Rebote Salvaje en la Cabina
Dos mecánicos cachondos de 32 y 28 años se follan salvajemente en la cabina de un camión varado.
El calor de la cabina apretaba como una mano sucia. Marco, de treinta y dos años, mecánico de camiones con los hombros anchos y los brazos marcados de grasa y músculo, estaba metido en el asiento del conductor del tráiler varado. La noche afuera era un agujero negro en la carretera desierta; solo el zumbido lejano de algún insecto y el olor a aceite quemado. Diego, repartidor de veintiocho, fornido, pecho ancho bajo la camiseta pegada de sudor, se había quedado a ayudar cuando el puto motor se negó a seguir. Ahora estaban solos, rodilla contra rodilla en ese espacio estrecho, sudando como bestias.
Marco se pasó el dorso de la mano por la frente y lo miró de lado. Diego le devolvía la mirada con esa hambre clara, los labios entreabiertos, la respiración pesada.
—Llevas rato mirándome la boca, cabrón —dijo Marco, voz ronca, sin rodeos.
Diego soltó una risa baja, cochina.
—Y tú me estás clavando los ojos en la entrepierna desde que abrí el capó. No te hagas el santo, Marco. Yo también. Llevo semanas queriendo que me la metas hasta el fondo. En el taller, cuando te agachabas… se me ponía dura solo de olerte.
Marco sintió cómo se le hinchaba la verga dentro del pantalón de trabajo. El aire espeso, el sudor de Diego —a macho, a esfuerzo, a piel caliente— le subía directo a la cabeza.
—Joder, sí. Ese olor tuyo me pone enfermo de ganas. Sudor de tío grande, de los que se corren a chorros. Quiero follarte aquí mismo, en esta cabina de mierda.
Diego no contestó con palabras. Se agarró la polla por encima de la tela gruesa, se la apretó y se la frotó despacio, dejándola marcar el bulto grueso y duro. El roce accidental de sus muslos al moverse en el asiento reducido fue como una chispa: piel caliente contra tela, presión, promesa. Se miraron. Hambre pura. Sin decir nada más, se quitaron las camisetas empapadas de un tirón. El pecho de Marco, velludo, tetillas duras; el de Diego, más liso, abdominales marcados por el trabajo. Se lanzaron el uno al otro.
El beso fue lengua, dientes, saliva. Marco le mordió el labio inferior y le metió la lengua hasta la garganta mientras le agarraba el culo con las dos manos grandes, apretando la carne firme. Diego gruñó dentro de su boca y le buscó el cinturón, desabrochándolo a tirones. Se toqueteaban sin delicadeza: uñas, agarres, el sabor a sal y a ganas acumuladas.
—Quítate eso —ordenó Marco contra su cuello, chupándole la piel—. Quiero verte la verga gorda.
Diego se bajó los pantalones y los calzoncillos de un golpe. Su polla saltó gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Marco se liberó la suya: más gruesa todavía, la cabeza hinchada y oscura. Diego se arrodilló en el estrecho espacio entre el asiento y el volante, casi aplastado, y sin avisos se la metió entera a la boca.
—Joder, sí… trágatela, puto —jadeó Marco, una mano en la nuca de Diego, empujándolo más abajo.
Diego chupaba con garganta profunda, saliva chorreando por la barbilla y los huevos de Marco, sonidos húmedos y obscenos que llenaban la cabina. Subía y bajaba la cabeza rápido, ahogándose a propósito, ojos llorosos de placer, una mano masturbándose a sí mismo mientras le comía la verga al mecánico. Marco le agarró el pelo y le folló la cara un rato, empujones cortos y brutales, hasta que sintió que se le iba a ir demasiado pronto.
—Basta. Arriba. En cuatro. Ahora.
Diego se subió al asiento del copiloto, rodillas abiertas, culo en alto, la espalda arqueada. Marco escupió en su mano, se untó la polla y le metió dos dedos de golpe en el culo apretado, abriéndolo. Diego empujó hacia atrás, pidiendo más.
—Métela ya, cabrón. Quiero que me la destrocés.
Marco le clavó la verga de un solo empujón hasta las bolas. El calor interno lo hizo gruñir como un animal. Empezó a follarlo salvaje, en posición de perrito, nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en la carne de Diego. Cada embestida hacía crujir el asiento; el sonido de piel contra piel, húmedo, rítmico, llenaba el aire junto a los gemidos.
—Mira qué puto te ves —le decía Marco entre embestidas, dándole otra nalgada que resonó—. Abierto de piernas, pidiendo más verga como una zorra en celo. Dime lo que quieres.
—Más duro… fóllame más duro, llena me el culo… soy tu puto, hazlo —jadeaba Diego, la cara contra el respaldo, una mano agarrándose la polla y jalándosela al ritmo de las embestidas.
Marco lo agarró de las caderas y lo usó sin piedad un rato largo, sacando casi toda la polla y metiéndola entera otra vez, golpeándole la próstata hasta que Diego temblaba. Luego lo hizo girar: se sentó él en el asiento del conductor con la verga brillante de saliva y de pre-semen, y Diego se montó a horcajadas.
Diego se la clavó de un rebote y empezó a cabalgarla con brutales subidas y bajadas, el culo rebotando contra los muslos de Marco, las manos apoyadas en el pecho sudado del mecánico. Se jalaba la propia polla con furia, gemidos guturales, como dos machos en celo encerrados en esa cabina caliente. Marco le agarraba las nalgas y le ayudaba a bajar más fuerte, empujando hacia arriba al mismo tiempo.
—Así… rebota, cabrón… úsame la polla hasta que te llene —gruñó Marco.
El orgasmo los pilló casi juntos. Diego se corrió primero, chorros potentes de leche blanca que salpicaron el tablero, el volante, su propio pecho. El culo se le apretó en convulsiones alrededor de la verga de Marco y eso lo empujó al límite. Marco se vino con un grito ronco, inundándole el interior a chorros gruesos, calientes, empujando profundo mientras se vaciaba. Diego siguió rebotando despacio, ordeñándolo hasta la última gota, ambos temblando, sudor goteando por todas partes.
Se quedaron así un momento, respirando como perros después de la carrera, pegados pecho con pecho, la verga de Marco todavía dentro, ablandándose despacio. Luego, entre risas roncas y agotadas, se separaron. Diego se bajó con cuidado; el semen de Marco le resbaló por el muslo interno. Marco agarró una de las camisetas sucias del suelo y se la pasó por el culo y la verga a Diego, limpiándolo a grandes pasadas, sin delicadeza, y después se limpió él mismo el pecho y las manos.
—Mira el tablero, lo has pintado entero, hijo de puta —dijo Marco, riendo, y le dio una palmada final en el culo.
Diego se subió el pantalón a medias, todavía sin camiseta, y se dejó caer en el asiento del copiloto. Marco se acomodó, giró la llave —el motor, ya reparado a medias antes del follón, arrancó al primer intento— y puso el camión en marcha. La carretera desierta se abrió delante de los faros.
La mano de Diego bajó y se posó posesiva en el muslo grueso de Marco, apretando la carne aún caliente, los dedos cerca de la entrepierna.
—Esto no se queda aquí —murmuró Diego, voz baja, todavía ronca de tanto gemir—. Cuando paremos otra vez… te voy a mamar hasta que se te ponga otra vez como una roca. Y quiero que me la metas de nuevo, más bruto. Esta cabina va a oler a nosotros semanas.
Marco miró la carretera, la sonrisa torcida, y cubrió la mano de Diego con la suya un segundo, apretándola.
—Cuenta con ello. Todavía me queda leche, y ese culo tuyo sigue abierto. Sigue el camino… y no quites esa mano.
El camión avanzaba lento por la carretera vacía, los faros abriendo un túnel amarillo en la oscuridad. La mano de Diego no se movió del muslo de Marco; al contrario, subió despacio, rozando la tela gruesa del pantalón hasta palpar el bulto que ya volvía a hincharse. Marco apretó el volante y soltó un gruñido bajo.
—Otra vez, cabrón —murmuró, sin quitar la vista del asfalto—. Se te pone dura solo de oler mi semen dentro de ti, ¿verdad?
Diego no contestó con palabras. Desabrochó el botón de Marco, bajó la cremallera y sacó la polla todavía húmeda, pesada, con restos de la corrida anterior brillando en la cabeza. La envolvió con la mano callosa y empezó a bombearla despacio, el pulgar extendiendo el líquido viscoso por el glande. Marco abrió más las piernas y empujó la cadera hacia arriba.
—Para el puto camión —ordenó Diego, voz ronca—. Quiero montártela otra vez antes de que se te baje.
Marco frenó en el arcén, apagó el motor y la cabina se llenó otra vez de silencio denso, solo el tic-tac del metal enfriándose y la respiración de los dos. Apagó las luces. Diego se quitó los pantalones de un tirón, se subió a horcajadas otra vez, de espaldas esta vez, ofreciendo el culo aún abierto y resbaladizo. Marco le escupió directo al agujero, metió tres dedos de golpe y los retorció hasta que Diego arqueó la espalda y gimió como un animal herido.
—Mírate —le dijo Marco, abriéndole las nalgas con las dos manos—. Todavía goteas mi leche. Este culo es una puta embudo. Dime que lo quieres otra vez.
—Métela hasta que me duela —jadeó Diego—. Quiero que me destrocés el agujero, que no pueda sentarme mañana sin acordarme de tu verga.
Marco alineó la polla gruesa y empujó de un solo golpe. El calor interno lo hizo cerrar los ojos; el culo de Diego lo tragó entero, todavía suelto y resbaladizo de la corrida anterior. Empezó a rebotar salvaje, subiendo y bajando con fuerza, las nalgas chocando contra los muslos de Marco con un sonido húmedo y obsceno. Cada bajada sacaba un gemido gutural de Diego; cada subida hacía que la polla de Marco brillara más, cubierta de semen y saliva. Marco le agarró la cintura y le ayudó a bajar más bruto, clavándosela hasta las bolas mientras le daba nalgadas que dejaban la carne roja y temblando.
—Así, puto… rebota más fuerte —gruñó Marco—. Usa mi verga como si fuera tuya. Quiero ver cómo se te abre el culo cada vez que te la clavas.
Diego se masturbaba con la mano libre, el pene gordo y venoso, pre-semen hilando hasta el tablero otra vez. Se giró a medias, buscó la boca de Marco y se besaron a mordiscos, lenguas sucias, saliva cayendo por las barbillas. El aire de la cabina olía a sexo crudo, a sudor de machos, a semen seco y fresco mezclado. Marco lo levantó un segundo, lo giró de frente y lo volvió a empalar. Ahora se miraban a los ojos mientras Diego cabalgaba, las manos apoyadas en los hombros anchos del mecánico, el pecho velludo rozando el suyo liso.
—Más hondo… joder, sí, ahí —suplicó Diego, la voz rota—. Me estás tocando la puta próstata cada vez. Voy a correrme otra vez solo de esto.
Marco le agarró la polla y se la bombó al ritmo de las embestidas, rápido, sucio, el pulgar apretando la ranura. Diego tembló entero, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la verga gruesa. Se corrió a chorros potentes, salpicando el pecho de Marco, el volante, su propio abdomen. El agarre interno fue demasiado; Marco lo sujetó por las caderas y le dio cuatro embestidas brutales más, enterrándose hasta el fondo mientras se vaciaba otra vez, gruñendo como un toro, llenándole el interior a pulsos calientes y espesos. Diego siguió moviéndose despacio, ordeñándolo, sintiendo cómo el semen le subía y le bajaba por las paredes del culo con cada pequeño rebote.
Se quedaron pegados, respirando agitados, la polla de Marco todavía dentro, palpitando. El sudor les corría por la espalda, por el pecho, goteaba en el asiento. Diego se rio bajo, exhausto, y se bajó con cuidado; un hilo blanco y espeso le resbaló por el muslo hasta la rodilla. Marco agarró la misma camiseta sucia de antes y se la pasó por el culo de Diego, limpiando a empujones groseros, luego se limpió la propia verga y el pecho manchado.
—Mira cómo me has dejado el asiento, hijo de puta —dijo Marco, riendo ronco—. Huele a corrida de camionero hasta en el techo.
Diego se subió los pantalones a medias, se dejó caer en el asiento del copiloto y apoyó la cabeza contra el cristal. Marco arrancó de nuevo. La carretera desierta se tragó los faros. La mano de Diego volvió al muslo de Marco, posesiva, relajada.
—Cuando lleguemos al taller… te la chupo otra vez en el foso —prometió Diego, ya casi dormido de tanto follar—. Quiero que me desayunes la polla mañana.
Marco sonrió de lado, mirando el camino. Apretó la mano de Diego un segundo.
—Cuenta con ello. Ese culo tuyo ya tiene mi firma adentro.
Diego cerró los ojos, la respiración calmándose. No dijo nada más. En el bolsillo del pantalón, bajo la tela gruesa, sus dedos rozaron el anillo de boda que se había quitado horas antes, cuando vio el camión varado y decidió “ayudar”. Su mujer lo esperaba en casa, a doscientos kilómetros, sin saber que él había saboteado el motor a propósito solo para follarse al mecánico que llevaba semanas deseando. Marco conducía tranquilo, ajeno, todavía saboreando el sabor a semen y a victoria en la boca. Diego apretó el anillo en secreto y sonrió en la oscuridad.
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