Masturbándose con su voz en la tienda de discos
En la tienda de discos, Noelle se masturba con la voz dominante de Otto.
El olor a cartón viejo y a vinilo caliente me envolvió en cuanto empujé la puerta de cristal de «Frecuencia Baja». Era una tienda de barrio minúscula, escondida entre una lavandería y un bar de tapas, con estanterías torcidas hasta el techo y un altavoz que soltaba un acorde indie a volumen bajo. Yo tenía veintidós años, el pelo revuelto por el viento de octubre y las bragas ya un poco húmedas solo de pensar en lo que venía buscando. Desde hacía meses me acostaba con los auriculares puestos, la mano entre las piernas y esa voz grave, ronca, casi goteando sexo, del locutor de la radio underground que firmaba como Otto. «Buenas noches, criaturas de la madrugada…», solía empezar, y yo me corría antes del segundo tema.
Esa tarde lo reconocí al instante. Estaba detrás del mostrador, un hombre de treinta y cinco años, hombros anchos bajo una camisa negra arremangada, barba corta y ojos oscuros que levantaron la vista cuando sonó la campanilla. Sonrió.
—Bienvenida. ¿Buscas algo en concreto o te dejas llevar?
La misma voz. Exacta. Grave, sedosa, con ese raspado que me había dejado temblando tantas noches en mi habitación. Me quedé congelada entre las estanterías de importaciones. Sentí el calor subir por el cuello hasta las mejillas y, sin querer, apreté los muslos. Él inclinó la cabeza, curioso, y repitió el saludo con un tono todavía más bajo, casi de confidencia:
—Noelle, ¿verdad? Te he visto por aquí un par de veces. Soy Otto. La tienda es mía… y la voz también.
Me miró a los ojos y supe que lo sabía. O al menos sospechaba. Tragué saliva.
—Te escucho todas las noches —confesé, la voz más fina de lo que pretendía—. Esa emisora… tu programa. Me… me pone de una forma absurda.
Él soltó una risa baja, ronca, que me recorrió la columna como un dedo mojado. Salió de detrás del mostrador y se acercó sin prisas, dejando que el sonido de sus botas contra el suelo de madera marcara el ritmo de mi pulso. Se detuvo a un paso de mí, junto a una fila de discos raros de post-punk.
—Cuéntame —susurró, y el aliento me rozó la oreja—. ¿Qué haces cuando oyes mi voz a las tres de la madrugada?
Apreté las rodillas. El clítoris ya latía, hinchado contra la tela mojada de las bragas. El confesionario se abrió solo:
—Me toco. Me bajo las bragas, me abro de piernas y me froto el coño mientras hablas. A veces me corro solo con tu «buenas noches». Otras me meto dos dedos y imagino que eres tú quien me los clava. Me da vergüenza decirlo, pero es la puta verdad.
Otto exhaló despacio. Vi cómo se le tensaba la mandíbula y cómo la tela del pantalón se tensaba un poco más adelante. No me tocó. Solo se inclinó hasta que sus labios casi rozaron el lóbulo de mi oreja.
—Mírate… ya tienes los muslos apretados. Te estás mojando solo de oírme, ¿verdad?
Asentí, sin voz. Él eligió un vinilo de la estantería —el que yo llevaba semanas buscando, una edición limitada de un grupo islandés— y lo sostuvo entre nosotros como si habláramos de música y no de mi coño goteando.
—Dime que quieres que te hable sucio ahora mismo —ordenó en ese tono dominante que me derretía—. Dime que quieres correrte aquí, entre los discos, con mi voz en la oreja. Explicitamente. Quiero oírlo.
Tragué. El corazón me martilleaba en la garganta y más abajo.
—Quiero que me hables sucio. Quiero tocarte… no, quiero tocarme a mí misma mientras tú me describes lo que me harías. Con consentimiento. Aquí. Ahora. Por favor, Otto.
Su sonrisa fue lenta, depredadora y gentil a la vez.
—Buena chica. Escóndete un poco detrás de esa fila. Nadie entra a esta hora. Yo vigilo la puerta. Baja las bragas y ábrete para mí. Quiero verte.
Obedecí. Me deslicé entre dos estanterías altas de vinilos importados hasta quedar medio oculta, la espalda contra la madera fría. Me subí la falda, me bajé las bragas negras hasta media muslo y metí dos dedos entre mis labios hinchados. Estaba empapada. El clítoris salía a relucir, rojo y pulsátil. Empecé a frotarlo en círculos lentos, exactamente como hacía en casa, pero ahora con él a menos de un metro, mirándome.
Otto se acercó por el pasillo estrecho, se colocó a mi lado sin tocarme ni una sola vez, y habló directo al oído, voz grave, controlada, sucia:
—Mira cómo te mojas solo con mi voz, Noelle. Imagina que me arrodillo delante de ti, que te abro más las piernas y te como el coño despacio. Te chuparía el clítoris exactamente donde ahora tienes los dedos… primero con la punta de la lengua, después chupándolo entero mientras te meto dos dedos curvados hasta que te corras en mi boca. Te tragaría cada gota. Y cuando estuvieras temblando, te pondría de rodillas, te abriría la boca y me correría dentro, llenándote la lengua de leche caliente mientras te ordeno que la tragues toda. ¿Lo sientes? Frota más fuerte. Quiero oír el sonido de tu coño mojado.
Mis dedos se movían solos, rápidos, resbaladizos. Los gemidos se me escapaban bajos, mordidos contra el hombro. Él seguía, sin prisa, describiendo cómo me follaría contra la estantería, cómo me sujetaría el pelo, cómo me haría lamerle los huevos después de correrme. Cada frase era un empujón directo al orgasmo. Mis muslos temblaban. El olor a sexo se mezclaba con el de los discos. Otto no me tocaba; solo me miraba con esos ojos oscuros llenos de deseo mutuo, evidente, la erección marcada contra el pantalón, la respiración un poco más pesada.
—Córrete para mí —susurró, casi un gruñido—. Quiero verte correrte con mi voz. Ahora.
El orgasmo me partió. Me arqueé, los dos dedos apretando el clítoris hinchado, el coño contrayéndose en oleadas calientes que me empaparon la mano hasta la muñeca. Gemí bajito, un «Otto… joder…» tembloroso, las piernas flaqueando, la espalda golpeando suavemente los vinilos. Seguía temblando cuando saqué los dedos brillantes de lubricante y, sin apartar la mirada de la suya, me los llevé a la boca. Los lamí despacio, saboreándome, la lengua pasando entre los nudillos mientras él tragaba saliva.
Sonreí, satisfecha, las mejillas aún rojas.
—Gracias —dije, y me acerqué lo justo para rozarle los labios con los míos en un beso suave, casi agradecido, sin profundizar todavía—. Mañana vuelvo. Quiero que tu voz me haga correrme otra vez. Más. Más fuerte. Quizá… quizá dejándote tocarme. O no. Todavía no lo sé. Pero quiero seguir jugando.
Otto soltó una carcajada ronca que me llegó directo al coño todavía sensible. Cogió el vinilo islandés, me lo puso en las manos y cerró los dedos míos sobre la funda.
—Tómalo. Regalo de la casa. Y sí… vuelve mañana. Cerraré antes. Te hablaré todavía más sucio. Te diré exactamente cómo quiero follarte la boca mientras te tocas. Y veremos hasta dónde nos lleva esta puta locura de tu coño y mi voz.
Me subí las bragas, aún mojadas, me alisé la falda y salí de entre las estanterías con las piernas blandas y la sonrisa idiota de quien acaba de descubrir un nuevo vicio. Él me acompañó hasta la puerta. Antes de que yo saliera, me detuvo con una sola frase, esa voz otra vez baja, dominando el aire entre nosotros:
—Esta noche, cuando pongas el programa, acuérdate de mis palabras. Tócate y dime en voz alta lo que quieres que te haga mañana. Yo estaré aquí, imaginándotelo. Y cuando entres por esa puerta otra vez… vamos a subir la apuesta, Noelle. Los dos lo sabemos.
Salí a la calle con el vinilo apretado contra el pecho y el pulso todavía desbocado. El aire fresco no me enfrió nada. Solo me recordó que mañana volvería, que su voz me esperaba, y que lo que acababa de pasar entre estanterías de discos no era un final: era el primer acorde de algo mucho más sucio y delicioso que los dos estábamos deseando explorar.
Esa noche me corrí tres veces con el programa en la radio, la mano empapada y su voz entrando directa en mi coño como si todavía estuviera a un metro de mí entre los vinilos. Me toqué exactamente como me había mandado, diciendo en voz alta lo que quería que me hiciera al día siguiente: que me hablara más sucio, que me mirara mientras me abría, que me describiera cómo me follaría la boca hasta ahogarme de leche. Cuando por fin apagué la luz, el coño todavía latía y me dormí con los dedos olorosos a mí misma y la promesa de volver.
A la tarde siguiente el aire olía a lluvia reciente. Empujé la puerta de «Frecuencia Baja» y la campanilla sonó igual de agudo. Otto ya estaba detrás del mostrador, camisa negra otra vez, mangas arremangadas dejando ver los antebrazos velludos y las venas marcadas. Me miró y sonrió de esa forma lenta que me subía el calor entre las piernas al instante.
—Cerré antes —dijo sin más preámbulo, y oí el clic de la llave al girar en la cerradura—. Nadie va a interrumpir. Ven.
El corazón me golpeaba en la garganta. Caminé entre las estanterías con las bragas ya húmedas solo de oír su tono. Hoy llevaba una falda más corta y una braga de encaje fina a propósito, porque quería que me viera mejor. Él me guio hasta el fondo, donde había un pequeño espacio entre cajas de reposición y una estantería baja de singles. Se sentó en un taburete alto, las piernas abiertas, y me señaló el suelo justo delante de él.
—Rodillas. Falda subida. Bragas abajo hasta los tobillos. Quiero verte el coño completo mientras te hablo.
Obedecí. El suelo de madera estaba frío bajo mis rodillas. Me arrodillé, me subí la falda hasta la cintura y me bajé el encaje mojado. El aire fresco me rozó los labios hinchados y el clítoris ya asomaba, duro y brillante. Otto se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas, mirándome fijamente sin tocarme todavía.
—Ábrete con las dos manos. Enséñame cómo goteas por mi voz.
Separé los labios con los dedos y sentí cómo el lubricante me resbalaba por el culo. Estaba empapada. Él soltó un sonido grave, casi un gruñido de aprobación.
—Qué puta más bonita estás así. Anoche te oí en mi cabeza. Imaginé que te metías tres dedos y te corrías gritando mi nombre. Cuéntame. ¿Cuántas veces te corriste escuchándome?
—Tres —respondí, la voz ya temblorosa—. La última me quedé temblando y todavía me dolía el clítoris al levantarme.
—Buena chica. Ahora vas a correrte otra vez. Pero más lento. Quiero que te frotes solo con la yema del dedo medio, circulitos suaves alrededor del clítoris, sin tocarlo de lleno todavía. Y mientras lo haces, vas a oírme describir exactamente cómo te voy a usar la boca mañana.
Empecé a frotarme como mandaba. El roce era una tortura deliciosa. Cada círculo me hacía apretar el vientre y soltar un gemidito bajo. Otto hablaba despacio, la voz esa ronca que me conocía mejor que mis propias manos:
—Mañana te voy a poner de rodillas otra vez, pero esta vez delante del mostrador. Te voy a bajar la cremallera y sacar la polla dura. Vas a abrir la boca y me la vas a chupar despacio, solo la cabeza primero, chupando fuerte mientras te tocas el coño con las dos manos. Quiero oír el sonido de tu saliva y de tu coño mojado al mismo tiempo. Cuando te ahogues un poco, te voy a agarrar el pelo y te voy a follar la garganta hasta que se te llenen los ojos de lágrimas de placer. Y tú te vas a correr con mis huevos en la cara, ¿verdad, Noelle?
—Sí… joder, sí —jadeé. Mis caderas se movían solas contra el dedo. Ya no podía mantener el ritmo lento; el clítoris pedía más presión.
—Más fuerte ahora. Dos dedos. Métetelos hasta el fondo y curvados, búscate ese punto que te hace ver estrellas. Imagina que son mis dedos. Imagina que te los clavo mientras te lamo el clítoris a la vez. Te mordería un poco los labios, te chuparía el jugo y te diría qué puta más rica sabes. ¿Lo sientes? Más profundo.
Me metí dos dedos de golpe. Estaba tan resbaladiza que entraron fáciles y el sonido húmedo llenó el silencio de la tienda. Gemí más alto. Otto se pasó la mano por encima del bulto marcado del pantalón, solo una vez, apretando, y volvió a apoyar los codos, controlado.
—Mírame mientras te follas. Quiero ver tus ojos cuando te corras. Dime qué sientes.
—Siento el coño apretándote… los dedos… caliente… necesito más… quiero tu polla en la boca ahora mismo, Otto, por favor…
—Todavía no. Primero te corres para mí. Tres veces. La primera ya casi está. Frota el clítoris con el pulgar mientras te clavas los dedos. Más rápido. Córrete.
El orgasmo me explotó de golpe. Me arqueé hacia atrás, los muslos temblando violentamente, el coño contrayéndose alrededor de mis dedos en oleadas fuertes que me mojaron hasta la muñeca otra vez. Solté un gemido largo, «Otto… me corro…», y seguí frotándome a través de las contracciones porque él no me había dicho que parara.
—No pares. Segunda. Ahora mismo. Usa la otra mano. Pellízcate un pezón por encima de la camiseta. Imagina que te lo muerdo yo mientras te como el coño. Te voy a dejar marcas. Te voy a chupar tan fuerte que vas a llorar de lo rico que se siente. Sigue follándote. Más fuerte.
Mis dedos no descansaron. El segundo orgasmo llegó más rápido, más agudo, casi doloroso de lo intenso. Me doblé sobre mí misma, la frente casi tocando el suelo, jadeando su nombre entre gemidos rotos. El olor a sexo era denso, mezclado con el cartón y el vinilo. Otto se levantó del taburete y se puso de pie delante de mí, tan cerca que veía el contorno grueso de su polla contra la tela. Todavía no me tocaba.
—Tercera. Esta la quiero lenta y profunda. Sáca los dedos. Lámelos. Sábelos. Ahora ábrete otra vez y frota solo el clítoris con dos yemas, suavecito, casi sin presión. Yo te voy a contar cómo te voy a follar de verdad el día que decidas que puedes tocarme.
Lami mis dedos con la lengua temblorosa, saboreándome el sabor a sal y a excitación. Luego volví al clítoris, hipersensible, rozándolo apenas. Otto se inclinó, las manos apoyadas en las rodillas, la boca a centímetros de mi oreja:
—Cuando me dejes tocarte, te voy a tumbar sobre el mostrador, te voy a abrir las piernas y te voy a meter la polla de un solo empujón. Te voy a follar despacio primero, sacándola casi entera y clavándotela hasta el fondo para que sientas cómo te estiras alrededor de mí. Te voy a hablar al oído todo el rato: qué apretada estás, qué puta más mojada, cómo te vas a correr otra vez con mi polla dentro. Te voy a frotar el clítoris con el pulgar al ritmo de las embestidas. Y cuando sienta que te corres, te voy a follar más rápido, más duro, hasta que me corra yo también, llenándote el coño de leche caliente mientras te muerdo el cuello. Después te voy a hacer lamerme limpio. ¿Lo quieres, Noelle? ¿Quieres que te llene?
—Sí… te lo ruego… quiero tu leche… quiero todo…
—Entonces córrete ahora. La tercera. Para mí.
El tercer orgasmo fue distinto: más largo, más profundo, una oleada que me dejó sin aire. Me quedé temblando de rodillas, los muslos abiertos, el coño palpitando a la vista, gotas brillantes resbalando hacia el suelo de madera. Otto se arrodilló delante de mí por fin, todavía sin tocarme la piel, solo mirándome con esos ojos oscuros cargados de hambre mutua.
—Mírate. Tres orgasmos y todavía goteas. Eres perfecta. Levanta la cara.
Le obedecí. Me miró a los labios hinchados y me dio un beso suave, solo labios, luego otro más profundo, la lengua rozándome un segundo. Sabía a café y a deseo. Cuando se separó, me ayudó a levantarme con una mano bajo el codo, siempre cuidadoso, siempre esperando mi sí.
—Ponte las bragas. Todavía mojadas. Quiero que salgas así, sintiéndote el coño sensible con cada paso.
Me las subí. El encaje se pegó a mis labios hinchados y cada movimiento me recordaba lo que acababa de pasar. Otto me pasó un brazo por la cintura un instante, solo un roce, y me llevó hacia la puerta.
—Mañana vuelves otra vez. Esta vez… si quieres… te dejo tocarme por encima del pantalón mientras te tocas tú. O me dejas tocarte yo un poco, solo con los dedos, mientras te hablo. Tú decides el ritmo. Pero vamos a subir más. Quiero oírte correrte con mi mano en tu coño o con la tuya en mi polla. Y después… hablaremos de lo que viene después.
Me dio el vinilo que había dejado el día anterior, todavía sin oír, y abrió la puerta. El aire de la calle me golpeó la cara caliente. Antes de que saliera del todo, me detuvo con la voz baja, esa que me destrozaba:
—Esta noche, cuando escuches el programa, toca te y dime en voz alta que mañana me vas a chupar la polla mientras te masturbas. Yo estaré aquí imaginándotelo. Y cuando entres… la apuesta sube otra vez, Noelle. Los dos lo sabemos. Tu coño y mi voz todavía no han terminado de descubrirse.
Salí con las piernas blandas, las bragas empapadas pegadas a la piel y el pulso desbocado. Sabía que mañana volvería. Sabía que la tensión solo crecía. Y sabía que lo que estábamos construyendo entre estanterías y confesiones sucias era demasiado adictivo para parar.
Esa noche me corrí cuatro veces. La radio soltaba su voz grave entre canciones que ya no oía, solo el raspado de su garganta y las órdenes que yo misma me repetía en voz alta, exactamente como me había mandado: «Mañana te voy a chupar la polla mientras me masturbo, Otto. Quiero tu leche en la lengua y mis dedos en el coño al mismo tiempo». Me empapé hasta el colchón. El clítoris me dolía de lo sensible que estaba y aún así no paraba. Cuando por fin apagué, el olor a sexo me rodeaba como una segunda piel y la duda ya empezaba a picar por debajo del placer: ¿qué pasaba si mañana la fantasía se rompía al tocarla de verdad?
A la tarde siguiente la lluvia caía fina otra vez. Empujé la puerta de «Frecuencia Baja» y la campanilla sonó igual de aguda, pero el clic de la llave al girar detrás de mí me cerró el mundo de golpe. Otto ya estaba allí, camisa negra arremangada, el bulto marcado sin disimulo. Me miró de arriba abajo y sonrió con esa lentitud que me abría las piernas sin tocarme.
—Hoy subimos —dijo, voz baja, dominando el aire—. Tú decides hasta dónde. ¿Me dejas tocarte o me tocas tú primero?
Tragué saliva. Las bragas ya estaban empapadas solo de oírlo. Me acerqué entre las estanterías hasta el fondo, donde las cajas de reposición formaban un rincón estrecho. Me arrodillé delante de él sin que me lo pidiera, me subí la falda y me bajé el encaje hasta los tobillos. El coño latía a la vista, labios hinchados, clítoris asomando rojo y brillante.
—Quiero las dos cosas —confesé, la voz temblorosa—. Tócame tú un poco. Y déjame tocarte por encima mientras me hablas.
Otto se sentó en el taburete, las piernas abiertas, y me atrajo suavemente hasta quedar entre ellas. Su mano grande y cálida bajó por mi mejilla, por el cuello, sin prisa, hasta rozarme un pezón por encima de la camiseta. Apretó un poco. Gemí. Luego su otra mano bajó y dos dedos se posaron sobre mis labios mojados, solo tocando, esperando.
—Dime que sí otra vez —susurró al oído—. Explicitamente.
—Sí. Mételos. Fóllame con los dedos mientras me hablas sucio. Y yo… yo te toco la polla por encima.
Él entró despacio. Dos dedos gruesos se deslizaron dentro de mí con un sonido húmedo que llenó la tienda. Me arqueé. Estaban calientes, curvados justo donde necesitaba, y empezó a moverlos con ritmo lento y profundo mientras su pulgar buscaba el clítoris y lo rodeaba sin aplastarlo del todo. Al mismo tiempo yo subí las manos temblorosas hasta su cremallera, palpé el bulto duro y grueso a través de la tela y lo apretes. Sentí cómo latía. Otto soltó un gruñido bajo que me recorrió la columna.
—Así… buena puta. Aprieta más. Imagina que te la meto entera ahora mismo. Te abriría sobre el mostrador, te sujetaría los muslos y te follaría despacio primero para que sintieras cada vena, cada centímetro estirándote. Te hablaría al oído todo el rato: qué apretada estás, cómo me mojas la polla, cómo vas a correrte conmigo dentro. Y tú te tocarías el clítoris mientras yo te llenaba. ¿Lo sientes? Mis dedos son solo el principio.
Me follaba con los dedos más rápido. El pulgar frotaba en círculos firmes. Yo le acariciaba la polla por encima del pantalón, subía y bajaba la palma, notando el calor y el grosor, imaginando el sabor. Mis caderas se movían solas contra su mano. El olor a sexo y a vinilo se mezclaba. Gemía sin control.
—Más… joder, Otto, más profundo… quiero correrme con tu mano dentro…
—Córrete. La primera. Ahora. Y no pares de tocarme.
El orgasmo me partió en seco. Me contraje alrededor de sus dedos con fuerza, oleadas calientes que me mojaron la muñeca y el taburete. Grité su nombre entre dientes, los muslos temblando violentamente, la frente apoyada en su muslo. Él no sacó los dedos; siguió moviéndolos despacio a través de las contracciones, alargándolas, mientras yo apretaba su polla con más fuerza, casi desesperada.
—Segunda —ordenó, voz ronca, aliento caliente en mi oreja—. Sácalo un segundo. Lame mis dedos. Sábelos. Ahora te los vuelvo a meter y te follo más duro. Y tú me bajas la cremallera. Solo la cremallera. Sácala. Tócala de verdad.
Obedecí temblando. Lami sus dedos brillantes de mi propio jugo, la lengua pasando entre ellos, saboreándome mezclado con el sabor a su piel. Luego él me los clavó de nuevo, tres esta vez, abriéndome, curvándolos contra ese punto que me hacía ver estrellas. Yo le bajé la cremallera con dedos torpes, saqué su polla gruesa y dura, caliente en mi palma, la piel tersa, la cabeza ya húmeda de precum. Empecé a masturbarlo al ritmo de sus dedos dentro de mí: subía y bajaba, apretaba la base, pasaba el pulgar por la ranura. Él gemía bajo, controlado todavía, pero los ojos oscuros estaban negros de deseo.
—Mírame mientras te corro la segunda. Imagina que te la meto en la boca ahora. Te agarraría el pelo y te follaría la garganta despacio, dejándote respirar entre embestidas, hasta que se te llenaran los ojos y me chuparas los huevos después. Te correrías con la polla hasta el fondo, ¿verdad? Hazlo. Córrete en mi mano.
El segundo orgasmo fue más agudo, casi doloroso. Me doblé, gemidos rotos, el coño apretando sus dedos con fuerza mientras mi mano se movía más rápido en su polla, resbaladiza ya de precum. Él gruñó mi nombre. Seguí frotándome contra su palma aunque el clítoris ardía de hipersensibilidad.
—Tercera. Lenta. Y esta vez… chúpamela un poco mientras te tocas tú. Solo la cabeza. Con consentimiento. Si quieres parar, paras.
Asentí, sin aliento. Me incline, abrí la boca y tomé la cabeza de su polla entre los labios. Sabía a sal y a deseo. Chupé despacio, la lengua rodeándola, mientras mi mano libre bajaba otra vez a mi coño y me frota el clítoris hinchado con dos yemas. Otto metió los dedos otra vez dentro de mí al mismo tiempo, follándome lento y profundo, y con la otra mano me sujetó el pelo con suavidad, sin forzar. Me hablaba entre jadeos:
—Así… qué boca más rica. Chupa más fuerte. Imagina que me corro en tu lengua ahora mismo y te obligo a tragarlo todo mientras te corro yo con los dedos. Te voy a llenar el coño de leche el día que me dejes follarte de verdad. Te voy a dejar marcas en los muslos y te voy a hacer lamerme limpio después. Más. Córrete con mi polla en la boca.
Me corrí la tercera vez con la polla caliente contra la lengua, los dedos de Otto clavados hasta el fondo y mi propia mano destrozándome el clítoris. El orgasmo fue largo, profundo, una oleada que me dejó sin aire, temblando de rodillas, saliva y precum mezclados en los labios, el coño contrayéndose una y otra vez. Él se corrió segundos después: un gruñido grave, la polla latiendo en mi boca, chorros calientes de leche que tragué porque quise, porque me lo había imaginado tantas noches. Me llenó la lengua y se me escapó un hilo por la comisura. Lo lamí todo, despacio, mientras él me sacaba los dedos con cuidado y me acariciaba el pelo.
Nos quedamos así un rato, respirando agitados, el olor a sexo denso entre los vinilos. Él me ayudó a levantarme, me limpió la boca con el dorso de la mano y me besó, profundo esta vez, sabiendo su propio sabor en mi lengua. Me subió las bragas empapadas, me alisó la falda y me abrazó un segundo contra su pecho.
—Eres perfecta —susurró—. Vuelve mañana. O la semana que viene. Cuando quieras. Esto… esto puede ser más.
Salí a la calle con las piernas blandas, el sabor de su leche todavía en la boca y el coño palpitando. El aire fresco me golpeó la cara caliente. Caminé dos manzanas antes de detenerme bajo un toldo. El vinilo que me había regalado el primer día lo apretaba contra el pecho como un amuleto inútil.
Entonces llegó.
No fue un golpe. Fue una grieta lenta. El placer todavía me temblaba en los muslos, pero debajo había un vacío frío y agudo. Me toqué los labios y supe que la magia de las tres de la madrugada se había roto. Su voz ya no era solo voz; era un hombre de carne que se corría en mi boca entre cajas de discos. Yo ya no era la chica que se masturbaba en la oscuridad con auriculares: era alguien que se arrodillaba en una tienda cerrada y pedía más. Y de repente no estaba segura de si me gustaba lo que veía al otro lado.
¿Y si mañana la voz perdía el poder? ¿Y si al tocarlo de verdad el hechizo se disolvía y solo quedaba dos cuerpos sudados y una culpa pegajosa? Me imaginé volviendo a casa, poniendo el programa esa noche y sintiendo… nada. O peor: sintiendo que ya no bastaba. Que había cruzado una línea y ahora el coño pedía carne real y la fantasía se quedaba pequeña y sucia y un poco triste.
Me apoyé contra la pared mojada. Las bragas se me pegaban a los labios hinchados con cada paso y el recuerdo de sus dedos todavía latía dentro, pero ya no me excitaba: me pesaba. Había terminado. Nos habíamos corrido. Y algo estaba mal. Muy mal. No sabía si era arrepentimiento o miedo o simplemente el vacío que deja el deseo cuando se satisface demasiado rápido y demasiado real. Solo sabía que el primer acorde había sonado hermoso y sucio, y ahora el silencio después sonaba a duda.
Doblé la esquina hacia casa con el vinilo apretado y la certeza amarga de que quizá no volvería mañana. O quizá sí. Pero ya no sería lo mismo. Su voz me había enseñado a correrme. Y ahora esa misma voz me había dejado con la boca llena de él y el pecho lleno de un agujero que no sabía cómo nombrar.
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