Primer roce que enciende al novio de mi mejor amigo
Carlos, el ingeniero de 28, se folla brutalmente al novio de su mejor amiga en la cabaña.
El viento aullaba contra los ventanales de la cabaña mientras la nieve seguía cayendo a lo lejos sobre las pistas. Carlos, el ingeniero de veintiocho años de hombros anchos y mandíbula marcada, cerró la puerta tras la llamada de Laura. Su mejor amiga de veintiséis años acababa de marcharse en un taxi de emergencia; el padre de ella había sufrido un accidente leve en la ciudad y necesitaba que ella bajara de inmediato. «Quedaos vosotros dos, no tiréis el fin de semana», había dicho ella por el altavoz, ajena a lo que dejaba detrás.
Diego, el novio de Laura, se quedó de pie junto al sofá de cuero. Tenía veintisiete años, el cuerpo atlético de quien corre y levanta pesas, la barba rala y los ojos oscuros que no sabían disimular. Abiertamente bisexual, llevaba tres años con Laura, pero ahora, solo con Carlos, la tensión le subía por la espalda como electricidad. No podía dejar de mirar. La camiseta térmica de Carlos se pegaba a los pectorales duros, a los bíceps que se marcaban cada vez que movía leña hacia la chimenea, a la curva de los glúteos bajo los pantalones de lana. Diego se lamió los labios sin querer y apretó la mandíbula.
Carlos lo notó. Siempre lo había notado. Mientras colocaba otro tronco y el fuego crepitaba, se enderezó y se pasó una mano por el pelo corto y húmedo de nieve. Se giró hacia Diego con una sonrisa ladeada, honesta.
—Llevas media hora comiéndome con la mirada —dijo sin rodeos, la voz grave—. Y no te voy a mentir, Diego. Llevo años fantaseando con lo que haría si alguna vez te pillara solo. Con ese culo y esa boca. Siempre me ha puesto de los nervios verte en las cenas de Laura, sabiendo que te gustan los tíos y que estás… ahí.
Diego tragó saliva. El calor de la chimenea le subía a la cara, pero no era solo el fuego. Dio un paso más cerca.
—Joder, Carlos… Yo también. No puedo dejar de mirarte. Ese cuerpo de puto ingeniero que trabaja a base de hierro. Me pone duro solo de pensarlo.
Se miraron. Las miradas se clavaron, intensas, cargadas. El coqueteo ya no era confuso; era un cable tenso listo para romperse. Carlos se acercó, le rozó el hombro con la mano grande y callosa, y Diego sintió el calor atravesarle la ropa.
Más tarde, con la botella de tinto abierta y dos copas a medio vaciar, se sentaron frente a la chimenea. El sofá era amplio, pero se sentaron cerca. Diego bebió un trago, dejó la copa y miró el perfil de Carlos a la luz naranja.
—Llevo meses —admitió en voz baja, ronca—. Meses pajeándome con la idea de probarte. De sentir esa polla gruesa que se te marca cuando te pones el bañador en verano. De que me la metas hasta el fondo mientras me dices lo puto que soy. Laura no lo sabe. Nadie lo sabe. Pero contigo… joder, contigo se me pone de piedra solo de estar aquí.
Carlos dejó su copa. La tensión sexual pesaba en el aire, densa, caliente. Extendió la mano y, «sin querer», rozó el muslo de Diego. El roce se alargó. Los dedos se quedaron, firmes, subiendo centímetro a centímetro por la tela de los pantalones hasta notar el bulto duro que ya empujaba. Diego soltó un jadeo y no se apartó. Al contrario: giró el cuerpo, le agarró la muñeca y lo atrajo.
El beso fue hambre pura. Bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. Diego gemía dentro de la boca de Carlos mientras le chupaba la lengua con desesperación. Cuando se separaron, ambos respiraban agitados, la frente sudada.
—Te deseo —dijo Carlos contra su boca—. Te voy a follar esta misma noche. Quiero tu culo, quiero tu garganta, quiero oírte pedir más.
—Sí —contestó Diego, la voz rota de ganas—. Lo quiero. Vamos a follar. Ahora. Quiero que me uses.
Carlos se puso de pie. Se bajó la cremallera con calma brutal y sacó la polla: gruesa, venosa, ya semidura y engordando a simple vista, la cabeza rosada brillando con una gota de precum. Diego se arrodilló al instante sobre la alfombra gruesa, como si hubiera ensayado el gesto mil veces en su cabeza. Le agarró la base con las dos manos y se la metió en la boca de un solo movimiento voraz.
Tragó. La polla gruesa le empujó la garganta, las venas latiéndole contra la lengua. Diego chupó con hambre, babas resbalándole por la barbilla, ojos llorosos de placer mientras Carlos le agarraba el pelo y empezaba a follarle la boca con fuerza. Embistidas cortas y profundas, el glande golpeándole la garganta una y otra vez.
—Así, puto —gruñó Carlos, la voz grave, las caderas empujando—. Trágatela entera. Qué bien chupas, Diego. Qué puta boca tienes para mi polla.
Diego solo pudo gemir alrededor del rabo, saliva cayéndole al pecho, una mano bajándose los pantalones propios para sacar su propia polla dura y bombearse mientras le comía la verga a Carlos hasta casi atragantarse de gusto. Carlos lo sacó con un sonido húmedo, hilos de baba uniendo la boca de Diego a su polla, y lo giró sin delicadeza.
—A cuatro patas. Ahora.
Diego obedeció, el culo en alto sobre la alfombra frente al fuego, las nalgas firmes y abiertas. Carlos se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y le comió el culo con lengua profunda y agresiva. La lengua se clavó, húmeda, revolviendo el agujero apretado, lamiendo y empujando hasta que Diego gritaba contra el cojín, el culo contrayéndose de placer puro.
—Joder, sí, cómeme el culo… así, más profundo…
Carlos escupió sobre el agujero brillante, se alineó y empujó. La polla gruesa abrió a Diego de un solo golpe brutal. Entró hasta las bolas. Diego soltó un gemido largo, roto, el culo estirándose alrededor de las venas gruesas. Carlos no esperó: empezó a embestir en posición de perrito, embestidas fuertes, profundas, el sonido de piel contra piel llenando la cabaña junto al crepitar de la leña. Le agarró las caderas, le clavó los dedos y lo taladró sin piedad.
—Qué puto estás para mí —jadeaba Carlos, sudor cayéndole por la espalda—. El novio de mi mejor amiga abriendo el culo para mi polla. Dime lo que eres.
—Tu puto —gritó Diego, empujando hacia atrás para recibir cada embestida—. Soy tu puto, Carlos. Fóllame más duro. Rómpeme el culo. Me encanta tu polla dentro…
Carlos lo tiró de lado, lo puso de espaldas, le abrió las piernas y se metió otra vez en posición de misionero. Ahora se besaban mientras lo follaba, bocas abiertas, lenguas enredadas, gemidos sucios compartidos entre dientes. Carlos le sujetaba las muñecas contra la alfombra y lo taladraba sin freno, la polla saliendo y entrando brillante de saliva y precum, el choque de los huevos contra el culo de Diego rítmico y brutal. Ambos sudaban, el pecho de Carlos resbalando sobre el de Diego, los músculos tensos, el olor a sexo y leña impregnándolo todo.
—Somos dos putos —jadeó Diego contra su boca, los ojos vidriosos de placer—. Dos putos que se follan como animales. No pares… me voy a correr…
Carlos embistió más fuerte, más hondo, buscando ese punto que hacía a Diego arquearse y gritar. El orgasmo le subió de las bolas como un golpe. Se corrió dentro del culo de Diego en un orgasmo brutal, chorros calientes llenándole las entrañas mientras gemía su nombre contra su cuello. Diego se corrió al mismo tiempo, la polla disparando entre sus cuerpos sudorosos, el culo apretando alrededor de la verga que seguía latiéndole dentro.
Después, Carlos se quedó encima un momento, todavía dentro, y lo besó con una ternura que contrastaba con la brutalidad de antes. Labios lentos, respiraciones agitadas mezclándose. Se salió con un sonido húmedo y se tumbó a su lado sobre la alfombra, ambos recuperando el aliento, el semen de Carlos resbalando despacio del culo tembloroso de Diego.
Diego, todavía temblando de placer, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando, giró la cabeza y lo miró. Le acarició el pecho húmedo con dedos torpes.
—Quiero repetir —confesó en un susurro ronco, la voz aún rota—. No solo esta noche. Quiero que me folles cada vez que podamos. Quiero despertarme con tu polla en la garganta. Pero Laura… joder, Carlos, ¿qué coño vamos a hacer cuando ella vuelva? Porque yo no voy a poder mirarte igual. Y sé que tú tampoco.
Carlos le besó la sien, el brazo rodeándole la cintura sudada, la tensión nueva ya creciendo bajo el placer todavía caliente. La nieve seguía cayendo afuera, y el fin de semana apenas empezaba.
El calor de la chimenea les lamía la piel desnuda mientras el semen de Carlos seguía escapando despacio entre las nalgas de Diego. No se movieron. El brazo de Carlos pesaba sobre la cintura del otro, los dedos abiertos y firmes, como si reclamaran territorio. Diego respiraba todavía agitado, el pecho manchado de su propio corrida seca, y cada vez que apretaba el culo sentía el hueco caliente y abierto que le había dejado la polla gruesa.
—No puedo pensar en ella ahora —murmuró Diego contra el hombro de Carlos—. Cada vez que cierro los ojos veo tu rabo entrando. Me duele de lo bien que me lo has abierto y aún así quiero más.
Carlos se incorporó un poco, apoyado en un codo. La luz naranja le marcaba los abdominales y la polla semidura que colgaba pesada entre los muslos. Le pasó el dorso de la mano por la barba rala de Diego, después bajó hasta el pezón y lo pellizcó con fuerza suficiente para arrancarle un jadeo.
—Entonces no pienses. Usa la boca otra vez. Quiero verte de rodillas y baboso mientras te explico exactamente cómo te voy a tener todo el fin de semana.
Diego no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Se arrastró hasta arrodillarse entre las piernas abiertas de Carlos, le sujetó los muslos callosos y se tragó la polla de un golpe. Todavía sabía a su propio culo, a saliva y a semen fresco. Chupó con hambre lenta, lamiendo la cabeza rosada, empujando la lengua bajo el frenillo, bajando hasta que la nariz se le aplastó contra el vello corto. Carlos le agarró la nuca con las dos manos y empezó a mover las caderas, follándole la garganta con embestidas profundas y controladas.
—Mira qué puta boca —gruñó—. El novio de Laura, de rodillas en mi cabaña, tragándose mi verga como si le debieras la vida. Más profundo. Quiero oírte atragantarte.
Diego obedeció. Las lágrimas le saltaron a los ojos cuando el glande le golpeó la garganta una y otra vez. Babeaba a chorros, la saliva le resbalaba por el pecho y le goteaba sobre los muslos. Se masturbaba al mismo tiempo, rápido y sucio, la polla dura otra vez, el glande brillante. Carlos lo sacó solo para escupirle en la lengua abierta y metérsela de nuevo hasta el fondo.
Cuando la necesidad se volvió demasiado, Carlos lo tiró de espaldas sobre la alfombra. Se colocó a horcajadas sobre su cara, las nalgas pesadas y firmes, y se sentó. Diego abrió la boca al instante. Le comió el culo con lengua plana y voraz, lamiendo el agujero fruncido, empujando dentro, chupando los huevos pesados que le caían sobre la barba. Carlos se balanceaba sobre él, frotándose, gimiendo bajo mientras se bombaba la polla.
—Así… come ese culo, puto. Prepárame porque te voy a abrir otra vez y esta vez no voy a parar hasta que me ruegues.
Diego gemía debajo, las manos clavadas en las caderas de Carlos, la lengua revolviendo profundo. El sabor, el olor a sudor y sexo, el peso del cuerpo encima… se le ponía más duro de lo que creía posible. Cuando Carlos se levantó, el rastro de saliva unía la lengua de Diego al agujero brillante.
Carlos lo giró otra vez a cuatro. Le abrió las nalgas con los pulgares y le escupió tres veces seguidas sobre el agujero rojo e hinchado. Luego se alineó y empujó. Entró de un solo embiste brutal, hasta las bolas, y Diego gritó contra el cojín. El culo se le cerró alrededor de la verga gruesa como un puño caliente.
—Joder… tan apretado todavía —jadeó Carlos, sin moverse un segundo, saboreando la presión—. Vas a quedar destruido para cuando vuelva Laura. Cada vez que te siente se va a dar cuenta de que te han follado como a un animal.
Empezó a dar. Embestidas largas y profundas al principio, sacando casi toda la polla para clavarla de nuevo hasta el fondo. El sonido húmedo y obsceno llenaba la cabaña: carne contra carne, el chapoteo del precum y la saliva, los gemidos rotos de Diego. Carlos le daba palmadas en las nalgas, fuertes, dejando la piel roja, y cada golpe hacía que el culo se contrajera alrededor de su rabo.
—Dime de quién eres —ordenó, acelerando el ritmo.
—Tuyo —gritó Diego—. Soy tu puto. El novio de tu mejor amiga con el culo lleno de tu polla. Fóllame más duro, Carlos, rómpeme…
Carlos lo agarró del pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le habló al oído mientras lo taladraba sin piedad:
—Cuando ella te llame vas a contestarle con mi semen todavía dentro. Vas a decirle que todo está bien mientras yo te folle lento por detrás. ¿Entiendes?
—Sí… joder, sí…
Lo sacó de golpe, lo levantó como si no pesara y lo tumbó de espaldas en el sofá de cuero. Le abrió las piernas hasta casi doblarlo por la mitad, le puso los tobillos sobre los hombros y se hundió otra vez. En esa posición la polla le llegaba más hondo. Diego gritaba, la voz ronca, las manos clavadas en los bíceps de Carlos. Cada embestida le golpeaba la próstata; la polla de Diego rebotaba contra su propio abdomen, goteando hilos transparentes.
Carlos se inclinó y le mordió el pezón, después el cuello, después la boca. El beso era salvaje, lenguas chocando, dientes. Sudaban a chorros. El cuero del sofá chirriaba bajo ellos. El olor a sexo, a leña y a dos cuerpos machos follandose sin freno impregnaba todo.
—Voy a correrme otra vez dentro —advirtió Carlos, la voz quebrada—. Voy a llenarte hasta que te desborde y después te voy a lamer el culo limpio para empezar de nuevo.
—Hazlo —suplicó Diego—. Lléname. Quiero sentirte chorrear… joder, Carlos, me corro…
Diego se corrió primero, sin tocarse. La polla disparó chorros calientes que le llegaron hasta la clavícula, el pecho, el mentón. El culo se le cerró en espasmos violentos alrededor de la verga de Carlos y eso bastó. Carlos embistió tres veces más, profundo, y se derramó. Gemidos largos, guturales, mientras bombeaba semen espeso y caliente otra vez dentro del culo ya desbordado. Se quedó clavado hasta el final, latiendo, sintiendo cómo el líquido le salía alrededor del rabo y le manchaba los huevos.
Cuando por fin se salió, un hilo blanco y espeso unió la cabeza de su polla al agujero abierto y rojo de Diego. Carlos se arrodilló, le separó las nalgas y le lamió el semen que salía. Lengua larga, sucia, empujando el corrida de vuelta dentro y chupándola de nuevo. Diego temblaba, hipersensible, jadeando sin poder formar palabras.
Después Carlos se subió otra vez y se recostó sobre él, cuerpo contra cuerpo, la polla blanda y resbaladiza entre ambos. Se besaron despacio, saboreando el semen y el sudor. Las manos de Diego recorrían la espalda ancha, los músculos todavía tensos.
—No vamos a parar —susurró Carlos contra su boca—. Esta noche te voy a follar en la cama, en la ducha, contra la ventana mientras nieva. Y mañana, cuando ella llame, vas a estar con mi marca en el cuello y el culo abierto. ¿Aguantas?
Diego asintió, los ojos oscuros brillantes de lujuria y de algo más peligroso.
—Aguanto. Quiero todo. Aunque se nos caiga el mundo encima cuando vuelva… ahora mismo solo quiero que me uses otra vez.
Carlos sonrió, ladeada y oscura, y le mordió el labio inferior.
—Entonces levántate. Vamos al dormitorio. Quiero verte rebotar en mi polla hasta que no puedas caminar derecho.
Se incorporaron torpes, pegajosos, las piernas temblorosas. Diego sintió el semen resbalarle por el muslo interior mientras caminaban hacia el pasillo oscuro. Afuera la nieve seguía cayendo gruesa y el viento aullaba, pero dentro de la cabaña el fuego crepitaba y la tensión entre ellos ya no era solo deseo: era un hambre que crecía, que exigía más, que se negaba a pensar en la llamada que tarde o temprano llegaría al móvil de alguno de los dos.
Carlos lo empujó contra la pared del pasillo antes de llegar a la habitación, le levantó una pierna y le metió dos dedos en el culo todavía resbaladizo de corrida. Diego gimió alto, la frente contra el hombro del otro.
—Todavía abierto y caliente —murmuró Carlos—. Perfecto. Esta noche no te voy a dejar cerrar ni un segundo.
Diego le agarró la nuca y lo besó con desesperación mientras los dedos lo follaban lento y profundo. La polla de ambos empezaba a endurecerse otra vez entre sus vientres. El fin de semana apenas empezaba y ninguno de los dos tenía la más mínima intención de contenerse.
El pasillo olía a ellos dos: sudor denso, semen fresco y la leña que todavía crepitaba en la sala. Carlos no aflojó los dedos. Los metió hasta el nudillo, abriendo el culo ya resbaladizo de Diego, y giró la muñeca con precisión de ingeniero que sabe exactamente cuánta presión aplicar. Diego arqueó la espalda contra la pared de madera, la frente pegada al hombro ancho del otro, y soltó un gemido que vibró en la garganta de Carlos.
—Más… joder, no pares —jadeó Diego, la voz rota—. Quiero sentirlos hasta el fondo mientras me dices otra vez que me vas a destrozar.
Carlos le mordió el lóbulo de la oreja y añadió un tercer dedo. El agujero cedió con un sonido húmedo y obsceno. Diego se puso de piedra al instante; la polla le golpeó el abdomen de Carlos, dejando un rastro brillante de precum. Se besaron con hambre, lenguas enredadas, dientes rozando labios ya hinchados. Cuando Carlos sacó los dedos, un hilo de semen y saliva los unió un segundo antes de romperse.
—Al dormitorio. Ahora —ordenó con voz grave—. Quiero verte rebotar en mi rabo hasta que las piernas te fallen.
Empujó a Diego por el pasillo oscuro. La habitación estaba fría al principio, la cama grande deshecha, las sábanas de franela olía a pino y a nieve que se filtraba por el alféizar. Carlos lo tiró de espaldas sobre el colchón. Diego cayó con las piernas abiertas, el culo todavía abierto y goteando, el pecho manchado de corridas anteriores. Carlos se arrodilló entre ellas, le agarró los tobillos y se los puso sobre los hombros. La polla gruesa y venosa ya estaba otra vez dura como hierro, la cabeza rosada brillante.
—Mírame —exigió mientras se alineaba—. Quiero ver tu cara cuando te abra otra vez.
Empujó. Entró de un solo embiste brutal, hasta las bolas. Diego gritó, un sonido largo y roto que se perdió en la tormenta afuera. El culo se le cerró alrededor de la verga como un puño caliente y resbaladizo. Carlos no esperó: empezó a follarlo con embestidas profundas y pesadas, el choque de piel contra piel llenando la habitación. Cada embestida hacía que el colchón crujiera y que el semen anterior saliera a chorros alrededor del rabo.
—Tan puto y tan abierto —gruñó Carlos, sudor cayéndole por los abdominales marcados—. El novio de mi mejor amiga, con las piernas en el aire, tragándose mi polla como si le debieras la vida. Dime lo que sientes.
—Que me rompes —gimió Diego, las manos clavadas en las sábanas—. Que llegas más hondo que nadie. Que cada vez que entras me olvido de todo… de ella, de todo. Fóllame más duro, Carlos. Úsame.
Carlos aceleró. Le dobló las piernas hasta casi pegarle las rodillas al pecho y taladró sin piedad, buscando esa glándula que hacía a Diego arquearse y soltar gritos ahogados. La polla de Diego rebotaba contra su propio vientre, goteando hilos transparentes que se mezclaban con el sudor. Carlos se inclinó y le mordió el pezón izquierdo con fuerza suficiente para dejar marca, después el derecho, después el cuello. Chupó la piel hasta que salió un moretón oscuro justo debajo de la barba rala.
—Cuando ella te vea vas a tener que inventar una historia —jadeó contra su piel—. Vas a decirle que te rasguñaste con una rama. Pero yo voy a saber que es mi boca. Y tú también.
Diego se corrió sin tocarse. La polla disparó chorros calientes que le salpicaron el pecho, el mentón, incluso el pelo. El culo se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la verga de Carlos y eso casi lo empuja al borde. Carlos se contuvo. Sacó la polla con un sonido sucio, se arrodilló sobre el pecho de Diego y le frotó el rabo baboso por los labios.
—Límpiame. Quiero tu lengua en cada vena antes de volver a metértela.
Diego abrió la boca con avidez. Lamió la polla gruesa de base a glande, chupó los huevos pesados, empujó la lengua bajo el frenillo. El sabor a su propio culo y a semen fresco lo volvía loco. Carlos le agarró el pelo corto y le folló la garganta con embestidas cortas y controladas, mirándolo a los ojos mientras las lágrimas le saltaban a Diego de puro placer.
Cuando la necesidad se volvió demasiado, Carlos lo giró a cuatro patas en el borde de la cama. Diego apoyó las manos en el colchón, el culo en alto, las nalgas abiertas y rojas de palmadas anteriores. Carlos se colocó detrás, le escupió tres veces seguidas sobre el agujero hinchado y se hundió de nuevo. Esta vez el ritmo fue salvaje: embestidas rápidas y profundas que hacían que el cuerpo de Diego se sacudiera entero. Cada golpe de caderas iba acompañado de una palmada fuerte en una nalga u otra, dejando la piel ardiendo.
—Dime de quién es este culo —ordenó, la voz ronca de esfuerzo.
—Tuyo —gritó Diego—. Es tuyo, Carlos. El novio de Laura con el culo lleno de tu polla y de tu leche. No pares… joder, no pares…
Carlos lo agarró de las caderas con las dos manos callosas y lo usó como un puto. El sonido húmedo y rítmico llenaba todo: carne contra carne, el chapoteo del precum y la saliva, los gemidos guturales de los dos. Afuera el viento aullaba contra los cristales y la nieve caía gruesa, pero dentro solo existía el calor de dos cuerpos machos follandose sin freno. Carlos sintió el orgasmo subirle de las bolas como un golpe de corriente. Embistió tres veces más, profundo, y se derramó. Gemidos largos mientras bombeaba chorros espeso y caliente otra vez dentro del culo ya desbordado de Diego. Se quedó clavado hasta el final, latiendo, sintiendo cómo el líquido le salía alrededor del rabo y le manchaba los muslos.
Cuando por fin se salió, un hilo blanco y viscoso unió la cabeza de su polla al agujero abierto y rojo. Carlos se arrodilló y lo lamió. Lengua larga y sucia, empujando el semen de vuelta dentro y chupándolo de nuevo, saboreando la mezcla de los dos. Diego temblaba, hipersensible, la frente contra las sábanas, incapaz de formar palabras coherentes.
—Levántate —dijo Carlos después de un rato, la voz todavía grave—. Vamos a la ducha. Quiero follarte bajo el agua caliente mientras te muerdo el cuello.
Diego se incorporó torpe, las piernas temblorosas, el semen resbalándole por el muslo interior hasta la pantorrilla. Carlos lo rodeó por la cintura y lo guió al baño en suite. El agua caliente salió a presión. Se metieron juntos bajo el chorro. El vapor llenó el espacio pequeño. Carlos lo empujó de frente contra los azulejos fríos, le separó las nalgas con una mano y se metió otra vez sin aviso. Diego gritó de placer, la mejilla pegada al azulejo húmedo, mientras Carlos lo follaba lento y profundo, una mano rodeándole el pecho y pellizcándole el pezón, la otra bombeándole la polla ya dura otra vez.
—Mañana —susurró Carlos al oído, las caderas moviéndose con precisión brutal—. Cuando ella llame vas a estar aquí, con mi rabo dentro, y vas a contestarle con voz normal. Vas a decirle que estamos bien, que la nieve es preciosa, que la echamos de menos… mientras yo te abro despacio. ¿Puedes hacerlo?
—Sí —gimió Diego, empujando hacia atrás para recibir cada centímetro—. Puedo. Quiero. Joder, Carlos, me pones tan duro solo de pensarlo… fóllame, úsame, lléname otra vez…
El agua corría por sus cuerpos, lavando el sudor pero no el olor a sexo. Carlos aceleró el ritmo, embistiendo más fuerte, el sonido del agua mezclado con el de piel contra piel. Diego se corrió primero otra vez, la polla disparando contra los azulejos, el culo apretándose en espasmos alrededor de la verga gruesa. Carlos lo siguió segundos después, llenándolo por tercera vez aquella noche, gemidos ahogados contra el cuello de Diego mientras el semen caliente se mezclaba con el agua y le resbalaba por las piernas.
Se quedaron así un rato, unidos, respirando agitados bajo el chorro. Carlos salió despacio, se arrodilló y le limpió el culo con la lengua una vez más, saboreando lo que salía. Después se abrazaron bajo el agua, bocas juntas, besos lentos y sucios que sabían a todo lo que habían hecho.
Cuando volvieron a la cama, todavía húmedos, Carlos lo tumbó de lado y se acurrucó detrás, la polla semidura entre las nalgas de Diego, un brazo pesado rodeándole la cintura. Los dedos le trazaron círculos lentos en el pecho, bajaron hasta la polla blanda y la acariciaron sin prisa.
—No vamos a dormir mucho —advirtió en voz baja, la sonrisa ladeada contra la nuca de Diego—. En cuanto se me ponga otra vez te voy a montar. Y después te voy a poner de rodillas frente a la ventana para que veas la nieve mientras te la meto hasta el fondo. Quiero que el frío del cristal te toque la cara mientras yo te caliento por dentro.
Diego asintió, los ojos ya vidriosos de lujuria renovada. Sentía el culo abierto y sensible, el semen todavía dentro, y la certeza de que el hambre no se había saciado ni un milímetro. Al contrario: crecía. Cada embestida, cada palabra sucia, cada marca en la piel lo ataba más fuerte a este secreto que olía a traición y a placer puro.
—Hazlo —susurró, girando la cabeza para buscar la boca de Carlos—. Hazlo todo. Aunque mañana el móvil suene y sea ella… ahora mismo solo existes tú y tu puta polla dentro de mí.
Carlos le mordió el hombro con suavidad y empezó a endurecerse otra vez entre las nalgas de Diego. Afuera la tormenta seguía, la nieve tapaba las pistas, y el fin de semana apenas había empezado a mostrar de lo que eran capaces dos hombres que se deseaban sin freno. La tensión no bajaba: se enrollaba más apretada, lista para el siguiente asalto, para la llamada que tarde o temprano llegaría, para todo lo que todavía no habían confesado ni con el cuerpo ni con la boca.
Carlos se endureció del todo entre las nalgas de Diego, la polla gruesa y caliente rozándole el agujero todavía resbaladizo de semen. No dijo nada más. Simplemente levantó la pierna de Diego, se alineó y empujó. Entró de un solo golpe lento y profundo, hasta las bolas, y Diego soltó un gemido ahogado contra la almohada. El culo cedió como si lo estuviera esperando, abierto y sensible, y Carlos empezó a moverse con embestidas largas y pesadas, cuchara apretada, el pecho pegado a la espalda sudada del otro.
—Siente cómo te lleno otra vez —susurró al oído, la voz grave rozándole la nuca—. Todo el fin de semana vas a estar así: abierto, goteando y pidiendo más. Dime que lo quieres.
—Lo quiero —jadeó Diego, empujando hacia atrás para recibir cada centímetro—. Fóllame despacio… joder, así… me tienes completamente jodido, Carlos. No puedo ni pensar en nada más que en tu rabo abriéndome.
Carlos le agarró la polla con la mano callosa y la bombó al ritmo de las embestidas. Los dedos le resbalaban por el precum que ya goteaba otra vez. El colchón crujía. Afuera el viento seguía aullando, pero dentro solo existía el sonido húmedo de carne contra carne y los gemidos rotos de Diego cada vez que la cabeza gruesa le rozaba la próstata. Carlos mordió el hombro marcado, chupó la piel hasta oscurecerla más, y aceleró un poco, profundo y constante, sin prisa por correrme todavía.
Cuando el ritmo se volvió insufrible, lo giró de golpe. Diego quedó boca abajo, las nalgas en alto, y Carlos se montó encima, rodillas abiertas, y se hundió otra vez hasta el fondo. Embestidas brutales ahora, el choque de caderas llenando la habitación, palmadas fuertes en las nalgas ya rojas. Diego gritaba contra las sábanas, las manos retorciendo la tela, el culo contrayéndose alrededor de la verga gruesa que lo taladraba sin piedad.
—Tu puto culo es mío esta noche —gruñó Carlos, sudor cayéndole por los abdominales—. El novio de Laura, roto y lleno de mi leche. Vas a caminar cojeando mañana y ella no va a saber por qué. Dime de quién eres.
—Tuyo —gritó Diego—. Soy tu puto, Carlos. Rómpeme… lléname… joder, me corro…
Se corrió sin tocarse, la polla disparando contra las sábanas, el cuerpo entero en espasmos. El culo se le cerró como un puño caliente y eso arrastró a Carlos al borde. Embistió tres veces más, profundo, y se derramó otra vez, chorros espeso y caliente bombeando dentro mientras gemía el nombre de Diego contra su espalda. Se quedó clavado, latiendo, sintiendo cómo el semen le salía alrededor del rabo y le manchaba los muslos.
Se salió con un sonido sucio. Un hilo blanco unió la cabeza de su polla al agujero rojo e hinchado. Carlos se arrodilló y lo lamió sin prisa, lengua larga empujando el corrida de vuelta y chupándola de nuevo, saboreando la mezcla de los dos. Diego temblaba, hipersensible, incapaz de articular nada coherente.
—Levántate —ordenó Carlos después de un rato—. Frente a la ventana. Quiero que veas la nieve mientras te la meto hasta el fondo.
Diego se arrastró hasta el alféizar. El cristal estaba helado. Carlos lo puso de pie, de espaldas a él, le separó las nalgas y se metió de un embiste brutal. Diego gritó, la frente y las palmas pegadas al frío del cristal, el contraste del hielo fuera y el calor de la polla dentro volviéndolo loco. Carlos lo folló así, embestidas profundas y rítmicas, una mano rodeándole el pecho y pellizcándole el pezón, la otra bombeándole la polla ya dura otra vez. La nieve caía gruesa al otro lado, las pistas blancas e interminables, y cada embestida hacía que el aliento de Diego empañara el cristal.
—Mira afuera —jadeó Carlos al oído—. Mientras te abro. Cuando ella vuelva vas a recordar esto cada vez que mires la nieve. Vas a sentir mi polla fantasma dentro y te vas a poner duro delante de ella. ¿Lo entiendes?
—Sí… joder, sí… —Diego empujaba hacia atrás, el culo rebotando en las caderas de Carlos—. Me destrozas… no pares… quiero que me uses hasta que no pueda más…
Carlos aceleró. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el aullido del viento. Diego se corrió otra vez, chorros calientes salpicando el cristal frío, el culo apretándose en oleadas violentas. Carlos lo siguió segundos después, llenándolo por quinta vez, gemidos guturales contra el cuello mientras el semen caliente se desbordaba y le resbalaba por los muslos hasta las pantorrillas.
Se quedaron así un momento, unidos, respirando agitados. Después Carlos salió despacio, lo giró y lo besó con hambre sucia, saboreando el sudor y el sexo. Lo llevó de vuelta a la cama. Se tumbaron de lado, pegajosos, la polla de Carlos todavía semidura entre las nalgas de Diego, el brazo pesado reclamando territorio. Los dedos le trazaron el pecho, bajaron hasta la polla blanda y la acariciaron sin prisa.
No durmieron mucho. Cada vez que uno se movía el otro respondía. Carlos lo montó otra vez de madrugada, embestidas lentas y profundas mientras la tormenta amainaba un poco. Diego de rodillas al amanecer, chupándole la polla hasta atragantarse, babas cayéndole al pecho, ojos llorosos de placer. Carlos follándole la garganta contra el cabecero, después el culo otra vez, hasta que las piernas de Diego fallaron de verdad y tuvo que sujetarlo para que no se derrumbara.
El sol asomó débil entre la nieve. El cuerpo de Diego estaba cubierto de marcas: moretones en el cuello, en los pezones, en las caderas donde los dedos de Carlos se habían clavado. El culo le ardía, abierto y sensible, y cada vez que se movía sentía el hueco caliente que le había dejado la verga gruesa. Se ducharon juntos una última vez, el agua caliente lavando el sudor pero no el olor a sexo que ya se les había metido bajo la piel. Carlos lo empujó contra los azulejos y le metió dos dedos solo para sentirlo ceder otra vez, lento y profundo, mientras le mordía el labio.
—No voy a poder dejarte —murmuró Diego contra su boca, la voz ronca de tantas gritos—. Cada vez que ella me toque voy a pensar en esto. En cómo me follaste. En cómo me llenaste. Joder, Carlos… ¿qué coño vamos a hacer?
Carlos no respondió con palabras. Lo besó, lo sacó de la ducha, lo secó con la toalla y lo llevó de nuevo a la cama. Se acurrucaron desnudos bajo las sábanas, el fuego de la chimenea abajo todavía crepitando débil. Diego tenía la cabeza apoyada en el pecho de Carlos, escuchando el latido fuerte, los dedos trazando los abdominales marcados.
El móvil de Diego vibró sobre la mesita. Laura. La foto de ella sonriendo apareció en la pantalla. Diego se tensó. Carlos le agarró la muñeca, le puso el teléfono en la mano y al mismo tiempo le separó las nalgas con la otra. Se alineó y empujó. Entró despacio, centímetro a centímetro, mientras Diego deslizaba el dedo para contestar.
—Hola, cariño —dijo Diego, la voz sorprendentemente normal, apenas un temblor—. ¿Cómo está tu padre?
Carlos empezó a moverse. Embestidas lentas, profundas, controladas. Diego apretó los ojos, la frente contra el pecho del otro, mientras Laura hablaba al otro lado: el padre estaba bien, solo un susto, ella volvería esa misma tarde en el siguiente tren. Que los echaba de menos. Que esperaba que se lo hubieran pasado bien los dos.
—Sí… todo bien —contestó Diego, la respiración agitada mientras Carlos le rozaba la próstata una y otra vez—. La nieve es… preciosa. Te echamos de menos. No te preocupes por nosotros.
Carlos aceleró un milímetro, le agarró la polla y la bombó al ritmo. Diego mordió el hombro de Carlos para no gemir. El semen anterior salía alrededor del rabo con cada embestida. Laura seguía hablando, ajena, planificando la cena de esa noche, preguntando si necesitaban algo del pueblo.
—No… no necesitamos nada —logró decir Diego—. Solo… vuelve sana. Te quiero.
Colgó. El teléfono cayó sobre la almohada. Carlos embistió más fuerte entonces, sin freno, y Diego gritó por fin, el sonido roto y desesperado. Se corrieron juntos otra vez, el culo de Diego apretándose en espasmos alrededor de la verga que lo llenaba una vez más, el semen caliente desbordándose mientras Carlos gemía su nombre contra su cuello.
Se quedaron unidos, temblando. Afuera la nieve empezaba a amainar. El fin de semana se acababa. Laura llegaría en unas horas. Diego giró la cabeza y miró a Carlos a los ojos, la lujuria todavía allí, mezclada con algo más oscuro y definitivo.
Carlos le besó la frente, la sien, la boca hinchada. Le susurró contra los labios:
—Cuando ella entre por esa puerta vas a estar todavía abierto por mí. Y cada vez que te mire vas a recordar exactamente quién te destrozó el culo este fin de semana.
Diego asintió, los ojos vidriosos. No había marcha atrás. El secreto ya no era solo sexo: era una grieta que se abría bajo todo lo que conocían.
Y cuando el taxi de Laura se detuvo frente a la cabaña horas después, Diego aún sentía la polla de Carlos latirle dentro como una marca imposible de borrar.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Gente real en cam, ahora mismo.
Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.
Ver en directo →Popular Collections
Browse Categories