Fingiendo Deseo: Su Culo se Rinde en la Fiesta
En la fiesta de la empresa, la secretaria de 28 años Selena le ofrece el culo virgen a su jefe Errol de 42 y se lo follan salvajemente.
La fiesta de la empresa brillaba en el salón principal del hotel de cinco estrellas como si alguien hubiera volcado un frasco de diamantes sobre el mármol. Luces cálidas, copas de champagne que tintineaban, trajes caros y risas fingidas de ejecutivos que se odiaban de lunes a viernes. Selena, de veintiocho años, secretaria ejecutiva de Errol desde hacía tres, se movía entre la multitud con el vestido negro ceñido que se había puesto a propósito. El tejido se pegaba a cada curva: pechos firmes, cintura estrecha y ese culo redondo, alto, provocador, que se movía con cada paso como si estuviera pidiendo a gritos que lo agarraran. Sabía perfectamente el efecto que producía. Lo había ensayado frente al espejo esa misma tarde, girando, inclinándose, mirando cómo la tela se tensaba sobre sus nalgas.
Errol la localizó al instante. Cuarenta y dos años, traje gris impecable, mandíbula marcada y esa mirada de jefe que lo sabía todo de la empresa… y casi nada de lo que Selena guardaba debajo de la ropa. Cuando sus ojos se cruzaron a través del salón, ella sonrió apenas, ladeó la cabeza hacia un rincón más oscuro junto a las cortinas pesadas y se alejó sin prisa. Él la siguió. Por supuesto que la siguió.
El rincón olía a madera cara y a perfume caro. Allí el ruido de la fiesta se amortiguaba lo suficiente como para hablar sin gritar y tocarse sin que media oficina se enterara al segundo. Selena se apoyó de espaldas contra la pared, empujando deliberadamente el culo hacia afuera. El vestido subió un centímetro. Errol se plantó delante de ella, tan cerca que ella pudo oler su colonia y el calor de su pecho.
—Llegas tarde a tu propia fiesta, jefe —susurró ella, mirándolo por debajo de las pestañas.
—Estaba ocupado mirándote el culo desde la barra —respondió él sin rodeos, voz grave, baja—. Ese vestido es un crimen, Selena. Se te marca todo.
Ella soltó una risita cargada de intenciones y giró un poco la cadera para que él lo viera mejor.
—¿Todo? ¿Seguro? Porque hay partes que todavía no has visto… ni tocado.
La mano de Errol bajó disimulada y rozó la parte baja de su espalda, justo encima del inicio de las nalgas. Los dedos se hundieron un segundo en la tela, midiendo la firmeza. Selena contuvo un jadeo y empujó el culo contra su palma. El roce fue breve, casi invisible para cualquiera que mirara de lejos, pero suficiente para que a ella se le humedeciera el coño de inmediato.
—Me estás matando —murmuró él, acercando la boca a su oreja—. Llevas tres años entrando en mi despacho con esos culos de vestido de tubo y yo fingiendo que solo miro el informe. Hoy no voy a fingir tanto.
Selena giró la cara hasta que sus labios quedaron a un soplo de los de él. El champagne que habían bebido era poco; estaban sobrios, lucidos, peligrosamente conscientes de cada centímetro que se tocaban.
—Entonces no finjas —dijo ella—. Porque yo tampoco voy a hacerlo. Llevo meses mojándome en la silla de la secretaria imaginando exactamente lo mismo.
Los dedos de Errol bajaron un poco más, acariciando la curva superior de su culo a través del vestido. Selena abrió un poco las piernas, disimulada, y él aprovechó para rozar la hendidura entre las nalgas. Ella se mordió el labio inferior.
—Dime —ordenó él, voz ronca—. Dime qué te imaginas exactamente.
Selena tragó saliva. El corazón le latía en la garganta y más abajo, entre las piernas, el coño ya le latía al mismo ritmo. Apoyó una mano en el pecho de Errol, debajo de la chaqueta, sintiendo el calor del cuerpo a través de la camisa, y con la otra se aferró a su cinturón como si necesitara anclarse.
—Me imagino que me tienes en tu despacho después de hora —empezó, voz baja, sucia, confesional—. Me haces doblarme sobre tu escritorio. Me subes la falda. Me bajas las bragas… o me las dejas a media nalga. Y entonces me separas el culo con las dos manos y me miras el agujero. Ese agujerito que nadie ha follado nunca, Errol. Virgen. Apretado. Solo para ti.
Los ojos de él se oscurecieron. La polla se le endureció de golpe dentro del pantalón; ella lo notó cuando él se pegó más y el bulto le rozó el vientre. Selena sonrió, malvada, y frotó la cadera contra esa dureza con una disimulación absoluta: a ojos de cualquiera parecía solo que hablaban de cerca.
—Sigue —gruñó él.
—Te pediría que me escupieras ahí. Que me metieras un dedo primero, despacio, para abrirme. Y después la polla. Entera. Que me la clavases hasta los huevos mientras yo me agarro al borde de la mesa y te ruego que no pares. Que me la des por el culo como si fuera tu puta personal de la oficina. Fuerte. Salvaje. Hasta que se me escurra el semen por los muslos cuando vuelva a mi mesa al día siguiente.
Errol exhaló por la nariz, un sonido casi animal. Su mano ya no era tan discreta: apretó una nalga entera, hundiéndole los dedos, separándola un poco de la otra. Selena arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado contra su cuello.
—Joder, Selena… —su aliento caliente le rozó la piel—. ¿Me estás diciendo que ese culo redondo y perfecto nunca ha tenido una polla dentro?
—Nunca —confirmó ella, mirándolo a los ojos, sin vergüenza—. Nadie. Ni un dedo. Ni un juguete. Lo he guardado. Y esta noche, en esta fiesta de mierda llena de gente que no sospecha nada, te lo estoy ofreciendo. Quiero que me lo rompas. Quiero sentir cómo me estiras el culo con esa polla gruesa que se te está marcando ahora mismo.
Para demostrarlo, deslizó la mano entre ambos y le acarició el bulto por encima de la tela del pantalón. Lo notó duro, grueso, latiente. Le dio un apretón lento, medido, mientras sonreía.
—Mira cómo me late —susurró—. Imagínatela abriéndome. Imagínate cómo voy a apretarte el glande con el esfínter la primera vez que entres. Voy a estar tan puta de apretada que vas a tener que empujar fuerte… y yo voy a empujar hacia atrás para tragártela entera por el culo.
Errol le sujetó la muñeca un segundo, no para detenerla, sino para guiar sus dedos y hacerla sentir mejor el contorno de su polla. Luego la soltó y volvió a agarrarle el culo con las dos manos, esta vez más decidido, amasando las nalgas como si ya fueran suyas. El vestido se le subió otro poco. Selena sintió el aire fresco en la parte alta de los muslos y el roce de la tela de las bragas contra el coño empapado.
—Si sigues hablando así —advirtió él contra su boca—, te voy a llevar ahora mismo al baño de ejecutivos, te voy a bajar ese vestido hasta la cintura y te voy a meter dos dedos en el culo hasta que te corras de pie, mordiéndote el labio para que nadie oiga.
—Hazlo —desafió ella, pero en sus ojos brillaba la misma necesidad y el mismo cálculo: todavía no, no del todo, no aquí donde podían pillarlos en cualquier segundo—. O mejor… llévame más lejos. Hay habitaciones arriba. O el despacho vacío del final del pasillo. Donde sea. Solo… no me hagas esperar mucho más. Llevo toda la semana tocándome el culo por las noches imaginando que eres tú. Metiendo un dedo, dos, abriéndome, mojándome el agujero con saliva y con el jugo de mi propio coño.
Errol la miró como si quisiera devorarla. Le rozó los labios con los suyos, un beso casi casto de tan breve, y después le mordió suavemente el labio inferior.
—Vas a ser mía esta noche, Selena. Ese culo virgen va a acabar abierto y lleno de mi leche. Pero primero quiero verte temblar un rato más. Quiero que camines por esta fiesta sabiendo que mi polla ya está pensando en cómo va a destrozarte el culo. Quiero que cada vez que te sientes sientas el vestido rozándote el agujero y recuerdes lo que me acabas de confesar.
Ella asintió, respiración entrecortada. Le subió una mano por el pecho hasta el cuello de la camisa y le aflojó un milímetro la corbata, un gesto íntimo, de dueña.
—Entonces tócame un poco más antes de que volvamos —pidió—. Que se me quede la marca de tus dedos en las nalgas. Que cuando baile con alguien me duela un poquito y me acuerde de ti.
Errol no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Con una mano le sujetó la cadera y con la otra le levantó un poco más la falda del vestido por detrás, lo justo para deslizar los dedos por dentro de las bragas. Selena contuvo el grito. Los yemas de él encontraron la hendidura de su culo, seca todavía por fuera, caliente, y rozaron el agujero fruncido con una presión deliberada. Dio vueltas suaves alrededor del esfínter, sin entrar aún, solo marcando territorio. Selena tembló de pies a cabeza y se apoyó más en él, abriendo las piernas todo lo que el vestido y la disimulación permitían.
—Así… joder, así —susurró ella—. Más fuerte. Apremíamelo. Que sepa que es tuyo.
Él apretó el pulgar justo en el centro del agujero, empujando lo suficiente para que el músculo cediera un milímetro. Selena soltó un gemido ahogado contra su hombro. El coño le chorreaba; estaba segura de que si Errol bajara la mano un poco más encontraría el desastre de jugos que ya le resbalaba por los labios.
—Más tarde te lo voy a abrir de verdad —prometió él al oído, sucio, directo—. Te voy a escupir, te voy a lamer, te voy a meter la lengua y después la polla. Y cuando estés empalada hasta el fondo vas a decirme gracias, jefe, por follarme el culo virgen en la fiesta de la empresa.
—Gracias de antemano —jadeó ella, medio riendo, medio muriendo de ganas—. Ahora… suéltame un segundo o me corro aquí mismo solo con tu pulgar y eso no puede pasar todavía.
Errol retiró la mano con lentitud deliberada, pero no sin antes darle una última palmada seca, disimulada, en una nalga. El sonido se perdió en la música. Selena se acomodó el vestido con dedos temblorosos, sintiendo cómo el tejido volvía a pegársele al culo húmedo y marcado. La tensión entre ambos era un cable eléctrico a punto de cortocircuitar. A unos metros, colegas reían y brindaban, ajenos por completo al hecho de que la secretaria acababa de ofrecerle el culo a su jefe y de que ambos ya sabían que, antes de que acabara la noche, ese culo iba a estar abierto, rojo y lleno.
Errol le enderezó un mechón de pelo con una ternura falsa, de jefe educado, y le susurró al oído mientras ambos miraban de reojo hacia el salón iluminado:
—Dentro de media hora desaparezco por el pasillo de servicio. Tú me sigues cinco minutos después. Y esta vez no vamos a limitarnos a dedos y confesiones, Selena. Esta vez te voy a follar el culo como me lo pediste: salvaje, hondo y hasta que no puedas ni sentarte mañana en tu puta silla de secretaria.
Selena sonrió, labios húmedos, ojos brillantes de lujuria contenida, y se separó de la pared con las piernas aún blandas. El vestido se le pegaba a las nalgas como una segunda piel. Cada paso que daba de vuelta hacia la fiesta le recordaba el pulgar de Errol presionando su agujero virgen y la promesa brutal que acababa de aceptar. La tensión no había bajado ni un grado; al contrario, ahora ardia bajo la ropa de ambos, lista para estallar en el siguiente rincón oscuro que encontraran.
Errol desapareció por el pasillo de servicio exactamente media hora después, como había prometido. Selena contó los minutos con el pulso acelerado, el vestido todavía pegado a las nalgas húmedas y el recuerdo del pulgar de él clavado en su agujero virgen como una marca invisible. Cuando por fin lo siguió, el corredor olía a detergente caro y a silencio. Lo encontró al final, junto a una puerta entreabierta que daba a una habitación de invitados sin usar: cama grande, cortinas corridas, una lámpara tenue y el ruido de la fiesta reducido a un murmullo lejano.
Selena no esperó. Empujó la puerta con el hombro, entró, la cerró de un golpe y lo agarró de la corbata. Lo arrastró hacia dentro con una fuerza que lo sorprendió, empujándolo contra la pared. Sus bocas se encontraron de inmediato, salvajes, sin preámbulos. Lenguas chocando, dientes rozando labios, respiraciones calientes mezclándose. Las manos de ella le desabrocharon la chaqueta a tirones; las de él le subieron el vestido hasta la cintura y le agarraron el culo con ambas palmas, hundiéndole los dedos en la carne firme, separándole las nalgas a través de las bragas ya empapadas.
—Joder, Selena… —gruñó él contra su boca—. Llevas toda la puta fiesta caminando con ese culo moviéndose y yo con la polla dura como una piedra.
—Cállate y tócame —jadeó ella, mordiéndole el labio inferior—. Quiero tus manos. Quiero tu polla. Ahora.
Lo empujó hacia la cama. Errol se dejó caer sentado en el borde. Selena se quedó de pie entre sus piernas un segundo, mirándolo con los ojos brillantes de lujuria, el pecho subiendo y bajando. Entonces se arrodilló sobre la alfombra espesa. Sus dedos temblaban de ganas mientras le bajaba la cremallera del pantalón, le abría el cinturón y tiraba hacia abajo de la tela y de los bóxers a la vez. La polla de Errol saltó libre: gruesa, venosa, dura hasta doler, la cabeza ya brillante de precum. Selena soltó un gemido solo de verla.
—Mírala… tan gorda… —susurró, envolviéndola con una mano y subiendo y bajando despacio—. Me la voy a meter entera en la boca. Y mientras te chupo quiero que me metas los dedos en el culo. Lubricame con saliva. Ábreme. Hazme gritar en silencio.
No esperó respuesta. Abrió la boca y se tragó la cabeza de un solo movimiento, chupando fuerte, la lengua girando alrededor del glande. Errol arqueó la espalda y soltó un jadeo gutural, una mano enterrándose en el pelo de ella. Selena bajó más, relajando la garganta, tragando centímetros hasta que la nariz le rozó el vello del pubis. Babeaba a propósito, dejando que la saliva espesa le resbalara por el tronco y le empapara los huevos. Subía y bajaba con ganas, succionando, haciendo ruidos obscenos de garganta llena, mirándolo desde abajo con los ojos entornados.
—Así, puta mía… —roncó Errol—. Chúpame la polla como si fueras mi secretaria de mierda que solo sirve para esto. Más profundo.
Selena se sacó la polla de la boca solo el tiempo suficiente para escupir un hilillo grueso de saliva sobre su propia mano. Luego se giró un poco de rodillas, levantó el vestido por detrás y se bajó las bragas hasta media nalga. Con dos dedos se abrió las nalgas y se pasó la saliva por el agujero fruncido, frotando en círculos, empujando apenas la yema contra el esfínter que todavía no había probado nada.
—Mételos tú —suplicó ella, volviendo a engullir la polla hasta la mitad—. Por favor, jefe. Métame los dedos en el culo. Quiero sentirlos. Quiero que me lo abras mientras te chupo.
Errol no se hizo de rogar. Escupió en sus propios dedos, generoso, y se inclinó hacia adelante. Con una mano le sujetó la cabeza para que siguiera mamando; con la otra le separó una nalga y encontró el agujero apretado, caliente, temblando. Dio vueltas suaves primero, untando la saliva, y después empujó el índice. El esfínter de Selena cedió con un gemido ahogado alrededor de su polla. Entró despacio, hasta el nudillo, sintiendo cómo el músculo virgen se cerraba alrededor del dedo como un puño caliente.
—Tan jodidamente apretada… —murmuró él, moviendo el dedo dentro y fuera, girándolo—. Nadie te ha tocado aquí. Nadie. Este culo es mío. Voy a destruirlo esta noche.
Selena se corría casi solo de oírlo. Empujaba el culo hacia atrás, buscando más, mientras chupaba con más furia, saliva resbalándole por la barbilla y cayéndole al pecho. Errol metió un segundo dedo. Tuvo que empujar con más fuerza; el agujero se resistía, ardía un poco, pero Selena soltó un grito sofocado de puro placer y abrió más las rodillas sobre la alfombra.
—Sí… joder, sí… dos… ábreme más… —jadeó ella al sacarse la polla de la boca un segundo, la voz ronca de tanto chupar—. Lubricame con más saliva. Escúpeme el culo. Quiero sentirla resbalando.
Errol escupió directo sobre sus dedos y el agujero. El líquido caliente goteó entre las nalgas de Selena. Él lo embadurnó todo y metió los dos dedos hasta el fondo, abriéndolos en tijera dentro de ella, estirando el esfínter virgen. Selena temblaba de pies a cabeza. El coño le chorreaba por los muslos; cada vez que él torcía los dedos, un espasmo le recorría el vientre. Volvió a tragarse la polla entera, ahora más desesperada, babeando, haciendo gárgaras alrededor del glande cada vez que bajaba.
—Me estás volviendo loca —gimió ella, la frente apoyada un momento en el muslo de él, los dedos todavía follándole el culo con ritmo constante—. Siento cómo me abres… cómo me estiras… Joder, Errol, se siente tan sucio y tan bueno. Más. Mételos más profundo. Fóllame el culo con los dedos mientras te chupo la polla hasta que se me escape la baba.
Él aceleró. Los dos dedos entraban y salían con sonidos húmedos, obscenos, la saliva haciendo de lubricante perfecto. De vez en cuando le daba una palmada suave en una nalga y volvía a empujar. Selena chupaba como una poseída: lengua plana por debajo, mejillas hundidas, garganta abriéndose para tragarlo todo. Cada gemido suyo vibraba alrededor de la polla de Errol. Él estaba al límite; las bolas se le tensaban, el precum le sabía a ella a sal y a necesidad.
—Selena… si sigues así me corro en tu puta boca —advirtió él, voz rota—. Pero no quiero. Quiero correrme dentro de ese culo. Quiero llenártelo. Dime que lo quieres. Dime que me vas a dejar metértela entera.
Ella se sacó la polla de la boca con un hilo de saliva uniendo sus labios al glande. Miró hacia arriba, los ojos vidriosos, los labios hinchados y brillantes.
—La quiero —susurró, empujando el culo contra los dedos de él para que entraran más hondo—. Quiero tu polla rompiéndome el culo virgen. Quiero que me la claves hasta los huevos. Que me uses. Que me dejes el agujero abierto y goteando tu leche. Por favor… ya no aguanto más. Sáname los dedos y fóllame de una vez. O mételos más fuerte. Haz lo que quieras, pero no pares. Te necesito dentro. Te necesito destrozándome.
Errol metió un tercer dedo. Selena gritó contra su muslo, el sonido ahogado, el cuerpo entero convulsionando. El esfínter ardía, se estiraba, se rendía milímetro a milímetro. Ella volvió a engullir la polla con desesperación, chupando y lamiendo y tragando saliva propia y precum ajeno. Ambos respiraban como animales. El cuarto de hotel olía a sexo, a saliva y a la colonia cara de él mezclada con el perfume de ella y el olor a coño mojado.
—Más… joder, dame más… —suplicaba ella entre lametones, la voz rota—. Ábreme del todo. Prepárame para tu polla. Quiero sentirla mañana cuando me siente en la puta silla. Quiero que cada paso me duela y me recuerde cómo me follaste el culo en la fiesta.
Errol sacó los dedos de golpe, los miró brillantes de saliva y del jugo que le había resbalado del coño, y se los metió en la boca de ella. Selena los chupó limpios sin dudar, gimiendo alrededor de ellos. Luego él la agarró del pelo, la obligó a volver a la polla, y volvió a meterle dos dedos en el culo, ahora más fácil, más profundo, follándoselo con fuerza mientras ella le mamaba la polla como si se le fuera la vida en ello.
Los dos estaban al borde. Selena sentía el orgasmo creciendo solo de los dedos en el culo; Errol contenía la corrida a base de voluntad. Se miraron. Ella con la boca llena de polla, él con los dedos enterrados hasta el fondo en su agujero virgen. El límite ya estaba cruzado. Ya no había vuelta atrás. Solo quedaba el siguiente paso, el más salvaje, el que ambos pedían a gritos en silencio: la polla entera abriéndola de verdad.
—Vas a ser mía esta noche hasta que no puedas caminar —prometió Errol, voz grave, sacando los dedos y dándole una última palmada en el culo abierto y baboso—. Pero primero… quiero verte rogar un poco más. Quiero oírte pedirme que te la meta. Despacio. O fuerte. Como tú quieras. Dímelo.
Selena, de rodillas, la polla resbalándole por la mejilla, el culo al aire y el agujero palpitando vacío y lubricado, levantó la mirada. Las piernas le temblaban. El coño le goteaba en la alfombra. Sonrió, sucia, rendida, hambrienta.
—Métela —susurró—. Métela ya. Fóllame el culo. Destrúyemelo. Por favor, jefe… ya no puedo más.
Selena seguía de rodillas, la polla de Errol resbalándole por la mejilla brillante de saliva, el culo al aire y el agujero palpitando vacío, lubricado y listo. Él la miró un segundo más, los ojos oscuros de hambre, y entonces la agarró de las muñecas y la levantó de un tirón. La empujó hacia la cama grande. Ella no opuso resistencia; al contrario, se subió de un salto, se quitó el vestido de un solo movimiento y se puso a cuatro patas sobre el colchón, abriendo las rodillas todo lo que pudo. El culo redondo y firme se elevó hacia él, las nalgas separadas, el esfínter rosado y brillante de saliva y de los jugos que le habían resbalado del coño. Virgen. Abierto. Ofrecido.
—Míralo, jefe —gimió ella, mirando por encima del hombro, la voz rota de ganas—. Ahí lo tienes. Mi culo virgen. Ábrelo más. Cómemelo. Haz lo que quieras.
Errol se desnudó a toda prisa, la camisa y el pantalón cayendo al suelo. Se arrodilló detrás de ella en la cama, le separó las nalgas con ambas manos hasta que el agujero se abrió del todo y se inclinó. Su lengua caliente y húmeda lamió primero la hendidura, de abajo arriba, recogiendo el sabor a ella, a saliva y a deseo. Luego se centró en el ano. La punta de la lengua rozó el esfínter, dio vueltas, empujó. Selena soltó un gemido largo, animal, y empujó el culo hacia atrás contra su cara.
—Joder, sí… lámelo… cómeme el culo… —jadeó ella, los dedos aferrados a las sábanas—. Métela. Métela la lengua. Ábreme con la boca.
Errol no se contuvo. Empujó la lengua dentro del agujero apretado, saboreando el calor virgen, follándola con la boca, chupando, escupiendo más saliva directa al centro y volviendo a meter la lengua hasta donde pudo. Selena temblaba, el coño goteándole en la cama, los pechos colgando y rozando las sábanas cada vez que se movía. Él lamió y chupó y empujó hasta que el esfínter se relajó lo suficiente para abrirse un poco más, brillante y baboso.
Entonces sacó la lengua, escupió otra vez y metió dos dedos de golpe. Selena gritó, el sonido ahogado contra la almohada, el cuerpo entero arqueándose. Los dedos entraron hasta el fondo, gruesos, torciéndose, abriendo en tijera el agujero que nadie había tocado antes. Ella metió una mano entre sus propias piernas y se empezó a masturbar sin pudor, frotándose el clítoris hinchado con dos dedos, metiéndose jugo del coño para mojarse más mientras él le follaba el culo con los dedos.
—Así… joder, así… dos dedos… ábreme más… —suplicaba ella, moviendo las caderas hacia atrás, follándose los dedos de él mientras se tocaba el coño desesperada—. Siento cómo me estiras… cómo me preparas para tu polla gorda… Más fuerte, Errol. Mételos hasta el fondo. Quiero sentirlos mañana.
Errol aceleró, los dedos entrando y saliendo con sonidos húmedos y obscenos, la saliva haciendo de lubricante perfecto. Le dio una nalgada seca en la nalga derecha y otra en la izquierda, dejando marcas rojas. Selena se corría casi solo de eso, el clítoris latiéndole bajo sus propios dedos, el culo contrayéndose alrededor de los suyos.
—Basta de dedos —gruñó él, sacándolos de golpe—. Ahora te la voy a meter. Toda. Y vas a aguantar como la puta que eres.
Se alineó detrás de ella. La cabeza gruesa y caliente de su polla rozó el agujero baboso. Empujó. El esfínter se resistió un segundo, ardiente, y entonces cedió. Selena gritó de verdad esta vez, un grito de placer puro y de ardor dulce, el culo abriéndose milímetro a milímetro alrededor de la polla gruesa que la invadía. Errol empujó despacio al principio, viendo cómo el glande desaparecía dentro, cómo el tronco se hundía centímetro a centímetro, cómo el culo virgen se estiraba alrededor de él como un anillo apretado y caliente.
—Tan jodidamente estrecha… —roncó él, las manos aferrando sus caderas—. Nadie te ha follado aquí. Nadie. Este culo es mío. Voy a destrozártelo.
Cuando estuvo dentro del todo, los huevos pegados a ella, se quedó un segundo quieto, dejándola sentir la invasión completa. Selena jadeaba, la frente contra la cama, los dedos todavía en su coño, el agujero ardiendo y lleno. Entonces él empezó a moverse. Primero lento, sacando casi todo y volviendo a clavar hasta el fondo. Luego más fuerte. Más salvaje. La cama crujía. Las nalgas de Selena rebotaban contra su pelvis con cada embestida. Él le daba nalgadas al ritmo de las embestidas, la piel enrojeciendo, el sonido seco llenando la habitación.
—Fóllame… joder, fóllame el culo… más fuerte… —gemía ella, empujando hacia atrás para tragarlo entero cada vez—. Úsame. Rompeme. Soy tu puta de la oficina. Tu secretaria de mierda que solo sirve para que le destrocen el culo en la fiesta.
Errol la folló así un rato largo, brutal, hondo, sin piedad, hasta que el sudor le corría por la espalda y el culo de ella estaba rojo y abierto y goteante. Entonces se salió de golpe, se tumbó de espaldas en la cama y la agarró de la cintura.
—Súbete —ordenó—. Cabálgame. Quiero verte rebotar en mi polla como la zorra que eres.
Selena no dudó. Se subió a horcajadas, le agarró la polla con una mano, se la alineó con el agujero dilatado y se sentó de un solo movimiento. Entró fácil esta vez, resbaladiza de saliva y de su propio jugo. Gimió alto, como una puta, mientras se empalaba hasta el fondo y empezaba a cabalgar. Subía y bajaba, las nalgas golpeando los muslos de él, el culo tragando la verga entera una y otra vez. Errol le agarró las caderas y le ayudó a rebotar más fuerte, más rápido, metiéndole la polla hasta los huevos cada vez que ella bajaba.
—Así, puta… —le gruñó él, dándole nalgadas fuertes mientras ella cabalgaba—. Mírate. La secretaria formal, rebotando en la polla de su jefe como una perra en celo. Gime más fuerte. Dime lo que eres.
—Soy tu puta… —gimió ella, la voz rota, los pechos rebotando, una mano en su propio clítoris frotando sin parar—. Tu puta del culo. La que te ofrece el agujero virgen en la fiesta. Fóllame más. Nalgéame. Dime que soy una zorra. Dime que me vas a llenar de leche.
—Eres una zorra de oficina —escupió él, dándole otra nalgada que resonó—. Una puta que se moja solo de pensar en que le rompan el culo. Cabalga más fuerte. Quiero sentir cómo me aprietas cuando te corras. Y cuando me corra yo te voy a llenar el recto hasta que te gotee por los muslos.
Selena aceleró, cabalgando como poseída, el culo abriéndose y cerrándose alrededor de la polla gruesa, el placer subiendo como una ola. El dirty talk de él la empujaba más alto: puta, zorra, agujero de jefe, secretaria de mierda que solo sirve para esto. Cada nalgada le hacía apretar más el esfínter. Ella se masturbaba el coño con furia, los dedos resbaladizos, el orgasmo creciendo en el vientre como fuego.
—Me corro… joder, me corro con tu polla en el culo… —gritó ella, el cuerpo entero convulsionando. El orgasmo la atravesó brutal, el coño contrayéndose, el culo apretando la verga de Errol como un puño, los gemidos saliéndole rotos y altos mientras se sacudía encima de él.
Errol no aguantó más. La agarró de las caderas, la empaló hasta el fondo y se corrió con un gruñido animal, la polla latiendo dentro de ella, chorros calientes y espesos de semen llenándole el recto. Bombardeó su culo con leche, oleada tras oleada, hasta que sintió el exceso resbalar alrededor del tronco y goteando hacia abajo. Selena siguió moviéndose despacio, exprimiendo cada gota, gimiendo de lo lleno que se sentía, el semen caliente dentro de su culo virgen ahora abierto y usado.
Se quedó montada un momento, temblando, la polla de él todavía dentro y latente, el semen empezando a escaparse cuando se movió un milímetro. El aire olía a sexo crudo. Ella se inclinó hacia adelante, las manos en el pecho de él, la respiración entrecortada, y sonrió sucia, los ojos todavía vidriosos.
—No hemos terminado… —susurró, la voz ronca—. Todavía siento tu leche dentro. Y quiero más. Quiero que me la metas otra vez antes de que volvamos a esa fiesta de mierda. Quiero salir de aquí con el culo abierto y goteando, sabiendo que cualquiera podría oler a sexo en mí si se acerca demasiado.
Errol la miró desde abajo, todavía duro dentro de ella, y le dio una última nalgada suave, poseedora. La tensión no había bajado; al contrario, ahora ardía más fuerte, sucia, lista para el siguiente round. Afuera, la fiesta seguía murmurando a lo lejos, ajenos a lo que acababa de pasar y a lo que todavía faltaba.
Selena seguía empalada, el semen de Errol todavía caliente y espeso dentro de su culo abierto, goteándole ya por el borde del esfínter dilatado cada vez que se movía un milímetro. Él seguía duro, la polla latente y resbaladiza de su propia corrida y de la saliva que le habían untado antes. Ella se inclinó más, los pechos aplastados contra su pecho peludo, y empezó a mecerse despacio, torturándolo, subiendo solo lo suficiente para que el glande le rozara el anillo sensible y bajando de golpe hasta sentir los huevos contra sus nalgas todavía rojas de las nalgadas.
—Otra vez —jadeó ella contra su boca—. Métela otra vez hasta el fondo. Quiero que me dejes el culo hecho un desastre antes de volver ahí fuera.
Errol no necesitó más. La agarró de la cintura con fuerza, le dio la vuelta sin sacar del todo la polla y la puso de nuevo a cuatro patas. El colchón crujió. Él se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las dos manos hasta que el agujero rosado y cremoso de leche se abrió del todo, y empujó de un solo embiste brutal. Selena gritó contra la almohada, el sonido ahogado, el culo ardiendo de placer y de la sobreestimulación del primer orgasmo. Él folló sin piedad, embestidas hondas y secas que hacían chapotear el semen dentro, el ruido obsceno de carne contra carne llenando la habitación.
—Así te gusta, ¿verdad, secretaria de mierda? —gruñó él, dándole una nalgada que dejó la marca de la mano en la nalga izquierda—. Llena de leche y todavía pidiendo más polla por el culo. Ábrete. Empuja hacia atrás. Trágatela entera.
Selena obedeció, arqueando la espalda y empujando el culo contra cada embestida, sintiendo cómo el glande le rozaba lo más profundo, cómo el tronco grueso le estiraba el esfínter ya blando y usado. Se metió dos dedos en el coño empapado y se frotó el clítoris con furia, el segundo orgasmo subiéndole como una descarga. —Joder, Errol… me corro otra vez… con tu polla destrozándome el culo… —El cuerpo se le sacudió entero, el esfínter apretando la verga en espasmos rítmicos, el jugo del coño chorreándole por los muslos hasta la sábana.
Errol no se detuvo. La folló a través del orgasmo, salvaje, hasta que el sudor le resbalaba por la frente y las nalgas de ella estaban enrojecidas y temblando. Entonces se salió de golpe. Un hilillo espeso de semen le siguió, resbalando desde el agujero abierto hasta el coño y más abajo. Selena se quedó a cuatro patas un segundo, jadeando, el culo palpitando en el vacío, el recto ardiendo y lleno.
—Ahora limpia —ordenó él, la voz ronca, sentándose en el borde de la cama con la polla todavía erecta, brillante de saliva, de jugo de culo y de su propia leche—. De rodillas. Chúpame limpia esa polla sucia. Quiero que saborees tu propio culo en mi verga.
Selena se giró de inmediato, las piernas blandas, el semen goteándole por dentro de los muslos. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Errol sobre la alfombra espesa, el vestido negro todavía arrugado a un lado de la cama, el cuerpo desnudo y sudoroso. Agarró la polla con las dos manos: gruesa, venosa, resbaladiza, oliendo a sexo crudo, a culo follado y a corrida. Se inclinó y lamió primero la cabeza, la lengua ancha recogiendo el sabor amargo y salado de su propio esfínter mezclado con el semen espeso. Gimió de puro asco delicioso.
—Joder, sabe a mi culo… —susurró ella, mirándolo desde abajo con los ojos vidriosos—. Sabe a mi agujero virgen roto por ti. Me encanta.
Abrió la boca y se la tragó entera de un golpe, chupando fuerte, la lengua girando alrededor del tronco para limpiar cada rastro de saliva vieja, de jugo de culo y de leche. Babeaba a propósito, dejando que los hilos blancos y transparentes le resbalaran por la barbilla. Subía y bajaba despacio, saboreando, chupando hasta el fondo hasta que la nariz le rozó el vello del pubis y el glande le empujó la garganta. Errol le enterró los dedos en el pelo y la guió, gemidos bajos escapándosele mientras ella le limpiaba la polla con devoción sucia.
—Así, puta mía… limpia bien. Prueba cómo te he dejado el culo. Mámame hasta que quede reluciente.
Selena obedeció, chupando y lamiendo y tragando cada gota, el sabor de su propio ano usado llenándole la boca. Cuando la polla quedó brillante y limpia, salió con un hilo de saliva uniendo sus labios hinchados al glande. Se quedó de rodillas, acariciándole los huevos con una mano, la respiración entrecortada, el culo todavía goteando semen sobre la alfombra.
Se inclinó más cerca, los labios rozándole el oído, la voz baja, ronca, llena de promesa:
—Esta va a ser solo la primera de muchas, jefe. La primera follada anal en la fiesta… pero en la oficina te voy a ofrecer el culo cada vez que nos quedemos hasta tarde. Sobre el escritorio. Contra la ventana. En la silla de la secretaria. Vas a metérmela cuando nadie mire, vas a llenarme el recto y yo voy a volver a mi mesa con tu leche resbalándome por las bragas. ¿Lo quieres? ¿Quieres mi culo disponible siempre que se te endurezca esa polla gruesa?
Errol la agarró de la nuca y la subió hacia él. Sus bocas se encontraron en un beso sucio, profundo, sabores mezclados de semen, de culo y de saliva. Lenguas enredándose, dientes rozando labios, él chupándole la lengua como si quisiera devorarla. Selena gimió dentro del beso, las manos en su pecho, el cuerpo entero todavía temblando del uso.
Cuando se separaron, ella se levantó despacio, se puso el vestido con dedos torpes, se acomodó las bragas empapadas y el semen que le seguía resbalando por el agujero dilatado. El tejido negro se le pegó otra vez al culo abierto y sensible. Errol se vistió en silencio, la corbata floja, la mirada todavía oscura de hambre. Se miraron un segundo más en la penumbra de la habitación, el ruido de la fiesta murmurando lejano a través de la puerta.
Selena se acercó una última vez, le enderezó la solapa de la chaqueta con un gesto íntimo de secretaria perfecta, y le susurró contra la boca, sellando todo:
—Dentro de cinco minutos vuelvo al salón como si nada. Tú también. Y mañana, cuando entre en tu despacho con el informe de las nueve… quiero que me digas exactamente a qué hora me vas a volver a romper el culo sobre tu puta mesa. ¿Me lo prometes, jefe?
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories