69 profundo y final. Lenguas dentro, dedos en culos, nalgas temblando, jugos chorreando por cuellos y pechos. Se comieron con violencia absoluta: Lucía le follaba el ano con la lengua mientras le frotaba el clítoris a dos manos; Elara le chupaba el coño con fuerza, lo azotaba con la punta flexible de su lengua élfica y le metía tres dedos vibrantes en el culo. El ritmo se volvió salvaje, desesperado. El aroma almizclado llenaba cada rincón. Fuera, la tormenta aullaba; dentro, solo existían los chapoteos, los gemidos ahogados y el calor sofocante de dos cuerpos que se habían esperado demasiado.

Lucía sintió el orgasmo final subir como un vendaval. Le apretó el vientre, le sacudió las piernas y le salió en un chorro largo y caliente directo a la boca de Elara. La elfa se lo bebió entero y se corrió al mismo tiempo, el cuerpo entero convulsionando, un gemido largo y roto contra el coño de la humana mientras le salpicaba la cara con sus propios jugos. Se quedaron así, temblando, lamiéndose los restos, las lenguas perezosas ahora, los cuerpos enredados y brillantes de sudor y semen de coño.

Poco a poco el temblor cesó. Lucía se deslizó al lado de Elara, pecho contra pecho, piernas todavía enredadas. Elara murmuró el hechizo de limpieza con la voz ronca; la luz dorada barrió jugos, saliva y sudor, dejando la piel tibia y sensible. El olor a follada, sin embargo, se negó a irse del todo. Se abrazaron en el espacio mínimo, corazones latiendo todavía acelerados, el bosque afuera empezando a calmarse al fin.

Lucía le besó la oreja puntiaguda y soltó una risa cansada contra su cuello.

—Joder, Elara… si la próxima tormenta tarda otro siglo en llegar, avísame con tiempo. Así me traigo una tienda más grande… o al menos una toalla de verdad. Porque esto —le apretó el culo todavía sensible— me ha dejado el saco de dormir como si hubiera pasado un dragón en celo.

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